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Año 2009 |
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FIESTA DE SAN ILDEFONSO
Homilía del Sr. Cardenal, don Antonio Cañizares Llovera, en la solemnidad de san Ildefonso, patrono de Toledo Toledo, S. I. Catedral Primada, 23 de enero Muy queridos hermanos y hermanas: Es el último año que celebro la fiesta de San Ildefonso como Obispo vuestro. Dios me ha concedido la gracia de estar aquí todavía hoy; y, con vosotros, darle gracias por este gran pastor nuestro, que sigue guiando con su magisterio, con su ejemplo, con su gloria, con su poderosa intercesión a esta Iglesia de Toledo, que fue la suya, a la que condujo tan certeramente por los caminos del Señor, a la que alimentó y sirvió tan bien, a la que amó con tanto amor de buen pastor y fiel servidor del Señor. San Ildefonso es una figura grande, cuya grandeza nos invita, alienta y apremia a no contentarnos con un vida mediocre, con una vida moral de mínimos, sino a que aspiremos a lo más alto, a una vida santa, a la que hemos sido llamados. Esa vida de santidad es la que llena y hace dichosos, la que abre grandes horizontes de futuro y caminos de esperanza, la que hace surgir una humanidad nueva hecha de hombres nuevos que cambia y renueva el mundo, la que hace posible la gran revolución del amor, la revolución de Dios. También nosotros, con la ayuda de la gracia, podemos ser como él: santos, sin mancha, felices con aquella felicidad propia de las bienaventuranzas, libres con la verdad de Jesucristo, dichosos con la alegría de sabernos amados hasta el extremo y de permanecer en el amor. Esta vida de santidad es puerta abierta a todos los hombres y en todos los tiempos, también los nuestros, aunque vivamos en un mundo que no es fácil y no ayude a aspirar a lo alto, o reprima las preguntas y anhelos de mayor importancia para el hombre que son los que a Dios y a la vida eterna se refieren. En San Ildefonso, para nuestro ejemplo y aliento, se nos ofrece al hombre santo que nos conduce certeramente hoy en la apasionante tarea de renovación eclesial y pastoral, de renovación de nuestro mundo. Hoy más que nunca la acción de la Iglesia tiene como urgencia prioritaria la santidad. Hoy más que nunca es necesario y apremiante hacer hincapié en esta urgencia, que es fundamento de toda presencia y actuación eclesial. Sin esto todo se desmorona, nada tiene consistencia. En los momentos cruciales de la Iglesia, como el nuestro, han sido siempre los santos quienes han aportado luz, vida y caminos de renovación, como San Ildefonso, que también vivió unos años de una situación decisiva para la historia de la Iglesia, de la fe en España, no exenta de dificultades, internas y externas. Por eso, hoy, la Iglesia sigue ofreciéndonos modelos de santidad, como acaba de hacerlo al anunciar la próxima canonización del Beato Rafael Arnaiz -conocido como el Hermano Rafael- o la beatificación de nuestro queridísimo Arzobispo, el Venerable Cardenal Ciriaco María Sancha y Hervás, que el día 25 de febrero hará cien años murió como santo Arzobispo de Toledo. Esta es una gran noticia para todos nosotros, para nuestra diócesis, que ya, desde ahora, se pone en movimiento para celebrar el centenario de su muerte que iniciaremos, D.m., el 25 del próximo mes y prepararse para su beatificación en esta Santa Iglesia Catedral Primada este mismo año en fecha aún no determinada. Esto es un signo más de la voluntad de Dios que hoy, en nuestros días, sigue llamándonos con apremio a la santidad. La Iglesia y el mundo necesitan santos; se necesita ofrecer modelos de santidad. La vida entera de la comunidad eclesial debe ir en esta dirección: la que lleva a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor. Insistir en esto -¡y qué bien nos vendrá celebrar a lo largo de este año el testimonio del Venerable Cardenal Sancha!- no es escapismo o huida de los grandes problemas que nos acechan. Todo lo contrario. Porque, precisamente, nos hallamos inmersos en el mundo de hoy con tantísimos y tan gravísimos problemas, es por lo que es preciso insistir en esta llamada a ser santos, como Dios es santo. La figura de San Ildefonso, o del cardenal Sancha, o del Hermano Rafael, nos recuerdan que precisamente porque vivimos tiempos complicados y difíciles y nos hallamos en una situación muy fragmentada y dispersa, es preciso impulsar entre nosotros una pastoral que vaya a lo esencial, a lo que es sustancial en la vida cristiana y en la vida del hombre: ser testigos de la caridad que no tiene límites y de la entrega servicial a los hombres siguiendo el camino que Cristo recorrió, y es Él mismo, el camino de las "bienaventuranzas", que son retrato que Jesús nos dejó de sí mismo, dibujo de su rostro -rostro de Dios-, descripción concreta de su infinita caridad, la muestra más auténtica de la verdad del hombre. El testimonio de la caridad en estos momentos entraña la propagación de una nueva cultura de la vida y de una nueva civilización del amor, en la que se defienda y proteja la vida de todo ser humano desde el momento de su concepción hasta su muerte natural, en la que se respete, se consolide y fortalezca la familia asentada sobre la verdad que la constituye, en la que se reconozca la verdad y la dignidad inviolable de la persona humana como base en la que se asiente todo ordenamiento de la sociedad; el testimonio de la caridad y de la vida evangélica de las bienaventuranzas comporta la defensa, respeto y promoción de los derechos humanos fundamentales y universales, la promoción de la paz y la justicia y el amor solidario en favor de los pobres, los débiles, los indefensos, los que no tienen cobijo, los que sufren la pérdida de empleo y carecen de puesto de trabajo, los que pasan hambre, los que padecen con más severidad la crisis económica que nos envuelve, los enfermos, los ancianos solos, y ese largo etcétera de los pobres con los que Jesús se identifica; el testimonio de la caridad comporta hoy anunciar la fe, llevar a los hombres a Dios, porque carecer de Él es la mayor de las indigencias que se puede padecer. Poner, como vengo diciendo, toda nuestra actuación eclesial y pastoral bajo el signo de la santidad, entre otras cosas, significa poner en el centro de la misma el Bautismo, que es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y de la inhabitación del Espíritu Santo. Por eso, la diócesis de Toledo habrá de seguir profundizando y asimilando cuanto significa la iniciación cristiana, para renovarla, fortalecerla, llevarla a cabo con todas sus consecuencias y exigencias, conforme al Directorio Diocesano para tal Iniciación Cristiana, ya elaborado, y le corresponderá aprobar a mi sucesor, que, a pesar de todas las cábalas y rumores que corren, nadie, en absoluto, conoce aún quién será. Como sucedió en nuestro Santo Patrón, san Ildefonso, los bautizados hemos sido consagrados para una vida santa. Juan Pablo II nos lo recordaba en su carta “Al comenzar el nuevo milenio”: “Preguntar al catecúmeno, '¿quieres recibir el Bautismo?',' significa al mismo tiempo preguntarle, '¿quieres ser santo?'. Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: 'Sed perfectos, como es vuestro Padre celestial' (Mt 5,48)”. Es en los santos donde podemos "ver" de alguna manera a Cristo, en sus discípulos y testigos, en los bautizados en los que Él vive, donde tenemos la experiencia de Él en toda su cercanía, en toda su obra transformadora y redentora de la vida de los hombres, como signo y presencia del Dios vivo que es Amor. Los santos, vida ordinaria de los renacidos en Cristo por el Bautismo, hombres y mujeres de nuestro mismo barro, reflejan precisamente la vida que Cristo mismo encarnó y vivió históricamente, aquella que los primeros discípulos vieron con sus propios ojos y palparon con sus manos. Sólo una vida de santos dará a conocer a Jesucristo, origen y meta de una humanidad nueva y verdadera; sólo con santos será creíble, visible y "seguible" el Evangelio. Por eso en este año, en que se va a proclamar beato a uno de sus santos arzobispos, sucesor en la misma sede de San Ildefonso, el cardenal Sancha, nuestra diócesis debería sentirse urgida por una llamada especial a no tener miedo a ser santos, a seguir a Jesucristo, que es fuente de libertad y amor, a abrirse al Señor, para que Él ilumine todos nuestros pasos. De la mano, de los labios, del testimonio y de la enseñanza de san Ildefonso, cobran actualidad y fuerza las palabras de Jesús: "Sed misericordiosos, como mi Padre celestial es misericordioso", santo. Aquí está el futuro. Este es el camino, el único y verdadero camino del futuro, que se abre ante nosotros en los precisos momentos que vivimos cargados de incertidumbre pero abiertos a la luz de la esperanza. Ese camino es inseparable de la fe en Jesucristo, hijo de Dios vivo, que con tanta fortaleza como vigor vivió y defendió San Ildefonso, frente a las asechanzas todavía presentes de las herejías arriana o adopcionista. Genuino y fiel intérprete de la fe, no se le ocurre a San Ildefonso trocar el oro de la Revelación por el lodo de las nuevas ideologías. En estos tiempos, tan marcados por un nuevo gnosticismo ambiental e ideológico, en que se niega la divinidad o la humanidad de Jesucristo o se silencia la virginidad de su Santísima Madre, o en los que se destruye el misterio de la Encarnación, y del misterio y persona divina de Jesucristo, el Hijo de Dios que se ha hecho hombre por obra del Espíritu Santo en el seno de la siempre Virgen María, o en el que, como consecuencia, no se acepta que Jesucristo sea el Salvador único y universal de los hombres, necesitamos acudir al magisterio claro e inequívoco, lúcido e iluminador, de San Ildefonso, a su testimonio de exposición fiel e íntegra de la fe de la Iglesia, dentro de la gran Tradición de la Católica, sin salirse de esa Tradición ni un ápice, en comunión consciente y expresa con la gran Tradición que constituye la Iglesia. Hoy, ante el panorama doctrinal que estamos viviendo -ese panorama no muy halagüeño y a veces oscuro, con tanta lucidez descrito por los Obispos de la Conferencia Episcopal Española en su Instrucción Pastoral titulada "Secularización y Teología"- necesitamos de hombres y maestros como San Ildefonso que expongan, defiendan y testimonien la verdadera fe de la Iglesia, la que acoge la revelación de Dios que nos alcanza por la Tradición. Necesitamos así mismo acudir, para aprender de ahí, a la incansable labor de San Ildefonso de fortalecer la iniciación y la formación cristiana de la fe. Necesitamos confesar la fe cierta y verdadera de la Iglesia, de la Tradición que nos une a la Iglesia, no nuestras opiniones o las opiniones o teorías al uso, marcadas más por el pensamiento subjetivo o el determinado por la cultura dominante de nuestra época, pero que nos separa de esa Tradición, la única que nos asegura permanecer en la verdad y en la fe de la Iglesia, con todas las consecuencias que esto comporta aun incluso para la vida social y pública de nuestro pueblo, que se ha hecho y se ha identificado a partir de ella. Es preciso revitalizar nuestra fe, mantenerla fiel y viva, manifestarla con decisión, libertad y confianza; con coraje y osadía, obedeciendo a Dios antes que a los hombres. Necesitamos de aquella fe sólida, asentada sobre la roca firme que es Cristo, presente e inseparable de su Iglesia, que nos alcanza dentro de la Tradición de la Católica, y que llevó a San Ildefonso a la santidad. Como nos dijo Juan Pablo II en su primer viaje a España -y debería ser una de las consignas para todos nosotros- es necesario que los católicos españoles, que los católicos toledanos, sepamos "recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por un profundo amor al hombre hermano. Para sacar de ahí fuerza renovada que nos haga incansables creadores de diálogo y promotores de justicia, alentadores de cultura y elevación humana y moral del pueblo. En un clima de respetuosa convivencia con las otras legítimas opciones, mientras exigimos el justo respeto a las nuestras". La formación de cristianos de fe sólida y esclarecida, con todas sus consecuencias morales y sociales es una de las tareas más prioritarias y apremiantes para la Iglesia de hoy, como señalamos, ante nuestra realidad social y cultural, los Obispos de la Conferencia Episcopal en la Instrucción Pastoral que lleva por título “Orientaciones Morales de la Iglesia ante la actual situación de España”. Necesitamos embarcarnos con decisión y generosidad, sin reservas, comodidades, perezas o miedos, en la tarea, urgente como nunca y sin duda ardua, de una formación sólida en la fe, en la vida de fe, que implique la aceptación consciente del mensaje moral cristiano. No podemos caer ni en el relativismo doctrinal ni en el relativismo moral de nuestro tiempo, como tantas veces nos recuerda el Papa Benedicto XVI, desde el comienzo de su Pontificado. Esta solidez en la formación y en la vida de fe es lo que hará que llevemos una vida santa en medio del mundo y al servicio de su transformación, lo que propiciará una eficaz acción evangelizadora, y lo que hará que salgamos del anonimato y de los refugios invernales para ir a donde están los hombres y comunicarles el gozo inefable de la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios vivo hecho hombre en las purísimas entrañas, por siempre virginales, de María, y la alegría inmensa de que somos queridos por Dios, y que Cristo ha muerto y ha resucitado por nosotros, y por nuestra salvación para la vida eterna. Esta será nuestra victoria, como dice el Evangelista Juan, la victoria de nuestra fe, de la fe que no se impone sino que se propone y ofrece a la libertad de los demás como don y como gracia, como salvación, luz y esperanza para todos.
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