Año 2008


APERTURA DE CURSO EN EL SEMINARIO

 

Homilía en la Apertura del Curso Académico 2008-2009

 

       Querido hermano obispo, D. Carmelo; queridos todos hermanos y hermanas en el Señor. Inauguramos hoy un nuevo curso en los seminarios de Toledo y en los Institutos Superiores de Teología y de Ciencias Religiosas, agregado y bajo el patrocinio de la Facultad de Teología San Dámaso", cuyo Decano nos acompaña y a quien saludo con gozo y agradecimiento, que ruego haga extensivo al Sr. Cardenal de Madrid, mi querido hermano y amigo D. Antonio María Rouco. Dios ha querido que este comienzo coincida con la fiesta de San Jerónimo, un hombre verdaderamente enamorado de la Sagrada Escritura, que amó con pasión y escrutó de manera tan singular la Santa Biblia y que, por ello, mereció el título de "Doctor eminente en la interpretación de las Sagradas Escrituras" (Benedicto XV). Lo que es San Jerónimo, lo que fue su vida en relación con las Escrituras, lo que ha supuesto para toda la vida e historia de la Iglesia, que bebe y se alimenta de la fuente inexhaurible de la Sagrada Escritura, eso es lo ha de guiar estos centros nuestros de formación siempre, y en especial este curso que da sus primeros pasos al tiempo que comienza el Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios. Asumiendo y adaptando a estos centros palabras de San Jerónimo, cabe preguntarse: "¿Cómo se podría vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de la cual se aprende a conocer a Cristo "mismo, que es la vida de los creyentes", y la razón de ser de la formación cristiana, en general, y de los futuros sacerdotes, de personas consagradas o de laicos para la evangelización, que ofrecen nuestros centros?

       Con el Papa Benedicto XVI, en una de sus catequesis de los miércoles, nos preguntamos con ocasión de lo que hoy nos reúne: "¿Qué podemos aprender nosotros de San Jerónimo? Me parece, sobre todo, esto: amar la Palabra de Dios en la Sagrada Escritura. Dice san Jerónimo: 'Desconocer la Escritura es desconocer a Cristo'. Por esto es importante que todo cristiano viva en contacto y en diálogo personal con la Palabra de Dios, dada a nosotros en la Sagrada Escritura. Este diálogo nuestro con ella debe tener siempre dos dimensiones: de una parte, debe ser un diálogo realmente personal, porque Dios habla con cada uno de nosotros a través de la Sagrada Escritura, no como palabra del pasado, sino como Palabra de Dios que se dirige también a nosotros, y tratar de comprender qué quiere decirnos el Señor a nosotros. Mas para no caer en el individualismo debemos tener presente que la Palabra de Dios nos ha sido dada verdaderamente para construir comunión, para unirnos en la verdad en nuestro camino hacia Dios. Además, siendo ésta una palabra personal, es también una Palabra que construye comunidad, que edifica la Iglesia. Por ello debemos leerla en comunión con la Iglesia viva. El lugar privilegiado de la escucha de la Palabra de Dios es la Liturgia, en la que, celebrando la Palabra y haciendo presente el Cuerpo de Cristo, actualizamos la palabra en nuestra vida y la hacemos presente entre nosotros. Nunca debemos olvidar que la Palabra de Dios trasciende los tiempos. Las opiniones humanas vienen y van. Cuanto es hoy modernísimo, mañana será viejísimo. La Palabra de Dios, por el contrario, es palabra de vida eterna, lleva en sí la eternidad, esto es, vale para siempre. Llevando en nosotros la Palabra de Dios, llevamos en nosotros por tanto lo eterno, la vida eterna" (Benedicto XVI). Este es el secreto de la formación de estos centros. Lo aprendemos en S. Jerónimo.      

       En los seminarios y en el Instituto Teológico se forman principalmente los que van a ser sacerdotes. Habremos de tener muy en cuenta, por ello, que la Palabra de Dios en la vida del sacerdote es fundamental, por su identidad y misión. Escogido el sacerdote para el Evangelio de Dios (Cf Rm 1,1), este Evangelio lo engendra y lo estructura incesantemente tanto en su existencia, como en su servicio apostólico. Seducido y agarrado por la Palabra, el ministro del Evangelio deberá adecuar su vida al dinamismo de la Palabra. El dirigirse a los hombres, en nombre de Dios, reclama del sacerdote la escucha creyente y obediente de la Palabra. Ha de recordar que su misión "no consiste en enseñar su propia sabiduría, sino la Palabra de Dios "(PO 4). Y esto sólo es posible, en la medida en que consentimos al designio de Dios, expresado en la oración de Jesús: "Conságralos en la verdad: tu Palabra es verdad" ((JN 17, 17). Esta consagración, participación en la santificación y envío del Hijo al mundo, es la condición de Siervo y Pastor ( Cf Jn 10,36) que exige de los presbíteros un esfuerzo de recepción de la Palabra que proponen a la fe de los oyentes: Como ministros que son de la Palabra de Dios, diariamente leen y oyen esa misma Palabra de Dios que deben enseñar a otros". Esforzándose por recibirla en sí mismos, se harán cada día discípulos más perfectos del Señor" (PO 13). La dimensión apostólica del sacerdocio ministerial postula de los sacerdotes la comunión con las actitudes del Siervo de Yahvé: "El Señor Yahvéh me ha dado lengua de discípulo, para que haga saber al cansado una palabra alentadora. Mañana tras mañana despierta el oído para escuchar como los discípulos, el Señor Yahvéh me ha abierto el oído" (Is 50, 4-5).

       La palabra del Siervo brota de la escucha y es palabra de discípulo, capaz de comunicar vida y esperanza: "Yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre me ha enviado, me ha mandado lo que tengo que decir y hablar. Por eso las palabras que yo hablo las hablo como el Padre lo ha dicho por mí" (Jn 12, 49-50). Los apóstoles, haciéndose discípulos de la Palabra, han llegado a ser sus testigos y servidores en la historia. De ahí su autoridad y libertad para solicitar una adhesión de fe y conducir a los hombres a la obediencia de la fe. Los sacerdotes han sido "puestos a parte" para proclamar esta Palabra de vida y conducir a los hombres y a los pueblos a la obediencia de la fe. Por ello no pueden anunciar su sabiduría o limitarse a predicar una nueva ética. Han de anunciar la Palabra que recrea "para las buenas obras" (Cf Ef 2,10). Tanto al dispensar la palabra apostólica como el sacramento, los presbíteros han de superar la tentación del funcionalismo o de la pura exterioridad. Vivir de la Palabra y para la Palabra es tremendamente exigente. En la entrega de la palabra, el presbítero ha de entregarse él mismo: "Amándoos a vosotros, queríamos daros no sólo el Evangelio de Dios, sino incluso nuestro propio ser" (1 Tes 2,8).

      No basta con ser oyentes de la Palabra, hay que recibirla como discípulos, "como cumplidor de ella" (St 1,21-25). El discípulo la recibe, ante todo, "no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios, que permanece operante" en él (1 Tes 2,13). El discípulo no investiga las Escrituras para servirse de ellas, sino para dejarse recrear por la Palabra. Jesús, dirigiéndose a los judíos, que "creían tener vida eterna en las Escrituras", les dirá: "Vosotros no habéis oído nunca su voz, ni habéis visto nunca su rostro, ni habita su palabra en vosotros, porgue no creéis al que Él ha enviado" (Jn 5,37-38). Los judíos se habían apropiado de las Escrituras, dejando de ser discípulos. Nos acecha siempre la tentación de reducir las Escrituras a un libro o a una simple memoria colectiva de un pueblo, que pudiéramos interpretar según la razón humana. El discípulo deja que el Verbo de Dios sea quien le explique las Escrituras, como en el Camino de Emaús (Le 23) y tal como el Espíritu no cesa de hacerlo en la Tradición apostólica. Es Jesús el único revelador y exegeta del Padre. Y sólo el discípulo que vive en comunión con Jesús y sus apóstoles puede entrar en la inteligencia y vida de las Escrituras. El mismo Espíritu que inspiró las Escrituras es el que asiste a la Iglesia; sólo el que está en comunión con la Iglesia y lee las Escrituras en comunión con ella, con su Tradición y dentro de ella, leerá las Escrituras conforme al Espíritu que las ha inspirado y en fidelidad a su verdad.

       Escuchar como los discípulos comporta reconocer la prioridad absoluta de la Palabra. El discípulo no puede indicar a la Palabra la dirección de su movimiento, sino que ha de dar marcha atrás (Cf Mt 15,22-23). "Mañana tras mañana" despierta el Señor el oído del discípulo, que debe caminar sin resistencias y con prontitud. El discípulo ha de saber que es el Padre quien le conduce hasta su Verbo (Jn 6,44) , y no la carne o la sangre; que es la Iglesia la que nos transmite esta Palabra de vida y no otros mensajeros o doctores. La actitud primordial del discípulo, en consecuencia, consiste en reconocer esta iniciativa absoluta de la Palabra que, proveniente de Dios, conoce, elige, llama y marca el camino a seguir. María, prototipo de oyente y discípula de la Palabra y de la Iglesia, nos recuerda cómo hemos de acoger esta sorprendente iniciativa de Dios que es quien nos sale al encuentro. La acción en el discípulo ha de nacer de la escucha de la Palabra. Sólo ésta tiene poder para edificarnos y edificar según Dios. Antes de resonar la Palabra en el mundo entero, han de escucharla y entrar en comunión de vida y destino con ella. Sólo así se convierten en sus testigos oculares y servidores. Y sólo en la comunión con ellos, el discípulo hará resonar de nuevo la Palabra de Dios entre los pueblos.

      A este respecto conviene tener en cuenta en toda predicación de la Palabra y para los predicadores y ministros de la Palabra, que tanto el predicador como la predicación están al servicio de la Palabra de Dios, esto es de la revelación de Dios; que la Revelación o la Palabra no es inventada por nosotros, ni es la proyección de nuestros deseos o experiencias, ni el fruto de la creatividad o del genio religioso humano o del sentimiento o razón del hombre; que la revelación o la Palabra nos es dada; que nos precede. Cuando decimos Revelación o Palabra de Dios estamos diciendo acción gratuita de Dios: alteridad, primacía, iniciativa, don de Dios; es Dios quien nos precede en su Realidad y libremente, en su bondad, sale al encuentro personalmente, se manifiesta a Sí mismo y se comunica al hombre en acontecimientos de la historia, en el acontecimiento central y definitivo de la persona de Jesucristo que "padeció y murió en tiempos de Poncio Pilato". Por eso es fundamental e imprescindible en el sacerdote, heraldo de la Palabra, que sea servidor, oyente y obediente a la Palabra, que "deje ser y actuar" a la Palabra en él, que le precede y que no es disponible y manejable. Sólo cabe la escucha, la obediencia, el respeto, la acogida, el dejar que entre en la propia casa, que se adueñe de ella y la penetre con toda su fuerza transformadora.

      Que Dios nos conceda interiorizar todo esto; que nos conceda capacidad y sabiduría para que la Palabra de Dios sea el alma de toda la formación que en estos centros -seminarios e Institutos de Teología y Ciencias Religiosas- se imparte; que la Sagrada Escritura sea para todos estímulo y fuente de vida cristiana para todas las vocaciones y carismas que aquí se encuentran; que el estudio, la meditación y contemplación de las Escrituras nos hagan sabios con la sabiduría de Dios y que saborean el conocimiento de Dios y la contemplación de su rostro que nos posibilita la lectura y el escrutar las escrituras; que el libro santo de las Escrituras no se separe de nuestras manos, que nos alimentemos de Él como del Cuerpo de cristo; que aprendamos ahí lo que debemos enseñar a otros; que guiados por el Espíritu Santo e iluminados con Él, en comunión con la Iglesia, nos adentremos cada día más en las Escrituras, dejemos que Dios nos hable hoy por ellas, y nosotros le hablemos a Él con ellas mismas, y se mantengan en equilibrio nuestras almas; que nos guíe la luz y el ejemplo de san Jerónimo. Nunca, por lo demás olvidemos, que las Escrituras no tienen otra palabra que Cristo, porque Dios no tiene otra palabra que su Hijo; no olvidemos que las palabras de la Escritura son como carne o encarnación de la Palabra y que en ella y por ella se nos entrega a Cristo; y no olvidemos que aquí, en la Eucaristía se hace presente el mismo Cristo, se nos entrega la carne de Cristo que escuchamos en las Escrituras, que aquí, en la Eucaristía se cumple, se hace presencia viva lo que leemos en la Eucaristía; que no podemos separar Palabra de Dios, Escritura, y Eucaristía. Que Dios nos conceda vivir a partir de ahí. Y que Dios conceda también que el próximo Sínodo ayude a toda la Iglesia a vivir de la Palabra que sale de la boca de Dios, contenida en la Escritura y se nos entrega en el Cuerpo de Cristo que se nos da en la Eucaristía para la vida eterna.