Año 2008


HOMILÍA EN EL FUNERAL POR LAS VÍCTIMAS DE ACCIDENTES

 

S. I. Catedral Primada

Toledo, 19 de septiembre de 2008

 

Muy queridas familias, afligidas por tanto dolor como ha supuesto para todas la pérdida de personas, tan entrañablemente queridas, que han fallecido en los accidentes acaecidos en Barajas, o en nuestras carreteras, o en el ámbito del trabajo, o del servicio de las fuerzas armadas. Nos sentimos muy al lado vuestro. Compartimos vuestro dolor, os acompañamos en él, estamos muy unidos a vuestra plegaria.

Respetado y querido Sr. Presidente de la Comunidad de Castilla-La Mancha, estimadas autoridades civiles y militares, representantes de instituciones, que, con tan alto sentido, se unen esta tarde a este funeral que ofrecemos por paisanos y amigos nuestros y muestran así, una vez más, su solidaridad y cercanía con las familias que sufren. Muchas gracias por su presencia en esta celebración y por esta solidaridad y cercanía con estas familias.

Mis queridos hermanos sacerdotes y fieles cristianos, nos reunimos en este atardecer en la Iglesia madre de la diócesis, símbolo y emblema de la totalidad de los pueblos y hogares de Toledo y su provincia, que expresa que somos todos una gran familia y que nos sentimos unidos y acogidos por el amor de la Iglesia que es madre y se siente solidaria enteramente con los sufrimientos y dolores y con las esperanzas de sus hijos.

Es verdad, queridas familias; habéis sufrido mucho, os embarga todavía un gran dolor, un inmenso dolor, agravado por las circunstancias en que se han producido las muertes de vuestros seres queridos, i Qué incomprensible todo! i Qué sinsentido el de estos hechos! Sois vosotros los que los sufrís en carne propia, porque ellos son carne de vuestra carne; un inmenso desgarrón y quiebra os lacera y hiere. Cuantos estamos aquí, cuantos no han podido estar -significados en esta catedral, casa y hogar de todos- os decimos que os queremos, y que este amor nos une y nos hace compartir y asumir con vosotros vuestro dolor y elevar nuestros ojos con los vuestros a lo alto y preguntar: "¿De dónde nos vendrá el auxilio?". Escuchamos una respuesta: la verdadera. "El auxilio nos viene del Señor", elevado en la Cruz, clavado en ella, abrazado a ella. El Señor, Dios, es amor, es misericordia y piedad. Buscáis luz, consuelo, esperanza, aliento, confianza para vivir. Mirad a la Cruz; ahí encontráis lo que con tan grande pasión y sufrimiento buscáis y necesitáis: el rostro de Dios, tan cercano, tan humano, tan de nosotros y nosotros de Él, que comparte nuestro padecimiento y nuestra muerte. En esa cruz de Jesús, que es la nuestra, en esa cruz nuestra que es también la suya, tenemos la respuesta a esa pregunta que muchos se hacen: "A Dios le es indiferente el destino y el sufrimiento del hombre?". Ahí se muestra su sabiduría y omnipotencia; si en la historia humana está presente el sufrimiento, se entiende entonces por qué entonces su sabiduría y omnipotencia se manifestó con la omnipotencia de su abatimiento en la cruz, prueba de la solidaridad más plena de Dios con el hombre que sufre. Si no hubiese existido la cruz de Jesús, la verdad de que Dios es amor estaría por demostrar" (Juan Pablo II)

¡Mirad a la Cruz!, porque con esta Cruz, Jesús, Hijo de Dios vivo, el Señor, cargó el peso de todos los sufrimientos de nuestra humanidad, los hizo suyos, los asumió y se unió a ellos, para transformar todo sufrimiento con su amor. La Cruz nos dice cuánto le importamos a Dios, o más aún cuánto nos ha amado Dios; la Cruz nos está diciendo que, en el mundo, hay un amor más fuerte que la muerte, más fuerte que nuestras debilidades y nuestro padecer. El Amor que es Dios, llevado hasta ese máximo de la cruz de los padecimientos, no puede ser vencido. El poder del amor, en la potencia de la debilidad por nosotros, es más fuerte que el mal que nos amenaza. En la Cruz vemos hasta dónde llega el amor del Crucificado por los hombres, por nosotros. De un madero portador de muerte, ha surgido de nuevo la vida.

En esa Cruz, en medio de nosotros, se encuentra Quien nos amado hasta el extremo de dar su vida por nosotros, ahí se halla Quien invita a todo ser humano a acercarse a Él. ¡Venid a Él todos los que estáis cansados y agobiados! El os aliviará y en Él encontraréis descanso. Ante los hechos que han producido tan fuerte conmoción nos preguntamos: "¿Dónde está nuestro Dios?". Ahí; en la Cruz; como varón de dolores; triturado por el sufrimiento; identificado con nosotros; ahí está sufriendo con los que sufren: nuestras heridas y muerte son las suyas; con los que sufren, está hoy en los que se hallan inmersos de tantas maneras en el sinsabor de la muerte; nuestro dolor y nuestra cruz es la suya, i Cuan humano es en este su dolor, qué lejano de todo sueño de grandeza o de olvido de los hombres y sus cruces, y qué cercano, sin embargo de la dureza de nuestra fragilidad y muerte, de nuestros sufrimientos y nuestros límites!. No nos ha dejado abandonados ni en la estacada. Clavado en la Cruz, varón de sufrimiento, destrozado, herido, humillado, y aun muerto, nos alienta en nuestro cansancio y oscuridad, nos anima a tomar de nuevo fuerzas con Él, que ama al hombre, para esperar y seguir amando cuando el peso del abatimiento, del fracaso o de la amargura de la prueba parecen negar todo nuestro futuro. Donde el corazón querría huir, Cristo, Señor abatido, nos hace capaces de esperanza más allá de todo desaliento, para abrirnos con Él a la imposible posibilidad de Dios, fiel garante del futuro, incluso de la esperanza que muere, porque su amor es más fuerte que la muerte y nos abre a la vida, porque su amor, palpado en la cruz, nuestra cruz, es vida y victoria ante la muerte y ante toda ruina del hombre. Su amor no lo ha podido retener la muerte, y, resucitado, está en medio nuestro, nos acompaña en el camino de la desesperanza como a los desconcertados, cariacontecidos y abatidos discípulos de Emaús. Dios ama al hombre y quiere para él la vida.

Hacer memoria de los misterios de Cristo, clavado en la cruz gloriosa del amor, vencedor resucitado por su amor, y contemplar esa cruz de la que cuelga significa vivir, también, en adhesión profunda y solidaria con el hoy de la historia, convencidos de que lo que vemos en ella, es realidad viva y actual, como los hechos que estas tarde nos congregan. Llevamos, por tanto, en nuestra oración el carácter dramático de los hechos y situaciones que en nuestros días afligen a muchos hermanos y hermanas nuestros, como a las familias a las que esta tarde acompañamos y les mostramos nuestra unión a sus sentimientos y plegarias. Nosotros sabemos que las situaciones que nos hacen llorar no tienen nunca la última palabra en los acontecimientos de la historia.

Estamos celebrando la Eucaristía. En la Hostia Santa de nuestro altar se hace presente el poder del Amor infinito del Amor de Dios manifestado en la cruz gloriosa. La Hostia Santa proclama el increíble anonadamiento y abatimiento de quien asumió nuestros sufrimientos y nuestra muerte para llenarnos de su riqueza y de su vida, vida eterna, de Quien aceptó perder todo para ganarnos a todos para su Padre, fuente inagotable de amor y de vida; es la presencia del Amor de los amores que salva y pan de vida del banquete eterno que enjuga para siempre las lágrimas de nuestros ojos, sacramento vivo y eficaz de la presencia del Salvador de los hombres. Por eso ofrecemos esta ofrenda agradable a Dios Padre: por los que han muerto, vuestros seres entrañables, queridas familias; por los heridos en esos accidentes que nos congregan; por vosotros y vosotras, familias de aquellos que ponemos en manos de Dios y de su misericordia: ¿qué mejores manos?. Víctimas, abatidos, inmersos en el sufrimiento, acógenos a todos en tu Amor: en tu amor infinito, cuyas puertas nos ha abierto de par en par el costado de tu Hijo clavado en la Cruz, y entregado ahora en la Eucaristía. Que nunca nos cerremos a tu amor y caminemos contigo siguiendo tus pasos e iluminados por tu luz: la de tu cruz y tu resurrección.

También María lloró ante el cuerpo lacerado de su Hijo; y se sumió en un inmenso dolor; sumida en Él nos fue entregada por Madre de dolores, y madre de amores. Recordemos en estos momentos las palabras que acaba de decir el Papa en Lourdes, este mismo lunes: "María está hoy en el gozo y la gloria de la Resurrección. Las lágrimas que derramó al pie de la Cruz se han transformado en una sonrisa que ya nadie podrá extinguir, permaneciendo intacta, sin embargo, su compasión maternal por nosotros...María ama a cada uno de sus hijos, prestando una atención particular a quienes, como su Hijo en la hora de su Pasión, están sumidos en el dolor; los ama simplemente porque son sus hijos, según la voluntad de Cristo en la Cruz" (Benedicto XVI). Que su sonrisa y su ternura sea consuelo, aliento y esperanza; que su misericordia sea intercesión por vuestros seres queridos ante el Señor, Dios del amor y de la vida.