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Año 2008 |
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LA PARÁBOLA DE LOS VIÑADORES
Homilía en la S. I. Catedral Primada Toledo, 21 de septiembre de 2008 Queridos hermanos y hermanas en el Señor: Dios, por su Hijo único, nuestro Señor, ha salido a buscar y llamar trabajadores a la viña de su propiedad a la que ama y cuida con mimo. Dios llama a todos a trabajar en su Reino. En todas las épocas de la historia y de la vida. Dios quiere que todos los hombres de cualquier edad y condición colaboren en su obra. Nos ha encontrado a nosotros y nos ha dicho: "Id vosotros también a mi viña". Aunque sean distintas nuestras edades y distintos los momentos de nuestro encuentro con el Señor, todos nosotros, en el fondo, somos de la hora última, la undécima, porque todos somos frágiles, débiles, y pecadores, a los que vino a buscar Jesús, y con quienes se sentó a su mesa por amor y bondad. De este modo aun brilla más su bondad y su gracia misericordiosa. Sabemos que con esta llamada y este envío para la viña amada del Señor recibimos el más grande y alto honor, el gozo más pleno de trabajar para este Dueño, que es el mismo Dios. Se nos confía un trabajo fructífero por los demás en la viña del Señor: tomar parte en los trabajos del Evangelio, evangelizar a tiempo y a destiempo, gastarse y desgastarse en favor del cuidado de la viña de Dios, su Iglesia, con el mismo amor y ternura de su Dueño, sin escatimar nada y sin reservarse nada, dedicados al servicio del Reino de Dios, Dios mismo, del alba a la tarde, sin reticencias, sin buscar ningún medro personal ni por ningún interés bastardo o banal; sino, por Dios mismo, y con El, por amor total a los hombres, con especial predilección) por los últimos, los pobres, los pecadores. La parábola de los viñadores nos da una clave que nunca podemos olvidar: todo es gracia. Gracia la llamada, gracia el incorporarnos a las labores y el trabajar en su viña, gracia el que sea a cualquier hora, al comienzo o cuando falta poco para el final, gracia lo que al fin de las labores nos entrega como jornal sea el tiempo que sea y fueren los que fueren los esfuerzos consumidos: Él siempre nos lo dará de balde, ya que "a jornal de gloria/ no hay trabajo grande". Porque Dios es bueno. Jesús no entiende ni de finanzas ni de economía", no sabe de números, ni de matemáticas fijas, ni de reglas bien fijadas conforme a unas medidas humanas. Porque es Amor: el amor auténtico no mide, no levanta barreras, no calcula, no pone condiciones. Ante Dios no caben exigencias, no se puede exigir nada, ni valen las medidas humanas que los hombres establecemos. Todo procede de Él. Y todo Él es generosidad que nos desborda. Así nos lo muestra su Hijo único, Jesucristo, en la parábola de hoy, cuyo punto fuerte es la generosidad sin límite de Dios para quienes se han apuntado a última hora. Somos llamados a trabajar para un Padre, como es el Dueño de la viña. Recibamos el don y la paga que no son otra cosa que Dios mismo y su amor generoso y misericordioso, que el seguir su llamada, o que el aceptar su envío a evangelizar y servir a la Iglesia. Nuestra vida no es simplemente un servicio prestado en busca de una paga, o de unas satisfacciones; no es un concurso de méritos, sino un don de Dios recibido para nuestra propia plenitud y de los demás más allá de nuestras aspiraciones. Recibamos este don con gozo agradecido y humilde, seguros de que los últimos serán los primeros y los primeros últimos. Siguiendo en todo los criterios de Dios, sus caminos, los suyos, que no son nuestros caminos. Siguiendo, por ello, a Cristo, seducidos por Él, el único camino, que rompe por completo los criterios humanos en su vida, muerte y resurrección y nos muestra a Dios como Dios, dejando que El sea lo que es. Toda la persona de Jesucristo es el amor de Dios entregado por nosotros en un amor hasta el extremo y sin límite. Todo amor es una gracia, sólo puede ser gracia, o no es amor; pero no hay mayor amor que el dar la vida por los amigos; y El la ha dado por nosotros, a quien llama y nos hace amigos. Lo que nos salva, lo que nos da plenitud, y nos hace ser dichosos, lo que llena nuestras vidas es la gracia del amor obediente de Cristo, que, en la hora undécima, ha venido y se ha acercado a los pecadores que todavía no se han incorporado al Reino de Dios. En el momento en que vivimos esto es preciso subrayarlo constantemente, porque la salvación no consiste en lo que nosotros podamos realizar por nosotros mismos, ni la medida de nuestros méritos o de nuestros trabajos y esfuerzos. La salvación está en la gracia de Dios que se muestra en esa generosidad sin límites para los de la última hora; o como dice san Pablo: "La prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros, siendo nosotros todavía pecadores", es decir, sin habernos aún incorporado a la viña de su salvación. Tenedlo muy presente, queridos todos, parte de las perplejidades actuales, o del sentimiento de frustración pastoral en la Iglesia, es consecuencia de una cierta pérdida del sentido de la gracia, favorecida por tendencias muy profundas de la cultura actual. Es un problema de toda la Iglesia. Mucha de nuestra predicación y de nuestro trabajo pastoral sigue teniendo como punto de arranque nuestros cálculos, nuestras exigencias, nuestros planes, nuestros proyectos, nuestros criterios, en definitiva, nuestra acción y nuestros compromisos. Pero no dejamos a Dios ser Dios. No entendemos que los planes de Dios no son nuestros planes, ni que nuestros caminos no son sus caminos, son más altos que los nuestros pues son los de la encarnación y la Cruz, el perdón y la gracia, la misericordia y la generosidad que nunca se acaban. Para secundar estos planes de Dios, queridos hermanos, todos habremos de trabajar con una confianza plena, cada día mayor, por situar la oración en el centro de nuestras vidas y de las personas a las que sirvamos. Esto, como dijo el Papa Juan Pablo II en su Carta apostólica "Al comenzar el Nuevo Milenio", "significa respetar un principio esencial de la visión cristiana de la vida: la primacía de la gracia (...) no se ha de olvidar que, sin Cristo, 'no podemos hacer nada' (Jn 15,5). La oración nos hace vivir precisamente en esta verdad. Nos recuerda constantemente la primacía de Cristo y, en relación con Él, la primacía de la vida interior y de la santidad (...) Este es el momento de la fe, de la oración, del diálogo con Dios, para abrir el corazón a la acción de la gracia y permitir a la palabra de Dios que pase por nosotros con toda su fuerza: ¡Duc in altu!. Así pues, como os he dicho tantas veces: Oremos, no dejemos la oración, nunca, jamás; la oración personal y comunitaria; no dejemos de escuchar a Dios y contemplar su rostro en el coloquio familiar de la oración: es lo que garantizará vida en nosotros y labor fructífera en la viña del Señor. Amaremos y serviremos mucho a los hermanos, si oramos por el pueblo de Dios. La oración, en la que importa más la gracia y la acción de Dios que nuestras palabras y nuestros planes, nos llevará a que podamos decir con mayor verdad cada día, al igual que san Pablo: "para mí la vida es Cristo; no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí; todo lo estimo basura y pérdida con tal de ganar a Cristo". Sólo así, seducidos por Cristo, estaremos con Él y sólo así, en consecuencia, estaremos en condiciones de trabajar en la viña del Señor, como El nos llama y quiere: es decir, quedándose y estando entre los hombres para servirlos, para dar nuestra vida por ellos, para entregarnos sin reservas ni cálculos en favor de ellos, trasparentando y llevándoles el amor de Jesucristo. Tened en cuenta que,"en el mundo que estamos viviendo, una persona sólo puede interesarse por la Iglesia si encuentra en ella algo que necesita para su vida: y ese algo es sólo el amor infinito e incondicional de Jesucristo, que es lo que el hombre busca siempre, aunque muchas veces él no lo sepa. En su Cuerpo, en la Iglesia, el hombre ha de poder encontrar el amor y la misericordia de Jesucristo, dirigido a cada uno, y como una realidad humanamente reconocible". Que Dios nos conceda su gracia y su don. Que el Espíritu Santo, don y gracia de Dios, venga sobre nosotros y así Cristo sea para todos la Verdad y la Vida. No busquemos otra cosa que Dios y su voluntad, que a Cristo, crucificado por los pecadores para llamarlos a todos, que sólo Dios sea nuestra paga. Que nuestra vida sea Él, sea Jesucristo: ahí está el futuro. Que no busquemos otra cosa que cumplir su voluntad, hacer lo que Él nos diga, ir a dónde El nos envíe, responder con prontitud a su llamada. Dios es libre. Su libertad es para amar, para dar más allá de lo que cabría esperar por nuestros trabajos; el premio de Dios, la paga de Dios que es Él mismo vale más, infinitamente más, que nuestro trabajo que siempre será corto. Esto nos abre a la esperanza verdadera. Ciertamente, tener esperanza, vivir con esperanza no es ignorar o negar lo que sucede, ni las dificultades graves, sin salida aparentemente, con que nos encontramos. Cuanto mayores sean las dificultades, mayor es la esperanza en el futuro, porque no son nuestras solas fuerzas las que nos pueden sacar de la situación complicada, más bien todo lo contrario; sino porque es Dios mismo, para quien nada hay imposible, quien puede llevarnos a un futuro nuevo cargado de su presencia, que es su amor por el hombre y su vida para la vida del mundo. Más aún, en estas situaciones, Dios nos coloca el futuro donde se encuentra verdaderamente, nos señala el camino verdadero, nos conduce a la meta que está más allá de las metas que nos ponemos o proponemos los hombres y que, al no lograrlas o al derrumbarse, parece como si todo se ofuscase o se malograse, pero la verdad es que Dios aparece como la verdadera y única meta en todo: porque es el verdadero y pleno futuro del hombre, es Amor y Vida, fuente de vida y de luz. Dios nos habla hoy y nos ofrece la verdadera respuesta que necesitamos, la meta a la que estamos llamados y que cambia todo, la que abre a la esperanza. Dios hoy nos invita a poner la mirada en su Hijo que nos invita y nos incorpora a su viña, a su misión, a su obra de gracia y de salvación. Jesucristo, el que tenía que venir y al que los hombres de todos los tiempos buscan y esperan para que su vida se llene de sentido, puedan incorporarse al plan de Dios que siempre obra la salvación porque lo que le importa es el hombre y ama al hombre y le paga en sus trabajos con Él mismo, Jesucristo nos llama a trabajar en su viña, a no retirarnos del trabajo emprendido en la viña del Señor, a proseguirlo, y a esforzarnos en el cumplimiento de la voluntad de Dios y secundar fielmente su llamada a la misión que es la obra que necesita su viña: ahí es donde está nuestro futuro, donde se abre el gran futuro que es Cristo, inseparable de la Iglesia y la Iglesia de El. En El tenemos la infinita e inabarcable misericordia de Dios que se acerca sin cesar al hombre y viene a buscar lo que estaba perdido, a los pecadores, y a incorporar a su obra de amor por los hombres sin excluir a nadie. El se ha entregado por nosotros y su victoria en la resurrección y su presencia viva en medio nuestro hasta el fin de los siglos nos alcanza incesantemente en la Iglesia. Dios no deja al hombre en la estacada, en el vacío, en el hastío, en la inutilidad de la vida sin incorporarse a su designio de amor y gracia. Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, que ha amado a la Iglesia hasta el extremo y se ha entregado por ella, no la deja en la estacada y que perezca en medio de la tempestad y de la oscuridad. Por eso, aunque parezca que todo apunta a lo contrario, vivimos tiempos de esperanza, es la hora de Dios, y, por ello, la hora verdadera del hombre. En el Señor, Jesucristo, tenemos todos los motivos para superar desánimos, desalientos y desesperanzas; en Él, presente entre nosotros y que está junto al Padre con nuestra humanidad ya victoriosa, podemos esperar contra toda esperanza, porque Él, Hijo de Dios vivo venido en carne a nosotros, se ha hecho uno de los nuestros, nuestra humanidad es la suya, humanidad del mismo Dios, que ya ha penetrado y vive en el reino de los cielos con Dios irrevocablemente. Esta es la gran y siempre nueva noticia que alienta a la esperanza. En el Señor Jesucristo que vino a nosotros y se ha quedado con nosotros en el sacramento del altar, Dios se ha manifestado, se ha hecho visible, tangible. Y se ha manifestado como Amor infinito e incondicional por el hombre y por la vida del hombre. ¡No cabe el miedo ni el desaliento, hermanos!
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