|
Año 2009
ESCUCHAR A CRISTO
II Domingo de Cuaresma. Homilía en la Ordenación de un diácono en la S. I. Catedral Primada Toledo, 8 de marzo Queridos hermanos sacerdotes y diáconos, queridos Sr. Rector y formadores del Seminario Mayor, queridos seminaristas, muy querido especialmente tú, hoy, Francisco, que como una manifestación más del amor de Dios que se nos ha dado en Jesucristo, vas a ser ordenado diácono; queridos familiares y amigos venidos de Almuñécar e Íllora (Granada), queridos hermanos y hermanas en el Señor. ¡Qué luz tan luminosa y llena de esperanza arroja la Palabra de Dios hoy para todos, pero de una manera particularmente concreta para ti, Paco; porque en verdad en ti se cumple lo que hemos escuchado a San Pablo: "Nada ni nadie puede apartarnos del amor de Cristo". Lo sabes muy bien que el amor de Cristo, en tu historia personal, ha estado muy presente. Dios te había elegido y ha puesto todo en tu camino para que este designio suyo se cumpla; hasta los últimos días previos a tu ordenación han sido muestra de este amor inmenso con que eres amado por Dios en Jesucristo, que te ha llamado y dicho: "¡Sígueme!" Y dejándolo todo, has respondido, como Abraham: "¡Aquí estoy!" Dios te lo pide todo, como a Abraham; te pide que te quedes sólo con el cumplir su voluntad; y has respondido fielmente también como Abraham, dejando todo lo que tenías; tu misma promesa de celibato expresa esa misma respuesta, que es respuesta al amor con el que Dios te ama en Jesucristo. El Evangelio de este segundo domingo de Cuaresma nos lleva hasta el monte Tabor, al momento de la Transfiguración. Momento único en que Cristo desea decir algo más sobre sí mismo a aquellos apóstoles elegidos y preferidos, los mismos que le iban a acompañar como testigos después en el huerto de los Olivos, donde comienza su pasión. Nos lo dice a todos, pero de una manera particular te lo dice a ti, que vas a ser testigo de la pasión y resurrección del Señor, primero como diácono y dentro de unos meses, si Dios quiere, como sacerdote. Ante la pasión que se acerca, ante Getsemaní y el Calvario, y en testimonio de la futura resurrección, oímos la voz del cielo que nos dice: "Este es mi Hijo amado, escuchadle". Esa voz nos hace conocer que en El y por El se encierra la nueva y definitiva Alianza con el hombre, el cumplimiento de las promesas de Dios, la presencia irrevocable de la plenitud de su amor. Aquí, en el Tabor, en el Hijo muy amado del Dios vivo, se está fundamentando nuestra esperanza, porque ahí se manifiesta ya lo que estamos llamados a ser, lo que somos: ciudadanos del cielo, de donde aguardamos a nuestro Salvador Jesucristo: "El transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, en virtud de ese poder que tiene para someterse a Sí todas las cosas". Aquí, en Cristo transfigurado y lleno de gloria, la Iglesia santa, cuerpo de Cristo en su totalidad, puede comprender cuál ha de ser su transformación, y así sus miembros pueden contar con la promesa de aquella participación en aquel honor que brillaba de antemano en la Cabeza del cuerpo que es la Iglesia, Cristo. Aquí vemos la gloria de Dios que se revela de manera definitiva en la elevación de la Cruz. La gloria de Dios es la cruz de Cristo, la gloria de Dios es su amor dado todo y hasta el extremo en el vaciamiento total de sí en la entrega de la Cruz, la gloria de Dios es ese amor sin medida que lo llena todo hasta el abismo de la miseria, de la injusticia, de la muerte. La gloria de Dios, es su Hijo venido en carne, es su Hijo dándose todo enteramente para que el hombre viva. Él es vida. La revelación de esta gloria nos muestra en Cristo, el Hijo único y preferido del Padre, que Dios es amor. En esto vemos el amor que Dios nos tiene: en que ha enviado su Hijo al mundo para que tengamos vida, para que todo hombre que es engendrado viva; para entregarlo por nosotros, para darlo a nosotros, y en Él darse a nosotros sin medida. En El Dios nos lo ha dado todo, se nos ha dado Él mismo enteramente. No puede haber mayor amor. Esta es la apuesta de Dios por el hombre: la vida del hombre, no su destrucción. Esta es nuestra verdadera esperanza y futuro:"¿Quién podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo, a quien ha hecho propiciación por nuestros pecados, que ha cargado sobre sí nuestras propias miserias? ¿Cómo no nos dará todo con Él?” No tengas miedo, Francisco: Dios te da todo con Cristo, abrazado a Cristo, a su cruz; Dios te hace participar de la gloria de su Hijo, al constituirte sacramentalmente siervo y servidor con Cristo, hasta dar tu vida como Él por amor. Oigamos por ello la voz del cielo que nos dice: "Este es mi Hijo amado, escuchadle". Dios nos ha dado su gracia por medio de Jesucristo, Él destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal. El es el centro y sentido último de la historia. En la escena de la transfiguración Dios se nos revela como centro de la historia. Escuchemos la voz del Señor. Escuchemos al Hijo crucificado, su palabra única en la que Dios nos lo dice todo. No le cerremos nuestro corazón como "muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo, aspirando únicamente a las cosas terrenas". En este tiempo en que crece una cierta hostilidad hacia la cruz de Cristo y una indiferencia hacia el Evangelio del amor que brota de esa cruz. Y hostilidad es eliminar, o permitir eliminar al inocente, indefenso, débil y desvalido no nacido, porque es ir en contra de todo el amor de la Cruz, de Dios mismo que da su vida por todos, también en este tiempo. Escuchemos a Cristo, que con su persona y su obra, con sus palabras y sus gestos nos está diciendo que Dios es amor y quiere que el hombre viva, que el amor suyo lo sustente y vivifique. ¿Qué significa escuchar a Cristo? Es una pregunta que no puede dejar de plantearse uno que va a recibir el diaconado, por el que quedas configurado con Cristo, que se despojó de su rango y se hizo esclavo de todos para ganar a algunos: Pero tampoco puede dejar de planteársela ningún cristiano: ¿qué significa escuchar a Cristo? Toda la Iglesia, cada uno de los cristianos, debemos dar siempre una respuesta a esta pregunta en las condiciones culturales, sociales, económicas y políticas que cambian. Debemos dar esa respuesta auténtica si no queremos correr el riesgo de comportarnos como enemigos de la Cruz de Cristo. La respuesta debe ser auténtica y sincera. Se trata de escuchar a Cristo en quien hemos conocido el amor que es Dios. Escuchar a Cristo en quien vemos y palpamos que Dios no ha permanecido indiferente a la suerte del hombre y que le importa el hombre, independientemente del tamaño y los días que tenga y de la fuerza que posea, pero que es hombre porque, Dios verdadero de Dios verdadero, Cristo, ha dado su vida por nosotros. Se trata de escuchar a Cristo que ha descendido a nuestra pobreza y nuestra menesterosidad, que ha entregado su propia vida, que ha venido a sanar a los enfermos y traer consuelo a los corazones desgarrados y afligidos. Escuchar a Cristo que se ha identificado con los pobres, con los que sufren, con los que pasan hambre y sed, con los que no tienen techo o están privados de libertad, con los indefensos y débiles, con los más pequeños que no se valen por sí mismos. Se trata de escuchar a Cristo, que como el buen samaritano, se acerca al hombre caído, malherido, marginado, tirado en la cuneta, olvidado de los hombres, privados de sus derechos más fundamentales como es el de vivir, víctima de leyes injustas y desprotegido de la atención que se merece en su dignidad inviolable, para atenderlo, protegerlo para quererlo, curarlo y llevarlo donde hay calor y cobijo de hogar. Se trata de escuchar a Cristo que nos ha manifestado y dicho que Dios es amor, y que quien permanece en el amor permanece en Dios, en su gloria. Escuchar a Cristo para servirle orientando al mundo hacia el Reino definitivo de su Salvador. Escuchar a Cristo para evangelizar, decir lo que le hemos escuchado a Él, lo que en Él hemos visto, lo que de Él hemos palpado: el amor que no tiene límite ni medida. Eso es ser constituido diácono. Escuchando a Cristo vivirás el don con que hoy eres enriquecido al ser ordenado diácono. La Iglesia no tiene otra palabra, ni otra riqueza, ni otra fuerza que "Cristo": pero ésta ni la puede olvidar, ni la quiere ni debe silenciar, ni la dejará morir. Así también tú, querido Francisco, así también vosotros, queridos diáconos, así también nosotros queridos sacerdotes, y más aún nosotros como Obispos: No tenemos otra riqueza, ni otra palabra que la que hemos escuchado, la única que Dios tiene: Jesucristo, el Hijo amado del Padre. Porque, con Él, ha apostado enteramente y sin condiciones ni intereses extraños, por el hombre: en Él se nos dice que no se puede anteponer nada al hombre, porque nada se puede anteponer a Dios, a su amor. Esa es la palabra y la riqueza de la Iglesia, de los cristianos, de los diáconos y sacerdotes, de los Obispos, y hemos de ofrecerla con tanta sencillez como transparencia, sabedores por la propia experiencia de que es un bien inestimable para la vida de las personas y del mundo. Esta experiencia vivida de Jesucristo, Redentor, es un don, una gracia, y por eso sólo puede ofrecerse humildemente como un gesto de amistad. No se impone, se muestra. Se ofrece como una invitación a la libertad. Tiene como métodos propios de comunicación: el testimonio y el diálogo; y como criterio: el amor y la misericordia. Busca en todas las circunstancias el bien integral de la persona, y trata de cooperar lealmente con todos en el esfuerzo por el bien común, inseparable del bien de la persona, de su dignidad de respeto a la vida. Estos métodos separan al cristianismo de las ideologías: no son los métodos del poder con los que hoy, por ejemplo, se imponen leyes e intereses contra el hombre. Con los métodos del Evangelio puede el cristianismo ofrecer una auténtica novedad a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Así, anunciar a Cristo, testificar a Cristo es, el mejor y mayor servicio de la Iglesia a los hombres; servicio a la esperanza de un mundo, de una humanidad transfigurada, es el mejor servicio que como diácono, encarnando el ministerio del servicio, de la diaconía, puedes ofrecer hoy a los hombres. Anunciar a Cristo, ser testigos de Dios vivo, es servir al mundo de los hombres y dar a Aquél que es la Buena Noticia para los pobres, la esperanza para los hombres y que nos hace libres y hermanos, criaturas nuevas transfiguradas, porque es el Hijo único de Dios hecho hombre. Se trata de ser coherentes hoy con la fe y con la experiencia de Jesucristo que es paz y esperanza para todos. Lo que los cristianos, la Iglesia han de ofrecer y pueden ofrecer a los hombres de hoy, como en todos los tiempos y lugares, es Jesucristo, Redentor del hombre y del mundo. Hacia Él únicamente se ha de orientar el espíritu de los cristianos. Él es la única dirección de su voluntad y de su corazón. Hacia Él siempre, y específicamente en nuestro tiempo, ha de volver su mirada. La Iglesia vive de la certeza, clara y apasionada, de que ella "ha de ofrecer a los hombres el bien más precioso y que nadie más puede darle: la fe en Jesucristo, fuente de la esperanza que no defrauda, don que está en el origen de lo que somos, y que hoy y siempre será una aportación esencial para nuestro futuro humano, realmente transfigurado. Sí, después de veinte siglos, la Iglesia se presenta al principio del tercer milenio en el que todavía estamos con el mismo anuncio de siempre, que es su único tesoro: Jesucristo es el Señor; en Él, y en ningún otro, podemos salvarnos. La fuente de la esperanza para el mundo entero, es Cristo, y la Iglesia es el canal a través del cual se difunde la ola de gracia que fluye del corazón traspasado del Redentor"(JUAN PABLO II, EE, 18). Si quiere la Iglesia -y ciertamente debe- servir a una nueva sociedad, a una Humanidad transfigurada que anticipa la Humanidad del Cielo, la Humanidad glorificada por Dios y su amor, si quiere ayudar a nuestra sociedad a reconstruirse a sí misma revitalizando las raíces que le han dado su origen, es preciso que vuelva con renovado vigor a Jesucristo, a escuchar a Jesucristo, a obedecerle y seguirle, que reavive la experiencia de Jesucristo, que profundice en su conversión a Cristo y en la escucha de su palabra, y que anuncie esta Palabra y llame a la conversión a todos sus miembros e instituciones. Es en esta escucha, es en la aceptación de Jesucristo, donde verdaderamente encuentra la mujer su dignidad más grande. Nadie como Jesucristo ha hablado ni ha respetado ni querido a la mujer como en Él vemos. En Él tenemos verdaderamente el sentido y la orientación para la dignificación de la mujer cada día más grande, como Dios la quiere. Somos nosotros, los cristianos, en primer lugar los que tenemos necesidad de escuchar a Cristo, el Hijo amado, y convertirnos a Él. Es lo más santo, lo más sagrado en sí y para nosotros; y por eso lo ofrecemos, no lo imponemos. Lo anunciamos y testificamos con sumo respeto a otras convicciones; pero, eso sí, exigimos el respeto a las nuestras. Francisco, eres ordenado diácono y pronto serás ordenado sacerdote, en tiempos de densos nubarrones, como los del Tabor, solo, para finalizar, te digo unas cosas: Fíjate en la Santísima Virgen María, llama a María, “en los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. Siguiéndola no te desviarás, rogándola no desesperarás; pensando en Ella, no te perderás. Si Ella te tiene de la mano, no caerás; si te protege nada tendrás que temer; no te fatigarás si es tu guía; llegarás felizmente al puerto si Ella te es propicia” (San Bernardo). Con Ella escucharás al Hijo amado del Padre, hijo también de sus entrañas virginales. Así serán realidad en tu vida las palabras de María: “Haced lo que Él os diga”, que son las palabras del cielo que se escuchan en el Tabor. Escuchadlos, escuchemos al Hijo amado de Dios. Que así sea.
|