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Año 2009
EL SEMINARIO Y LA VOCACIÓN AL SACERDOCIO
Homilía solemnidad de San José, en la S. I. Catedral Primada Toledo, 19 de marzo Queridos hermanos sacerdotes y diáconos, queridos Rectores y Formadores del Seminario Mayor y Menor de nuestra diócesis, queridos seminaristas, queridos todos, hermanos y hermanas en el Señor: Celebramos un día muy gozoso en toda la Iglesia porque es la fiesta de san José, a cuya fiel custodia Dios todopoderoso e infinito en su misericordia y amor confió los primeros misterios de la salvación. Dios Padre, en efecto, confió a su solicitud y fiel cuidado a su Hijo encarnado que se hizo hombre en el seno virginal de María, su castísima esposa: en Él se cumplen las promesas de Dios, en Él está la salvación, Dios con nosotros. San José es el hombre justo y recto, el hombre de fe, como Abraham: Creyó y esperó. Apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza. Se fió de Dios enteramente en medio de las pruebas. Hizo lo que le había mandado el ángel del Señor. San José es el servidor fiel y prudente que puso al frente de la sagrada familia, para que haciendo las veces de padre, cuidara del que es el Salvador de todos los hombres. San José se somete por completo a Dios y así colabora de un modo singular en la salvación de los hombres. Se entregó por completo a servir a su Hijo, nacido de la Virgen María. Dios lo eligió para que alimentara a su hijo en su infancia y juventud, para que aprendiera junto a él a ser hombre, a trabajar con manos de hombre, a amar con corazón de hombre y para educarlo en la vida del pueblo elegido, heredero de las promesas; lo nombró administrador de su casa y hay que ver cómo llevó a cabo este servicio encomendado; a él obedeció Jesús, aprendió y vivió la obediencia junto a él. Al justo José Dios le reveló el misterio de Cristo, mantenido en secreto durante siglos. ¡Qué figura tan sencilla, pero tan extraordinaria! ¡Qué cercano a todos nosotros y qué imitable en su conducta! Necesitamos aprender de él y confiar en él; acudirá él, que es el protector de toda la Iglesia, inseparable de Cristo, que es el objeto y la razón de ser de su vida. La Iglesia une a esta fiesta de San José, mejor une a san José, los seminarios que son el corazón de la Iglesia, lugar donde se forman los que van a ser presencia sacramental de Cristo sacerdote. Esta jornada nos evoca, entre otras muchas cosas, la necesidad que hay de sacerdotes. Esta necesidad la tiene la Iglesia y aunque parezca extraño la tiene también la misma sociedad. La Iglesia, en efecto, necesita sacerdotes, para ser ella misma y cumplir su misión. "Sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir aquella obediencia fundamental que se sitúa en el centro mismo de su existencia y de su misión en la historia, esto es, la obediencia al mandato de Jesús 'Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes' y 'Haced esto en conmemoración mía'; o sea el mandato de anunciar el Evangelio y de renovar cada día el sacrificio de su cuerpo y de su sangre derramada por el mundo" (Juan Pablo II). Sin Eucaristía no hay Iglesia ni vida cristiana en la Iglesia; y sin sacerdotes ordenados no hay Eucaristía. Los sacerdotes no pueden ser sustituidos en su ministerio por nadie. El mundo actual, por su parte, está necesitado de esperanza, de fe. Hay que decirlo con fuerza: el mundo en que vivimos está necesitado de Dios. Este mundo nuestro está necesitando de manera apremiante hombres que entreguen su vida a Dios, que quieran ser testigos dichosos del Evangelio en el ministerio sacerdotal. Sin sacerdotes, auténticamente identificados con Cristo, no habrá renovación profunda de la sociedad y del mundo. Faltan sacerdotes. Hoy es una tarea apasionante ser testigo de Dios en el mundo, entregando la vida entera a esta tarea. Es hermoso que podamos hacer presente a Dios, la realidad más primordialmente necesaria porque sin ella pierden sentido las cosas y la totalidad de la vida se queda sin luz. Los sacerdotes introducen en cada momento de la historia la fuerza renovadora del misterio pascual de Jesucristo, la vida de Dios y el fuego del Espíritu Santo. Los sacerdotes entregan a Cristo en persona, en toda su realidad de amor, de salvación y de esperanza. Colocados al frente del Pueblo de Dios, como siervos autorizados, lo conducen a través de la historia hacia Cristo; y hacen de él un pueblo llamado a proclamar, las grandezas de Dios: "Dios te quiere, Cristo ha muerto y ha resucitado por ti". Entre las prioridades pastorales, sin duda alguna, hay que colocar el empeño por aumentar las vocaciones sacerdotales. En Toledo, con el auxilio de Dios que nunca falta, podemos y debemos aumentar el número de jóvenes que respondan generosamente a la llamada de Jesús para ser sacerdotes. Aunque ejemplares y bastantes, son pocos aún los seminaristas que actualmente se están formando en nuestro Seminario. Nos urge crear en nuestras comunidades espacios de fuerte vitalidad cristiana, que contrarreste el impacto de la sociedad paganizada de nuestro tiempo, en la que se debilita o ausenta el sentido cristiano de la vida. Sin esta vitalidad cristiana difícilmente se dará esa respuesta generosa de los jóvenes. Ha llegado, además, el tiempo de hablar valientemente de la vida sacerdotal como de un valor inestimable y una forma espléndida y privilegiada de vida humana y cristiana. Ha llegado la hora de llamar personalmente para esta vocación y presentarla sin miedos, como lo que es, fuente de plenitud, de dicha y de realización humana en toda su integridad. Es necesario presentar el gozo inmenso del don de la vocación y de la vida sacerdotal. "Los educadores, especialmente los sacerdotes, no deben temer el proponer de modo explícito y firme la vocación al presbiterado como una posibilidad real para aquellos jóvenes que muestren tener los dones y las cualidades necesarias para ello. No hay que tener ningún miedo de condicionarles su libertad; al contrario, una propuesta concreta, hecha en el momento oportuno, puede ser decisiva para provocar en los jóvenes una respuesta libre y auténtica. Por lo demás, la historia de la Iglesia y de tantas vocaciones sacerdotales, surgidas incluso en tierna edad, demuestran ampliamente el valor providencial de la cercanía y de la palabra de un sacerdote; no sólo de la palabra, sino también de la cercanía, o sea, de un testimonio concreto y gozoso, capaz de motivar interrogantes y conducir a decisiones incluso definitivas" (Juan Pablo II). La vocación es don de Dios. Y por ello ha de ser pedido a Él en la oración. De las pocas cosas que el Señor nos dijo que pidiésemos hay una que nos indicó: "Rogad al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies". Hemos de intensificar la oración en nuestra diócesis de Toledo. Hemos de orar insistentemente por las vocaciones. Hemos de crear espacios de oración: en esos espacios, en la oración, se escucha la voz y la llamada de Dios. Viendo tan grande urgencia de aumentar el número de seminaristas en Toledo, repito encarecidamente la petición de que en todas las comunidades se ore por las vocaciones; que en todas las celebraciones de la Eucaristía, en la oración de los fieles, se incluya siempre, una petición por esta intención. Me dirijo, además, con esta súplica, de manera especial, a todos los monasterios de vida contemplativa para que oren por las vocaciones. Y ruego a los enfermos, tan cercanos a Dios, que ofrezcan su enfermedad para que Dios nos conceda abundantes y santos sacerdotes a nuestra diócesis. Ha llegado la hora de pedir más, más insistentemente, con más convicción, por las vocaciones. Tenemos, además, que explicar ya, sin esperar a mañana, más decididamente su importancia y su necesidad, llamar e invitar con delicadeza y confianza a los que parecen idóneos y acompañarles en su camino y preparación para la respuesta generosa. Es necesario que nos embarquemos y nos comprometamos más todos en esto, empezando por el Obispo que os habla, y siguiendo por los sacerdotes, los padres y madres de familia, los religiosos y las religiosas, los catequistas y educadores cristianos, los responsables de los movimientos apostólicos. Os pido, pues, a todos que intensifiquemos la pastoral de las vocaciones sacerdotales. ¡Vamos a trabajar con decisión y esperanza en este campo, sobre todo en todas y cada una de las parroquias de nuestra diócesis! Que Dios nos conceda esta gracia; atienda nuestra súplica. Y en esta solemnidad de san José, onomástica del Papa, os pido también vuestra oración por él y por su ministerio al servicio de la comunión y de la unidad de toda la Iglesia y de todos los hombres.
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