Año 2008


ENVÍO DE TRES MISIONEROS A PERÚ

 

Homilía en la S. I. Catedral Primada

Toledo, 31 de agosto de 2008

Queridos hermanos y hermanas en el Señor: Demos gracias a Dios porque el Señor bendice a esta diócesis de Toledo al concederle que viva como su dicha e identidad más profunda el sentido de la misión, su vocación misionera. Siempre ha tenido y mantenido esa vocación, pero en los últimos años se ha visto intensificada. En el último lustro varias decenas de sacerdotes han sido enviados a otras iglesias más necesitadas, algunos a otras diócesis españolas, pero la mayoría, más de treinta, a distintas tierras de misión, sobre todo a Perú, donde la Santa Sede nos ha encomendado incluso la Prelatura Apostólica de Moyobamba. Hoy nos bendice de nuevo con otros tres sacerdotes: D. Álvaro García Paniagua, D. Pedro Pablo Hernández Laín y D. Pedro Serrano que serán enviados dentro de esta celebración de la Eucaristía, fuente y cumbre de la evangelización, para evangelizar en Moyobamba, los dos primeros y en Lurín el tercero. Queridos Álvaro, Pedro Pablo y Pedro, gracias por haber respondido a la llamada del Señor y haber dicho: "Estoy dispuesto a ir a la misión; envíame". Así cumplís aquel "aquí estoy" de vuestra ordenación sacerdotal, y aquel otro momento de vuestra vocación: "dejándolo todo lo seguisteis a Él", como los apóstoles. Hoy la lectura evangélica y los otros textos de la palabra de Dios expresan lo que estáis haciendo, hoy, en vosotros, la Palabra de Dios se cumple. Os negáis a vosotros mismos, para seguir, como únicamente se le puede seguir, al Señor. En vosotros se cumple positivamente aquella llamada que oyó pero no acogió el joven rico. Vosotros, por eso estáis dichosos y alegres, sí, estáis dispuestos a dejarlo todo, a negaros a vosotros mismos, a tomar la cruz que es cumplir la voluntad de Dios, amarle por encima de todo a través de una entrega plena y total de vuestras vidas en favor de los hombres, siempre necesitados y de manera particular donde vais, del Amor de Dios, de su misericordia, en definitiva de Él mismo. Gracias por vuestro testimonio con el que nos estáis diciendo a todos que nada hay más importante que Dios y su amor, que la salvación que en Él se halla, que su misericordia, que el conocimiento de El, fuente de vida eterna; nos estáis diciendo que nada ni nadie se puede anteponer a Él y que su salvación, está por encima de todo. Por eso os ofrecéis, con Cristo en esta Eucaristía, como hostia viva, como ofrenda agradable a Dios. Y Dios os toma la palabra, con la certeza de que vuestra oblación, vuestra ofrenda a Él, vuestra entrega a la misión sin más apoyo que Él, que su amor y su gracia, es agradable ante Él y que vale más que todo el oro del mundo, que toda comodidad o bienestar, o que todo poder o prestigio ante los hombres. Que Dios os premie vuestra disponibilidad, vuestra ofrenda y vuestra generosidad, como Él hace, que os premie con Él mismo, que es vuestra verdadera herencia y vuestro tesoro, la gran riqueza que os bendice y que queréis llevar a todos. Así es como estáis plenamente unidos a Jesucristo y llenos de alegría y de dicha, la del amor suyo, que nada ni nadie podrá arrebataros.

La Palabra de Dios que este domingo se proclama en todas las iglesias ilumina la misión, ilumina vuestro gesto e ilumina el envío para, con la mirada puesta en Jesucristo, entrar en su misterio, fuente insondable e inexaurible de gracia y de amor de Dios, y llevarlo a los otros para que participen de Él. Mirad: Para entrar en el misterio, en la verdad, de Jesucristo y, consecuentemente, en la verdad del hombre, es necesario dejarse seducir por Dios, aceptar la manera de pensar de Dios y su querer, no pensar como el mundo, con los criterios humanos y predominantes en la sociedad. Siguiendo, en efecto, el pensamiento de nuestro mundo es imposible entrar en el misterio y en la verdad de la Cruz.

El domingo pasado escuchábamos la confesión de fe de Pedro: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". Hoy, en el Evangelio, Jesús de inmediato explica a los discípulos, nos explica a nosotros, qué sentido tiene esta expresión, cuál es su verdad : "Jesús empezó a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día". El Mesías, Cristo, pues, no se presenta como el salvador prepotente que restablecerá el antiguo poder estatal de Israel en todo su esplendor. Muy al contrario, su camino pasa por la carencia de poder y la muerte, entregado a merced de los paganos, y llevado por ellos a la cruz; el camino de la humillación y del despojamiento, el camino de entregar su vida, el camino de identificarse con el dolor de los hombres, el camino, en definitiva, del amor. Ese es el camino de la verdad y de la vida. Los discípulos tenían, teníamos, que aprender que el Reino de Dios sólo vendría al mundo de esa manera.

Pensando como los hombres, como hace Pedro o haríamos seguramente cada uno de nosotros, esto no se concibe. Sin embargo, en ese hecho de la cruz, del padecimiento del Hijo de Dios es donde está la verdad que no es ciertamente conforme a nuestras opiniones mundanas. La verdad de Jesucristo, como leemos en san Pablo, es que "siendo de condición divina se despojó de su rango, tomó la condición de esclavo, pasó por uno de tantos, se rebajó hasta la muerte y una muerte de Cruz; por eso Dios lo levantó y le concedió el nombre sobre todo nombre". "Aprendió sufriendo a obedecer". Fue llevado al matadero, como cordero. Cargó con nuestros propios sufrimientos; asumió nuestras heridas.

"El misterio de Dios es que no entra en el mundo para establecer el orden social justo mediante el poder. Ha bajado para sufrir con nosotros y por nosotros. En última instancia jamás acertaremos a comprender este misterio. Pese a todo, es lo más positivo, <lo más grande y admirable>, que se nos ha dicho sobre Dios: Dios no reina gracias al poder. Dios ejerce su poder de forma diferente a los mandatarios humanos. Su poder consiste en compartir el amor y el sufrimiento, y el verdadero rostro de Dios aparece precisamente en el sufrimiento. Dios comparte en el sufrimiento la injusticia del mundo, de forma que en las horas sombrías podemos sabernos lo más cerca de Él. Dios se empequeñece para que los hombres podamos tocarle. Para que nosotros, los seres humanos, resistamos al principio opuesto: el principio del orgullo y del endiosamiento. Viene a conmover nuestro corazón" (J. Ratzinger), a trasformarlo.

Así, mediante esa transformación, tendremos vida, seremos dichosos, viviremos en la verdad que nos hace libres. Sin esto, sin lo que entraña la Cruz y resurrección de Jesucristo, queridos hermanos, al ser humano le faltaría el acceso verdadero, pleno y recto a Dios; todos sus intentos de acercarse a Dios serían fragmentarios; al final no sabría qué o quién es realmente de Dios, pero tampoco lo que es el hombre; la vida humana se convertiría en un experimento absurdo. Jesucristo ha disipado la oscuridad, ha encendido la luz, ha abierto el camino, nos ha señalado el camino que es la verdad, que nos vivifica, que es la vida misma.

El camino es el suyo: negarse a sí mismo, tomar la cruz, seguirle con ella, que es camino, no meta: la meta es la vida. "Hoy el programa consiste en desterrar e sufrimiento en el mundo. Para el individuo eso significa desterrar el dolor a todo trance. Pero hay que ver que así el mundo se convierte en muy duro y muy frío. Porque el dolor forma parte del ser humano. Y quien desee erradicarlo, también debería eliminar el amor, que en absoluto existe sin dolor porque siempre exige autorenuncia, ‘negarse a sí mismo, perder la vida por el otro...’ Cuando uno sabe que el camino del amor -ese salir de sí mismo ‘ese darse y negarse a sí mismo’ es el verdadero camino de humanización del ser humano… Quien ha aceptado en su interior el sufrimiento se vuelve más maduro y comprensivo para el otro, más humano. El que ha esquivado el sufrimiento no comprende a los demás, se vuelve duro y egoísta. El amor es una pasión, es un padecimiento… por él soy sacado de mi comodidad y he de dejarme transformar en oblación -como hostia viva, leemos en San Pablo hoy-. Si decimos que el sufrimiento es el reverso del amor, entenderemos también qué importante es aprender a sufrir, a negarse a sí mismo, a llevar la cruz. Lo contrario incapacita para la vida.

Jesús nos habla de vida: "al tercer día resucitará; si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero al que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿Qué podrá darla para recobrarla?  Esta es la lógica de Dios, esa es la lógica y la sabiduría de la cruz: la que verdaderamente salva al mundo. Ahí está la verdad y la vida: la vida plena, la vida dichosa, la vida eterna. El camino de la Cruz es el camino que Jesucristo recorrió en todo. Aprendió sufriendo a obedecer. Aquí estoy... Lo que a ti te agrada. Dio su vida. Siguió la bella aventura de las bienaventuranzas: su rostro y autorretrato que de sí mismo nos dejó. Amó hasta el extremo: por eso Dios le dio el nombre sobre todo nombre.

Ese es el camino de los misioneros. Ahí es donde está el futuro y la vida.

Que la Santísima Virgen maría que siguió, como fiel esclava del Señor, os acompañe, os guíe, os proteja, interceda por vosotros. Que, guiados por Ella, toda la diócesis no busquemos otra cosa que cumplir la voluntad de Dios, hacer lo que a Dios le agrada, llevar el amor de Dios a todos. Que Ella ayude a nuestros misioneros y que interceda ante el Dueño de la mies para que, en nuestra diócesis, siga enviando obreros a su mies en todas las partes de la tierra.