Año 2009


 

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN

 

Homilía del Sr. Cardenal Administrador Apostólico en la S. I. Catedral Primada

Toledo, 12 de abril de 2009

 

"Lucharon vida y muerte/ en singular batalla/ y, muerto, el que es la Vida, / triunfante se levanta... ¡Resucitó de veras/ mi amor y mi esperanza!" (Secuencia Pascual). "Vieron y creyeron. Hasta entonces no habían entendido la Escritura: que El había de resucitar de entre los muertos". Es más, "la fe de los Apóstoles en Jesús, el Mesías esperado, había sufrido una dura prueba por el escándalo de la cruz. Durante su detención, condena y muerte se habían dispersado, y ahora se encontraban, de nuevo juntos, pero perplejos y desorientados; dispuestos a marcharse como aquellos que se retiraban cariacontecidos hacia Emaús. Nosotros, porque ellos vieron y creyeron, también creemos que Cristo ha resucitado: así lo profesamos en el centro de nuestra profesión de fe: "Fue muerto y sepultado, resucitó al tercer día". Este es el misterio, fundamento de la fe y de la esperanza, la piedra angular en que se asienta el cimiento de nuestra vida.

"No tengáis miedo", les dice el ángel a las mujeres que llegan al despuntar el alba al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús." No tengáis miedo. Sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí; HA RESUCITADO, según lo había dicho" (Mt 28). Este es el gran anuncio para los cristianos de hoy; éste es el gran pregón para los hombres de todos los tiempos y lugares. La crueldad y la destrucción de esta crucifixión no ha podido retener la fuerza infinita del amor de Dios que se ha manifestado sin reservas en la misma cruz. Los lazos crueles de muerte con que se ha querido apresarle para siempre al Autor de la Vida, Jesucristo, han sido rotos de manera definitiva, no han podido con El. No busquemos entre los muertos al que está vivo. ¡Animo, yo he vencido al mundo" (Jn 16,33), asegura el Señor.

Esta es nuestra fe. Esta es nuestra victoria: la fe de la Iglesia que vence al mundo, la que derrota al mal y a la muerte. La resurrección de Jesús de entre los muertos es el núcleo de nuestra fe. Ella es el acontecimiento culminante en que se funda la fe cristiana, la base última que la Iglesia tiene para creer, el fundamento para la esperanza grande que nada ni nadie puede hacer tambalear, la raíz de un amor que se entrega todo por encima de los poderes de muerte, de odio, de mentira, de venganza. La fe cristiana es fe en la persona de Jesús; y esa fe depende del acontecimiento del Hijo de Dios "venido en carne" y crucificado y de su resurrección de entre los muertos.

Por eso también nosotros resucitaremos. Y si nosotros no resucitamos, "si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado" (1 Cor 15,13). Pero entonces nuestra fe carece de sentido, no tiene fundamento ni consistencia, seríamos los más desgraciados de los hombres, seguiríamos hundidos aún en nuestros pecados. Por esto dice san Pablo: "Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación; vana también vuestra fe (1 Cor 15,4). Si Cristo no ha resucitado y si nosotros no resucitamos, entonces Cristo no es el Hijo único de Dios venido en carne, sólo sería un hombre y un ejemplo para la lucha, un ideal inalcanzable o un modelo para los más fuertes. No sería el salvador, no nos habría redimido ni rescatado de los poderes de la muerte y del pecado; no nos habría salvado. Continuaríamos en la soledad, cargados con el pesado fardo de nuestra miseria sin poder deshacernos de él y,  encima,  con la terrible tarea, imposible de alcanzarla por nuestra parte, de liberarnos de la muerte y alcanzar la vida para siempre. No habría salvación para el hombre. La esperanza humana sería una pobre esperanza, una mera resignación, una esperanza limitada a unos bienes o a un recuerdo, nada más; la muerte continuaría dominando de manera inexorable y la vida carecería de sentido. Porque para qué amar, trabajar,  casarse,  luchar,  esforzarse.  Todo sería vanidad, ilusión.

Sobre esta verdad, sobre Cristo resucitado de entre los muertos, sobre esta piedra angular se asienta todo y sin ella no hay posibilidad de edificar la humanidad. No podemos silenciarla. Es la gran alegría para todo el mundo, la gran esperanza que los hombres necesitan para poder arrostrar el futuro y fundamentar la vida. Esta es la gran verdad que todo hombre requiere para hallar razones que le impulsen a vivir con sentido y a amar con toda la fuerza del corazón, sin reserva alguna.

Con el Crucificado resucitado se hace presente de verdad el Señorío de Dios, su Reino. Aquello que se había iniciado en la vida pública de Jesús, anuncio y promesa de que el Reino de Dios había llegado, y que parecía anulado después con su muerte, eso aparece ahora con nueva y poderosa eficacia. Dios, en efecto, está y es verdaderamente cercano a los pobres, a los pecadores, a los enfermos, a los fracasados de la historia, a los muertos sepultados en la tierra. Su amor creador y fiel va a llevar a cabo las esperanzas más profundas del hombre: que el hombre viva, que el hombre viva en plenitud, que el hombre viva para siempre, que el hombre alcance la felicidad y la dicha supremas que sólo Dios, el Amor infinito puede dar y colmar.

Por eso la Iglesia proclama con todo lo que es y con toda su voz que Cristo ha vencido a la muerte, que El que ha muerto en la Cruz revela la plenitud de la Vida y nos ha traído la Vida, vida eterna. El mundo de hoy, sectores de este mundo que parecen querer la desaparición o la muerte de Dios, el silenciamiento de Dios, su confinamiento al sepulcro y al olvido, su expulsión de nuestro mundo al mundo de los muertos, necesita escuchar el mensaje de la Resurrección, abrirse a El, detenerse y pensar que si Dios ha muerto, que si Cristo no vive, también para el hombre se le cierra toda esperanza. La muerte de Dios puede comportar, está comportando, desgraciadamente la muerte del hombre, el olvido del hombre. Sin Dios, que resucita a Jesucristo de entre los muertos, no hay futuro para el hombre.

Cristo ha resucitado para que el hombre encuentre el auténtico significado de la existencia, para que el hombre viva en plenitud su propia vida, para que el hombre que viene de Dios, viva en Dios, y así tenga futuro, un futuro grande, el de Dios, que es Amor y Vida. Cristo ha resucitado. El es la piedra angular. Ya entonces se quiso rechazarlo y vencerlo con la piedra vigilada y sellada del sepulcro. Pero aquella piedra fue removida. Cristo ha resucitado. No rechacemos a Cristo, si queremos y debemos construir el mundo humano, el mundo de hoy y de mañana; el mundo de la cultura y de la civilización, el mundo de la economía y de la política, el mundo de la ciencia y de la información, el mundo de la familia y de las relaciones sociales, el mundo del trabajo y el del comercio, el mundo de la educación y de una nueva civilización, de una humanidad renovada en todas sus esferas y dimensiones, el mundo del ocio o de cualquier espacio humano donde el hombre se construye y desarrolla su vida. Acojamos sin ninguna reserva y no rechacemos nadie a Cristo. ¡El es la piedra angular!, sobre la que se construye la historia de la humanidad entera y la de cada uno de nosotros. Que no lo rechace ningún hombre, porque cada uno es responsable de su destino: constructor o destructor de la propia existencia.

Abramos de par en par nuestras puertas a Cristo, al Redentor que vive. No tengamos miedo. Acojamos a Cristo resucitado en nuestras propias vidas. Y seremos hombres nuevos y se alumbrará una nueva primavera para la Iglesia y para el mundo, se abrirá paso una nueva humanidad hecha de hombres nuevos con la novedad del bautismo y de la vida conforme al Evangelio de la Resurrección. Acojamos a Cristo, el Amor que ha triunfado sobre el odio y vive para siempre, la verdad que nos hace libres sobre la mentira que esclaviza y mata, y será posible una civilización del amor, una nueva cultura, la cultura de la solidaridad y de la vida. Exultemos de gozo en este día. Porque se nos ha abierto para todos los hombres la gran esperanza del gran Día en que actuó el Señor. Avivemos nuestra fe y nuestra esperanza en Aquel, Cristo, que, al despuntar el alba de un nuevo Día, ha roto la tiranía de la muerte y ha revelado la fuerza divina de la Vida y de su Amor que no tiene medida. El es el único nombre en el que podemos ser salvos. El es nuestra esperanza. Ahí está la alegría y la dicha para todo el mundo de la que somos testigos. Llenos de la alegría de la Pascua podremos hoy hacer presente a Dios en este mundo, como se muestra en la resurrección de Jesucristo, y en la vida de los testigos de su resurrección, testigos de Cristo que venció la muerte y es Vida.

"La vida y la muerte se trabaron en duelo", pero este duelo secular que acompaña toda la historia Iglesia y del peregrinar de los hombres, desemboca en el triunfo del Señor de la vida, que ha venido y viene, está entre nosotros hasta el fin de los siglos, para que los hombres vivan, vivan en plenitud de vida eterna. Por eso, contra el pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo, la Iglesia que es presencia de Jesús resucitado está en favor de la vida: y en cada vida humana sabe descubrir el esplendor de aquel "sí" a la vida y a 1 hombre, de aquel "amén" al amor en favor del hombre, que es Cristo resucitado mismo. Al "no" a la vida que invade y aflige el mundo, la fe en el Resucitado, que es afirmación del hombre por parte de Dios, contrapone este "Sí" viviente, defendiendo de este modo al hombre y al mundo de cuantos acechan y rebajan la vida. Nuestra confesión de fe en Jesucristo resucitado de entre los muertos que hoy renovamos es fe en el Dios de la vida, en el hombre querido por Dios como acredita la resurrección de Jesús de Nazaret, Hijo del hombre e Hijo único de Dios inseparablemente. Dejaríamos de ser cristianos, renunciaríamos a la fe que proclama que Jesucristo ha resucitado si los cristianos estuviésemos ausentes en la batalla por la vida, ya tan dura y cruel en estos momentos, pero que aún se prevé que sea mayor en los años sucesivos con normativas o formas de actuar que favorezcan el "no" a la vida y el "sí" a la muerte. La fe, la apuesta por el hombre y la vida que surge de la Resurrección llevará a derrotar todos los signos de una cultura de muerte, que no tiene futuro alguno, porque la muerte ha sido definitivamente vencida.

Seamos testigos de la resurrección de Jesucristo, como testigo singular de ella ha sido el Siervo de Dios, Cardenal Ciríaco María Sancha y Hervás, arzobispo que fue de Toledo y que ahora hace cien años pasó a la casa del Padre. Hoy, queridos hermanos y hermanas, os anuncio la gran alegría, vinculada a la Pascua del Señor, que ya hay fecha para su beatificación y tendrá lugar en esta Santa Iglesia Catedral de Toledo, donde reposan sus restos mortales, el día 18 de octubre próximo, fiesta de San Lucas, domingo del Domund, día de las misiones para anunciar hasta los confines de la tierra a Jesucristo, Salvador y esperanza de los hombres de hoy. La Divina Providencia ha querido bendecirnos, en este día de Pascua, con la gran noticia de la fecha de la beatificación del que fue nuestro buen Pastor y sigue siéndolo desde la gloria de Dios velando por su pueblo. Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Por eso, hoy mismo, ante la próxima beatificación del cardenal Sancha, he firmado una carta pastoral ofreciéndoos una carta pastoral que trata de recoger un resumen de su vida, testimonio vivo de la resurrección del Señor. A los sacerdotes, a las personas consagradas, a todos los fieles cristianos de la diócesis me dirijo y a todos os ruego que conozcáis a este gran y singular testigo del Resucitado para los tiempos que vivimos. Sin duda que la beatificación del venerable Ciriaco María Sancha y Hervás servirá para ahondar y consolidar nuestra fe que proclama que Jesucristo ha vencido a la muerte y que estamos llamados a participar de su victoria llevando, por el Espíritu Santo, una vida nueva. Preparémonos con esmero, con docilidad, con apertura total a Jesucristo, a lo largo de estos meses para este acontecimiento de gracia, acontecimiento de resurrección. Que el cardenal Sancha, el hombre que invita a la esperanza, proteja a Toledo, a la Comunidad de castilla-La Mancha, a España y a la Iglesia Universal.

"Buscad los bienes de allá arriba", leemos en san Pablo. Para comprometernos en la tierra y en la obra de renovación de la humanidad, como el cardenal Sancha, no podemos olvidar la dimensión en la que ésta se fundamenta, la dimensión que nos descubre la resurrección de Jesucristo de la que fue testigo singular nuestro santo Arzobispo: es la afirmación de Dios, Cuando no se conoce a Dios, no se conoce a sí mismo el hombre, y destruye la tierra. Feliz Pascua de resurrección.