Año 2009


JUEVES SANTO “IN COENA DOMINI”

Homilía del Sr. Cardenal Administrador apostólico en la S. I. Catedral Primada

Toledo, 9 de abril de 2009

   Queridos hermanos sacerdotes, estimadas y dignas autoridades, queridos hermanos y hermanas en el Señor: Al llegar la hora de pasar de este mundo al Padre, anticipando su pasión y su muerte en la cruz, Jesús, habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo, y les dejó el testamento de su amor, como nueva y definitiva alianza. En aquel atardecer, noche ya, de Jerusalén sobre el que se cernía ya la oscuridad de la violencia sobre Jesús, Él dejó a los discípulos el sacramento de la Eucaristía, que anticipa y perenniza para siempre el sacrificio de su cuerpo y de su Sangre ofrecido al Padre en cumplimiento de su voluntad de amor hasta dar la vida para la redención de los hombres. Antes, como un esclavo, había lavado los pies a sus discípulos en un gesto que recogía toda su vida, desde el momento de la encarnación hasta su muerte en cruz, de despojamiento de su rango, de rebajamiento en obediencia como último y hasta lo último, que ha venido no a ser servido sino a servir y dar su vida por muchos, por todos, como testigo fiel y presencia de Dios, que es Amor. Con este gesto del lavatorio de los pies se repite el gesto con el que Jesús, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo, y dejó a los discípulos, como su distintivo, el amor hasta la muerte.

   En el Cenáculo de aquella tarde de Jerusalén, Jesús, "haciendo del pan su Cuerpo y del vino su Sangre, anticipa su muerte, la anticipa en lo más íntimo y la transforma en una acción de amor. Lo que desde el exterior es acción brutal -la crucifixión-, desde el interior se transforma en un acto de un amor que se entrega totalmente. Esta es la transformación sustancial que se operó en el Cenáculo y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último fin es la transformación del mundo hasta que Dios sea todo en todos" (Benedicto XVI, A los jóvenes en Colonia). Aquí está todo y aquí se resume todo cuanto somos y creemos, aquí se concentra, como culmen y como fuente, la historia de la salvación del mundo y el acto central de la transformación del mundo conforme al querer de Dios, presente y actuante en toda su plenitud por Cristo entregado al Padre. La Eucaristía es el misterio de la fe, la base en que se sustenta y de la que se nutre la humanidad nueva rescatada por la sangre preciosa del Cordero sin mancha, Cristo, real y sustancialmente presente aquí, en su cuerpo y sangre, alma y divinidad, hasta que vuelva. "La Eucaristía, nos recordaba recientemente el Papa Benedicto XVI, está en los orígenes mismos de la Iglesia y es la fuente de la gracia, constituyendo una incomparable ocasión tanto para la santificación de la humanidad en Cristo, como para la glorificación de Dios. En este sentido, por una parte, todas las actividades de la Iglesia se ordenan -han de tender- al misterio de la Eucaristía; y, por otra, es en virtud de la Eucaristía como la Iglesia continuamente vive y crece hasta hoy. Nuestro deber es percibir el preciosísimo tesoro de este inefable misterio de fe, tanto en la misma celebración de la Santa Misa como en el culto de las sagradas especies, que son conservadas después de la Misa para extender la gracia del Sacrificio".

   El próximo año, el 2010, las semana siguiente a la fiesta del Corpus Christi se celebrará, como ya sabéis, el Congreso Eucarístico Nacional, propiciado por la Conferencia Episcopal española y encomendado a nuestra diócesis de Toledo. El tiempo que nos queda para esta celebración debiera ser un tiempo no sólo para organizar bien este acontecimiento, verdadera gracia y don de Dios a esta queridísima diócesis toledana, tan hondamente eucarística, hasta ser su identidad inseparable de la Eucaristía. Sino que, de manera muy principal, debiera ser este tiempo y este acontecimiento una ocasión propicia para adentrarnos más y más en el conocimiento y experiencia viva de la Eucaristía. ¡Qué maravilla, qué tesoro tan inmenso e inescrutable el de la Eucaristía, cuya institución conmemoramos, sacramento en el que "el Salvador, encarnado en el seno de María hace veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina" (TMA 55). En la Eucaristía nos encontramos con Jesús en persona, con su presencia real y verdadera, con todo su misterio, con la totalidad de su vida; en ella nos adentramos en su conocimiento y gustamos del misterio de su amor infinito y redentor. La Eucaristía consuma del modo más pleno la incorporación del hombre a Cristo."Por el misterio del Pan eucarístico el Señor puede decirnos a cada uno: 'El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él' (Jn 6,56). Su vida pasa a nosotros como la savia vivificante pasa a los sarmientos para que estén vivos y produzcan sus frutos. Sin verdadera unión con Cristo -en quien creemos y de quien nos alimentamos- no puede haber vida sobrenatural en nosotros ni frutos fecundos" (Juan Pablo II) . Participar en la Eucaristía significa permanecer en Cristo y Cristo en nosotros, y con Él y por Él vivir en el reconocimiento, glorificación y adoración de Dios, vivir en la íntima unión Él que se adueña de nosotros y nos transforma para que vivamos en el amor y amando con este mismo amor suyo. La Eucaristía que, es por antonomasia el gesto supremo de la adoración y reconocimiento de Dios como Dios, como nuestra verdadera medida, nos conduce y nos hace participar de la obediencia por encima de todo a la voluntad de Dios, que es Amor y quiere que los hombres se salven. Por la eucaristía que es adoración y conduce a la adoración, Dios está dentro de nosotros, y nosotros estamos con Él. "Su dinámica, la de Dios, nos penetra y desde nosotros quiere propagarse a los otros y extenderse a todo el mundo, para que su amor llegue a ser realmente la medida dominante en el mundo" (Benedicto XVI, a los jóvenes en Colonia).

   En la Eucaristía se vive "la fundamental transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo: la violencia se transforma en amor y, por tanto, la muerte en vida. Dado que este acto convierte la muerte en amor, la muerte como tal está ya, desde su interior, superada: en ella está ya presente la resurrección. La muerte ha sido, por así decir, profundamente herida, tanto que, de ahora en adelante, no puede ser la última palabra... Esta transformación fundamental de la violencia en amor, de la muerte en vida, lleva consigo las demás transformaciones. Pan y vino se convierten en su Cuerpo y su sangre. LLegados a este punto la transformación no puede detenerse, antes bien, es aquí donde debe comenzar plenamente. El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan para que también nosotros mismos seamos transformados. Nosotros mismos debemos llegar a ser Cuerpo de Cristo, sus consanguíneos. Todos comemos el único pan, y esto significa que entre nosotros llegamos a ser una sola cosa. La adoración, que es el sacrificio eucarístico, llega a ser, de este modo, unión" (Benedicto XVI, A los jóvenes en Colonia), comunión que constituye la Iglesia.

   De la Eucaristía brota y se realiza la comunión y la unidad en la Iglesia. Que, con ocasión de esta preparación del Congreso Eucarístico nacional y el redescubrimiento de la Eucaristía y de nuestras vidas en conformidad con la Eucaristía, se fortalezca e intensifique la comunión en nuestra Iglesia diocesana; que fortalecidos todos por la Eucaristía, por una renovada fe y participación en ella, nada rompa ni debilite esta unidad de la Iglesia. Que el vivir más intensamente el misterio eucarístico nos lleve a sentir en lo hondo de nuestro corazón el dolor por todo aquello o por todos aquellos que han dañado o dañan la unidad querida por Dios para su pueblo. Que, unidos más a Cristo por la Eucaristía, sacramento de comunión y de unidad, nos sintamos más fuertemente impulsados a orar con fuerza al Espíritu Santo implorando de El la gracia de la unidad de los cristianos. El amor que se hace presente en la Eucaristía, que es el Cuerpo de Cristo entregado por nosotros, y que nos hace ser Cuerpo de Cristo, ha de ofrecerse y alcanzar a todos: creyentes y no creyentes, creyentes de otras religiones, que no nos vean como enemigos suyos, sino hermanos y amigos. Que, mostremos a todos que Dios, tal y como nosotros le hemos conocido en Jesucristo y se nos da en la Eucaristía, es compasivo y misericordioso, más aún, es el Amor. Y que aunque muchas veces nuestra vida no corresponde al don que nos ha sido hecho, sabemos que un mundo verdaderamente humano sólo puede construirse sobre el amor entre los hombres, que nace del reconocimiento de Dios, de la fe y la esperanza en Dios, y de los caminos de misericordia de Dios con los hombres. Un mundo verdaderamente humano lo construyen sobre todo los hombres de Dios, los adoradores de Dios, los que viven en comunión con Él en la que entramos por la comunión y participación eucarística. Que la confesión de fe en el Dios Único que entraña la Eucaristía y el amor que brota de ella nos lleve en nuestras relaciones con los hombres por los caminos del diálogo y de encuentro, nunca por el camino de la intransigencia y menos aún por el del rechazo.

   Permitidme que insista una y otra vez, y más todavía en este día del Jueves Santo en que fue instituida la Eucaristía, y aún más en este año en que debemos prepararnos para el Congreso Eucarístico, verdadera caricia de Dios para con nuestra diócesis, y gran responsabilidad por el don que Dios conceda: permitidme, digo, que insista en que urgentemente, de manera apremiante en la Iglesia, y en un mundo y una etapa crucial de su historia, necesitamos emprender el camino,  iniciar ya los pasos para profundizar en la gran experiencia de renovación de humanidad que supone la Eucaristía, celebrada, adorada y vivida; necesitamos ahondar en la renovación y transformación de nuestra sociedad y de nuestra historia que tanto tienen que ver con la Eucaristía, transformación primordial y sustancial y anticipo de un mundo nuevo y renovado. Esto tiene que ver con algo muy importante: tenemos necesidad de renovar el sentido de adoración eucarística en los sacerdotes, en las personas consagradas, en todo el pueblo cristiano. Necesitamos reavivar en nosotros, descubrir la hondura y la significación, la trascendencia de presente y de futuro, que tiene la adoración, necesitamos profundizar en la adoración: la eucaristía misma como adoración y la adoración eucarística como prolongación del acto supremo de adoración, de culto latréutico, que es el sacrificio de la Eucaristía. "Tal profundización será posible solo a través de un mayor conocimiento del misterio en plena fidelidad a la Tradición e incrementando la vida litúrgica al interior de nuestras comunidades" (Benedicto XVI).

   Necesitamos comprender más y mejor, celebrar muy bien y vivir con toda su verdad la Eucaristía, participar de ella y vivir de ella, para estar con Cristo, ser de Cristo y vivir en El. Necesitamos que esté en el centro de nuestra vida y en el centro de cada una de las comunidades que forman nuestra Iglesia diocesana. La Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana y de toda la vida de la Iglesia, es raíz y centro de la existencia cristiana, siembra y exigencia de fraternidad y de servicio a todos los hombres, empezando por los más necesitados en su cuerpo y en su espíritu. Necesitamos celebrar el misterio del Amor eucarístico para insertarlo más profundamente en la vida y en la historia de nuestro pueblo, sediento de Dios, de valores espirituales, de hermandad, de solidaridad y de justicia. Necesitamos del Sacramento eucarístico para que nuestro amor a Dios y a los hermanos tome verdadera fuerza y vigor y nos haga avanzar en el camino que siembra de vida y amor este mundo nuestro. Necesitamos de la Eucaristía porque "la celebración de los misterios de nuestra redención en el Sacramento del Altar, nos impulsa al mismo tiempo, a promover la inalienable dignidad de todo ser humano por medio de la justicia, la paz y la concordia; a ofrecerse a sí mismo generosamente como pan de vida por los demás a fin de que todos se unan realmente en el amor de Cristo " (Juan Pablo II).

   Necesitamos la Eucaristía porque ésta es "horizonte y meta de toda proclamación del Evangelio", "fuente y cumbre de toda evangelización" (PO 5), identidad y dicha más profunda de la Iglesia. "Del altar eucarístico, corazón pulsante de la Iglesia, nace constantemente el flujo evangelizador de la palabra y de la caridad. Por ello, el contacto con la Eucaristía ha de llevar a un mayor compromiso por hacer presente la obra redentora de Cristo en todas las realidades humanas" (Juan Pablo II). De la participación en la Eucaristía, nuestra Iglesia saldrá fortalecida para la nueva evangelización que el mundo entero necesita.

   Para todo esto debemos intensificar en nuestra diócesis una verdadera y profunda, nada superficial, formación eucarística y litúrgica. La renovación del mundo, como vengo señalando, no vendrá sin la renovación eucarística, sin la renovación de la Liturgia, que no se quede en las formas exteriores, sino que vaya a la hondura del espíritu de la liturgia, a la adoración que está en el corazón de la liturgia y en todo aquello que la favorezca: formación litúrgica, del espíritu de la liturgia, de la adoración, de todo el Pueblo de Dios, que es formación y conocimiento de la fe, y que es formación en la misma práctica y vida de participación activa y fructuosa en la liturgia. Para ello hemos de cuidar más las celebraciones, el silencio, la proclamación y escucha de la Palabra, el arrodillarnos, la manera de comulgar, la oración, el sentido y la iniciativa de Dios, el respeto, la manera de estar en el templo, el canto, el impulso y participación en las parroquias de la adoración, etc., etc. Debemos cuidar mucho el momento de la comunión, y el de la consagración. El futuro del mundo está ahí. No podemos impedirlo.

   En la Eucaristía encontramos el amor, se nos da y se nos hace posible vivir amando y en comunión. Hoy quiero pedir a todos que reavivemos nuestro amor, nuestra cercanía, nuestra comunión con el Papa que tanto está sufriendo. Hoy pido a todos nuestra solidaridad y caridad para con los que han sufrido el terremoto en Aquila: el domingo 20 tendremos la colecta diocesana por ellos. Hoy también quiero expresar mi afecto fraterno y mi apoyo más total y pleno, y conmigo el de la diócesis, hacia los sacerdotes y comunidad parroquial de Yepes, que, de una temporada a esta parte, están siendo víctimas de acoso, de maltrato, incluso de calumnias y de una verdadera campaña de hostilidad. Que sepan todos que estoy con ellos, que estoy con estos ejemplares sacerdotes, que ratifico cuanto han hecho en comunión con lo que dice y afirma la Iglesia Católica. Pido a todos que oréis por ellos para que se mantengan firmes en el testimonio de la fe y en el servicio evangélico de caridad y de evangelización. En el sacramento de la comunión con Dios y con los hermanos, el que hace la comunión eclesial, pedimos por el Papa, por las víctimas y afectados de Aquila, por los sacerdotes y parroquia de Yepes.