Año 2002


Saludo del Arzobispo electo,

Monseñor Antonio Cañizares Llovera,

a la Archidiócesis de Toledo
 

Tiendo mi mano en saludo de amistad a todos, creyentes y no creyentes

 
    1. Mis queridos hermanos y hermanas de la, por tantas razones, venerable Iglesia que está en Toledo: Con acción de gracias al Padre de la misericordia y Dios de toda consolación, me dirijo a vosotros, estremecido y esperanzado, porque, en su gran benignidad, el Santo Padre, Juan Pablo II, me ha confiado a mí, indigno siervo y servidor vuestro desde ahora, el cuidado de esa Iglesia, al haber aceptado la renuncia a su gobierno pastoral de nuestro querido y admirado Sr. Cardenal Arzobispo, don Francisco Álvarez Martínez, que con tanta fe, amor y solicitud se ha gastado y desgastado durante años a favor vuestro.

    2. He aceptado esta misión que se me encomienda con el gozo del que obedece en comunión. Seguramente conocéis que el lema de mi vida y de mi episcopado es "hágase tu voluntad". No deseo otra cosa, en efecto, que llevar a cabo lo que Dios quiere. Con esa actitud, auxiliado por la divina gracia, deseo ir a vosotros y estar en medio vuestro como el que sirve: es decir, sencillamente como pastor que, sin escatimar nada, quiere dar su vida por las ovejas que se le confían, en cercanía total y con los sentimientos de Jesús que se despojó de sí mismo para entregarse por completo a favor de los suyos, sus amigos. Lo mío es servir y cumplir lo que se me pide en la Iglesia. Me pongo en camino, y emprendo esta andadura de servicio, en el nombre del Señor y confiando en su palabra. Espero, con la gracia y el auxilio de Dios y con vuestra generosa ayuda, cumplir fielmente el ministerio apostólico que el Papa me encomienda.

    3. A todos os dijo un saludo entrañable, cargado de afecto fraterno y de solicitud amorosa y sencilla de pastor. Me emociona este mi primer saludo como hermano y pastor vuestro. Desearía que este saludo, al que uno mi plegaria en vuestro favor, alcanzase a todos y cada uno de los que formáis esta Iglesia que está en Toledo, por tantos motivos bendecida por Dios y enriquecida con toda suerte de bienes espirituales en Cristo desde los albores de la fe cristiana en España hasta hoy, sede que desde su tercer Concilio vincula la unidad de la fe en nuestras tierras, y que con su liturgia hispano-mozárabe eleva a Dios la alabanza y la acción de gracias a lo largo de los siglos hasta hoy.

    4. Desearía que estas palabras de saludo llegasen a todos los pueblos y comunidades de la para mí ya muy querida diócesis de Toledo; desearía que este saludo alcanzase a todos los hogares toledanos, singularmente los visitados por los sufrimientos de cualquier tipo. Mi saludo, por ello, para quienes el Señor me va a confiar de modo particular: los pobres, los más humildes, los enfermos, los que no tienen trabajo, los rotos y desalentados, los que caminan sin esperanza o despojados del amor, los desarraigados, los marginados, los que viven en la soledad o padecen la incomprensión, cuantos sufren, en fin, por la causa que sea.

    5. Con fraternal afecto, veneración y gratitud, saludo, en primer lugar y de modo particular, a mis queridos hermanos en el episcopado: los señores Cardenales, mis últimos predecesores en la sede toledana, don Francisco Álvarez y don Marcelo González, y el Sr. Obispo auxiliar, don Juan José Asenjo. Su gran corazón, su fidelidad y amor a la Iglesia, su calidad y su trayectoria como pastores serán para mí un estímulo y un sendero abierto por donde caminar, tomando parte en los trabajos del Evangelio. Habré de aprender mucho de quienes han sabido servir y sirven tan evangélicamente a la diócesis de Toledo. Serán para mí, tan necesitado de ayudas, un auxilio inestimable. ¡Gracias por todo!

    6. Mi saludo deferente, respetuoso y cordial, con el ofrecimiento de amistad y de leal y abierta colaboración, a las dignas y estimadas autoridades civiles, militares, judiciales y universitarias de la Comunidad de Castilla-La Mancha, de la ciudad de Toledo y de la provincia.

    7. De manera muy particular quiero saludar a mis hermanos y amigos sacerdotes del presbiterio de Toledo, del clero secular y regular. Sin vosotros, el Obispo nada puede hacer. Deseo y debo contar en todo con vosotros, aprender de vuestras ilusiones sacerdotales, los momentos difíciles, las alegrías y los sufrimientos inherentes al ministerio, la amistad; me anima el trabajar codo con codo y sin desmayo con vosotros en la edificación de la Iglesia. Dios quiera que, siendo un sencillo y cercano pastor, sepa acompañaros, animaros y abriros caminos en los momentos recios que atravesamos.

    8. Con todo mi afecto y con la esperanza puesta en vosotros, os saludo, mis queridos seminaristas del Seminario mayor y del Menor. ¡Qué gozo tan grande se siente cuando se sabe que Toledo tiene un Seminario como el vuestro! ¡Adelante, sin miedo, seguid a Jesús! Merece la pena. Llamad a otros jóvenes; llevadlos a Jesús e invitadlos a que tomen el camino por vosotros emprendido.

    9. A los religiosos y religiosas de vida activa, a quienes vivís la vida consagrada en Institutos Seculares, y a las religiosas contemplativas -para mí tan queridas- que ofrecéis a todos el testimonio de lo absoluto de Dios, a todos, mi saludo, mi reconocimiento, mi cercanía, mi confianza en vuestra abnegada colaboración y mi agradecimiento por vuestro valiosísimo testimonio de vida evangélica y por vuestra oración.

    10. Con agradecimiento por cuanto hacéis y con mi aliento para que prosigáis sin desmayo en vuestra labor, saludo a los catequistas y profesores de Religión, a los equipos de animación litúrgica, a cuantos trabajáis en las acciones caritativas y sociales de la Iglesia, a los movimientos y asociaciones apostólicas. A todos los fieles de esta Archidiócesis de Toledo, ancianos y niños, adultos y jóvenes, a los que mi vida va a quedar unida desde ahora con estrecho lazo de unidad y de paternidad en Cristo, os saludo y os abrazo lleno de gozo, con todo amor y cariño hacia cada uno de vosotros, con corazón abierto y con una gran esperanza.

    11. No quisiera dejar sin saludo expreso a los jóvenes, sabed que os quiero y que me siento muy a vuestro lado. Queridos jóvenes, confío en vosotros. Os han tocado tiempos difíciles. Casi todo os invita a que sigáis otros caminos distintos al de Jesucristo. Pero sólo Él es el camino que os conduce a la felicidad que anheláis y casi hambreáis. Deseo hacer y seguir este Camino a vuestro lado. Él nos invita a que lo recorramos sin miedo.

    12. A todos los toledanos, de cualquier condición, creyentes y no creyentes, tiendo mi mano en saludo de amistad y abro mi corazón como signo de cercanía, aprecio, respeto y ofrecimiento de mi persona y de mi ministerio pastoral, que es servicio a la unidad entre todos.

    13. Al ser enviado a vosotros, tengo muy presente la carta a los Hebreos y, así, con la ayuda de la gracia divina, de la protección de Santa María, madre de Dios, de todos los santos toledanos, como san Eugenio, san Ildefonso, y tantos otros, trataré de correr en la carrera que me toca, sin retirarme, "fijos los ojos en el inicio y completa nuestra: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, sin miedo a la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del Padre". Con fe gozosa iré a vosotros -ya deseo hacerlo pronto y conoceros- para contribuir a la edificación de la Iglesia, cuyo arquitecto y constructor sólo puede ser Dios: es verdad que si no es Él quien construye, en vano nos cansamos los constructores. Todo lo confío en Él y de Él lo espero. En estos momentos, hago mías completamente las palabras del salmo que dice: "acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre".

    14. Mis queridos hermanos, como Pablo, no querré saber otra cosa entre vosotros que a Cristo y a éste crucificado. No tengo ninguna riqueza especial, más bien soy débil y pobre como podréis apreciar, pero tengo una riqueza que he recibido por pura gracia y misericordia de Dios en su Iglesia, ésta es la que compartirá con vosotros y os entregaré: Jesucristo, salvador único, esperanza única para todas las gentes, Camino, Verdad y Vida, el único que tiene palabras de vida eterna, fundamento y piedra angular sobre la que únicamente se puede edificar con solidez el edificio de una humanidad y de una cultura nuevas. Me consuela saber que Él es para vosotros vuestra dicha y vuestra mejor herencia. Tened la certeza de que no poseo ninguna otra palabra que Cristo: pero ésta, con la ayuda de la gracia divina, ni la podré olvidar, ni la querré silenciar, ni la dejaré morir.

    15. Quiero terminar estas palabras de mi primer saludo, rogándoos que encomendéis a la diócesis hermana de Granada, que ahora tengo que dejar, para ir a serviros a vosotros; que me encomendéis a mí y a mí ministerio. Yo os encomiendo de manera muy particular, e intensamente pido a Dios por todos. Acabo levantando el corazón lleno de esperanza a la que es Madre de la Iglesia, que se llamó así misma Esclava del Señor. Con confianza filial pongo en sus manos y en su corazón las mejores ilusiones de mi actuación pastoral, mientras pido a Dios que os bendiga copiosamente y os enriquezca con toda suerte de bienes espirituales y celestiales en Cristo Jesús.
 

X Antonio Cañizares Llovera

Arzobispo de Toledo

Primado de España


Granada, 24 de octubre, 2002
Fiesta de san Antonio María Claret

 

 

TOMA DE POSESIÓN DEL

EXCMO. Y RVDMO. DR. D. ANTONIO CAÑIZARES LLOVERA

ARZOBISPO DE TOLEDO

PRIMADO DE ESPAÑA


 

S. I. Catedral Primada

15 de diciembre de 2002

 

BULA APOSTÓLICA

Joannes Paulus episcopus Servus Servorum Dei Venerabili fratri Antonio Cañizares Llovera, hactenus Archiepiscopo Granatensi, ad Metropolitanam Ecclesiam Toletanam translato, salutem et Apostolicam Benedictionem.

     Juan Pablo, obispo, Siervo de los Siervos de Dios, a mi Venerable hermano Antonio Cañizares Llovera, hasta el momento presente Arzobispo de Granada, trasladado a la Iglesia Metropolitana de Toledo, salud y Bendición Apostólica.

     Ya que a Nos, que estamos obligados a dirigir el rebaño universal de los fieles, se nos ha confiado el oficio de poner al frente del pueblo cristiano pastores idóneos, hemos mirado celosamente por la Iglesia Metropolitana de Toledo que en el presente está privada de su prelado, por renuncia de su último Pastor Sagrado, Nuestro Venerable Hermano Francisco, de la Santa Iglesia Romana Cardenal Álvarez Martínez. Consideramos oportuno conferirte este importantísimo ministerio a ti, de quien sabemos que estás dotado de cualidades de carácter y de inteligencia, así como de experiencia en los asuntos pastorales.

     Así pues, después de haber recibido el parecer de la Congregación para los Obispos, por la plenitud de Nuestra potestad Apostólica, conforme a la norma del derecho establecido, te nombramos Arzobispo de la Iglesia Metropolitana de Toledo y te ponemos al frente de ella, concediéndote todos los derechos e imponiéndote todos los deberes que están asociados a este ministerio. Al mismo tiempo, según las prescripciones de los sagrados cánones, te eximimos del ministerio sagrado de Obispo de la Archidiócesis de Granada.

     De este nombramiento tuyo debes informar tanto al clero como al pueblo de tu comunidad Toledana, para que sepan claramente que has sido puesto legítimamente al frente de ellos; a estos queridos hijos e hijas exhortamos con paternal afecto a que te reciban de buen grado como Pastor a ti, Venerable Hermano, y se unan contigo sin cesar con los vínculos de la caridad, la unidad y la obediencia.

     Finalmente, recuerda lo que pertenece a la dignidad de tan excelente encargo que ahora te confiamos; a este respecto, medita las palabras del Concilio Ecuménico Vaticano II, que exhorta a todos los Sagrados Pastores a promover y defender la unidad de la fe y la disciplina de la Iglesia Universal y a educar a todos los fieles en el amor a todo el Cuerpo Místico de Cristo (cfr. LG 23).

     Dado en Roma, junto a San Pedro, el día veinticuatro del mes de octubre, del año del Señor dos mil dos, vigésimo quinto de Nuestro Pontificado.

JUAN PABLO II, PAPA

Marcelo Rossetti

Protonotario Apostólico

 

 

 

Acta de la Toma de Posesión


     En la Santa Iglesia Catedral Primada de Toledo, el día quince de diciembre de dos mil dos, a las cinco de la tarde y en los inicios de la celebración de una solemnísima eucarística correspondiente al domingo tercero de Adviento, en presencia del Emmo. y Rvmo. Sr. Cardenal Administrador Apostólico D. Francisco Álvarez Martínez, que oportunamente presentó su renuncia al Santo Padre al cumplir la edad canónica señalada por el canon 401& 1 del Código de Derecho Canónico, estando también presentes el Excmo. Sr. Nuncio Apostólico Don Manuel Monteiro de Castro, los Emmos. Sres. Cardenales D. Marcelo González Martín, Arzobispo Emérito de Toledo, D. Antonio María Rouco Varela, Arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, D. Ricardo María Carles Gordó, Arzobispo de Barcelona, los Excmo. Sres. Obispos de la Provincia Eclesiástica de Toledo, y otros Excmos. Arzobispos y Obispos, así como numerosos presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas y una nutrida concurrencia del pueblo fiel de la Archidiócesis de Toledo, y de las Diócesis de Granada, Ávila, Valencia, Cartagena y otros lugares, y estando igualmente presentes representantes de las diversas instituciones políticas y militares nacionales y locales;

     Conforme a lo dispuesto en el canon 328 del Código de Derecho Canónico, se muestran al Colegio de Consultores, en presencia del Canciller Secretario del Arzobispado, y se dan lectura las Letras Apostólicas firmadas por S. S. el Papa Juan Pablo II en las que, con fecha veinticuatro de octubre de dos mil dos, es nombrado Arzobispo Primado de la Archidiócesis de Toledo, el Excmo. Mons. Antonio Cañizares Llovera.

     Seguidamente toma posesión canónica y real de la Archidiócesis de Toledo, se sienta en la Cátedra Arzobispal, recibe el báculo y el saludo de respeto y obediencia del Colegio de Consultores, Cabildo y Sacerdotes de la Catedral, así como diversos miembros en representación de los religiosos y del pueblo fiel.

     Y para que conste a los efectos requeridos firmo y sello este documento en mi condición de Canciller Secretario General del Arzobispado, al que se adhieren y firman en calidad de testigos, junto al nuevo Arzobispo, los Sres. Cardenales Arzobispos Eméritos, el Sr. Nuncio Apostólico, los Obispos de las Diócesis de la Provincia Eclesiástica, el Sr. Obispo Auxiliar de Toledo, y diversos Arzobispos y Obispos presentes en la celebración, en el lugar y la fecha arriba indicados.

José Luis Martín Fernández-Marcote

Canciller- Secretario General

 

ALOCUCIÓN DEL SR. ADMINISTRADOR APOSTÓLICO,

CARDENAL D. FRANCISCO ÁLVAREZ MARTÍNEZ

EN LA TOMA DE POSESIÓN DEL

EXCMO. MONS. ANTONIO CAÑIZARES LLOVERA


    

Mis queridos Hermanos Cardenales y Obispos;

Excmas. Autoridades Civiles y Militares;

Sacerdotes, Vida Consagrada y fieles laicos.

     1. La vida del hombre y más la de un Obispo en el desempeño de su misión suele tener mucho de bienvenidas y despedidas. No debería ser así, ya que un Obispo lo ha de ser, de suyo, para una diócesis determinada, no como en mi caso. Cuando uno llega a la Diócesis, lo encuentra todo extraño: sus lugares, personas y problemas. Pero, poco a poco, va entrañándose en su quehacer pastoral. En ello, va entregando parte de sí mismo al ministerio encomendado. De ahí que sea natural que, al despedirme, sienta el desgarrón con aquellas personas y tareas encomendadas. Resulta lógico, por tanto, que al decir adiós, como hoy lo hago a todos vosotros, queridos toledanos, sienta como apagarme y morir un poco a mí mismo.

     2. Hoy yo puedo confesaros -y no es hora de reticencias o de adulaciones- que en mis encuentros con vosotros durante estos siete años, he salido siempre enriquecido. Sólo este convencimiento me compensa del hecho de haber dejado entre vosotros una buena parte de mi vida. Cuando el tiempo, que todo lo destruye, haya borrado de la memoria de los hombres -del recuerdo de Dios no se borrará nunca- tantos y tantos esfuerzos compartidos, todos sentiremos allá, en el fondo de nuestras conciencias, la voz del Señor de la mies, que nos llama.  Una vida cargada de años nos permite recapitular lo que no se ha hecho, en esa marcha atrás por el túnel del tiempo, que es el pasado, donde se encuentra la mano bondadosa de Dios que nos ha ido guiando a pesar de nuestros fallos, para entonar con el corazón y los labios el precioso himno del ‘Te Deum’.

    Y ya, al deciros adiós, en este día para mí tan señalado, nada mejor podría desearos que os siga iluminando a lo largo de toda vuestra vida Santa María del Sagrario, la ‘llena de gracia’. Que si algo he merecido de vuestra entrañable gratitud, a cada uno de vosotros os pediría hoy que a la Señora le dijerais que su valimiento guíe y acompañe los años de vida que el Señor quiera otorgarme. Y que mi sucesor encuentre en todos vosotros el corresponsable acompañamiento, apoyo y entrega que a mí me habéis otorgado con tanto desprendimiento y generosidad. 

     3. Querido Don Antonio: cuenta con mi oración que te seguirá siempre, como presencia constante en tu caminar pastoral toledano, para seguir edificando la Iglesia como familia “pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo” (PO 1; LG 28).

     Sé que, para ello, los toledanos esperan la palabra y el ejemplo de tu persona; que seguirán tu mensaje como palabra de Dios, no sólo como humano discurso; que siempre te acompañarán en esta ‘tierra de pan llevar’. Bien sabes que el Obispo no se posee a sí mismo y pertenece a sus diocesanos, a cuyo servicio está consagrado en vida y muerte (cf. Rom 1, 1; Filp 3, 8ss). Fervientemente así lo pido al Señor, por intercesión de Santa María y de San Ildefonso de Toledo. Que así sea.

 

PALABRAS DEL SR. NUNCIO APOSTÓLICO EN ESPAÑA

MONS. MANUEL MONTEIRO DE CASTRO


 

 

     Eminentísimos señores Cardenales,

     Excelentísimos señores Arzobispos y Obispos,

     Queridos Sacerdotes concelebrantes,

     Excelentísimas Autoridades,

     Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas,

     Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

     En este solemne momento, me es grato manifestarles el afecto particular de Su Santidad Juan Pablo II hacia todos y cada uno de ustedes.

     La solicitud del Papa por esta milenaria e histórica Sede Primada de España se hace patente ahora, una vez más,  en el nombramiento de vuestro nuevo Arzobispo D. Antonio Cañizares Llovera, de todos bien conocido por sus virtudes, cualidades y probadas dotes en el ministerio sacerdotal en Valencia y en el munus apostólico en la Diócesis de Ávila y en la Archidiócesis de Granada.

     En nombre del Santo Padre a quien tengo el honor de representar felicito vivamente al Eminentísimo Sr. Cardenal D. Francisco Álvarez Martínez por el valioso éxito de su vida totalmente entregada a Dios y a la misión que el Señor le ha confiado. D. Francisco se distingue por el afecto particular e  intachable fidelidad a la Santa Sede Apostólica. ¡Muchas gracias Señor Cardenal!.

     Un saludo  muy afectuoso al Eminentísimo Señor Cardenal D. Marcelo González Martín, cuya presencia agradecemos y nos honra.

     Saludo también con particular deferencia a las Excelentísimas autoridades civiles y militares que han querido estar presentes en este acto. Su presencia quiere ser un signo de servicio al pueblo que representan y manifestación de la buena voluntad en una relación bienhechora.

     Querido D. Antonio, cuente con nuestras humildes oraciones. Invocamos para ello la protección de la Santísima Virgen María en su advocación del Sagrario. Ella, con la intercesión de San Ildefonso, celestial patrono de esta Archidiócesis, le sostenga en el ejercicio fiel del sagrado ministerio para mayor gloria de Dios y bien del querido pueblo de la archidiócesis de Toledo.

     Muchas gracias.

 

Mons. Manuel Monteiro de Castro

Arzobispo titular de Benevento

Nuncio Apostólico

 

 

HOMILÍA DEL EXCMO. Y RVDMO.

DR. D. ANTONIO CAÑIZARES LLOVERA,

ARZOBISPO DE TOLEDO

PRIMADO DE ESPAÑA


     1.  «Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios»: Estas palabras del profeta Isaías expresan el conjunto de sentimientos que me embargan en estos momentos al iniciar el ministerio apostólico en esta sede de Toledo, vinculada a momentos muy importantes de la fe y de la cultura de la Iglesia de España. En ella se forjó la unidad católica en nuestra patria española; en ella se celebraron los concilios toledanos, de amplia influencia en la cristiandad de Occidente. Toledo fue un lugar de encuentro y encrucijada de culturas que desbordaron nuestras fronteras.

     Por pura gracia y misericordia del Señor, por la benignidad del Santo Padre, el Papa Juan Pablo II, a quien de nuevo reitero, gozoso, mi adhesión inquebrantable, mi filial afecto, y mi más plena comunión, he sido enviado a servir a la Iglesia que está aquí, en Toledo, desde la que, a lo largo de siglos, en gloriosa tradición, se han prestado eminentes servicios a la fe. Su grande y rica tradición cristiana, reflejada como testimonio y memoria perenne en las obras de su patrimonio histórico-artístico, se mantiene viva y vigorosa, como pone de manifiesto, entre otras cosas, la riqueza de vocaciones al ministerio sacerdotal con que hoy el Señor, su Esposo, engalana su fidelidad. No puedo dejar de recordar, en este contexto, a la comunidad mozárabe, «heredera de los heroicos cristianos de hace siglos y cuyos feligreses mantienen vivo el patrimonio espiritual de su venerable liturgia, de gran riqueza teológica y pastoral» (Juan Pablo II).

     2. La evocación somera de la riqueza espiritual de ayer y de hoy de esta sede toledana, regida por santos Arzobispos como San Eugenio o San Ildefonso, así como su significación histórica, es mi mejor saludo a todo el pueblo toledano, y a los venidos de otros pueblos de España -Granada, Ávila, Valencia, Madrid, Utiel Sinarcas, Segorbe, Murcia, Cuenca y tantos otros-. Saludo a todos de cualquier condición, tiendo a todos mi mano amistosa, y a todos abro mi corazón como signo de cercanía, aprecio, respeto, diálogo y ofrecimiento de mi persona y de mi ministerio pastoral, que es servicio a la fe y a la unidad.

     Mi saludo admirado y agradecido a mis queridos y venerados antecesores, los señores cardenales D. Francisco Álvarez y D. Marcelo González, y a mi querido hermano, el señor Obispo Auxiliar, D. Juan José Asenjo. ¿Cómo les pagaremos todo cuanto han hecho a favor de esta, para mí ya, entrañable y queridísima archidiócesis de Toledo a la que han servido tan ejemplar como generosamente?

     Con la significación de esta Sede, saludo fraternalmente a los Señores Cardenales, Nuncio Apostólico, Arzobispos y Obispos, especialmente a los de la Provincia Eclesiástica a la que llego, y a los de la Región del Sur, a los que dejo; con todos vivo gozoso la comunión eclesial y del colegio apostólico, presidida por Pedro, y el afecto y la unidad con la Conferencia Episcopal.

     En el reconocimiento por lo que esta Sede toledana ha entrañado para la unidad de los pueblos de España, amasada con las raíces de la fe católica, saludo, deferente y respetuoso, dispuesto siempre a una leal y abierta colaboración, a las autoridades civiles y militares de la Nación, de la Comunidad de Castilla-La Mancha, de la Provincia de Toledo, de esta bellísima ciudad imperial, de Andalucía y Granada, de Ávila, de Valencia, de Murcia, y de mis pueblos de nacimiento y adopción.

     Toledo cuenta en su espléndido historial, incluyendo el hoy de nuestros días, con una multitud espléndida y admirable de sacerdotes, de religiosos y religiosas de vida contemplativa y activa, de personas consagradas, de fieles cristianos laicos comprometidos con su fe; a todos mi saludo de padre y hermano. De manera muy particular y cercana, permitídmelo, quiero destacar el saludo a mis hermanos y amigos sacerdotes del presbiterio de Toledo, desde ahora mis más inmediatos e imprescindibles colaboradores, junto con los diáconos, y con los seminaristas del Seminario Mayor y Menor, esperanza inmensa y gozo de esta diócesis. E inseparable de vosotros, sacerdotes toledanos, saludo agradecido a los sacerdotes, muy amados, de la diócesis de Granada, a los que tanto debo, sin olvidar a los otros presbiterios de las diócesis a las que he servido como Obispo o como presbítero. No os olvido a los seminaristas de Granada, o a los diáconos venidos de la diócesis de Cartagena.

     3. Tras este exordio, largo sin duda, quiero que mis primeras palabras sean para expresar, de nuevo que, en estos momentos, «desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios»; y, con la Virgen María, «mi alma proclama la grandeza del Señor» por las grandes maravillas que el Poderoso, en su infinita misericordia, ha obrado, a lo largo de la historia, a favor de su pueblo que peregrina por estas tierras enmarcadas en las zonas de la Mancha, de Talavera, de la Sagra, o de Toledo. Ante vosotros y con vosotros deseo que mis palabras en esta hora sean de pura y gozosa alabanza a Dios, de reconocimiento de Él, de proclamación de su inmensa grandeza, de sencilla confesión de fe y de adoración humilde por la gracia y la bondad, por la delicadeza y ternura de la que Él colma a sus criaturas, haciéndonos hijos de la Iglesia, misterio de comunión que está en cada una de las iglesias particulares, y por la bondad que ha tenido conmigo al enviarme a vosotros para que sea vuestro servidor y vuestro hermano.

     Cantaré eternamente las misericordias del Señor, bendeciré su Nombre por siempre: es compasivo y misericordioso, bueno con todos, cariñoso con todas las criaturas; nos agarra de la mano y nos guía, no nos abandona jamás y nos auxilia siempre; camina en todo momento a nuestro lado; el Señor es fiel. De esto da testimonio la Iglesia que está en Toledo; de ello doy fe en mi vida, en la que junto a mi fragilidad, y más, ha brillado la misericordia infinita de Dios. «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres».

     4. Vengo a vosotros en este tiempo de Adviento con toda esperanza; comienzo mi tarea pastoral en este tercer domingo, en el que se nos apremia a una alegría desbordante por la cercanía del Señor. La alegría acompaña siempre la presencia del que viene a nosotros y nos visita en el nombre del Señor. La alegría amanece sobre toda la tierra, y la llena al enviar Dios su Hijo amado al mundo, Dios-con-nosotros, Enmanuel, Dios-con-los-hombres y para-los-hombres; Dios que no abandona al hombre y que nunca jamás se separará de él, ni lo dejará en la estacada. Con estremecimiento y esperanza, con Jesucristo, revelador de Dios y del hombre, vengo a vosotros principalmente a proclamar esa buena noticia que es el Dios vivo para todos los hombres, para los pecadores, los humildes y sencillos de corazón, los enfermos y los que sufren, los que padecen persecución y tienen hambre y sed de justicia, los que trabajan por la paz y los no violentos, para los humillados y preteridos de la tierra, para el afligido que no tiene protector, para los que lloran y necesitan consuelo. Mi misión habrá de consistir principalmente en hacer resonar, gozosamente y en libertad, el Evangelio regocijante de que Dios está de nuestro lado, que lo ha apostado todo por los hombres, que es en Él donde todo hombre puede hallar reposo, sosiego, paz y el hontanar inexaurible donde saciar sus anhelos más profundos de dicha y salvación, de verdad y libertad, de amor y de reconciliación. Que el Espíritu Santo, que me ungió como Obispo, me fortalezca y dé sabiduría para anunciar, con Jesucristo, la buena noticia a los que sufren, vendar los corazones desgarrados y aportar la libertad a nuestro mundo, anunciando al Dios vivo y verdadero, el Evangelio de su amor y de su gracia.

     5. Como Juan el Bautista, quiero y pido ser nada más que voz entre vosotros que porte la Palabra única que sale de la boca de Dios, el Hijo unigénito en el que Dios nos lo ha dicho todo junto y de una sola vez. Que no me anuncie a mí mismo, sino a la única Palabra que salva, la que viene de Dios, la que se ha hecho carne de nuestra carne y ha puesto su tienda entre nosotros, porque sólo Dios puede hablar y decir bien de sí mismo: palabra que nos llega en la Tradición viva y fiel de la Iglesia. Que siempre entre vosotros proclame la alegría al ver engrandecida de tal manera la humanidad humillada y dignificada por tan alta dignidad de ser la humanidad de Dios, de manera irrevocable y para siempre en la encarnación y nacimiento de Jesucristo. Que muestre siempre cómo, a partir de este acontecimiento, Dios no puede ser afirmado sino afirmando al hombre y que el hombre no  puede ser afirmado, reconocido y respetado al margen de Dios, y menos contra Él. Que Él me conceda la gracia de serviros contribuyendo a que todos volvamos a Dios, porque su abandono o su olvido está siendo, sin duda, el acontecimiento más grave de estos tiempos de indigencia, al que no se le puede comparar otro en radicalidad de sus consecuencias deshumanizadoras.

     6. Hermanos muy queridos: «Estad alegres», porque este es el verdadero, el grande, el dichoso mensaje de la fe cristiana: Dios es vuestra felicidad. Dios es el gozo, la bienaventuranza, la plenitud de la vida, en sí mismo y para nosotros. Dios se ha revelado en el amor. Escucha nuestro clamor. Tiene corazón para toda deficiencia, para nuestra cautividad, para nuestro pecado. Se ha ofrecido a nosotros como misericordia, como gracia, como salvación, como sorpresa regocijante y gloriosa. Nuestra religión es una religión de salvación, de plenitud, de alegría. Entre nosotros, una y otra vez, resuenan aquellas palabras de Pablo: «Alegraos, os lo digo de nuevo, alegraos, estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad siempre alegres». Esta es la verdadera religión, nuestra religión: el gozo de Dios. Este es el regalo que trae Cristo al venir al mundo: la alegría y la paz de Dios.

     ¿Seremos capaces de hacer comprender a los hombres de nuestro tiempo este mensaje religioso: Dios es la alegría, nuestra alegría y nuestra dicha? ¿Quién nos escucha? ¿Quién nos cree verdaderamente? Tal vez no tengamos éxito en este anuncio. Pero no por ello dejaremos de proclamarlo. No nos creen frecuentemente los hombres del pensamiento, enfrascados en la duda, en los problemas o en la razón calculadora. No nos creen los hombres de acción fascinados en el esfuerzo por conquistar la tierra. No nos creen muchos jóvenes, arrastrados por la civilización del disfrute a toda costa... Es la suerte del Evangelio en la humanidad, el cual significa precisamente anuncio dichoso, feliz.

     La fe cristiana, el acontecimiento cristiano ha ofrecido como pleno y último don esta verdad: la felicidad es alcanzable por el hombre en Dios, por Cristo, en el Espíritu Santo. Permanece esta pedagogía para enseñar a los niños y a los jóvenes: Sí, en efecto, la fe es misterio, Cristo lleva la cruz, la vida es deber, pero sobre todo Dios es la felicidad. La misma Cruz es siempre gozosa, porque ella lleva a su colmo y plenitud el amor de Dios y el Dios-con-nosotros, el despojamiento, el rebajamiento y el anonadamiento del Hijo de Dios al hacerse hombre por nosotros. Para los pobres -y no hay mayor pobreza que la indigencia de Dios-, para los afligidos, los hambrientos, los que sufren y lloran es el Reino de Dios, Reino de la felicidad y la paz que conforta, da consistencia y verdad a la esperanza.

     7. Queridos hermanos, no tengáis miedo, estad alegres, vivid dichosos. ¿Por qué? Porque el hombre ha sido redimido por Dios. No tengáis miedo; Dios ha amado al mundo. Lo ha amado tanto que ha entregado a su Hijo Unigénito. Este Hijo permanece en la historia como el Redentor. Dios-con-nosotros, Salvador, paz, luz y vida, camino y verdad, servidor que entrega su vida para que los hombres tengamos vida, Hijo de Dios que se hace hijo de hombre para que los hombres seamos hijos de Dios. La Redención impregna toda la historia del hombre y prepara su futuro último y definitivo. Es la luz que brilla en la oscuridad y que la oscuridad no ha recibido. El poder de la Cruz de Cristo y de su Resurrección es más grande que, todo el mal del que el hombre podría tener miedo, y conducirle al tedio de lo finito o la tristeza del vacío y la desesperanza. Es necesario que en la conciencia del hombre contemporáneo resurja con fuerza la certeza de que existe Alguien que tiene en sus manos el destino de este mundo que pasa. Y este Alguien es Amor. Amor hecho hombre, Amor crucificado y resucitado, Amor continuamente presente entre los: hombres. Es el único que puede dar plena garantía de las palabras: «¡No tengáis miedo; estad alegres!» Confesar, proclamar y vivir esta esperanza es afirmar la propia humanidad plena, ver en ella toda la belleza querida por Dios, reconociendo en ella, sin embargo, a la luz del poder de Dios mismo, también sus debilidades: Lo que es imposible a los hombres es posible a Dios.

     8. Esta va a ser mi misión primera entre vosotros: anunciar la alegría para todo el mundo, el Evangelio que es Jesucristo. Para eso, Dios en este día por medio del relato evangélico proclamado, me recuerda que me ha llamado a ser, como Juan, pura y total referencia a Cristo, trasparencia de Cristo, testigo de la luz que es Él e ilumina a todo hombre para conducirlo a la fe, testigo de esperanza. Como Juan, he de menguar para que crezca Él, y ser simplemente Voz que clama en desierto; consciente de que no soy la palabra, sino vehículo de la Palabra que es Cristo. Voz que clama: «Preparad el camino al Señor, allanad los senderos, convertios y creed en el Evangelio». Podéis pedirme, y esperar de mí, puesto que Dios me lo exige, que, como el Bautista hombre de Dios, orante y penitente, sea voz y dedo que en todo señale a Cristo presente entre nosotros. Es lo que conviene al ministerio apostólico que, como vemos en Pablo, no quiere ni puede saber otra cosa que a Cristo y Éste crucificado, que vive de Él y para Él, para anunciarle y no callarlo: «¡Ay de mí si no evangelizare!»

     No quiero ni debo hacer otra cosa entre vosotros y a vuestro servicio que anunciar a Jesucristo, darlo a conocer, invitaros a que le sigáis y le améis. Es verdad que, mucho menos aún que el Bautista, no soy digno ni siquiera de desatarle las correas de su sandalia. Pero como, en su benevolencia y gracia, me ha elegido, para ser sucesor de los apóstoles entre vosotros, no puedo responder mejor a lo que necesitáis y me pedís que entregaros a Jesucristo, señalarlo próximo, en medio ya de los hombres aunque no le conozcan, mostrar que pasa junto a ellos el «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». En el fondo de vosotros, como del hombre contemporáneo, sobre todo de los jóvenes, hay una sola y gran aspiración, una búsqueda principal por encima de cualquier otra: Tenéis sed, necesidad, de Cristo, de ver a Cristo: «Maestro, ¿dónde vives?» Al Obispo, como al sacerdote, le pedís a Cristo, y esperáis de él que os lo muestre y os lleve a Él. El resto lo podéis pedir a muchos otros. De mí, pues, tenéis derecho a esperar que os entregue a Cristo, ante todo, mediante al anuncio de la Palabra, pero inseparablemente con el testimonio de mi amor y mí cercanía.

     9. Estáis en lo cierto cuando esperáis y reclamáis, como el Señor esperó y pidió a Pedro (Cf n. 21,15-19), que os quiera a todos con toda mi alma, que sea para todos vosotros, sin excepción, un verdadero servidor de las características de amor que el mismo Cristo ha  vivido y dado a cuantos ha llamado para, como Él, servir y no ser servidos, ungidos por el Espíritu y enviados a dar la buena noticia a los pobres y a los que sufren. Con razón esperáis y reclamáis que vuestro Obispo sea un hombre de fe entregado a los hombres, expropiado en favor de ellos, atento a sus necesidades y solícito, presto, para quienes lo reclaman desde cualquier necesidad; sensible a todo lo humano, con capacidad de escucha y de sintonía: con las preocupaciones de los otros, cercano a los hombres, y dispuesto a ayudar a cualquiera sin esperar nada a cambio, y, además, sin darse importancia en lo que hace por los demás; cercano al sufrimiento de los hombres, a los amenazados en su vida en cualquiera de sus fases y circunstancias, a las víctimas de la violencia, del terrorismo o de los maltratos, buscador siempre de la unidad, y oferente permanente de la reconciliación, del perdón y de la paz.

     Mis palabras más vibrantes habrán de ser aquellas que hablen de los pobres -de los pecadores, principales indigentes- y de los que sufren, de los que pasan hambre o no tienen techo; aquellas que muestren misericordia con el pecador y solidaridad con el hombre caído, malherido y maltrecho, orillado a la vera del camino y ante el que los hombres pasan con demasiada frecuencia de largo; mis palabras más vigorosas no deberán ser otras que las que denuncien la injusticia que recae siempre sobre los mismos: los más pobres y desgraciados, y las que defiendan al inocente y al indefenso.

     Atento a las carencias y necesidades de los hombres, no deberé estar ajeno, no puedo estarlo en modo alguno, a una carencia y pobreza fundamental de nuestro tiempo, ya señalada: la carencia e indigencia de Dios, el despojamiento de la propia humanidad que padece el hombre de nuestro tiempo, la quiebra moral que denuncia ese despojamiento. En verdad, me encuentro al lado de ese hombre de nuestro tiempo, despojado y malherido, sobre todo del mundo joven, para anunciarle la Buena Noticia, esa alegría grande, inmensa, que es Jesús: «Aquí está el hombre», y para llamarle al consuelo de una esperanza: «No tengo oro ni plata, pero lo que tengo te doy; en nombre de Jesús Nazareno, ¡levántate y anda!»

     10. Rogad a Dios, queridos hermanos, por intercesión de los santos pastores de esta diócesis: san Eugenio, san Ildefonso, san Alonso de Orozco, también de los santos pastores manchegos, como santo Tomás de Villanueva y san Juan de Ávila, y, sobre todo, por intercesión de la Santísima Virgen María, rogad que el Espíritu Santo haga de mí presencia sacramental de Cristo, Buen Pastor conforme al corazón de Dios, ungido para dar la buena noticia a los pobres; pedid que, como Juan el Bautista, cumpla con la vocación que inspira en mí el Espíritu para que sea hoy entre mis hermanos de Toledo y para todos, testigo de una Luz que el mundo no ve, voz de una presencia que muchos no sienten, invitación al camino que abra el horizonte de la auténtica Luz, pedagogo que conduce a Cristo, «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», llama, antorcha luminosa y ardiente que consume toda su existencia en ser grito de la proximidad de Cristo y en hacer prender la luz de la fe y el fuego del amor de Dios entre los hombres. Por mi parte también yo dirijo mi plegaria por todos vosotros, por esta queridísima iglesia que está en Toledo, consciente de que el pastor que ama a su pueblo, ora mucho e incesantemente por él, y que ministerio principal y servicio primero a esta amada diócesis es mi oración constante por ella... Quiero y debo ser un humilde orante por el Pueblo de Dios de Toledo, como tan profunda y bellamente os decía nuestro querido Sr. Cardenal D. Francisco Álvarez, en su homilía de despedida aquí mismo el domingo pasado. Por intercesión de todos los santos toledanos, y particularmente de la Santísima Virgen a la que vosotros invocáis con los entrañables títulos -para mí ya cercanos- de Nuestra Señora del Sagrario, o de Guadalupe, o del Prado, ruego por vosotros y pido que se cumpla lo que Pablo encomienda, en la lectura de hoy, a los tesalonicenses: estad siempre alegres, sed constantes en orar, en toda ocasión tened la acción de gracias y vivid la Eucaristía, no apaguéis el espíritu, discernid los dones y la voluntad de Dios, quedáos con lo bueno. Guardáos de toda forma de maldad. Que el mismo Dios os consagre totalmente y que todo vuestro ser, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche, hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El Señor que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas.

 

FELICITACIÓN DE NAVIDAD


     ¡Feliz y santa Navidad! Que el Señor, dador de todo bien, os colme de bendiciones y os proteja, que os conceda su favor y su gracia, que ilumine vuestros caminos y os llene de su sabiduría y de su santidad.

     Siento una alegría muy grande y honda al celebrar, por primera vez con vosotros, la Navidad Santa y compartir este gozo y esta dicha del Dios-con vosotros. Que alegría del anuncio del nacimiento del Salvador nos acompañe y que desborde en nuestra vida por las grandes obras que Él hace a favor de sus hijos los hombres, a quienes tanto ha amado y ama que les entrega a su Unigénito. Que vuestra alegría en estos días, que ha de brotar con abundancia y sin límite de la contemplación de Dios en el rostro de su Hijo, hecho hombre, pequeño y pobre, se extienda a todos los hombres, a todos los toledanos. Nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor, el gran gozo anunciado por el ángel la noche santa de Navidad es para todo el pueblo, para todos vosotros, sin exclusión de nadie.

     El Hijo de Dios se despoja de su rango, nace pobre y débil, unido a los pobres y a las frágiles criaturas humanas; nace del seno purísimo de la Virgen María; nos trae la esperanza de una vida nueva. Nazcamos también nosotros del seno purísimo de la santa Iglesia para vivir como hijos de Dios, unidos a los pobres, siendo pobres y humildes y sirviendo como el Hijo. Seamos testigos alegres del amor de Dios que nos ha manifestado su amor a los hombres haciendo pobre a su Unigénito para enriquecernos a nosotros con la riqueza de su misericordia, de su vida y de su paz. Vivamos una vida que sea signo del Dios vivo, Enmanuel, Dios-con-los-hombres y para-los-hombres, dedicada de verdad a servir a nuestros hermanos, cuyo valor es tan grande que han sido beneficiados con la entrega del Hijo de Dios, que vino a servir y dar su vida.

     Que la Navidad nos haga a todos testigos de esperanza, anticipo de un mundo en paz. Que el mensaje de alegría y de paz que se escucha en aquella noche de Belén sea una realidad viva en todos los hogares toledanos, que se extienda por todos los rincones. Que la paz verdadera, la implantación del amor que brota en aquel nacimiento hace poco más de 2000 años en Belén de Judá, traiga la paz a aquellas tierras que le vieron nacer, y que allí como en todos los lugares del mundo, también en nuestras tierras españolas se abra paso la paz, se erradique toda violencia y sus causas, y se alumbre esa vida nueva, la que vemos en el Niño Dios que nace, y que en estas celebraciones nos llena de esperanza y de dicha.

     Para todos, queridísimos toledanos, mis mejores deseos; para todos, feliz y santa Navidad.

 

X Antonio Cañizares Llovera

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

HOMILÍA EN LA SANTA MISA

EN LA SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR


 

Santa Iglesia Catedral Primada

Toledo, 25 de diciembre

     Muy querido hermano, Sr. Obispo, D. Juan José, muy queridos hermanos sacerdotes del cabildo Catedral, muy queridos todos hermanos y hermanas en el Señor: A todos os deseo alegría y paz en esta Navidad que estamos celebrando. Paz en tiempos en que ésta se encuentra tan amenazada por los negros nubarrones de la guerra, de la violencia, del terrorismo; alegría en un mundo cuajado de tristezas y desesperanzas que, con frecuencia, sólo ofrece sucedáneos de felicidad pasajera. La paz y la alegría que os deseo nacen de la cercanía de Dios que, haciéndose niño y compartiendo nuestra condición humana, ha puesto su morada entre nosotros: Enmanuel.

     En el Niño acogido con inmenso cariño por la madre, María, Dios ha empezado a llenarlo todo con su gloria, e inundarlo con el bien de la alegría. Es la condescendecia extrema de Dios con el hombre perdido y desgraciado, es el amor de Dios lo que está en el origen de esta extraña condescendecia extrema de Dios con el hombre perdido y desgraciado, es el amor de Dios lo que está en el origen de esta extraña condescendencia divina. Nadie puede abarcar la grandeza de Dios. Y a pesar de su grandeza, Dios se ha apasionado por el hombre, una criatura tan fugaz, tan injusta y desgraciada y, a veces, tan mezquina.

     En este Niño, vemos y palpamos la Palabra eterna de Dios que se ha hecho carne, Luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, a todos los pueblos. En Él Dios nos lo ha dicho todo, todo junto, todo de una vez. Nos ha revelado su verdad y la nuestra. Quien le ve a Él, ve a Dios mismo, ve al Padre y su gloria, esa gloria que es que el hombre viva. Pues para eso ha venido al mundo, para que tengamos vida, vida eterna, vida de hijos de Dios. En Jesucristo hemos sido llamados a ser hijos de Dios, en el aceptarle a Él tenemos el poder ser hijos del Padre.

     No podemos olvidar que el título central de Jesús, el que más propiamente le expresa es el de "Hijo de Dios", del que es inseparable el haberse hecho "niño". Es ese ser hijo, "niño", de Jesús lo que con mayor profundidad responde a su misterio personal más propio. Él es el único que, en verdad, puede llamar a Dios "Padre".

     Jesús, el Hijo de Dios, por amor a los hombres, se encarnó de María Virgen y se hizo "niño". En ese hacerse pequeño, niño, se manifiesta la gloria del cielo. Así ocurrió en Belén. El Salvador de los hombres, luz de los pueblos y alegría de los sencillos, revela su poder en la fragilidad de un niño y demuestra que es siempre más grande mediante el hecho de que se hace más pequeño.

     Ojalá se nos concediese a todos descubrir esto y entrar dentro de su espacio. Que el Señor nos permita asombrarnos con la maravilla de lo que acontece en el hecho de que el Hijo de Dios, al hacerse hombre, se ha hecho niño, y ha vivido la infancia con todo lo que comporta. Ahí descubrimos al Dios con nosotros, Dios con los hombres y para los hombres. Que nos conceda la gracia de encontrar de nuevo el sabor de este Dios que se ha despojado de su rango haciéndose pequeño, que ama a los hombres y se nos ha entregado todo en su Hijo que se ha hecho y ha vivido como niño. Esta es la esperanza que no defrauda. Si conociésemos el don de Dios que se nos hace en esto que es sencillamente el acontecimiento de la encarnación, nacimiento en Belén y primeros años en Nazaret, si nos percatásemos del amor que se nos da en este acontecimiento, no cabría sino el amor entre los hombres.

     Jesús, el Hijo, el Niño, lo ha recibido todo del Padre, es del Padre, en todo se siente del Padre y vive de su entero amor; vive, al mismo tiempo, haciendo obediente lo que al Padre le agrada, "ocupándose de las cosas del Padre", como dice el mismo Jesús, niño, en la escena de su pérdida y hallazgo en el templo de Jerusalén. Ahí nos muestra lo que somos nosotros los hombres, ahí está nuestra verdad: ser también hijos de Dios, hacerse como niños, vivir sabiendo que somos enteramente de Dios, vivir desde el gozo y el agradecimiento por el amor de Dios Padre de quien todo lo recibimos y nos ha amado hasta el extremo, llevar a cabo nuestra existencia desde la obediencia a Él, haciendo lo que a Él le agrada. Ahí es donde está el futuro del hombre. Quien vive su vida a partir de la conciencia de que somos hijos de Dios y se comporta como un niño, como Jesús Niño, ese entrará en el Reino de los cielos, será dichoso, tendrá vida, sentirá la alegría incontenible de que es amado por Dios y la dignidad inviolable de ser hijo amado del Padre; ése, además, no podrá vivir su vida si no es amando a los otros y dando gratis lo que gratis ha recibido. Ojalá aprendamos este camino en la escuela de Belén y Nazaret donde vemos a Jesús Niño.

     El mayor servicio que podemos ofrecer a los hombres y mujeres de nuestros pueblos, lo mejor que podemos hacer por nuestros jóvenes, la más valiosa aportación que como cristianos, testigos del amor que Dios tiene al hombre, podemos ofrecer a nuestra sociedad es llevarles la noticia, en obras y palabras, de que nos ama a todos desde los más débiles, y que nos ha salvado en Jesucristo, el Hijo de María, que se hizo y vivió como Niño. Por nosotros los hombres y por nuestra salvación. Este es el camino de la vida.

     Necesitamos la sabiduría de Dios que nos enseñe este camino de la vida. Para todos pido a Dios esta sabiduría, que es saborearle a Él en el hecho de que su Hijo se ha hecho "niño", se ha encarnado y se ha hecho hombre. Necesitamos que esta sabiduría penetre en todo y en todos. Esta es la sabiduría que necesitamos en nuestro mundo para que abramos caminos de encuentro entre los hombres de hoy y el Evangelio, caminos de paz y justicia, de fraternidad y alegría, y recorramos sendas de esperanza.

     Todo esto lo contemplamos en el misterio del Niño Jesús. Misterio que nos llena de júbilo, de gozo y alegría que nada ni nadie nos puede arrebatar. Es ese gozo y ese júbilo el que deseo a todos, mis queridos hermanos.

     Que, como os decía en mi mensaje escrito en Navidad, la alegría del anuncio del nacimiento del Salvador nos acompañe y que desborde en nuestra vida por las grandes obras que Él hace a favor de sus hijos los hombres, a quienes tanto ha amado y ama que les entrega a su Unigénito. Que vuestra alegría en estos días, que ha de brotar con abundancia y sin límite de la contemplación de Dios en el rostro de su Hijo, hecho hombre, pequeño y pobre, se extienda a todos los hombres, a todos los toledanos, a todos los diocesanos: Nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor; el gran gozo anunciado por el ángel la noche santa de Navidad es para todo el pueblo, para todos vosotros, sin exclusión de nadie.

     El Hijo de Dios se despoja de su rango, nace pobre y débil, unido a los pobres y a las frágiles criaturas humanas; nace del seno purísimo de la Virgen María; nos trae la esperanza de una vida nueva. Nazcamos también nosotros del seno purísimo de la santa Iglesia para vivir como hijos de Dios, unidos a los pobres, siendo pobres y humildes y sirviendo como el Hijo. Seamos testigos alegres del amor de Dios que nos ha manifestado su amor a los hombres haciendo pobre a su Unigénito para enriquecernos a nosotros con la misma riqueza de su misericordia, de su vida y de su paz. Vivamos una vida que sea signo del Dios vivo, Enmanuel, Dios-con-los-hombres y para-los-hombres, dedicada de verdad a servir a nuestros hermanos, cuyo valor es tan grande que han sido beneficiados con la entrega del Hijo de Dios, que vino a servir y dar su vida.

     Que la Navidad nos haga a todos testigos de esperanza, anticipo de un nuevo mundo en paz. Que el mensaje de alegría y de paz que se escucha en aquella noche de Belén sea una realidad viva en todos los hogares de nuestra diócesis, que se extienda por todos los rincones. Que la paz verdadera, la implantación del amor que brota en aquel nacimiento hace poco más de 2000 años en Belén de Judá, traiga la paz a aquellas tierras que le vieron nacer, y que allí como en todos los lugares del mundo, también en nuestras tierras españolas se abra paso la paz, se erradique toda violencia y sus causas, y se alumbre esa vida nueva, la que vemos en el Niño Dios que nace, y que en estas celebraciones nos llene de esperanza y de dicha.