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Año 2009
NOS AMÓ HASTA EL EXTREMO
H omilía del Sr. Cardenal Administrador Apostólico de Toledo en la S. I. Catedral Primada, el Viernes SantoToledo, 10 de abril de 2009
Queridos hermanos y hermanas en el Señor, nuestras miradas se dirigen a la Cruz, "al que traspasaron por nuestros delitos", al corazón atravesado del Redentor, en quien "están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (Col 2, 3) y "reside corporalmente la plenitud de la divinidad". En la pasión y en la Cruz de Cristo se condensa la historia larga y dramática de las infidelidades de los hombres al designio divino; la pasión nos lleva a meditar el gran misterio del mal y del pecado que oprimen a la humanidad a lo largo de su historia -no menos hoy, al contrario-. Pero los sufrimientos de Cristo expían este mal, tantísimo mal; por la Cruz resplandece, en la oscuridad de la historia humana y en nuestros días, la victoria y la luz de un Amor, el de Dios, que es más fuerte que el pecado del hombre, que la muerte o que el "príncipe de la mentira" que ha instigado tanto mal y ha anegado el mundo de ese mal. Es verdad, la cruz de Cristo revela "la anchura y la longitud, la altura y la profundidad" -las dimensiones cósmicas y de la totalidad de la historia, ése es su sentido-, de un amor que supera todo conocimiento - el amor va más allá de todo cuanto se conoce- y nos "llena hasta la total plenitud de Dios" (Cf Ef. 3, 18-19). Si en la Cruz, es cierto, contemplamos y palpamos el amor sin medida de Dios, no menos cierto es que también, a su luz, contemplamos la gravedad y la tragedia de nuestros pecados. ¿Quién nos podrá librar de la iniquidad que pesa sobre nosotros? ¿Quién podrá salvarnos de nuestro pecado? Sólo uno puede salvarnos, sólo el amor y el poder de Dios pueden arrancarnos de las raíces de la culpa y de la muerte; sólo el Hijo de Dios, "Cristo, que ha muerto por nuestros pecados", según las Escrituras. Sí, hermanos, esta es la Buena Nueva que escucha el hombre, tú y yo, necesitado de redención: Dios no nos ha abandonado al poder de la muerte sino que compadecido, ha tendido la mano a todos. En el hecho de la Cruz de Cristo se ha operado un giro decisivo en la historia de los hombres; ha comenzado el tiempo del perdón, es decir, de la compasión y de la misericordia, de la salvación. Dios, en efecto, entregó a su propio Hijo por todos nosotros para que "fuésemos reconciliados con El por su muerte" en cruz. El nos ha liberado de nuestra conducta necia y pecadora que hemos heredado y hecho nuestra; El nos ha rescatado, "no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo". ¡Qué precio tan caro ha tenido que pagar por nosotros Dios: su propia sangre, pues la sangre de Cristo es la misma sangre de Dios. Cristo, por nosotros, se sometió a la muerte y una muerte tan cruel e ignominiosa como la de la cruz; por todos los hombres, con quienes se solidarizó en la muerte, cargando con la maldición del pecado; por todos nosotros que con nuestras malas acciones le hemos hecho sufrir el suplicio de la Cruz: por todos, sin excepción alguna, por tí y por mí, ha muerto Jesús clavado en el madero; por todos, puesto que no hay, ni hubo, ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo. Hoy es día para una conmovida y sentida acción de gracias. No debería ser nuestra vida más que una acción de gracias; y que esta acción de gracias fuese volvernos a Él, para que su amor esté en nosotros, y nosotros demos testimonio de Él en una vida entregada a los demás, donde no quepa ninguna violencia ni odio alguno; donde sólo quepa el amor fraterno, el perdón. Llenos de esperanza, miramos el árbol de la cruz, donde se abre una gran aurora de luz: la aurora, el nuevo día que está marcado por su perdón. ¡Mirad de par en par el paraíso abierto por la fuerza de un Cordero, víctima de reconciliación! Mirad al que traspasaron, pues de su costado abierto brota el agua viva que nos purifica, que nos trae el perdón vivificador; de su costado abierto brota la sangre, derramada para el perdón de nuestros pecados, de todo odio y de toda violencia. De ese costado brota la Iglesia, como una nueva Eva, sacramento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano. La infinita piedad de Dios ha penetrado hasta las raíces más escondidas de nuestra iniquidad y nos ha rescatado. "Cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo". Dios nos ha reconciliado en Cristo, sin pedirnos cuentas de nuestros pecados. Acerquémonos a este trono de gracia del madero donde está el Señor crucificado. Venid, adorémosle. "Cantemos la nobleza de esta guerra, el triunfo de la sangre y del madero, y un Redentor, que en trance de Cordero, sacrificado en cruz, salvó la tierra". La inundó de su perdón. Jesús, manso y humilde corazón se humilló hasta la ignominia y rebajamiento de una pasión tan ultrajante, vejatoria y cruel, y una muerte de Cruz. En esta humillación de Jesús, que contemplamos y palpamos en el Señor, tenemos la respuesta a esa inquietante pregunta: "¿A Dios le es indiferente el destino humano?" No sólo no le es indiferente el hombre, sino que además no le es indiferente el hombre que sufre, los dolores y sufrimientos del hombre. Dejaría de ser Dios. La prueba es la Cruz de Jesucristo. A propósito de esto, Juan Pablo nos dijo en su obra "Cruzando el umbral de la esperanza": "Dios no es solamente alguien que está fuera del mundo, feliz de ser en sí mismo el más sabio y omnipotente. Su sabiduría y omnipotencia se ponen por libre elección al servicio de las criaturas. Si en la historia humana está presente el sufrimiento, se entiende entonces por qué su omnipotencia se manifestó con la omnipotencia de la humillación mediante la cruz. El escándalo de la cruz sigue siendo la clave para la interpretación del gran misterio del sufrimiento, que pertenece de modo tan integral a la historia del hombre. En eso concuerdan incluso los críticos contemporáneos del cristianismo. Incluso esos ven que Cristo crucificado es una prueba de la solidaridad de Dios con el hombre que sufre... Si no hubiese existido esa agonía (de Jesús) en la cruz, la verdad de que Dios es Amor estaría por demostrar". Ahí tenemos la prueba de su amor. Su Hijo único, muy amado, aceptó sobre sus hombros los trabajos de la salvación. Siervo doliente e inocente que se dejó llevar en silencio al patíbulo, abrumado por el pesado fardo de nuestros crímenes. Nos amó hasta el límite insospechado de dar su vida por nosotros. Nos amó hasta el extremó. Nos amó y se entregó por nosotros; me amó y se entregó por mí; porque amó a la Iglesia y se entregó por ella. Ahí descubrimos la verdad del hombre, en ese amor de Jesucristo que es el amor y pasión de Dios por el hombre. Por eso, fuera de Jesucristo crucificado no sabemos qué es nuestra vida, ni nuestra muerte, ni qué es Dios ni qué somos nosotros mismos. Por eso, como cantaremos la noche de Pascua:"¿De qué nos serviría haber nacido, si no hubiéramos sido rescatados?" La Cruz nos abre a la esperanza y la oscuridad de su dolor nos abre a la luz. Jesús crucificado es la paradoja de un Amor, que, desde la humillación, desgarra la tiniebla y el desorden establecido de este mundo con la luz nueva que viene de Dios viviente que le resucita de entre los muertos. La cruz, la muerte fruto del pecado, no tiene su última palabra: la última palabra la tiene Dios que, en la Cruz de la que cuelga Cristo, su Hijo, ha bajado hasta el abismo de la nada con su amor entregado por nosotros. Y ese amor lo ha invadido todo, y lo ha llenado todo, y así hasta la misma nada y el vacío quedan absorbidos en la plenitud del amor de Dios que nos arranca de los límites de la nada y del vacío de la muerte. Y ahí mismo, en lo que a los ojos del mundo es el fracaso humano de la Cruz, se ha dado ya el triunfo del poder de Dios que es su amor, y la Vida que triunfa sobre la muerte. ¡Victoria, tú reinarás, oh Cruz tú nos salvarás!. Adoremos hermanos a nuestro redentor que por nosotros y por todos los hombres quiso morir y ser sepultado para resucitar de entre los muertos y supliquémosle, llenos de confianza y abiertos a la esperanza: ¡Señor, ten piedad!¡Señor, escucha y ten piedad!
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