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Año 2008 |
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HOMILÍA EN EL ENCUENTRO FAMILIAS
Santuario de Torreciudad, 13 de septiembre de 2008 Hoy, nos reunimos familias venidas de toda España junto a nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad y bajo su mirada misericordiosa en este entrañable y maravilloso santuario, para dar gracias a Dios por el don de la familia e implorar su auxilio por todas nuestras familias y las del mundo entero. Con gozo seguimos y queremos continuar siguiendo las enseñanzas de la Iglesia, que proclama ante todas las gentes el Evangelio de la familia, que ilumina y engrandece lo que es conforme con la razón. De nuevo, ante la mirada solícita y materna de la Virgen de Torreciudad, escuchamos el eco de la palabra de Dios, acogida en la Iglesia y entregada por ella a través del Papa y de los Pastores en comunión con él, que proclama la verdad y la belleza inigualable de la familia, y anuncia a todo el mundo donde se encuentra la auténtica sabiduría sobre la realidad familiar, santuario del amor y de la vida, esperanza de la humanidad. Con la mirada solícita y tierna, atenta y maternal, de Santa María, para todos tan hondamente entrañable hemos escuchado la Palabra de Dios que siempre nos invita a edificar sobre roca firme, a edificar, sobre todo la familia sobre esa roca firme que es la palabra de Dios. Bien sabemos que Dios sólo tiene una palabra, y esa Palabra es Jesucristo, Palabra, que por obra de Dios ha tomado carne en el seno virginal de María, en esta Palabra Dios nos lo ha dicho todo, y se contiene en las sagradas Escrituras guardadas, transmitidas e interpretadas fielmente de generación en generación en la Tradición viva de la Iglesia. Cristo es la piedra angular, desechada por los constructores de este mundo, pero la única donde puede edificarse sobre sólido fundamento el edificio familiar, tan sólido que ninguna dificultad podrá arrumbarlo. Jesucristo es la sabiduría verdadera, preferible a cetros, tronos y riqueza; tesoro inagotable, perla de gran valor que se antepone ante cualquier otra realidad y riqueza. Es la persona de Cristo la que está en el centro de todo. Pensar, sentir, amar como Cristo Jesús, obrar, conversar y hablar como El, conformar toda nuestra vida con la suya, revestirnos de Cristo Jesús es la verdadera sabiduría, la que llena de vida y esperanza nuestra existencia, la que abre toda realidad humana a sus más amplios horizontes, Cristo es la única y verdadera piedra angular de la familia, porque es la roca firme en la que se asienta la humanidad y el verdadero humanismo que es imposible sin la familia. Cristo, roca firme y sabiduría de Dios, en quien descubrimos lo que es grato a los ojos de Dios, y sin el que nada podemos hacer, es criterio y norma de toda realidad creada y humana. Cristo afecta al hombre, a todo hombre, a todo el hombre, a toda la realidad humana. Y afecta de manera irrevocable y definitiva, ¡No tengamos miedo y abramos de par en par nuestras puertas a Cristo! Cristo sabe lo que hay dentro del hombre; sólo El lo sabe. Aquí hay que situar a la familia. La familia, por ello, debe abrirse a Cristo que es el que sabe, sólo El, lo que hay dentro de ella, porque sólo El sabe lo que hay dentro del hombre, inseparable en su verdad de la familia. El Hijo Unigénito de Dios entró en la historia de los hombres a través de una familia. Por tanto, si Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre, lo hace empezando por la familia en la que eligió nacer y crecer. El misterio de la Encarnación está en estrecha relación con la familia humana, con cada familia humana, de manera semejante a como El se ha unido en cierto modo a todo hombre por su Encarnación. Así tanto el hombre como la familia constituyen el camino de la Iglesia y de la humanidad. El bien del hombre y de la sociedad está profundamente vinculado a la familia. El futuro de la humanidad se fragua en la familia; es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover la verdad que constituye y en la que se asienta la familia, así como los valores y exigencias que ésta presenta. Entre los numerosos caminos de la humanidad, la familia es el primero y más importante de todos. Es un camino del cual no puede alejarse ningún ser humano. Cuando falta la familia, se crea en la persona que viene al mundo una carencia preocupante y dolorosa que pesará posteriormente durante toda la vida. Son bien conocidos los problemas que en nuestros días asedian al matrimonio y a la institución familiar, debidos a una cierta mentalidad ambiental laicista, hedonista, permisiva e insolidaria. La familia atraviesa dificultades importantes por las presiones que sufre, particularmente con la plaga del divorcio, que cobra especialmente sus víctimas en los hijos, con la mentalidad anti-vida, con la impregnación de una cultura de muerte y de miedo al futuro que reduce el sentido de acogida de la vida, impide su concepción o la elimina antes de nacer, con la obstaculización o impedimento de su deber y derecho a educar a sus hijos conforme a sus creencias y con la insuficiente protección en los aspectos económico, social y de vivienda o con el injusto tratamiento que en estos campos muchas familias se ven sometidas, y -¿por qué no decirlo?- por una difusión de una antropología sin Dios y sin Cristo. Especial dificultad en estos momentos son algunas legislaciones en favor de ciertas uniones, que atentan contra el matrimonio y la familia, vulneran la más elemental dignidad y verdad del ser humano, conducen a la quiebra de humanidad o a ahondar en ella, y ponen en peligro, en consecuencia, la estabilidad de la misma sociedad. Son muchos los desatinos que han de afrontar hoy las familias; sabemos lo difícil que es en las condiciones sociales modernas, el ideal de fidelidad y solidez de amor conyugal, tener hijos y educarlos y conservar la armonía de muchas familias. Por eso; es tan sumamente necesario y apremiante presentar con autenticidad el ideal de la familia según el designio de Dios, basado en la unidad y fidelidad del matrimonio, abierto a la fecundidad, guiado por el amor. La unión de vida y amor basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer que constituye la familia, representa un bien para toda la sociedad, insustituible por otro tipo de uniones. Son estos aspectos los que corresponden mejor a las exigencias del corazón humano, aunque contrasten con las propuestas del mundo. Todos, sin excepción, estamos obligados a promover y fortalecer los valores y exigencias de la familia. Esta debe ser ayudada y defendida mediante medidas sociales apropiadas. La sociedad tiene la grave responsabilidad de apoyar y vigorizar la familia, y su fundamento que es la verdad del matrimonio único e indisoluble entre un hombre y una mujer, asentado en el amor y abierto a la vida. La misma sociedad tiene el inexorable deber de proteger y defender la vida, cuyo santuario es la familia, así como dotar a ésta de los medios necesarios - económicos, jurídicos, educativos, de vivienda y trabajo - para que pueda cumplir con los fines que le corresponden a su propia verdad o naturaleza y asegurar la prosperidad doméstica en dignidad y justicia. La misma sociedad tiene el deber de proteger el inalienable deber y derecho de los padres a educar a sus hijos con medios adecuados y legítimos. No ayudar debidamente a la familia o impedir su misión constituye una actitud irresponsable y suicida que conduce a la humanidad por derroteros de crisis, deterioro y destrucción de incalculables consecuencias. La promoción y defensa de la familia, basada en el matrimonio único e indisoluble, es la base de una nueva cultura del amor. Es el centro de la nueva civilización del amor. Lo que es contrario a la civilización del amor, y por tanto a la familia, es contrario a toda la verdad sobre el hombre y al mismo hombre, constituye una amenaza para él. Sólo la defensa de la familia, apoyada y asentada en el amor indisoluble e indestructible, abrirá el camino hacia la civilización del amor, hacia la afirmación del hombre y de su dignidad inviolable, hacia la cultura de la solidaridad y de la vida. Solo la familia es esperanza de la humanidad. Por eso hoy damos gracias a Dios por tantas familias que, a pesar de tantas dificultades externas permanecen sólidas y firmes en su verdad, abiertas a la cultura de la vida y del amor. Estamos llamados a que las familias, en medio de las dificultades que las envuelven hoy, tomen conciencia de sus capacidades y energías, confíen en sí mismas en las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la misión que Dios les ha confiado: es necesario que las familias de nuestro tiempo vuelvan a remontarse más alto. Los católicos tenemos en ello una especial responsabilidad que se traduce en el anuncio y presencia del "evangelio de la familia". Necesitamos dar gracias a Dios por el don de la familia, verdadero camino del hombre, de la humanidad entera y de la Iglesia. Necesitamos implorar el auxilio de Dios sobre las familias y sobre este mundo para que promueva, defienda y fortalezca la institución familiar. Necesitamos encontrarnos para afirmar el valor insustituible de la familia, juntarnos como la gran familia de Dios compuesta de numerosas familias. Necesitamos abrirnos al don de Dios, y participar de su amor que es el vínculo y la entraña misma de la familia. Todo el esfuerzo de la Iglesia ha de encaminarse a que todo hombre, toda familia, pueda encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno, con cada familia, el camino de la vida - el camino de ser hombre, el camino de la familia, inseparable del ser hombre -. La familia no puede comprenderse hasta el fondo sin Cristo. La exclusión de Cristo de la familia se vuelve contra el hombre. Sólo en Cristo la familia adquiere su plena verdad y su plena realización. Cristo se ofrece como encuentro necesario para cualquier realidad humana, y ninguna tan hondamente humana y fundamental como la familia. Por eso os exhorto a todas las familias cristianas que ahondéis vuestra adhesión y seguimiento de Jesucristo, a que seáis verdaderas iglesias domésticas donde El vive, a que seáis lugar de encuentro con Dios, presencia y anuncio del Evangelio, centro de irradiación de la fe en Jesucristo, escuela de vida cristiana y del seguimiento de El. Acerquémonos a la Santísima Virgen María, en su advocación de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad, y aprendamos en su escuela. Ella es dichosa porque ha escuchado la palabra de Dios, y la ha puesto en práctica; Ella es la fiel esclava del Señor, que se ha plegado enteramente a la voluntad de Dios, a su Palabra, y la Palabra se ha hecho carne en su seno; Ella es dichosa porque ha creído, y lo que le dijo el Señor se ha cumplido. "Esa es la fe firme, roca firme que nos lleva a creer en la Iglesia y a la Iglesia, porque sólo en la Iglesia se hace realidad la palabra y la presencia operante de Cristo nuestro Señor. Esa es la fe que nos abre a la esperanza, y que puede ayudarnos a encontrar sentido a toda realidad, a la naturaleza y a la gracia, al gozo y al dolor, a la vida y a la muerte, vividas siempre en el interior de la familia. Esa fe de la Iglesia, su enseñanza sobre la familia es la roca inconmovible sobre la que podemos edificar sin miedo nuestro futuro familiar. Así, en este santuario especialmente abierto a la cercanía de María para aprender en su escuela, donde María es Maestra por sus breves y acertadas palabras y por su elocuente silencio, debemos acercarnos a Ella suplicándole que nos ayude a creer en Jesucristo nuestro Señor y Salvador, a amar a la Iglesia Cuerpo Místico suyo, de la que es cabeza y en la cual obra nuestra salvación. Así edificaremos sobre base sólida. Por intercesión se la Santísima Virgen de los Ángeles de Torreciudad, elevo a Dios mi plegaria por todas las familias, singularísimamente por las aquí presentes. De manera especial por las familias rotas, por las que sufren enfermedad, muerte, estrechez económica, paro, . . . Pido también que encuentren en la Iglesia siempre entrañas de misericordia, que nadie se sienta excluido de ella. Que sólo encuentre en ella comprensión ayuda, misericordia, aliento. Pidamos a la Virgen de los Ángeles de Torreciudad por las familias, por las familias de todo el mundo, singularmente por nuestras familias, para que mantengan y desarrollen con gozo, tesón y confianza las sublimes esencias del hogar cristiano, fundado sobre el sacramento del matrimonio y sobre la generosa apertura a la vida: para que sean escuelas de auténticas virtudes sociales, para que transmitan la fe en el seno del hogar, y para que luchen por la defensa y expansión de los valores y de las virtudes que enseña el Evangelio, y así edifiquen sobre roca firme. Pidamos también en este comienzo de curso por las familias que concientes de sus deberes defienden en libertad de conciencia el que sus hijos reciban la educación religiosa y moral y no se vean impedidas por ninguna causa a recibirla ni obligados a recibir una formación que pueda desviarles de sus creencias morales. Pidamos por la fortaleza y fidelidad de estas familias y ayudemos a aquellas otras que no ven comprenden la necesidad imperiosa que tienen de reclamar y exigir este sagrado deber. Que esta celebración en la que nos acompaña y preside Santa María, columna de nuestra fe, madre del amor hermoso, garantía de esperanza nos lleve a proclamar el "evangelio de la familia", y asumir el compromiso en pro de la familia que es la esperanza de la humanidad.
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