Año 2008


CONMEMORACIÓN DE LOS MÁRTIRES DE LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA EN ESPAÑA DEL SIGLO XX,

BEATIFICADOS EL 28 DE OCTUBRE DEL 2007

 

S. I. Catedral Primada

6 de noviembre de 2008

Hermanos y hermanas en el Señor: El 2 8 de octubre del año pasado vivíamos en Roma un día y un acontecimiento inolvidables: la beatificación de cuatrocientos noventa y ocho mártires de la persecución religiosa que se vivió en España, en los años treinta del pasado siglo; cincuenta y cinco de estos nuevos beatos, el Beato Liberio González, 11 sacerdotes y un diácono seculares, el Beato Víctor Chumillas y 21 hermanos franciscanos, el Beato Teodosio Rafael y 3 Hermanos de las Escuelas Cristianas, el Beato Eusebio del Niño Jesús y 15 compañeros Carmelitas Descalzos, pertenecían a nuestra diócesis de Toledo. Hoy, con toda la Iglesia en España, hacemos memoria agradecida por todos ellos, uniéndola al Memorial del Sacrificio redentor de Cristo, supremo martirio y testimonio máximo de la verdad de Dios, cumbre y plenitud de la entrega del amor sin límite de Dios a los hombres, sangre del Hijo de Dios derramada para el perdón de los pecados y la reconciliación de todos en la unidad inquebrantable que procede de Dios y en Dios se alcanza. No en balde "el martirio se consideraba en la Iglesia antigua como una verdadera celebración eucarística, la realización extrema de la simultaneidad con Cristo, el ser uno con Él" (J. Ratzinger, El espíritu de la Liturgia: una introducción, p. 80).

Nosotros aquí, esta tarde, en la Santa Iglesia Catedral, como signo de comunión de la Iglesia que peregrina en nuestras tierras diocesanas, "damos gracias porque la sangre derramada, como la Cristo, para confesar" el nombre de Dios, de los gloriosos mártires" de todos los tiempos, singularmente de los mártires toledanos de los que hoy, en todas nuestras comunidades, hacemos memoria, "manifiesta las maravillas del poder divino"; "pues en su martirio", el Señor "ha sacado fuerza de lo débil, haciendo de la fragilidad" su "propio testimonio" (Cf. Prefacio de Mártires). Aquellos mártires escribieron y rubricaron con su sangre una de las páginas más impresionantes de la fe cristiana y de la Iglesia católica en España. Fueron y constituyen hoy un signo del arraigo y de la vitalidad de la fe, y ofrecen una señal de futuro y esperanza para el tiempo presente, que no se alcanza cuando se vive y camina en el mundo "sin Dios" (Cf. Ef 2,12). Ellos llegaron a conocer a Dios, al Dios verdadero, vivieron de Él y murieron ante Él y por Él, y así recibieron y nos dan la gran esperanza, aquella que entraña que somos definitivamente amados, suceda lo que suceda, por Dios, que es Amor, y que este gran Amor nos espera (Cf. Benedicto XVI, Spe Salvi, 3).

La Iglesia nunca, tampoco el año pasado, beatificó a los de un bando, sino a quienes han sido mártires de la fe, testigos de la gran esperanza, a los que sufrieron la muerte en testimonio supremo de Jesucristo, Rey del universo. No pertenecieron a ningún bando de una guerra civil que, por supuesto, ellos no quisieron ni promovieron, y que todos lamentamos con dolor como una gran desgracia entre hermanos. Sin duda que hubo otras personas asesinadas injustamente, pero no fueron mártires. Los mártires no reabren heridas, más bien las cierran, y nos hacen mirar al futuro, dirigir nuestra mirada a Dios Amor, y mostrarnos el camino del amor y el perdón, signo vivo y creíble de Dios Amor por el que dieron su vida, como camino de futuro y de paz, puerta abierta a la gran esperanza que redime y salva: la que "debería llegar a muchos, la que debe llegar a todos" (Benedicto XVI, Spe salvi, 3) . En los mártires "la puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive ‘y muere’ de otra manera; se le ha dado una vida nueva ‘a ellos ya una vida plena y eterna’" (Cf. Benedicto XVI, Spe salvi, 2). Esa vida nueva es la que expresa el querer de Dios, inmenso en su bondad y misericordia infinitas, la que refleja su voluntad de salvación universal, la que cumple y práctica sus mandamientos que se resumen en el amor a Dios por encima de todo y al prójimo como a nosotros mismos y conducen a la vida. Eso son los mártires testigos de esperanza, puerta abierta a la esperanza y al futuro.

La sangre martirial constituye como la tierra cultivada, en que ahonda sus raíces y da frutos de caridad y vida nueva el viejo árbol de nuestra Iglesia; su memoria revitaliza la savia del Espíritu que la alimenta en la fe y la hace crecer con renovado vigor. Nuestra moderna sociedad, permisiva y pluralista, tiende a hacer obsoleto o arcaico el martirio, y a despojarle de su significación, porque olvida a Dios, vive sin Dios, está sin Dios, se cierra a la esperanza; y así lo interpreta en claves ajenas a la verdad del martirio con categorías culturales, sociales o políticas. Los cristianos, tal vez, llevados de la secularización dominante, hemos perdido disponibilidad para el martirio, para la confesión pública de la fe, para la vida nueva de los mandamientos de Dios y del amor abierta y basada en la fe en Dios y en la esperanza. Reconozcamos que falta fe confesante, el testimonio de cristianos que se gocen de ser y de vivir como cristianos, que se gloríen del nombre de cristiano, que vivan el encuentro personal con Jesucristo. El mundo necesita de testigos del Dios vivo, católicos que en todo, en sus obras y en sus palabras, dan testimonio vivo y real de la fe en Jesucristo. El mundo de hoy necesita de cristianos que estén prestos a confesar a Cristo públicamente, y en todo lugar y circunstancia, delante de los hombres o en la soledad, y a seguirle por el camino de la cruz. Como Pablo, no queremos ni podemos saber de otro, ni creer en otro o confesar su nombre que Jesucristo y éste crucificado.

Ante un mundo, sin duda difícil para la fe y la vida cristiana, y sin embargo tan necesitado de ella, ante una cultura dominante que parece penalizar la vida de fe en Dios vivo y en su Hijo Jesucristo venido en carne, ante poderes y fuerzas tan adversas para la vida en Dios y de obediencia a sus mandamientos, ante una larvada y sorda y a veces clara y explícita persecución de nuestro mundo con medios sutiles incluso sangrientos o de eliminación y descalificación de los cristianos, ante tantos poderes que sientan de miles maneras en sus tan diversos "tribunales" y acusan y condenan a la Iglesia y a los cristianos, y ante la dolorosa y muy triste deserción de no pocos cristianos que no soportan el embate de las dificultades, o que llegan a "pactos" explícitos o tácitos, para ser considerados plausibles y no rechazados, con realidades incompatibles con el Evangelio, necesitamos que Dios siga concediendo a su Iglesia el don y la gracia del testimonio martirial que siempre ha acompañado y acompaña su vida y su historia, como muestra esa pléyade inmensa de mártires del pasado siglo XX, que hoy recordamos.

Desde el comienzo de la fe cristiana y a lo largo de toda la historia eclesial, "se encuentran numerosos testimonios de seguidores de Jesucristo que murieron mártires por confesar su fe y su amor al Maestro y por no renegar de El. En esto han seguido al Señor Jesús, que ante Caifás y Pilato, 'rindió tan solemne testimonio', confirmando la verdad de su mensaje con el don de la vida. Otros innumerables mártires aceptaron las persecuciones y la muerte antes de hacer el gesto idolátrico de quemar incienso ante la estatua del Emperador. Incluso rechazaron el simular semejante culto dando así ejemplo del rechazo también de un comportamiento concreto contrario al amor de Dios y al testimonio de la fe. Con la obediencia, ellos confían y entregan, igual que Cristo, su vida al Padre, que podía liberarlos de la muerte... Elevándolos al honor de los altares, la Iglesia ha canonizado su testimonio y declaró verdadero su juicio, según el cual el amor implica obligatoriamente el respeto a sus mandamientos, incluso en las circunstancias más graves, y el rechazo de traicionarlos, aunque fuera con la intención de salvar su propia vida" (Juan Pablo II, Veritatis Splendor, 91).

En este mundo nuestro con sus luces innegables, pero también con sus grandes zonas oscuras, con amplias potencialidades y al tiempo inmerso en hondas y profundas crisis, no sólo económicas, sino también de principios morales, de humanidad, sociales, culturales y políticas, en este mundo nuestro de un relativismo moral tan pronunciado y de eclipse de Dios, y sin embargo tan necesitado de Dios y de la salvación y vida nueva en Jesucristo, el testimonio martirial es un regalo preciosísimo que es preciso apreciar en todo su sentido. El martirio es el signo y la prueba, el testimonio más diáfano, de que Dios es Dios,  lo único necesario, que está por encima de todo y que lo vale todo, que sólo Él basta y que no tenerle a Él es vivir sumidos en la mayor de las pobrezas e indigencias y sin esperanza. El martirio es igualmente el testimonio más vivo de que Cristo vive y nos salva, y que su salvación es el mayor tesoro al que nada se le puede comparar. Es la señal manifiesta de que el Reino de Dios ha irrumpido en nuestra historia y es donde está la dicha y la plenitud que lo supera todo. Es el signo que nos apunta a donde está la verdad y grandeza del hombre, su sentido, su realización más  auténtica,  su  libertad  más  genuina  y  plena,  y  el comportamiento más verdadero y propio del hombre inseparable del amor. Nos dice, en fin, que estamos llamados al Reino de los cielos, a la vida eterna, a estar con Dios que es amor y permanece para siempre: y que eso es con mucho no solo lo mejor, sino lo que únicamente importa y lo que cambia inseparablemente la vida del mundo; de otra suerte, ¿qué significaría o qué sentido tendría la vida?; no dejaría de ser una "pasión inútil"; el martirio nos hace pensar que no podemos malograr nuestra vida anteponiendo a su logro que es la plenitud de la vida eterna otras cosas u otros intereses.

"En el martirio, como confirmación de la inviolabilidad del orden moral, resplandecen la santidad de la ley de Dios y a la vez la intangibilidad de la dignidad personal del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Es una dignidad que nunca se puede envilecer o contrastar, aunque sea con buenas intenciones, cualesquiera que sean las dificultades. Jesús nos exhorta con la máxima severidad: '¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?'. El martirio demuestra como ilusorio y falso todo 'significado humano' que se pretendiese atribuir, aunque fuera en condiciones 'excepcionales', a un acto en sí mismo moralmente malo; más aún, manifiesta abiertamente su verdadero rostro: el de una violación de la 'humanidad' del hombre, antes aún en quien lo realiza que en quien lo padece. El martirio es, pues, también exaltación de la perfecta 'humanidad' y de la verdadera 'vida' de la persona, como atestigua san Ignacio de Antioquía dirigiéndose a los cristianos de Roma, lugar de su martirio: 'Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera... dejad que pueda contemplar la luz; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios. Finalmente, el martirio es un signo preclaro de la santidad de la Iglesia: la fidelidad a la ley santa de Dios, atestiguada con la muerte es anuncio solemne y compromiso misionero 'usque ad sanguinem' para que el esplendor de la verdad moral no sea ofuscado en las costumbres y en la mentalidad de las personas y de la sociedad. Semejante testimonio tiene un valor extraordinario a fin de que no sólo en la sociedad civil sino incluso dentro de las comunidades eclesiales no se caiga en la crisis más peligrosa que puede afectar al hombre: la confusión del bien y del mal, que hace imposible construir y conservar el orden moral de los individuos y de las comunidades. Los mártires, y de manera más amplia todos los santos en la Iglesia, con el ejemplo elocuente y fascinador de una vida transfigurada totalmente por el esplendor de la verdad moral, iluminan cada época de la historia despertando el sentido moral. Dando testimonio del bien, ellos representan un reproche viviente a cuantos trasgreden la ley y hacen resonar con permanente actualidad las palabras del profeta: '¡ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad; que dan amargo por dulce, y dulce por amargo!' Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios. En efecto, ante las múltiples dificultades, que incluso en las circunstancias más ordinarias puede exigir la fidelidad al orden moral, el cristiano, implorando con su oración la gracia de Dios, está llamado a una entrega a veces heroica. Le sostiene la virtud de la fortaleza, que -como enseña san Gregorio Magno- le capacita a 'amar las dificultades de este mundo a la vista del premio eterno'" (VS 92 y 93).

Todo esto encontramos y Dios nos ofrece, como señal luminosa y gracia en los mártires. Ahí tenemos la respuesta a lo que estamos viviendo en este tiempo que nos toca vivir. Miremos y conozcamos su testimonio, aprendamos de ellos, acojamos el don que Dios nos ofrece en ellos. Son realmente para todos apertura de puertas a la esperanza, llamada a que sigamos lo que en su testimonio ellos nos ofrecen: ahí sí que hay futuro, un gran y esperanzador futuro. Damos gracias a Dios por ellos. Y, apoyados en su intercesión y en su testimonio, pidamos al Señor por esta diócesis de Toledo, por España entera, sin división y exclusión de nadie, en la situación difícil que atraviesa y en la unidad que necesita, y por la Iglesia universal, para que la fe adquiera nuevo vigor, para que los que no tienen fe se abran a ella, para que todos lleguen al conocimiento de Dios en Jesucristo, tengan vida, plena y eterna, caminen en esperanza, y surja así una nueva primavera en la Iglesia y en el mundo.