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Año 2008 |
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NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE
Homilía en la solemnidad de la Natividad de la Virgen María Guadalupe, 8 de septiembre de 2008 Señora, hermanos Obispos y sacerdotes, franciscanos, autoridades civiles y militares; hermanos y hermanas en el Señor: Un año más, llenos de alegría y agradecidos a Dios, celebramos esta Misa en honor de la siempre venerada Patrona de Extremadura, la Virgen de Guadalupe. Nos hemos reunido, en esta mañana de su fiesta y en esta Basílica, sobre todo, para manifestar la devoción filial y nuestro amor a la Madre de Dios, nuestra Madre, en el día de su Natividad. Para decirle más con el corazón que con palabras: aquí nos tienes, Madre; aquí tienes a tus hijos que se reúnen junto a tu mirada materna, para expresarte amor y manifestarte fidelidad. Gracias, Madre. Gracias, sobre todo en este año, por cumplirse el primer centenario de tus hijos franciscanos junto a Tí, en este lugar, tan querido y entrañable de tu basílica. Queremos, hoy, contigo dar gracias a Dios y cantar, inspirándonos en tu Cántico, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en favor nuestro a través de los hermanos franciscanos que su misericordia y gracia trajo hasta aquí hace ahora un siglo. Cuida de ellos, como ellos cuidan de tí y de tu casa, atiéndelos a ellos como ellos atienden con tanta solicitud y sentido evangélico a cuantos llegan a este lugar santo para invocarte o gozar de tu misericordia. Contigo todos nosotros les agradecemos su entrega, siempre ejemplar y siguiendo las huellas de su Padre, San Francisco, que tanto amor te profesó, De algo estoy supremamente cierto: La misericordia del Señor no tiene límite. Soy testigo de esto y quiero compartirlo y gozarlo con vosotros a los pies de la que es Madre de piedad y de misericordia y que nos mira con ojos misericordiosos. Todos sabemos que es así, que es verdad, y por eso estamos aquí. Fue el regalo de Jesús mismo; cuando su amor había llegado hasta el extremo, en el supremo gesto de amor de dar su vida, nos entregó a su Madre para que fuese Madre nuestra. Jesús nos lo había entregado ya todo: nos había dado su cuerpo y su sangre; se había despojado de todo y se había hecho pobre, hasta el límite, para enriquecernos a nosotros; nos había entregado toda su persona por puro amor; no le quedaba nada, no tenía ya nada, salvo lo más querido y entrañable que puede tener un hombre: la madre. Y también nos la dio y nos la confió. Esta es la herencia que Jesús nos entrega:5 desde la cruz, en un verdadero derroche de amor y de gracia, Jesús, el Hijo de Dios vivo, nos revela y nos concede la maternidad de María, su Madre, respecto de nosotros, a quien no desdeña llamar hermanos. Es un don a cada uno personalmente, (a ti y a mí) del mismo Cristo, que procede de la inmensa, divina, generosidad y misericordia de su corazón. Sí, hermanos, nos ha amado a los suyos hasta este extremo. Así es su amor. Así es el amor de Dios. Por eso, precisamente, acudimos los extremeños desde donde estemos, ante la Virgen de Guadalupe, con verdadero cariño y confianza de hijos, y le abrimos nuestro corazón, como se hace ante la Madre querida, derramamos nuestras lágrimas de dolor o de alegría y le presentamos nuestras confiadas súplicas implorando su maternal favor y tierna intercesión para nuestras necesidades. Sabemos, por experiencia propia que nadie nos puede negar, que esa intercesión no cae en el vacío, sino que es recogida en su corazón porque Ella es Madre de amores, Madre de misericordia, Madre de Dios que es amor, y, por eso, Madre de los pobres, de los desvalidos o maltrechos, refugio de los pecadores La Virgen María Madre de Dios de Guadalupe, brilla como signo de consuelo y de firme esperanza para todos y refleja el lado materno de Dios, su ternura inabarcable. La Virgen María, madre de Jesús, nos trajo al Salvador y todo el gozo de su intercesión materna es mediar para llevarnos a El. Bueno sería que en su cercanía y ternura oyésemos la voz de su Hijo que nos llama a convertirnos a Dios en una vida conforme a la fe cristiana, invita a seguirle a ir a El a todos los que andan cansados y agobiados por la vida para encontrar gozo, alivio, dicha y esperanza. Las gentes que acuden a los pies de Nuestra Señora de Guadalupe, el pueblo llano y sencillo, agobiado por el peso de la vida, comprende en la Madre de Dios y Madre nuestra, el misterio de Cristo, que en último término es el amor de Dios, en la ternura de María, en sus ojos misericordiosos, sin que sepan pensarlo y decirlo expresamente. En Ella el pueblo, cargado de sufrimientos y de culpas, entrevé el amor del Padre, el don de ese amor que es Jesucristo, en quien hemos sido amados hasta el extremo, y la comunicación del don y del amor que es el Espíritu Santo. Por eso, ante su imagen amada, cruzándose la mirada de nuestros ojos suplicantes con la de los suyos misericordiosos, le pedimos que nos ampare bajo su manto. Santa María, Virgen madre de Dios y Señora de Guadalupe, que llevas a tu pequeño Hijo en brazos, lo proteges y nos lo muestras, muestra tus entrañas de misericordia como la llena de gracia y de amor y lleva también en tus brazos a todos tus hijos con los que se identifica tu Jesús. Él se identifica con los pequeños y débiles, con los que padecen hambre o sed, con los que no tienen trabajo, con los que han perdido su empleo, con los inmigrantes o los sin techo. Jesús se identifica con los que están postrados por la enfermedad, con los que son víctimas de la violencia, del terrorismo siempre injusto y perverso, o de los malos tratos. Jesús se identifica con los que padecen la pobreza sin que hallen los auxilios necesarios, con los que no tienen cobijo de hogar, con los que están abandonados. Madre de Dios, pon tu mano cariñosa y tu mirada de madre en los ancianos olvidados de los suyos o que viven en la soledad, en los que han caído en el terrible abismo de la droga sin poder salir de ese agujero cruel, en los que han contraído terribles enfermedades de nuestro tiempo, o viven sumidos en la depresión y en tantas heridas psicológicas o mentales. Madre, pon tus ojos misericordiosos de Madre en los jóvenes que se abren a la vida y reclaman un futuro, en los inocentes no nacidos y eliminados en el seno de sus madres, en los seres humanos ya concebidos sometidos a manipulación, instrumentalización y muerte en los laboratorios, en los que viven deprimidos y aplastados por el sinsentido de lo que les ocurre, en los que lloran y están afligidos, en los hijos que sufren la separación de los padres, en los matrimonios rotos o en trance de romperse, en cuantos son explotados de miles modos, en los que no creen o han perdido la fe que es lo peor con mucho. Pon tu mirada de ternura y misericordia en los que caminan sin esperanza y sumidos en el vacío de la nada o del goce efímero, en los pecadores y en los que viven de espaldas a Dios ya que son los más desgraciados, destrozados y maltrechos del camino que sube a la Jerusalén celestial, Ciudad de Paz. Acoge,/ en fin,/Madre, en tus brazos a todos los desgraciados, a todos los maltrechos y crucificados de nuestro tiempo y muéstrales a Jesús, de cuyo amor infinito nada ni nadie puede separar a los hombres con los que se ha identificado plenamente y con cuyas heridas y sufrimientos ha cargado. Que esta Iglesia que peregrina en Extremadura, en Toledo, en España, en América, y que estos hijos tuyos que tanto te queremos, por tu intercesión de Madre amorosa, alcancemos la fuerza del Espíritu de amor que lo hace todo nuevo. Necesitamos un mundo nuevo, hecho de hombres y mujeres nuevos que reconocen a Dios, que viven de su amor y dan testimonio de este amor defendiendo al hombre, apostando por el hombre, su dignidad inviolable, y por la garantía de sus derechos fundamentales que le corresponden por ser hombre y que no son fruto de las mayorías parlamentarias ni de los consensos políticos, ni de los estadios culturales. Te pedimos que el vigor del Espíritu Santo penetre a todos y haga de nosotros testigos de esa misericordia entrañable de Dios que Tú alabas y cantas agradecida y gozosa, por siempre y para siempre, en favor de los pobres, de los pequeños, de los humildes y de los sencillos. Que ese Amor, que es el Hijo de Dios venido al mundo en carne en tu seno virginal, esté en nosotros y lo comuniquemos a los hombres para que también ellos puedan tener la experiencia y la alegría desbordante de la cercanía de Dios y de su amor, que no pase de largo del hombre y que se inclina, para curarlo, ante el hombre despojado de su dignidad y grandeza y, herido, tirado en la cuneta sin que se les atienda. Te pedimos, Madre, que, gracias a tu fidelidad de sierva y a tu permanecer junto a la Cruz de Hijo donde nos fuiste dada por Madre nuestra, podamos gustar en la tierra lo que esperamos gozar, como Tú y contigo y todos los bienaventurados en el cielo: el ver y el estar con Dios. No puedo, ante Ti, Patrona de Extremadura y Reina de la Hispanidad, dejar de mencionar a las familias, a las familias de todo el mundo, a las familias de España, a las familias de estas tierras extremeñas. Ayúdanos siempre, y especialmente en estos momentos-que, corremos, proclamar y confirmar el Evangelio de la familia, santuario de la vida, y ayudar y animar a vivirlo. Virgen María, Señora de Guadalupe, Madre de la sagrada Familia, ayuda a la humanidad a comprender que el bien del hombre y de la sociedad está profundamente vinculado a la familia, que su futuro se fragua en la familia, y que es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover la verdad que constituye y en la que se asienta la familia, así como los valores y exigencias que ésta presenta. Entre los numerosos caminos de la humanidad, la familia es el primero y más importante de todos. Es un camino del cual no puede alejarse ningún ser humano. Todos, sin excepción, estamos obligados a promover y fortalecer la familia, ir más allá de lo que con frecuencia se va en el debate social y público, superar y renovar la cultura dominante y divulgado por fortísimos poderes mediáticos, a veces tan en contra de la verdad y exigencias verdaderas de la familia. La sociedad tiene la grave responsabilidad de apoyar y vigorizar la familia, defenderla y ayudarla mediante las medidas sociales adecuadas. La misma sociedad tiene el inexorable deber de proteger y defender el fundamento de la familia, que es el matrimonio único e indisoluble entre un hombre y una mujer, basado en el amor y abierto a la vida. Inseparablemente tiene el inexorable deber de proteger y defender la vida, cuyo santuario es la familia, así como de dotar a ésta de los medios necesarios -jurídicos, económicos, educativos, de vivienda y trabajo- para que pueda cumplir con los fines que le corresponden a su propia verdad o naturaleza, y de asegurar la prosperidad doméstica en dignidad y justicia. No ayudar debidamente a la familia constituye una actitud irresponsable y suicida que conduce a la humanidad -como nos están mostrando los hechos- por derroteros de crisis y destrucción de incalculables consecuencias. Datos de estudios recentísimos sobre la familia en Europa -también en España- nos muestran realidades y síntomas de gran preocupación en el presente y para el futuro. La Iglesia tiene una especial responsabilidad en esa gran urgencia de nuestro tiempo que es "salvar la familia", potenciarla y alentarla, conforme a la verdad que la constituye, la inscrita por su Creador en su más profunda entraña. La promoción y defensa de la verdad de la familia es la base de una nueva cultura del amor y de la vida. Es el centro de un mundo nuevo, de la nueva civilización del amor. Lo que es contrario a la civilización del amor, y por tanto a la familia, es contrario a toda la verdad sobre el hombre y al mismo hombre, y su dignidad, constituye una amenaza para él y para la vida. Sólo la proclamación, testimonio y defensa de la familia y del esplendor de su verdad, abrirá el camino hacia la nueva civilización del amor, hacia la afirmación del hombre y su dignidad inviolable, hacia la cultura de la solidaridad y de la vida, hacia la paz, que se asienta, junto con la justicia y la libertad, en la verdad y en el amor. Sólo la familia es esperanza de la humanidad. Estamos llamados a que las familias, en medio de las grandes y graves dificultades que hoy las envuelven, tomen conciencia de sus capacidades y energías, y confíen más en sí mismas, en sus capacidades educadores, en las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la misión de transmisión de la vida, del amor y de la fe que Dios, les ha confiado: es necesario que las familias de nuestro tiempo vuelvan a remontar el vuelo, y se remonten muy alto como les corresponde. Necesitamos implorar el auxilio de Dios sobre las familias y para esta tan apasionante tarea que a todos nos incumbe. Contamos con el auxilio y la ayuda de Santa María. Por eso, nos dirigimos a ti Madre de Dios, Señora de Guadalupe e imploramos tu auxilio. Sabemos que no nos falta. No hay mayor desamparo, Madre, que la familia rota, o no contar con la familia, o vivir inmerso en la mentira de una realidad que la niega. Por ello, acuérdate de manera especial de las familias y de aquellos miembros de ellas que más lo necesiten. Ante tu imagen querida, Virgen Santa de Guadalupe, de nuevo como en Cana, escuchamos tus palabras que nos dicen: "Haced lo que El os diga": acoged la palabra de Cristo en la fe, seguidla en la vida, haced de ella la pauta inspiradora de vuestra conducta individual, familiar, social y pública. En tus palabras de Cana comprendemos que Cristo es "nuestro único maestro que debe instruirnos, nuestro único Señor del que debemos depender, nuestra única Cabeza a la que debemos permanecer unidos, nuestro único modelo al que conformarnos, nuestro único médico que debe curarnos, nuestro único Pastor que ha de alimentarnos, nuestro único camino que debe conducirnos, la única verdad que debemos creer, la única vida que debe vivificarnos y nuestro único todo en todas las cosas que debe bastarnos" (S. Luis María Grignon de Monfort). Así seremos dichosos, se adelantará la hora del vino nuevo, la hora del Dios-con-nosotros, la hora de un mundo verdaderamente nuevo que surge de la Cruz y resurrección de Jesucristo. Con todos quisiera unirme, y acudir a la Virgen querida. Para todos mi plegaria y bendición. Que Ella bendiga y proteja a todos; que a todos acompañe siempre en su caminar, y os conduzca a Cristo, que es Camino, Verdad y Vida.
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