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Año 2009 |
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HOMILÍA DEL SR. CARDENAL EN LA SOLEMNIDAD DE LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO
S. I. Catedral Primada Toledo, 25 de enero
Queridos hermanos y hermanas en el Señor, queridos cursillistas de cristiandad que celebráis hoy la acción de gracias por los cincuenta años de los Cursillos de Cristiandad, con los que el Señor ha enriquecido a la Iglesia reavivando la conciencia de la nueva evangelización; querido matrimonio, Raimundo y Silvia, qué hoy vais a ser enviados como misioneros a la Prelatura Apostólica de Moyobamba: En medio del Año Jubilar Paulino, celebramos hoy con especial solemnidad, la fiesta de la conversión de San Pablo, Apóstol de los Gentiles: los cursillos de Cristiandad y el envío de este matrimonio a la misión hacen hoy especialmente significativa entre nosotros esta fiesta de la Conversión de san Pablo, fiesta a la que unimos también la acción de gracias por los cincuenta años de la convocatoria del Concilio Vaticano II por el Papa Juan XXIII, verdadero Pentecostés en el siglo XX. También unimos hoy a la celebración de acción de gracias el levantamiento de la excomunión de cuatro obispos de la Fraternidad de San Pío X, continuadores de Lefevre, que supone un signo de esperanza para la comunión de la Iglesia. Alabamos y bendecimos a Dios por la conversión de Pablo; de tan grandísima trascendencia para la Iglesia y la humanidad entera, Pablo ha sido elegido por Dios como instrumento suyo para llevar el Evangelio de la gracia y de la misericordia, del amor y de la salvación de Dios, Jesucristo, hasta los confines de la tierra y darlo a conocer a los paganos, para que creyendo en Él, obtengan el perdón de los pecados y parte en la herencia de los santos. Su persona entera, su vida y su misión, su obra en el mundo de tantísima trascendencia en la historia humana, están marcadas por el acontecimiento que hoy celebramos: su conversión. Su encuentro con Cristo, camino de Damasco donde iba a perseguir a los cristianos y tratar de eliminarlos. Este encuentro llena de luz su persona y cambia por completo; se encuentra cara a cara con Jesús que vive y lo transforma; experimenta en su ser más propio la misericordia de Dios que lo hace nacer de nuevo, ser un hombre nuevo en el que el Amor de Dios lo ha marcado de manera indeleble. Al encontrarse por el amor de Cristo su vida ya no se entiende sin Él. A partir de ahí dirá "no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí". "Para mí la vida es Cristo, y todo .lo estimo basura comparado con el conocimiento de Cristo". A partir de este encuentro vive la gran experiencia de plenitud y de salvación que se da por la fe en Cristo, que es la plenitud del amor y así podrá decir, como testigo real y no con palabras retóricas: "Nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo". Por eso, lo único que desea ya es agradar siempre a Dios, unido a Cristo, el único mediador entre Dios y los hombres. Para Pablo lo más importante de todo es que gozaba del amor de Cristo; "con esto se consideraba el más dichoso de todos,' sin esto le era indiferente asociarse- a los poderosos y a los príncipes; prefería ser, con este amor, el último de todos, incluso del número de los condenados, que formar parte, sin Él, de los más encumbrados y honorables. Para él, el tormento más grande y extraordinario era el verse privado de este amor; para él, su privación significaba el infierno, el único sufrimiento, el suplicio infinito e intolerable. Gozar del amor de Cristo representaba para él la vida, los bienes presentes y futuros, las promesas, el conjunto de todo bien; ... consideraba como un juego de niños la muerte y la más variada clase de tormentos y suplicios, con tal de poder sufrir algo por Cristo" (San Juan Crisóstomo). Para él, en suma, la vida era Cristo, y su ganancia el morir en Cristo y estar con Él. Cristo le había ganado, y no deseaba otra cosa que todos, como él, fuesen ganados por el mismo Cristo, por su amor inconmensurable, por su sabiduría, la de la Cruz, donde está el amor desbordante como un verdadero derroche de Dios. Por eso hará del anuncio del Evangelio, del dar a conocer a Cristo, la misión de toda su vida: él se identifica con ser anuncio del Evangelio, con ser enviado a hacer partícipes a los demás del don del amor salvador de Jesucristo, de la gracia de la redención que nos ha obtenido en la Cruz por nosotros. Así dirá: "¡Ay de mí si no evangelizare!". Nada ni nadie podrá apartarlo de este anuncio del Evangelio, ninguna dificultad -y mira que tuvo tan innumerables dificultades, privaciones y persecuciones- lo echaron atrás del anuncio del Evangelio, y no tendrá ningún miedo ni se apartará de este anuncio, porque el Evangelio es fuerza de salvación para todo el que cree. Él es testigo de algo que no puede callar: Dios había tenido, tenía, compasión de Él, porque antes no era creyente y no sabía lo que hacía intentando que desapareciese la memoria y el seguimiento de Jesús en su pueblo; pero el Señor derrochó su gracia en Él, dándole la fe y el amor en Cristo Jesús, y esto es lo que cambia el mundo, donde está el futuro único de esperanza para todos los hombres. A partir de esta experiencia, que es la del encuentro con el amor salvador de Dios en Cristo Jesús, todo él se comprende como lo que es: instrumento elegido por Dios para anunciar la verdad por el mundo entero. Todo él se considera enviado, está y vive en estado de misión. Cuando hoy, hermanos, nos disponemos a secundar lo que el Espíritu dice a la Iglesia aquí, ponerse en estado de misión, la memoria de Pablo nos recuerda que esta obra no es una decisión suya que él tome, en virtud, diríamos hoy, de unas estrategias, sino que sencillamente hace y lleva a cabo la voluntad de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, tal y como se ha manifestado en Jesucristo, el único mediador entre Dios y los hombres, de cuyo amor nada ni nadie puede separarnos, como él mismo ha vivido en ese encuentro personal que marca y configura toda su existencia en lo sucesivo. No estaba esto en sus planes; todo lo contrario, estaba en camino para erradicar lo que Jesús había traído .al mundo. No era esa su voluntad, pero a partir de ese encuentro, que ilumina toda su vida y la cambia por completo, porque ha experimentado ahí el amor de Aquel a quien perseguía, que ama y se ha entregado por todos y vive, su razón de ser no es otra que, urgido y apremiado por el Amor, llevar a cabo el querer de Dios. La razón de ser de su vida será cumplir esta voluntad de Dios siendo heraldo incansable, a tiempo y a destiempo, en todo momento, del Evangelio. No se trata de cálculos, ni de estrategias, ni secuencia de un programa establecido, sino de cumplir la voluntad de Dios, el designio salvífico de Dios, manifestado en Jesucristo, y hecho carne en su propia carne, experimentado en su vida personal, que le ha llamado, elegido y enviado para ser apóstol entre los gentiles, haciéndoles partícipes del misterio escondido que es el de la reconciliación de todos en Cristo. Pablo no busca, ni se aferra a su propia voluntad, a sus ideas, criterios, opiniones; sigue el querer de Dios y los criterios de Dios, lo que en Jesús ha encontrado, Hijo de Dios venido en carne. Se deja guiar y llevar por Cristo únicamente y en todo, por el Espíritu, no por la carne, por el juicio de los hombres ni el suyo. Por ello y para ello, se pone a la escucha de Cristo, de su palabra, de su voluntad. Está con Él, vive unido a Él por puro don, y, por el Espíritu, por gracia y revelación, entra en su misterio de Hijo único de Dios vivo venido en carne, que le trasforma y como trasfigurado por El, por el Espíritu y la obra salvadora de su gracia, asume su misma vida, sus mismos criterios, sus mismos sentimientos y actúa unido a Él con su celo por la gloria de Dios. Para Pablo la vida es Cristo. Es Cristo quien vive en él, y por eso actúa llevando a cabo la misma obra de Cristo, Evangelio vivo de Dios. Con san Pablo, no se puede olvidar nunca, que buscar y entregarse a la voluntad de Dios, es buscar y entregarse por completo a Cristo, en quien se nos hace palpable y vemos cumplida la voluntad divina. Ahí está, como en su núcleo, todo cuanto corresponde a la evangelización y a una Iglesia en estado de misión. De aquí surgirá el nuevo ardor que Juan Pablo II reclamó para la nueva evangelización. Al vivir en Cristo y con Él, a partir del encuentro personal y vivificante con Él, al escucharle, al seguir el camino con la mirada puesta en Él y con la certeza de que camina acompañado de Él, no puede dejar de ir a donde están los otros y comunicar con todo gozo y esperanza lo que le había pasado en el camino. Así, guiado por Él, entregado a Él, iluminado y encendido por su Palabra, por su presencia viva, Pablo llevará a cabo el querer de Dios que es dar a conocer el misterio escondido y revelado en Cristo Jesús. Apasionado por Cristo y por darlo a conocer a todas las gentes, a pie, por barco, con peligros de todo tipo, sin escatimar esfuerzo alguno, lleva a cabo el anuncio del Evangelio a todos, para ganar a algunos. Pablo, hombre frágil, con un pasado, y una historia personal muy concreta, transformado en hombre nuevo con la fuerza de la gracia y del amor salvador de Dios en Cristo Jesús, en el encuentro vivificante con Él, mantenido fielmente, se ha dejado ganar por Cristo para ser de Él, vivir para Él y desde Él. Cristo se ha adueñado de su vida, vive en él, de forma que su pensamiento y su querer, su sentir y su proceder, actúa en él. No le importa otra cosa que Él. Todo lo estima pérdida comparado con su conocimiento y su amor, del que nada ni nadie podrá apartarlo; desde que el encuentro personal con Cristo que vive, resucitado y glorioso, le ha cambiado, lo ha convertido, ha hecho de él una criatura nueva, Cristo será ese tesoro escondido o esa perla que estima más que todo y reclama que su corazón esté únicamente en Él. El ha palpado lo que todo esto significa, no sólo en su vida, sino para el hombre mismo, necesitado de salvación. La situación dramática, del hombre qué Pablo nos describe en la Carta a los Romanos, o en la carta a los Corintios, o en la de los Gálatas, la condición de vieja criatura, que él ha experimentado en carne propia, de la que, por pura gracia, Dios le ha liberado, la quiebra de humanidad y de moralidad, la degradación humana, que él contempla y le rodea, originada por el pecado, por el olvido de Dios, y por el desconocimiento de su gracia y misericordia, y, por el contrario, la nueva situación, la realidad enteramente nueva que el amor y la misericordia de Dios en Cristo le han hecho participar, la respuesta que le ha salido al encuentro en la persona de Cristo ve Pablo que es la luz y la vida que el hombre necesita y que, por pura gracia, se ofrece a todos los hombres como fuerza de salvación para el que cree, para quien la coge en obediencia. Pablo es testigo vivo de que sólo Cristo es la respuesta a la demanda y necesidad radical que todo hombre tiene de salvación. No hay otro, ninguna otra salvación y redención que no venga de Él, no hay otra buena ni mejor noticia que no sea Él, no hay otro Evangelio que no sea El, para el judío y para el griego, es decir para todo hombre. El anhelo de Dios, la búsqueda de Dios, Dios desconocido, se nos ha dado a conocer en Cristo. En Cristo, y éste crucificado, en la Cruz de Cristo, se ha manifestado el rostro de Dios, en la kénosis y despojamiento de Jesucristo, se nos ha dado a conocer ese rostro. No es un Cristo inventado por Pablo, sino el que cuelga de la cruz, el que ha sido crucificado por nuestros pecados. El mismo que ha nacido de mujer, nacido bajo la Lev. El mismo del que dan testimonio los otros apóstoles. El mismo que Él ha recibido y que Él a su vez entrega. El que le ha hablado en el camino, y le ha salvado; no es una idea fabricada en su imaginación, sino Aquél del que ha tenido una experiencia viva, salvadora, sanante, iluminadora, totalizadora, fruto del encuentro con Él, -en el camino de la persecución o del alejamiento de Él como es la vida humana sin Él- y de la experiencia real y verdadera del amor y de la bondad que Dios ha tenido para con él en la persona de Cristo. Por todo esto, en san Pablo vemos que para evangelizar, para situarnos en estado de misión, es necesario que Cristo nos "gane", que se haya hecho vida nuestra, que para nosotros la vida sea Cristo, y que se vea y se palpe que Cristo nos importa por encima de todo, que nos ha transformado y hecho hombres nuevos, con una vida y novedad que merece vivirse. Es necesario que viviendo en Dios y para Dios, por la fe, mostremos testimonialmente la verdad de Jesucristo, que cargó sobre sí nuestros pecados, y nos ha amado y entregado por cada uno de nosotros. Se trata, pues, como el caso de Pablo, de contemplar el rostro de Cristo, crucificado y glorioso, verdadera sabiduría de Dios, dejarse penetrar de esta visión, dejarse iluminar por Él, por el brillo de su gloria, por su Verdad que nos hace libres y se realiza en el amor, y que, esta gracia, disipe las oscuridades y necedad que nos envuelven. Así entraremos dentro de la verdad de Cristo que será Luz para nosotros, y podremos ser misioneros, como Pablo. Por otra parte, San pablo, por experiencia en carne propia, y por su solidaridad con los hombres, con los de su pueblo, y con los gentiles, es consciente y siente en lo más profundo de su persona que el mundo, el hombre, necesita a Jesucristo, porque necesita a Dios. Sin Dios el hombre se pierde, camina sin sentido, carece de esperanza ante el vivir y el morir. El mundo necesita de Dios, revelado, presente, entregado en Jesucristo, para que resplandezca la verdad de la creación y del hombre, se implante e instaure la justicia de Dios, la que nos hace real; y verdaderamente justos, entre las gentes y los pueblos. No se siente ni puede quedar impasible Pablo ante esa necesidad de Dios, del conocimiento verdadero de Dios, necesidad grande y primordial, de la que a veces ni siquiera se cae en la cuenta, pero que no se puede reprimir en el corazón de los hombres, que buscan a Dios, sin saberlo y como a tientas, en quien somos, vivimos y existimos, o le conocen mal y desfigurado, como los paganos, o no le conocen del todo, como su pueblo amado. Se trata de una necesidad dramática, por las consecuencias que entraña para el hombre y su historia, ante la que Pablo no puede sentirse espectador pasivo de esta dramática situación; él la siente como en carne propia con todo el dolor que entraña y la compasión suscita. Pablo -desde el encuentro con Cristo y la experiencia de su obra salvadora en Él y en cuantos lo aceptan a Él- sabe y es muy consciente de que lo que está en juego en la vida e historia humana es la manera de entender la vida con Dios o sin Dios, con fe o sin ella, con esperanza de vida eterna o sin más horizonte que los bienes del mundo; la preeminencia del progreso material y la coexistencia sin amor; una sociedad basada en una moral objetiva valedera por sí misma y para todos, o regida, por el contrario, por el arbitrio de la sola libertad abandonada a sí misma. Y esto es muy importante y decisivo. No da lo mismo una cosa u otra. No da lo mismo que los hombres crean o no en el Dios verdadero, dado a conocer en Cristo; no da lo mismo que los hombres entiendan y vivan la vida con Dios y con esperanza en la vida eterna o no; no da igual que los hombres crean en Jesucristo, le amen, le sigan para alcanzar con El la felicidad, la verdad que hace libres, el amor que supera todo odio y división, y hace un solo pueblo de hermanos. San Pablo es testigo de que sin Dios, manifestado y entregado en Cristo no habrá ese pueblo de hermanos que vivan con aquel amor y caridad, que él mismo propone en la primera carta a los Corintios, y que es también retrato y rostro del amor de Cristo. Por eso se trata de volver a Dios, y encontrar, de nuevo, la plena comunión con El, en quien está la dicha y felicidad del hombre, la vida y la esperanza, la paz y el amor que lo llena todo y sacia los anhelos más vivos del corazón humano. Y, por eso mismo, toda su obra, la que configura su vida a partir de la gracia del encuentro con Cristo y de su amor redentor, será una llamada a la conversión, a la metanoia. Convertirse, para Pablo, significa repensar la vida y la manera de situarse ante ella desde Dios, donde está la verdad; poner en cuestión el propio y el común modo de vivir, dejar entrar a Dios en los criterios de la propia vida, no juzgar ni ver, sin más, conforme a las opiniones corrientes que se dan en el ambiente, sino en conformidad con el juicio y la visión de Dios mismo: Jesucristo. Convertirse es dejar que el pensamiento de Dios sea también el nuestro, asumir, por tanto, "su mentalidad y sus costumbres", como comprobamos y palpamos en Jesucristo. Convertirse significa en consecuencia: no vivir como viven todos, ni obrar como obran todos, .sino con la originalidad única que se da en Cristo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; buscar por consiguiente el bien, aunque resulte incómodo y dificultoso; no apoyarse en el criterio o en el juicio de los hombres, sino sólo en el criterio y juicio de Dios, sólo en Dios, en la comunión con Él; es decir, convertirse o volverse ,a Dios, auxiliados por su gracia, para que el pensar y querer del ^hombre, sus deseos y sus obras, se identifiquen con el querer y el pensar de Dios, y; .el actuar del hombre no sea sino la realización de su voluntad, de su designio de amor y de gracia: esto se da y se nos da en Cristo Jesús. Por eso, para Pablo, la conversión, meta a la que tiende su misión:, es volver a Jesucristo, es dejar que su pensamiento penetre en el nuestro y que nuestro obrar sea seguirle en todo. Así, ofrecer al mundo el testimonio de una vida nueva, animada en el seguimiento de Jesucristo.
--------------- Al finalizar la Santa Misa, en el contexto de la clausura del Octavario de oración por la unidad de los cristianos, el Sr. Cardenal pidió a los fieles asistentes a la celebración que intensifiquen la oración para que este “grandísimo gesto que ha realizado el Santo Padre con el levantamiento de la excomunión sea seguido por otros signos necesarios para la plena integración. Es un signo del Espíritu que sea precisamente dentro del octavario cuando se haya producido este gesto tan esperanzador del Santo Padre”. |
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