Año 2008


ÓRDENES SAGRADAS DE PRESBITERADO Y DIACONADO

 

Homilía del Sr. Cardenal Arzobispo en la S. I. Catedral Primada

Toledo, 21 de diciembre de 2008

 

La figura central de este cuarto domingo de Adviento, en el umbral mismo de la Navidad, es la Santísima Virgen María, en la espera de su hijo. Una vez más escuchamos el relato regocijante de la Encarnación, centro de toda la historia humana. La Virgen María es saludada por el Ángel así: " ¡Alégrate, el Señor está contigo!". Y así todos nosotros nos sentimos saludados aquí, esta mañana: "¡Alegraos, el Señor está con vosotros!" Está, en efecto con todos nosotros al ser ordenados cuatro nuevos diáconos y dos nuevos sacerdotes, otros Cristos, don del amor y del corazón misericordioso de Dios para el servicio del mundo, para la salvación de las almas. Con santa María, Madre de Dios y bendita entre todas las mujeres, proclamamos llenos de gozo la grandeza del Señor porque ha mirado y sigue mirando a esta pobre y humilde humanidad nuestra y le manifiesta y hace objeto de su favor y de su gracia.

      Antes de participar en el gozo de la noche santa de la Navidad, en la que todo queda inundado de claridad y la alegría del amor misericordioso de Dios en el Niño Jesús, salvador de los hombres, la Iglesia, en la sagrada Liturgia, nos lleva a mirar y contemplar a Santa María, la Virgen de la que nos habla el profeta Isaías en la profecía del Dios-con-nosotros, Enmanuel, la toda llena de gracia, toda santa, y fiel esclava del Señor que se entrega por completo al querer de Dios y es hecha por el Espíritu Santo morada del Hijo del Altísimo, Madre de Dios, primer Sagrario del Cuerpo de Cristo. También con vosotros, queridos ordenandos, está el Señor, y también vosotros acabáis de decir: "Aquí estoy", y vais a ser llenos, ungidos, por el Espíritu Santo para traer a Cristo entre los hombres y para ellos.

      En el relato evangélico asistimos a la hora más estelar y central de la historia humana: la encarnación del Hijo de Dios en el seno virginal de María. La encarnación es un acontecimiento humilde, oculto -nadie lo vio, nadie lo conoció, sólo María- pero al mismo tiempo decisivo para la historia de la humanidad, el más decisivo. Cuando Jesús fue concebido dio comienzo la nueva hora de la historia. En aquella hora sencilla y silenciosa dio comienzo la verdadera presencia de Dios con nosotros: Enmanuel. Aquel momento estelar fue una hora silenciosa. María, en el silencio y sosiego de la Nazaret insignificante y perdida, recibió el don de Dios, lo recibió todo de Dios, Dios se dio enteramente a Ella, y en Ella a todos, nos amó hasta el extremo, se desbordó en sabiduría y gracia en favor de todos y nos mostró y entregó el amor, para nuestra salvación plena e irrevocable. Porque en esto hemos conocido el amor: "en que Dios envió a su Hijo venido en carne". Ahí, en este acontecimiento, Dios engrandece al hombre, lo afirma y restaura en su dignidad. Es el sí pleno de Dios al hombre, el más grande sí al hombre, ahí radica el verdadero humanismo. De ese sí de Dios es inseparable el sí de María a Dios. El verdadero humanismo, el futuro del hombre, es inseparable del sí a Dios. Unidos el sí del Hijo y el sí de la Madre, en la obediencia del Hijo y en la obediencia de la Madre, se cumple la voluntad y el designio de Dios de salvación del hombre. La obediencia del Hijo se refleja en la obediencia de la madre, y así, gracias, al encuentro de los dos sí, Dios pudo asumir un rostro de hombre. El hombre, rostro de Dios, Dios Amor, verdad del hombre.

      A vosotros, queridos ordenandos, escogidos de entre los hombres, se os confía colaborar en el designio de Dios, en su obra de salvación, en ese sí de Dios a los hombres, que es Jesucristo; por eso se reclama de vosotros, como María, vuestro sí a Dios, vuestro aquí estoy, incondicional y total, para cumplir la voluntad de Dios; ayudar a los hombres a que ellos digan sí a Dios, ayudarles a la obediencia de la fe, es fundamental en el ministerio sacerdotal. Esto es tanto más necesario en momentos de quiebra de humanidad como los que padecemos.

      María, siempre virgen, es Madre, por obra y gracia del Espíritu Santo. Todo en Ella es gracia y obra de la gracia de Dios. Como vemos en esta encarnación y en la maternidad virginal de María, la salvación no procede en absoluto del hombre y de su poder, sino de Dios, de su acción y de su gracia. La actuación de Dios, para quien nada hay imposible, se da allí donde humanamente no cabría esperar nada. Y esto significa que la salvación del mundo es obra exclusiva de Dios, y por eso surge en medio de la debilidad, fragilidad o incapacidad humana. La encarnación y posterior nacimiento del Hijo de Dios Altísimo significa el carácter gratuito, gracioso, de este hecho. Es símbolo de la gracia, la más genuina realización de las palabras que la misma Virgen dirá después en su canto del Magníficat: "A los soberbios derribó de su trono y engrandeció a los humildes". Este misterio de la gracia que se produjo en María no la aleja de nosotros ni la hace inaccesible, sino que la convierte en un confortante signo de la gracia: Ella, al aceptar libremente y acoger el querer divino, anuncia al Dios que es más grande que nuestro corazón y cuya gracia es más fuerte que nuestra debilidad, a la que ya de antemano ha superado. Ella, Virgen y Madre, es señal de la alegría recóndita, pero profunda. Por ello es saludada: "¡Alégrate!", y trae la alegría donde va porque lleva y trae al Hijo de Dios gestado y nacido de sus entrañas, está con Él, en quien está toda suerte de bendiciones, toda la misericordia, todo el amor: Dios mismo que es amor.

      Todo es gracia en nosotros, los que hemos sido llamados y elegidos para ser sacerdotes, otros Cristos, presencia sacramental de Jesucristo sacerdote, cabeza y pastor de la Iglesia. Somos cumplimiento de la promesa de Dios: "Os daré pastores conforme a mi corazón". Somos don de Dios. No hemos elegido nosotros este camino, no hemos elegido una profesión. Hemos sido elegidos y llamados, por pura gracia, por el Señor. Por eso en nosotros no cabe sino la misma aceptación de La Santísima Virgen María. Nuestro sí, como el de Ella, a Dios, que nos llama por la Iglesia.

      Ante el amor respetuoso y delicado de Dios que para la realización de su proyecto de salvación espera la colaboración libre de su criatura, la Virgen superó toda vacilación y, con vistas a ese proyecto grande e inaudito, se puso confiadamente en sus manos. Plenamente disponible, totalmente abierta en lo íntimo de su alma y libre de sí, permitió a Dios colmarla de su Amor, con el Espíritu Santo. Así María, la mujer sencilla, pudo recibir en sí misma al Hijo de Dios, y dar al mundo el Salvador que se había donado a Ella. Su disponibilidad, su "aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra", se asocia al de su Hijo, al venir al mundo: "Aquí estoy, oh Dios, para cumplir tu voluntad", traer a los hombres a Dios. Así vosotros, con Jesús, como María, con entera disponibilidad, con un sí sin reservas traeréis a Dios, traeréis a Jesucristo, Dios con nosotros. Así Dios se os da a vosotros, Jesucristo se os da a vosotros, os une a Él, para que seáis presencia suya, para que actuéis en su persona y lo llevéis a los hombres.

      A Jesucristo, Salvador y Mesías, don supremo y absoluto de Dios, es al que los hombres nos piden que les demos. Nos lo piden a los sacerdotes. "Si se analizan las aspiraciones del hombre contemporáneo en relación con el sacerdote, se verá que, en el fondo, hay en el mismo una sola y gran aspiración: TIENE SED DE CRISTO. El resto -lo que necesita a nivel económico, social y político- lo puede pedir a muchos otros. ¡Al sacerdote se le pide a Cristo! Y de él tiene derecho a esperarlo. Por eso mis queridos sacerdotes y diáconos, mis queridos ordenandos, lo que nos corresponde es, ante todo, traer a Cristo a los hombres; en cierto modo como la Santísima Virgen maría. Así traeremos alegría, gozo, felicidad, dicha, paz, reconciliación, perdón, misericordia y compasión, salvación, curación, consuelo, esperanza; traeremos el sí mayor al hombre, el verdadero humanismo que es cristo; traeremos a Dios-con-nosotros, irrevocablemente unido a los hombres por la encarnación. Lo nuestro es traer a Cristo por la palabra; lo nuestro es traer a Cristo por la oración, lo nuestro sobre todo es traer a Cristo por la Eucaristía, futuro del hombre y de la humanidad entera. No en balde somos elegidos, llamados y consagrados para hacer presente a Jesucristo, sacerdote, cabeza y pastor, que ha venido a traer vida, a dar su vida, a reunir a los hijos dispersos, a iluminar a todos los hombres, ha venido a traer el sí más pleno y total al hombre, porque ha venido a traer a Dios, que es el total e irrevocable Sí, el más grande, en favor del hombre. Así, hoy entre nosotros, se abre un nuevo signo de esperanza, como se abrió la esperanza plena y definitiva en el Sí de María a Dios en la Anunciación.

      Habríamos de tener muy presente en nuestro ser sacerdotes, a la Virgen María. El principio mariano en la vida sacerdotal es fundamental e imprescindible: Ella acogió la Palabra, se plegó a la Palabra de Dios- "Hágase en mí según tu palabra"-, dijo sí, para que Dios dijese su sí definitivo al hombre, a la verdad del hombre; guardaba la palabra en su corazón; la meditaba y la rumiaba; Ella fue proclamada "dichosa" porque escuchaba la Palabra de Dios y la ponía en práctica. Es necesario aprender de Ella. Es necesario aprender en la escuela de María a contemplar el rostro de Cristo, el estar con Él y gozar de este estar con Él, como su Madre y nuestra Madre.

      Necesitamos de la actitud contemplativa de María y ser esclavos como María, o, como nuestro san Ildefonso, ser esclavos de María para ser siervos y esclavos del Señor y estar en todo pendientes de Él. Somos siervos y servidores, y en nadie como en María podemos aprender a ser siervos, vivir siempre como Ella en el servicio total en favor de los hombres y en la entrega generosa y sin reservas a quienes nos necesiten y donde nos necesiten y llevarles y entregarles a Cristo, que es al que esperan y necesitan. Ella ha de ser el modelo y la "estrella" a seguir en el camino para configurarnos con Cristo: ser enteramente de Ella, para ser enteramente de Cristo. Todo en Ella la convierte en madre cercana, llena de ternura y de misericordia, "pastora", dirá san Juan de Ávila, puesto que "después de Jesucristo no ha habido otra pastora, ni hay quien así guarde la las ovejas de Jesucristo. La Virgen sin mancilla es nuestra pastora después de Dios" (Ser 15, 20 ss).

      Todo en Ella nos remite a Jesús: "Haced lo que Él os diga". Todo en ella es Eucaristía, la "mujer eucarística". Ahondemos en el misterio de María y se reavivará y llenará de alegría nuestra vida como sacerdotes: no viviremos en la soledad, ni creeremos que todo depende de nosotros, sino que depende sólo de dejar a Dios ser Dios: en nuestro sacerdocio como en María es la hora de abrirnos al misterio de la gracia, de la confianza, de la pobreza, de la humildad, del caminar en la verdad. Si seguimos en su escuela, proclamaremos la grandeza de Dios, la verdad de Dios, seremos testigos de su misericordia y de las maravillas que hace en favor nuestro. Fortalezcamos una espiritualidad fuertemente mariana. La espiritualidad cristiana, la espiritualidad sacerdotal, es, por su naturaleza, mariana, como sintonía con las actitudes de Cristo. Estamos invitados a imitarla, a apoyarnos como sacerdotes en esta espiritualidad, a tener devoción a María con hondas raíces. "Mirémonos, padres, -dice san Juan de Ávila- de pies a cabeza, ánima y cuerpo, y vernos hemos hechos semejables a la Sacratísima Virgen María, que, con sus palabras trajo a Dios a su vientre. Y el sacerdote le trae con las palabras de la consagración" (Plática 1ª, 111 ss; Ser 70, 639 ss). Cuanto mayor y mejor devoción tengamos a María, mejores sacerdotes seremos. Tenedlo por muy cierto y seguro. Acudamos a Ella, en su función mediadora, en su misión sacerdotal de intercesora, que es misión también de Madre para que ruegue por nosotros, para que nos haga santos sacerdotes - y si no somos santos, ¿para qué ser sacerdotes?