Año 2004


SANTA MARIA, MADRE DE DIOS, REINA DE LA PAZ


Homilía del Sr. Arzobispo de Toledo en la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, Jornada Mundial de la Paz.

Queridos hermanos y hermanas en el Señor: Iniciamos un nuevo año; Dios nos lo ha concedido, es pura gracia de su misericordia. Démosle gracias y alabémosle. Abrámonos a su don e imploremos sobre todos nosotros, sobre la Iglesia y nuestra diócesis, sobre la humanidad entera, su bendición y su ayuda para en todo no busquemos otra cosa que cumplir su voluntad, que ilumine su rostro sobre nosotros, que nos proteja, que nos ilumine y nos conceda su paz. Siempre un año nuevo es una puerta abierta a la esperanza. Y son tantos los motivos que Dios nos ofrece hoy para una verdadera y sólida esperanza. Los tenemos en la fiesta que celebramos: María, Madre de Dios, el Niño Jesús, Hijo de Dios Vivo y Salvador único y universal, la apertura del Año Jubilar de Santa Leocadia, la primera mártir y santa de To1edo en la que ha triunfado plenamente el amor de Dios, y la Jornada Mundial de la Paz.

Dios ha querido nacer de una mujer. En todo semejante a nosotros, excepto en el pecado, el Hijo de Dios ha querido ser como todos los hombres: ha tomado un cuerpo de una madre, ha nacido llorando como todos, ha querido someterse a todas las necesidades humanas, depender de su madre como todos nosotros, ser acunado por ella y ser cubierto de besos mientras es amamantado o mecido. Los rasgos del Hijo son loS del rostro de su Madre, sus gestos, su porte, su talante evocan a su Madre. El Hijo de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero, ha querido, inseparable e inconfusamente, ser verdadero hombre, Hijo del Hombre, naciendo de su Madre Virgen, concebido en su seno por obra y gracia del Espíritu Santo.

Si el Hijo de la santísima Virgen María es Dios, la que lo engendró, su madre, con todo derecho ha de llamarse, ser, la Madre de Dios. Así la proclamó de una vez para siempre la fe de la Iglesia, en el siglo V, en el Concilio de Éfeso. La proclamación por el Concilio de María Madre de Dios fue recibida con un entusiasmo enorme por el pueblo, que acompañó con antorchas encendidas a loS padres conciliares. Y, con el mismo gozo y agradecimiento, que no es otro que el gozo y el agradecimiento porque se nos ha dado un Niño, Hijo de Dios, nacido de una mujer, nosotros hoy también la invocamos diciendo: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores". "Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios".

Su fe, su docilidad a Dios, su fidelidad a la gracia de Dios, nos ha dado al que, Niño, es nuestro Redentor. Al ser circuncidado este Niño, como noS recuerda el Evangelio, se le pone por nombre "Jesús", que significa "Dios salva". "Salvará al pueblo de sus pecados". Salvador universal. De todos los hombres. De todos loS males. "Él es la fuente de la esperanza que no defrauda, la esperanza siempre nueva de la Iglesia y de la humanidad; la única y verdadera esperanza del hombre y de la humanidad. En Cristo y con Él podemos alcanzar la verdad, nuestra existencia tiene un sentido, la comunión es posible, la fuerza del Reino de Dios ya está actuando en nuestra historia y contribuye a la edificación de la ciudad del hombre, la caridad da valor perenne a los esfuerzos de la humanidad, el dolor puede hacerse salvífico, la vida vencerá a la muerte y lo creado participará de la gloria de los hijos de Dios. Jesucristo, el Verbo eterno de Dios que está en el seno del Padre es nuestra esperanza porque nos ha amado hasta tal punto de asumir en todo nuestra naturaleza humana, excepto el pecado, participando de nuestra vida para salvarnos" (Juan Pablo II, EE, 18,19). Abrimos un año nuevo con nuestra mirada esperanzada fija en Él y tenemos la certeza que no nos defrauda. Por eso reanudamos nuestro camino con alegría decidida. En El, Dios nos ha amado hasta el extremo y nos ha reconciliado, nos ha inundado de su gracia, de su amor, que nos trae la paz, en la que se resumen todos los bienes. Jesús, el Salvador, es portador de vida y de paz.

La paz será la primera palabra de Jesús, victorioso del pecado y de la muerte por su resurrección, que dirá a su Iglesia reunida en el cenáculo y que entregará a los hombres: "Paz a vosotros". Como también la paz, unida a la buena nueva de su nacimiento salvífico, será la primera palabra que se oye en la noche de parte de los enviados de Dios: "Paz a los hombres". El mismo Jesús es, según Isaías, el "Príncipe de la paz"; para Pablo es "nuestra reconciliación y nuestra paz"; todos los profetas anuncian la era mesiánica, su llegada, como portadora de abundancia y de paz. Jesús proclamará dichosos a los que trabajan por la paz, y enviará a sus discípulos como embajadores de paz: "¡Qué hermosos sobre los montes los pies del que trae la buena nueva de la paz!". Nuestro Dios es el Dios de la paz. Jesús nos deja su paz, nos da su paz.

La paz viene de Dios. La guerra de los hombres. La guerra empieza ya en cada hombre, acerca en el interior de cada hombre. Sólo el Príncipe de la paz nos puede dar la paz. Para ello, el mundo tiene que abrirle las puertas a Cristo. Y más todavía hoy, en que no hay paz, en que se ciernen sobre la humanidad entera y amenazan su futuro y supervivencia los negros nubarrones de la guerra, de la violencia, de la siega de vidas inocentes no nacidas o terminales, del terrorismo, de la intransigencia intolerante, del odio, de la venganza, de la exclusión, de la marginación injusta de millones y millones de seres humanos, del hambre y del analfabetismo de la mayoría de la población. Hoy nos acecha como enemiga principal de la paz de manera especial en todo el mundo "la plaga funesta del terrorismo". En efecto, esta "plaga del terrorismo se ha hecho más virulenta en estos últimos años y ha producido masacres atroces que han obstaculizado cada vez más el proceso del diálogo y la negociación, exacerbando los ánimos, especialmente en Oriente Medio". También entre nosotros, como hemos visto estos días. sigue persistente la amenaza espantosa de la violencia terrorista de ETA que no escatima en medios para segar cruelmente vidas humanas, para extorsionar y para infundir un clima de miedo amenazante donde particularmente poblaciones y regiones enteras. tan queridas para España, sufren una terrible falta de libertad. Para este mundo, y para la Iglesia, pueblo de Dios, instrumento y sacramento de paz, pedimos la paz: Paz con Dios, paz para cada uno consigo mismo, paz entre los hombres, paz en las familias, paz y concordia entre los pueblos.

"Para lograr la paz, educar la paz". Esto es hoy más urgente que nunca porque los hombres, ante las tragedias que siguen afligiendo a la humanidad, están tentados de abandonarse al fatalismo, Como si la paz fuera un ideal inalcanzable. La Iglesia, en cambio, ha enseñado siempre y sigue enseñando una evidencia muy sencilla: la Paz es posible. Más aún, la Iglesia no se cansa de repetir: la Paz es necesaria". Necesitamos la paz que exige dominar el afán que hay en todo hombre de sobresalir y vencer, la intolerancia para los que piensan de manera diferente, o las tendencias a la exclusión que tanto nos afectan.

La paz se ha de construir sobre las cuatro bases señaladas por el Beato Juan XXIII de la verdad, la justicia, el amor y la libertad. Se impone, pues, un deber a todos los amantes de la paz: educar a las nuevas generaciones en estos ideales, para preparar una era mejor para toda la humanidad; educar en la legalidad y observancia del derecho, porque el derecho favorece la paz, educar en el respeto al orden jurídico y ético: así la fuerza material de las armas será reemplazada con la fuerza moral del derecho y de la moral. Como dice el Papa en su mensaje para este año: "El derecho internacional.. está llamado cada vez más a ser exclusivamente un derecho de la paz concebida en función de la justicia y de la solidaridad. Y, en este contexto, la moral debe fecundar el derecho; ella puede ejercer también una anticipación del derecho, en la medida en que indica la dirección de lo que es justo y bueno". "Pero no se llegará al final del camino si la justicia no se integra con el amor.. Por sí sola, la justicia no basta. Más aún, puede llegar a negarse a sí misma, si no se abre a la fuerza más profunda del amor".

Por muy difícil que parezca, por imposible que algunos la vean, la Iglesia cree firmemente que puede haber paz. Como acaba de decir el Papa en su Mensaje e para la Jornada de la Paz: "¡Aún hoy, al inicio del nuevo año 2004, la Paz es posible. Y, si es posible, la paz es también una necesidad apremiante!... La humanidad necesita más que nunca reencontrar la vía de la Concordia, al estar estremecida por egoísmos y odios, por afán de poder y deseos de venganza". Y "para lograr la paz, educar la paz... Los cristianos sentimos, como característica propia de nuestra religión, el deber de formarnos a nosotros mismos y a los demás para la paz".

La Iglesia, y nosotros en ella y con ella, en esta hora tan difícil para la paz, estamos llamados a dar fe y testimonio de esperanza de que la paz es posible, va a serlo, que la guerra y la violencia amenazadoras de la Humanidad en el presente, manifestaciones señeras del mal hoy, no tienen la última palabra, porque tenemos la certeza de que el mal no tiene la última palabra en los avatares humanos. "Para el cristiano proclamar la paz es anunciar a Cristo que es "nuestra paz", y anunciar su Evangelio que es el "Evangelio de la paz", exhortando a todos a la bienaventuranza de ser "Constructores de la paz". "El cristiano sabe que el amor es el motivo por el cual Dios entra en relación Con el hombre. Es también el amor lo que Él espera como respuesta del hombre. Por eso el amor es la forma más alta y más noble de relación de los seres humanos entre sí. El amor debe animar, pues, todos los ámbitos de la vida humana, extendiéndose igualmente al orden internacional. Sólo una humanidad en la que reine la civilización del amor podrá gozar de una paz auténtica y duradera... Todo lo vence el amor".

En este mundo nuestro, en esta época de grandes cambios, en las que de tantas y tan diversas maneras se olvida, y se pisotea, la sagrada dignidad de todo ser humano, y aparece un horizonte lleno de incertidumbres y de amenazas para el futuro de la Humanidad, el Papa Juan Pablo II acaba de dirigir, como todos los años su Mensaje de Paz para este día, en el que nos abre a todos a una esperanza y a un compromiso firmes ante la paz. Sus palabras de esperanza deben acogerse con más amor y atención que nunca, porque en ellas se encuentran la respuesta que necesitamos a un mundo donde no hay paz en toda la tierra. Hace dos años en el mensaje para un día como hoy el Papa decía: "La esperanza que sostiene la Iglesia al comenzar el año... es que el mundo donde el poder del mal parece prevalecer todavía, se transforme realmente, con la gracia de Dios, en un mundo en el que puedan colmarse las aspiraciones más nobles del corazón humano".

En este día en que la Diócesis de Toledo celebra la Descensión de 1a Virgen supliquemos ardiente e insistentemente a Santa María Madre de Dios, Madre del Rey Pacífico, que se apiade de esta humanidad por la que su Hijo ha dado la vida, amándola hasta el extremo. En Él ya se ha dado la victoria del amor. Que la Virgen María nos alcance la misericordia de Dios y con ella la esperanza y la certeza de que al final vencerá el amor. Que nos ayude a que cada uno se esfuerce para que esta victoria llegue pronto. .

De esta victoria es signo y esperanza la sangre de los mártires, como Santa Leocadia. "El martirio es la encarnación suprema del Evangelio de la esperanza. En efecto, los mártires anuncian este Evangelio y lo testimonian con su vida hasta la efusión de su sangre porque están seguros de no poder vivir sin Cristo y están dispuestos a morir por Él, convencidos de que Jesús es el Dios y el Salvador del hombre y que, por tanto, sólo en El encuentra el hombre la plenitud verdadera de la vida... Ellos con su martirio expresan en sumo grado el amor y el servicio al hombre".

 

ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS


El próximo domingo, día 18, comenzará en toda la Iglesia el octavario que cada año dedicamos a orar de modo especial por la unidad de los cristianos. Oraremos hasta el día 25 por esta intención en todas las iglesias. Siempre debemos orar por esta necesidad fundamental, pero de manera particular a lo largo de estos ocho días. Jesucristo mismo, la noche de su Ultima Cena, oró al Padre por la unión de todos los que creemos en El: "Padre, que todos sean uno"; y nosotros unimos nuestra oración a la suya, que siempre es atendida por el Padre, porque se hace conforme a su voluntad. La división de los cristianos en diversas confesiones es una llaga abierta en el Cuerpo de Cristo surgida en la historia por nuestra fragilidad humana que se muestra incapaz para acoger el don que fluye de Cristo para permanecer en El, siendo una sola cosa con El.

Como señala el Papa, en su Carta Apostólica "Novo Millennio Ineunte", "la triste herencia del pasado nos afecta todavía al cruzar el umbral del nuevo milenio" (NMI, 48). No es esta una cuestión secundaria o para unos pocos interesados, sino exigencia viva para todos los que creemos en Cristo, "en el cual la Iglesia no está dividida" (NMI, 48).

La oración de Jesucristo en la última Cena, -después de entregarnos su Cuerpo en el sacramento eucarístico de la unidad, y antes de su pasión redentora para la reconciliación de todos y para reunir a los hijos dispersos en un solo pueblo-, "nos revela la unidad de Cristo con el Padre como el lugar de donde nace la unidad de la Iglesia y como don perenne, que, en él, recibirá misteriosamente hasta el fin de los tiempos. La oración de Cristo nos recuerda que este don ha de ser acogido y desarrollado de manera cada vez más profunda. La invocación 'que sean uno' es, a la vez imperativo que nos obliga, fuerza que nos sostiene y saludable reproche por nuestra desidia y estrechez de corazón. La confianza de poder alcanzar, incluso en la historia, la comunión plena y visible de todos los cristianos se apoya en la plegaria de Jesús, no en nuestras capacidades" (NMI, 48).

Las palabras del Papa no pueden ser más claras. Se trata de un imperativo que nos afecta a todos y siempre, mientras permanezca esta división que un día, por obra de la gracia de Dios invocada en la oración de Jesús, se acabará con toda seguridad. Es la hora de la fe, es la hora de intensificar la oración, es el momento de que de todas las comunidades y de todos los corazones cristianos se alce la plegaria en todas las partes invocando este don de la unidad y de la comunión que constituye a la Iglesia, que es una.

La vocación de la Iglesia es la unidad. Le urge, pues, a la Iglesia buscar con verdadero ardor y empeño la unión de los discípulos de Jesucristo, de cuantos creen en El, para poder ser lo que es. No es una cuestión de segundo orden o que solo afecte a unos pocos dentro de la Iglesia o de las iglesias. Nos afecta sustancialmente a todos los que somos cristianos. Necesitamos redescubrir la esencia del misterio de la Iglesia que se manifiesta en Pentecostés: frente a la Babel dispersa y dividida por el pecado, Pentecostés, nacimiento de la Iglesia y sustancia de la Iglesia, es misterio y llamada a la unidad. De que redescubramos esto depende, mucho más de lo que creemos los mismos cristianos, el futuro no solo de la Iglesia, sino de la fe, de Europa y del mundo entero.

A pesar de esta vocación, hay en la Iglesia terribles pecados contra la unidad. Persiste en ella, desgarrándola, la ruptura de la Edad Media y del comienzo de la Edad Moderna que tan trágicas consecuencias ha traído para la humanidad y particularmente para Europa. Las divisiones debilitan la fuerza del testimonio cristiano ante la increencia y secularización de nuestro tiempo, ante tanta indiferencia religiosa y mentalidad pagana como nos envuelve, ante el empuje de los fundamentalismos y de las sectas o ante una religiosidad difusa de espaldas al Dios personal. Estos son los grandes riesgos para el hombre de hoy que solamente podrán ser superados desde el cumplimiento de la voluntad del Señor: "Que todos sean uno".

"Todos, dice el Papa en Tertio Millennio Adveniente, somos conscientes de que el logro de esta meta no puede ser sólo fruto de esfuerzos humanos, aún siendo éstos indispensables. La unidad, en definitiva, es un don del Espíritu Santo. A nosotros se nos pide secundar este don sin caer en ligerezas y reticencias al testimoniar la verdad. Hay que proseguir el diálogo doctrinal, pero sobre todo esforzarse en la oración ecuménica. Oración que se ha intensificado después del Concilio, pero que debe aumentarse todavía comprometiendo cada vez más a los cristianos, en sintonía con la gran invocación de Cristo, antes de la pasión: 'que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en tí, que ellos también sean uno en nosotros' ( Jn 17,21)"

Es necesaria una sensibilización fuerte, extensiva e intensivamente, hacia esta herida en la Iglesia; apremia y urge que veamos esta necesidad como necesidad principalísima, y que, por ello, trabajemos por esta unidad, y sobre todo oremos por ella a La Trinidad santa, fuente y origen de toda unidad y comunión. Que no pasen estos días desapercibidos del Octavario en las parroquias y en cualquier comunidad cristiana; que no nos desentendamos de esta oración ninguno de los que formamos esta Iglesia diocesana. Que no nos contentemos con la mera inclusión de una súplica en la oración de los fieles. Oremos de verdad, como el Señor oró e intercede ahora con su costado abierto ante el Padre para que todos seamos uno, como El y el Padre son uno, en el Espíritu. Que el nuevo milenio que aún está en sus primeros años preste una renovada atención a esta exigencia tan básica y tan urgente, "para que el mundo crea".

 

LAICO NO ES LO MISMO QUE LAICISTA

LAICISMO Y LIBERTAD RELIGIOSA


Menudea mucho últimamente, en el discurso político y social la apelación al apelativo "laico" para referirse a algunas realidades. Con mucha frecuencia se habla de una sociedad laica, de un Estado laico, de la escuela laica. Se hacen grandes y solemnes proclamas y juicios en este sentido. Se constituye plataformas con este adjetivo referidas a entidades sociales. Muchos son muy celosos en la defensa de este calificativo. Bien entendido este calificativo y justamente aplicado, no soy yo menos celoso de él que lo puedan ser sus defensores a ultranza, ni lo es menos tampoco la Iglesia, que en la entraña de su fe está el reconocimiento de la autonomía del mundo: "Al principio creó Dios el cielo y la tierra". "Dad a Dios lo que es Dios, y al César lo que es del César". "Mi Reino no es de este mundo".

Pero la verdad es que me preocupa el sentido que se da a este adjetivo: en buena parte de los casos con una fuerte carga ideológica, y con no poca confusión. Creo que se está generando una gran confusión que es preciso disipar, porque con ella se está caminando por un terreno resbaladizo en el que, con intención o sin ella, se está poniendo en tela de juicio nada menos que uno de los derechos fundamentales: el de la libertad religiosa, que está en la base de una sociedad democrática, porque no es un derecho más entre los derechos, sino el más fundamental, piedra angular en el edificio de los derechos humanos: se refiere a lo más íntimo del hombre, su conciencia.

Viene bien recordar a propósito del tema que nos ocupa las palabras del Papa el 12 del pasado enero al Cuerpo diplomático. Las reproduzco en toda su extensión porque son ciertamente muy clarificadoras: "En los últimos tiempos, somos testigos, en ciertos países de Europa, de una actitud que podría poner en peligro el respeto efectivo de la libertad de religión. Si bien todo el mundo está de acuerdo en respetar el sentimiento religioso de los individuos, no se puede decir lo mismo del hecho religioso, es decir, la dimensión social de las religiones, al olvidar los compromisos asumidos en el marco de lo que entonces se llamaba 'Conferencia sobre la Cooperación y Seguridad en Europa'. Con frecuencia se invoca el principio de laicidad, en sí mismo legítimo, si es comprendido como la distinción entre la comunidad política y las religiones. Pero ¡distinción no quiere decir ignorancia!¡La laicidad no es laicismo!. No es otra cosa que el respeto de todas las creencias por parte del Estado, que asegura el libre ejercicio de las actividades de culto, espirituales, culturales y caritativas de las comunidades de los creyentes. En una sociedad pluralista, la laicidad es un lugar de comunicación entre las diferentes tradiciones espirituales y la nación. Las relaciones Iglesia-Estado pueden y deben dar lugar al diálogo respetuoso, que transmita experiencias y valores fecundos para el porvenir de una nación. Un sano diálogo entre el Estado y las Iglesias -que no son rivales, sino socios- puede sin duda favorecer el desarrollo integral de la persona y de la sociedad. La dificultad de aceptar el hecho religioso en el espacio público se ha manifestado de modo emblemático con ocasión del reciente debate sobre las raíces cristianas de Europa".

Entre nosotros se está viendo esta dificultad en el debate continuo respecto a la enseñanza de la religión en la escuela estatal, o a la escuela de iniciativa social católica, o en el modo de juzgar actuaciones de los Obispos por parte de personas públicas o de grupos, por ejemplo cuando los Obispos se pronuncian sobre materia moral o que tienen que ver con la presencia de los cristianos en la sociedad y con las realidades temporales, pero que tienen una connotación moral. Es legítimo, ciertamente, juzgar si se hace con verdad y justicia; pero es abusivo cuando menos pretender que la Iglesia o los que la integran callen sus creencias o sus enfoques morales propios ante realidades humanas o sociales que piden iluminación y orientación en fidelidad a lo que ella es, o descalificar -sin argumentar incluso- tales creencias y criterios morales sencillamente porque molestan o no se está de acuerdo con ellas. Llama la atención la batería de ataques y descalificaciones últimas en este orden de cosas.

Estado laico, sociedad laica, quiere decir Estado, sociedad, aconfesional, que garantiza el derecho a la libertad religiosa a personas e instituciones, precisamente para que quepan las distintas confesiones, religiosas o agnósticas, ateas..., pero no para que se establezca o imponga una nueva confesionalidad: la laicista. La Iglesia católica, en concreto, en sus relaciones con los poderes públicos, o con la sociedad, no pide volver a formas de Estado confesional. Sólo pide respeto a la libertad religiosa y demanda la aconfesionalidad del Estado con todas sus consecuencias y exigencias, al tiempo que deplora todo tipo de laicismo ideológico o separación hostil entre las instituciones civiles y las confesiones religiosas.

Este es uno de los puntos nucleares que están en juego en la definición y construcción de la nueva Europa, también de España. Cuando hace dos meses celebramos los veinticinco años de nuestra Carta Magna Constitucional, es bueno volver a ella, y tener muy presente que lo que en ella se afirma y reconoce es un Estado aconfesional que respeta y promueve el derecho inalienable a la libertad religiosa, pero no un Estado confesionalmente laico, que cercena dicho derecho, cuando lo religioso lo reduce al templo, al culto o las sacristías, es decir a la esfera de lo privado y de lo íntimo. El laicismo de Estado cercenando este derecho debilitaría la democracia y la convertiría incluso, más tarde o más temprano, en una tiranía.

Respetando cuanto se contiene en este derecho y cuanto está en la legítima laicidad o autonomía de las realidades terrestres, tan vigorosa y claramente expuesta y defendida en el Concilio Vaticano II, es preciso definir bien el lugar reservado a las religiones o a las Iglesias en unas sociedades libres y democráticas. Para ello es preciso dar lo que le corresponde al calificativo de "laico", sin traspasar su umbral a las puertas del laicismo ideológico.

Nos encontramos hoy en sectores, tendencias y personas influyentes de nuestra sociedad ante una especie de afianzamiento de aquella tendencia que quisiera "privatizar" cada vez más a las Iglesias y trasformar la libertad de religión en una especie de tolerancia aséptica -a veces incluso interesada si vale bien para intereses propios de los que mantienen esa presunta tolerancia-. Se argumenta que cada uno es libre de hacer lo que quiera y, por consiguiente, puede adherirse a una fe, profesar determinadas confesiones religiosas, pero lo importante es que esto no se vea públicamente, o que no tenga repercusiones en los espacios públicos, en los comportamientos sociales, políticos, culturales. El equívoco de fondo, que no puede ser aceptado ni por los creyentes ni por los no creyentes, es reducir la libertad religiosa al ámbito exclusivo de la conciencia personal -por los cual, ordinariamente, se habla de religión como de un "asunto privado"- y considerar la Iglesia lo mismo, o menos, que una organización gubernamental.

Decía, al principio, que me preocupaba esta situación. Vuelvo a reiterarlo. La salud, convivencia y desarrollo humano y social de una sociedad depende mucho de que nos clarifiquemos en estos puntos. Nunca insisteremos suficientemente, más en nuestro tiempo, en lo preciso que es respetar el derecho de libertad religiosa en toda su extensión para que se dé una verdadera y necesaria vertebración e integración de nuestra sociedad. No hay que temer a la libertad, basada en la verdad y el amor, mucho menos a la libertad religiosa, fuente de otras libertades. Por mi parte le temo mucho y me preocupa el laicismo como ideología que no respete esa libertad con todas sus exigencias y consecuencias.

 

LA FAMILIA, ESPERANZA DE LA HUMANIDAD


La pasada semana la Conferencia Episcopal dio a conocer el "Directorio de Pastoral Familiar", aprobado en la última Asamblea Plenaria de noviembre. Es prolongación y aplicación de otro documento de la misma Conferencia de hace dos años que lleva por título "La familia santuario de la vida y esperanza de la sociedad". Tanto uno como otro son dos importantes textos que hay que conocer y aplicar; se trata de las orientaciones y directrices, plan de actuación de la Iglesia en España para la familia. El autor del Directorio es la Conferencia Episcopal. Se ha elaborado a lo largo de casi dos años. Ha tenido varias redacciones. Han intervenido en su redacción la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Vida, la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal y la Asamblea Plenaria de la misma, todos los Obispos, que han aportado sus ideas, sus reflexiones, sus juicios. Un texto, pues, bastante madurado y ponderado. No se puede decir que ha sido de este o de aquel otro Obispo; es de todos los Obispos. Fue aprobado por una mayoría muy amplia; moralmente por casi unanimidad. Recoge fielmente la enseñanza de la Iglesia, expresada en el Concilio Vaticano II, y por los Papas Pablo VI y, especialmente, Juan Pablo II, en su amplio y riquísimo magisterio sobre la familia. Creo sinceramente que no se puede tratar con ligereza un texto, sólido y denso, como éste. Los criterios, juicios y orientaciones son muy valiosos para fortalecer la familia, en la que se juega el futuro del hombre.

El futuro de la humanidad y del mundo, en efecto, se fragua en la familia y pasa a través de ella, porque es el ambiente fundamental del hombre y fermento de progreso humano y moral. El bien del hombre y de la sociedad está profundamente vinculado a la familia. A ella debe la sociedad su propia existencia. Es una exigencia fundamental e imprescindible salvar y promover la verdad que constituye y en la que se asienta la familia, así como los valores y exigencias que ésta presenta. Todos los pueblos y naciones de la tierra son deudores de la institución familiar, verdadera medida de la grandeza de una nación, del mismo modo que la dignidad del hombre es la auténtica medida de la civilización y de una genuina cultura que haga justicia a la verdad y grandeza de la persona humana y su vocación. La familia es el primero y más importante camino de la humanidad. Es un camino del que no puede alejarse ningún ser humano.

Si hay que hablar, por ello, de una renovación o de una regeneración de la sociedad humana, y también de la misma Iglesia, hay que comenzar por la renovación, regeneración, fortalecimiento y consolidación de la familia, asentada sobre el matrimonio único e indestructible, entre un hombre y una mujer, abierto a la vida, institución fundamental para la felicidad de los hombres y la verdadera estabilidad social. Esperar una renovación de la sociedad en sus valores sin una profunda renovación de la familia constituye un espejismo o una quimera sin base. Por esto mismo es necesario luchar y hacer lo imposible para que la familia no sea suplantada ni debilitada por nada ni por nadie, ni por falsas concepciones ni por intereses o políticas que no amparen y salvaguarden su verdad, ni por otros tipos de uniones que la suplantan y que no hacen justicia a lo que es la familia en su misma entraña. Esto lo requiere no sólo el bien privado de toda persona, sino también el bien común de toda sociedad, nación o Estado de cualquier continente.

Nos encontramos en unos momentos cruciales para el futuro de la familia. Se requiere no sólo el fortalecimiento interno y espiritual de la familia, sino también una política adecuada y verdadera que favorezca la familia tanto en los aspectos económicos y sociales como en los jurídicos e institucionales; tanto en lo que se refiere a la necesaria formación humana y moral de la adolescencia y juventud, como en lo que se refiere a la previsión y servicios sociales, vivienda, tratamiento fiscal, condiciones necesarias para propiciar el ejercicio de la maternidad y la educación de los hijos. La sociedad tiene la grave responsabilidad de apoyar y vigorizar la familia, y su fundamento que es el matrimonio único e indisoluble entre un hombre y una mujer, abierto a los hijos y empeñado en su educación. La misma sociedad tiene el inexorable deber de proteger y defender la vida, cuyo santuario es la familia, así como dotar a ésta de los medios necesarios -económicos, jurídicos, educativos, de vivienda, trabajo- para que pueda cumplir con los fines que le corresponden a su propia verdad o naturaleza, y asegurar la prosperidad doméstica en dignidad y justicia. Así mismo ha de garantizar los derechos de los hijos a nacer, crecer, educarse en el interior de la familia en el sentido indicado.

Desde los diversos sectores de la vida social hay que apoyar, por tanto, el matrimonio y la familia, facilitándoles todas aquellas ayudas de orden económico social, educativo y cultural que hoy son necesarias y urgentes para que puedan seguir desempeñando en nuestra sociedad sus funciones insustituibles, incluso creando el ambiente social y cultural que proteja a la familia y la fortalezca en su verdad más propia. La familia, por el bien de todos y por el futuro de la sociedad, ha de ser objeto de atención y de apoyo decidido por parte de cuantos intervienen en la vida pública. No ayudar debidamente a la familia constituye una actitud irresponsable y suicida que conduce a la humanidad por derroteros de crisis, deterioro y destrucción de graves e incalculables consecuencias. Algunas posiciones están jugando con fuego, y ya no estamos quemando. Los Obispos, por amor y servicio al hombre al que se deben, denuncian en su escrito algunas de esas posiciones que tienen que ver con muchos aspectos : con la verdad del hombre y de la mujer, con lo que es el amor y el matrimonio, con lo que es la verdad y la grandeza de la sexualidad, con lo es la vida y las fuentes de la vida, con lo que es la dignidad de la persona humana, con lo que son las exigencias de justicia social, y con tantas y tantas cosas que ellos señalan en los referidos documentos.

Educadores, escritores, políticos y legisladores, no pueden dejar de tener en cuenta que gran parte de los problemas sociales y aún personales de hoy tiene, sus raíces en los fracasos o carencias de la vida familiar. Luchar contra la delincuencia juvenil, contra la droga o la violencia, o contra la prostitución de la mujer y favorecer al mismo tiempo el descrédito o el deterioro de la institución familiar, basada en el matrimonio único e indisoluble entre un hombre y una mujer, o trivializar y desfigurar la verdad y grandeza de la sexualidad, y la unión esponsal del hombre y de la mujer, es cuando menos una ligereza y en todo caso una contradicción y una desfiguración de lo verdadero. Son muchas, tal vez demasiadas, las ligerezas y contradicciones que en este sentido se han producido en nuestra sociedad durante bastante tiempo y parece que existe el empeño por parte de algunos en seguir incurriendo en ellas, agravándolas, con la difusión de modelos, concepciones o formas de vida que se difunden y aun con nuevas legislaciones que atentan a la entraña de la institución familiar.

Es particularmente necesario un renovado empeño por parte de la Iglesia y de las familias cristianas para promover una verdadera "política familiar" y una genuina educación en todo lo que contribuya a fortalecer la familia. Se requiere urgentemente aunar esfuerzos y conjuntar e impulsar múltiples iniciativas aportando ideas, propuestas, instrumentos operativos al servicio de la promoción de la verdad y el bien de la familia y de la vida. En estos momentos es muy importante favorecer la difusión de la doctrina de la Iglesia sobre la familia de manera renovada y la responsabilidad social y política de las familias cristianas, promover asociaciones o fortalecer las existentes para el bien de la familia. Es preciso reconocer y alentar este tipo de asociaciones. Quiero, expresamente, manifestar mi público agradecimiento a asociaciones y movimientos como "Equipos de Nuestra Señora", "Movimiento Familiar Cristiano", "Encuentros", "Confederación Católica de Padres de Alumnos" (CONCAPA), la recién creada "Asociación de Familias Numerosas de Toledo 'Sagrada Familia'" (que hay que apoyar y difundir por ser tan nueva y necesaria), las distintas asociaciones en defensa de la familia y de la vida. Es preciso defender y promover los derechos de la familia. Es preciso defender el derecho a la vida. Es necesario difundir la enseñanza de la verdad y grandeza de la sexualidad humana... Son necesarias muchas cosas, y a ellas apunta el "Directorio de Pastoral Familiar" de la Conferencia Episcopal, que no puede ser juzgado por alguna expresión que tal vez pueda ser menos feliz en su redacción, aisladamente, pero que se ve cual es su sentido más correcto en una lectura objetiva, fiel y desapasionada en todo el conjunto. Como todo texto humano es mejorable, qué duda cabe, pero también es preciso ver si lo que dice es verdad, y lo cierto es que su juicio y su visión de la realidad no lo he visto desmentido por los hechos, que son tozudos y son los que son.

La Iglesia tiene una especial responsabilidad en esta gran urgencia de nuestro tiempo que es "salvar y fortalecer a la familia", para el bien y futuro del hombre y de la sociedad, potenciarla y alentarla, conforme a la verdad que la constituye, que es la inscrita por su Creador en su más profunda entraña. Hemos de constatar que hoy, en España, la familia padece graves males; no hay que ocultarlos si queremos curarlos; es lo que tratan de hacer los Obispos en este documento: afrontar sin complejos sus causas y soluciones. Desde aquí pido a sacerdotes, padres, educadores, asociaciones que tienen que ver con la familia, a todos los diocesanos, y a quienes me quieran escuchar, que nos adentremos en la lectura fiel de este documento, y a que con lucidez, libertad y decisión lo apliquemos en nuestra diócesis en toda su extensión y hondura.

 

LOS CATÓLICOS ANTE LA VIDA PUBLICA


Los cristianos podemos y debemos contribuir al desarrollo y renovación de la sociedad, no a pesar de nuestra fe sino en virtud de ella. No podemos actuar en la vida pública, y en todos los órdenes de la vida en contradicción con lo que reclama la fe y las exigencias morales del Evangelio y, además, nos sentimos obligados, por el servicio y el amor que debemos a nuestros conciudadanos, a ofrecerles los bienes que se derivan de la fe y la moral cristiana en sus dimensiones personales familiares y sociales.

Los católicos tiene el deber de aportar a la vida social esos bienes por la vía del testimonio y del convencimiento en el marco de las libertades democráticas. Por exigencias internas e irrenunciables de la fe que les anima, deben asimismo descubrir en la vida pública, profesional, cultural, política, una posibilidad de ejercer el amor fraterno, ofreciendo la verdad cristiana en su integridad, defendiendo y promoviendo aquellos valores sociales que se derivan del Evangelio. No hacerlo sería traicionar a la sociedad y negar el valor del Evangelio para la vida social.

¿En qué medida la fe católica proporciona un modelo de sociedad?. O dicho de otra manera, la Iglesia que enseña cómo han de comportarse los fieles en su conducta de alcance social, ¿diseña también una manera concreta de cómo ha de organizarse o estructurarse la convivencia?. La Iglesia, en su doctrina social es muy clara a este respecto. A través de su magisterio enseña una y otra vez que no tiene competencia directa para proponer soluciones técnicas, o "modelo propio" en el campo de la economía o de la política. Sin embargo invita a una revisión constante de todos los sistemas según el criterio de la dignidad de la persona humana.

Con pleno respeto a la autonomía del orden temporal, la Iglesia no puede permanecer ajena a los problemas que se plantean, porque nada humano, en virtud del designio creador y redentor y en virtud de la Encarnación, le es ajeno. Y esos problemas, todos ellos, tienen siempre una dimensión humana. Por eso, y consciente de ello, no debe cesar de extraer de la Palabra de Dios que la guía, orientaciones claras, tanto para la vida personal, como para la convivencia social. Aporta y ofrece a la sociedad, y a la vida de las naciones y de las relaciones internacionales, unos criterios y una forma de vida capaz de elevar la convivencia de la gente por lo que se refiere a las exigencias de la justicia, del amor social y de la colaboración solidaria y fraterna exaltando el desarrollo integral de la persona.

A la aplicación de estos criterios y a la realización de esta vida deben orientarse los cristianos, en sus legítimas opciones concretas en el campo social, político o económico, como camino real y concreto hacia la solución de los problemas que afectan a la vida y realidad social y del mundo.

La Iglesia, pues, no ofrece una "tercera vía" o una posible "alternativa" a otros caminos o soluciones concretas. Tan inaceptable es imponer a todos normas morales de la Iglesia relativas a la sociedad - y más aún un "modelo" político o económico-, como eliminar cualquier intervención de la Iglesia, o de los católicos, inspirada por la fe en los diversos campos de la vida pública. Sin asumir opciones políticas o económicas opinables, la Iglesia se ha de comprometer en favor de la justicia y de los derechos fundamentales de todos los hombres. Es lo que ha hecho, por ejemplo, la Comisión Permanente del Episcopado en su Nota ante las próximas elecciones. Este compromiso en defensa de la persona humana en su dignidad inviolable es y ha de ser considerado como parte integrante de la misión de la Iglesia.

Por eso, si bien ella no diseña un "modelo" político o de ordenamiento de la sociedad, sí ofrece unas pautas para la convivencia: las que se derivan del reconocimiento pleno de la dignidad de la persona humana, como piedra angular del Estado y de todo su ordenamiento jurídico. Aquí radica el fundamento de la comunidad política que se realizará y ordenará de forma plural en distintos lugares y situaciones, pero que siempre lo ha de hacer sobre esa base insoslayable, si quiere construir una sociedad en convivencia, paz y justicia. De este fundamento se derivan implicaciones concretas e inmediatas muy fundamentales y graves, para la valoración jurídica de las instituciones básicas de la vida social: el matrimonio y la familia, y la propia organización de la sociedad y el Estado, de acuerdo con los principios de subsidiariedad y de legalidad.

Esta "pauta" que ofrece la Iglesia, es decir el concepto de persona humana como sujeto trascendente de derechos fundamentales, anterior al Estado y a su ordenamiento jurídico positivo, es un criterio básico en el que ha de inspirarse cualquier "modelo"; de forma que un modelo de sociedad o de ordenamiento jurídico y político de una sociedad que no lo respetase y tutelase tampoco merecería respeto y sumisión. Esta "pauta" hoy se ve amenazada por diversas concepciones. Hoy, en efecto, "se está abriendo paso en la opinión ciudadana una teoría del derecho neopositivista, para la cual la mayoría parlamentaria, establecida según las reglas de la democracia formal, es la fuente última del orden jurídico, incluidas sus primeras bases constitucionales, sin excepción alguna, ni siquiera en lo que se refiere a la definición de los derechos fundamentales de la persona humana" (A. Mª Rouco). Y si es fuente del orden jurídico lo será también de su ordenamiento público. Pero esa concepción, hace tambalearse el mismo ordenamiento democrático en sus fundamentos, reduciéndolo a un puro mecanismo de regulación empírica de intereses diversos y contrapuestos.

"El valor de la democracia se mantiene o cae con los valores que encarna y promueve: fundamentales e imprescindibles son ciertamente la dignidad de cada persona humana, el respeto de sus derechos inviolables e inalienables, así como considerar el 'bien común' como fin y regulador de la vida pública ... En la base de estos valores no pueden estar provisionales y volubles 'mayorías' de opinión, sino sólo el reconocimiento de una ley moral objetiva, que, en cuanto, 'ley natural' inscrita en el corazón del hombre, es punto de referencia normativa de la misma ley civil" (Juan Pablo II). Afirmar esto, como hace la Iglesia, es servir de verdad a la democracia participativa y plural. Ofrecer, promover y reclamar estos valores, dimanantes del Evangelio, inscritos también en la naturaleza del hombre, asequibles a todos y por todos aceptables, es deber de la Iglesia, fiel a su misión.

 

ANTE EL DIA DEL SEMINARIO


1. Necesitamos sacerdotes

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

El mundo actual, lo sabemos bien, está necesitado de esperanza, está necesitado de fe, está necesitado de Dios. Hay que decirlo con fuerza: el mundo que vivimos de nada está tan necesitado como de Dios. Esta hora histórica concreta nuestra está necesitando hombres que entreguen su vida a Dios, que quieran ser testigos gozosos y valientes del Evangelio en el ministerio sacerdotal. Digámoslo con toda claridad y sin ningún complejo ni tampoco arrogancia: sin sacerdotes auténticamente identificados con Cristo no puede haber renovación profunda de la sociedad y del mundo.

Faltan sacerdotes. Faltan muchos sacerdotes. Hoy es una tarea apasionante ser testigo de Dios en el mundo, entregando la vida entera con alegría y esperanza a esta tarea. Es hermoso que podamos hacer presente a Dios, la realidad más primordialmente necesaria. Sin Él las cosas pierden sentido, y la totalidad de la vida y de la existencia se quedan sin luz. Los sacerdotes introducen en cada momento de la historia la fuerza renovadora del misterio pascual de Jesucristo, la vida y el amor de Dios, y el fuego del Espíritu Santo. Colocados al frente del Pueblo de Dios, como siervos autorizados, lo conducen, a través de la historia hacia Cristo, Camino, Verdad y Vida.

Necesitamos más de cien mil sacerdotes en el mundo entero para llevar a cabo la misión de evangelizar a todas las gentes y de hacer posible que, evangelizadas, puedan participar de la Eucaristía. No cabe duda que entre las prioridades pastorales hay que colocar el empeño por aumentar las vocaciones sacerdotales. Por eso, la Iglesia nos invita a que dirijamos nuestra mirada al Seminario, a nuestro Seminario diocesano. A nadie se le oculta la importancia que tiene el Seminario para la vida de la Iglesia: en él se forman nuestros futuros pastores. Tenemos necesidad del Seminario. Sentimos la urgencia apremiante de apoyar sin reservas y con todas nuestras fuerzas, decididamente, a nuestro Seminario. Porque tenemos necesidad de sacerdotes. Sin ellos no hay Iglesia, porque sin sacerdotes no hay Eucaristía ni evangelización que hacen la Iglesia. Y la Iglesia es necesaria para la salvación del mundo, para la dicha y libertad de los hombres, nuestros hermanos a los que nos debemos.

2. La Jornada anual o "Día" del Seminario. Necesidad del Seminario

El l9 de marzo, como todos los años, nos trae de nuevo el recuerdo del Seminario. Una institución fundamental y entrañable en la que nos sentimos implicados toda la Iglesia diocesana. En el Seminario tenemos puestas nuestras esperanzas porque en él se forman los que han sido llamados por Dios al sacerdocio, para que puedan llegar a ser, por el Sacramento del Orden, una imagen viva de Jesucristo, Buen Pastor que ha venido al mundo para dar su vida por todos los hombres, para abrir caminos de esperanza.

Es una jornada que intenta sensibilizarnos a todos sobre la realidad, necesidad y sentido del Seminario. Con ella se pretende que toda la comunidad diocesana, y la sociedad en general, se acerque afectiva y efectivamente al Seminario Diocesano. Que se promuevan nuevas vocaciones sacerdotales entre los miembros más jóvenes de nuestra Iglesia y que toda la Diócesis sienta su propia responsabilidad sobre las vocaciones sacerdotales.

Estos fines debemos conseguirlos por medio de la oración, el apoyo eclesial y social, la relación más estrecha con el Seminario y la colaboración económica. Os pido que oremos por el Seminario, que roguemos a Dios para que suscite vocaciones y envíe obreros a su mies, que nos interesemos por el Seminario, que nos informemos acerca de él, que sigamos su marcha, que atendamos generosamente a sus necesidades económicas.

3. Nuestro Seminario Diocesano: Mayor y Menor

Tenemos, gracias a Dios, un gran Seminario, tanto el Seminario Mayor como el Menor. Las cifras son elocuentes por su abundancia en el conjunto de España, aunque en el Seminario Menor este año hemos descendido un poco y debemos reaccionar -creo que las previsiones para el próximo curso están siendo de nuevo muy buenas-. También en la calidad de la formación podemos estar contentos y dar gracias a Dios: contamos con un excelente presbiterio, joven, con verdadero espíritu sacerdotal y apostólico. El presbiterio con que Dios ha enriquecido a Toledo, es signo de que Dios quiere que se imparta el tipo de formación que viene impartiéndose desde hace varios lustros.

Mis queridos predecesores han llevado a cabo un obra gigantesca en esta institución tan querida,"corazón de la diócesis", con la ayuda de los formadores, profesores y quienes ayudan de tantas formas. Nos duele mucho la escasez de seminaristas que se ven en algunos seminarios. Dios nos bendice, en medio de esta situación de un cierto desierto vocacional, y trae jóvenes a formarse en nuestro Seminario en un número esperanzador. Pero necesitamos más seminaristas. Mejor aún, si Dios nos bendice de esta manera es porque Él espera de nosotros que ayudemos a otras iglesias hermanas y, particularmente, a tierras de misión de donde nos llega un grito desgarrador: "¡Ayudadnos!".

El Seminario Mayor cuenta con la grandísima ayuda del Instituto Superior de Estudios Teológicos "San Ildefonso", agregado desde el pasado curso a la Facultad de Teología "San Dámaso", de Madrid. La formación que en él se está ofreciendo es de una gran calidad y de una orientación conforme a las directrices de la Iglesia, y en comunión plena con sus enseñanzas. La formación académica que se recibe en el Seminario Menor es de un alto nivel.

Los seminaristas para su mejor educación, para su crecimiento y para su preparación en todos los órdenes y dimensiones necesitan contar con un lugar adecuado en sus instalaciones, aulas, biblioteca, habitaciones, etc. Los dos edificios de nuestros Seminarios Mayor y Menor necesitan una reforma a fondo; prácticamente, se encuentran casi como en los comienzos y han trascurrido muchos años. Es admirable la capacidad de sacrificio que han mostrado nuestros seminaristas al vivir en las condiciones precarias en las que han estado y están viviendo en el Seminario. Es necesaria la austeridad y la pobreza -y no faltarán nunca en el plan de formación- pero nuestros seminaristas necesitan vivir en mejores condiciones de habitabilidad. Es de lo que se trata. Por eso se está llevando a cabo una gran obra de restauración, que requiere una importante inversión. Pero no podemos escatimar nada para nuestros futuros sacerdotes, hoy seminaristas, para su mejor formación.

Por eso, permitidme, que os pida encarecidamente, que os suplique casi mendigando, que nos ayudéis a las obras con vuestra aportación generosa. Que familias que puedan tener más medios económicos no escatimen su ayuda al Seminario, que nos ayuden empresas o instituciones. Sed generosos. Necesitamos de vuestra generosidad no sólo para las obras, sino también para el Instituto Superior de Estudios Teológicos, para la Biblioteca, para becas de alumnos que, por diversas causas, no pueden sufragar por sí mismos sus estudios y formación, que no cuentan con ayudas que otros estudiantes tienen, o porque vienen de países muy pobres. Aunque me juzguéis tozudo en el pedir, no me avergüenzo de pediros de nuevo, de apelar a vuestra generosidad y sentido de Iglesia. Necesitamos sacerdotes como los que se forman en nuestro Seminario. Y para ello contamos con vuestra ayuda.

4. Por la vocaciones sacerdotales

Todos, sin excepción, debemos trabajar en favor de las vocaciones sacerdotales. Es o debe ser, además, una dimensión de toda acción pastoral y educativa de la Iglesia. Toda la Iglesia diocesana es responsable del nacimiento, cultivo, formación y maduración de la vocación sacerdotal en nuestros jóvenes y en nuestros niños. Se está trabajando bien vocacionalmente en el campo de los niños, sobre todo en el trabajo con los monaguillos, en la atención a ellos: de entre éstos están saliendo un buen número de seminaristas del Seminario Menor. En las convivencias vocacionales de los monaguillos, uno no sabe qué admirar más: si la sencillez y ánimo de los monaguillos, o la cercanía, e ilusión de los sacerdotes que los traen y acompañan.

También se trabaja vocacionalmente bastante en el mundo de los jóvenes, de los grupos de pastoral con jóvenes. Hay que felicitar y alentar a tantos sacerdotes que, gozosos en su ministerio, alientan a estos niños o estos jóvenes: casi siempre detrás de una vocación hay un sacerdote ilusionado y gozoso de su ministerio. Igualmente hay que agradecer a tantas familias, las de los seminaristas, que son la mejor tierra y el mejor caldo de cultivo para que surjan y crezcan las vocaciones. Es preciso reconocer lo que están haciendo movimientos de espiritualidad y apostolado seglar con los jóvenes para que en su seno vivan la experiencia cristiana y se despierten a la llamada del Señor. Como así mismo -sólo Dios lo sabe- hay que dar gracias a tantas almas buenas, tantas religiosas consagradas en el claustro, y tantos enfermos que están haciendo lo que sólo Dios conoce en favor de las vocaciones sacerdotales para nuestro Seminario.

Todo esto indica, entre otras cosas, que ningún fiel cristiano puede sentirse ajeno a las vocaciones sacerdotales y, en consecuencia, al Seminario. En él nos va el futuro de la Iglesia: pues sin sacerdotes no puede impulsarse la evangelización de los hombres, necesitados de Jesucristo que es salvación, luz y esperanza para todas las gentes. ¿Qué sería del mundo sin Jesucristo?¿Qué sería, por eso, de los hombres sin los sacerdotes?. Porque Cristo ha querido hacerse presente por los sacerdotes, sacramentalmente, en medio de los hombres y al servicio de los hombres, como pastor de su Iglesia que ha venido para reunir a los hombres dispersos, para alimentarlos con su palabra y con su cuerpo, para otorgarles la reconciliación y hacerles partícipes de su vida y de su paz.

5. Pastoral vocacional

Os quiero pedir, de nuevo a todos, sin excepción, que trabajéis en favor de las vocaciones sacerdotales. Todos somos responsables en la Iglesia diocesana de las vocaciones sacerdotales, aunque los grados de responsabilidad sean diversos. Me consta que tanto vosotros como yo sentimos una preocupación grande por las vocaciones. Es hora de gracia, que nos apremia a ponernos manos a la obra y a trabajar por las vocaciones. Conozco vuestro sentido de Iglesia y aprecio vuestro gran amor a la Diócesis. Sé que ese amor y ese sentido os van a llevar a colaborar, cada uno en la medida que pueda, en la promoción de las vocaciones sacerdotales. Nos urge crear en nuestras comunidades espacios de fuerte vitalidad cristiana, que contrarresten el impacto de la sociedad paganizada de nuestro tiempo, en la que se debilita o ausenta el sentido cristiano de la vida. Dios, ciertamente, "puede hacer surgir hijos de Abrahán de las piedras", pero no podemos pedir el milagro sin poner de nuestra parte cuanto podemos y debemos hacer.

Quisiera que en cada parroquia hubiese, al menos, un grupo de fieles que mantuviese viva la preocupación por suscitar, acoger y acompañar los posibles candidatos al seminario, y para que, en la oración de la comunidad cristiana, las vocaciones sacerdotales ocupen un lugar preferente. Que no haya Eucaristía en la que no pidamos por las vocaciones sacerdotales, en la oración de los fieles.

Hago mías enteramente las palabras del Papa, cuando dice que "ha llegado el tiempo de hablar valientemente de la vida sacerdotal como de un valor inestimable y una forma espléndida y privilegiada de vida cristiana. Los educadores, especialmente los sacerdotes, no deben temer el proponer de modo explícito y firme la vocación al presbiterado como una posibilidad real para aquellos jóvenes que muestren tener los dones y cualidades necesarias para ello. No hay que tener ningún miedo de condicionarles su libertad; al contrario, una propuesta concreta, hecha en el momento oportuno, puede ser decisiva para provocar en los jóvenes una respuesta libre y auténtica. Por lo demás, la historia de la Iglesia y de tantas vocaciones sacerdotales, surgidas incluso en tierna edad, demuestran ampliamente el valor providencial de la cercanía y de la palabra de un sacerdote; no sólo de la palabra, sino también de la cercanía, o sea, de un testimonio concreto y gozoso, capaz de motivar interrogantes y conducir a decisiones incluso definitivas" (Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 39).

Os animo y os invito de manera especial a vosotros, mis queridos hermanos sacerdotes, mis más queridos e imprescindibles colaboradores, a que pongáis en movimiento a toda la parroquia y a sus grupos para que oren por el seminario y por las vocaciones. Tened catequesis vocacionales con los niños y con los jóvenes. Haced celebraciones específicas con ellos en particular, y con toda la comunidad en general. Donde haya grupos de adultos, centraos en la catequesis vocacional, descubriéndoles el significado de la vocación sacerdotal en la Iglesia y de la responsabilidad que, ante Dios y ante los hombres, tiene cada miembro del Pueblo de Dios en el surgimiento y maduración de las vocaciones al ministerio sacerdotal. Os pido asimismo a los sacerdotes que intensifiquéis vuestra mirada para ver qué chicos presentan signos de una posible vocación. Realizad con ellos un pequeño camino vocacional.

No podemos olvidar que las vocaciones surgen de nuestras familias, de nuestras parroquias, del ambiente en que viven nuestros chicos. Por ello, el Concilio, al referirse a la pastoral vocacional, dice: "La mayor ayuda en este sentido la prestan, por un lado, aquellas familias que animadas del espíritu de fe, caridad y piedad, son como el primer seminario, y, por otro, las parroquias, de cuya fecundidad de vida participan los propios adolescentes" ( OT 2).

Os invito, queridas familias, a que, desde vuestra fe y vuestra solidaridad con el mundo que anhela salvación, viváis con plenitud vuestra fe, que la viváis con toda su capacidad de generar vida, que la viváis con generosidad y entrega. Tened por cierto que en la medida que el pueblo cristiano viva la fe y su vocación a la santidad, será capaz de ofrecer a los hombres que reclaman una humanidad nueva la respuesta que esperan.

Vivid, queridas familias, con gozo y generosidad, esa fe que dio origen a vuestro matrimonio en Cristo. Vuestros hogares, como iglesias domésticas, son el lugar idóneo para vivir el seguimiento de Cristo con toda alegría y plenitud. Debéis profundizar en el gozo y responsabilidad de la fe. El ejemplo más edificante y conmovedor que los padres podéis dar a los hijos es el de una vida cristiana en la que no falte la referencia permanente a Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Es en la familia de María y de José, donde Jesús crecía, donde deben mirarse todas las familias. Si vivís así no sólo alimentaréis vuestra propia fe, sino que ofreceréis al mundo, ese mundo necesitado, un estilo capaz de seducir a quienes buscan la verdad del hombre y la plena felicidad de la convivencia humana.

También los grupos apostólicos de infancia o de juventud tienen una especial responsabilidad en la promoción de vocaciones sacerdotales. Todos estos grupos mostrarán su vitalidad cristiana si de su seno salen jóvenes decididos a emprender el camino vocacional. Ruego encarecidamente a los responsables de estos grupos, sobre todo en tiempo de preparación para recibir el sacramento de la Confirmación, que de manera clara y decidida, con toda libertad y osadía, les hagan a los jóvenes la propuesta vocacional. Es uno de los mejores servicios que pueden hacerles. Que los jóvenes tomen conciencia de que el mundo necesita testigos que anuncien la Buena Noticia de Jesús; que los jóvenes se interroguen sobre la llamada que Dios hace a cada uno para realizar la tarea de ser "Apóstoles"; y que los jóvenes se planteen como "posible para cada uno" la vocación al sacerdocio ministerial.

Esta responsabilidad se extiende a las instituciones educativas donde los niños y los jóvenes maduran en su personalidad y se preparan para desarrollar su vida en la sociedad con una misión propia. Pido a los educadores cristianos que pongáis el máximo empeño en plantear la cuestión vocacional, también al sacerdocio, sobre todo en algunos momentos privilegiados del proceso educativo. No renunciéis nunca a proponer a los jóvenes esta forma e ideal de vida.

Y de manera muy particular, ruego a los Colegios de la Iglesia a que hagáis de este planteamiento vocacional una de las claves y de los centros de interés de toda vuestra misión escolar en nombre de la Iglesia, cuya vocación e identidad es la evangelización; y no hay evangelización que no lleve a plantear la llamada vocacional. El que de nuestros Colegios de la Iglesia surjan vocaciones al sacerdocio será indicio de que estamos llevando una educación integral cristiana como reclama su propia condición. Ya sé que la pastoral vocacional está en el centro de vuestros proyectos y os animo a que prosigáis en ellos con ilusión y esperanza, llenos de confianza en el Señor.

No puede faltarnos la oración por las vocaciones: Esta es la principal pastoral vocacional. "Sin El no podemos hacer nada". "Rogad al Dueño de la mies que envíe operarios a su mies". Todos podemos orar. Todos debemos orar por nuestro seminario, por sus necesidades, por los seminaristas que en él se están formando, por los formadores que con ilusión están llevando a cabo tan apasionante como dura labor. El Seminario cuenta con nuestra oración y la agradece.

Quiero tener una mención expresa, llena de agradecimiento conmovido, de los enfermos y de todos los monasterios de vida contemplativa de la diócesis porque me consta con qué intensidad, insistencia y confianza estáis orando a Dios, dador de todo bien, por nuestro seminario y por las vocaciones sacerdotales en nuestra diócesis, y cómo ofrecéis vuestras vidas y sufrimientos por las vocaciones. Que Dios os lo pague: Vuestra oración quedará escuchada y vuestros dolores y sufrimientos no son infecundos.

El Seminario tiene sus puertas abiertas a todos. Mirad el seminario como algo vuestro, algo de todos los que formamos la comunidad diocesana. El seminario es para vosotros y está a vuestro servicio pastoral de manera incondicional. Sentios solidarios de su labor y de su tarea. Hermanos, estoy convencido que si nos empeñamos, tendremos vocaciones. La gracia de Dios nunca faltará.

6. Llamada especial a los jóvenes

Queridos jóvenes: Ahora me dirijo directamente a vosotros, porque sé que tenéis un corazón grande y generoso, capaces de arrostrar con esperanza una gran aventura, que merece la pena, como os dijo el Papa en el aeródromo de Cuatro Vientos, en Madrid: la de ser sacerdotes, la de seguir a Jesucristo como sacerdotes. La Iglesia, la sociedad, los hombres de hoy tienen necesidad de hombres, de jóvenes como vosotros, que vivan entregados enteramente al servicio del Evangelio. Sed vosotros servidores de este Evangelio, sed servidores de Cristo, sed testigos suyos en el mundo en que vivimos. Los hombres de hoy y de siempre tienen necesidad de Cristo. ¡Todos tenemos necesidad de Cristo!¡Necesitamos de El para recorrer los caminos de la vida!¿Qué sería de nuestro mundo si le faltase El?¿Qué sería de nuestra humanidad si no se anunciase el Evangelio de la Paz, del Amor y del Perdón?¿Qué sería de nuestro mundo si se apagase la voz y la luz del Evangelio?.

Hay que decirlo con fuerza. El mundo en que vivimos está reclamando el anuncio del Evangelio. Nos sentimos urgidos a una nueva evangelización. Un nuevo esfuerzo creador en la evangelización de nuestro mundo es empresa para la que se necesitan testigos del Evangelio, de Jesucristo, sobre todo como sacerdotes, aunque también seglares, religiosos y religiosas. Por eso, desde aquí, os hago un llamamiento a vosotros, jóvenes. ¡SED GENEROSOS!¡NO HAGÁIS OÍDOS SORDOS A LA VOZ DE CRISTO, ÉL OS LLAMA A SEGUIRLE! Dios os llama aquí y ahora, en las circunstancias actuales de la Iglesia y del mundo. Cristo y la Iglesia os piden afrontar este reto con el poder del Evangelio. Con palabras de San Pablo, debéis empuñar el escudo de la fe, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios (cf Ef 6,6-l7). Vuestro testimonio individual y colectivo de la fe debe ser un testimonio que conduzca a los otros a Cristo, un testimonio que no ceda cuando, como nos dice Jesús en el Evangelio, venga la lluvia, se desborden los torrentes, soplen los vientos y la casa se desplome (cf Mt 7,27). Precisamente porque poseemos la completa armadura de Dios y estamos enraizados en la fe, nos sentimos fuertes en el Señor y en la fortaleza de su poder; pertrechados para proclamar el misterio del Evangelio y para dar testimonio de la plenitud de la verdad, que es Jesucristo, Camino y vida de todos los hombres. Confiad en el Señor; confiad en el Señor para llevar a cabo vuestra misión de testigos. Es un momento el que vivimos en el que todos debemos tener gran confianza en Dios y en la fuerza de su Espíritu Santo.

Es bueno caer en la cuenta de que estáis llamados a ser testigos en estos momentos de la vitalidad de la juventud de la Iglesia, a ser testigos de poder y de la eficacia de la gracia de Cristo para cautivar los corazones de los jóvenes de hoy. El mundo necesita pruebas concretas de que Cristo puede atraer hacia sí mismo a esta generación. Y vosotros debéis mostrar que habéis comprendido el sentido de la vida en el contexto del amor de Cristo y de su llamada. Estáis llamados a testimoniar que, entre las mil y una atracciones y opciones que el mundo presente ofrece, vosotros habéis sido "cautivados" por Cristo, hasta el punto de convertiros en sus compañeros y discípulos, en sus amigos, para abrazar su misión y, finalmente, su cruz; y para experimentar el poder de su resurrección.

La Iglesia necesita apóstoles, sacerdotes, profundamente enraizados en Dios y conocedores, al mismo tiempo, del corazón del hombre, solidarios de sus alegrías y esperanzas, anunciadores creíbles de propuestas de vida cristiana que sean capaces de dar un alma nueva a la sociedad actual.

Este es el reto que se os presenta hoy a cada uno de vosotros: rendir vuestros corazones y vuestras voluntades a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo para entregaros libre, total y perseverantemente a Cristo. El Señor Jesús pide la respuesta y la entrega de vuestra libertad. La docilidad a la llamada de Jesús, queridos jóvenes, "no mermará en nada la plenitud de vuestras vidas; al contrario, la multiplicará, la ensanchará hasta abrazar con vuestro amor los confines del mundo" (Juan Pablo II). Estáis llamados, en efecto, a ser testigos de la victoria del amor de Cristo, no como un poder abstracto, sino como algo que afecta a vuestras propias vidas y consagra y engrandece vuestra propia libertad.

¡No tengáis miedo, jóvenes!¡Echadle una mano a la Iglesia, ayudadle con vuestra respuesta!. Así, el mundo se conservará joven, lleno de vida y abierto a la esperanza. Innumerables hombres, mujeres, jóvenes y niños os mirarán a vosotros para encontrar a Cristo. Desde lo profundo de su ser os dirán con las palabras del Evangelio: "Queremos ver a Jesús". (Jn l2, 2l). Como el Apóstol Felipe, debemos mostrar a Jesús al mundo, a Jesús y no a un sustituto, a un sucedáneo, porque no hay salvación en otro nombre que El. Permaneced en el amor y en la verdad de Cristo hoy y siempre.¿No os animáis a seguir a Jesús como sacerdotes? ¡Animo, que merece la pena!

7. Súplica final

Señor Jesucristo, guía en la verdad a los jóvenes; que no se dejen atraer por nuevos ídolos, sino que vivan con alegría tu mensaje, que es el mensaje de las bienaventuranzas, el mensaje del amor a Dios y al prójimo, el mensaje del compromiso moral para la transformación auténtica de la sociedad; que la fe cristiana anime toda su vida y los haga convertirse, frente al mundo, en testigos valientes de tu misión de salvación, en miembros conscientes y dinámicos de la Iglesia, contentos de ser hijos de Dios y hermanos, contigo, de todos los hombres.¡Ábreles su corazón de par en par!, para que te acojan, te sigan, como los Apóstoles, dejándolo todo, pero teniéndote a Ti, y que un día puedan ser sacerdotes. Los necesitas Tú, como ellos te necesitan a Ti; los necesita la Iglesia, como ellos la necesitan también; los necesita el mundo, porque el mundo tiene necesidad de Ti, de hombres, de sacerdotes, que le ayuden a conocerte y acogerte, de sacerdotes que les entreguen a Ti mismo en persona, en toda tu realidad de vida y salvación.

Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, y san José, protector de los seminarios, que acogieron la llamada de Dios y se pusieron en sus manos, protejan y acompañen a nuestro seminario y ayuden a los jóvenes y a los niños a responder a la llamada a ser sacerdotes. Que Ella, Madre de Cristo sacerdote, alcance el don de la perseverancia para los seminaristas actuales, tanto los del Seminario Menor, como los del Mayor. Que Ella, y su castísimo esposo, San José cuidador de Jesús, ayuden a los formadores en su importante y delicada tarea. A ella, Madre de Cristo, Buen Pastor, encomiendo nuestro querido Seminario y las vocaciones sacerdotales. Y que Santa Leocadia, Patrona de la Juventud Toledana interceda con nosotros y por nosotros ante el Padre de la misericordia, Dueño de la mies, que envíe abundantes obreros, sacerdotes, a su inmenso campo que tanto le necesita.

Toledo, 3 de marzo de 2004

 

LA BUENA NOTICIA DE LA VIDA


La Iglesia hoy se siente llamada y urgida a salir, con amor y ternura, en defensa del hombre amenazado, en defensa de la vida despreciada, en defensa de la dignidad humana preterida o violada, y se dirige a los fieles católicos y a todos los hombres de buena voluntad que quieran escucharle. Clama por el hombre inocente, da la cara por el indefenso con energía, apuesta fuerte por la vida, por toda vida humana. Escuchando su mensaje, el que nos dirige en nuestro tiempo, por ejemplo a través del Papa Juan Pablo II o de la Beata Madre Teresa de Calcuta, se siente el gozo inmenso de ser hombre, la alegría de haber sido llamado a la Vida, la dicha de ser una de esas criaturas - un hombre - querida directamente y por sí misma por Dios, que quiere que el hombre viva y cuya gloria es ésa: la vida del hombre.

La Iglesia no puede callar y dejar de anunciar este Evangelio: ¡Ay de mí si no evangelizare!, leemos en San Pablo; ¡ay! de la Iglesia y de sus hijos, si dejamos de anunciar este Evangelio de la vida que no es otro que Jesucristo. Jesucristo al que todos buscan porque todos quieren y anhelan la vida y rechazan la muerte; ante Cristo todos se agolpan, a El todos acuden, aún sin saberlo, porque, como vemos en el Evangelio, es sanación, ha venido a curar, ha venido a que los hombres tengamos vida: porque ¡El es Vida!, que ansiamos. Para esto ha venido al mundo, para predicar esta dichosa noticia y para hacerla realidad en nuestro mundo y en el venidero y definitivo.

Si al final del siglo pasado, la Iglesia "no podía callar ante los abusos sociales entonces existentes, menos aún puede callar hoy, cuando a las injusticias sociales del pasado, tristemente no superadas todavía, se añaden en tantas partes del mundo injusticias y opresiones incluso más graves, consideradas tal vez como elementos de progreso de cara a la organización de un nuevo orden mundial". Sin duda, la injusticia y la opresión más grave que corroe el momento presente es esa gran multitud de seres humanos débiles e indefensos que está siendo aplastada en su derecho fundamental a la vida. El desafío que tenemos ante nosotros es arduo. Sólo la cooperación concorde de cuantos creen en el valor de la vida podrá evitar una derrota de la civilización de consecuencias imprevisibles.

El Evangelio de la Vida, la defensa de la vida, resuena con especial intensidad en nuestro tiempo. El mundo actual trata de apagar o de poner sordina a tan importante mensaje. Son las campañas y la trompetería de los embajadores y servidores de la "cultura de la muerte" y de miedo al futuro que se cierne amenazadora sobre los hombres y los pueblos sumidos en un invierno demográfico; son las campañas de los que no aman al hombre, de los que le engañan y pervierten, de los que se sirven de él y quieren tenerlo bajo su control. Pero el Evangelio de la Vida, nadie puede encadenarlo aunque se intente, aunque se trate de ponerle una losa encima tras desacreditarlo. Es necesario que resuene en nuestra sociedad desalentada este Evangelio, confirmación precisa y firme del valor de la vida humana y de su carácter inviolable. Es preciso que no se calle ni se debilite, esta "acuciante llamada a todos y a cada uno, en nombre de Dios: ¡respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana! Sólo siguiendo este camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad" (Juan Pablo II).

"Una de las más decisivas causas en las que se va a jugar el futuro de la Humanidad y la salvación del hombre en este siglo y milenio, que acaban de comenzar, va a ser la causa de la vida... El siglo XX ha sido el siglo de las guerras, de las más terribles de toda la historia humana. Desde la perspectiva de la fe católica, habría que añadir, además, el período histórico, dentro de la era cristiana, en el que valor fundamental de la vida se ha visto más universalmente amenazado y más abiertamente puesto en cuestión... Nuevas y gravísimas amenazas se ciernen sobre la vida y la dignidad de la persona humana en el umbral del siglo XXI. La guerra se sigue utilizando sin escrúpulos como método brutal de solución a los problemas políticos... Se usa y justifica el terrorismo con su secuela de asesinatos, crímenes, vidas y familias destrozadas como recurso legítimo no se sabe bien qué fines políticos, sociales o culturales" (Cardenal Antonio María Rouco). Se justifican la manipulación genética con fines experimentales o la eliminación de embriones, no considerados como seres humanos, como si no se tratara de "unos de los nuestros". Nos hemos acostumbrado a esas cuatro quintas partes de la Humanidad que pasan hambre o a esos millones y millones de hombres, ya desde niños, que no tienen el mínimo necesario para subsistir con dignidad. Se vende, sin ninguna justificación e incluso falseando los mismos datos de las Naciones Unidas, el llamado "boom demográfico" con políticas antinatalistas puestas al servicio de intereses económicos e ideológicos. El narcotráfico criminal y el consumo de drogas sigue haciendo estragos en la vida de numerosos jóvenes. No son, por desgracia, infrecuentes los malos tratos, incluso con heridas y consecuencias de muerte, infligidos a mujeres y niños débiles e inermes."La vida de los no nacidos, de los enfermos terminales, de los ancianos, de los disminuidos de todo tipo... se encuentra cada vez más desamparada no sólo por las leyes vigentes, sino también por las costumbres y estilos de vida más en boga en la sociedad actual. Parece que se trata de vidas humanas de inferior valor y menos dignas de protección jurídica y social que las de los sanos, fuertes y autosuficientes en lo físico, lo psíquico y lo económico-social. Es evidente: gana terreno lo que el Papa ha calificado como la cultura de la muerte. Pero la muerte ha sido vencida en su misma entraña por el Evangelio de la vida, por Jesucristo, muerto en la Cruz y resucitado para nuestra salvación" (Cardenal Antonio María Rouco).

Los que creemos en Jesucristo y tenemos la firme convicción de nuestra llamada a la Vida, los que que queremos al hombre, no podemos desalentarnos, no cejaremos jamás en la defensa de este hombre amenazado. Tengamos esperanza. Si hoy, con razón, nos avergonzamos de los tiempos de la esclavitud, no tardará en llegar un día en que nos avergoncemos y arrepintamos de esta cultura de muerte, también legalmente establecida, de manera singular, de esos cincuenta millones de abortos protegidos y amparados por leyes antihumanas y, por tanto, antisociales. Es preciso crear una conciencia más profunda y arraigada del don maravilloso de la vida y, consecuentemente, de una cultura de la vida. "Hay que ayudar a formar la conciencia, amordazada por las presiones, las agresiones y las manipulaciones de una cultura de la muerte. En esta lucha se juega buena parte del futuro de la Humanidad. Será, a la vez, el test que medirá el grado y espesor de la verdadera calidad humana. Son grandes los retos, pero son muy grandes y con horizontes mucho más amplios las esperanzas" (Cardenal Alfonso López Trujillo). Trabajemos y luchemos por esta nueva conciencia, por el cambio de la mentalidad presente, neguémonos a secundar cualquier iniciativa que atente a la vida, no demos nuestra adhesión a cuantos - personas, instituciones, obras, o disposiciones- vayan o pretendan ir en contra de la vida, porque no podemos adherirnos a quien niega algo tan fundamental y primero. En concreto, las leyes que no protegen la vida o que van en contra de ella no son respetables; "cuando una ley civil legitima el aborto o la eutanasia deja de ser, por ello mismo, una verdadera ley civil moralmente vinculante" (EV 73).

Es necesario formar la conciencia moral: redescubrir el nexo entre vida, libertad y verdad en el hombre, creatura de Dios. "A la formación de la conciencia está vinculada estrechamente la labor educativa, que ayuda al hombre a ser cada vez más hombre, lo introduce siempre más profundamente en la verdad, lo orienta hacia un respeto creciente por la vida, lo forma en las justas relaciones entre las personas. En particular, es necesario educar en el valor de la vida comenzando por sus mismas raíces. Es una ilusión pensar que se puede construir una verdadera cultura de la vida humana, si no se ayuda a los jóvenes a comprender y vivir la sexualidad, el amor y toda la existencia según su verdadero significado en su íntima correlación... La banalización de la sexualidad es uno de los factores principales que están en la raíz del desprecio por la vida naciente: sólo un amor verdadero sabe custodiar la vida" (EV 97). Que se abran las fuentes de la vida para que haya una nueva primavera en nuestro mundo, caduco y envejecido sin la alegría de los niños y sin la esperanza de los jóvenes.

"El Evangelio de la vida es para la ciudad de los hombres. Trabajar en favor de la vida es contribuir a la renovación de la sociedad mediante la edificación del bien común. En efecto, no es posible construir el bien común sin reconocer y tutelar el derecho a la vida sobre el que se fundamentan y desarrollan todos los demás derechos inalienables del ser humano. Ni puede tener bases sólidas una sociedad que - mientras afirma valores como la dignidad de la persona, la justicia y la paz - se contradice radicalmente aceptando o tolerando las formas más diversas de desprecio y violación de la vida humana sobre todo si es débil y marginada. Sólo el respeto a la vida puede fundamentar y garantizar los bienes más preciosos y necesarios de la sociedad, como la democracia y la paz...El 'pueblo de la vida' se alegra de poder compartir con otros muchos su tarea, de modo que sea cada vez más numeroso el 'pueblo para la vida' y la nueva cultura del amor y de la solidaridad pueda crecer para el verdadero bien de la ciudad de los hombres" (EV 101).

 

A LOS JOVENES

DE LA ARCHIDIÓCESIS DE TOLEDO

Y A TODA LA IGLESIA DIOCESANA


Queridos jóvenes, queridos amigos:

Como bien sabéis, este año celebramos "Año Santo Compostelano". Muchos miles de jóvenes -también adultos y niños- peregrinos, venidos de toda España, de Europa, e incluso de otros continentes, se van a acercar ante la tumba del Apóstol Santiago, primer apóstol que sufrió el martirio. Así consumó aquella vida el que un día supo dejar las redes y todo por seguir a Jesucristo con prontitud y decisión. También nosotros, desde Toledo, nos acercaremos hasta Santiago, para unirnos con otros jóvenes peregrinos, para orar y ser fortalecidos en nuestra fe, que es nuestra mayor y mejor riqueza y herencia, y el fundamento más firme para una nueva Europa, para una nueva humanidad.

Se va aproximando ya ese encuentro europeo que tendrá lugar, D.m., la primera semana del próximo agosto. De todas las partes de España y del resto de Europa, miles de jóvenes se pondrán aquellos días en camino, como peregrinos que buscan la verdad que les haga libres y el amor que haga posible una nueva humanidad de hermanos. Por unos días, Santiago de Compostela se convertirá en la capital de la esperanza europea. Porque esperanza sois los jóvenes, y porque esperanza, ante todo, única esperanza para los hombres, es Jesucristo, cuya voz habéis escuchado los jóvenes que caminaréis como peregrinos hasta Compostela.

El, Jesucristo, en efecto, como a los primeros discípulos, se dirige a vosotros jóvenes, sedientos de verdad y de salvación, ansiosos de felicidad y de amor, deseosos de dar un sentido verdadero a la propia existencia, buscadores de una humanidad verdaderamente nueva, anhelantes de que se establezca la justicia y la paz en todos los rincones, amantes y sensibles de tantos que sufren la pobreza y el desamparo. A los miles de jóvenes que llegaréis allí, buscadores y peregrinos del amor y de la esperanza, Cristo que vive entre vosotros os dice: "Venid y veréis". Con el ansia, la pasión y la esperanza del peregrino, esos días os reuniréis esa muchedumbre de jóvenes, conscientes de los grandes retos y de la gran vocación a la que sois llamados en vuestra existencia: la vocación a encontraros con Cristo, a vivir intensamente el encuentro y la amistad con El juntamente con otros, a aprender de El que ha venido para dar testimonio de la verdad que libera y entregar el amor que nos hace descubrir la grandeza y la dignidad de todo ser humano.

El Papa os decía hace unos años invitándoos ir a encontraros con él en París: "En este mundo vosotros estáis llamados a vivir la fraternidad, no como una utopía, sino como una posibilidad real; en esta sociedad estáis llamados a construir, como verdaderos misioneros de Cristo, la civilización del amor". Miles y miles de jóvenes en todas las latitudes de la tierra habéis escuchado estas palabras y dais fe de que esa es vuestra vocación, porque esa es la vocación del hombre, y por eso os sentís llamados a la fraternidad como realidad posible y a la nueva civilización del amor que brota del infinito amor que es Jesús, el Hijo del Dios vivo venido en carne.

Es una vocación que compartís con vuestros compañeros de camino, jóvenes e inquietos como vosotros. En el fondo de vuestro corazón la misma voz os convoca. Sois muchos los jóvenes y los grupos juveniles que identificáis esa voz con la del Maestro. Y le preguntáis: "¿Dónde vives?". Y vais a El, porque escucháis el eco de aquellas palabras suyas que dijo a otro joven - Juan, el discípulo amado-: "Venid y veréis". A Jesús se dirigen las miradas claras o medio disimuladas, y los pasos lentos o acelerados de muchísimos jóvenes en los que se refleja algo más que una mera curiosidad o un pasatiempo de unos días que da lugar a una no pequeña "movida". En ellos, como en vosotros, se refleja el alma de esa juventud contemporánea, sobre todo de la envejecida Europa, en la que puede descubrirse esa búsqueda profunda, a veces como a tientas y sin saberlo, del mismísimo Cristo, que es a quien se dirigen las preguntas que brotan del corazón humano frente al misterio de la vida y de la muerte, y en quien se encuentra el único que puede ofrecer respuestas que no engañan o decepcionan.

Miles de jóvenes llegaréis esos días de verano a Santiago de Compostela para buscar y compartir la verdad, para oír la voz de los pastores que os convoca al amor, os anuncia que Cristo os quiere y ha muerto y resucitado por vosotros y os descubre lo que hay en el corazón del hombre, porque sólo Cristo sabe lo que hay en ese corazón. Iréis a Santiago de Compostela para recibir el testimonio de esperanza de otros jóvenes como vosotros, también de vuestros pastores y de tantos cristianos que, peregrinos, se acercan hasta allí buscando luz, buscando a Dios.

Juntos vais a caminar en peregrinación penitencial, juntos vais a escuchar la Palabra de Dios, juntos vais a escuchar el mensaje de esperanza y aliento del Evangelio, juntos vais a celebrar el Misterio de la fe y de la presencia de Cristo en medio de vosotros, en medio de sus discípulos, de la Iglesia, juntos vais a orar y alabar a Dios, juntos vais cantar y alegrar la vida de aquella ciudad signo y recuerdo de las raíces cristianas de Europa, la que vive hoy una nueva cultura secularizada, juntos vais a vivir la experiencia única de la unidad de todos, del amor cristiano que nos hace solidarios y hermanos, juntos vais a acercaros uno tras otro a confesar vuestras faltas y pedir perdón por vuestros pecados, juntos vais a ayunar de los males de un siglo que está casi comenzando aún, para encontraros bajo un mismo estandarte, el de la Humanidad nueva que se nos ofrece y revela como posibilidad real en Jesucristo.

Allí llegaréis los jóvenes de Toledo -digo yo que al menos mil quinientos iréis, ¿no?- que buscáis esa humanidad nueva, que habéis escuchado la voz del Señor que os invita a hacerla posible, que queréis seguirle a El, porque habéis descubierto que "¿a dónde vais a ir y acudir sino a El que tiene palabras de vida eterna y plena?"

Os invito, queridos amigos, queridos jóvenes, que no desaprovechéis esa oportunidad que el Señor os ofrece. Interesaos en esta peregrinación de los jóvenes a Santiago de Compostela. Preguntad en vuestras parroquias. Hablad con vuestros sacerdotes. Buscad toda la información que necesitéis. Os invito de manera especial a los que estáis ya en grupos y movimientos apostólicos: en grupos parroquiales, en Acción Católica, en los Jóvenes por el Reino de Cristo, (Peregrinos, Getsemaní, Los Pinos, Cor Unum, Congre…), en Oasis, en los Scouts, en los Colegios de Iglesia, en los Cursillos de Cristiandad, en el Camino Neocatecumenal, o en otros grupos; y no faltéis tampoco los seminaristas. A todos os invito, a todos os espero. Os acompañaré, si Dios quiere, toda la peregrinación. Será para mí una gran alegría y un gran regalo de Dios el estar y caminar como peregrino esos días con vosotros.

Aunque sea alargarme un poco más -perdonadme por ello-, no puedo dejar en esta carta a la importancia en este año de esta peregrinación cuando tanto necesitamos definir nuestra identidad de Europa. Como sabéis, después de san Benito, es en los caminos de Santiago donde surge la conciencia de Europa; ella se ha encontrado a sí misma alrededor de la memoria de Santiago; ella ha nacido peregrinando hacia la tumba del Apóstol. Y es en nombre de Santiago como se evangeliza gran parte de la América descubierta. Su sepulcro, en Compostela, y su memoria es punto de convergencia para Europa y para toda la cristiandad. Es mucho, en efecto, lo que España, Europa y América deben a Santiago. Su legado, que es el testimonio y la fe de Jesucristo, están en nuestras raíces.

Nuestra identidad, la identidad de nuestros pueblos, de los pueblos de Europa y la de los pueblos de América es, en efecto, incomprensible sin el cristianismo. Todo lo que constituye nuestra gloria más propia tiene su origen y consistencia en la fe cristiana que ha configurado el alma de nuestros pueblos. Nuestra cultura y nuestro dinamismo constructivo de humanidad, el reconocimiento y la defensa de la dignidad de la persona humana y de sus derechos inalienables, el profundo sentimiento de justicia y libertad, el amor a la familia y el respeto a la vida, el sentido de tolerancia y de solidaridad, patrimonio todo él del que nos sentimos legítimamente orgullosos, tienen un origen común: la fe cristiana, en cuya base se encuentra el reconocimiento de la verdad del hombre y su pasión por el hombre y su defensa.

Esta verdad y defensa del hombre, de la persona humana y de su libertad, bases de una sociedad libre y solidaria y de una convivencia en paz, son inseparables de la fe en el Dios y Padre de Jesucristo, Creador de todo, que ama a cada ser humano por sí mismo, y que, en un supremo gesto de amor, ha enviado su Hijo Único al mundo para que se hiciese hombre y compartiese en todo nuestra condición humana, menos en el pecado, entregase su vida por nosotros, y resucitase vencedor de la muerte para la salvación de todos.

Ningún continente ha contribuido más al desarrollo del mundo, tanto en el terreno de las ideas como en el del trabajo, en el de las ciencias y las artes, como el nuestro. Precisamente porque no hay desarrollo ni progreso humano al margen de la verdad del hombre y menos aún en contra de ella. Esta verdad del hombre la encontramos en Jesucristo, visto y oído, experimentado y palpado en la historia, anunciado y testificado por los Apóstoles. Y la verdad nos hace libres. La verdad del hombre en toda su profundidad y extensión es fuente de libertad auténtica. La fe permite al hombre conocerse a fondo, descifrar el enigma de su existencia, situarse justamente en su libertad. Esto, los españoles se lo debemos a Santiago. A él somos deudores de la visión y aprecio de la libertad que, lo queramos o no, en el mundo ha venido de la fe.

No pretendo volver a una vieja cristiandad, ni revivir ningún "sueño de Compostela". Lo que me importa realmente es que España, Europa, se vuelvan a encontrar a sí mismas, que sean ellas mismas, que descubran sus orígenes y aviven sus raíces; que revivan aquellos valores que hicieron gloriosa su historia y benéfica su presencia en otros continentes. Nuestra sociedad necesita una reconstrucción que exige sabiduría y hondura espiritual, necesita reavivar y fortalecer sus raíces cristianas, como tanto nos insistió en aquellas jornadas inolvidables del mes de mayo pasado en Madrid.

Pido, por último, encarecidamente a todos, a todas las comunidades cristianas, a todas las parroquias que animemos a los jóvenes, a nuestros jóvenes, para este encuentro en Santiago de Compostela. Exhorto vivamente a todos a que los recordemos en nuestra plegaria, a que los acompañemos con nuestra oración, a que demos a conocer este acontecimiento importante, a que los sacerdotes animemos a los jóvenes de nuestras parroquias y grupos. Ellos nos necesitan. Y nosotros los necesitamos. Será, sin duda, un acontecimiento de gracia y cargado de esperanza lo que esos días se vivirá en el Camino de Santiago y en Compostela. Lo ponemos todo en las manos de la Santísima Virgen María, que nos acompañará en todo nuestro camino, y con la que nos encontraremos en momentos especialmente intensos en el Santuario de Nuestra Señora de Fátima.

Queridos jóvenes y amigos, ¡adelante, en el Nombre del Señor!, remad mar adentro siguiendo a Jesús. Que Dios os bendiga a todos. Un abrazo a todos de vuestro Obispo, Cordialmente en Cristo Jesús

 

COMUNICADO DEL SR. ARZOBISPO DE TOLEDO


 

Ante el Decreto Ley de la Junta de Comunidades de

Castilla-La Mancha por el que se regula el proceso de

admisión de alumnado en los centros docentes no universitarios

El pasado martes, día 2 del presente mes, fue aprobado el Decreto Ley del Gobierno de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, por el que se regula el proceso de admisión del alumnado en los centros docentes no universitarios sostenidos con fondos públicos en la Comunidad Autónoma Castilla-La Mancha. El viernes posterior, 5 de marzo, se publicaba en el Órgano oficial de esta Comunidad.

Como pastor de la Iglesia, que ve muy seriamente afectados, por tales disposiciones, derechos y libertades de los padres y de los alumnos así como de los Colegios de la Iglesia y otros Centros de iniciativa social, en nuestra Comunidad, debo manifestar mi honda y grave preocupación ante este texto legislativo.

Dada la situación en que nos encontramos y con el objeto de no interferir otros procesos, no entro en un juicio pormenorizado de tal Decreto. Lo haré con sosiego más adelante. Ofrezco mi actitud de diálogo y de búsqueda de soluciones al Gobierno de nuestra Comunidad, para el bien común de nuestra sociedad.

Toledo, 8 de marzo, 2004

 

COMUNICADO DEL SR. ARZOBISPO DE TOLEDO

ANTE EL ATENTADO DE ESTA MAÑANA EN MADRID


 

Moyobamba (Perú) 11 de marzo de 2004

Me encuentro en estos momentos en plena selva del Perú, en Moyobamba, y acabo de enterarme de los terribles y cruelísimos atentados de Madrid. Siento un profundísimo dolor, que cuartea mis entrañas, y una absoluta condena y reprobación hacia crímenes tan espantosos que sólo Satán puede inspirar. Siento como mío en lo más hondo y vivo de mi corazón el sufrimiento y la angustia de las familias de las víctimas, de los heridos. Lloro con ellos, sufro con todos ellos. Mi sentimiento de consternación y de dolor se une sin fisuras al de la Corona, al del Gobierno de la Nación y a España entera.

Enseguida de enterarme de la noticia me he acercado a rezar a la capilla, por las víctimas, por sus familiares, por el Gobierno, por España. Ofrezco la Eucaristía por todos.

¡Dios mío, que cese tanta violencia! ¡Que todos nos unamos contra el terrorismo para que desaparezca ya! ¡Que no tenga ninguna cobertura en nadie ni en nada! ¡Que luchemos todos contra él con los medios legítimos a nuestro alcance, sin escatimar ninguno! ¡Que apoyemos sin fisuras, todos juntos, todas las gentes y pueblos de España, las acciones legítimas para erradicar absolutamente el terrorismo, esa lacra tan execrable que viola la vida y viola la ley de Dios, que no quiere al hombre, que no quiere la paz, que solamente destruye!

Y aunque tan terribles atentados nos afligen tanto, tantísimo, abrámonos en estos momentos a la esperanza. Dios hoy está sufriendo con las víctimas, con las familias, con los heridos, con el Gobierno, con España, con todos los españoles. Que Él nos ayude y anime. Él, desde la Cruz, dice el "no" más radical a tanta sinrazón, a tanto sin sentido. Su triunfo en la Cruz sobre la muerte será también el triunfo nuestro, porque será el triunfo del amor, de la paz, de la justicia. Todos unidos contra el terrorismo y todos muy unidos con los que han sufrido tales atentados. Que Dios nos aliente y que nos ayude verdaderamente en estos momentos. Pero todos necesitamos unirnos de verdad para que esto desaparezca para siempre de entre nosotros.

 

CARTA DEL SR. ARZOBISPO A LOS SACERDOTES

DE LA ARCHIDIÓCESIS DE TOLEDO


 

Toledo, a 16 de marzo de 2004

Queridos hermanos:  

Me es muy grato comunicaros que la Santa Sede encomienda a nuestra Archidiócesis la Prelatura de Moyobamba en Perú. Aunque era una noticia esperada, ahora ya es un hecho y una responsabilidad que se nos encomienda. Sin duda es un gesto de confianza hacia nosotros y especialmente hacia su Presbiterio.

Como es sabido, la semana pasada visitamos la Prelatura D. Juan Miguel Ferrer, D. José María Anaya, D. Julio Alonso y un servidor. Desgraciadamente tuve que interrumpirla por los terribles y dolorosos atentados de Madrid. Tuvimos una acogida espléndida por parte del Sr. Obispo, Mons. Santos Iztueta, y también de los sacerdotes seculares, de los PP. Pasionistas, de las Religiosas y de cuantos tuvimos ocasión de visitar.

La realidad que nos encontramos y que se nos confía es inmensa. La Prelatura tiene una extensión aproximada de 50.000 kilómetros cuadrados -casi tres veces la diócesis de Toledo-, con un total de unos 600.000 habitantes. Hay muchísimos niños y jóvenes. Su capital es Moyobamba, con 50.000 habitantes, aunque la ciudad principal y capital "comercial", es Tarapoto, con 110.000; otras ciudades importantes son Nueva Cajamarca, Rioja, Naranjos, Juanjuí, -algunas con 40.000 habitantes-. Hay también muchos pueblos pequeños que son atendidos desde esas poblaciones más grandes. Las comunicaciones son por tierra: una carretera principal asfaltada de norte a sur, y carreteras-caminos de tierra; a algunas partes hay que llegar a pié o a caballo.

  Moyabamba cuenta con 14 sacerdotes seculares diocesanos, 4 religiosos pasionistas, 4 claretianos, 3 paúles y un sacerdote mejicano. Hay varias comunidades religiosas -Mercedarias de la Caridad, Compasionistas, Franciscanas de María Inmaculada, Hijas de la Caridad, Misioneras de San Vicente de Paúl (alemanas), Misioneras de Nuestra Señora del Pilar-, que colaboran en todos los aspectos de la pastoral, incluso con el encargo de parroquias. Una realidad muy importante es la de los animadores pastorales de comunidades, laicos, y la de los profesores de religión en los centros escolares. Los seminaristas son 18, incluyendo en esa cifra los de los cursos de preseminario. Es una región pobre, como todo el Perú, cuyos medios de subsistencia son los de la agricultura -cultivo de arroz principalmente- y algo de ganadería: no hay hambre porque existe una economía de subsistencia, pero no están cubiertas todas las necesidades en materia de vivienda y sanitarias; hay una buena red educativa en Primaria. En la principal de las ciudades, Tarapoto, existe una Universidad. Hay una emigración de la sierra a los valles de selva.

  Las posibilidades son inmensas y el trabajo que hay que llevar grande. Por ejemplo, hay provincias enteras en las que no hay un solo sacerdote: Bellavista, Picota. Se necesitan muchos braceros. Aquí se aprecia con mucha fuerza lo del Evangelio: "La mies es mucha". Hay una llamada muy grande a una presencia de Iglesia y a un anuncio y puesta en práctica del Evangelio. Desde allí, y todavía, más desde aquí al recordar aquella realidad, se escucha aquella llamada de los macedonios que Pablo recibe en sueños: "¡Ayudadnos!"

  Por eso, mis queridos hermanos sacerdotes, os invito a que libremente manifestéis vuestra actitud y respuesta ante esta llamada. Os pido que me digáis personalmente cuál es la disposición, quiénes os sentís llamados o estáis en condiciones de ofreceros para esta misión. Podéis llamarme, pedir entrevista, o escribirme; lo que mejor os parezca. Espero vuestra respuesta. En todo caso rezad mucho por esta misión, incluid preces en la oración de los fieles, sensibilizad a vuestras comunidades.

  Os tendremos muy informados de todo. Gracias por vuestra generosidad y escucha. Un abrazo muy fuerte

 

REFLEXIONES ANTE EL FUTURO, HECHAS EN EL PRESENTE


Occidente, Europa, España, nos encontramos ante una encrucijada de nuestra historia. Se nos plantea la tarea de preguntarnos por aquello que pueda garantizar el futuro de nuestra sociedad; sencillamente, debemos preguntarnos por aquello que hoy y mañana prometa mantener la dignidad humana y una existencia conforme a ella. No cualquier futuro vale si no salvaguarda esa dignidad, inviolable y no supeditable a nada, de todo ser humano, y sin una existencia conforme a ella.

Una sociedad, por ejemplo, que no garantice el derecho inalienable de todo ser humano a la vida en todas las fases de su existencia estará abocada al fracaso, es más, fracasa ya en el momento en que este derecho no queda garantizado y protegido suficientemente. Otro ejemplo : una sociedad organizada en clave de progreso y bienestar, en la que la religión quedase superada como reliquia del pasado o recluida a lo sumo a la esfera de lo privado y en la que la felicidad se pretendiese que quedase garantizada por el funcionamiento de las condiciones materiales, estaría abocada igualmente al fracaso, a la disolución más tarde o más temprano de dicha sociedad. E igualmente -es otro ejemplo- le sucede a una sociedad que no se asiente sobre la verdad, la verdad misma del hombre, la verdad moral, sino sobre un relativismo epistemológico o ético, no puede tener futuro. No queda lejos la historia de algunos países que han fracasado de forma estrepitosa por imponer o tratar de edificar un sistema en el que la religión queda por completo marginada y Dios ocultado y relegado, en el que la vida de todo ser humano no se respeta siempre, y en el que la verdad no cuenta. El crecimiento de la violencia, la huida hacia la droga, el aumento de corrupción hacen muy perceptible que la decadencia de valores tiene también unas consecuencias materiales, y que es preciso un cambio de rumbo.

La edificación de la "casa común" de una nueva sociedad, la verdadera unidad entre sus pueblos y sus gentes, para ser algo más que una quimera o algo más que el conjunto de unas relaciones empíricas, ha de construirse sobre la búsqueda de la verdad de la persona, único fundamento posible al respeto de los derechos de los hombres y de los pueblos. Es decir, ha de construirse sobre la posibilidad de una respuesta verdadera a las cuestiones de fondo que han sacudido dramáticamente, en los dos o tres últimos siglos, la cultura de Occidente. La armónica sociedad prevista por la Ilustración como futo de un abandono de los "prejuicios cristianos", y de una aplicación sistemática de la razón inmanente nunca ha llegado. Más aún, ha dejado tras de sí una larga secuela de todos conocida, incluso de destrucciones, de guerras, de terrorismos, o de millones de crímenes legales sobre seres indefensos e inocentes, como son los abortos, sin duda la más grave barbarie de la historia humana.

La unidad y la convivencia sólo serán posibles si surge, en el horizonte presente de nuestra historia, un sujeto social capaz de construirlas pacientemente, porque su experiencia de vida y su respuesta a los interrogantes fundamentales del hombre le hacen capaz de amar a toda persona humana en tanto que persona, partícipe del mismo misterio y de la misma vocación, por encima de cualquier otra determinación de raza, cultura y religión, pueblo, clase social o adscripción política.

Lo que el Papa Juan Pablo II tantas y tan reiteradas veces reclama, como hizo en su último e importantísimo viaje a España, de la "Europa del espíritu" se refiere precisamente a esto: no es, por supuesto, a un espiritualismo a lo que convoca, sino a una construcción de la nueva Europa, de la nueva España, de la nueva sociedad, edificada sobre el cimiento o fundamento del respeto y la realización de la dignidad de la persona humana, de todo hombre, que no se contenta con menos que con Dios, abierta siempre a todos los otros y para los otros, y de una existencia conforme a esa dignidad. Recordar y exigir la vigencia de la dignidad humana previa a toda acción y decisión política, es un deber inexorable en el momento presente. Esto sí que es decisivo para nuestro futuro, el futuro de todos.

Los derechos fundamentales inherentes a la dignidad de la persona humana o de ella derivados no son ni creados por el legislador ni concedidos a los seres humanos o a los ciudadanos, sino que más bien existen por derecho propio y han de ser respetados por el legislador, pues se anteponen a él como valores superiores. Que hay valores que no son manipulables por nadie es la verdadera garantía de nuestra libertad y de la grandeza del ser humano, que es preciso respetar y promover. Es propio de la democracia, y de nuestra sociedad que la asume como instrumento para su realización, el derecho y la justicia no manipulables al arbitrio de los poderes. El reconocimiento y valoración de la razón y de la libertad que están en la entraña misma de nuestra sociedad por la tradición y cultura que la sustenta, por sus raíces -también cristianas que no podemos soslayar ni preterir-, sólo pueden tener consistencia como dominio del derecho.

La limitación del poder, el control del poder y la trasparencia del poder son los constitutivos de la comunidad europea -y de la española-. Se presupone necesariamente la no manipulación del derecho y el respeto de su propio espacio intangible. Se presupone igualmente lo que los griegos denominaban como 'eunomía', es decir, la fundamentación del derecho sobre normas morales. El ordenamiento democrático de nuestra sociedad se asienta y fundamenta en unos valores y derechos fundamentales e insoslayables sin los cual todo el edificio de nuestra sociedad correría grave peligro. Esto significa que nuestra sociedad, para mantenerse y tener futuro, tiene necesidad de una sólida base moral, de un asentamiento sobre la verdad del hombre, ¿inseparable acaso de la realidad de Dios?. Si no existe una verdad última que guía y orienta la acción, también la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para distintos fines, incluido para fines de poder.

Ahí, entiendo, está el futuro: en el reconocimiento, afirmación y respeto del valor y dignidad trascendente e inviolable del ser humano, de todo ser humano; en la afirmación y defensa de la libertad -necesariamente de la libertad de conciencia y religiosa en toda su amplitud y verdad-, de la igualdad y solidaridad de todos y para todos como principios y valores insoslayables; en una opción moral y en una idea del Derecho válidas en sí mismas y universales, que no son fruto del arbitrio del hombre o de los poderes del momento, sean estos los que fueren y se ejercieren en los ámbitos que fuesen. La razón y la experiencia muestran que la idea de un mero consenso social que desconozca la verdad fundamental acerca del hombre y su destino trascendente es insuficiente para un orden social justo.

 

PASCUA DE RESURRECCIÓN


En este día, domingo de Pascua, resuena alegre para todos, para creyentes y no creyentes, el anuncio pascual: ¡Cristo ha resucitado, ha resucitado verdaderamente! El que "padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado", Jesús, el Hijo de Dios nacido de la Virgen María, "resucitó al tercer día según las Escrituras". En el silencio de la cruz y del sepulcro, Dios ha pronunciado su palabra más plena y elocuente. En la cruz nos lo ha dicho todo. Y en la resurrección todo lo de Jesús, lo que ha dicho y hecho, ha quedado confirmado.¡Dios no abandona al hombre para siempre!.

Dios que en Jesucristo se ha empeñado en favor del hombre, no lo deja ni lo dejará en la estacada por muy sin salida que se encuentre. El anuncio de la resurrección de Jesús es el verdadero fundamento de la esperanza de la humanidad. En efecto, si Cristo no hubiera resucitado, no sólo sería vana nuestra fe (Cf 1 Co 15,14), sino también nuestra esperanza, porque el mal y la muerte nos tendrían como rehenes. Sin embargo, con su muerte, Jesús ha quebrantado y vencido la férrea ley de la muerte, extirpando para siempre su raíz ponzoñosa.

Por mucho que tratemos de disimularlo, que nos lo ocultemos, particularmente en nuestros tiempos, la muerte es el mayor enigma de la vida. Si morimos para siempre, todo se lo habría tragado y aniquilado la muerte. No hay desilusión ni decepción que pueda medirse con la de la muerte. Ningún esfuerzo por la justicia o por mejorar la condición humana, ningún amor por feliz que sea, pueden sustraerse a la sombra que sobre ellas echa la muerte. En el fondo, la muerte lo deja todo sin valor y sin fuerza. Pero la ley universal de la muerte no es, aunque parezca lo contrario, el supremo poder sobre la tierra: La muerte no tiene la última palabra. Porque Dios está por la vida. Al resucitar a Jesucristo, ha sido vencida definitivamente la muerte.

Podemos fiarnos incondicionalmente de Dios en cualquier callejón sin salida. La resurrección de Jesús significa que Dios ha actuado, que interviene en la historia, que quiere y puede entrar en este mundo nuestro, en nuestra vida y en nuestra muerte. Ella nos da la certeza de que existe Dios y de que es un Dios de los hombres, el Padre de Jesucristo. En Cristo, Dios, vida y amor, ha triunfado para siempre. La muerte, el odio, la violencia, la injusticia han quedado heridos de muerte de manera definitiva.

La resurrección de Jesucristo es la revelación suprema, la manifestación decisiva, la respuesta triunfadora a la pregunta sobre quién reina realmente, si el mal o el bien, el odio o el amor, la venganza o el perdón, la violencia o la paz, la libertad o la esclavitud, la vida o la muerte. El verdadero mensaje de la Pascua es : Dios existe. Y el que comienza a intuir qué significa esto, sabe qué significa ser salvado, sabe qué significa ser hombre en toda su densidad y verdad, en toda su hondura y en el gozo de ser esa criatura tan maravillosa que Dios ha querido y como Él la ha querido y la quiere : llamado a la vida, vida eterna, vida plena y dichosa, vida llena de amor, vida divina en él. La resurrección de Jesucristo es la señal última y plena de la verdad de Jesucristo, verdad de Dios y verdad del hombre.

Si Cristo no hubiese resucitado realmente, no habría tampoco esperanza verdadera y firme para el hombre: en el fondo, querría decir, nada más y nada menos, que el amor es inútil y vano, una promesa vacía e irrelevante; que no hay tribunal alguno y que no existe la justicia; que sólo cuenta el momento; que tienen razón los pícaros y los astutos, o los que no tienen conciencia. Si Cristo no hubiese resucitado significaría que todo habría acabado con la pasión y el sufrimiento, con la violencia cruel e injusta sufrida, con el vacío de la muerte y la soledad del sepulcro donde todo se corrompe. Pero de ahí no nacería la alegría de la salvación ni de la vida querida por Dios, sino la tristeza irremediable de que no puede triunfar el Amor y la Vida sobre el odio y la muerte.

La resurrección nos abre a l