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Año 2004 |
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SANTA MARIA, MADRE DE DIOS, REINA DE LA PAZ Homilía del Sr. Arzobispo de Toledo en la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, Jornada Mundial de la Paz. Queridos hermanos y hermanas en el Señor: Iniciamos un nuevo año; Dios nos lo ha concedido, es pura gracia de su misericordia. Démosle gracias y alabémosle. Abrámonos a su don e imploremos sobre todos nosotros, sobre la Iglesia y nuestra diócesis, sobre la humanidad entera, su bendición y su ayuda para en todo no busquemos otra cosa que cumplir su voluntad, que ilumine su rostro sobre nosotros, que nos proteja, que nos ilumine y nos conceda su paz. Siempre un año nuevo es una puerta abierta a la esperanza. Y son tantos los motivos que Dios nos ofrece hoy para una verdadera y sólida esperanza. Los tenemos en la fiesta que celebramos: María, Madre de Dios, el Niño Jesús, Hijo de Dios Vivo y Salvador único y universal, la apertura del Año Jubilar de Santa Leocadia, la primera mártir y santa de To1edo en la que ha triunfado plenamente el amor de Dios, y la Jornada Mundial de la Paz. Dios ha querido nacer de una mujer. En todo semejante a nosotros, excepto en el pecado, el Hijo de Dios ha querido ser como todos los hombres: ha tomado un cuerpo de una madre, ha nacido llorando como todos, ha querido someterse a todas las necesidades humanas, depender de su madre como todos nosotros, ser acunado por ella y ser cubierto de besos mientras es amamantado o mecido. Los rasgos del Hijo son loS del rostro de su Madre, sus gestos, su porte, su talante evocan a su Madre. El Hijo de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero, ha querido, inseparable e inconfusamente, ser verdadero hombre, Hijo del Hombre, naciendo de su Madre Virgen, concebido en su seno por obra y gracia del Espíritu Santo. Si el Hijo de la santísima Virgen María es Dios, la que lo engendró, su madre, con todo derecho ha de llamarse, ser, la Madre de Dios. Así la proclamó de una vez para siempre la fe de la Iglesia, en el siglo V, en el Concilio de Éfeso. La proclamación por el Concilio de María Madre de Dios fue recibida con un entusiasmo enorme por el pueblo, que acompañó con antorchas encendidas a loS padres conciliares. Y, con el mismo gozo y agradecimiento, que no es otro que el gozo y el agradecimiento porque se nos ha dado un Niño, Hijo de Dios, nacido de una mujer, nosotros hoy también la invocamos diciendo: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores". "Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios". Su fe, su docilidad a Dios, su fidelidad a la gracia de Dios, nos ha dado al que, Niño, es nuestro Redentor. Al ser circuncidado este Niño, como noS recuerda el Evangelio, se le pone por nombre "Jesús", que significa "Dios salva". "Salvará al pueblo de sus pecados". Salvador universal. De todos los hombres. De todos loS males. "Él es la fuente de la esperanza que no defrauda, la esperanza siempre nueva de la Iglesia y de la humanidad; la única y verdadera esperanza del hombre y de la humanidad. En Cristo y con Él podemos alcanzar la verdad, nuestra existencia tiene un sentido, la comunión es posible, la fuerza del Reino de Dios ya está actuando en nuestra historia y contribuye a la edificación de la ciudad del hombre, la caridad da valor perenne a los esfuerzos de la humanidad, el dolor puede hacerse salvífico, la vida vencerá a la muerte y lo creado participará de la gloria de los hijos de Dios. Jesucristo, el Verbo eterno de Dios que está en el seno del Padre es nuestra esperanza porque nos ha amado hasta tal punto de asumir en todo nuestra naturaleza humana, excepto el pecado, participando de nuestra vida para salvarnos" (Juan Pablo II, EE, 18,19). Abrimos un año nuevo con nuestra mirada esperanzada fija en Él y tenemos la certeza que no nos defrauda. Por eso reanudamos nuestro camino con alegría decidida. En El, Dios nos ha amado hasta el extremo y nos ha reconciliado, nos ha inundado de su gracia, de su amor, que nos trae la paz, en la que se resumen todos los bienes. Jesús, el Salvador, es portador de vida y de paz. La paz será la primera palabra de Jesús, victorioso del pecado y de la muerte por su resurrección, que dirá a su Iglesia reunida en el cenáculo y que entregará a los hombres: "Paz a vosotros". Como también la paz, unida a la buena nueva de su nacimiento salvífico, será la primera palabra que se oye en la noche de parte de los enviados de Dios: "Paz a los hombres". El mismo Jesús es, según Isaías, el "Príncipe de la paz"; para Pablo es "nuestra reconciliación y nuestra paz"; todos los profetas anuncian la era mesiánica, su llegada, como portadora de abundancia y de paz. Jesús proclamará dichosos a los que trabajan por la paz, y enviará a sus discípulos como embajadores de paz: "¡Qué hermosos sobre los montes los pies del que trae la buena nueva de la paz!". Nuestro Dios es el Dios de la paz. Jesús nos deja su paz, nos da su paz. La paz viene de Dios. La guerra de los hombres. La guerra empieza ya en cada hombre, acerca en el interior de cada hombre. Sólo el Príncipe de la paz nos puede dar la paz. Para ello, el mundo tiene que abrirle las puertas a Cristo. Y más todavía hoy, en que no hay paz, en que se ciernen sobre la humanidad entera y amenazan su futuro y supervivencia los negros nubarrones de la guerra, de la violencia, de la siega de vidas inocentes no nacidas o terminales, del terrorismo, de la intransigencia intolerante, del odio, de la venganza, de la exclusión, de la marginación injusta de millones y millones de seres humanos, del hambre y del analfabetismo de la mayoría de la población. Hoy nos acecha como enemiga principal de la paz de manera especial en todo el mundo "la plaga funesta del terrorismo". En efecto, esta "plaga del terrorismo se ha hecho más virulenta en estos últimos años y ha producido masacres atroces que han obstaculizado cada vez más el proceso del diálogo y la negociación, exacerbando los ánimos, especialmente en Oriente Medio". También entre nosotros, como hemos visto estos días. sigue persistente la amenaza espantosa de la violencia terrorista de ETA que no escatima en medios para segar cruelmente vidas humanas, para extorsionar y para infundir un clima de miedo amenazante donde particularmente poblaciones y regiones enteras. tan queridas para España, sufren una terrible falta de libertad. Para este mundo, y para la Iglesia, pueblo de Dios, instrumento y sacramento de paz, pedimos la paz: Paz con Dios, paz para cada uno consigo mismo, paz entre los hombres, paz en las familias, paz y concordia entre los pueblos. "Para lograr la paz, educar la paz". Esto es hoy más urgente que nunca porque los hombres, ante las tragedias que siguen afligiendo a la humanidad, están tentados de abandonarse al fatalismo, Como si la paz fuera un ideal inalcanzable. La Iglesia, en cambio, ha enseñado siempre y sigue enseñando una evidencia muy sencilla: la Paz es posible. Más aún, la Iglesia no se cansa de repetir: la Paz es necesaria". Necesitamos la paz que exige dominar el afán que hay en todo hombre de sobresalir y vencer, la intolerancia para los que piensan de manera diferente, o las tendencias a la exclusión que tanto nos afectan. La paz se ha de construir sobre las cuatro bases señaladas por el Beato Juan XXIII de la verdad, la justicia, el amor y la libertad. Se impone, pues, un deber a todos los amantes de la paz: educar a las nuevas generaciones en estos ideales, para preparar una era mejor para toda la humanidad; educar en la legalidad y observancia del derecho, porque el derecho favorece la paz, educar en el respeto al orden jurídico y ético: así la fuerza material de las armas será reemplazada con la fuerza moral del derecho y de la moral. Como dice el Papa en su mensaje para este año: "El derecho internacional.. está llamado cada vez más a ser exclusivamente un derecho de la paz concebida en función de la justicia y de la solidaridad. Y, en este contexto, la moral debe fecundar el derecho; ella puede ejercer también una anticipación del derecho, en la medida en que indica la dirección de lo que es justo y bueno". "Pero no se llegará al final del camino si la justicia no se integra con el amor.. Por sí sola, la justicia no basta. Más aún, puede llegar a negarse a sí misma, si no se abre a la fuerza más profunda del amor". Por muy difícil que parezca, por imposible que algunos la vean, la Iglesia cree firmemente que puede haber paz. Como acaba de decir el Papa en su Mensaje e para la Jornada de la Paz: "¡Aún hoy, al inicio del nuevo año 2004, la Paz es posible. Y, si es posible, la paz es también una necesidad apremiante!... La humanidad necesita más que nunca reencontrar la vía de la Concordia, al estar estremecida por egoísmos y odios, por afán de poder y deseos de venganza". Y "para lograr la paz, educar la paz... Los cristianos sentimos, como característica propia de nuestra religión, el deber de formarnos a nosotros mismos y a los demás para la paz". La Iglesia, y nosotros en ella y con ella, en esta hora tan difícil para la paz, estamos llamados a dar fe y testimonio de esperanza de que la paz es posible, va a serlo, que la guerra y la violencia amenazadoras de la Humanidad en el presente, manifestaciones señeras del mal hoy, no tienen la última palabra, porque tenemos la certeza de que el mal no tiene la última palabra en los avatares humanos. "Para el cristiano proclamar la paz es anunciar a Cristo que es "nuestra paz", y anunciar su Evangelio que es el "Evangelio de la paz", exhortando a todos a la bienaventuranza de ser "Constructores de la paz". "El cristiano sabe que el amor es el motivo por el cual Dios entra en relación Con el hombre. Es también el amor lo que Él espera como respuesta del hombre. Por eso el amor es la forma más alta y más noble de relación de los seres humanos entre sí. El amor debe animar, pues, todos los ámbitos de la vida humana, extendiéndose igualmente al orden internacional. Sólo una humanidad en la que reine la civilización del amor podrá gozar de una paz auténtica y duradera... Todo lo vence el amor". En este mundo nuestro, en esta época de grandes cambios, en las que de tantas y tan diversas maneras se olvida, y se pisotea, la sagrada dignidad de todo ser humano, y aparece un horizonte lleno de incertidumbres y de amenazas para el futuro de la Humanidad, el Papa Juan Pablo II acaba de dirigir, como todos los años su Mensaje de Paz para este día, en el que nos abre a todos a una esperanza y a un compromiso firmes ante la paz. Sus palabras de esperanza deben acogerse con más amor y atención que nunca, porque en ellas se encuentran la respuesta que necesitamos a un mundo donde no hay paz en toda la tierra. Hace dos años en el mensaje para un día como hoy el Papa decía: "La esperanza que sostiene la Iglesia al comenzar el año... es que el mundo donde el poder del mal parece prevalecer todavía, se transforme realmente, con la gracia de Dios, en un mundo en el que puedan colmarse las aspiraciones más nobles del corazón humano". En este día en que la Diócesis de Toledo celebra la Descensión de 1a Virgen supliquemos ardiente e insistentemente a Santa María Madre de Dios, Madre del Rey Pacífico, que se apiade de esta humanidad por la que su Hijo ha dado la vida, amándola hasta el extremo. En Él ya se ha dado la victoria del amor. Que la Virgen María nos alcance la misericordia de Dios y con ella la esperanza y la certeza de que al final vencerá el amor. Que nos ayude a que cada uno se esfuerce para que esta victoria llegue pronto. . De esta victoria es signo y esperanza la sangre de los mártires, como Santa Leocadia. "El martirio es la encarnación suprema del Evangelio de la esperanza. En efecto, los mártires anuncian este Evangelio y lo testimonian con su vida hasta la efusión de su sangre porque están seguros de no poder vivir sin Cristo y están dispuestos a morir por Él, convencidos de que Jesús es el Dios y el Salvador del hombre y que, por tanto, sólo en El encuentra el hombre la plenitud verdadera de la vida... Ellos con su martirio expresan en sumo grado el amor y el servicio al hombre".
ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS El próximo domingo, día 18, comenzará en toda la Iglesia el octavario que cada año dedicamos a orar de modo especial por la unidad de los cristianos. Oraremos hasta el día 25 por esta intención en todas las iglesias. Siempre debemos orar por esta necesidad fundamental, pero de manera particular a lo largo de estos ocho días. Jesucristo mismo, la noche de su Ultima Cena, oró al Padre por la unión de todos los que creemos en El: "Padre, que todos sean uno"; y nosotros unimos nuestra oración a la suya, que siempre es atendida por el Padre, porque se hace conforme a su voluntad. La división de los cristianos en diversas confesiones es una llaga abierta en el Cuerpo de Cristo surgida en la historia por nuestra fragilidad humana que se muestra incapaz para acoger el don que fluye de Cristo para permanecer en El, siendo una sola cosa con El. Como señala el Papa, en su Carta Apostólica "Novo Millennio Ineunte", "la triste herencia del pasado nos afecta todavía al cruzar el umbral del nuevo milenio" (NMI, 48). No es esta una cuestión secundaria o para unos pocos interesados, sino exigencia viva para todos los que creemos en Cristo, "en el cual la Iglesia no está dividida" (NMI, 48). La oración de Jesucristo en la última Cena, -después de entregarnos su Cuerpo en el sacramento eucarístico de la unidad, y antes de su pasión redentora para la reconciliación de todos y para reunir a los hijos dispersos en un solo pueblo-, "nos revela la unidad de Cristo con el Padre como el lugar de donde nace la unidad de la Iglesia y como don perenne, que, en él, recibirá misteriosamente hasta el fin de los tiempos. La oración de Cristo nos recuerda que este don ha de ser acogido y desarrollado de manera cada vez más profunda. La invocación 'que sean uno' es, a la vez imperativo que nos obliga, fuerza que nos sostiene y saludable reproche por nuestra desidia y estrechez de corazón. La confianza de poder alcanzar, incluso en la historia, la comunión plena y visible de todos los cristianos se apoya en la plegaria de Jesús, no en nuestras capacidades" (NMI, 48). Las palabras del Papa no pueden ser más claras. Se trata de un imperativo que nos afecta a todos y siempre, mientras permanezca esta división que un día, por obra de la gracia de Dios invocada en la oración de Jesús, se acabará con toda seguridad. Es la hora de la fe, es la hora de intensificar la oración, es el momento de que de todas las comunidades y de todos los corazones cristianos se alce la plegaria en todas las partes invocando este don de la unidad y de la comunión que constituye a la Iglesia, que es una. La vocación de la Iglesia es la unidad. Le urge, pues, a la Iglesia buscar con verdadero ardor y empeño la unión de los discípulos de Jesucristo, de cuantos creen en El, para poder ser lo que es. No es una cuestión de segundo orden o que solo afecte a unos pocos dentro de la Iglesia o de las iglesias. Nos afecta sustancialmente a todos los que somos cristianos. Necesitamos redescubrir la esencia del misterio de la Iglesia que se manifiesta en Pentecostés: frente a la Babel dispersa y dividida por el pecado, Pentecostés, nacimiento de la Iglesia y sustancia de la Iglesia, es misterio y llamada a la unidad. De que redescubramos esto depende, mucho más de lo que creemos los mismos cristianos, el futuro no solo de la Iglesia, sino de la fe, de Europa y del mundo entero. A pesar de esta vocación, hay en la Iglesia terribles pecados contra la unidad. Persiste en ella, desgarrándola, la ruptura de la Edad Media y del comienzo de la Edad Moderna que tan trágicas consecuencias ha traído para la humanidad y particularmente para Europa. Las divisiones debilitan la fuerza del testimonio cristiano ante la increencia y secularización de nuestro tiempo, ante tanta indiferencia religiosa y mentalidad pagana como nos envuelve, ante el empuje de los fundamentalismos y de las sectas o ante una religiosidad difusa de espaldas al Dios personal. Estos son los grandes riesgos para el hombre de hoy que solamente podrán ser superados desde el cumplimiento de la voluntad del Señor: "Que todos sean uno". "Todos, dice el Papa en Tertio Millennio Adveniente, somos conscientes de que el logro de esta meta no puede ser sólo fruto de esfuerzos humanos, aún siendo éstos indispensables. La unidad, en definitiva, es un don del Espíritu Santo. A nosotros se nos pide secundar este don sin caer en ligerezas y reticencias al testimoniar la verdad. Hay que proseguir el diálogo doctrinal, pero sobre todo esforzarse en la oración ecuménica. Oración que se ha intensificado después del Concilio, pero que debe aumentarse todavía comprometiendo cada vez más a los cristianos, en sintonía con la gran invocación de Cristo, antes de la pasión: 'que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en tí, que ellos también sean uno en nosotros' ( Jn 17,21)" Es necesaria una sensibilización fuerte, extensiva e intensivamente, hacia esta herida en la Iglesia; apremia y urge que veamos esta necesidad como necesidad principalísima, y que, por ello, trabajemos por esta unidad, y sobre todo oremos por ella a La Trinidad santa, fuente y origen de toda unidad y comunión. Que no pasen estos días desapercibidos del Octavario en las parroquias y en cualquier comunidad cristiana; que no nos desentendamos de esta oración ninguno de los que formamos esta Iglesia diocesana. Que no nos contentemos con la mera inclusión de una súplica en la oración de los fieles. Oremos de verdad, como el Señor oró e intercede ahora con su costado abierto ante el Padre para que todos seamos uno, como El y el Padre son uno, en el Espíritu. Que el nuevo milenio que aún está en sus primeros años preste una renovada atención a esta exigencia tan básica y tan urgente, "para que el mundo crea".
LAICO NO ES LO MISMO QUE LAICISTA LAICISMO Y LIBERTAD RELIGIOSA Menudea mucho últimamente, en el discurso político y social la apelación al apelativo "laico" para referirse a algunas realidades. Con mucha frecuencia se habla de una sociedad laica, de un Estado laico, de la escuela laica. Se hacen grandes y solemnes proclamas y juicios en este sentido. Se constituye plataformas con este adjetivo referidas a entidades sociales. Muchos son muy celosos en la defensa de este calificativo. Bien entendido este calificativo y justamente aplicado, no soy yo menos celoso de él que lo puedan ser sus defensores a ultranza, ni lo es menos tampoco la Iglesia, que en la entraña de su fe está el reconocimiento de la autonomía del mundo: "Al principio creó Dios el cielo y la tierra". "Dad a Dios lo que es Dios, y al César lo que es del César". "Mi Reino no es de este mundo". Pero la verdad es que me preocupa el sentido que se da a este adjetivo: en buena parte de los casos con una fuerte carga ideológica, y con no poca confusión. Creo que se está generando una gran confusión que es preciso disipar, porque con ella se está caminando por un terreno resbaladizo en el que, con intención o sin ella, se está poniendo en tela de juicio nada menos que uno de los derechos fundamentales: el de la libertad religiosa, que está en la base de una sociedad democrática, porque no es un derecho más entre los derechos, sino el más fundamental, piedra angular en el edificio de los derechos humanos: se refiere a lo más íntimo del hombre, su conciencia. Viene bien recordar a propósito del tema que nos ocupa las palabras del Papa el 12 del pasado enero al Cuerpo diplomático. Las reproduzco en toda su extensión porque son ciertamente muy clarificadoras: "En los últimos tiempos, somos testigos, en ciertos países de Europa, de una actitud que podría poner en peligro el respeto efectivo de la libertad de religión. Si bien todo el mundo está de acuerdo en respetar el sentimiento religioso de los individuos, no se puede decir lo mismo del hecho religioso, es decir, la dimensión social de las religiones, al olvidar los compromisos asumidos en el marco de lo que entonces se llamaba 'Conferencia sobre la Cooperación y Seguridad en Europa'. Con frecuencia se invoca el principio de laicidad, en sí mismo legítimo, si es comprendido como la distinción entre la comunidad política y las religiones. Pero ¡distinción no quiere decir ignorancia!¡La laicidad no es laicismo!. No es otra cosa que el respeto de todas las creencias por parte del Estado, que asegura el libre ejercicio de las actividades de culto, espirituales, culturales y caritativas de las comunidades de los creyentes. En una sociedad pluralista, la laicidad es un lugar de comunicación entre las diferentes tradiciones espirituales y la nación. Las relaciones Iglesia-Estado pueden y deben dar lugar al diálogo respetuoso, que transmita experiencias y valores fecundos para el porvenir de una nación. Un sano diálogo entre el Estado y las Iglesias -que no son rivales, sino socios- puede sin duda favorecer el desarrollo integral de la persona y de la sociedad. La dificultad de aceptar el hecho religioso en el espacio público se ha manifestado de modo emblemático con ocasión del reciente debate sobre las raíces cristianas de Europa". Entre nosotros se está viendo esta dificultad en el debate continuo respecto a la enseñanza de la religión en la escuela estatal, o a la escuela de iniciativa social católica, o en el modo de juzgar actuaciones de los Obispos por parte de personas públicas o de grupos, por ejemplo cuando los Obispos se pronuncian sobre materia moral o que tienen que ver con la presencia de los cristianos en la sociedad y con las realidades temporales, pero que tienen una connotación moral. Es legítimo, ciertamente, juzgar si se hace con verdad y justicia; pero es abusivo cuando menos pretender que la Iglesia o los que la integran callen sus creencias o sus enfoques morales propios ante realidades humanas o sociales que piden iluminación y orientación en fidelidad a lo que ella es, o descalificar -sin argumentar incluso- tales creencias y criterios morales sencillamente porque molestan o no se está de acuerdo con ellas. Llama la atención la batería de ataques y descalificaciones últimas en este orden de cosas. Estado laico, sociedad laica, quiere decir Estado, sociedad, aconfesional, que garantiza el derecho a la libertad religiosa a personas e instituciones, precisamente para que quepan las distintas confesiones, religiosas o agnósticas, ateas..., pero no para que se establezca o imponga una nueva confesionalidad: la laicista. La Iglesia católica, en concreto, en sus relaciones con los poderes públicos, o con la sociedad, no pide volver a formas de Estado confesional. Sólo pide respeto a la libertad religiosa y demanda la aconfesionalidad del Estado con todas sus consecuencias y exigencias, al tiempo que deplora todo tipo de laicismo ideológico o separación hostil entre las instituciones civiles y las confesiones religiosas. Este es uno de los puntos nucleares que están en juego en la definición y construcción de la nueva Europa, también de España. Cuando hace dos meses celebramos los veinticinco años de nuestra Carta Magna Constitucional, es bueno volver a ella, y tener muy presente que lo que en ella se afirma y reconoce es un Estado aconfesional que respeta y promueve el derecho inalienable a la libertad religiosa, pero no un Estado confesionalmente laico, que cercena dicho derecho, cuando lo religioso lo reduce al templo, al culto o las sacristías, es decir a la esfera de lo privado y de lo íntimo. El laicismo de Estado cercenando este derecho debilitaría la democracia y la convertiría incluso, más tarde o más temprano, en una tiranía. Respetando cuanto se contiene en este derecho y cuanto está en la legítima laicidad o autonomía de las realidades terrestres, tan vigorosa y claramente expuesta y defendida en el Concilio Vaticano II, es preciso definir bien el lugar reservado a las religiones o a las Iglesias en unas sociedades libres y democráticas. Para ello es preciso dar lo que le corresponde al calificativo de "laico", sin traspasar su umbral a las puertas del laicismo ideológico. Nos encontramos hoy en sectores, tendencias y personas influyentes de nuestra sociedad ante una especie de afianzamiento de aquella tendencia que quisiera "privatizar" cada vez más a las Iglesias y trasformar la libertad de religión en una especie de tolerancia aséptica -a veces incluso interesada si vale bien para intereses propios de los que mantienen esa presunta tolerancia-. Se argumenta que cada uno es libre de hacer lo que quiera y, por consiguiente, puede adherirse a una fe, profesar determinadas confesiones religiosas, pero lo importante es que esto no se vea públicamente, o que no tenga repercusiones en los espacios públicos, en los comportamientos sociales, políticos, culturales. El equívoco de fondo, que no puede ser aceptado ni por los creyentes ni por los no creyentes, es reducir la libertad religiosa al ámbito exclusivo de la conciencia personal -por los cual, ordinariamente, se habla de religión como de un "asunto privado"- y considerar la Iglesia lo mismo, o menos, que una organización gubernamental. Decía, al principio, que me preocupaba esta situación. Vuelvo a reiterarlo. La salud, convivencia y desarrollo humano y social de una sociedad depende mucho de que nos clarifiquemos en estos puntos. Nunca insisteremos suficientemente, más en nuestro tiempo, en lo preciso que es respetar el derecho de libertad religiosa en toda su extensión para que se dé una verdadera y necesaria vertebración e integración de nuestra sociedad. No hay que temer a la libertad, basada en la verdad y el amor, mucho menos a la libertad religiosa, fuente de otras libertades. Por mi parte le temo mucho y me preocupa el laicismo como ideología que no respete esa libertad con todas sus exigencias y consecuencias.
LA FAMILIA, ESPERANZA DE LA HUMANIDAD La pasada semana la Conferencia Episcopal dio a conocer el "Directorio de Pastoral Familiar", aprobado en la última Asamblea Plenaria de noviembre. Es prolongación y aplicación de otro documento de la misma Conferencia de hace dos años que lleva por título "La familia santuario de la vida y esperanza de la sociedad". Tanto uno como otro son dos importantes textos que hay que conocer y aplicar; se trata de las orientaciones y directrices, plan de actuación de la Iglesia en España para la familia. El autor del Directorio es la Conferencia Episcopal. Se ha elaborado a lo largo de casi dos años. Ha tenido varias redacciones. Han intervenido en su redacción la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Vida, la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal y la Asamblea Plenaria de la misma, todos los Obispos, que han aportado sus ideas, sus reflexiones, sus juicios. Un texto, pues, bastante madurado y ponderado. No se puede decir que ha sido de este o de aquel otro Obispo; es de todos los Obispos. Fue aprobado por una mayoría muy amplia; moralmente por casi unanimidad. Recoge fielmente la enseñanza de la Iglesia, expresada en el Concilio Vaticano II, y por los Papas Pablo VI y, especialmente, Juan Pablo II, en su amplio y riquísimo magisterio sobre la familia. Creo sinceramente que no se puede tratar con ligereza un texto, sólido y denso, como éste. Los criterios, juicios y orientaciones son muy valiosos para fortalecer la familia, en la que se juega el futuro del hombre. El futuro de la humanidad y del mundo, en efecto, se fragua en la familia y pasa a través de ella, porque es el ambiente fundamental del hombre y fermento de progreso humano y moral. El bien del hombre y de la sociedad está profundamente vinculado a la familia. A ella debe la sociedad su propia existencia. Es una exigencia fundamental e imprescindible salvar y promover la verdad que constituye y en la que se asienta la familia, así como los valores y exigencias que ésta presenta. Todos los pueblos y naciones de la tierra son deudores de la institución familiar, verdadera medida de la grandeza de una nación, del mismo modo que la dignidad del hombre es la auténtica medida de la civilización y de una genuina cultura que haga justicia a la verdad y grandeza de la persona humana y su vocación. La familia es el primero y más importante camino de la humanidad. Es un camino del que no puede alejarse ningún ser humano. Si hay que hablar, por ello, de una renovación o de una regeneración de la sociedad humana, y también de la misma Iglesia, hay que comenzar por la renovación, regeneración, fortalecimiento y consolidación de la familia, asentada sobre el matrimonio único e indestructible, entre un hombre y una mujer, abierto a la vida, institución fundamental para la felicidad de los hombres y la verdadera estabilidad social. Esperar una renovación de la sociedad en sus valores sin una profunda renovación de la familia constituye un espejismo o una quimera sin base. Por esto mismo es necesario luchar y hacer lo imposible para que la familia no sea suplantada ni debilitada por nada ni por nadie, ni por falsas concepciones ni por intereses o políticas que no amparen y salvaguarden su verdad, ni por otros tipos de uniones que la suplantan y que no hacen justicia a lo que es la familia en su misma entraña. Esto lo requiere no sólo el bien privado de toda persona, sino también el bien común de toda sociedad, nación o Estado de cualquier continente. Nos encontramos en unos momentos cruciales para el futuro de la familia. Se requiere no sólo el fortalecimiento interno y espiritual de la familia, sino también una política adecuada y verdadera que favorezca la familia tanto en los aspectos económicos y sociales como en los jurídicos e institucionales; tanto en lo que se refiere a la necesaria formación humana y moral de la adolescencia y juventud, como en lo que se refiere a la previsión y servicios sociales, vivienda, tratamiento fiscal, condiciones necesarias para propiciar el ejercicio de la maternidad y la educación de los hijos. La sociedad tiene la grave responsabilidad de apoyar y vigorizar la familia, y su fundamento que es el matrimonio único e indisoluble entre un hombre y una mujer, abierto a los hijos y empeñado en su educación. La misma sociedad tiene el inexorable deber de proteger y defender la vida, cuyo santuario es la familia, así como dotar a ésta de los medios necesarios -económicos, jurídicos, educativos, de vivienda, trabajo- para que pueda cumplir con los fines que le corresponden a su propia verdad o naturaleza, y asegurar la prosperidad doméstica en dignidad y justicia. Así mismo ha de garantizar los derechos de los hijos a nacer, crecer, educarse en el interior de la familia en el sentido indicado. Desde los diversos sectores de la vida social hay que apoyar, por tanto, el matrimonio y la familia, facilitándoles todas aquellas ayudas de orden económico social, educativo y cultural que hoy son necesarias y urgentes para que puedan seguir desempeñando en nuestra sociedad sus funciones insustituibles, incluso creando el ambiente social y cultural que proteja a la familia y la fortalezca en su verdad más propia. La familia, por el bien de todos y por el futuro de la sociedad, ha de ser objeto de atención y de apoyo decidido por parte de cuantos intervienen en la vida pública. No ayudar debidamente a la familia constituye una actitud irresponsable y suicida que conduce a la humanidad por derroteros de crisis, deterioro y destrucción de graves e incalculables consecuencias. Algunas posiciones están jugando con fuego, y ya no estamos quemando. Los Obispos, por amor y servicio al hombre al que se deben, denuncian en su escrito algunas de esas posiciones que tienen que ver con muchos aspectos : con la verdad del hombre y de la mujer, con lo que es el amor y el matrimonio, con lo que es la verdad y la grandeza de la sexualidad, con lo es la vida y las fuentes de la vida, con lo que es la dignidad de la persona humana, con lo que son las exigencias de justicia social, y con tantas y tantas cosas que ellos señalan en los referidos documentos. Educadores, escritores, políticos y legisladores, no pueden dejar de tener en cuenta que gran parte de los problemas sociales y aún personales de hoy tiene, sus raíces en los fracasos o carencias de la vida familiar. Luchar contra la delincuencia juvenil, contra la droga o la violencia, o contra la prostitución de la mujer y favorecer al mismo tiempo el descrédito o el deterioro de la institución familiar, basada en el matrimonio único e indisoluble entre un hombre y una mujer, o trivializar y desfigurar la verdad y grandeza de la sexualidad, y la unión esponsal del hombre y de la mujer, es cuando menos una ligereza y en todo caso una contradicción y una desfiguración de lo verdadero. Son muchas, tal vez demasiadas, las ligerezas y contradicciones que en este sentido se han producido en nuestra sociedad durante bastante tiempo y parece que existe el empeño por parte de algunos en seguir incurriendo en ellas, agravándolas, con la difusión de modelos, concepciones o formas de vida que se difunden y aun con nuevas legislaciones que atentan a la entraña de la institución familiar. Es particularmente necesario un renovado empeño por parte de la Iglesia y de las familias cristianas para promover una verdadera "política familiar" y una genuina educación en todo lo que contribuya a fortalecer la familia. Se requiere urgentemente aunar esfuerzos y conjuntar e impulsar múltiples iniciativas aportando ideas, propuestas, instrumentos operativos al servicio de la promoción de la verdad y el bien de la familia y de la vida. En estos momentos es muy importante favorecer la difusión de la doctrina de la Iglesia sobre la familia de manera renovada y la responsabilidad social y política de las familias cristianas, promover asociaciones o fortalecer las existentes para el bien de la familia. Es preciso reconocer y alentar este tipo de asociaciones. Quiero, expresamente, manifestar mi público agradecimiento a asociaciones y movimientos como "Equipos de Nuestra Señora", "Movimiento Familiar Cristiano", "Encuentros", "Confederación Católica de Padres de Alumnos" (CONCAPA), la recién creada "Asociación de Familias Numerosas de Toledo 'Sagrada Familia'" (que hay que apoyar y difundir por ser tan nueva y necesaria), las distintas asociaciones en defensa de la familia y de la vida. Es preciso defender y promover los derechos de la familia. Es preciso defender el derecho a la vida. Es necesario difundir la enseñanza de la verdad y grandeza de la sexualidad humana... Son necesarias muchas cosas, y a ellas apunta el "Directorio de Pastoral Familiar" de la Conferencia Episcopal, que no puede ser juzgado por alguna expresión que tal vez pueda ser menos feliz en su redacción, aisladamente, pero que se ve cual es su sentido más correcto en una lectura objetiva, fiel y desapasionada en todo el conjunto. Como todo texto humano es mejorable, qué duda cabe, pero también es preciso ver si lo que dice es verdad, y lo cierto es que su juicio y su visión de la realidad no lo he visto desmentido por los hechos, que son tozudos y son los que son. La Iglesia tiene una especial responsabilidad en esta gran urgencia de nuestro tiempo que es "salvar y fortalecer a la familia", para el bien y futuro del hombre y de la sociedad, potenciarla y alentarla, conforme a la verdad que la constituye, que es la inscrita por su Creador en su más profunda entraña. Hemos de constatar que hoy, en España, la familia padece graves males; no hay que ocultarlos si queremos curarlos; es lo que tratan de hacer los Obispos en este documento: afrontar sin complejos sus causas y soluciones. Desde aquí pido a sacerdotes, padres, educadores, asociaciones que tienen que ver con la familia, a todos los diocesanos, y a quienes me quieran escuchar, que nos adentremos en la lectura fiel de este documento, y a que con lucidez, libertad y decisión lo apliquemos en nuestra diócesis en toda su extensión y hondura.
LOS CATÓLICOS ANTE LA VIDA PUBLICA Los cristianos podemos y debemos contribuir al desarrollo y renovación de la sociedad, no a pesar de nuestra fe sino en virtud de ella. No podemos actuar en la vida pública, y en todos los órdenes de la vida en contradicción con lo que reclama la fe y las exigencias morales del Evangelio y, además, nos sentimos obligados, por el servicio y el amor que debemos a nuestros conciudadanos, a ofrecerles los bienes que se derivan de la fe y la moral cristiana en sus dimensiones personales familiares y sociales. Los católicos tiene el deber de aportar a la vida social esos bienes por la vía del testimonio y del convencimiento en el marco de las libertades democráticas. Por exigencias internas e irrenunciables de la fe que les anima, deben asimismo descubrir en la vida pública, profesional, cultural, política, una posibilidad de ejercer el amor fraterno, ofreciendo la verdad cristiana en su integridad, defendiendo y promoviendo aquellos valores sociales que se derivan del Evangelio. No hacerlo sería traicionar a la sociedad y negar el valor del Evangelio para la vida social. ¿En qué medida la fe católica proporciona un modelo de sociedad?. O dicho de otra manera, la Iglesia que enseña cómo han de comportarse los fieles en su conducta de alcance social, ¿diseña también una manera concreta de cómo ha de organizarse o estructurarse la convivencia?. La Iglesia, en su doctrina social es muy clara a este respecto. A través de su magisterio enseña una y otra vez que no tiene competencia directa para proponer soluciones técnicas, o "modelo propio" en el campo de la economía o de la política. Sin embargo invita a una revisión constante de todos los sistemas según el criterio de la dignidad de la persona humana. Con pleno respeto a la autonomía del orden temporal, la Iglesia no puede permanecer ajena a los problemas que se plantean, porque nada humano, en virtud del designio creador y redentor y en virtud de la Encarnación, le es ajeno. Y esos problemas, todos ellos, tienen siempre una dimensión humana. Por eso, y consciente de ello, no debe cesar de extraer de la Palabra de Dios que la guía, orientaciones claras, tanto para la vida personal, como para la convivencia social. Aporta y ofrece a la sociedad, y a la vida de las naciones y de las relaciones internacionales, unos criterios y una forma de vida capaz de elevar la convivencia de la gente por lo que se refiere a las exigencias de la justicia, del amor social y de la colaboración solidaria y fraterna exaltando el desarrollo integral de la persona. A la aplicación de estos criterios y a la realización de esta vida deben orientarse los cristianos, en sus legítimas opciones concretas en el campo social, político o económico, como camino real y concreto hacia la solución de los problemas que afectan a la vida y realidad social y del mundo. La Iglesia, pues, no ofrece una "tercera vía" o una posible "alternativa" a otros caminos o soluciones concretas. Tan inaceptable es imponer a todos normas morales de la Iglesia relativas a la sociedad - y más aún un "modelo" político o económico-, como eliminar cualquier intervención de la Iglesia, o de los católicos, inspirada por la fe en los diversos campos de la vida pública. Sin asumir opciones políticas o económicas opinables, la Iglesia se ha de comprometer en favor de la justicia y de los derechos fundamentales de todos los hombres. Es lo que ha hecho, por ejemplo, la Comisión Permanente del Episcopado en su Nota ante las próximas elecciones. Este compromiso en defensa de la persona humana en su dignidad inviolable es y ha de ser considerado como parte integrante de la misión de la Iglesia. Por eso, si bien ella no diseña un "modelo" político o de ordenamiento de la sociedad, sí ofrece unas pautas para la convivencia: las que se derivan del reconocimiento pleno de la dignidad de la persona humana, como piedra angular del Estado y de todo su ordenamiento jurídico. Aquí radica el fundamento de la comunidad política que se realizará y ordenará de forma plural en distintos lugares y situaciones, pero que siempre lo ha de hacer sobre esa base insoslayable, si quiere construir una sociedad en convivencia, paz y justicia. De este fundamento se derivan implicaciones concretas e inmediatas muy fundamentales y graves, para la valoración jurídica de las instituciones básicas de la vida social: el matrimonio y la familia, y la propia organización de la sociedad y el Estado, de acuerdo con los principios de subsidiariedad y de legalidad. Esta "pauta" que ofrece la Iglesia, es decir el concepto de persona humana como sujeto trascendente de derechos fundamentales, anterior al Estado y a su ordenamiento jurídico positivo, es un criterio básico en el que ha de inspirarse cualquier "modelo"; de forma que un modelo de sociedad o de ordenamiento jurídico y político de una sociedad que no lo respetase y tutelase tampoco merecería respeto y sumisión. Esta "pauta" hoy se ve amenazada por diversas concepciones. Hoy, en efecto, "se está abriendo paso en la opinión ciudadana una teoría del derecho neopositivista, para la cual la mayoría parlamentaria, establecida según las reglas de la democracia formal, es la fuente última del orden jurídico, incluidas sus primeras bases constitucionales, sin excepción alguna, ni siquiera en lo que se refiere a la definición de los derechos fundamentales de la persona humana" (A. Mª Rouco). Y si es fuente del orden jurídico lo será también de su ordenamiento público. Pero esa concepción, hace tambalearse el mismo ordenamiento democrático en sus fundamentos, reduciéndolo a un puro mecanismo de regulación empírica de intereses diversos y contrapuestos. "El valor de la democracia se mantiene o cae con los valores que encarna y promueve: fundamentales e imprescindibles son ciertamente la dignidad de cada persona humana, el respeto de sus derechos inviolables e inalienables, así como considerar el 'bien común' como fin y regulador de la vida pública ... En la base de estos valores no pueden estar provisionales y volubles 'mayorías' de opinión, sino sólo el reconocimiento de una ley moral objetiva, que, en cuanto, 'ley natural' inscrita en el corazón del hombre, es punto de referencia normativa de la misma ley civil" (Juan Pablo II). Afirmar esto, como hace la Iglesia, es servir de verdad a la democracia participativa y plural. Ofrecer, promover y reclamar estos valores, dimanantes del Evangelio, inscritos también en la naturaleza del hombre, asequibles a todos y por todos aceptables, es deber de la Iglesia, fiel a su misión.
ANTE EL DIA DEL SEMINARIO 1. Necesitamos sacerdotes Queridos hermanos y hermanas en el Señor: El mundo actual, lo sabemos bien, está necesitado de esperanza, está necesitado de fe, está necesitado de Dios. Hay que decirlo con fuerza: el mundo que vivimos de nada está tan necesitado como de Dios. Esta hora histórica concreta nuestra está necesitando hombres que entreguen su vida a Dios, que quieran ser testigos gozosos y valientes del Evangelio en el ministerio sacerdotal. Digámoslo con toda claridad y sin ningún complejo ni tampoco arrogancia: sin sacerdotes auténticamente identificados con Cristo no puede haber renovación profunda de la sociedad y del mundo. Faltan sacerdotes. Faltan muchos sacerdotes. Hoy es una tarea apasionante ser testigo de Dios en el mundo, entregando la vida entera con alegría y esperanza a esta tarea. Es hermoso que podamos hacer presente a Dios, la realidad más primordialmente necesaria. Sin Él las cosas pierden sentido, y la totalidad de la vida y de la existencia se quedan sin luz. Los sacerdotes introducen en cada momento de la historia la fuerza renovadora del misterio pascual de Jesucristo, la vida y el amor de Dios, y el fuego del Espíritu Santo. Colocados al frente del Pueblo de Dios, como siervos autorizados, lo conducen, a través de la historia hacia Cristo, Camino, Verdad y Vida. Necesitamos más de cien mil sacerdotes en el mundo entero para llevar a cabo la misión de evangelizar a todas las gentes y de hacer posible que, evangelizadas, puedan participar de la Eucaristía. No cabe duda que entre las prioridades pastorales hay que colocar el empeño por aumentar las vocaciones sacerdotales. Por eso, la Iglesia nos invita a que dirijamos nuestra mirada al Seminario, a nuestro Seminario diocesano. A nadie se le oculta la importancia que tiene el Seminario para la vida de la Iglesia: en él se forman nuestros futuros pastores. Tenemos necesidad del Seminario. Sentimos la urgencia apremiante de apoyar sin reservas y con todas nuestras fuerzas, decididamente, a nuestro Seminario. Porque tenemos necesidad de sacerdotes. Sin ellos no hay Iglesia, porque sin sacerdotes no hay Eucaristía ni evangelización que hacen la Iglesia. Y la Iglesia es necesaria para la salvación del mundo, para la dicha y libertad de los hombres, nuestros hermanos a los que nos debemos. 2. La Jornada anual o "Día" del Seminario. Necesidad del Seminario El l9 de marzo, como todos los años, nos trae de nuevo el recuerdo del Seminario. Una institución fundamental y entrañable en la que nos sentimos implicados toda la Iglesia diocesana. En el Seminario tenemos puestas nuestras esperanzas porque en él se forman los que han sido llamados por Dios al sacerdocio, para que puedan llegar a ser, por el Sacramento del Orden, una imagen viva de Jesucristo, Buen Pastor que ha venido al mundo para dar su vida por todos los hombres, para abrir caminos de esperanza. Es una jornada que intenta sensibilizarnos a todos sobre la realidad, necesidad y sentido del Seminario. Con ella se pretende que toda la comunidad diocesana, y la sociedad en general, se acerque afectiva y efectivamente al Seminario Diocesano. Que se promuevan nuevas vocaciones sacerdotales entre los miembros más jóvenes de nuestra Iglesia y que toda la Diócesis sienta su propia responsabilidad sobre las vocaciones sacerdotales. Estos fines debemos conseguirlos por medio de la oración, el apoyo eclesial y social, la relación más estrecha con el Seminario y la colaboración económica. Os pido que oremos por el Seminario, que roguemos a Dios para que suscite vocaciones y envíe obreros a su mies, que nos interesemos por el Seminario, que nos informemos acerca de él, que sigamos su marcha, que atendamos generosamente a sus necesidades económicas. 3. Nuestro Seminario Diocesano: Mayor y Menor Tenemos, gracias a Dios, un gran Seminario, tanto el Seminario Mayor como el Menor. Las cifras son elocuentes por su abundancia en el conjunto de España, aunque en el Seminario Menor este año hemos descendido un poco y debemos reaccionar -creo que las previsiones para el próximo curso están siendo de nuevo muy buenas-. También en la calidad de la formación podemos estar contentos y dar gracias a Dios: contamos con un excelente presbiterio, joven, con verdadero espíritu sacerdotal y apostólico. El presbiterio con que Dios ha enriquecido a Toledo, es signo de que Dios quiere que se imparta el tipo de formación que viene impartiéndose desde hace varios lustros. Mis queridos predecesores han llevado a cabo un obra gigantesca en esta institución tan querida,"corazón de la diócesis", con la ayuda de los formadores, profesores y quienes ayudan de tantas formas. Nos duele mucho la escasez de seminaristas que se ven en algunos seminarios. Dios nos bendice, en medio de esta situación de un cierto desierto vocacional, y trae jóvenes a formarse en nuestro Seminario en un número esperanzador. Pero necesitamos más seminaristas. Mejor aún, si Dios nos bendice de esta manera es porque Él espera de nosotros que ayudemos a otras iglesias hermanas y, particularmente, a tierras de misión de donde nos llega un grito desgarrador: "¡Ayudadnos!". El Seminario Mayor cuenta con la grandísima ayuda del Instituto Superior de Estudios Teológicos "San Ildefonso", agregado desde el pasado curso a la Facultad de Teología "San Dámaso", de Madrid. La formación que en él se está ofreciendo es de una gran calidad y de una orientación conforme a las directrices de la Iglesia, y en comunión plena con sus enseñanzas. La formación académica que se recibe en el Seminario Menor es de un alto nivel. Los seminaristas para su mejor educación, para su crecimiento y para su preparación en todos los órdenes y dimensiones necesitan contar con un lugar adecuado en sus instalaciones, aulas, biblioteca, habitaciones, etc. Los dos edificios de nuestros Seminarios Mayor y Menor necesitan una reforma a fondo; prácticamente, se encuentran casi como en los comienzos y han trascurrido muchos años. Es admirable la capacidad de sacrificio que han mostrado nuestros seminaristas al vivir en las condiciones precarias en las que han estado y están viviendo en el Seminario. Es necesaria la austeridad y la pobreza -y no faltarán nunca en el plan de formación- pero nuestros seminaristas necesitan vivir en mejores condiciones de habitabilidad. Es de lo que se trata. Por eso se está llevando a cabo una gran obra de restauración, que requiere una importante inversión. Pero no podemos escatimar nada para nuestros futuros sacerdotes, hoy seminaristas, para su mejor formación. Por eso, permitidme, que os pida encarecidamente, que os suplique casi mendigando, que nos ayudéis a las obras con vuestra aportación generosa. Que familias que puedan tener más medios económicos no escatimen su ayuda al Seminario, que nos ayuden empresas o instituciones. Sed generosos. Necesitamos de vuestra generosidad no sólo para las obras, sino también para el Instituto Superior de Estudios Teológicos, para la Biblioteca, para becas de alumnos que, por diversas causas, no pueden sufragar por sí mismos sus estudios y formación, que no cuentan con ayudas que otros estudiantes tienen, o porque vienen de países muy pobres. Aunque me juzguéis tozudo en el pedir, no me avergüenzo de pediros de nuevo, de apelar a vuestra generosidad y sentido de Iglesia. Necesitamos sacerdotes como los que se forman en nuestro Seminario. Y para ello contamos con vuestra ayuda. 4. Por la vocaciones sacerdotales Todos, sin excepción, debemos trabajar en favor de las vocaciones sacerdotales. Es o debe ser, además, una dimensión de toda acción pastoral y educativa de la Iglesia. Toda la Iglesia diocesana es responsable del nacimiento, cultivo, formación y maduración de la vocación sacerdotal en nuestros jóvenes y en nuestros niños. Se está trabajando bien vocacionalmente en el campo de los niños, sobre todo en el trabajo con los monaguillos, en la atención a ellos: de entre éstos están saliendo un buen número de seminaristas del Seminario Menor. En las convivencias vocacionales de los monaguillos, uno no sabe qué admirar más: si la sencillez y ánimo de los monaguillos, o la cercanía, e ilusión de los sacerdotes que los traen y acompañan. También se trabaja vocacionalmente bastante en el mundo de los jóvenes, de los grupos de pastoral con jóvenes. Hay que felicitar y alentar a tantos sacerdotes que, gozosos en su ministerio, alientan a estos niños o estos jóvenes: casi siempre detrás de una vocación hay un sacerdote ilusionado y gozoso de su ministerio. Igualmente hay que agradecer a tantas familias, las de los seminaristas, que son la mejor tierra y el mejor caldo de cultivo para que surjan y crezcan las vocaciones. Es preciso reconocer lo que están haciendo movimientos de espiritualidad y apostolado seglar con los jóvenes para que en su seno vivan la experiencia cristiana y se despierten a la llamada del Señor. Como así mismo -sólo Dios lo sabe- hay que dar gracias a tantas almas buenas, tantas religiosas consagradas en el claustro, y tantos enfermos que están haciendo lo que sólo Dios conoce en favor de las vocaciones sacerdotales para nuestro Seminario. Todo esto indica, entre otras cosas, que ningún fiel cristiano puede sentirse ajeno a las vocaciones sacerdotales y, en consecuencia, al Seminario. En él nos va el futuro de la Iglesia: pues sin sacerdotes no puede impulsarse la evangelización de los hombres, necesitados de Jesucristo que es salvación, luz y esperanza para todas las gentes. ¿Qué sería del mundo sin Jesucristo?¿Qué sería, por eso, de los hombres sin los sacerdotes?. Porque Cristo ha querido hacerse presente por los sacerdotes, sacramentalmente, en medio de los hombres y al servicio de los hombres, como pastor de su Iglesia que ha venido para reunir a los hombres dispersos, para alimentarlos con su palabra y con su cuerpo, para otorgarles la reconciliación y hacerles partícipes de su vida y de su paz. 5. Pastoral vocacional Os quiero pedir, de nuevo a todos, sin excepción, que trabajéis en favor de las vocaciones sacerdotales. Todos somos responsables en la Iglesia diocesana de las vocaciones sacerdotales, aunque los grados de responsabilidad sean diversos. Me consta que tanto vosotros como yo sentimos una preocupación grande por las vocaciones. Es hora de gracia, que nos apremia a ponernos manos a la obra y a trabajar por las vocaciones. Conozco vuestro sentido de Iglesia y aprecio vuestro gran amor a la Diócesis. Sé que ese amor y ese sentido os van a llevar a colaborar, cada uno en la medida que pueda, en la promoción de las vocaciones sacerdotales. Nos urge crear en nuestras comunidades espacios de fuerte vitalidad cristiana, que contrarresten el impacto de la sociedad paganizada de nuestro tiempo, en la que se debilita o ausenta el sentido cristiano de la vida. Dios, ciertamente, "puede hacer surgir hijos de Abrahán de las piedras", pero no podemos pedir el milagro sin poner de nuestra parte cuanto podemos y debemos hacer. Quisiera que en cada parroquia hubiese, al menos, un grupo de fieles que mantuviese viva la preocupación por suscitar, acoger y acompañar los posibles candidatos al seminario, y para que, en la oración de la comunidad cristiana, las vocaciones sacerdotales ocupen un lugar preferente. Que no haya Eucaristía en la que no pidamos por las vocaciones sacerdotales, en la oración de los fieles. Hago mías enteramente las palabras del Papa, cuando dice que "ha llegado el tiempo de hablar valientemente de la vida sacerdotal como de un valor inestimable y una forma espléndida y privilegiada de vida cristiana. Los educadores, especialmente los sacerdotes, no deben temer el proponer de modo explícito y firme la vocación al presbiterado como una posibilidad real para aquellos jóvenes que muestren tener los dones y cualidades necesarias para ello. No hay que tener ningún miedo de condicionarles su libertad; al contrario, una propuesta concreta, hecha en el momento oportuno, puede ser decisiva para provocar en los jóvenes una respuesta libre y auténtica. Por lo demás, la historia de la Iglesia y de tantas vocaciones sacerdotales, surgidas incluso en tierna edad, demuestran ampliamente el valor providencial de la cercanía y de la palabra de un sacerdote; no sólo de la palabra, sino también de la cercanía, o sea, de un testimonio concreto y gozoso, capaz de motivar interrogantes y conducir a decisiones incluso definitivas" (Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 39). Os animo y os invito de manera especial a vosotros, mis queridos hermanos sacerdotes, mis más queridos e imprescindibles colaboradores, a que pongáis en movimiento a toda la parroquia y a sus grupos para que oren por el seminario y por las vocaciones. Tened catequesis vocacionales con los niños y con los jóvenes. Haced celebraciones específicas con ellos en particular, y con toda la comunidad en general. Donde haya grupos de adultos, centraos en la catequesis vocacional, descubriéndoles el significado de la vocación sacerdotal en la Iglesia y de la responsabilidad que, ante Dios y ante los hombres, tiene cada miembro del Pueblo de Dios en el surgimiento y maduración de las vocaciones al ministerio sacerdotal. Os pido asimismo a los sacerdotes que intensifiquéis vuestra mirada para ver qué chicos presentan signos de una posible vocación. Realizad con ellos un pequeño camino vocacional. No podemos olvidar que las vocaciones surgen de nuestras familias, de nuestras parroquias, del ambiente en que viven nuestros chicos. Por ello, el Concilio, al referirse a la pastoral vocacional, dice: "La mayor ayuda en este sentido la prestan, por un lado, aquellas familias que animadas del espíritu de fe, caridad y piedad, son como el primer seminario, y, por otro, las parroquias, de cuya fecundidad de vida participan los propios adolescentes" ( OT 2). Os invito, queridas familias, a que, desde vuestra fe y vuestra solidaridad con el mundo que anhela salvación, viváis con plenitud vuestra fe, que la viváis con toda su capacidad de generar vida, que la viváis con generosidad y entrega. Tened por cierto que en la medida que el pueblo cristiano viva la fe y su vocación a la santidad, será capaz de ofrecer a los hombres que reclaman una humanidad nueva la respuesta que esperan. Vivid, queridas familias, con gozo y generosidad, esa fe que dio origen a vuestro matrimonio en Cristo. Vuestros hogares, como iglesias domésticas, son el lugar idóneo para vivir el seguimiento de Cristo con toda alegría y plenitud. Debéis profundizar en el gozo y responsabilidad de la fe. El ejemplo más edificante y conmovedor que los padres podéis dar a los hijos es el de una vida cristiana en la que no falte la referencia permanente a Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Es en la familia de María y de José, donde Jesús crecía, donde deben mirarse todas las familias. Si vivís así no sólo alimentaréis vuestra propia fe, sino que ofreceréis al mundo, ese mundo necesitado, un estilo capaz de seducir a quienes buscan la verdad del hombre y la plena felicidad de la convivencia humana. También los grupos apostólicos de infancia o de juventud tienen una especial responsabilidad en la promoción de vocaciones sacerdotales. Todos estos grupos mostrarán su vitalidad cristiana si de su seno salen jóvenes decididos a emprender el camino vocacional. Ruego encarecidamente a los responsables de estos grupos, sobre todo en tiempo de preparación para recibir el sacramento de la Confirmación, que de manera clara y decidida, con toda libertad y osadía, les hagan a los jóvenes la propuesta vocacional. Es uno de los mejores servicios que pueden hacerles. Que los jóvenes tomen conciencia de que el mundo necesita testigos que anuncien la Buena Noticia de Jesús; que los jóvenes se interroguen sobre la llamada que Dios hace a cada uno para realizar la tarea de ser "Apóstoles"; y que los jóvenes se planteen como "posible para cada uno" la vocación al sacerdocio ministerial. Esta responsabilidad se extiende a las instituciones educativas donde los niños y los jóvenes maduran en su personalidad y se preparan para desarrollar su vida en la sociedad con una misión propia. Pido a los educadores cristianos que pongáis el máximo empeño en plantear la cuestión vocacional, también al sacerdocio, sobre todo en algunos momentos privilegiados del proceso educativo. No renunciéis nunca a proponer a los jóvenes esta forma e ideal de vida. Y de manera muy particular, ruego a los Colegios de la Iglesia a que hagáis de este planteamiento vocacional una de las claves y de los centros de interés de toda vuestra misión escolar en nombre de la Iglesia, cuya vocación e identidad es la evangelización; y no hay evangelización que no lleve a plantear la llamada vocacional. El que de nuestros Colegios de la Iglesia surjan vocaciones al sacerdocio será indicio de que estamos llevando una educación integral cristiana como reclama su propia condición. Ya sé que la pastoral vocacional está en el centro de vuestros proyectos y os animo a que prosigáis en ellos con ilusión y esperanza, llenos de confianza en el Señor. No puede faltarnos la oración por las vocaciones: Esta es la principal pastoral vocacional. "Sin El no podemos hacer nada". "Rogad al Dueño de la mies que envíe operarios a su mies". Todos podemos orar. Todos debemos orar por nuestro seminario, por sus necesidades, por los seminaristas que en él se están formando, por los formadores que con ilusión están llevando a cabo tan apasionante como dura labor. El Seminario cuenta con nuestra oración y la agradece. Quiero tener una mención expresa, llena de agradecimiento conmovido, de los enfermos y de todos los monasterios de vida contemplativa de la diócesis porque me consta con qué intensidad, insistencia y confianza estáis orando a Dios, dador de todo bien, por nuestro seminario y por las vocaciones sacerdotales en nuestra diócesis, y cómo ofrecéis vuestras vidas y sufrimientos por las vocaciones. Que Dios os lo pague: Vuestra oración quedará escuchada y vuestros dolores y sufrimientos no son infecundos. El Seminario tiene sus puertas abiertas a todos. Mirad el seminario como algo vuestro, algo de todos los que formamos la comunidad diocesana. El seminario es para vosotros y está a vuestro servicio pastoral de manera incondicional. Sentios solidarios de su labor y de su tarea. Hermanos, estoy convencido que si nos empeñamos, tendremos vocaciones. La gracia de Dios nunca faltará. 6. Llamada especial a los jóvenes Queridos jóvenes: Ahora me dirijo directamente a vosotros, porque sé que tenéis un corazón grande y generoso, capaces de arrostrar con esperanza una gran aventura, que merece la pena, como os dijo el Papa en el aeródromo de Cuatro Vientos, en Madrid: la de ser sacerdotes, la de seguir a Jesucristo como sacerdotes. La Iglesia, la sociedad, los hombres de hoy tienen necesidad de hombres, de jóvenes como vosotros, que vivan entregados enteramente al servicio del Evangelio. Sed vosotros servidores de este Evangelio, sed servidores de Cristo, sed testigos suyos en el mundo en que vivimos. Los hombres de hoy y de siempre tienen necesidad de Cristo. ¡Todos tenemos necesidad de Cristo!¡Necesitamos de El para recorrer los caminos de la vida!¿Qué sería de nuestro mundo si le faltase El?¿Qué sería de nuestra humanidad si no se anunciase el Evangelio de la Paz, del Amor y del Perdón?¿Qué sería de nuestro mundo si se apagase la voz y la luz del Evangelio?. Hay que decirlo con fuerza. El mundo en que vivimos está reclamando el anuncio del Evangelio. Nos sentimos urgidos a una nueva evangelización. Un nuevo esfuerzo creador en la evangelización de nuestro mundo es empresa para la que se necesitan testigos del Evangelio, de Jesucristo, sobre todo como sacerdotes, aunque también seglares, religiosos y religiosas. Por eso, desde aquí, os hago un llamamiento a vosotros, jóvenes. ¡SED GENEROSOS!¡NO HAGÁIS OÍDOS SORDOS A LA VOZ DE CRISTO, ÉL OS LLAMA A SEGUIRLE! Dios os llama aquí y ahora, en las circunstancias actuales de la Iglesia y del mundo. Cristo y la Iglesia os piden afrontar este reto con el poder del Evangelio. Con palabras de San Pablo, debéis empuñar el escudo de la fe, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios (cf Ef 6,6-l7). Vuestro testimonio individual y colectivo de la fe debe ser un testimonio que conduzca a los otros a Cristo, un testimonio que no ceda cuando, como nos dice Jesús en el Evangelio, venga la lluvia, se desborden los torrentes, soplen los vientos y la casa se desplome (cf Mt 7,27). Precisamente porque poseemos la completa armadura de Dios y estamos enraizados en la fe, nos sentimos fuertes en el Señor y en la fortaleza de su poder; pertrechados para proclamar el misterio del Evangelio y para dar testimonio de la plenitud de la verdad, que es Jesucristo, Camino y vida de todos los hombres. Confiad en el Señor; confiad en el Señor para llevar a cabo vuestra misión de testigos. Es un momento el que vivimos en el que todos debemos tener gran confianza en Dios y en la fuerza de su Espíritu Santo. Es bueno caer en la cuenta de que estáis llamados a ser testigos en estos momentos de la vitalidad de la juventud de la Iglesia, a ser testigos de poder y de la eficacia de la gracia de Cristo para cautivar los corazones de los jóvenes de hoy. El mundo necesita pruebas concretas de que Cristo puede atraer hacia sí mismo a esta generación. Y vosotros debéis mostrar que habéis comprendido el sentido de la vida en el contexto del amor de Cristo y de su llamada. Estáis llamados a testimoniar que, entre las mil y una atracciones y opciones que el mundo presente ofrece, vosotros habéis sido "cautivados" por Cristo, hasta el punto de convertiros en sus compañeros y discípulos, en sus amigos, para abrazar su misión y, finalmente, su cruz; y para experimentar el poder de su resurrección. La Iglesia necesita apóstoles, sacerdotes, profundamente enraizados en Dios y conocedores, al mismo tiempo, del corazón del hombre, solidarios de sus alegrías y esperanzas, anunciadores creíbles de propuestas de vida cristiana que sean capaces de dar un alma nueva a la sociedad actual. Este es el reto que se os presenta hoy a cada uno de vosotros: rendir vuestros corazones y vuestras voluntades a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo para entregaros libre, total y perseverantemente a Cristo. El Señor Jesús pide la respuesta y la entrega de vuestra libertad. La docilidad a la llamada de Jesús, queridos jóvenes, "no mermará en nada la plenitud de vuestras vidas; al contrario, la multiplicará, la ensanchará hasta abrazar con vuestro amor los confines del mundo" (Juan Pablo II). Estáis llamados, en efecto, a ser testigos de la victoria del amor de Cristo, no como un poder abstracto, sino como algo que afecta a vuestras propias vidas y consagra y engrandece vuestra propia libertad. ¡No tengáis miedo, jóvenes!¡Echadle una mano a la Iglesia, ayudadle con vuestra respuesta!. Así, el mundo se conservará joven, lleno de vida y abierto a la esperanza. Innumerables hombres, mujeres, jóvenes y niños os mirarán a vosotros para encontrar a Cristo. Desde lo profundo de su ser os dirán con las palabras del Evangelio: "Queremos ver a Jesús". (Jn l2, 2l). Como el Apóstol Felipe, debemos mostrar a Jesús al mundo, a Jesús y no a un sustituto, a un sucedáneo, porque no hay salvación en otro nombre que El. Permaneced en el amor y en la verdad de Cristo hoy y siempre.¿No os animáis a seguir a Jesús como sacerdotes? ¡Animo, que merece la pena! 7. Súplica final Señor Jesucristo, guía en la verdad a los jóvenes; que no se dejen atraer por nuevos ídolos, sino que vivan con alegría tu mensaje, que es el mensaje de las bienaventuranzas, el mensaje del amor a Dios y al prójimo, el mensaje del compromiso moral para la transformación auténtica de la sociedad; que la fe cristiana anime toda su vida y los haga convertirse, frente al mundo, en testigos valientes de tu misión de salvación, en miembros conscientes y dinámicos de la Iglesia, contentos de ser hijos de Dios y hermanos, contigo, de todos los hombres.¡Ábreles su corazón de par en par!, para que te acojan, te sigan, como los Apóstoles, dejándolo todo, pero teniéndote a Ti, y que un día puedan ser sacerdotes. Los necesitas Tú, como ellos te necesitan a Ti; los necesita la Iglesia, como ellos la necesitan también; los necesita el mundo, porque el mundo tiene necesidad de Ti, de hombres, de sacerdotes, que le ayuden a conocerte y acogerte, de sacerdotes que les entreguen a Ti mismo en persona, en toda tu realidad de vida y salvación. Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, y san José, protector de los seminarios, que acogieron la llamada de Dios y se pusieron en sus manos, protejan y acompañen a nuestro seminario y ayuden a los jóvenes y a los niños a responder a la llamada a ser sacerdotes. Que Ella, Madre de Cristo sacerdote, alcance el don de la perseverancia para los seminaristas actuales, tanto los del Seminario Menor, como los del Mayor. Que Ella, y su castísimo esposo, San José cuidador de Jesús, ayuden a los formadores en su importante y delicada tarea. A ella, Madre de Cristo, Buen Pastor, encomiendo nuestro querido Seminario y las vocaciones sacerdotales. Y que Santa Leocadia, Patrona de la Juventud Toledana interceda con nosotros y por nosotros ante el Padre de la misericordia, Dueño de la mies, que envíe abundantes obreros, sacerdotes, a su inmenso campo que tanto le necesita. Toledo, 3 de marzo de 2004
LA BUENA NOTICIA DE LA VIDA La Iglesia hoy se siente llamada y urgida a salir, con amor y ternura, en defensa del hombre amenazado, en defensa de la vida despreciada, en defensa de la dignidad humana preterida o violada, y se dirige a los fieles católicos y a todos los hombres de buena voluntad que quieran escucharle. Clama por el hombre inocente, da la cara por el indefenso con energía, apuesta fuerte por la vida, por toda vida humana. Escuchando su mensaje, el que nos dirige en nuestro tiempo, por ejemplo a través del Papa Juan Pablo II o de la Beata Madre Teresa de Calcuta, se siente el gozo inmenso de ser hombre, la alegría de haber sido llamado a la Vida, la dicha de ser una de esas criaturas - un hombre - querida directamente y por sí misma por Dios, que quiere que el hombre viva y cuya gloria es ésa: la vida del hombre. La Iglesia no puede callar y dejar de anunciar este Evangelio: ¡Ay de mí si no evangelizare!, leemos en San Pablo; ¡ay! de la Iglesia y de sus hijos, si dejamos de anunciar este Evangelio de la vida que no es otro que Jesucristo. Jesucristo al que todos buscan porque todos quieren y anhelan la vida y rechazan la muerte; ante Cristo todos se agolpan, a El todos acuden, aún sin saberlo, porque, como vemos en el Evangelio, es sanación, ha venido a curar, ha venido a que los hombres tengamos vida: porque ¡El es Vida!, que ansiamos. Para esto ha venido al mundo, para predicar esta dichosa noticia y para hacerla realidad en nuestro mundo y en el venidero y definitivo. Si al final del siglo pasado, la Iglesia "no podía callar ante los abusos sociales entonces existentes, menos aún puede callar hoy, cuando a las injusticias sociales del pasado, tristemente no superadas todavía, se añaden en tantas partes del mundo injusticias y opresiones incluso más graves, consideradas tal vez como elementos de progreso de cara a la organización de un nuevo orden mundial". Sin duda, la injusticia y la opresión más grave que corroe el momento presente es esa gran multitud de seres humanos débiles e indefensos que está siendo aplastada en su derecho fundamental a la vida. El desafío que tenemos ante nosotros es arduo. Sólo la cooperación concorde de cuantos creen en el valor de la vida podrá evitar una derrota de la civilización de consecuencias imprevisibles. El Evangelio de la Vida, la defensa de la vida, resuena con especial intensidad en nuestro tiempo. El mundo actual trata de apagar o de poner sordina a tan importante mensaje. Son las campañas y la trompetería de los embajadores y servidores de la "cultura de la muerte" y de miedo al futuro que se cierne amenazadora sobre los hombres y los pueblos sumidos en un invierno demográfico; son las campañas de los que no aman al hombre, de los que le engañan y pervierten, de los que se sirven de él y quieren tenerlo bajo su control. Pero el Evangelio de la Vida, nadie puede encadenarlo aunque se intente, aunque se trate de ponerle una losa encima tras desacreditarlo. Es necesario que resuene en nuestra sociedad desalentada este Evangelio, confirmación precisa y firme del valor de la vida humana y de su carácter inviolable. Es preciso que no se calle ni se debilite, esta "acuciante llamada a todos y a cada uno, en nombre de Dios: ¡respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana! Sólo siguiendo este camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad" (Juan Pablo II). "Una de las más decisivas causas en las que se va a jugar el futuro de la Humanidad y la salvación del hombre en este siglo y milenio, que acaban de comenzar, va a ser la causa de la vida... El siglo XX ha sido el siglo de las guerras, de las más terribles de toda la historia humana. Desde la perspectiva de la fe católica, habría que añadir, además, el período histórico, dentro de la era cristiana, en el que valor fundamental de la vida se ha visto más universalmente amenazado y más abiertamente puesto en cuestión... Nuevas y gravísimas amenazas se ciernen sobre la vida y la dignidad de la persona humana en el umbral del siglo XXI. La guerra se sigue utilizando sin escrúpulos como método brutal de solución a los problemas políticos... Se usa y justifica el terrorismo con su secuela de asesinatos, crímenes, vidas y familias destrozadas como recurso legítimo no se sabe bien qué fines políticos, sociales o culturales" (Cardenal Antonio María Rouco). Se justifican la manipulación genética con fines experimentales o la eliminación de embriones, no considerados como seres humanos, como si no se tratara de "unos de los nuestros". Nos hemos acostumbrado a esas cuatro quintas partes de la Humanidad que pasan hambre o a esos millones y millones de hombres, ya desde niños, que no tienen el mínimo necesario para subsistir con dignidad. Se vende, sin ninguna justificación e incluso falseando los mismos datos de las Naciones Unidas, el llamado "boom demográfico" con políticas antinatalistas puestas al servicio de intereses económicos e ideológicos. El narcotráfico criminal y el consumo de drogas sigue haciendo estragos en la vida de numerosos jóvenes. No son, por desgracia, infrecuentes los malos tratos, incluso con heridas y consecuencias de muerte, infligidos a mujeres y niños débiles e inermes."La vida de los no nacidos, de los enfermos terminales, de los ancianos, de los disminuidos de todo tipo... se encuentra cada vez más desamparada no sólo por las leyes vigentes, sino también por las costumbres y estilos de vida más en boga en la sociedad actual. Parece que se trata de vidas humanas de inferior valor y menos dignas de protección jurídica y social que las de los sanos, fuertes y autosuficientes en lo físico, lo psíquico y lo económico-social. Es evidente: gana terreno lo que el Papa ha calificado como la cultura de la muerte. Pero la muerte ha sido vencida en su misma entraña por el Evangelio de la vida, por Jesucristo, muerto en la Cruz y resucitado para nuestra salvación" (Cardenal Antonio María Rouco). Los que creemos en Jesucristo y tenemos la firme convicción de nuestra llamada a la Vida, los que que queremos al hombre, no podemos desalentarnos, no cejaremos jamás en la defensa de este hombre amenazado. Tengamos esperanza. Si hoy, con razón, nos avergonzamos de los tiempos de la esclavitud, no tardará en llegar un día en que nos avergoncemos y arrepintamos de esta cultura de muerte, también legalmente establecida, de manera singular, de esos cincuenta millones de abortos protegidos y amparados por leyes antihumanas y, por tanto, antisociales. Es preciso crear una conciencia más profunda y arraigada del don maravilloso de la vida y, consecuentemente, de una cultura de la vida. "Hay que ayudar a formar la conciencia, amordazada por las presiones, las agresiones y las manipulaciones de una cultura de la muerte. En esta lucha se juega buena parte del futuro de la Humanidad. Será, a la vez, el test que medirá el grado y espesor de la verdadera calidad humana. Son grandes los retos, pero son muy grandes y con horizontes mucho más amplios las esperanzas" (Cardenal Alfonso López Trujillo). Trabajemos y luchemos por esta nueva conciencia, por el cambio de la mentalidad presente, neguémonos a secundar cualquier iniciativa que atente a la vida, no demos nuestra adhesión a cuantos - personas, instituciones, obras, o disposiciones- vayan o pretendan ir en contra de la vida, porque no podemos adherirnos a quien niega algo tan fundamental y primero. En concreto, las leyes que no protegen la vida o que van en contra de ella no son respetables; "cuando una ley civil legitima el aborto o la eutanasia deja de ser, por ello mismo, una verdadera ley civil moralmente vinculante" (EV 73). Es necesario formar la conciencia moral: redescubrir el nexo entre vida, libertad y verdad en el hombre, creatura de Dios. "A la formación de la conciencia está vinculada estrechamente la labor educativa, que ayuda al hombre a ser cada vez más hombre, lo introduce siempre más profundamente en la verdad, lo orienta hacia un respeto creciente por la vida, lo forma en las justas relaciones entre las personas. En particular, es necesario educar en el valor de la vida comenzando por sus mismas raíces. Es una ilusión pensar que se puede construir una verdadera cultura de la vida humana, si no se ayuda a los jóvenes a comprender y vivir la sexualidad, el amor y toda la existencia según su verdadero significado en su íntima correlación... La banalización de la sexualidad es uno de los factores principales que están en la raíz del desprecio por la vida naciente: sólo un amor verdadero sabe custodiar la vida" (EV 97). Que se abran las fuentes de la vida para que haya una nueva primavera en nuestro mundo, caduco y envejecido sin la alegría de los niños y sin la esperanza de los jóvenes. "El Evangelio de la vida es para la ciudad de los hombres. Trabajar en favor de la vida es contribuir a la renovación de la sociedad mediante la edificación del bien común. En efecto, no es posible construir el bien común sin reconocer y tutelar el derecho a la vida sobre el que se fundamentan y desarrollan todos los demás derechos inalienables del ser humano. Ni puede tener bases sólidas una sociedad que - mientras afirma valores como la dignidad de la persona, la justicia y la paz - se contradice radicalmente aceptando o tolerando las formas más diversas de desprecio y violación de la vida humana sobre todo si es débil y marginada. Sólo el respeto a la vida puede fundamentar y garantizar los bienes más preciosos y necesarios de la sociedad, como la democracia y la paz...El 'pueblo de la vida' se alegra de poder compartir con otros muchos su tarea, de modo que sea cada vez más numeroso el 'pueblo para la vida' y la nueva cultura del amor y de la solidaridad pueda crecer para el verdadero bien de la ciudad de los hombres" (EV 101).
DE LA ARCHIDIÓCESIS DE TOLEDO Y A TODA LA IGLESIA DIOCESANA Queridos jóvenes, queridos amigos: Como bien sabéis, este año celebramos "Año Santo Compostelano". Muchos miles de jóvenes -también adultos y niños- peregrinos, venidos de toda España, de Europa, e incluso de otros continentes, se van a acercar ante la tumba del Apóstol Santiago, primer apóstol que sufrió el martirio. Así consumó aquella vida el que un día supo dejar las redes y todo por seguir a Jesucristo con prontitud y decisión. También nosotros, desde Toledo, nos acercaremos hasta Santiago, para unirnos con otros jóvenes peregrinos, para orar y ser fortalecidos en nuestra fe, que es nuestra mayor y mejor riqueza y herencia, y el fundamento más firme para una nueva Europa, para una nueva humanidad. Se va aproximando ya ese encuentro europeo que tendrá lugar, D.m., la primera semana del próximo agosto. De todas las partes de España y del resto de Europa, miles de jóvenes se pondrán aquellos días en camino, como peregrinos que buscan la verdad que les haga libres y el amor que haga posible una nueva humanidad de hermanos. Por unos días, Santiago de Compostela se convertirá en la capital de la esperanza europea. Porque esperanza sois los jóvenes, y porque esperanza, ante todo, única esperanza para los hombres, es Jesucristo, cuya voz habéis escuchado los jóvenes que caminaréis como peregrinos hasta Compostela. El, Jesucristo, en efecto, como a los primeros discípulos, se dirige a vosotros jóvenes, sedientos de verdad y de salvación, ansiosos de felicidad y de amor, deseosos de dar un sentido verdadero a la propia existencia, buscadores de una humanidad verdaderamente nueva, anhelantes de que se establezca la justicia y la paz en todos los rincones, amantes y sensibles de tantos que sufren la pobreza y el desamparo. A los miles de jóvenes que llegaréis allí, buscadores y peregrinos del amor y de la esperanza, Cristo que vive entre vosotros os dice: "Venid y veréis". Con el ansia, la pasión y la esperanza del peregrino, esos días os reuniréis esa muchedumbre de jóvenes, conscientes de los grandes retos y de la gran vocación a la que sois llamados en vuestra existencia: la vocación a encontraros con Cristo, a vivir intensamente el encuentro y la amistad con El juntamente con otros, a aprender de El que ha venido para dar testimonio de la verdad que libera y entregar el amor que nos hace descubrir la grandeza y la dignidad de todo ser humano. El Papa os decía hace unos años invitándoos ir a encontraros con él en París: "En este mundo vosotros estáis llamados a vivir la fraternidad, no como una utopía, sino como una posibilidad real; en esta sociedad estáis llamados a construir, como verdaderos misioneros de Cristo, la civilización del amor". Miles y miles de jóvenes en todas las latitudes de la tierra habéis escuchado estas palabras y dais fe de que esa es vuestra vocación, porque esa es la vocación del hombre, y por eso os sentís llamados a la fraternidad como realidad posible y a la nueva civilización del amor que brota del infinito amor que es Jesús, el Hijo del Dios vivo venido en carne. Es una vocación que compartís con vuestros compañeros de camino, jóvenes e inquietos como vosotros. En el fondo de vuestro corazón la misma voz os convoca. Sois muchos los jóvenes y los grupos juveniles que identificáis esa voz con la del Maestro. Y le preguntáis: "¿Dónde vives?". Y vais a El, porque escucháis el eco de aquellas palabras suyas que dijo a otro joven - Juan, el discípulo amado-: "Venid y veréis". A Jesús se dirigen las miradas claras o medio disimuladas, y los pasos lentos o acelerados de muchísimos jóvenes en los que se refleja algo más que una mera curiosidad o un pasatiempo de unos días que da lugar a una no pequeña "movida". En ellos, como en vosotros, se refleja el alma de esa juventud contemporánea, sobre todo de la envejecida Europa, en la que puede descubrirse esa búsqueda profunda, a veces como a tientas y sin saberlo, del mismísimo Cristo, que es a quien se dirigen las preguntas que brotan del corazón humano frente al misterio de la vida y de la muerte, y en quien se encuentra el único que puede ofrecer respuestas que no engañan o decepcionan. Miles de jóvenes llegaréis esos días de verano a Santiago de Compostela para buscar y compartir la verdad, para oír la voz de los pastores que os convoca al amor, os anuncia que Cristo os quiere y ha muerto y resucitado por vosotros y os descubre lo que hay en el corazón del hombre, porque sólo Cristo sabe lo que hay en ese corazón. Iréis a Santiago de Compostela para recibir el testimonio de esperanza de otros jóvenes como vosotros, también de vuestros pastores y de tantos cristianos que, peregrinos, se acercan hasta allí buscando luz, buscando a Dios. Juntos vais a caminar en peregrinación penitencial, juntos vais a escuchar la Palabra de Dios, juntos vais a escuchar el mensaje de esperanza y aliento del Evangelio, juntos vais a celebrar el Misterio de la fe y de la presencia de Cristo en medio de vosotros, en medio de sus discípulos, de la Iglesia, juntos vais a orar y alabar a Dios, juntos vais cantar y alegrar la vida de aquella ciudad signo y recuerdo de las raíces cristianas de Europa, la que vive hoy una nueva cultura secularizada, juntos vais a vivir la experiencia única de la unidad de todos, del amor cristiano que nos hace solidarios y hermanos, juntos vais a acercaros uno tras otro a confesar vuestras faltas y pedir perdón por vuestros pecados, juntos vais a ayunar de los males de un siglo que está casi comenzando aún, para encontraros bajo un mismo estandarte, el de la Humanidad nueva que se nos ofrece y revela como posibilidad real en Jesucristo. Allí llegaréis los jóvenes de Toledo -digo yo que al menos mil quinientos iréis, ¿no?- que buscáis esa humanidad nueva, que habéis escuchado la voz del Señor que os invita a hacerla posible, que queréis seguirle a El, porque habéis descubierto que "¿a dónde vais a ir y acudir sino a El que tiene palabras de vida eterna y plena?" Os invito, queridos amigos, queridos jóvenes, que no desaprovechéis esa oportunidad que el Señor os ofrece. Interesaos en esta peregrinación de los jóvenes a Santiago de Compostela. Preguntad en vuestras parroquias. Hablad con vuestros sacerdotes. Buscad toda la información que necesitéis. Os invito de manera especial a los que estáis ya en grupos y movimientos apostólicos: en grupos parroquiales, en Acción Católica, en los Jóvenes por el Reino de Cristo, (Peregrinos, Getsemaní, Los Pinos, Cor Unum, Congre…), en Oasis, en los Scouts, en los Colegios de Iglesia, en los Cursillos de Cristiandad, en el Camino Neocatecumenal, o en otros grupos; y no faltéis tampoco los seminaristas. A todos os invito, a todos os espero. Os acompañaré, si Dios quiere, toda la peregrinación. Será para mí una gran alegría y un gran regalo de Dios el estar y caminar como peregrino esos días con vosotros. Aunque sea alargarme un poco más -perdonadme por ello-, no puedo dejar en esta carta a la importancia en este año de esta peregrinación cuando tanto necesitamos definir nuestra identidad de Europa. Como sabéis, después de san Benito, es en los caminos de Santiago donde surge la conciencia de Europa; ella se ha encontrado a sí misma alrededor de la memoria de Santiago; ella ha nacido peregrinando hacia la tumba del Apóstol. Y es en nombre de Santiago como se evangeliza gran parte de la América descubierta. Su sepulcro, en Compostela, y su memoria es punto de convergencia para Europa y para toda la cristiandad. Es mucho, en efecto, lo que España, Europa y América deben a Santiago. Su legado, que es el testimonio y la fe de Jesucristo, están en nuestras raíces. Nuestra identidad, la identidad de nuestros pueblos, de los pueblos de Europa y la de los pueblos de América es, en efecto, incomprensible sin el cristianismo. Todo lo que constituye nuestra gloria más propia tiene su origen y consistencia en la fe cristiana que ha configurado el alma de nuestros pueblos. Nuestra cultura y nuestro dinamismo constructivo de humanidad, el reconocimiento y la defensa de la dignidad de la persona humana y de sus derechos inalienables, el profundo sentimiento de justicia y libertad, el amor a la familia y el respeto a la vida, el sentido de tolerancia y de solidaridad, patrimonio todo él del que nos sentimos legítimamente orgullosos, tienen un origen común: la fe cristiana, en cuya base se encuentra el reconocimiento de la verdad del hombre y su pasión por el hombre y su defensa. Esta verdad y defensa del hombre, de la persona humana y de su libertad, bases de una sociedad libre y solidaria y de una convivencia en paz, son inseparables de la fe en el Dios y Padre de Jesucristo, Creador de todo, que ama a cada ser humano por sí mismo, y que, en un supremo gesto de amor, ha enviado su Hijo Único al mundo para que se hiciese hombre y compartiese en todo nuestra condición humana, menos en el pecado, entregase su vida por nosotros, y resucitase vencedor de la muerte para la salvación de todos. Ningún continente ha contribuido más al desarrollo del mundo, tanto en el terreno de las ideas como en el del trabajo, en el de las ciencias y las artes, como el nuestro. Precisamente porque no hay desarrollo ni progreso humano al margen de la verdad del hombre y menos aún en contra de ella. Esta verdad del hombre la encontramos en Jesucristo, visto y oído, experimentado y palpado en la historia, anunciado y testificado por los Apóstoles. Y la verdad nos hace libres. La verdad del hombre en toda su profundidad y extensión es fuente de libertad auténtica. La fe permite al hombre conocerse a fondo, descifrar el enigma de su existencia, situarse justamente en su libertad. Esto, los españoles se lo debemos a Santiago. A él somos deudores de la visión y aprecio de la libertad que, lo queramos o no, en el mundo ha venido de la fe. No pretendo volver a una vieja cristiandad, ni revivir ningún "sueño de Compostela". Lo que me importa realmente es que España, Europa, se vuelvan a encontrar a sí mismas, que sean ellas mismas, que descubran sus orígenes y aviven sus raíces; que revivan aquellos valores que hicieron gloriosa su historia y benéfica su presencia en otros continentes. Nuestra sociedad necesita una reconstrucción que exige sabiduría y hondura espiritual, necesita reavivar y fortalecer sus raíces cristianas, como tanto nos insistió en aquellas jornadas inolvidables del mes de mayo pasado en Madrid. Pido, por último, encarecidamente a todos, a todas las comunidades cristianas, a todas las parroquias que animemos a los jóvenes, a nuestros jóvenes, para este encuentro en Santiago de Compostela. Exhorto vivamente a todos a que los recordemos en nuestra plegaria, a que los acompañemos con nuestra oración, a que demos a conocer este acontecimiento importante, a que los sacerdotes animemos a los jóvenes de nuestras parroquias y grupos. Ellos nos necesitan. Y nosotros los necesitamos. Será, sin duda, un acontecimiento de gracia y cargado de esperanza lo que esos días se vivirá en el Camino de Santiago y en Compostela. Lo ponemos todo en las manos de la Santísima Virgen María, que nos acompañará en todo nuestro camino, y con la que nos encontraremos en momentos especialmente intensos en el Santuario de Nuestra Señora de Fátima. Queridos jóvenes y amigos, ¡adelante, en el Nombre del Señor!, remad mar adentro siguiendo a Jesús. Que Dios os bendiga a todos. Un abrazo a todos de vuestro Obispo, Cordialmente en Cristo Jesús
COMUNICADO DEL SR. ARZOBISPO DE TOLEDO
Ante el Decreto Ley de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha por el que se regula el proceso de admisión de alumnado en los centros docentes no universitarios El pasado martes, día 2 del presente mes, fue aprobado el Decreto Ley del Gobierno de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, por el que se regula el proceso de admisión del alumnado en los centros docentes no universitarios sostenidos con fondos públicos en la Comunidad Autónoma Castilla-La Mancha. El viernes posterior, 5 de marzo, se publicaba en el Órgano oficial de esta Comunidad. Como pastor de la Iglesia, que ve muy seriamente afectados, por tales disposiciones, derechos y libertades de los padres y de los alumnos así como de los Colegios de la Iglesia y otros Centros de iniciativa social, en nuestra Comunidad, debo manifestar mi honda y grave preocupación ante este texto legislativo. Dada la situación en que nos encontramos y con el objeto de no interferir otros procesos, no entro en un juicio pormenorizado de tal Decreto. Lo haré con sosiego más adelante. Ofrezco mi actitud de diálogo y de búsqueda de soluciones al Gobierno de nuestra Comunidad, para el bien común de nuestra sociedad. Toledo, 8 de marzo, 2004
COMUNICADO DEL SR. ARZOBISPO DE TOLEDO ANTE EL ATENTADO DE ESTA MAÑANA EN MADRID
Moyobamba (Perú) 11 de marzo de 2004 Me encuentro en estos momentos en plena selva del Perú, en Moyobamba, y acabo de enterarme de los terribles y cruelísimos atentados de Madrid. Siento un profundísimo dolor, que cuartea mis entrañas, y una absoluta condena y reprobación hacia crímenes tan espantosos que sólo Satán puede inspirar. Siento como mío en lo más hondo y vivo de mi corazón el sufrimiento y la angustia de las familias de las víctimas, de los heridos. Lloro con ellos, sufro con todos ellos. Mi sentimiento de consternación y de dolor se une sin fisuras al de la Corona, al del Gobierno de la Nación y a España entera. Enseguida de enterarme de la noticia me he acercado a rezar a la capilla, por las víctimas, por sus familiares, por el Gobierno, por España. Ofrezco la Eucaristía por todos. ¡Dios mío, que cese tanta violencia! ¡Que todos nos unamos contra el terrorismo para que desaparezca ya! ¡Que no tenga ninguna cobertura en nadie ni en nada! ¡Que luchemos todos contra él con los medios legítimos a nuestro alcance, sin escatimar ninguno! ¡Que apoyemos sin fisuras, todos juntos, todas las gentes y pueblos de España, las acciones legítimas para erradicar absolutamente el terrorismo, esa lacra tan execrable que viola la vida y viola la ley de Dios, que no quiere al hombre, que no quiere la paz, que solamente destruye! Y aunque tan terribles atentados nos afligen tanto, tantísimo, abrámonos en estos momentos a la esperanza. Dios hoy está sufriendo con las víctimas, con las familias, con los heridos, con el Gobierno, con España, con todos los españoles. Que Él nos ayude y anime. Él, desde la Cruz, dice el "no" más radical a tanta sinrazón, a tanto sin sentido. Su triunfo en la Cruz sobre la muerte será también el triunfo nuestro, porque será el triunfo del amor, de la paz, de la justicia. Todos unidos contra el terrorismo y todos muy unidos con los que han sufrido tales atentados. Que Dios nos aliente y que nos ayude verdaderamente en estos momentos. Pero todos necesitamos unirnos de verdad para que esto desaparezca para siempre de entre nosotros.
CARTA DEL SR. ARZOBISPO A LOS SACERDOTES DE LA ARCHIDIÓCESIS DE TOLEDO
Toledo, a 16 de marzo de 2004 Queridos hermanos: Me es muy grato comunicaros que la Santa Sede encomienda a nuestra Archidiócesis la Prelatura de Moyobamba en Perú. Aunque era una noticia esperada, ahora ya es un hecho y una responsabilidad que se nos encomienda. Sin duda es un gesto de confianza hacia nosotros y especialmente hacia su Presbiterio. Como es sabido, la semana pasada visitamos la Prelatura D. Juan Miguel Ferrer, D. José María Anaya, D. Julio Alonso y un servidor. Desgraciadamente tuve que interrumpirla por los terribles y dolorosos atentados de Madrid. Tuvimos una acogida espléndida por parte del Sr. Obispo, Mons. Santos Iztueta, y también de los sacerdotes seculares, de los PP. Pasionistas, de las Religiosas y de cuantos tuvimos ocasión de visitar. La realidad que nos encontramos y que se nos confía es inmensa. La Prelatura tiene una extensión aproximada de 50.000 kilómetros cuadrados -casi tres veces la diócesis de Toledo-, con un total de unos 600.000 habitantes. Hay muchísimos niños y jóvenes. Su capital es Moyobamba, con 50.000 habitantes, aunque la ciudad principal y capital "comercial", es Tarapoto, con 110.000; otras ciudades importantes son Nueva Cajamarca, Rioja, Naranjos, Juanjuí, -algunas con 40.000 habitantes-. Hay también muchos pueblos pequeños que son atendidos desde esas poblaciones más grandes. Las comunicaciones son por tierra: una carretera principal asfaltada de norte a sur, y carreteras-caminos de tierra; a algunas partes hay que llegar a pié o a caballo. Moyabamba cuenta con 14 sacerdotes seculares diocesanos, 4 religiosos pasionistas, 4 claretianos, 3 paúles y un sacerdote mejicano. Hay varias comunidades religiosas -Mercedarias de la Caridad, Compasionistas, Franciscanas de María Inmaculada, Hijas de la Caridad, Misioneras de San Vicente de Paúl (alemanas), Misioneras de Nuestra Señora del Pilar-, que colaboran en todos los aspectos de la pastoral, incluso con el encargo de parroquias. Una realidad muy importante es la de los animadores pastorales de comunidades, laicos, y la de los profesores de religión en los centros escolares. Los seminaristas son 18, incluyendo en esa cifra los de los cursos de preseminario. Es una región pobre, como todo el Perú, cuyos medios de subsistencia son los de la agricultura -cultivo de arroz principalmente- y algo de ganadería: no hay hambre porque existe una economía de subsistencia, pero no están cubiertas todas las necesidades en materia de vivienda y sanitarias; hay una buena red educativa en Primaria. En la principal de las ciudades, Tarapoto, existe una Universidad. Hay una emigración de la sierra a los valles de selva. Las posibilidades son inmensas y el trabajo que hay que llevar grande. Por ejemplo, hay provincias enteras en las que no hay un solo sacerdote: Bellavista, Picota. Se necesitan muchos braceros. Aquí se aprecia con mucha fuerza lo del Evangelio: "La mies es mucha". Hay una llamada muy grande a una presencia de Iglesia y a un anuncio y puesta en práctica del Evangelio. Desde allí, y todavía, más desde aquí al recordar aquella realidad, se escucha aquella llamada de los macedonios que Pablo recibe en sueños: "¡Ayudadnos!" Por eso, mis queridos hermanos sacerdotes, os invito a que libremente manifestéis vuestra actitud y respuesta ante esta llamada. Os pido que me digáis personalmente cuál es la disposición, quiénes os sentís llamados o estáis en condiciones de ofreceros para esta misión. Podéis llamarme, pedir entrevista, o escribirme; lo que mejor os parezca. Espero vuestra respuesta. En todo caso rezad mucho por esta misión, incluid preces en la oración de los fieles, sensibilizad a vuestras comunidades. Os tendremos muy informados de todo. Gracias por vuestra generosidad y escucha. Un abrazo muy fuerte
REFLEXIONES ANTE EL FUTURO, HECHAS EN EL PRESENTE Occidente, Europa, España, nos encontramos ante una encrucijada de nuestra historia. Se nos plantea la tarea de preguntarnos por aquello que pueda garantizar el futuro de nuestra sociedad; sencillamente, debemos preguntarnos por aquello que hoy y mañana prometa mantener la dignidad humana y una existencia conforme a ella. No cualquier futuro vale si no salvaguarda esa dignidad, inviolable y no supeditable a nada, de todo ser humano, y sin una existencia conforme a ella. Una sociedad, por ejemplo, que no garantice el derecho inalienable de todo ser humano a la vida en todas las fases de su existencia estará abocada al fracaso, es más, fracasa ya en el momento en que este derecho no queda garantizado y protegido suficientemente. Otro ejemplo : una sociedad organizada en clave de progreso y bienestar, en la que la religión quedase superada como reliquia del pasado o recluida a lo sumo a la esfera de lo privado y en la que la felicidad se pretendiese que quedase garantizada por el funcionamiento de las condiciones materiales, estaría abocada igualmente al fracaso, a la disolución más tarde o más temprano de dicha sociedad. E igualmente -es otro ejemplo- le sucede a una sociedad que no se asiente sobre la verdad, la verdad misma del hombre, la verdad moral, sino sobre un relativismo epistemológico o ético, no puede tener futuro. No queda lejos la historia de algunos países que han fracasado de forma estrepitosa por imponer o tratar de edificar un sistema en el que la religión queda por completo marginada y Dios ocultado y relegado, en el que la vida de todo ser humano no se respeta siempre, y en el que la verdad no cuenta. El crecimiento de la violencia, la huida hacia la droga, el aumento de corrupción hacen muy perceptible que la decadencia de valores tiene también unas consecuencias materiales, y que es preciso un cambio de rumbo. La edificación de la "casa común" de una nueva sociedad, la verdadera unidad entre sus pueblos y sus gentes, para ser algo más que una quimera o algo más que el conjunto de unas relaciones empíricas, ha de construirse sobre la búsqueda de la verdad de la persona, único fundamento posible al respeto de los derechos de los hombres y de los pueblos. Es decir, ha de construirse sobre la posibilidad de una respuesta verdadera a las cuestiones de fondo que han sacudido dramáticamente, en los dos o tres últimos siglos, la cultura de Occidente. La armónica sociedad prevista por la Ilustración como futo de un abandono de los "prejuicios cristianos", y de una aplicación sistemática de la razón inmanente nunca ha llegado. Más aún, ha dejado tras de sí una larga secuela de todos conocida, incluso de destrucciones, de guerras, de terrorismos, o de millones de crímenes legales sobre seres indefensos e inocentes, como son los abortos, sin duda la más grave barbarie de la historia humana. La unidad y la convivencia sólo serán posibles si surge, en el horizonte presente de nuestra historia, un sujeto social capaz de construirlas pacientemente, porque su experiencia de vida y su respuesta a los interrogantes fundamentales del hombre le hacen capaz de amar a toda persona humana en tanto que persona, partícipe del mismo misterio y de la misma vocación, por encima de cualquier otra determinación de raza, cultura y religión, pueblo, clase social o adscripción política. Lo que el Papa Juan Pablo II tantas y tan reiteradas veces reclama, como hizo en su último e importantísimo viaje a España, de la "Europa del espíritu" se refiere precisamente a esto: no es, por supuesto, a un espiritualismo a lo que convoca, sino a una construcción de la nueva Europa, de la nueva España, de la nueva sociedad, edificada sobre el cimiento o fundamento del respeto y la realización de la dignidad de la persona humana, de todo hombre, que no se contenta con menos que con Dios, abierta siempre a todos los otros y para los otros, y de una existencia conforme a esa dignidad. Recordar y exigir la vigencia de la dignidad humana previa a toda acción y decisión política, es un deber inexorable en el momento presente. Esto sí que es decisivo para nuestro futuro, el futuro de todos. Los derechos fundamentales inherentes a la dignidad de la persona humana o de ella derivados no son ni creados por el legislador ni concedidos a los seres humanos o a los ciudadanos, sino que más bien existen por derecho propio y han de ser respetados por el legislador, pues se anteponen a él como valores superiores. Que hay valores que no son manipulables por nadie es la verdadera garantía de nuestra libertad y de la grandeza del ser humano, que es preciso respetar y promover. Es propio de la democracia, y de nuestra sociedad que la asume como instrumento para su realización, el derecho y la justicia no manipulables al arbitrio de los poderes. El reconocimiento y valoración de la razón y de la libertad que están en la entraña misma de nuestra sociedad por la tradición y cultura que la sustenta, por sus raíces -también cristianas que no podemos soslayar ni preterir-, sólo pueden tener consistencia como dominio del derecho. La limitación del poder, el control del poder y la trasparencia del poder son los constitutivos de la comunidad europea -y de la española-. Se presupone necesariamente la no manipulación del derecho y el respeto de su propio espacio intangible. Se presupone igualmente lo que los griegos denominaban como 'eunomía', es decir, la fundamentación del derecho sobre normas morales. El ordenamiento democrático de nuestra sociedad se asienta y fundamenta en unos valores y derechos fundamentales e insoslayables sin los cual todo el edificio de nuestra sociedad correría grave peligro. Esto significa que nuestra sociedad, para mantenerse y tener futuro, tiene necesidad de una sólida base moral, de un asentamiento sobre la verdad del hombre, ¿inseparable acaso de la realidad de Dios?. Si no existe una verdad última que guía y orienta la acción, también la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para distintos fines, incluido para fines de poder. Ahí, entiendo, está el futuro: en el reconocimiento, afirmación y respeto del valor y dignidad trascendente e inviolable del ser humano, de todo ser humano; en la afirmación y defensa de la libertad -necesariamente de la libertad de conciencia y religiosa en toda su amplitud y verdad-, de la igualdad y solidaridad de todos y para todos como principios y valores insoslayables; en una opción moral y en una idea del Derecho válidas en sí mismas y universales, que no son fruto del arbitrio del hombre o de los poderes del momento, sean estos los que fueren y se ejercieren en los ámbitos que fuesen. La razón y la experiencia muestran que la idea de un mero consenso social que desconozca la verdad fundamental acerca del hombre y su destino trascendente es insuficiente para un orden social justo.
PASCUA DE RESURRECCIÓN En este día, domingo de Pascua, resuena alegre para todos, para creyentes y no creyentes, el anuncio pascual: ¡Cristo ha resucitado, ha resucitado verdaderamente! El que "padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado", Jesús, el Hijo de Dios nacido de la Virgen María, "resucitó al tercer día según las Escrituras". En el silencio de la cruz y del sepulcro, Dios ha pronunciado su palabra más plena y elocuente. En la cruz nos lo ha dicho todo. Y en la resurrección todo lo de Jesús, lo que ha dicho y hecho, ha quedado confirmado.¡Dios no abandona al hombre para siempre!. Dios que en Jesucristo se ha empeñado en favor del hombre, no lo deja ni lo dejará en la estacada por muy sin salida que se encuentre. El anuncio de la resurrección de Jesús es el verdadero fundamento de la esperanza de la humanidad. En efecto, si Cristo no hubiera resucitado, no sólo sería vana nuestra fe (Cf 1 Co 15,14), sino también nuestra esperanza, porque el mal y la muerte nos tendrían como rehenes. Sin embargo, con su muerte, Jesús ha quebrantado y vencido la férrea ley de la muerte, extirpando para siempre su raíz ponzoñosa. Por mucho que tratemos de disimularlo, que nos lo ocultemos, particularmente en nuestros tiempos, la muerte es el mayor enigma de la vida. Si morimos para siempre, todo se lo habría tragado y aniquilado la muerte. No hay desilusión ni decepción que pueda medirse con la de la muerte. Ningún esfuerzo por la justicia o por mejorar la condición humana, ningún amor por feliz que sea, pueden sustraerse a la sombra que sobre ellas echa la muerte. En el fondo, la muerte lo deja todo sin valor y sin fuerza. Pero la ley universal de la muerte no es, aunque parezca lo contrario, el supremo poder sobre la tierra: La muerte no tiene la última palabra. Porque Dios está por la vida. Al resucitar a Jesucristo, ha sido vencida definitivamente la muerte. Podemos fiarnos incondicionalmente de Dios en cualquier callejón sin salida. La resurrección de Jesús significa que Dios ha actuado, que interviene en la historia, que quiere y puede entrar en este mundo nuestro, en nuestra vida y en nuestra muerte. Ella nos da la certeza de que existe Dios y de que es un Dios de los hombres, el Padre de Jesucristo. En Cristo, Dios, vida y amor, ha triunfado para siempre. La muerte, el odio, la violencia, la injusticia han quedado heridos de muerte de manera definitiva. La resurrección de Jesucristo es la revelación suprema, la manifestación decisiva, la respuesta triunfadora a la pregunta sobre quién reina realmente, si el mal o el bien, el odio o el amor, la venganza o el perdón, la violencia o la paz, la libertad o la esclavitud, la vida o la muerte. El verdadero mensaje de la Pascua es : Dios existe. Y el que comienza a intuir qué significa esto, sabe qué significa ser salvado, sabe qué significa ser hombre en toda su densidad y verdad, en toda su hondura y en el gozo de ser esa criatura tan maravillosa que Dios ha querido y como Él la ha querido y la quiere : llamado a la vida, vida eterna, vida plena y dichosa, vida llena de amor, vida divina en él. La resurrección de Jesucristo es la señal última y plena de la verdad de Jesucristo, verdad de Dios y verdad del hombre. Si Cristo no hubiese resucitado realmente, no habría tampoco esperanza verdadera y firme para el hombre: en el fondo, querría decir, nada más y nada menos, que el amor es inútil y vano, una promesa vacía e irrelevante; que no hay tribunal alguno y que no existe la justicia; que sólo cuenta el momento; que tienen razón los pícaros y los astutos, o los que no tienen conciencia. Si Cristo no hubiese resucitado significaría que todo habría acabado con la pasión y el sufrimiento, con la violencia cruel e injusta sufrida, con el vacío de la muerte y la soledad del sepulcro donde todo se corrompe. Pero de ahí no nacería la alegría de la salvación ni de la vida querida por Dios, sino la tristeza irremediable de que no puede triunfar el Amor y la Vida sobre el odio y la muerte. La resurrección nos abre a la esperanza, nos alienta a ella, nos abre al futuro y señala caminos que nos conduzcan a él. El hombre no puede dejar de esperar, ni vivir resignado o satisfecho simplemente a lo que hay, a no ser que pague el precio de tanta muerte y miseria, es decir de mutilarse en su humanidad. Perdida la fe y la esperanza en la resurrección de la carne, de la que es primicia la resurrección de Jesucristo, el cristianismo, de suyo, perdería su fuerza salvadora y se reduciría a una mera ética sin fuerza salvadora ni capacidad para aportar las grandes y verdaderas razones para vivir o para ofrecer algo consistente y con vigor para impulsar la renovación de nuestro mundo. "La fe cristiana -ha escrito el famoso pensador, teólogo, Romano Guardini- se mantiene o se pierde en la medida en que se cree o no se cree en la resurrección del Señor. La resurrección no es un fenómeno marginal de esta fe, y mucho menos un desarrollo mitológico, que la fe hubiera tomado de la historia y del que más tarde haya podido deshacerse sin daño para su contenido: es su corazón, su centro". Perdida la fe y la esperanza en la resurrección, en efecto, todo quedaría reducido a los mitos de Sísifo -mero resignarse a lo que hay-, o de Prometeo -la prepotencia de la fuerza del hombre dejado a sí mismo-, o de Narciso -es decir, la autocomplacencia y el goce efímero egoísta y subjetivista-. Sin la esperanza que brota de la resurrección todo podría quedar reducido al cálculo del hombre y a los poderes de este mundo : todo podría valer con tal de alcanzar las metas siempre efímeras de nuestra tierra. En estos años se ha debilitado la fe en la resurrección. Es un contrasentido declararse cristiano y negar o dejar a un lado la fe en la resurrección. En el cristianismo lo que lo dice y decide todo es el encuentro personal con Jesucristo "que me amó y entregó su vida por mí", y ahora, resucitado, vive y tiene en su poder las llaves de la muerte y del abismo. Dejarse ganar por este acontecimiento es lo decisivo. No se trata primariamente de una sabiduría ni de una práctica, sino de algo que ocurre efectivamente entre Jesucristo y la persona del cristiano, que lo toma desde su raíz, lo compromete y le renueva desde dentro con una vida nueva. Así lo entendieron los primeros discípulos que vieron a Jesucristo y lo palparon resucitado. "Pedro, los apóstoles y los discípulos comprendieron perfectamente que les tocaba a ellos la tarea de ser esencialmente y sobre todo los 'testigos' de la resurrección de Cristo, porque de este acontecimiento único y sorprendente dependería la fe en Él y la aceptación de su mensaje. También el cristiano, en la época y en el lugar en que vive, es un testigo de Cristo resucitado: ve con los mismos ojos de Pedro y de los Apóstoles; está convencido de la resurrección gloriosa de Cristo crucificado y por ello cree totalmente en Él, camino, verdad vida, y luz del mundo, y lo anuncia con serenidad y valentía. El 'testimonio pascual' se convierte de este modo, en la característica específica del cristiano" (Juan Pablo II). Su existencia es para dar testimonio de Él en una vida nueva que se rige por el amor; su vivir es llevar a cabo la misma misión de Cristo que ha venido para traer la reconciliación, el perdón y la paz. La señal de Cristo resucitado es la paz, la que Él sólo puede dar, la que surge de la victoria de Dios, del amor y de la vida sobre el odio y la muerte, de la justicia y del perdón sobre la venganza y la injusticia, de la verdad sobre la mentira, de la libertad sobre las cadenas del mal que nos atenazan y esclavizan, de la paz y la reconciliación sobre la guerra o la confrontación. La resurrección de Jesucristo, su primer saludo a los discípulos, ya Resucitado, proclama y entrega la esperanza de la paz, de la paz verdadera asentada en los sólidos pilares del amor y de la justicia, de la verdad y de la libertad. Que la paz del Resucitado esté con todos. Esa es mi felicitación y mi deseo para la Pascua.
RESURRECCIÓN Y FAMILIA La familia cristiana recobra todo su esplendor, fuerza y belleza a partir del triunfo de la resurrección de Jesucristo. La resurrección de Jesucristo ilumina toda la realidad familiar como manifestación plena del Dios que es Amor y fuente de vida. Porque el amor de los esposos es una participación singular en el misterio de amor y de la vida de Dios mismo; la familia, basada en el matrimonio único e indisoluble de un hombre y una mujer, es signo y manifestación del amor de Dios de quien procede toda vida, que brilla glorioso en la resurrección de su Hijo. El amor matrimonial de un hombre y una mujer y el hecho de que de ese amor nazca un hombre es un signo pascual; el nacimiento de un nuevo hombre, como fruto de ese amor que se expande fecundo, se corresponde plenamente con la victoria de la vida sobre la muerte realizada en la resurrección del Señor. Considerándose a sí mismas, desde la fe en Jesucristo resucitado, como manifestación y presencia operante en nuestra historia de esta misma Resurrección, como manifestación del Dios del amor misericordioso y de la vida, Creador y Redentor, del que son imagen y semejanza, es necesario que las familias cristianas sean cada día más concreción y signo visible de ese amor que es entrega plena y fecunda, generadora de vida, santuario de vida, promotoras de vida, sedes de la cultura de la vida. Que sientan el gozo de ser cooperadoras del Dios Creador y que ha resucitado a Jesucristo de la muerte, del Dios cuya gloria es que el hombre viva, como se ha manifestado al resucitar a Jesucristo venciendo los poderes de oscuridad de la muerte, del egoísmo, del desamor. Las familias, lugar del amor más pleno e indisoluble, santuario de la vida, son signo y presencia del don de Dios, son enseña de esperanza, signos de Dios y de su amor. Por eso mismo, la fe en Dios, que ha resucitado a Jesucristo, la revitalización de esta fe, devolverá a las familias su rostro más vigoroso y con más capacidad para abrir caminos de esperanza. El amor y el servicio a la vida por parte de las familias, no acaba, como es obvio, en la mera trasmisión de la vida, sino que se prolonga en esa "procreación" incesante que es la ayuda permanente y eficaz de los padres al nuevo ser humano a vivir una vida plenamente humana por medio de la educación. La familia es, en el plan de Dios, la estructura del amor en donde se descubre el acontecimiento maravilloso de la vida: la familia es donde se educa en la fe, se acompaña ese itinerario de la vida del niño y del joven; la familia es en donde se aprende a amar y en donde toma cuerpo la verdad y la libertad. Es en el amor, ese amor que encuentra toda su plenitud y fuerza en la resurrección del Señor, donde "encuentra ayuda y significado definitivo todo el proceso educativo, como fruto maduro de la recíproca entrega de los padres. A través de los esfuerzos, sufrimientos y desilusiones, que acompañan la educación de la persona, el amor no deja de estar sometido a un continuo examen. Para superar esta prueba se necesita una fuerza espiritual que se encuentra sólo en Aquél que nos amó hasta el extremo y vive para siempre. De este modo la educación se sitúa plenamente en el horizonte de la 'civilización del amor' - que se abre con la resurrección-; depende de ella, y , en gran medida, contribuye a construirla" (Juan Pablo II). No dimitan, pues, las familias de esta misión insustituible en la educación de sus hijos; lo reclama también el ser signo y presencia de la resurrección de Jesucristo. Que las familias cristianas den testimonio valiente de esto, del Evangelio del amor y de la misericordia, de la vida y de la libertad como concentrado en la Resurrección de Jesucristo. Que ofrezcan este testimonio las familias de forma muy concreta a través de su imprescindible labor educadora, en el propio seno familiar y reclamando el derecho que le asiste a que sus hijos sean educados en las instituciones educativas y en el conjunto de la sociedad conforme a sus propias convicciones morales y religiosas. Que ningún agente externo impida esta labor y este derecho.
SOLICITAR LA CLASE DE RELIGIÓN Hoy se leerá en la mayoría de las Eucaristías que se celebren en España, y se repartirán millones de ejemplares de la Carta que los Obispos de la Comisión Episcopal de Enseñanza han dirigido a los padres, alumnos y profesores de Religión Católica. En ella se afirma que "este año se han dicho muchas cosas inexactas y confusas sobre la clase de religión". Al mismo tiempo se indica a los padres que no se dejen confundir, porque "todo sigue básicamente igual" para ellos. Textualmente se les dice: "Podéis -y bien sabéis que debéis- inscribir a vuestros hijos en la clase de religión o, en su caso, procurar que ellos mismos se inscriban. Que nadie os estorbe. Es vuestro derecho propio y constitucional. El Estado tiene la obligación de facilitaros el ejercicio real de este derecho fundamental, que a vosotros os asiste y a nadie perjudica". Es esta una decisión importante que no se puede trivializar. La enseñanza religiosa, en efecto, es un aspecto fundamental en la formación integral de la persona y un elemento imprescindible en el ejercicio del derecho de libertad religiosa y de conciencia. Es un derecho garantizado por la Constitución Española. Sin esta garantía la Constitución no habría tenido en cuenta, en efecto, ni la formación plena del alumno ni la libertad religiosa. Es necesario insistir en que los padres son quienes tienen el derecho de educar a sus hijos conforme a sus propias convicciones y creencias, como reconoce el mandato constitucional. La enseñanza de la religión en la escuela no es un privilegio de la Iglesia Católica en el marco escolar. Cuando el Estado garantiza la enseñanza de la religión y moral en la escuela cumple sencillamente con su deber; y fallaría en ese mismo deber para con los ciudadanos - y por tanto para con la sociedad- si no propiciase el libre y pleno ejercicio de este derecho o no posibilitase de manera suficiente su adecuado desarrollo. Los padres y los alumnos han de defender y reclamar este derecho que les asiste. Defenderlo y exigir que se cumpla en todas sus exigencias, en equiparación al resto de las otras áreas de aprendizaje o disciplinas principales, es defender, en su raíz misma, el ejercicio de las libertades fundamentales. Inhibirse o no reclamar todo lo legítimamente exigible en este terreno, vale tanto como dejar libre el camino al recorte de otras libertades, e incluso a la desmoralización de la sociedad. Para los católicos, es un deber muy serio y una necesidad grande la formación religiosa y moral en los centros escolares, en los que se forma el hombre y la sociedad de mañana. Es cierto que los padres y los alumnos vienen ejerciendo ejemplarmente este derecho todos los años: aproximadamente más de veinte años ya. Y los padres y los alumnos, en esta especie de referéndum anual sobre la enseñanza religiosa católica, dan su "SI" muy mayoritariamente. En torno al 80 por ciento de media entre enseñanza infantil, primaria y media. Una realidad que no se debe desdeñar en modo alguno por los legisladores y los responsables de la Administración Educativa, a pesar de que haya voces, hoy por hoy, minoritarias en contra. Un Estado democrático no debe dar la espalda esta solicitud : los padres piden enseñanza de la religión católica para sus hijos, y lo piden con todas sus exigencias y valores. Con frecuencia en ciertos medios y por algunos grupos se vierte la idea de que la clase de religión es algo atávico y una rémora para la modernización de la sociedad que la Iglesia trata de mantener empecinadamente como privilegio particular. Pienso que deberíamos haber aprendido ya que el progreso económico no está unido al recorte de la libertad religiosa : y recorte sería el que la enseñanza religiosa no poseyese el estatuto propio que habría de corresponderle conforme a la naturaleza educativa de la escuela y a la necesidad de la formación integral de la persona. No caigamos en la trampa de considerar que el tema de la enseñanza religiosa escolar es un asunto privado o de la Iglesia, aunque ella como servidora de los hombres tiene la obligación de promover los derechos que asisten a la persona humana y de trabajar por la humanización integral. Es una cuestión en la que está en juego la persona y la sociedad. Se necesita un apoyo social y efectivo a este derecho y deber, por la importancia que la enseñanza religiosa tiene para el "aprender a ser hombre", y a realizarse como persona con sentido, libre y verdadera. Lo que se haga en este terreno contribuirá al rearme moral de nuestra sociedad y a la humanización de la misma, sin lo que no hay progreso digno de llamarse así. "El estudio de la religión en la escuela -señala la Comisión Episcopal de Enseñanza en la mencionada Carta- es un instrumento precioso para que los niños y los jóvenes crezcan en el conocimiento de todo lo que significa su fe, a la par que van desarrollando sus saberes en otros campos. Comprenderán que creer en Dios ilumina las preguntas más hondas que ellos llevan en el alma y que Jesucristo es la revelación plena del misterio de Dios y del camino del ser humano. Entenderán la cultura en la que viven, cuyos valores y expresiones artísticas y de todo orden hunden sus raíces en la fe cristiana. Aprenderán a valorar lo bueno que hay en otras religiones y a respetar la dignidad sagrada de todos los hombres, creyentes o no. Adquirirán una visión armónica del mundo y de la vida humana que les capacitará para ser personas más felices y ciudadanos más libres y responsables, constructores de verdadera convivencia y de una sociedad en paz". Es necesario que la enseñanza religiosa se reclame e imparta, que se dignifique y se potencie, que se acredite cada día más ante los alumnos, padres, profesores, sociedad. Así se está intentando y hay que agradecer la labor de los profesores de religión. Desde aquí quiero expresar a los profesores de religión mi agradecimiento y admiración más sinceros. Están haciendo una gran obra, a veces en medio de dificultades grandes y de falta de los reconocimientos necesarios para su labor. Su obra está siendo muy meritoria y están prestando un gran servicio a la sociedad y a los hombres de hoy y de mañana. Finalmente recuerdo y pido de nuevo a los padres católicos que a la hora de inscribir a sus hijos o renovar plaza escolar para ellos no olviden solicitar la enseñanza religiosa escolar católica. Es lo mejor que pueden hacer por sus hijos; además de cumplir con su deber y responsabilidad de padres.
ANTE LA APROBACIÓN DE LA PÍLDORA ABORTIVA En estas últimas semanas hemos asistido, por mi parte con verdadero estupor, a iniciativas oficiales para difundir con toda facilidad, especialmente entre jóvenes, la píldora abortiva poscoital. Ante esto es necesario afirmar con toda claridad, una vez mas, que el aborto es una gravísima violación del orden moral, un atentado contra el derecho básico de la persona humana. Se cae en una gravísima responsabilidad al aprobar esta difusión en virtud de la cual se permitirá de suyo por medios químicos la destrucción violenta de seres humanos, los mas inocentes, indefensos y débiles, como son los no nacidos. Estamos ante un nuevo paso atrás, ante una nueva y gravísima ofensa para el hombre y ante un avance en la quiebra de humanidad y moralidad que padecemos. A la gravedad en sí misma hay que añadir que los destinatarios de esta medida van a ser jóvenes, menores. Esto no es progreso. ¿Por qué esta aprobación? ¿Qué necesidad hay de esto? ¿Qué intereses hay detrás? Es necesario recordar de nuevo e incansablemente que es deber del Estado y de las Administraciones públicas el proteger la vida. Cuando el Estado o sus Administraciones autoriza o de alguna manera favorecen el aborto contradicen radicalmente su razón de ser y comprometen en su raíz todo el ordenamiento jurídico, introduciendo en el mismo el poder atentar violentamente contra un ser humano inocente, débil e indefenso, de manera legal. Con esta medida se estaría adoptando una decisión tiránica respecto al ser humano más débil. No por ser legal o por estar legitimado por una decisión de Administraciones Públicas del Estado un crimen deja de serlo. Autorizar los medios tendentes de suyo al crimen es autorizar el crimen. La democracia, como tantas veces he repetido, no se puede convertir en un sustitutivo de la moralidad o en una panacea de la inmoralidad. Se mantiene o cae con los valores que encarna o promueve. La permisión del aborto es una degradación de la democracia y un ataque a su misma entraña, porque no respeta la dignidad de cada ser humano, ni sus derechos inviolables más fundamentales como es el del respeto a la vida de todo ser humano. Con esta aprobación se abre una puerta mayor a la constante depreciación de la vida humana y se siembra una cultura de muerte, cada vez más amplia. Este proyecto, se diga lo que se diga, fomenta el aborto, favorece la inmoralidad y el deterioro de la juventud y de la familia, y del respeto a la vida. Un pretendido progreso sin moral, nos conduce a la corrupción y a la degradación, como, de hecho, está ocurriendo. La responsabilidad de los rectores de la cosa pública es gravísima: el compromiso de los políticos al servicio de la ciudadanía y del bien común, exige no propiciar medidas que, ignorando, la dignidad de la persona humana, minen la raíces de la misma convivencia humana o conduzcan, de suyo, a la quiebra moral de la sociedad. Esperamos que se reconsideren las cosas; se está a tiempo de cambiar. Es de sabios rectificar. Los que están al frente de la cosa pública tienen la obligación de velar por el bien común que tiene como base y sustento el respeto a la vida humana y a la dignidad inviolable de la persona. Y no se diga frívolamente que esto que digo es una postura oscurantista. ¿Se puede hablar de oscurantismo cuando se defiende al inocente, al débil y al indefenso? ¿Hay mayor injusticia y mayor ataque a los más pobres que atentar de esta manera al que nada malo ha hecho, nada agrede y encima no se le concede la posibilidad defenderse?¿Puede darse mayor injusticia social?¿Es oscurantismo decir la verdad que nos hace libres?¿Es oscurantismo defender la vida humana en todas sus fases y para todos los seres humanos por el hecho de serlo? Sólo la verdad y la defensa de todo ser humano, especialmente del maltratado, es luz y progreso y lleva a una sociedad justa.
JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES En el número 36 de la encíclica "Redemptoris missio" el Papa Juan Pablo II realiza un certero diagnóstico sobre la influencia que ejercen los medios de comunicación social en la sociedad contemporánea. "Han alcanzado tal importancia –escribe- que para muchos son el principal instrumento informativo y formativo, de orientación e inspiración para sus comportamientos individuales, familiares y sociales. La nuevas generaciones sobre todo, crecen en un mundo condicionado por estos medios...», de ahí que se pueda hablar con plena propiedad de una "nueva cultura creada por la comunicación moderna", que nace "aún antes que de los contenidos, del hecho mismo de que existen nuevos modos de comunicar con nuevos lenguajes, nuevas técnicas, nuevos comportamientos psicológicos". De lo acertado de este juicio nos da cumplida confirmación la constatación diaria de las luchas de intereses por el control de los medios de comunicación, en todos los órdenes de la vida pública. No es necesario remitirse a mucho tiempo atrás para comprobar que una estrategia hábilmente diseñada de control de los medios puede, efectivamente, producir cambios sociales. Los mensajes y contenidos que difunden los medios de comunicación social y los lenguajes que estos utilizan para comunicarlos determinan, como es evidente, la opinión que sobre los hechos y acontecimientos puedan formarse aquellos que reciben sus mensajes. Pero su influencia va, sin duda, mucho más allá de la configuración de la opinión pública. Juan Pablo II lo advierte también certeramente en su mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que se celebra este domingo: "Toda comunicación tiene una dimensión moral. Como dijo el Señor mismo, de la abundancia del corazón habla la boca (Mt 12, 34-35). La estatura moral de las personas crece o disminuye según las palabras que pronuncian y los mensajes que eligen oír". Quiero insistir, al recordar estas palabras del Papa, en algo que, aun siendo una obviedad, parece olvidarse cuando nos referimos a la influencia que los medios de comunicación ejercen sobre la vida social: en último término, los medios de comunicación de masas, no se dirigen "a las masas", sino a la persona, a un niño, a un joven, a un hombre o a una mujer concretos y en el ámbito también concreto en que se desarrolla su vida. Los medios de comunicación crean opinión, efectivamente, pero lo hacen porque generan y provocan actitudes personales. En cierto modo, su influencia es anterior, incluso, a la escuela y a la propia familia, porque tanto esta como aquella están también condicionadas por los medios y por la "dictadura de la técnica" que estos imponen. Desde los medios de comunicación, afirma Juan Pablo II, "muchos aceptan y actúan basándose en argumentos libertarios infundados de algunos grupos que defienden prácticas que contribuyen al grave fenómeno de la crisis de la familia y al debilitamiento del concepto auténtico de familia". Por otra parte, no faltan hoy investigadores que advierten, por ejemplo, sobre los peligros de identificar la mejora del sistema educativo con el desarrollo de la tecnología de la comunicación en las aulas, o que hablan ya de una especie de "experiencia esquizofrénica", provocada por la denominada cultura de la imagen, especialmente en las generaciones jóvenes, que es consecuencia de una "estética de la fragmentación" en los procesos de aprendizaje y conocimiento, por la que se pierde la construcción de sentido. Los responsables de los grandes grupos mediáticos, que controlan prácticamente todos los sectores de la comunicación: prensa, radio, televisión, editoriales, producción cinematográfica, mercado de la música, etc., desde sus propios intereses económicos e ideológicos, saben esto muy bien y conocen perfectamente las técnicas y estrategias que, a corto o largo plazo, permiten el control de las conciencias, según lo que en cada momento convenga a sus objetivos, tratando de ahogar los espacios de libertad. Basta con una mirada a nuestro entorno para constatar estas observaciones. De ahí que Juan Pablo II, al comentar el tema de esta Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales –"Los medios de comunicación en la familia: un riesgo y una riqueza"- haya advertido que éstos "tienen la capacidad de producir un gran daño a las familias, presentándoles una visión inadecuada o incluso deformada de la vida, de la familia, de la religión y de la moralidad". Naturalmente, frente a estos peligros, la Iglesia y los cristianos tenemos mucho que decir. Juan Pablo II advierte en su mensaje que una de las primeras exigencias es aprender a utilizar los medios con responsabilidad. Entre estas, recuerda el deber de los padres de reglamentar el uso de los medios de comunicación en el hogar, dando "buen ejemplo a los niños" y haciendo "un uso ponderado y selectivo de dichos medios". Además, "las familias deberían manifestar claramente a los productores, a los que hacen la publicidad y a las autoridades públicas lo que les agrada y desagrada". También los poderes públicos tienen su responsabilidad en este ámbito, de ahí que el Papa reclame que, "sin recurrir a la censura", las autoridades "pongan en práctica políticas y procedimientos de reglamentación para asegurar que los medios de comunicación social no actúen contra el bien de la familia", e insista en que "los representantes de las familias deben participar en la elaboración de esas políticas".
REFLEXIONES ANTE LA EUROPA QUE HAY QUE CONSTRUIR El domingo, 13 de junio, coincidiendo con el Corpus tendrán lugar las elecciones al Parlamento Europeo. Se trata de una convocatoria muy importante, porque somos Europa, y, además, porque los parlamentarios que se elijan previsiblemente les corresponda el llevar adelante la Constitución Europea, donde se dirá que és lo que se quiere de Europa, hacia dónde se encamina su futuro, cuáles son los caminos por los que dirigirse, cuál es la nueva Europa que vamos a construir entre todos. Estimo que podríamos fácilmente ponernos todos de acuerdo en esto: en que no cualquier tipo de construcción europea que sobrevenga equivale por sí misma a un futuro europeo, si no salvaguarda la dignidad humana y una existencia conforme a ella. Por ejemplificar de algún modo: Una mera centralización de competencias económicas o legislativas podría conducir a una rápida disolución de Europa si, por ejemplo, se orientase a una tecnocracia cuyo criterio fuese el aumento de consumo o de poderío. Una sociedad organizada en clave de progreso y bienestar, en la que la religión quedase superada como reliquia del pasado o recluída a lo sumo a la esfera de lo privado y en la que la felicidad se pretendiese quedase garantizada por el funcionamiento de las condiciones materiales, estaría abocada igualmente al fracaso, a la disolución más tarde o más temprano de Europa. Esto último ha sido el caso de los países del socialismo real o comunismo. Ahí se ha dado un dogmatismo intolerante: el espíritu es producto de la materia; la moral es producto de las circunstancias y tiene que ser definida y puesta en práctica conforme a los fines de la sociedad; todo lo que sirva para alcanzar el feliz estado final, es moral. Esto culmina la perversión de los valores que habían construido Europa. Más aún; aquí se lleva a cabo una ruptura con toda la tradición moral de la Humanidad. Ya no hay valores independientes de los fines del progreso, en un momento dado todo puede estar permitido o incluso ser necesario, moral en un nuevo sentido. Incluso el ser humano puede convertirse en un instrumento, no cuenta el individuo, sólo el futuro que se convierte en una terrible divinidad, que dispone de todo y de todos. Actualmente, los sistemas comunistas han fracasado por su falso dogmatismo económico. Pero se pasa por alto con demasiada complacencia el hecho de que se derrumbaron, de forma más profunda por su desprecio del ser humano, por su subordinación de la moral a las necesidades del sistema y sus promesas de futuro. La verdadera catástrofe no es de naturaleza económica; es la desolación de los espíritus, la destrucción de la conciencia moral. La problemática religiosa y moral, que es de lo que verdad se trataba, ha quedado casi completamente desplazada. Pero la problemática legada por el marxismo sigue vigente hoy: la liquidación de las certidumbres originarias del ser humano acerca de Dios, de sí mismo y del Universo, la liquidación de la conciencia de unos valores morales que no son de libre disposición, sigue siendo ahora nuestro problema, y es lo que puede conducir a una autodestrucción de la conciencia europea que tenemos que contemplarla como un peligro real (J. Ratzinger). Esto es lo que está en juego en la próxima Constitución Europea, y lo que también habrá de tenerse en cuenta a la hora de emitir nuestro próximo voto. Por supuesto no se trata de marxismo o no marxismo, sino de la edificación de una sociedad donde se salvaguarde o no la dignidad humana y una existencia conforme a ella. La edificación de la "casa común" de la nueva Europa, su integración, o la verdadera unidad entre sus pueblos, para ser algo más que una quimera o algo más que el conjunto de unas relaciones empíricas, ha de construirse sobre la búsqueda de la verdad de la persona, único fundamento posible al respeto por la identidad y los derechos de los hombres y de los pueblos. Es decir, ha de construirse sobre la posibilidad de una respuesta verdadera a las cuestiones de fondo que han sacudido a veces dramáticamente, en estos dos últimos siglos, la cultura europea. La armónica sociedad prevista por la Ilustración como fruto de un abandono de los presuntos "prejuicios cristianos" y de una aplicación sistemática de la razón inmanente nunca ha llegado. Más aún ha dejado tras de sí una larga secuela de todos conocida, incluso de destrucciones y de guerras. Esta problemática no afecta sólo al mundo que estuvo dominado por el marxismo, porque el ateísmo y el materialismo práctico, que llevan dentro de sí el mismo error antropológico que el marxismo, están muy difundidos en todas partes. Realmente toda Europa se encuentra hoy ante el desafío de tomar una nueva decisión a favor de Dios, o decidirse por un laicismo esencial, donde se haga desparecer a Dios o se le reduzca a la esfera de lo privado sin incidencia en la vida y comportamiento de los hombres, ni en sus relaciones sociales. Es verdad que existe en Europa un sincero deseo de unidad, pero no es posible ignorar las dificultades históricas que existen para que esa unidad pueda ser una realidad efectiva. La unidad y la convivencia sólo serán posibles si surge, en el horizonte presente de la historia europea, un sujeto social capaz de construirlas pacientemente, porque su experiencia de vida y su respuesta a los interrogantes fundamentales del hombre le hacen capaz de amar a toda persona humana en tanto que persona, partícipe del mismo misterio y de la misma vocación, por encima de cualquier otra determinación de raza, cultura y religión, pueblo, clase social o adscripción política. En la salvaguarda, pues, de la dignidad humana y en una existencia conforme a ella, hay que buscar poner el futuro de Europa. Todos estaremos de acuerdo en ello. El desacuerdo sobreviene cuando se llega a concreciones, por no estimar la incondicionalidad de unos criterios fundamentales para el comportamiento de todos, válidos por sí mismos y para todos, o por no reconocer de modo suficiente la incondicionalidad misma del derecho, o si queremos de derechos básicos e inviolables. ¿Salvaguardan esa dignidad y una existencia conforme a ella, salvaguardan así mismo la incondicionalidad de unos fundamentos para el actuar de los hombres o la incondicionalidad de unos derechos, legislaciones contra la vida o contra la familia, como las que se propugnan con el aborto y la extensión del mismo, con la eutanasia, con la manipulación de embriones, con uniones de personas del mismo sexo que se equiparan o se las identifican con el matrimonio, con las degradaciones y ruptura de la familia o la desprotección de la misma? Esta es la cuestión. Aquí es donde, a mi modesto entender, radica una cuestión fundamental de supervivencia de Europa. Desde aquí se entiende el porqué de la insistencia en las raíces espirituales, inseparables de la fe cristiana, de Europa y de su identidad. En esto se juega su ser o no ser. Estamos en un momento crucial: ¿Hacia dónde nos encaminamos, queremos o debemos encaminar Europa? ¿Hay en tantos cambios de todo tipo como ha experimentado y experimenta Europa o los países de la Unión Europea actual o futura una identidad de Europa, un fundamento para ella, que tenga futuro y que podamos o debamos respaldar? ¿Quiénes apoyan este fundamento, que merezcan nuestro apoyo? Para dar un nuevo impulso a la propia historia, se tendría que reconocer y recuperar con fidelidad creativa los valores fundamentales que el cristianismo ha contribuido de manera determinante a adquirir y que pueden sintetizarse en la afirmación de la dignidad trascendente de la persona humana, del valor de la razón, de la libertad, de la democracia, del Estado de Derecho y de la distinción entre política y religión. Apoyar esto es fundamental para el futuro de Europa.
FIESTA LOCAL DE EXALTACION DE LA EUCARISTÍA Celebramos este día con júbilo grande esta fiesta local de exaltación de la Eucaristía, anticipando y preparando la fiesta litúrgica del Corpus Christi, que, con toda la Iglesia en España, celebraremos el domingo. Circunstancias, de todos conocida, nos llevó a adoptar prudentemente esta decisión. Esta fiesta como la solemnidad litúrgica del domingo, por encima de todo, es fiesta de fe; celebración del "misterio de la fe", que es fuente y cima de toda la vida cristiana, centro en el que confluye la totalidad de la Iglesia. Los cristianos toledanos tenemos muy en el núcleo de nuestra identidad la Eucaristía. Toledo es un pueblo eucarístico. Que nada distraiga a la comunidad cristiana de la celebración de lo que es verdaderamente sustancial en este día: la proclamación de fe en la presencia real del Cuerpo de Cristo, de Cristo en persona, Amor de los amores entregado por nosotros, inagotable fuente de vida y amor de la que brota la caridad de los cristianos que cumplen el mandamiento nuevo de Jesucristo -"amaos unos a otros como yo os he amado" ; fiesta de adoración al Señor, llamada a la santidad. El esplendor de estos días ha de ser el esplendor y el brillo de la caridad. La Eucaristía es la gran escuela del amor fraterno. Es siembra y exigencia de fraternidad y de servicio a todo ser humano, nos conduce a vivir como hermanos, unidos de verdad, nos reconcilia y nos une, supera toda división, y hace posible, si participamos con verdad en este sacramento, restañar heridas, al tiempo que nos enseña el secreto de las relaciones comunitarias y de la auténtica y vigorosa convivencia. Celebrar la presencia real de Cristo vivo en la Eucaristía implica descubrir su rostro en el rostro de los pobres con los que El se identifica explícitamente en el capítulo 25 del evangelio de San Mateo. Como nos recuerda el Papa en su carta "Al comenzar el nuevo Milenio" , "esta página no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia" (NMI 49) . Participar en el misterio eucarístico es e implica entrar en comunión con Cristo. Es sacramento de comunión que hace la Iglesia, "sacramento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano" (LG 1). La comunión "encarna y manifiesta la esencia misma del misterio de la Iglesia. La comunión es el fruto y la manifestación de aquel amor que, surgiendo del corazón del eterno Padre, se derrama en nosotros a través del Espíritu que Jesús nos da (cf Rm 5,5), para hacer de todos nosotros 'un solo corazón y una sola alma' (Hch 4,32)" (NMI 42), por la misma "fracción del pan" o Eucaristía. Como nos dice el Papa, "hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo" (NMI 43). Esto exige centrar la vida de la Iglesia y de cada uno de los creyentes y de las comunidades en la Eucaristía, fuente de comunión. Quienes participen en verdad en la Eucaristía, sacramento de piedad y vínculo de unidad, en la medida que les corresponda, habrán de esforzarse por aunar voluntades, trabajar por las unidad de los diferentes pueblos de España e impulsar un trabajo creador para afrontar juntos, sin exclusiones ni prepotencia de ningún tipo, los retos con que se enfrenta nuestra sociedad en el momento presente. La Eucaristía, misterio y fuente de comunión, celebrada y participada todas las semanas por diez millones en España, pide que llevemos a cabo un gran esfuerzo de comunión en nuestra sociedad, ciertamente dividida por tantas cosas.La comunión eclesial, no podemos olvidarlo, es ante todo unidad en Cristo y su doctrina, en la fe y la moral, en los sacramentos, en la obediencia al ministerio apostólico, en la adhesión inquebrantable y en la fidelidad al Papa, en los medios comunes de santidad, en las grandes normas de disciplina, en la caridad fraterna que es vínculo y ceñidor de toda unidad consumada. La comunión en la Iglesia tiene sus propias exigencias internas, la primera de las cuales es la comunión con Dios. Los cristianos están en comunión unos con otros porque primariamente están en comunión con el Padre y con su Hijo en el Espíritu Santo. Sólo en el encuentro y comunión con Dios, la Iglesia recibe su vigor y vitalidad. Hoy el problema mayor con que nos topamos es el encuentro con Dios, la vida en Dios y desde El. La secularización externa a la Iglesia, e interior a ella, junto con el laicismo esencial que se intenta imponer en todas las partes del mundo, sólo podrán y deberán ser superados acercándonos a la Eucaristía, viviendo en toda su verdad el encuentro personal con Jesucristo en el pan eucarístico, Dios de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero que está real y sustancialmente presente en este sacramento . La comunión eclesial se ha de trasparentar en la comunión solidaria con todos los hombres. Los hombres podrán atisbar el don de la comunión que brota de la Santísima Trinidad si nos ven a los cristianos del lado del hombre, a su servicio, puestos de manera efectiva al lado de los pobres, y comprometidos en las causas más nobles de la justicia, de la libertad y de la paz en favor de los hermanos, comprometidos en la defensa de la vida en todo momento de su existencia, desde la concepción hasta la muerte natural, aunque haya leyes que dejen a la libre decisión del hombre el señalar el momento para la muerte o aunque, incipiente, se le manipule para fines que no se justifican ante la violación de lo que es primero: la dignidad y la vida de un ser humano. Los cristianos que viven en comunión con Dios muestran dónde está nuestro Dios acercándose a los hombres que padecen injusticia, aproximándose como buenos samaritanos a tanta herida y tanto sufrimiento de los hombres. Hace falta, pues, promover una espiritualidad de la comunión, con las características que señala el Papa en su Carta "Al comenzar el nuevo Milenio", "proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades" (NMI 43). Inseparable de esta espiritualidad de comunión es la espiritualidad eucarística, que necesitamos fomentar y fortalecer . Participar en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, celebrar y vivir el misterio eucarístico, misterio o sacramento de nuestra fe, constituye una llamada a la santidad de todos cuantos formamos la Iglesia participando en la mesa que anticipa el banquete del Reino de los cielos. Es preciso recordar, en este día de fiesta eucarística, la vocación de todos los fieles a la santidad: "porque ésa es la voluntad de Dios, vuestra santificación". A partir de una intensificación de la vida eucarística entre nosotros, desarrollemos en nuestra diócesis una pastoral de santidad. Cuidemos que los sacerdotes sobresalgamos en el testimonio de la santidad; fomentemos la renovación de los institutos de vida consagrada para que den frutos de santidad; propugnemos la espiritualidad propia de los laicos, fundada en el bautismo, y de modo particular la espiritualidad conyugal. Una diócesis que vive verdaderamente el misterio eucarístico, lo más santo de todo, no puede ser otra cosa que una Iglesia de santos. La tradición cristiana de nuestro pueblo toledano y su fe y su virtud probadas, su hondo sentido eucarístico, que está en sus raíces más propias, deben mucho sin duda a esa pléyade de santos, todos ellos tan viva y hondamente eucarísticos, que en otros tiempos la han fecundado y renovado, hasta nuestros días. En este sentido, como ejemplo y aliento, conviene recordar los múltiples procesos de canonización abiertos en nuestra diócesis, entre los que no podemos olvidar los de todos aquellos que sellaron el testimonio de su fe con la donación de la propia vida en momentos muy difíciles para nuestro pueblo cristiano, que siempre tuvo su mirada y su anhelo puestos en el Cuerpo de Cristo entregado por nosotros, en el sacrificio del altar, el mismo y único sacrificio donde Cristo da su vida por los hombres. Alentados por ellos, y, sobre todo, alimentados y fortalecidos por este Cuerpo de Cristo, vivimos la hora presente como hora para ofrecer, en libertad y caridad, el testimonio, diría martirial de la presencia de Cristo entre nosotros y de la verdad de Dios, de la que es inseparable la verdad del hombre, como se muestra y acontece en la Eucaristía, en el Pan vivo bajado del cielo, la carne del Señor, que ahí se ofrece al Padre como entrega por nosotros. Cristo en el sacrificio de la Cruz nos ofreció el gran y pleno testimonio de que Dios es Dios, de que Dios es Amor, de que sólo Él es el único necesario, y que únicamente en Él está la salvación, la vida y el destino del hombre: eso muestra el sacrificio de Cristo que se perenniza en el sacrificio eucarístico. De ahí ese testimonio martirial, que entraña mostrar, a costa incluso de lo que nos resulta más querido, esta soberanía de Dios y su Amor que está por encima de todo, porque es ahí donde afirmamos al hombre y su libertad. No son tiempos fáciles para la fe, que en modo alguno queremos imponer, pero que exigimos se nos respete en toda su extensión y sin recortes que impedirían el ejercicio en libertad de esa fe. En el sacrificio de la Cruz que se perenniza en el sacrificio eucarístico, Jesucristo, el Hijo, obedece al Padre por encima de todo poder. Participar en este sacrificio, en los tiempos actuales, reclama de nosotros no anteponer ningún otra realidad a Dios ya su amor. Tiempo recios, necesitados por ello de este testimonio, testimonio martirial eucarístico, tal vez más incluso que en otras épocas de la historia, precisamente por el olvido de Dios que corroe esta sociedad secularizada. ¿Hacia dónde se encamina el hombre y la sociedad sin Dios? ¿Qué sería de los hombres sin Él?
Alocución del Sr. Arzobispo en la Plaza de Zocodover Queridos hermanos: Cantemos al Amor de los Amores, cantemos al Señor, Dios está aquí, venid, adoradores, adoremos a Cristo Jesús, el Hijo del Dios vivo, Él está entre nosotros. Pongámonos todos, mis queridos hermanos, en adoración delante de este Misterio: Misterio grande, Misterio de misericordia. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía, en este sacramento, nos muestra un amor que llega hasta el extremo, un amor que no conoce medida (EdE 11). Ante Jesucristo, hijo de Dios venido en carne, nacido por obra del Espíritu Santo de Santa María virgen, primer sagrario del Hijo de Dios Altísimo, reconocemos y proclamemos en esta Plaza de Zocodover, corazón de Toledo, que la "Eucaristía, supremo don de Cristo a la Iglesia, hace presente sacramentalmente el sacrificio de Cristo para nuestra salvación: la Sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua. La Iglesia, en su peregrinación, acude a ella, fuente y cima de toda la vida cristiana, encontrando la fuente de toda esperanza. En efecto, la Eucaristía da impulso a nuestro camino histórico, poniendo una semilla viva de esperanza en la dedicación cotidiana de cada uno a sus tareas. Todos estamos invitados a confesar la fe en la Eucaristía, prenda de la gloria futura... La Eucaristía es gustar la eternidad en el tiempo, presencia divina y comunión con ella; memorial de la Pascua de Cristo es por naturaleza portadora de la gracia en la historia humana. Abre al futuro de Dios"(EE 75), que es el futuro del hombre. Nos encontramos en unos momentos particulares en los que nos apremia edificar el futuro de una nueva sociedad, de una nueva Europa. Europa necesita una reconstrucción que exige sabiduría y hondura espiritual. Los cristianos, no podemos estar ausentes, en cuanto cristianos, en cuanto Iglesia, de esta reconstrucción, en último término, humana y espiritual. Ni la Iglesia ni los cristianos podemos omitir nuestro servicio a la nueva Europa. Este servicio se llama Evangelio, se llama Jesucristo aquí presente en el Sacramento del Altar. La Iglesia no tiene otra riqueza, ni otra fuerza que Cristo. No posee ninguna otra palabra que Jesucristo: pero ésta ni la puede olvidar, ni la quiere ni debe silenciar, ni la dejará morir, ni la recluirá en el espacio de lo privado o en la intimidad de sus conciencias, sin incidencia en el mundo. No puede callar ni dejar de ofrecerla y entregarla a los hombres de hoy, porque es en quien se abre el verdadero futuro y el auténtico progreso de nuestra historia, porque, con Él, con Cristo, la Iglesia ha apostado enteramente y sin condiciones ni intereses extraños por el hombre. Tratar de ocultarla o de encerrarla, como algunos pretenden, en el secreto de la intimidad es una traición a la misma humanidad, que en Cristo tiene la salvación y la roca firme, la piedra firme sobre la que edificarse. Jesucristo, aquí presente en todo su amor, salvación y vida por nosotros, es el único tesoro y única riqueza de la Iglesia, y hemos de ofrecerla con tanta sencillez como trasparencia, sabedores por la propia experiencia de que es un bien inestimable para la vida de los hombres. Esta experiencia vivida de Jesucristo, Redentor, alimentada por el alimento de su Cuerpo, es un don, y por eso sólo puede ofrecerse humildemente, como un gesto de amistad. No se impone, se muestra. Se ofrece como una invitación a la libertad. Tiene como método propio el testimonio, y como criterio el amor y la misericordia. Busca en todas las circunstancias el bien integral de la persona y trata de cooperar lealmente con todos en el esfuerzo por el bien común. Estos métodos separan al cristianismo de las ideologías; con ellos puede el cristianismo ofrecer una auténtica novedad a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Así, anunciar a Cristo, testificar a Cristo, es su mejor y mayor servicio a los hombres. Anunciar a Cristo, ser testigos del Dios vivo, no es sacralizar ni dominar el mundo: es servirle y dar a Aquel, el que está en la custodia donde se guarda cuanto hay y queda de amor y de unidad, que es la Buena Noticia para los pobres, que nos hace hermanos, que trae el perdón y la reconciliación, el amor y la paz, basada en la verdad y la justicia. Así, después de 2000 años, la Iglesia se presenta con el mismo anuncio de siempre: Jesucristo, cuya fe está en las raíces más propias de nuestros pueblos de Europa, y más en concreto de Toledo, cuya historia tanto tiene que ver con la misma Europa. La fuente de la esperanza para Toledo, para España, para Europa, para el mundo entero, es Jesucristo. Ante el Santísimo Sacramento del Altar, hago mías las palabras del Papa dirigidas a Europa, y ahora las aplico también a Toledo, recordando aquellas otras palabras tan conmovedoras como empeñantes que el pasado año nos dirigió en la Plaza de Colón: "Con la autoridad que le viene de su Señor, la Iglesia repite a la Europa de hoy: Europa del tercer milenio, que 'no desfallezcan tus manos (So 3,16)" no cedas al desaliento, no te resignes a modos de pensar y vivir que no tienen futuro, porque no se basan en la sólida certeza de la Palabra de Dios (...) A lo largo de los siglos has recibido el tesoro de la fe cristiana. Ésta fundamenta tu vida social sobre los principios tomados del Evangelio y su impronta se percibe en el arte, la literatura, el pensamiento y la cultura de tus naciones. Pero esta herencia no pertenece solamente al pasado; es un proyecto para el porvenir que se ha de transmitir a las generaciones futuras, puesto que es el cuño de la vida de las personas y los pueblos que han forjado juntos el Continente europeo. ¡No temas! El Evangelio no está contra ti, sino en tu favor. Lo confirma el hecho de que la inspiración cristiana puede transformar la inteligencia política, cultural y económica en una convivencia en la cual todos los europeos se sientan en su propia casa y formen una familia de naciones, en la que otras regiones del mundo puedan inspirarse con provecho. ¡Ten confianza! En el Evangelio. Que es Jesús encontrarás la esperanza firme v duradera a la que aspiras. Es una esperanza fundada en la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. El ha querido que esta victoria sea para tu salvación y tu gozo. ¡Ten seguridad! ¡El Evangelio de la esperanza no defrauda! En las vicisitudes de tu historia de ayer y de hoy, es luz que ilumina y orienta tu camino, es fuerza que te sustenta en las pruebas; es profecía de un mundo nuevo; es indicación de un nuevo comienzo; es invitación a todos, creyentes o no, a trazar caminos siempre nuevos que desemboquen en la 'Europa del espíritu', para convertirla en una verdadera 'casa común' donde se viva con alegría" (Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, 120-21).
REFLEXIÓN A PROPOSITO DEL "CORPUS CHRISTI" Celebramos la fiesta del Corpus Christi; fiesta eucarística por antonomasia. En el misterio de la Eucaristía está la síntesis de la revelación, el culmen de la condescendencia con que la Santa e indivisible Trinidad se ha comunicado a los hombres. En la eucaristía, memorial del misterio pascual, se cumplen todas las esperanzas de la humanidad: Cristo es esta esperanza única para todos los pueblos y para todas las gentes, en todos los tiempos y lugares. Aquí está Cristo en persona, el mismo ayer, hoy y siempre; aquí se nos entrega a Cristo mismo en persona. Y, gracias a Cristo, podemos tener acceso a Dios y recibir la promesa de la herencia y de la vida eterna. Gracias a Cristo podemos obtener el perdón y la misericordia por nuestros pecados. Gracias a Cristo podemos gozar de una alianza eterna, que nada ni nadie podrá romper, y que nos garantiza la salvación definitiva. Gracias a Cristo podemos amarnos con el mismo amor con que El nos ha amado. Esto es posible por la Eucaristía, fuente verdadera de donde mana este amor y la posibilidad de este amor. Aquí se hace presente verdaderamente el amor sin medida con el que Dios ha amado y ama a los hombres en su Hijo y aquí nos llama a que nosotros hagamos lo mismo que El: amarnos hasta el extremo. Así, "si la Iglesia nace de la entrega de Cristo, que ama hasta dar la vida, sólo dando la vida se realiza la Iglesia y cada bautizado. La Eucaristía es, por eso, la forma de vivir que un cristiano y toda la Iglesia deben aceptar para sí. Vivir como cristianos es vivir eucarísticamente, haciendo de nuestra vida una ofrenda, un sacrificio agradable al Padre, como agradable fue el sacrificio de Cristo, en la entrega total, en la caridad sin reserva en favor de los hombres. Por eso la caridad es lo que constituye el principio vital de la Iglesia, Cuerpo del Señor. Por eso también nos recuerda san Pablo: "Si no tengo caridad, nada soy... Si no tengo caridad, nada me aprovecha" ( 1 Cor 13, 23). Como Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, Dios con nosotros, con su propio amor, amor de Dios humanado, la caridad cristiana nos llama a entregarnos a los pobres, los desgraciados, los miserables, los pecadores; nos lleva a compartir cuanto somos y tenemos con quienes lo reclaman desde cualquier necesidad; nos conduce a establecer unas relaciones humanas nuevas apoyadas en el amor de Dios y que es Dios; unas relaciones apoyadas en el respeto a la dignidad de cada ser humano ya la defensa del débil, del inocente y del indefenso. La caridad nos compromete a los cristianos a instaurar un mundo nuevo y reclama de nosotros que nos empeñemos auxiliados por la gracia divina, en las circunstancias actuales, en lograr algo cada vez más urgente y necesario: la unidad de todos, el esfuerzo común contra la pobreza y las pobrezas que atenazan y amenazan a nuestra sociedad, la unión sin fisuras entre todos para erradicar la terrible y cruel lacra de la violencia terrorista, que tan duramente ha castigado durante tanto tiempo y de tantas formas a nuestro pueblo, ya otros pueblos, segando vidas humanas. Los cristianos debemos centrarnos en la Eucaristía, hacer de ella la fuente y el culmen de la vida cristiana. Aspirar a la caridad, hacer de ella la norma de nuestra vida, vivir la caridad, llevar a cabo la instauración de un mundo nuevo que exige la caridad como la forma propia del vivir cristiano, está exigiendo que los cristianos vivamos profundamente el misterio de la Eucaristía. Sólo quien se alimenta de Cristo, caridad de Dios, amor de Dios hecho carne, puede entregar ese amor a los demás; sólo quien vive a Cristo, quien se une a El, puede entregarlo a los demás, y con El y como El ser el buen samaritano que se acerca al malherido y maltrecho para curarlo. Sólo quien participa en la Eucaristía, quien vive todo lo que significa y es el misterio eucarístico se capacita para hacer de su vida una entrega de sí mismo y de sus cosas a los demás, es decir, un darse real y enteramente a todos. No podemos olvidar aquellas palabras vibrantes de Juan Pablo II en Dos Hermanas en el acto de inauguración de las obras sociales del Congreso Eucarístico Internacional de Sevilla: "La Eucaristía es la gran escuela del amor fraterno. Quienes comparten frecuentemente el pan eucarístico no pueden ser insensibles ante las necesidades de los hermanos, sino que deben comprometerse en construir todos juntos la civilización el amor. La Eucaristía nos conduce a vivir como hermanos; sí, la Eucaristía nos reconcilia y nos une; no cesa de enseñar a los hombres el secreto de las relaciones comunitarias y la importancia de una moral fundada sobre el amor, la generosidad, el perdón la confianza en el prójimo, la gratitud, el respeto a la vida, la edificación de la paz. Si el pueblo cristiano, en España, se centra más y más en la Eucaristía, tened por seguro que se abrirá una aurora de paz y de respeto a la vida en nuestras tierras. Que Dios nos lo conceda por nuestra fe renovada en la Eucaristía y por la participación fructuosa y verdadera en ella" . Que el honor y el sano orgullo que supone para Toledo la fiesta del Corpus, suponga también en nuestras vidas la gracia y el don de vivir cuanto se significa en este sacramento de la Eucaristía, y ser abanderados en nuestra sociedad de la caridad profunda que de él brota en servicio de todos, sobre todo de los más pobres y últimos. Que la apuesta por parte de Dios en favor del hombre que entraña el sacrificio eucarístico, en cuanto es el mismo y único sacrificio de la cruz, nos lleve a apostarlo todo por el hombre, por la defensa de la dignidad inviolable de todo ser humano, y, de este modo, se establezca una sociedad cada día más en paz, reconciliada y capaz de convivir en ayuda y servicio mutuo. EL HOMBRE COMO PERSONA, FUNDAMENTO DE LOS DERECHOS HUMANOS En la base de todo el pensamiento del Papa Juan II sobre los derechos humanos, como se ha podido ver una vez más en sus palabras al nuevo Embajador de España ante la Santa Sede, se encuentra la verdad y la prioridad del hombre en cuanto persona y de la moral. Así él afirmará con toda claridad y rotundidez que "el hombre "no es una 'cosa' o un 'objeto' del cual servirse; sino que es siempre un 'sujeto', dotado de conciencia y de libertad, llamado a vivir responsablemente en la sociedad y en la historia, ordenado a valores espirituales y religiosos". Juan Pablo II, y esto es básico, afirmará con toda firmeza y nitidez que "entre todas las criaturas de la tierra sólo el hombre es 'persona', sujeto consciente y libre y, precisamente por eso, 'centro y vértice' de todo lo que existe sobre la tierra. La dignidad personal es el bien más precioso que el hombre posee, gracias al cual supera en valor todo el mundo material. . . No cuentan tanto los bienes de la tierra, cuanto el bien de la persona, el bien que es la persona misma" . Todavía dice más el Papa como fundamento de los derechos humanos inalienables e inviolables. "A causa de su dignidad personal, el ser humano es siempre un valor en sí mismo y por sí mismo y como tal exige ser considerado y tratado. Y al contrario, jamás puede ser tratado y considerado como un objeto utilizable, un instrumento, una cosa. La dignidad personal constituye el fundamento de la igualdad de todos los hombres entre sí. De aquí que sean absolutamente inaceptables las más variadas formas de discriminación que, por desgracia, continúan dividiendo y humillando la familia humana. . . Fundamento de la igualdad de todos los hombres, la dignidad personal es también el fundamento de la participación v la solidaridad de los hombres entre sí: el diálogo y la comunión radican, en última instancia, en lo que los hombres 'son', antes y mucho más que en lo que ellos 'tienen"'. "La dignidad personal, acabará diciendo el Papa, es propiedad indestructible de todo ser humano. Es fundamental captar todo el penetrante vigor de esta afirmación, que se basa en la unicidad y en la irrepetibilidad de cada persona. En consecuencia, el individuo nunca puede quedar reducido a todo aquello que lo querría aplastar y anular en el anonimato de la colectividad, de las instituciones, de las estructuras, del sistema. En su individualidad, la persona no es un número, no es un eslabón más de una cadena, ni un engranaje del sistema". Sólo podrá establecerse una justicia social, o lo que es lo mismo el derecho, sobre la base del respeto a la dignidad de la persona humana, a su sacralidad y trascendencia. El respeto de la persona humana implica el de los derechos que se derivan de su dignidad como hombre. "El respeto a la persona humana supone respetar este principio: 'Que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como otro yo, cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente". Esta es la verdad y la prioridad del hombre que defiende Juan Pablo II; verdad que, si cabe, hay que subrayarla todavía más hoy, en nuestro actual contexto cultural. Por ello el Papa, con ocasión del 30 aniversario de la Declaración Internacional de los Derechos humanos, se remitirá a esta fundamentación, como base y fuente de tales derechos humanos fundamentales e inviolables. A este propósito Juan Pablo II se pregunta y responde: "En el mundo, como lo encontramos hoy, ¿qué criterios podemos utilizar para ver que los derechos de todas las personas quedan protegidos?¿Qué bases podemos ofrecer como terreno sobre los que puedan prosperar los derechos sociales e individuales? Indiscutiblemente esta base es la dignidad de la persona humana. El Papa Juan XXIII lo explicaba en la Pacem in terris: 'En una convivencia ordenada y fecunda está puesto como fundamento el principio de que todo ser humano es persona. . .; y además es sujeto de derechos y deberes, que brotan inmediata y simultáneamente de la misma naturaleza: derechos y deberes que son, por ello, universales, inviolables, inalienables. Totalmente semejante es el preámbulo de la Declaración Universal misma cuando dice: 'el reconocimiento de la dignidad personal y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana constituye el fundamento de la libertad y de la paz en el mundo'. Es en esta dignidad de la persona donde los derechos humanos encuentran su fuente directa. Y es el respeto por esta dignidad lo que da origen a su efectiva protección. La persona humana, hasta cuando se equivoca, sea hombre o mujer, mantiene siempre una dignidad inscrita en su ser más propio, y jamás pierde su dignidad". El tener presente la verdad de la persona humana, su dignidad sagrada, es fundamental para una convivencia entre los hombres, imposible, por lo demás, sin un derecho establecido. Por eso mismo recuerda el Papa: "La historia contemporánea ha evidenciado de modo trágico el peligro que se deriva de olvidar la verdad de la persona humana. Están delante de nuestros ojos los frutos de las ideologías como el marxismo, el nazismo, el fascismo, y también de los mitos como la superioridad racial, el nacionalismo y el particularismo étnico. No menos perniciosos, aunque si no siempre tan evidentes, son los efectos del consumismo materialístico en el cual la exaltación del individuo y la satisfacción egocéntrica de las aspiraciones personales se convierten en el objeto último de la vida".
Uno de los principales problemas con que se enfrenta la sociedad actual es la posición que se mantiene ante la verdad. Nuestra sociedad parece que ha dejado de creer en la verdad y de buscarla con pasión; en su lugar, duda escépticamente de la verdad y de la posibilidad de acceder a ella; considera, de alguna forma, que la verdad sólo se puede vislumbrar como un bien inalcanzable en sí mismo y ampliamente fragmentado; el hombre que debería ser santuario de la verdad, ha pasado a ser destinatario y consumidor de un mercado de fragmentos de verdad. Más aún, en nuestro tiempo, "la razón misma, movida a indagar de forma unilateral sobre el hombre como sujeto, parece haber olvidado que éste está también llamado a orientarse hacia una verdad que lo trasciende" (Juan Pablo II). Verdad que no es otra que Dios mismo, de la que es inseparable la verdad del hombre y su realización. Así, en esta sociedad, domina la persuasión de que no hay verdad última, de que no existen verdades absolutas, de que toda verdad es contingente y revisable y de que toda certeza es síntoma de inmadurez y dogmatismo intolerante. De ahí puede deducirse que tampoco hay valores que merezcan adhesión incondicional y permanente. De esta suerte, las formas distintas de percibir la verdad por parte de los individuos y grupos sociales se hacen objeto de un cierto consenso, en el cual tiene categoría de criterio determinante la opinión socialmente más extendida y el valor funcional que la acredita. Individuos y grupos se ven obligados a renunciar a convicciones con pretensión de hallarse objetivamente fundadas, verdaderamente totalizadoras de la existencia, que aportarían sentido a la vida por su carácter integrador de todos los elementos personales y sociales. Se ven, en definitiva, obligados a orientarse sin esa referencia hacia una verdad última y universal que los trasciende. Este es el drama de nuestro tiempo. Ahora bien, sin esta referencia, cada uno queda a merced del arbitrio; y su condición de persona acaba por ser valorada con criterios pragmáticos basados esencialmente en el dato experimental, en el convencimiento erróneo de que todo debe ser dominado por la técnica. Sin esta referencia a la verdad última, la posibilidad de una verdad verdadera sobre el hombre y el mundo se debilita hasta el punto de que empieza a parecer que no hay tal verdad. Todo tiende a ser arbitrario, no hay realidades con entidad propia, todo tiende a decidirse según mi gusto y mi proyecto. Esto crea aparentemente la sensación de una imponente libertad, pero detrás de esa máscara, el hombre se hace esclavo de sus instintos más elementales y de los intereses del poder. El hombre se queda sólo, desvalido. La misma posibilidad de un comportamiento moral razonable, adecuado al ser del hombre y justo, se debilita y oscurece. Los valores tienden a convertirse en grandes palabras, en las que sólo creen los ingenuos, y que utilizan hábilmente los poderosos. Todo está permitido, excepto afirmar algo definitivo y con pretensiones de verdad sobre el ser del hombre, sobre el bien y el mal. Y en un mundo así gana el más fuerte, el débil existe gracias al poderoso: el hombre pierde. Habiéndose alcanzado, innegablemente, abundantes resultados positivos, notables progresos y muchos frutos en los diversos ámbitos del saber, "favoreciendo el desarrollo de la cultura y de la historia", no podemos dejar de reconocer con el Papa, porque esos son los hechos, que "en lugar de expresar mejor la tendencia hacia la verdad, la razón, bajo el peso de tanto saber, se ha doblegado sobre sí misma, haciéndose, día tras día, incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la verdad del ser" _ la verdad de Dios de la que es inseparable la verdad del hombre y del mundo, añadiría _. "Ello ha derivado en varias formas de agnosticismo y de relativismo, que han llevado la investigación filosófica a perderse en las arenas movedizas de un escepticismo general. . . La legítima pluralidad de posiciones ha dado paso a un pluralismo indiferenciado, basado en el convencimiento de que todas las posiciones son igualmente válidas. Este es uno de los síntomas más difundidos de la desconfianza en la verdad que es posible encontrar en el contexto actual". Todo este escepticismo, a mi entender, trae consecuencias graves para el sentido de la libertad y para el sentido mismo de la vida del hombre. Una libertad, en efecto, que no hace referencia o no tiene como referencia la verdad es una libertad falsa, destructiva para el hombre. La persona que rehúsa buscar la verdad o adherirse a ella termina siempre sometida a otros poderes. Una sociedad tolerante se asienta sobre la verdad que nos hace libres. Una sociedad que destruya o disminuya la libertad, asentada en la verdad que trasciende todo, va camino de la intolerancia. El poder, cada vez más anónimo, tiende a controlarlo todo. Lo que enerva, lo que lleva a la intolerancia y a la exclusión, es que el hombre pueda y quiera ser fiel a una verdad que trascienda y sea más grande que el poder, o que pueda darse una pretensión de una verdad sobre el hombre que no dependa del poder ni pueda ser manipulada por él. Este es el clima cultural y filosófico que vivimos. Un clima cultural, como vemos y en resumen, en el que se ha llevado hasta sus últimas consecuencias la separación entre la fe y la razón, un clima cultural que niega la capacidad de la razón humana para conocer la verdad, y reduce la racionalidad a ser simplemente instrumental, utilitarística, funcional, calculadora o sociológica. De este modo la filosofía pierde su dimensión metafísica y el modelo de las ciencias empíricas viene a ser el parámetro y el criterio de la racionalidad. Las consecuencias son: por una parte, la razón científica ya no constituye más un adversario para la fe, porque (esa razón científica) renuncia a interesarse por las verdades últimas y definitivas de la existencia, limitando su horizonte a conocimientos parciales y experimentables. De esta manera se expulsa del ámbito racional todo aquello que no está comprendido en la capacidad de control de la razón científica, y además así se abre objetivamente el camino a una nueva forma de fideísmo. Si el único tipo de 'razón' es la razón científica, la fe queda despojada de cualquier forma de racionalidad y de inteligibilidad, y queda destinada a huir en el simbolismo no definible o en el sentimiento irracional. Por otra parte, la renuncia de la razón a la reivindicación al conocimiento de la verdad entraña también una opción filosófica y supone una relación concreta entre filosofía y teología. El retirarse por parte de la razón de la cuestión de la verdad significa ceder a una cultura filosófica que excluye la metafísica a causa de la absolutización del paradigma de la razón científica o histórica. La consecuencia de esta capitulación es solo aparentemente inocua para la fe, que es empujada dentro de un círculo cerrado en sí mismo, relegado a la subjetividad, a la privatización intimística, y así deja de estar ya en condiciones de comunicarse a los otros o de hacerse valer en el plano de la cultural y racional. Por otra parte, si la razón se encuentra en una situación débil, de ahí se deriva una visión cultural del hombre y del mundo de tipo relativista o pragmático donde todo es reducido a opinión, o donde se conforman con verdades parciales y provisionales.
La mayoría de los grupos parlamentarios han instado al Gobierno, mediante una proposición no de ley, a que acelerase la aprobación del mal llamado "matrimonio" de personas del mismo sexo. El propio Gobierno, a través de su Ministro de Justicia, ya ha prometido que antes del próximo enero dicha aprobación será una realidad. Dada la gravedad de lo que esto supone, he considerado imprescindible, en mi responsabilidad de Obispo, ofrecer esta declaración dirigida a favorecer la reflexión ciudadana e iluminar la conciencia cristiana sobre este tema. Nunca, en toda la historia de nuestro país, ni en toda la historia humana de ninguno de los países, se había producido nada semejante ni tan grave: llamar y considerar "matrimonio" a estas uniones. El matrimonio es única y exclusivamente la unión con vínculo indisoluble entre un hombre y una mujer, libremente contraído y públicamente afirmado, cuya misión específica es desarrollar una auténtica comunidad de personas, transmitir la vida y garantizar la educación y la trasmisión de valores culturales, éticos, sociales, espirituales y religiosos. La unión entre personas del mismo sexo no ha sido nunca, ni es, ni puede ser matrimonio. Será otra cosa, pero nunca matrimonio. Admitir estas uniones como matrimonio supone no sólo una perversión del lenguaje, sino también, y sobre todo, una perversión de la verdad de las cosas, y una destrucción, en consecuencia de la verdad de lo que es el matrimonio en su realidad más propia. Se lleva a cabo con esta disposición un grave daño al hombre ya la sociedad, que se sustentan en la verdad del matrimonio. Las palabras del Papa al nuevo Embajador ante la Santa Sede, arrojan una gran luz ante esta situación. Total e inmediato contraste entre sus palabras y lo que se ha decidido. Dijo el Papa: "Es conveniente poner de manifiesto la incoherencia de ciertas tendencias de nuestro tiempo que, mientras por un lado magnifican el bienestar de las personas, por otro cercenan de raíz su dignidad y sus derechos más fundamentales, como ocurre o se instrumentaliza el derecho fundamental a la vida... Algo similar sucede en ocasiones con la familia, núcleo central y fundamental de toda sociedad, ámbito inigualable de solidaridad y escuela de convivencia pacífica, que merece la máxima tutela y ayuda para cumplir sus cometidos. Sus derechos son primarios respecto a cuerpos sociales más amplios. Entre tales derechos no se ha de olvidar el de nacer y crecer en un hogar estable, donde las palabras padre y madre puedan decirse con gozo y sin engaño. Así se prepara también a los más pequeños a abrirse confiadamente a la vida ya la sociedad, que se beneficiará en su conjunto si no cede a ciertas voces que parecen confundir el matrimonio con otras formas de unión del todo diversas, cuando no contrarias al mismo, o que parecen considerar a los hijos como meros objetos para la propia satisfacción" (Juan Pablo II) . Se pueden decir tal vez más cosas, pero no mejor ni más precisas para la cuestión que nos ocupa. No tiene ningún sentido esta Ley que se pide y promete, tampoco hay necesidad alguna para esta nueva legislación, a no ser que lo que se pretenda con ella sea introducir en nuestra sociedad un nuevo marco de valores y referencias con respecto a la persona, la sexualidad, el matrimonio y la familia, con graves consecuencias en el ámbito personal, familiar y social. Lo que se hace en esta iniciativa es atentar, por un lado, al bien común, que prescribe el cuidado de los más necesitados y débiles -los niños- y, por otro, a la libertad de muchas personas a las que se quiere imponer una minoritaria y errónea visión del ser humano y de las relaciones interpersonales. Esta agresión al bien común y a la libertad de las personas es de tal profundidad que su aceptación por parte de la sociedad significaría un verdadero suicidio social. No se puede dejar de tener en cuenta que el matrimonio, expresión de la libertad de los varones y de las mujeres, para entregarse de forma fiel, exclusiva y definitiva, de modo públicamente reconocido, con la apertura a la vida y con el compromiso de educar a los hijos, a lo largo de la historia multisecular, ha sido y es uno de los factores de mayor progreso social de nuestro pueblo. Gracias a la entrega generosa y fiel de nuestros padres, abuelos y demás antepasados, las sucesivas generaciones hemos podido disfrutar de una estabilidad educativa y de una formación de la personalidad que se ha traducido en un éxito de los procesos de desarrollo y crecimiento humano de tantas personas que hoy en nuestra sociedad han podido alcanzar la madurez personal y una auténtica capacidad de servicio. Desconocer, por ello, la bondad del matrimonio -el único verdadero- haciéndolo igual a otras formas de convivencia es un acto de manifiesta ingratitud y de injusticia hacia el bien social suministrado por tantos matrimonios. Así, por la naturaleza misma de las cosas, esta iniciativa, de aprobarse, produciría en consecuencia una injusticia con la familia y con el matrimonio, que aquí se ven efectivamente "mal-tratados". El derecho al matrimonio -siempre entre un hombre y una mujer- comparte la misma génesis que todos los derechos humanos que verdaderamente lo son: es un acto de la genuina libertad de las mujeres y los varones que debe ser reconocido por el poder político justo. Pero el poder político ni lo crea ni lo destruye. Sólo lo reconoce, y al reconocerlo lo potencia y hace más fácil y ventajoso el disfrute de ese derecho. Cuando se buscan equiparar al verdadero matrimonio, esto es, reconocer como análogas o idénticas al matrimonio las uniones del mismo sexo, están contraviniendo gravemente la génesis de los derechos: es una agresión al fundamento de todos los derechos. Para que una unión entre personas del mismo sexo pueda ser considerada análoga al matrimonio hace falta algo totalmente diferente al reconocimiento de un derecho la creación artificial de derechos por parte del Estado. Y si un Estado artificialmente puede crear derechos, también los puede destruir. Lo cual, a nadie se le oculta, es un gravísimo riesgo para el hombre y la sociedad. La promoción artificiosa de semejantes modelos jurídico institucionales tiende cada vez más a disolver el derecho originario de la familia a ser reconocida plenamente como un sujeto social. Paradójicamente, lo que se consigue con las medidas legislativas propuestas es discriminar el verdadero matrimonio, al tender a equipararlo con uniones que no poseen las notas esenciales del matrimonio. El Proyecto discrimina y pone en peligro la protección al matrimonio y a la familia, constitucionalmente reconocida en España, porque discriminatorio es tratar de forma igual a desiguales. Valorar de forma distinta a realidades diferentes es lo justo por cuanto la justicia es dar a cada uno lo suyo. Tratar como iguales realidades desiguales, por el contrario, es una injusticia. Otorgar, por lo demás, a las uniones homosexuales lo que es propio del matrimonio es una injusticia, ya que no pueden aportar estas uniones lo que éste aporta, entre otras cosas, el ámbito idóneo para la sustitución generacional. La adopción de niños por parte de estas parejas no respeta el principio del "bien superior del niño" y conduce a un vacío antropológico . X Antonio Cañizares Llovera Arzobispo de ToledoPrimado de España
REFLEXIONES SOBRE LA EDUCACION PARA EL SIGLO XXI (I) En el panorama educativo que estamos viviendo, nos hallamos de nuevo, una vez más, inmersos prácticamente en otro gran debate sobre la enseñanza. En este marco he creído oportuno hacer algunas reflexiones sobre esta temática, tan crucial para el futuro de nuestra sociedad. Ciertamente en España, desde el inicio de la democracia, la realidad educativa se ha transformado de manera sustancial. A estas alturas podemos congratularnos de que el derecho a la educación, reconocido y garantizado por la Constitución, ha dejado de ser una aspiración para convertirse en una realidad implantada, o si queremos, ha dejado de ser un derecho al que se aspira, para convertirse en un derecho efectivamente ejercido. Hoy podemos hablar de que la enseñanza se ha extendido de forma universal al periodo entre los 3 a los 16 años, y que son muy elevadas las tasas de escolarización de la enseñanza no obligatoria. No podemos dejar de reconocer, y en consecuencia congratularnos, que la enseñanza gratuita, con carácter general se extiende a la casi totalidad de los niños de la enseñanza obligatoria; salvo aquellos casos no suficientemente resueltos de quienes optan por un determinado tipo de enseñanza que no entra dentro de los conciertos vigentes. También es preciso reconocer, aunque todavía las consideremos insuficientes, las inversiones educativas en los presupuestos de la Administración pública. Sería necio negar los hechos tan favorables que podemos señalar en este terreno. Ahora bien, creo que, a parte de otros problemas y asuntos relacionados con la enseñanza, hay retos y asuntos pendientes fundamentales a los que es preciso dar respuesta. Pienso que estaremos de acuerdo -así aparece en el debate público- en señalar, como reto muy principal, la mejora de la calidad de enseñanza; aunque a la hora de definir qué se entiende por calidad no exista ya el mismo acuerdo: depende en gran medida de la concepción educativa y de la antropología que la sustente. Por eso el tejer y destejer en España en normativa educativa. Personalmente me atrevo a pensar que el reto primero y principal es la orientación que demanda la enseñanza. A partir de ahí se debe mirar, fijar, y evaluar dicha calidad. A mi entender, cuando se ve como el verdadero y principal reto que tenemos, en España, en lo que respecta a la educación es la mejora de la calidad, o cuando se habla de que la educación en la escuela más que enseñar a emprender, ha de enseñar a pensar y que se ha de poner en el centro de la misma a la persona, se esta diciendo, de una manera u otra, que es necesario revisar y reformar el actual sistema educativo que no resulta adecuado. Seamos sinceros y humildes y reconozcamos que los actuales sistemas educativos -no hablo ahora sólo de España, aunque es normal que me refiera principalmente a ella- han fracasado, no responden. El fracaso ha venido, según mi parecer, que puede no ser acertado, no tanto por las aspectos organizativos y estructurales, en los que sin duda también caben mejoramientos importantes, cuanto por los objetivos, metas y contenidos de la enseñanza: por la concepción educativa y por la antropología que la sustenta, por la visión del hombre que se tiene y por la concepción de educación y escuela al servicio de ésta. En concreto, el sistema educativo español, actualmente vigente porque se ha paralizado una respuesta prometedora en el campo de la enseñanza, hunde sus raíces en el constructivismo; éste es el sistema pedagógico que prevalece hoy en el ámbito educativo. Esta filosofía -tras la cual se encierra también una visión política- se basa en que el alumno debe construir su propio conocimiento y dotar de los significados a la realidad. En el fondo no se le pueden transmitir certezas a los niños: son ellos los que han de descubrirlas y decidir si son tales a través del aprendizaje; no es relevante que descubra quién es él. Nunca se ha transmitido tanta inseguridad al niño, porque lo que le educa de verdad y le da consistencia a su vida y a su personalidad es crecer en las certezas y en el descubrimiento de quién es él, como lo más decisivo para la persona. En este sistema los conceptos de democracia y de igualdad de oportunidades son introducidos ficticia, pero no ingenuamente, en las relaciones educativas del niño. Y su peligro radica en que obligan a los niños a negar, en la realidad, diferencias evidentes e importantes, por ser políticamente incorrectas dotados-no dotados, niños-adultos, docentes-alumnos. Esta censura de los hechos hace un daño irreparable a la educación, ya que el terreno personal y social pierde protagonismo en función del Estado, y su progresivo dominio. A menudo, no sin arrogancia, el Estado en el fondo se propone como el único factor capaz de educar. Los padres y profesores -responsables directos de los chicos- retroceden en su tarea específica ante un poder estatal que pretende uniformar los criterios educativos como si todos fuéramos iguales niños, jóvenes, adultos, estudiantes, trabajadores, grupos y etnias. Todos somos igualmente carentes de un rostro en el que los niños puedan reconocer a alguien que les educa y les ayuda a saber quiénes son. En último término, nadie se atreve a educar, sólo el Estado que marca y establece los objetivos. En la filosofía que subyace al sistema educativo español vigente en vías de una nueva revisión y que se basa en que el alumno debe construir su propio conocimiento, "adquiridos los datos de la realidad -la cual es sólo una excusa-, el alumno realiza el aprendizaje como tal. Por ejemplo, el alumno decide qué, cómo, y cuándo quiere aprender; este axioma está bastante extendido en Educación Infantil. Si esto no es tratar al niño como adulto y obligarle a tomar decisiones cuyas consecuencias no puede prever, ¿qué es? Si partimos de que todo es relativo y de que, culturalmente, no podemos tener certezas, el niño puede ser provocado a reinventar la ciencia sin que a nadie extrañe. Si en este intento nos dejamos por el camino parte del legado cultural, o si la asunción que de él hacemos es falsa, pocos serán los que levanten la voz para pedir justicia. A menudo éstos se ven silenciados por el Estado, cuyo único interés es que la educación perpetúe los principios que se establecen para todos" (María del Carmen Carrón). Se necesita educar. Padres y maestros, profesores, no pueden abdicar de la misión y responsabilidad que les corresponde en la educación de las nuevas generaciones. Para ello es preciso contar con criterios y fines. Por ello, con todo respeto a convicciones ajenas, en libertad, me atrevo, no sin temor, a ofrecer algunas reflexiones, según entiendo las cosas, que tratan precisamente de responder a la provocación que supone educar verdaderamente en el momento actual. Es lo que voy a intentar, en libertad, ofrecer en una serie de artículos. X Antonio Cañizares LloveraArzobispo de ToledoPrimado de España
REFLEXIONES SOBRE LA EDUCACIÓN PARA EL SIGLO XXI (II) Al ofrecer estas reflexiones sobre la educación para el presente siglo, tengo en cuenta el contexto en el que debemos educar. Desde hace unos decenios, estamos asistiendo, en España, a una profunda transformación en la manera de pensar, de sentir y de actuar: se ha producido y se pretende consolidar una verdadera "revolución cultural" , que se asienta en una manera de entender al hombre y al mundo, así como su realización y desarrollo, en la que Dios no cuenta, por tanto, al margen de El, independiente de El. Este silencio u olvido de Dios es el acontecimiento fundamental de estos tiempos de indigencia en Occidente. No hay otro que pueda comparársele en radicalidad y en lo vasto de sus consecuencias para el hombre. Ni siquiera la pérdida del sentido moral con ser tan grave, y que es una de sus consecuencias. Un exponente muy significativo y decisivo de este cambio de mentalidad que se iba a operar entre nosotros fué la Alternativa para la Enseñanza del Colegio de Licenciados y Doctores de 1976. " Ahí se encuentra el pensamiento que ha sostenido y animado la mencionada 'revolución cultural' en España. La Alternativa, en efecto, proyectaba una enseñanza que fuese capaz de conformar una sociedad homogénea, igualitaria, coherente, en la que impera la 'voluntad general': sólo podría lograr este objetivo la escuela pública en la que se impartiese únicamente el saber científico, el único valedero para todos; por consiguiente, las creencias religiosas de grupos confesantes particulares no representaban, para la Alternativa, el saber que había de transmitir como socialmente relevante en la escuela pública" ( A. Palenzuela). Por otra parte no podemos dejar de tener en cuenta la grave quiebra de humanidad que padece nuestra sociedad, cuyo exponente es la gran crisis moral y educativa que atraviesa. Ahí se percibe la necesidad apremiante y primerísima de que se ofrezca" a las nuevas generaciones un horizonte moral, una formación con principios y valores y fines que permitan al hombre existir en el mundo no sólo como consumidor y trabajador..., sino como persona, capaz y necesitada de algo que otorgue a su existir dignidad junto a lo que la sociedad, la economía y la historia vayan ofreciéndole sucesivamente... El más grave problema de España hoy son las instituciones educativas entre la escuela infantil y la universidad. En ellas los individuos despiertan a la vida personal y se les debe ofrecer no sólo saberes para una afirmación profesional sino orientación para existir como personas. Es la hora de educar y no sólo de transmitir técnicas, destrezas o estadísticas. Pero hoy nadie se atreve a educar; no hay un horizonte nacional de valores comunes, ni una concordia mínima sobre lo que dignifica al hombre y al español más allá de los estrictos enunciados generalísimos de la Constitución. Los maestros de antaño han sido obligados a comprenderse como profesores de un área precisa y éstos como trabajadores de la enseñanza. La figura del educador no existe, porque ha desaparecido también la figura personal del educando, reducido a aprendiz de saberes positivos, de contenidos objetivables y de técnicas que lo preparan para una profesión de futuro. Al no haber un mínimo de proyecto de humanidad compartido, no hay una propuesta común de valores e ideales para los centros. Todo el que lo intenta cae bajo la sospecha de proselitismo político o de dogmatismo religioso. Ya nadie en tales condiciones se atiene a comprenderse como formador, prefiere recluirse y reducirse a técnico de un saber. Éste es el final de los educadores como proyecto moral... La desilusión generalizada de los profesores de secundaria es el síntoma más grave de la crisis moral de España" (Olegario González de Cardedal). También habrán de tenerse en cuenta las posiciones y soluciones tan encontradas que se dan entre nosotros. respecto a la política educativa. Esta confrontación se ha puesto de manifiesto con toda su fuerza en la suspensión de aplicación de la LOCE. Se trata de una cuestión político-ideológico de primer rango, que con mucho ha sobrepasado otras cuestiones importantes como el problema de la vivienda, la lucha contra el paro o la política europea. ¿Qué es lo que sucede para que estemos cambiando constantemente de leyes orgánicas de educación según sea el grupo político que detente el poder? Las razones, profundas y complejas, habrá que buscarlas en las características de la sociedad actual y en la propia historia de España. Es muy ilustrativo que, en los lustros de democracia, no se haya llegado aún -y parece que no va a ser fácil o real en los próximos años- a un consenso en materia educativa. Todos recordamos lo difícil que fue la redacción del artículo 27 de la Constitución; las posiciones enfrentadas de entonces siguen, los modelos educativos en juego permanecen, las dos concepciones antropológicas en liza parecen irreconciliables. La respuesta a quién le corresponde educar, al Estado o a los padres, no halla acuerdo. Quienes mantienen como básico el principio de igualdad en la educación o el de personalización, o quienes defienden una educación centrada en la persona al servicio de su realización propia en todo lo que significa o quienes la centran en la enseñanza igual para todos y apuntan a la sociedad como fin de la educación, no llegan a entenderse. Los problemas que se suscitaron respecto a la enseñanza con la Alternativa para la Enseñanza del Colegio de Licenciados y Doctores de Madrid llegaron al debate constitucional y siguen en pie. Es curioso constatar que si fue posible que partidos republicanos votaran favorablemente una Constitución monárquica, si partidos comunistas aceptaron el capitalismo y el libre mercado, si vimos cómo los herederos de una dictadura abrazaron las ideas democráticas, hubo una cuestión sobre la que, en verdad, no fue posible el acuerdo: la educación. Ante la necesidad de cerrar el periodo constituyente, se alcanzó un compromiso, débil compromiso, que, expresado en el artículo 27, fue solución válida en el ayer pero que ha llegado a ser fuente de nuestros posteriores problemas. Sin llegar a aclararse en los principios fundamentales y sin alcanzar acuerdos básicos en esos mismos principios se han aprobado leyes, se han llevado a cabo reformas; pero el problema educativo sigue con todo su fragor. No sólo se ha diseñado una nueva estructura en el Sistema Educativo, sino que se han puesto las bases para que las generaciones futuras reciban en los centros escolares una educación con arreglo a unos patrones que se alejan en gran medida de los presupuestos de una antropología basada en el tipo de humanismo que ha formado la identidad europea y española en los últimos dos mil años. Esta afirmación, que podría calificarse como extrema, está, sin embargo, avalada no sólo por la práctica diaria de muchos educadores y de padres, sino por las propias declaraciones de los que dictaron las leyes, quienes, en coherencia con sus principios, no ocultaron que querían un profundo cambio en los fundamentos ideológicos de los españoles. Estamos, como vengo señalando, en lo que ya destacaba la mencionada Alternativa del Colegio de Licenciados con la defensa de la "escuela única, pública, y laica". Detrás de esas palabras está toda una concepción filosófica, una visión antropológica, un proyecto de sociedad, una política, un modelo educativo que habrá de tenerse en cuenta a la hora de afrontar la educación para este siglo que hace tan sólo cuatro años que comenzamos.
X Antonio Cañizares LloveraArzobispo de ToledoPrimado de España
REFLEXIONES SOBRE LA EDUCACIÓN PARA EL SIGLO XXI (III)
La escuela del siglo XXI ha de educar, por encima de todo
La escuela del siglo XXI ha de atenerse con escrupuloso respeto a lo que esta institución de la sociedad entraña, y contribuir con todas las posibilidades a su alcance al logro de sus fines y a las obligaciones que ésta tiene para con la misma sociedad, más aún para con los hombres de esa sociedad a la que pertenece. Ha de empeñarse en un proyecto educativo que busque sinceramente el bien del hombre y de la sociedad protegiendo la libertad contra toda coacción niveladora en los primeros pasos de la vida del hombre. Sencillamente se ha de poner al servicio de un proyecto educativo que persiga el ayudar a los alumnos a aprender a ser hombre, el educar la persona de manera que se realice en la verdad y en el amor: Ha de ser, ante todo, educador de la persona humana. La escuela en la situación actual no puede renunciar a su condición de ser un lugar señalado para la formación integral del hombre, mediante la asimilación sistemática y crítica del universo cultural: hechos, saberes, valores, sentido de la vida humana, posibilidades éticas, formas de interpretación creadora de la realidad, esperanzas, capacidades de autoidentificación, de discernimiento, de distanciamiento crítico respecto a lo dado y establecido. Y esto dentro de una sociedad en la que más que productos necesitamos fuerzas de lo interior, libertad creadora, impulsos esperanzados hacia el futuro, confianza para obrar y, sobre todo, para ser. El objetivo irrenunciable de la institución escolar -formar el hombre desde dentro, liberarlo de todo lo que le impide vivir plenamente como persona-, lleva consigo su efectiva referencia a una determinada visión del hombre y a su sentido último, para afirmarlo, negarlo o prescindir de él. En este orden de cosas, es preciso reconocer el valor humanizador de lo religioso para una existencia humana que quiera abrirse a la realidad total del mundo y no cegar ninguna de las expectativas del espíritu humano. La Escuela del siglo XXI ha de asumir con toda decisión las dimensiones propias del proceso formativo, es decir: las tareas de instrucción, formación y educación, propias de la escuela, y responder con estas tareas a las preguntas por: a) qué son las cosas que son y cómo funcionan y, así, situar al educando ante la realidad objetiva, ante la verdad del mundo objetivo, en el que ha de vivir y ante el que ha de situarse; b) cuáles son los valores, creencias, hechos históricos, normas de comportamiento..., que, legados de una tradición, configuran la vida de un pueblo, en el que el educando ha de situarse y realizar su existencia junto con los otros; y c) qué sentido tiene todo, la totalidad de lo real, mi vida personal, cuál es mi origen y mi destino, qué sentido tiene la vida y la muerte, y así poder realizarme como uno mismo con mi identidad propia, original e intransferible. Sólo cuando se responde a este triple plano de preguntas con las tres tareas asignadas a la escuela, podemos decir que la escuela está cumpliendo su cometido. La educación centrada en la persona y en orden a la realización de la persona es la clave de cara al futuro en la educación del siglo XXI. Hace unos años leía en la tercera de ABC un artículo, con la lucidez y la humildad-honestidad intelectual que siempre le caracteriza, de D. Julián Marías, en el que, entre cosas, decía: "El mundo actual, sobre todo en Europa, en grado algo menor en América -...- ha experimentado un cambio que no se suele percibir. Ese mundo ha dependido de una idea capital, que ha mantenido su continuidad: la de la persona. Hace cosa de treinta años tuve una violenta sorpresa: en la mayoría de las enciclopedias recientes no se encuentra el artículo 'amor' ; tampoco el de 'felicidad' o el de 'vida', salvo la biológica. Estas enciclopedias no hablan más que de 'cosas', y estas palabras no nombran cosas, sino realidades personales. El mundo actual está casi reducido a cosas, el hombre de nuestro tiempo sepultado en ellas. ¿Es esto soportable? Más aún, ¿es posible? Tal vez el hombre no se resigna a dimitir de su condición personal. Cuando está a punto de hacerlo, en virtud de solicitaciones que le halagan o lo amenazan, siente un punto de alarma. Es muy posible que la dimensión religiosa sea la única que mantenga vivo para la mayoría de los hombres la conciencia de que no es una mera cosa, ni siquiera un organismo, sino esa realidad paradójica, difícil de comprender y sin embargo patente, manifiesta, lo único verdaderamente inteligible. En esa tradición religiosa el hombre encuentra restos -sólo restos, vacilantes y venidos a menos- de la idea que lo había acompañado durante milenios, que le había permitido trascender lo animal, lo cósmico, las vicisitudes de la historia, los desastres, las situaciones desesperadas o insoportables... En algunos momentos, en circunstancias particularmente difíciles, el hombre vuelve los ojos, con confianza y escepticismo, a algunos fragmentos de una vieja creencia que sobrenada en las aguas agitadas y confusas -sobre todo confusas- en que se debate" (Julián Marías). Esto es clave para la educación. Y por ello, con honestidad y respeto exquisito a la libertad, habría que introducir también la religión en el conjunto de la educación de la persona, a la que debe servir la institución escolar. De otra suerte corremos el riesgo de seguir reduciendo al hombre a cosas, con todas las consecuencias que conlleva, desgraciadamente patentes, de despersonalización y de apagamiento de la libertad en la verdad. Decir esto en estos momentos de profunda secularización en relación con la enseñanza resulta totalmente obsoleto, no se lleva. Sin embargo ahí tenemos un vector fundamental e imprescindible para el futuro de la escuela en este siglo XXI, porque sencillamente se trata del futuro del hombre, o más aún de lo que está más arraigado en el corazón del hombre, en ocasiones incluso sin saberlo. Hay en este campo mucho todavía por conseguir: una educación escolar religiosa, que, fiel a la fe, libere al hombre, contribuya a la unificación y realización de la persona y posibilite, en consecuencia, la construcción de una nueva sociedad centrada en la persona humana. Se trata de apostar por un proyecto educativo que busque sinceramente el bien del hombre y de la sociedad protegiendo la libertad contra toda coacción niveladora en los primeros pasos de la vida del hombre. Así, la escuela del siglo XXI ha de poder ofrecer a los niños y adolescentes los elementos del suelo nutricio de su cultura, profundamente conformada por creencias, costumbres, valores, ritos y modelos de vida cristianos; y ha de poder ofrecerlos, como creyente, en toda su verdad y realidad, es decir, mediante una presentación creyente de los mismos.
X Antonio Cañizares LloveraArzobispo de ToledoPrimado de España
REFLEXIONES SOBRE LA EDUCACIÓN PARA EL SIGLO XXI (IV)
La escuela del futuro, para educar, habrá de ayudar al alumno a descubrir quién es él, cuál es su verdad y su sentido En cumplimiento de su deber y por fidelidad a su propia naturaleza, la escuela tendrá muy en cuenta que, para cumplir con su misión, ha de ayudar a niños, adolescentes y jóvenes a que se encuentren a sí mismos y puedan lograr la “identidad” de su personalidad mediante una adecuada orientación a un significado último y total de sus vidas: ha de ayudar a formar y liberar la personalidad de niños, adolescentes y jóvenes en una dirección; es decir, ha de ayudar a los educandos a que hallen un sentido último a sus vidas y las orienten conforme a él en libertad. Es este un aspecto fundamentalísimo y una aportación clave, me atrevo a decir que imprescindible, de la escuela: el dar respuesta a las preguntas de fondo que caracterizan el recorrido de la existencia humana: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo y a dónde voy? ¿Por qué existe el mal? ¿Qué hay después de esta vida?... Son preguntas que tienen su origen común en la necesidad de sentido que siempre acucia el corazón del hombre: de la respuesta que se dé a tales preguntas, en efecto, depende la orientación que se dé a la existencia. El hombre tiene necesidad de una base sobre la que construir la existencia personal y social: Aquí está el quicio de la educación; y aquí está el núcleo de la enseñanza ahora y en el futuro. Esta exigencia profunda e insoslayable del corazón humano a la que ha de dar cumplida respuesta la educación, se siente todavía más, o de una manera más fuerte o notable hoy, cuando el hombre de nuestro tiempo se ve obligado a constatar el carácter parcial de propuestas que elevan lo efímero a rango de valor, creando ilusiones sobre la posibilidad de alcanzar el verdadero sentido de la existencia. Como se puede comprobar en la sociedad actual, tal situación conduce a que muchos lleven una vida casi hasta el límite de la ruina, sin saber lo que les espera: reflejo, precisamente, de la ausencia de una auténtica educación o de carencias fundamentales en ella. No es descubrir nada nuevo, ni condenar a nadie, sino constatar simplemente los hechos, el afirmar que la escuela y el sistema educativo vigente, fiel reflejo de una cultura dominante en nuestros días, presenta una visión unilateral del hombre y parece haber olvidado que este está también llamado a orientarse hacia una verdad que lo trascienda. Se piensa que esto ha de quedar relegado a la esfera de lo privado, que es una cuestión meramente privada. Las consecuencias prácticas de esto quedan en evidencia: acaba comprometiendo el futuro del hombre; “su condición de persona acaba por ser valorada con criterios pragmáticos basados esencialmente en el dato experimental, en el convencimiento erróneo de que todo debe ser dominado por la técnica” (Juan Pablo II). Se va extendiendo, o incluso imponiendo, una mentalidad positivista que no sólo se aleja de cualquier referencia a la visión cristiana del mundo, sino que, y principalmente, olvida toda relación con la visión metafísica y moral. Sin la referencia ética, y con la conciencia de las potencialidades inherentes al progreso técnico, parece que haya que ceder a la tentación de un poder demiúrgico sobre la naturaleza y sobre el ser humano mismo, y aceptar sin más una mentalidad cientifista que lleva a que "muchos acepten la idea según la cual lo que es técnicamente realizable llega a ser por ello moralmente admisible" (Juan Pablo II). El pragmatismo que surge de esta mentalidad y que fácilmente se cuela e instala en la escuela de nuestros días invita a no asumir personalmente las grandes decisiones. Se transfiere a instancias institucionales la tarea de dotar de sentido a la propia existencia, como si la democracia pudiera sustituir a la conciencia: el que un determinado comportamiento se pueda admitir se decide en último término con el voto de la mayoría parlamentaria. Como simétrico acompañante se extenderá un nihi1ismo de lo cotidiano, para el que la existencia es sólo una oportunidad para sensaciones y experiencias en las que tiene la primacía lo efímero. Resultado: lo que alimentará esa difundida mentalidad según la cual no se debe asumir ningún compromiso definitivo. Tan curiosa huída se ve facilitada por una cultura, la nuestra, asimilada por la escuela, en la que la fragmentariedad del saber que le es inherente se vea acompañada por la incoherencia en el querer. El resultado será que esa barahúnda de datos y de hechos entre los que se vive y que parecen formar la trama misma de la existencia, llevará a muchos a cuestionarse si todavía tiene sentido plantearse la cuesti6n del sentido. No nos encontramos ante un asunto teórico, ni ante una cuestión privada y particular de la que no debería hacerse eco la escuela, como si la cuestión del sentido no tuviese nada que ver con la vida de la sociedad, o como si fuese un asunto que no importa para el hacerse hombre o para su comportamiento ético. La "crisis del sentido" es uno de los elementos más importantes de nuestra condición actual; esta "crisis" afecta de lleno a nuestra escuela. Hoy la escuela se desenvuelve dentro de una cultura y una sociedad determinadas y, en virtud de una pretendida neutralidad, las reproduce: en esta cultura y sociedad "los puntos de vista, a menudo de carácter científico, sobre la vida y el mundo se han multiplicado de tal forma que podemos constatar cómo se produce la fragmentariedad del saber. Precisamente esto hace difícil y a menudo vana la búsqueda de un sentido... La pluralidad de las teorías que se disputan la respuesta, o los diversos modos de ver y de interpretar el mundo y la vida del hombre, no hacen más que agudizar esta duda radical, que fácilmente desemboca en un estado de escepticismo y de indiferencia o en las diversas manifestaciones del nihilismo" (Juan Pablo II). La escuela no puede ignorar esto, ni permanecer neutral ante ello. No puede resignarse, por ser contrario al hombre, a que los alumnos estén sujetos a "una forma de pensamiento ambiguo", que los lleve a encerrarse en sí mismos, "dentro de los límites de su propia inmanencia, sin ninguna referencia a lo trascendente. Una escuela que no ofreciese respuesta a esta pregunta radical y fundamental del ser humano por el sentido de la existencia humana, "incurriría en el grave peligro de degradar la razón a funciones instrumentales, sin ninguna pasión por la búsqueda de la verdad" (Juan Pablo II). Por lo demás, "una escuela ‘neutra’ educa, en realidad, a nidos y adolescentes según determinado modelo de hombre, e1 conformado totalmente por las ciencias positivas y la técnica -(razón instrumental)-. A pesar de la mejor voluntad de quienes la sostienen, puede contribuir a escindir la vida del hombre en dos esferas separadas: la determinada sólo en función de la sociedad civil con sus relaciones sociales y econ6micas y la de la vida íntima y privada -(tal escisión es lo más contrario a la educación que ha de integrar en unidad la persona del educando)- y lo que parece menos conveniente: puede contribuir de hecho a imponer un modelo de hombre y de sociedad, a homogeneizar las grandes masas de gentes, desarraigadas hace poco tiempo de su cultura milenaria, al servicio de un sistema excluyente y homogéneo de uno u otro sentido" (A. Palenzuela). La escuela tiene como misión enseñar a pensar, sin prisa y a fondo sobre las grandes cuestiones del hombre, de la sociedad, de la vida. Como afirma D. Julián Marías, "he creído siempre en la eficacia única del pensamiento riguroso, casi ha desaparecido de la faz de la tierra. Sin él, no hay esperanza. Su olvido es algo particularmente dramático, porque pone en cuestión la realidad misma del hombre". Misión propia, pues, de la escuela que habrá de potenciar en el inmediato futuro es enseñar a pensar con rigor y honestidad, desarrollar la razón humana en su búsqueda y conocimiento de la verdad. La verdad, y la recuperaci6n de la verdad, así como el apoyarse sobre la capacidad que el hombre tiene para conocer la verdad, en lugar de destacar sus límites y condicionamientos, es una cuestión vital y clave para el futuro de la educación. Sin esto no habrá educaci6n en libertad y que posibilite el que haya hombres libres: "la verdad nos hace libres". Por eso, me atrevo a decirlo, los cristianos, por lo demás, que integren la institución escolar -padres, profesores, alumnos-, han de plantearle a la escuela un nada acomplejado reto práctico: "La fe es la que permite a cada uno expresar mejor la propia libertad. Dicho con otras palabras, la libertad no se realiza en las opciones contra Dios." (Juan Pablo II). Los cristianos, en este orden de cosas, no hemos de tener miedo a la razón ni por tanto a la escuela; como la razón, y la misma escuela, han de temer para nada a la aportaci6n escolar de 1os cristianos, que no es otra que la fe y la antropología que de ella se deriva: ningún espacio hay actualmente en la sociedad donde se valore con mayor fuerza y se vea con mayor confianza la razón humana que e1 de la fe. Por eso, sin ningún complejo y sin miedo a que nos entrometamos abusivamente sin respeto a la identidad propia de la escuela, los cristianos en este nuevo siglo han de vivir y aportar, con nitidez y libertad, las verdaderas y fuertes -en modo alguno debilitadas- relaciones entre la fe y la raz6n, "las dos alas por las que el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad" ( Juan Pablo II).
X Antonio Cañizares LloveraArzobispo de ToledoPrimado de España
HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE MARÍA
Fiesta de Nuestra Señora del Sagrario S. I. Catedral Primada 15 de agosto de 2004 Queridos hermanos sacerdotes, miembros del Cabildo Catedral, estimadas y dignas autoridades, hermanos y hermanas muy queridos en el Señor: hoy, en la solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, celebramos, al mismo tiempo, la fiesta de Nuestra Señora del Sagrario, patrona de Toledo. Al contemplar el misterio que la Iglesia celebra en este día, "damos gracias a Dios que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo". Nuestra alma proclama la grandeza del Señor, porque en la Asunción de María al cielo ha mirado la humillación de su Esclava y de la humanidad caída, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en Ella y por Ella y su misericordia en favor nuestro se ha manifestado infinita sobre la humanidad entera en esta glorificación de la Virgen. "Hoy ha sido llevada", en cuerpo y alma, "al cielo la Virgen Madre de Dios. Ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada; ella es consuelo y esperanza" del pueblo de Dios, "todavía peregrino en la tierra ". Con razón no quiso el Señor que “conociera la corrupción del sepulcro", aquella "que concibió en su seno, por obra del Espíritu Santo, al Autor de la vida" y vencedor de la muerte, Jesucristo. La que es toda santa, la que no tocó el pecado primero, la que es purísima y llena de gracia, la primera de las criaturas asociada de manera singular como Madre virginal a la redención de Cristo, su divino Hijo, ha sido incorporada, la primera de las criaturas humanas, a la victoria y gloria de la resurrección. Como dijo el Papa Pío XII, hace ahora cincuenta y cuatro años en la Bula que proclamaba esta verdad que hoy celebramos: "La augusta Madre de Dios, unida a Jesucristo de un modo, para nosotros oculto, desde toda la eternidad, por un mismo y único designio salvífico, inmaculada en su concepción, virgen integérrima en su divina maternidad, asociada generosamente a la obra del Divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, alcanzó finalmente, como suprema coronación de todos sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción del sepulcro y, a imitación de su Hijo, vencida la muerte, ser llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial, para resplandecer allí como reina a la derecha de su Hijo, el rey inmortal de los siglos" (Pío XII). Mirando a María, toda santa y ya glorificada en cuerpo y alma, contemplamos en ella aquello que la Iglesia está llamada a ser en la tierra y lo que será en la patria de los cielos. En Ella, en esta asunción suya en cuerpo y alma a los cielos, se confirma la gran esperanza, abierta ya para todos en la resurrección de su Hijo. La Virgen María, humana como nosotros, en todo hermana nuestra menos en el pecado, ha penetrado el Reino de los cielos y está junto a su Hijo para siempre. Con Ella, nuestra humanidad que ahora atraviesa por este valle de lágrimas, renace a la esperanza viva de que es posible, por la misericordia de Dios, alcanzar la gloria de los cielos y la vida eterna, tomar parte en el triunfo de Cristo sobre la muerte. Esta es nuestra victoria, aquí se nos hace palpable y se nos confirma la esperanza. María, asunta a los cielos, es Madre y esperanza nuestra, alienta y anima nuestra esperanza en medio de tantas y tantas dificultades como nos encontramos cada uno y encuentra la Iglesia entera en su peregrinar por esta tierra. Como signo y primicia de la Iglesia, hoy nos es mostrada la Virgen como la gran señal que apareció en el cielo del Libro del Apocalipsis. Dice a este respecto el Papa en “Ecclesia in Europa”: “María presente en la Iglesia como Madre del Redentor participa maternalmente en aquella 'dura batalla contra el poder de las tinieblas' que se desarrolla a lo largo de toda la historia humana. y por esta identificación suya eclesial con la 'mujer vestida de sol', se puede afirmar que la Iglesia en la beatísima Virgen ya llegó a la perfección, por la que se presenta sin mancha ni arruga II. Celebrar, en estos momentos, la Asunción de Maria, y escuchar el texto del Libro del Apocalipsis que se proclama en este día, recobra una actualidad y luminosidad especiales. La Iglesia en su peregrinar a lo largo del siglo xx y en los comienzos del XXI ha padecido muchas tribulaciones y ha tenido que librar dura batalla contra el poder de las tinieblas. Nunca, tal vez en la historia, se ha visto acosada como en ese periodo. El laicismo reinante, la secularización generalizada del mundo y la interior propia de la misma Iglesia, la apostasía silenciosa y las deserciones de tantos cristianos, el debilitamiento de las conciencias y la quiebra moral de los tiempos actuales... están siendo una prueba muy severa. Las más duras y las mayores de sus persecuciones las ha sufrido en este tiempo. ¡Cuántos miles y mi1es de mártires, que han sellado con su sangre, su esperanza en el cumplimiento de las promesas de Dios, en Dios que quiere que el hombre viva y que su amor es más fuerte que la muerte! Hoy también, las fuerzas del mal, las que están al servicio del príncipe de la mentira, enemigo del hombre, siguen acechándola en tantos lugares y de tantos modos, dispuestas a despedazar a la Iglesia, y a quien en ella está presente, Jesucristo. Cruentas persecuciones como las de Sudán, donde por cierto se está masacrando y extinguiendo a los cristianos por el hecho de serlo, con el silencio culpable de los países de Occidente -nadie dice que lo que allí se hace es contra los cristianos, que se les esclaviza, se los vende, se los ignominia o se los mata porque siguen a Jesucristo-. Sobre esto, silencio total en los medios de comunicación. Pero no es sólo la eliminación física, sino el ataque moral. ¡Cuánto, en efecto, se está atacando a la Iglesia en estos momentos, también en España, en medios de comunicación, con propaganda en contra incluso desde medios y con medios que, por su propia naturaleza, deberían estar al servicio del bien común y de las libertades! ¡Cuánta manipulación y mentira para acusarla, porque de lo que se trata es que desaparezca o que no cuente! Es preciso ser lúcidos y libres, y decirlo con sencillez y claridad: estamos en medio de esa batalla de la que habla la primera lectura del libro del Apocalipsis. Me vienen a la memoria, a este respecto, diversos artículos publicados muy recientemente en medios de comunicación social en los que, como se lee en esta lectura, tratan de destruir y eliminar a Jesucristo, a Dios, a la Iglesia, porque es en Ella, en definitiva, donde se ofrece a Jesucristo, la Verdad que nadie puede destruir y donde está el amor, la libertad, la felicidad y la Vida. Es más, lo que en algunos de estos escritos o declaraciones está en juego es un mundo con Dios o sin él, con Jesucristo, Salvador único, o sin El. Cuando la Iglesia defiende la vida humana en todas las fases de su existencia, desde su gestación hasta su muerte natural, o cuando sale en defensa de la familia asentada sobre el matrimonio único e indisoluble, abierto a la vida, entre un hombre o una mujer, o cuando lucha por que no se manipulen o eliminen los embriones humanos, cuando proclama la verdad, aun a costa de persecución, cuando lo apuesta todo por el hombre y señala que su camino es el hombre, la Iglesia da testimonio de Dios vivo en quien está la verdad y la vida del hombre, está, al mismo tiempo, haciendo presente a Jesucristo, al que se pretende eliminar, porque en El está la vida y la apuesta divina por el hombre, en El está la verdad del hombre, en El esta el Camino verdadero. Esto no se tolera y, en consecuencia, viene el acoso, la descalificación o la persecución misma. En este orden de cosas, y como una pequeña muestra, pero muy significativa, no puedo menos que señalar la manipulación y la mentira con que, sin leerla siquiera, fue presentada por la TV pública la reciente y espléndida Carta de la Congregación para la doctrina de la Fe sobre la "colaboración entre el hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo", a la que se le tachó falsamente de antifeminista radical: cualquier parecido con la realidad es pura casualidad. A la Iglesia se le querría callada en todo, muda, que se plegase a los poderes de este mundo, que no inquietase a estos poderes, bajo el pretexto de que han recibido una legitimidad de apoyos más o menos mayoritarios. ¿Qué, si no, indican reacciones de personas y medios públicos ante determinadas homilías, y escritos o declaraciones recientes de Obispos? ¿Qué, si no, indican las amenazas al mantenimiento o sostenimiento de la Iglesia por parte de algunos, de todos conocidas? Son unos pocos signos de esa batalla de la que nos habla hoy el Apocalipsis. Pero olvidan tales ataques o intimidaciones, tales manipulaciones, tales persecuciones, en suma, que la victoria ya se ha dado, y que no vencerán aunque se empeñen, y aunque nos empeñemos hasta los mismos cristianos con nuestras infidelidades y cobardías. La señal y la prueba es esta Mujer, María, vestida del cielo, glorificada, coronada con doce estrellas, que es figura de la Iglesia. El Hijo que dio a luz esta Mujer, vencedor de la muerte, Autor de la Vida, Dios con los hombres, es la garantía de la victoria, la raíz y certeza de la esperanza”. ALOCUCIÓN EN LA PLAZA DEL AYUNTAMIENTO “En medio de esta situación, en unión con María, asunta a los cielos, gloriosa, la Iglesia es testigo de esperanza, camina en esperanza, llama a la esperanza. Tiene la certeza de la presencia de Jesucristo en Ella, de que Dios no la deja en la estacada como no deja en la estacada al hombre por la resurrección de su Hijo Jesucristo, de la que es muestra y garantía la glorificación de Maria, que hoy celebramos. Venimos de una centuria de años donde se ha producido la gran tribulación de las guerras mundiales, de los campos de exterminio nazis o de los Gulag soviéticos, en la que se ha implantado una cultura de muerte que trata de secar las fuentes de la vida humana o de eliminarla legalmente antes de nacer o si se considera inútil o de manipularla para otros fines... porque así se decide; nos hallamos inmersos en una época y en una sociedad afectadas a menudo por un oscurecimiento de la esperanza, en la que tantos hombres y mujeres parecen desorientados, inseguros, sin esperanza, y muchos cristianos están sumidos en este estado de ánimo. Envueltos en una grave pérdida de la memoria y de la herencia cristiana, unida a una especie de agnosticismo práctico y de indiferencia religiosa, con un lento y progresivo avance del laicismo, con el intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo, y con un cierto miedo al futuro aprisionados en el aquí y el ahora de nuestra historia, la Iglesia, en comunión con Maria asunta los cielos, camina en la esperanza y ofrece a todas las gentes la esperanza viva en Jesucristo resucitado, consciente, además, de que el hombre no puede vivir sin esperanza”. Al celebrar hoy esta solemnidad de la Santísima Virgen Maria se aviva en la Iglesia y en los cristianos la esperanza firme y se siente movida a dar razones de la esperanza que le anima, aun con el martirio, encarnación suprema y gozosa del Evangelio de la esperanza. Al mismo tiempo acude a la que es llevada a los cielos, Maria, como Madre de la esperanza y le pide con palabras del Papa: "¡Camina con nosotros! Enséñanos a proclamar al Dios vivo; ayúdanos a dar testimonio de Jesús, el único Salvador, haznos serviciales con el prójimo, acogedores de los pobres, artífices de justicia, constructores apasionados de un mundo más justo; intercede por nosotros que actuamos en la historia convencidos de que el designio del Padre se cumplirá. Aurora de un mundo nuevo, ¡muéstrate Madre de la esperanza y vela por nosotros! Vela por la Iglesia en Europa: que sea trasparencia del Evangelio; que sea auténtico lugar de comunión; que viva su misión de anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la esperanza para la paz y la alegría de todos. Reina de la Paz, ¡protege a la humanidad del tercer milenio! Vela por todos los cristianos: que prosigan confiados por la vía de la unidad, como fermento para la concordia del continente. Vela por los jóvenes, esperanza del mañana: que respondan generosamente a la llamada de Jesús. Vela por los responsables de las naciones: que se empeñen en construir una casa común, en la que se respeten la dignidad y los derechos de todos. Maria, ¡danos a Jesús! ¡Haz que los sigamos y amemos! El es la esperanza de la Iglesia, de Europa y de la humanidad. El vive con nosotros, entre nosotros, en su Iglesia. Contigo decimos, "Ven, Señor Jesús". Que la esperanza de la gloria, infundida por El, en nuestros corazones dé frutos de justicia y de paz" (Juan Pablo II).
HA MUERTO D. MARCELO GONZÁLEZ MARTIN En el atardecer de este día 25 de agosto, en Fuentes de Nava (Palencia), nuestro querido D. Marcelo González Martín, Cardenal-Arzobispo Emérito de Toledo, ha muerto en el Señor, ha sido llamado por Él y ha descansado en su presencia. Su gran corazón, inquieto por Dios y anhelante de su rostro, se ha encontrado definitivamente con Él, en ese cara a cara sin término que, contemplándole, esperamos le saciará para siempre y le hará vivir en la paz y en la felicidad que no tienen fin. Ha muerto como vivió, santamente. Al dirigirme en estos momentos, desde el dolor y en la esperanza firme, a cuantos formáis la Iglesia de Dios en Toledo, sacerdotes, religiosos, religiosas, personas consagradas, fieles cristianos laicos, que durante más de veintitrés años -¡gran regalo de Dios!- lo tuvisteis como vuestro obispo y pastor en tiempos muy decisivos para la Iglesia y la sociedad, solicito de todos que oréis llenos de confianza por el eterno descanso de su alma, y, al mismo tiempo, que elevéis vuestra acción de gracias por la inmensa gracia de su persona y ministerio con que el Dador de todo bien ha enriquecido y bendecido a esta Iglesia toledana, y a toda la Iglesia. D. Marcelo, como todos cariñosamente le conocíamos y tratábamos, fue una figura excepcional en la vida de la Iglesia y de España, una de esas figuras que dejan una huella indeleble en su paso por la vida. Ha sido, ante todo, un sacerdote y buen pastor, como su Señor, al que únicamente intentó agradar y seguir siempre, hasta el final de su carrera. Toda su vida ha sido un recorrer el camino, sin retirarse con la mira puesta en Él, sin escatimar nada, gastándose y desgastándose sin reserva en una entrega total por la Iglesia a la que tanto amó y tan bien sirvió. Un hombre de Iglesia, con una fidelidad inquebrantable y sin fisuras, consciente de que sólo en ella y por ella nos alcanza el don de Jesucristo y su salvación en toda su extensión y hondura. Ha sido, por encima de cualquier otra consideración, un hombre de Dios, "amigo fuerte de Dios", en expresión de santa Teresa tan admirada y querida para él; de una fe sólida, honda y recia, como esas raíces que sustentan lo mejor de la vida de nuestras gentes y tierras españolas. Todo en él y en su magna obra, tiene la vibración firme y serena de quien es, como Obispo y guía, un sincero creyente que ama a su pueblo y se desvive por él. En nuestro querido D Marcelo vemos cumplida aquella promesa del Señor: "Os daré pastores conforme a mi corazón". Porque eso ha sido, como sacerdote, primero, y, posteriormente, como Obispo en Astorga, en Barcelona y en Toledo. Por donde ha pasado y donde ha servido, se ha podido palpar y comprobar ese gran corazón suyo, evangélico, que no sabe otra cosa que amar y darse, que buscar el bien para los fieles, que alimentarlos con los pastos que el Señor quiere darles, que defender a sus ovejas de las asechanzas a las que con frecuencia están sometidas, que conducirlas a Jesucristo, verdadera fuente de agua viva. Así ha sido el servidor fiel y prudente, siempre en vela, aguardando que el Señor llegue. Pastor bueno y trabajador incansable del Evangelio de Jesucristo, se entregó por completo a predicar la Palabra de Dios con asiduidad, celo, y valentía, con claridad y vigor intelectual, con rigor de pensamiento y razón bien fundada. Apasionado por el Evangelio y por darlo a conocer, dando siempre razón de la esperanza que contiene, D. Marcelo retomó el talante y el ardor de los evangelizadores de los primeros tiempos, o de los apologetas de los primeros siglos, o de aquellos otros evangelizadores que salieron de España a la heroica aventura de sembrar las semillas del Reino de Dios y colaborar en la edificación de una humanidad nueva hecha de hombres nuevos, asentada sobre los sólidos y duraderos cimientos de la Verdad revelada, que expuso y defendió valientemente y sin componendas ni "apaños", porque en ella está luz y el camino de la libertad y de la vida. El Señor Cardenal, con una libertad que sólo puede brotar de su fidelidad insobornable al Evangelio de Jesucristo y a la Palabra de Dios que no puede estar encadenada, no rehuyó en su predicación ni en sus escritos o actuaciones las aristas crucificadoras de la vida cristiana, ni cedió a la fácil tentación de eliminar o reducir lo duro, para halagar al oyente. Supo poner dulzura de comprensión en sus palabras, pero sin traicionar las exigencias de un mensaje, que sólo trasmitiéndolo fielmente se mostrará en toda su realidad de la Verdad que nos hace libres. Así, no colocó la luz bajo el celemín, sino que la puso sobre el candelero, a la vista de todos los de casa y de los que entran en ella. Centinela en la noche, estuvo en vela para alertar de lo que llega como amenaza para defenderse, o como gracia salvadora para abrirse a ella. Así, como pocos, ha mostrado una alertada sensibilidad ante los retos que el mundo plantea hoy a cuantos creemos en el Señor. Sus palabras, alertas suyos del pasado, pronósticos de futuro de hace muchos años, se han convertido después en diagnósticos certeros del presente. Pocos como él han sabido escrutar y discernir los signos de los tiempos y leer en ellos las llamadas de Dios para llevar a cabo sus designios. Apasionado por la Verdad y fiel a ella, proclamó fielmente la Palabra divina, sin vacilaciones ni temores, con vibración firme y serena, en sensibilidad ante los signos de los tiempos o los desafíos de presente y futuro retos que el mundo plantea, poniendo a su disposición la belleza de una palabra castellana que, pocos como él, la trasmiten con más donaire y riqueza. Fue un hombre del Concilio Vaticano II. Todo su episcopado se movió en torno a este Concilio, verdadero paso del Espíritu por la Iglesia y por la humanidad entera. Participó de manera muy activa en los trabajos conciliares. Después aplicó en sus diócesis y para España la renovación conciliar. Pocos como él han interpretado, aplicado y llevado a la realidad viva tal renovación. Entendió esta renovación, no como un mero cambio de estructuras, sino como la reforma interior que brota desde dentro e impulsa el Espíritu, volviendo a las fuentes y siendo fieles a los principios vitales que animan a la Iglesia como Dios la quiere. Una expresión, entre otras muchas, de esta renovación es su gran obra en Toledo de los seminarios, que hoy tratan de seguir su impronta y sus directrices. Fue un servidor de los hombres. Su pasión por Dios, fue una pasión por el hombre. Gran humanista. Defensor de los derechos humanos y de la dignidad de todo hombre, aunque esto le trajese no pocas complicaciones e incluso incomprensiones. Amante, como pocos de su Patria, España, a la que tanto amó, a la que quiso tan fiel a sus raíces, y por cuya unidad siempre veló. No quiero fatigaros más. Os dejo con su recuerdo, con la memoria agradecida de D. Marcelo, con vuestra oración ante la misericordia infinita de Dios, y la mirada confiada y suplicante puesta en el Buen Pastor, Jesucristo, para que Él, lo conduzca sobre sus hombros a la casa del Padre y goce para siempre en el Reino de los cielos del Amor infinito, del que fue testigo tan espléndido en medio de los hombres y en favor de la Iglesia. Permitidme finalmente que invite a todos -sacerdotes, religiosos, religiosas, fieles, seminaristas-, autoridades civiles, judiciales, militares, académicas, a todo Toledo, a los funerales que se celebran, Dios mediante, el próximo sábado, día 28, a las 12 horas en la Santa Iglesia Catedral Primada. Al final de la Santa Misa en sufragio por su alma, sus restos, por expreso deseo suyo, serán inhumados en la capilla de San Ildefonso delante de la tumba del Cardenal Gil de Albornoz. Es muy significativa esta voluntad última de D. Marcelo, porque como él mismo declara: "En Toledo entré como Arzobispo el día de la Fiesta de San Ildefonso, Arzobispo Patrono de la Ciudad y de la Archidiócesis. A él he venido encomendando mi vida y mis trabajos desde mis primeros años de sacerdote y de manera especial desde el comienzo de mi pontificado en esta querida Archidiócesis Primada y a este Santo bendito pido que acoja mi alma en el momento de la muerte. Él, que recibió de manos de la Santísima Virgen María la casulla, haga que la misma Bendita Madre de Dios reciba mi alma y la presente ante su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, a cuya misericordia infinita me acojo. Siempre he tenido gran admiración al Cardenal Gil de Albornoz por el servicio que prestó a la Iglesia, facilitando el regreso del Papa a Roma y por la creación del Colegio de San Clemente de los Españoles en Bolonia, con cuyo Patronato he colaborado muy a gusto durante los años de mi servicio a la Iglesia en Toledo". La capilla ardiente, como sabéis, estará en la Iglesia Arzobispal de la Inmaculada, en la calle Trinidad, a partir del viernes, día 27, a las 10 horas. A ella podemos, y haríamos bien, acudir para rezar por el eterno descanso de mi alma. A todos muchas gracias. ¡Descanse en paz, nuestro muy querido, D. Marcelo!
X Antonio Cañizares LloveraArzobispo de ToledoPrimado de España
HOMILIA DEL SR. ARZOBISPO DE TOLEDO EN LA MISA DE EXEQUIAS DE D. MARCELO GONZÁLEZ MARTÍN
S. I. Catedral Primada Toledo, 28 de agosto de 2004 Emmos. Señores Cardenales, Excelentísimos Señores Nuncios Apostólicos en España y ante la Comunidad Europea, Excelentísimos Señores Arzobispos y Obispos, queridos hermanos sacerdotes y diáconos, estimadas y dignas Autoridades, muy queridos todos hermanos y hermanas en el Señor: Reunidos en el nombre del Señor, en unidad con la Iglesia Misterio y Comunión de los Santos, ofrecemos el Sacrificio redentor del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en acción de gracias y en sufragio por el eterno descanso del alma de nuestro muy querido Cardenal, D. Marcelo, como entrañablemente le llamábamos. Hombre de Dios, amigo fuerte suyo, fue el servidor fiel y prudente, elogiado en el Evangelio, que no supo hacer otra cosa que servir a Dios, cumpliendo su voluntad, en una entrega total y sin fisuras en favor de la Iglesia a la que tanto amó y sirvió con todo su corazón y sus muy altas capacidades con las que Dios le enriqueció. Sacerdote, ante todo y por encima de todo, que quiso a sus sacerdotes y trabajó incansablemente por ellos y las vocaciones, y Pastor bueno conforme al corazón de Dios, amó mucho a su pueblo, en cuyo beneficio no escatimó esfuerzo alguno ni sacrificio, en los distintos lugares en los que ejerció su ministerio pastoral: primero, en Valladolid, como sacerdote, después como Obispo en Astorga, y Arzobispo en Barcelona y Toledo, a esta diócesis, tan querida por él y en la que tanto también le hemos querido, dedicó el mayor tiempo de su prolongado, rico y fecundo ministerio episcopal..,Este hombre, de personalidad recia, de fe firme, de honda cristianía arraigada en las raíces cristianas de las tierras de Castilla y España, a las que tanto quiso, ha sido, como se ha dicho, "uno de los hombres de Iglesia más significativos del siglo xx en España", que, como también se ha dicho de él, "supo interpretar y aplicar como pocos la renovación eclesial que el Espíritu Santo suscitó en el Concilio Vaticano II". Por toda esa vida fiel y leal, pedimos a Dios que se haya complacido en su siervo y lo lleve junto a Él para siempre entrando en el gozo de su Señor. Me atrevo a decir con toda sencillez que un signo de la complacencia de Dios por este siervo suyo han sido esas caricias divinas reflejadas en los días de su muerte y de su funeral: el día de su muerte, en el que el Padre le llamó a su presencia para contemplar su rostro y su hermosura cara a cara, a la hora de las primeras vísperas de la fiesta de la Trasverberación de Santa Teresa, a la que tanto quiso y admiró, y el día de su funeral, fiesta de San Agustín, de cuya Iglesia en Roma era Cardenal titular. Como Santa Teresa y San Agustín, también buscador de Dios, testigo de Dios vivo, inquieto por su suprema sabiduría, Verdad y hermosura, su corazón ha recibido el sosiego deseado descansando en el Señor. Ahora, aquí, en el sosiego también de este memorial de la Pascua, de la muerte y Resurrección de Jesucristo, compartiendo la mesa de su Palabra y de su Cuerpo y Sangre, traigo ante todos los aquí presentes, para elevarla con él y por él, la oración, sencilla y estremecedora, que D. Marcelo mismo compuso en los últimos tiempos de su vida, y que resume de alguna manera el sentido de su vida y de su muerte. Dice así: "Oh Jesús, Amado Jesús, Hijo de Dios, hermano de los hombres, Redentor de la humanidad. Estoy contento de haber ofrecido mi vida porque Tú me llamaste. Ahora que llega a su fin, recíbela en tus manos como un fruto de la humilde tierra, como si fuera un poco del pan y del vino de la Misa y preséntala al Padre, para que El la bendiga y la haga digna de habitar junto tu infinita belleza, perdonando mis faltas y pecados, cantando eternamente tu alabanza, lleno mi ser del gozo inefable de tu Espíritu". La Palabra de Dios ilumina la vida de D. Marcelo y edifica nuestra vida. Bien habría podido pronunciar él mismo, con la misma fuerza y contundencia, con la misma precisión y fogosidad, las palabras del libro de Job: "¡Ojalá se escribieran mis palabras, ojalá se grabaran en cobre, con cincel de hierro y en plomo se escribieran para siempre en la roca! Yo sé que mi Redentor vive". Ante un mundo desconcertado y vacío, ante una cultura desvertebrada y sin norte, D. Marcelo, a raíz de la publicación de la Encíclica Redemptor Hominis, del Papa Juan Pablo II, con quien tan totalmente se identificó y en cuya plena comunión siempre vivió, se preguntaba: "¿A dónde apuntamos? ¿Tenemos fuerza para apuntar a algo o nos inclinamos con nuestro arco hacia el suelo? ¿Tenemos sentido del horizonte o razonamos que todo lo que no sea apuntar al suelo es tontería? ¿Qué figura de arquero, lanzando sus flechas, nos sugiere el Papa en la Encíclica? ¿Verdad que se tensan los músculos y se levanta con vigor el arco para lanzar la flecha hacia el infinito? ¿Verdad que se siente la vocación de ser hombre con alegría y esperanza firme de llegar a la meta? ¡Presenta una antropología cristiana tan vigorosa, tan clara, tan plena de sentido!” Ante la vida y la muerte, ante lo que nos sucede en nuestro tiempo, ante tanto sufrimiento y tantas fatigas del hombre, no podemos decir ni confesar otra cosa:"Sé con toda certeza que mi Redentor, Jesucristo, vive, y que al final se alzará sobre el polvo". Se alza sobre el polvo de nuestro suelo y nos alza también nuestra mirada hacia Él. Por eso añade el propio D. Marcelo citando el texto del Papa: "El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo de sí mismo -no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes-, debe, con su inquietud e incertidumbre, incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él cono todo su ser, debe 'apropiarse' y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la redención para encontrarse a sí mismo. Si se realiza en él este hondo proceso, entonces él da frutos no sólo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha 'merecido tener tan grande Redentor', si 'Dios ha dado a su Hijo', a fin de que él, el hombre, 'no muera, sino que tenga la vida eterna'" (RH 10). Por eso, añadirá nuestro querido Cardenal D. Marcelo a continuación, y que tanto sentido adquieren en los momentos en que nos encontramos, como ahora, ante la realidad de la muerte: "Los que no ponen su confianza más que en sí mismo, los que sólo buscan el sentido de la vida humana en el vivir de la realidad inmediata, en el ejercicio del libre albedrío, los que quieren sus propios caminos de libertad rechazando todo sentido de salvación divina, llegan a la desesperación. Todo esfuerzo del hombre sin Dios conduce a un callejón si salida. Se origina una sociedad y una cultura llena de engaños y ficciones que necesita 'apoyarse en bastones y mirarse en mil espejos que les digan que son hermosos y fuertes'. Se pierde la claridad interior y cada vez se le hace más difícil al hombre ver la jerarquía de los valores, distinguir lo principal y lo accidental y lograr un auténtico juicio". Pero Dios no deja al hombre en la estacada, no lo abandona al vacío de la nada o del engaño, ni que lo aprisione la muerte o la desesperanza. El vive y nos ha enviado como Redentor a su Hijo, Camino, Verdad y Vida, que ha venido para que tengamos vida, vida plena y eterna, ha vencido a la muerte, y la gracia de su Espíritu hace que lo veamos a El, que lo contemplemos a El, Suprema e infinita belleza, Verdad plena, fuente de vida. Con certeza sé, como Job, como D. Marcelo, como tantos testigos del Señor, y con ellos, que "después que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios; yo mismo lo veré, y no otro, mis propios ojos lo verán". No se trata de algo impersonal y etéreo, abstracto y alienante. Con todo el realismo de la persona y del encuentro personal, con todo el realismo de la Verdad, la Verdad que es Cristo, en quien Dios nos ha amado hasta el extremo y sin límite ni medida, que nos alcanza por los testigos, porque Cristo "mi Redentor vive". En esto consiste la gran seguridad y certeza de nuestra fe cristiana, del cristianismo y de su humanismo: "no en que él se ha forjado a un Dios al que ama, sino en que Dios le ama y le ha enviado a su Hijo como Redentor. El Dios que revela Jesucristo es el Dios de la Redención del hombre, de nuestra redención, de mi redención... Nuestra propia condición personal necesita la realidad de sentir y saber a Cristo como mi Redentor. Una idea sencilla, y como todo lo sencillo, trasparente: saberme redimido en cada situación de mi vida" (D. Marcelo). "Sé que mi Redentor vive", esta confesión de fe, cambia y llena la vida, la sacia de contento y alegría, le abre a la esperanza y le hace caminar al hombre en la luz de la verdad que hace libres. Por eso San Pablo dice a Timoteo las palabras escuchadas en su carta, que muy bien podríamos aplicárselas a D. Marcelo como dichas por él a nosotros ahora, como, en el fondo, han sido dichas una y otra vez, a tiempo ya destiempo, a lo largo de todo su ministerio, con su vida y con sus obras, con su testimonio y servicio ministerial, y con su palabra, libre y nunca encadenada: "Haz memoria de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David. Éste ha sido mi Evangelio, por el que sufro hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada" . Como en la mañana de Pascua, como en la Primera Pascua, con los testigos que han visto y han palpado, decimos "¡Es verdad, Cristo, nuestro Redentor, vive, ha resucitado; no busquemos entre los muertos al que está vivo". Sabemos que Jesús ha resucitado a la vida inmortal en favor de todos. Para eso somos cristianos, para decírselo a todos y atestiguar con nuestra vida renovada que Jesús, con su resurrección, nos ha abierto un camino que desemboca en la vida inagotable de Dios. Al hombre marcado por la cultura y los poderes dominante, a ese que apunta al suelo como el arquero cansado sin horizonte, le molestan estas afirmaciones tajantes, hechas sin vacilación alguna, como D. Marcelo las hacía; y así persigue y penaliza a quienes las pronuncian: esa es la paga del mensajero y del testigo. Para este hombre, dominado y abatido, es verdad únicamente lo que trae provecho o disfrute a cada individuo y en cada momento. Más allá de esto no quiere saber nada. Le gustaría que en público no sonase la voz que anuncia, alegre y esperanzada, la resurrección, y la vida, y el amor inmortales; le gustaría que no sonase esa voz ni se viese este testimonio de Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, humillado y escarnecido en la cruz, muerto y sepultado, pero que vive triunfador de la muerte y del pecado que le llevó a la pasión, y que reina, junto al Padre, exaltado, por los siglos y siglos como único Señor de la historia, de la vida y de la muerte. Ese hombre de nuestra cultura dominante quisiera expulsar de la vida pública todo lo que no sea lucha por el poder, o negocios y erotismo, y dejar para lo íntimo de la conciencia y para unos grupos marginales las razones últimas para vivir y esperar. Los cristianos, como esa cadena ininterrumpida de testigos que tramiten lo que vieron y palparon los primeros testigos, los Apóstoles, que formamos la Iglesia de hoy, de ayer y de siempre, seguimos afirmando nuestra esperanza en Cristo resucitado: "Si morirnos con él, viviremos con él. Si perseveramos, reinaremos con él. Si lo negamos, también él nos negará. Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo". Estas afirmaciones las hacemos sin jactancia, porque tanto la resurrección, como la vida nueva en Cristo, como la esperanza que nos anima, y de la que hemos de dar hoy sus razones, son pura gracia del amor de Dios. Quisiéramos que todos participaran de nuestra esperanza, pero nadie tema que buscamos someter la libertad de nadie, pues sabemos muy bien que Dios quiere y busca la respuesta libre de los hombres a su amor. Esta esperanza nos anima con toda firmeza en el camino hacia la hora en que Dios sea glorificado en nosotros plenamente. Por ello necesitamos resucitar ya con Cristo a una vida nueva, vivir en El y por El; que El sea nuestra vida y nuestro vivir; que no queramos saber otra cosa que a Cristo, el crucificado y muerto, que vive; que todo, como Pablo, lo consideremos necedad y basura, pérdida, comparado con Cristo, su vida y conocimiento. Alentados también por la enseñanza y testimonio de D. Marcelo que así, con la gracia de Dios, quiso ser y vivir, resucitemos con Jesucristo a una vida nueva, que deje atrás este mundo viejo destinado a pasar, que se debate en tantas y tan interminables contradicciones. Cristo nos ha enseñado esta forma nueva de vida: "Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto. El que se ama así mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El quiera servirme que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva el Padre le premiará". Así quiso ser y vivir, sirviendo al Señor, D. Marcelo, animado y alentado siempre por el Espíritu, que nos ofrece una nueva libertad para asimilar ese modo de vivir. Que el Señor se lo premie y lo haga estar donde El. Que san Ildefonso, a quien tanto devoción profesó y en cuya capilla va a ser enterrado, "que recibió de manos de la Santísima Virgen la casulla, haga que la misma Bendita Madre de Dios, reciba el alma de D. Marcelo y la presente ante su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, a cuya misericordia infinita se acogió", como nuestro queridísimo Pastor, el cardenal Marcelo González, expresó en sus últimas voluntades.
"HACED LO QUE EL OS DIGA"
Homilía del Sr. Arzobispo de Toledo, don Antonio Cañizares Llovera, en la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen Guadalupe, 8 de septiembre de 2004 Queridos hermanos en el episcopado, de las diócesis hermanas de Mérida-Badajoz, de Coria-Cáceres, de Plasencia, y Mons. Cipriano Calderón, obispo hijo ilustre y admirado de las tierras extremeñas. Os ruego me permitáis que salude de manera muy particular, a mi buen amigo, el nuevo Arzobispo de Mérida-Badajoz, Mons. Santiago García Aracil, y junto a mi bienvenida, le exprese mi cercanía y colaboración y la certeza de mi oración ante la virgen de Guadalupe, para que bendiga copiosamente el pastoreo que ahora inicia, y le ayude en su obra evangelizadora, con la seguridad, además, de que estaremos muy unidos en el ministerio y en los afanes apostólicos no sólo entre nosotros personalmente, que ya lo estamos, sino entre nuestras diócesis porque las cuatro diócesis representadas en sus Obispos aquí están unidas, en la comunión de la Iglesia, sin interferencias ajenas o extrañas, por ese vínculo y por ese común patrocinio y ayuda que es la Santísima Virgen, en su advocación de Guadalupe. Saludo desde aquí así mismo, aunque no esté presente entre nosotros, con afecto grande, admiración y agradecimiento por tantas cosas a nuestro querido D. Antonio Montero, Arzobispo Emérito, desde el sábado, de la archidiócesis de tanta historia y santidad como la de Mérida-Badajoz. Saludo a los hermanos sacerdotes. Saludo con toda deferencia, gratitud y afecto a los hermanos Franciscanos, que desde 1908, están sirviendo tan espléndidamente este santuario mariano, el primer santuario nacional de España, signo de unidad de los pueblos hispanos, que trasciende en unidad y universalidad cualquier particularización. Mi saludo, lleno de amistad y respeto, a todas las autoridades, más aún en este día de Extremadura, a la que quiero como parte y tierra de la diócesis que la Iglesia me ha encomendado, y para la que deseo todo lo mejor y el mayor progreso en todos los sentidos, sobre todo humano y moral. Signo de este amor y solicitud mía es la visita pastoral a la diócesis, que he querido comenzar en el arciprestazgo de Puebla de Alcocer, para conocer más y así amar más y palpitar más intensamente con las necesidades y sentimientos de estas buenas gentes de Extremadura. Saludo a los Caballeros y Damas de Nuestra Señora de Guadalupe. Mi saludo entrañable para todos vosotros, fieles cristianos, con lo mejor de mí mismo y mis deseos más buenos y nobles de mi corazón para con vosotros hermanos hermanas en el Señor. Con el eco todavía reciente de la celebración del Jubileo Guadalupense con ocasión del 75 aniversario de la coronación canónica de Nuestra Señora de Guadalupe, celebramos, un año más, la solemnidad de la Natividad de la Virgen María, Madre de Dios, aquí recordada, venerada y querida en su entrañable advocación de Nuestra Señora de Guadalupe, que como fiel esclava del Señor, no sólo dio a luz al Hijo de Dios venido en carne, sino que estuvo siempre con El: hasta la cruz redentora de la que ha venido la salvación al mundo entero. Allí mismo, junto a la cruz gloriosa, nos fue dada por Madre por el Fruto Bendito de sus entrañas virginales, Jesucristo. Ella es la que en las bodas de Caná de Galilea, tras decir a su Hijo, haciéndose eco de la necesidad de aquellos novios: "No tienen vino", dijo a los criados: "Haced lo que El os diga" . Estas palabras encierran un mensaje de capital importancia, válido -diría imprescindible- para todos los hombres de todos los tiempos. "Haced lo que El os diga" quiere decir sencillamente: escuchad a Jesús, mi Hijo, atended a su palabra, acogedlo, seguidlo, confiad en El de verdad, sin ninguna reticencia, con toda decisión. Veréis cómo todo es distinto, palpareis que con El llega la alegría, el "vino nuevo" del amor y de la misericordia que llena el corazón del hombre. Esto es lo único que me importa, esto es lo único que debe importarnos: Hacer caso a Jesucristo. Otras cosas, otras actuaciones en torno a la Virgen de Guadalupe sobran, si no conducen a eso. En estos tiempos tan recios y arduos, necesitados de evangelización, de evangelio, por ello necesitamos aprender a decir "sí" al Señor. Un "sí" lleno de gozo y de confianza. María, llena de gracia, toda santa, Virgen Inmaculada, ha vivido toda su vida en una apertura total a Dios, en perfecta armonía con su voluntad y entera sumisión y obediencia fiel al que "ha hecho obras grandes en Ella y por Ella". Y esto siempre, incluso en los momentos más difíciles, que alcanzaron su cumbre junto a la Cruz. Ella ha puesto toda su vida en manos de Dios, y no dejará jamás de decir este "sí" suyo, por el que ha venido la salvación a todos los hombres: "Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". Como su Hijo, cuya existencia histórica se mueve entre ese "aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad" y el "que no se haga lo que yo quiero, sino lo que Tú quieres; a tus manos encomiendo mi espíritu". "Haced lo que El os diga": Esta breve frase encierra todo el programa de vida, que María, nuestra Madre y Maestra, llevó a cabo como la primera discípula del Señor y que hoy nos enseña. Es un proyecto basado en el cimiento sólido y seguro que se llama Jesucristo. Es el mismo que Juan Pablo II nos pone como gran programa para este nuevo milenio. El Santo Padre, en efecto, en el hoy del nuevo milenio recoge aquella pregunta dirigida a Pedro el día de Pentecostés: "¿Qué hemos de hacer, hermanos? Nos lo preguntamos con confiado optimismo, aunque sin minusvalorar los problemas. No nos satisface ciertamente la ingenua convicción de que hay una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula la que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde ¡Yo estoy con vosotros! No se trata, pues, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas, aunque tiene cuenta del tiempo y de la cultura para un verdadero diálogo y una comunicación eficaz". Santísima Virgen de Guadalupe, Madre y Reina de las Españas, Patrona de Extremadura, y ¿por qué no, también patrona para siempre de la diócesis de Toledo?, en la que quisiste que fuese hallada tu imagen en la segunda mitad del siglo XIII, y que tiene como patrón a tu querido siervo y tu esclavo san Ildefonso, defensor de tu virginidad y propulsor de la esclavitud mariana. Virgen de Guadalupe "muéstranos el Fruto Bendito de tu vientre, Jesús; y ayúdanos, con tu súplica a tu Hijo, con tu auxilio y protección, para "hacer lo que El nos diga", en esta etapa difícil de nuestra historia. Así, siguiendo tu ejemplo como fiel Discípula y Esclava del Señor, podremos gozar en esta nueva etapa de la historia de ese "vino nuevo", que adelanta la hora final llenando todo de la alegría de la presencia de tu Hijo, nuestro dueño Señor. Ayúdanos a que en estos momentos nos importe, de manera principal, llevar este vino nuevo del Evangelio, evangelizar, y no preocuparnos tanto de otras cosas que pueden ser importantes, pero que son secundarias y que incluso pueden enredarnos y hasta dividirnos.Siempre tenemos nuestra mirada puesta en la Virgen, en nuestra señora de Guadalupe, como se ha mostrado en este Año Jubilar. ¡Cuantos miles de fieles se han acercado a este santuario para orar a la Santísima Virgen, cuántos han venido para reconciliarse con Dios en el sacramento de la Penitencia, cuántos han encontrado aquí su consuelo y su esperanza. Aquí han acudido, en este Año Jubilar, obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, catequistas, jóvenes, padres y madres de familia, profesores de religión, gente de toda condición y edad, de todas las diócesis, no sólo de las nuestras, sino de España entera, y de América: porque la Virgen de Guadalupe, la Virgen, sin más, es de todos, no hace acepción de nadie en particular, se fija en todos, especialmente en los pobres y necesitados y estos están en todas las partes. A sus pies acudimos para pedirle su auxilio, su protección, su ayuda. Juntos gozamos de esa devoción filial tan tierna y entrañable como le tenemos todos a la Virgen María de Guadalupe. Ante Ella, por lo que a mí respecta, os recuerdo a todos y pido por todos. Quisiera conocer los nombres de cada uno, vuestras vidas, vuestros gozos y esperanzas, vuestras inquietudes y sufrimientos para presentarlos a la Señora, tan cercana a todos. Quiero tener también un recuerdo particular de cuantos nos han precedido, de nuestros seres queridos que han muerto y ya no están físicamente junto a nosotros. Quiero tener un recuerdo especial, de nuestro querido D. Marcelo, vuestro Obispo, Obispo de aquí, de Guadalupe, durante tantos años, y que tantas muestras dejó y tuvo de cariño hacia la Santísima Virgen de Guadalupe, y hacia estas tierras de la comarca guadalupense y que tan cerca os tuvo, siguiendo una tradición ininterrumpida de los Pastores Toledanos. Su memoria, la de D. Marcelo y la de los seres queridos que nos dejaron, nos llena de gozo, de gratitud y de emoción. Seguro que se os hacen presentes sus rostros con su sonrisa o su preocupación, su sufrir o su dicha. Sus recuerdos y su presencia viva evocan vuestras raíces, inseparables de la devoción y protección de la Santísima Virgen de Guadalupe. Vuestras raíces son cristianas y se arraigan en la cercanía de la que es Madre de misericordia, consuelo de los afligidos, auxilio de los cristianos. Vuestra historia se amasa con la protección, la honra y la filial devoción de María. Vuestros anhelos más hondos, vuestros estímulos y vuestras ilusiones, vuestros suspiros y vuestras alegrías, vuestras plegarias y vuestras esperanzas no se pueden separar de la Madre. Ella también apunta al que es el principio y el fin de todo Jesucristo. Por ello, desde aquí, desde Guadalupe, desde donde se han sentido tan vivamente las raíces cristianas, de donde se ha proyectado la evangelización apoyados por una fe católica, desde aquí, digo: "Sé tú misma, España, sé tú misma Extremadura, sé tú misma, diócesis de Toledo, sé tú misma, América". Vuelve a tus raíces y ganarás en lo más valioso a lo que puedes aspirar. Vuestros antepasados, a los pies de la Virgen, confiaron en el Señor y comprendieron la verdad. Alcanzaron la vida. Cristo es la Verdad y la Vida. Como Pilatos tenemos delante la verdad que es Jesucristo. Y no somos capaces de reconocerla. Esta es la tragedia de los hombres de nuestro tiempo y ésta es su mayor indigencia: la indigencia de la verdad, que es, en definitiva, indigencia y hambre de Dios, que es la Verdad, donde está toda la Verdad, donde radica nuestra verdad. ¿Dónde está el verdadero sentido del hombre? ¿Dónde hay una luz que le ilumine de forma radiante sus más profundos misterios y responda sus preguntas más auténticas? El problema principal de nuestra época es el olvido de Dios, el vivir como si no existiese, la secularización de nuestra cultura, de nuestra sociedad, y aun de la misma Iglesia. Se nos quiere imponer un laicismo radical, que, en último término, entraña el relegar a Dios, y las exigencias que se derivan de su reconocimiento para la vida personal, social y pública, a la esfera de lo privado. Un mundo sin Dios es un mundo más pobre y se torna inhumano. El olvido de Dios conduce a no defender y valorar la vida de todo ser humano, desde su concepción hasta su muerte natural: veo con gran dolor y con gran preocupación, os lo confieso, la propaganda que se está haciendo y, apoyada por poderes mediáticos y otros poderes, de la película "Mar adentro" como campaña perfectamente dirigida a crear un estado de opinión en favor de la eutanasia, tan contraria a la ley de Dios y a la dignidad de la persona humana; esa misma película se permite, en el fondo, denigrar a un sacerdote, tetrapléjico ejemplar, al que tengo la gracia y la dicha de conocer y admirar, lleno de fe y esperanza, de una alegría que desborda y contagia. ¿Qué nos está pasando que tan fácilmente estamos perdiendo el sentido de lo moral, de lo que es verdadera y moralmente bueno y de lo que no lo es? ¿No es acaso esa pérdida del sentido de Dios? ¿Podemos honrar a la Virgen María y promover iniciativas contra la vida humana no nacida, o en fases de dificultad, sufrimiento o aparente inutilidad? ¿Podemos querer a María, a la Virgen de Guadalupe, y promover iniciativas contra la familia, contra su unidad o contra su naturaleza, basadas en la unión indestructible de un hombre y una mujer abierta a la vida? Permitid que lo diga, debo decirlo como pastor de la Iglesia, y si no lo dijese sería un mal pastor, infiel a la misión que se me ha encomendado. ¿Por qué ese empeño en que, en la vida de nuestros conciudadanos y en nuestra sociedad, no cuente Dios, único y Verdadero, revelado y entregado en Jesucristo, o que se destruyan o pulvericen aspectos tan básicos en nuestra historia, en nuestra cultura, en nuestra tradición de España y Europa, como son aspectos y criterios morales fundamentales, como el respeto absoluto a la vida, el verdadero matrimonio y la identidad de la familia, y la verdad de lo que es bueno y valioso por sí mismo, y no haciéndolo depender de la decisión de cada uno? La Virgen María de Guadalupe, en estos momentos que vivimos, nos remite a su Hijo: "Haced lo que Él os diga". No podemos querer a la Virgen de Guadalupe, si no le hacemos caso y secundamos lo que Cristo nos pide. No podemos querer a la Virgen María de Guadalupe, si vamos en dirección opuesta a su Hijo y nos cruzamos de brazos o aceptamos como normal el no respeto a la vida, la pérdida de la familia, el deterioro moral, o el olvido de Dios. Cree la Iglesia que Jesucristo muerto y resucitado por todos, da a todos su fuerza y su luz para responder a la vocación a la que hemos sido llamados. No hay otro nombre en el que podamos ser salvos. El es la clave y el centro de todo. Nuestra Señora, la Virgen de Guadalupe, que nos preside y protege a España, a Extremadura, a Toledo, a América, ha sido testigo de nuestra historia, historia de gracia y de salvación. Que Ella interceda ante su Divino Hijo, como en las bodas de Caná, para que nada nos falte. Sabemos que su intercesión llega misteriosamente incluso hasta donde no nos atrevemos a pedir. Ella sabe que para Dios no hay nada imposible, pues, en las manos divinas, ha sido dócil instrumento en la historia de la salvación. Conociendo la infinita potencia de la gracia de la redención -mediante la cruz y la Resurrección de su propio Hijo- Ella, la Madre de Dios, puede decir a todos ya cada uno: "Haced lo que El os diga. Todo lo que El os diga". Que María, nuestra Madre y Señora, Virgen de Guadalupe, os proteja y acompañe siempre en vuestro caminar, y os conduzca a su Hijo, Jesucristo, que es el Camino de Dios al hombre, del hombre a cada hombre, del hombre a Dios. Que esto sea una realidad viva siempre, y de manera particular en estos momentos tan cruciales que estamos viviendo para el futuro de nuestro pueblo. Que los frutos del Jubileo pervivan entre nosotros. Y os anuncio que el Arzobispo de Toledo va a pedir un Jubileo, que se celebre periódicamente de manera estable. Sé que, para ello, cuento con el apoyo de mis hermanos Obispos, con el de la Comunidad Franciscana, y el de todos vosotros. Permíteme, queridísima Madre de Guadalupe, que te pida por tu Iglesia, que te pida por nuestras diócesis, por nuestras ciudades, por nuestras parroquias, para que nos mantengamos firmes en la fe, para que evangelicemos, para que sirvamos a la humanidad entregándole el Evangelio vivo, para que demos testimonio valiente del Evangelio con toda libertad, para que la Iglesia sea libre y no quede dominada ni amedrentada por nadie que no sea la voluntad de Dios. Este año, nos acercamos a la Virgen de Guadalupe con particular intensidad. Llevamos sobre nosotros, como el resto de la humanidad, el peso grande de un dolor inmenso por los terribles y cruelísimos atentados del 11 de marzo en Madrid, y ahora por los ocurridos en la población rusa de Belsan y tantos y tantos otros. Nos aprestamos ante su entrañable imagen con la inquietud del futuro y con el anhelo inenarrable de la paz, hoy tan amenazada, sobre todo por el terrorismo, que en modo alguno puede justificarse. La Virgen María, traspasada por el sufrimiento, triste y silenciosa, lleva sobre sus rodillas y abraza a su Hijo querido, y nos los muestra a todos. Acaba de expirar en la cruz, ha sufrido la violencia de la muerte injusta; ha sido víctima del odio de los que han trenzado su muerte. Todo por nosotros, por nuestro amor, por nuestros pecados; todo por el hombre: nos ha amado hasta el extremo y ha vaciado todo su amor en favor nuestro. El odio y la venganza no han tenido cabida en El: los ha vencido con su misericordia y su identificación con todos nuestros sufrimientos. Ha derramado su sangre para la reconciliación y el perdón, para abrazar a todos con sus brazos abiertos; esa sangre, sangre de Dios, ha rescatado y liberado al hombre. La Virgen María ha estado junto a la Cruz. No se ha separado de ella. y ahora muestra, ya exangüe, al Hijo de sus entrañas. Ahí está el Hombre: el Hombre que padece, el Hombre que sufre la violencia injusta, el Hombre cuya verdad es el amor, que se identifica con el Amor: nadie ama más que quien da su vida por los amigos, y nosotros somos sus amigos. Ahí está el que ha venido a servir, y no a ser servido; el que no se ha impuesto por la fuerza ni ha buscado el poder autoritario, sino sólo servir y darlo todo, libremente, para hacernos libres. Ha arriesgado su persona en el encuentro con los otros, para su unidad. En El, Verdad y Amor, tenemos la dignidad del hombre. En El brilla el rostro verdadero de Dios, que en su Hijo crucificado y muerto está diciendo el NO más total a toda violencia, a todo odio e injusticia, y el SI más infinito y pleno al amor, porque por amor muere, nos muestra el valor del sacrificio y el dolor, a un mundo que no los soporta. Y María, con ojos compasivos y misericordiosos, nos lo muestra sobre su propio regazo. En Jesucristo, víctima de la violencia inhumana, sobre las rodillas de la virgen, podemos ver a todos los crucificados, inocentes, de la historia. Con ellos se identifica. Al pie de la cruz tenemos a María, con el rostro siempre reconfortante de la madre que permanece también hoy al pie de la cruz de cuantos sufren la muerte obra de la violencia, y junto a la cruz de sus seres queridos. A Ella nos dirigimos hoy, con el rechazo más total a tanta violencia, agarrados a su mano cálida de madre de misericordia y mujer de fe, para pedirle, en primer lugar por los que han muerto víctimas del terrorismo -obra del diablo, porque no puede haber un corazón humano tan duro-, para que entren para siempre en la vida eterna y en gozo del amor junto a Dios, y por los heridos, para que se recuperen pronto y se restablezcan plenamente; en segundo lugar, por todos sus familiares y amigos, para que hallan consuelo y renueven el aliento y la esperanza. Mi súplica a la Virgen María, en estos momentos, nacida de lo más hondo de mi ser, pide, implora, que nos muestre a Jesús, fruto bendito de su vientre, que los hombres pongamos nuestra mirada en El, cuya persona y cuya palabra pueden dar respuesta a los interrogantes que hoy se agitan en nuestro ánimo; pues aunque la fuerza de la tiniebla parece prevalecer, el creyente sabe que la vida y la muerte no tienen la última palabra. Que nos lo muestre, para que aprendamos la verdad del hombre que se asienta en el amor, en el servicio a todos sin buscar otro interés que el bien de los otros, en la reconciliación, en la paz, en la libertad. Que nos ayude a ser como El, y aprendamos a ser hombres ya respetar la dignidad de todo ser humano, que ha merecido ser amado como El nos ama. Me uno a la oración del Papa Juan Pablo II, y con todos los hombres de buena voluntad pido por intercesión de la Santísima Virgen María de Guadalupe, "para que tan inhumana acción despierte en el corazón de todo el mundo una firme decisión de rechazar las vías de la violencia, luchar contra toda semilla de odio y división en el seno de la familia humana y trabajar por el advenimiento de una nueva era de cooperación internacional inspirada en los más elevados valores de solidaridad, justicia y paz". Que nadie ceda a la tentación del odio y de la violencia. Que los responsables de las naciones lino se dejen dominar por el odio y el espíritu de venganza, hagan todo lo posible por evitar que las armas de destrucción siembren nuevo odio y nueva muerte y se esfuercen por iluminar la oscuridad de las vicisitudes humanas con obras de paz II (Juan Pablo II). Pido a la Virgen de Guadalupe, que nos ayude a volver a Dios, que es Amor, porque en El se funda la verdad del hombre, nuestra dignidad más propia y la raíz y cimiento de toda paz.
CARTA PASTORAL AL COMIENZO DE CURSO "SI CONOCIERAS EL DON DE DIOS" (Jn 4,10) I. Introducción. ¿Qué debemos hacer en un nuevo curso pastoral? 1. Queridos diocesanos: Un año más, en el nombre del Señor y confiados en el auxilio de su gracia, que nunca nos falta por pura benignidad de su infinita misericordia para con todos nosotros y para con nuestra debilidad y pobreza, vamos a comenzar un nuevo curso pastoral en nuestra diócesis de Toledo. Sabemos que es Él quien nos guía en todo y que todas nuestras empresas nos las realiza Él, que todo es don y gracia suya, y que sin Él nada podemos hacer. Por eso nos ponemos en sus manos al emprender esta nueva etapa en la vida de la iglesia diocesana, y dirigimos nuestra mirada y esperanza a Él, de quien procede todo bien y que siempre es fiel. 2. Han pasado muchas cosas desde el curso pasado. Por la significación que tienen para nosotros, tal vez podamos resaltar, entre otras: las celebraciones del setenta y cinco aniversario de la coronación canónica de Nuestra Señora de Guadalupe y de los mil setecientos años del martirio de Santa Leocadia, primera santa y mártir de Toledo, con los correspondientes jubileos; la visita de las sagradas reliquias de Santa Teresa del Niño Jesús; la peregrinación el pasado agosto de más de setecientos jóvenes al sepulcro de Santiago en este Año Santo Compostelano; el comienzo de la elaboración del Plan Pastoral Diocesano para los próximos cinco años, que se aprobará y promulgará, si Dios quiere, el día 17 de octubre; la decisión de asumir la atención a la Prelatura Apostólica de Moyobamba, en Perú; la puesta en marcha de la Visita Pastoral a las parroquias, que se prolongará durante cinco años aproximadamente; la peregrinación diocesana de jóvenes a Santiago de Compostela... Hay, además, cuatro acontecimientos de muy diverso signo e índole que no puedo olvidar al escribiros esta carta. Uno eclesial, en su sentido más estricto: la muerte de nuestro muy querido Cardenal, Arzobispo Emérito de Toledo, D. Marcelo González Martín; y los otros de carácter social, aunque siempre con incidencia eclesial, ya que a la Iglesia no le es ajeno nada de cuanto afecta al hombre: el terrible y execrable atentado del 11 de marzo y el cambio de Gobierno de la Nación, con el triunfo del PSOE en las elecciones generales celebradas el 14 de marzo, y la aprobación de la Constitución Europea. Al reemprender el camino pastoral o cuando nos disponemos a recorrer un nuevo tramo de su andadura, no podemos dejar de escuchar la voz de Dios que nos habla a través de los hechos, los ya sucedidos, y los que se van a producir, Dios mediante, en los próximos meses; por ejemplo: la puesta en práctica del nuevo Plan Pastoral para nuestra diócesis, la partida de los siete primeros misioneros sacerdotes a la Prelatura de Moyobamba, el ciento cincuenta aniversario de la definición solemne del dogma de la Inmaculada Concepción y la peregrinación nacional con esta ocasión al Santuario de la Virgen del Pilar el próximo abril, el comienzo y celebración del Año de la Eucaristía, convocado por el Papa Juan Pablo II para toda la Iglesia, la conmemoración del quinientos aniversario de la muerte de la Reina Isabel, la Católica, cuya persona y obra han supuesto tanto en nuestra historia, el encuentro mundial de los jóvenes con el Papa en Colonia, y aquellos otros que se produzcan en la sociedad o en la Iglesia; todos ellos hemos de tenerlos en cuenta y no pueden pasar desapercibidos en los actuales momentos. 3. Ante este conjunto de cosas y acontecimientos, ante lo que está sucediendo en el mundo de hoy, ante los momentos tan cruciales que estamos viviendo, claves sin duda para el futuro de la humanidad hacia el que nos encaminamos, nos surge de inmediato la pregunta: "¿Qué hemos de hacer? ¿Qué hemos de hacer la Iglesia y las comunidades cristianas en Toledo? ¿Qué hemos de hacer cada uno de nosotros? ¿Qué hemos de hacer los cristianos aquí, en Toledo?. Podríamos quizá responder de una manera muy concreta y "práctica": "Lo que el Plan Pastoral Diocesano señala para toda la Diócesis y para las parroquias y comunidades". Siendo esto válido y verdadero, es preciso tener en cuenta que lo que este Plan Pastoral señala es fruto y resultado de la oración y de la escucha de la palabra de Dios, de la meditación y estudio de lo que nos trasmite y enseña la Iglesia para los tiempos que vivimos, de la atención y discernimiento de la voz que Dios dirige hoy a la Iglesia y nos muestra qué es lo que Él quiere, de la reflexión y comunicación por parte de cuantos han intervenido, de una u otra forma, en la elaboración del presente Plan representados en el Consejo de Pastoral de la Diócesis con su Obispo y Pastor, del seguimiento y aplicación cada vez más atenta del último Sínodo Diocesano de Toledo. Veo, por ello, que es bueno y conveniente que, antes de ofrecer este conjunto de objetivos y acciones para los próximos cinco años en nuestra diócesis, os ofrezca algunas reflexiones, que, sin duda, están en el trasfondo de las propias líneas y orientaciones que el propio Plan Pastoral contempla, y que es la voz que Dios nos dirige a todos. II. Algunas reflexiones sobre el tiempo que vivimos. La cuestión principal que está en juego es el reconocimiento de Dios. Secularización y laicismo. 4. Vivimos tiempos apasionantes; eso sí, muy difíciles, pero apasionantes; porque son la hora de Dios, la hora de la esperanza que no defrauda, la hora del Evangelio, la hora de la Iglesia, la hora para mostrar, ofrecer, testificar, anunciar el Reino de Dios, Dios mismo, la salvación para el hombre que, en su infinita misericordia y en su inmenso amor, Dios nos ofrece a todos sin excepción como verdadero y real futuro para la Humanidad. A todos nos dejaron conmocionados los espantosos atentados del pasado once de marzo. Además del terrible mal que originaron por tantos muertos y heridos y tantas familias destrozadas y sumidas en el dolor y en la desolación, con las que nos sentimos muy cercanos y por las que oramos, está, también, cuanto suponen de presencia del mal, de violencia, de pérdida del sentido de Dios y de la vida, por lo poco que importa el hombre, por el "infierno" que reflejan, por tantos interrogantes que suscitan y que afectan al sentido de la vida, de la historia, de la acción política, de ... tantas cosas. De entonces acá he tenido ocasión, como creo que muchos, de pensar y meditar sobre lo que está sucediendo en nuestro entorno. Tengo la sensación como si aquellos terribles sucesos, tan contrarios a Dios y al hombre, hubiesen despertado en muchos casos las conciencias y nos hubiesen hecho caer en la cuenta de lo que nos pasa, dentro y fuera de nosotros, o hubiesen sacado a flote realidades que están ahí, pero que de cuya existencia y alcance no nos estuviésemos percatando suficientemente. Es verdad que aquellos hechos, aún no esclarecidos del todo, extremos ciertamente y obra de pocos aunque con tanta repercusión y consecuencias, pusieron de relieve a dónde puede conducir la violencia humana, la fuerza de mal que es capaz de desplegar el corazón humano cuando no se deja a Dios ser Dios, cuando se le manipula o falsifica, cuando no cuenta se diga lo que se diga, o cuando el hombre no vale nada a los ojos del hombre, o se le supedita a intereses del tipo que sean. Aquellos hechos nos han hecho ver en toda su crudeza lo inhumano del terrorismo, que tan acertadamente reflejó aquella Instrucción de la Conferencia Episcopal sobre esta terrible lacra de nuestros tiempos modernos. Allí reflejábamos, recordémoslo, los Obispos que, en último término y en el fondo, el fenómeno del terrorismo denotaba la gran ausencia de Dios, por supuesto de los terroristas, pero también de una sociedad en la que puede nacer y crecer como tierra de cultivo tan espantosa realidad. 5. Me lo habéis escuchado muchísimas veces: la cuestión principal que está en juego es nuestros días es el reconocimiento de Dios y vivir ante Él como corresponde a su reconocimiento, es decir, en la adoración y la fe, en el cumplimiento de su querer y en la aceptación de su designio, que es siempre de misericordia y amor en favor del hombre, en alianza y amistad para con todos los hombres, queridos, creados, redimidos y llamados a la salvación por Él. No soy pesimista sobre el momento que vivimos, ni sobre ningún momento de la historia. No puedo serlo en modo alguno por la fe que nos anima: Dios, por amor, nos ha creado y redimido, y su fidelidad es eterna. Tengo la certeza plena, por tantos y con tantos testigos a lo largo de la historia, y por encima de todo, por el Testigo fiel, el Amén de Dios, que es Jesucristo, el Hijo único de Dios venido en carne, que Dios nunca abandona al hombre y que lo ha apostado todo por él, y es leal, jamás nos falla; doy fe de ello en mi pobre vida, pero vida de hombre querida por Dios. Pero aun así, y sin ningún ápice de pesimismo y sin ninguna amargura, se palpan innumerables signos de cómo nuestro mundo se está alejando de Dios, aunque Él, por su parte, está tal vez más cercano que nunca porque más necesita este mundo de su compasión, de su sabiduría y de su amor. ¿Qué significan si no es lejanía respecto de Dios los atentados contra la vida humana, como es el ya citado y execrable terrorismo, o los millones de abortos legales de cada año en el mundo, o la legalización de la eutanasia, o la experimentación y comercio de embriones humanos -verdaderos seres humanos-, o el negocio de la droga? ¿Qué nos dicen los genocidios, las guerras tan crueles del pasado siglo y de éste, los campos de exterminio nazis, los gulag soviéticos, la esclavitud a la que son sometidos tantos sudaneses, la espantosa e inhumana pobreza de tres cuartas partes de la humanidad mientras una cuarta parte vivimos en la abundancia del derroche y del consumo y bienestar sin medida? ¿Qué comporta el relativismo, el escepticismo y la quiebra moral tan aguda que padecemos donde no se sabe lo que es bueno y lo que es malo, lo que es válido y valioso en sí y por sí para todos, lo que pertenece a ley natural y universal, y no porque así lo he decidido subjetivamente yo u otros, aunque sean mayoría? ¿Por qué la tan repetida y amplia vulneración de derechos humanos fundamentales en esta etapa de la historia, a pesar de todas las proclamas en contrario, o la crisis tan aguda que sufren hoy el reconocimiento y la fundamentación de tales derechos humanos y, al tiempo, la creación artificial de "nuevos derechos" por las mayorías parlamentarias o grupos de opinión con amplio poder e intereses? ¿No son reflejo de lo mismo las formas y modos con que está siendo tratada la familia, a la que se le quiere desvincular de su fundamento natural que es la unión fiel del hombre y de la mujer abierta a la vida, como ha sido desde el principio y desde todas las culturas, o la que se le daña con la legalización cada vez más ligera y permisiva de la "plaga" del divorcio? ¿Qué decir de la postura tan generalizada de nuestra cultura dominante para la que parece que la verdad no cuenta o no existe la verdad, o para la que toda pretensión de verdad absoluta y universal sea entendida como dogmatismo o fanatismo a extirpar? Podríamos todavía seguir planteando interrogantes y más interrogantes, y nos llevarían a la misma realidad que se manifiesta, entre otras cosas, en el laicismo reinante, la amplia y honda secularización de nuestro mundo occidental y también la interior a la propia Iglesia, la más grave de toda la secularización, o la apostasía silenciosa y las deserciones de tantos y tantos cristianos, la incapacidad y debilidad para evangelizar, el debilitamiento de las conciencias, el poco valor que se le da al hombre por el hecho de serlo, en todas las fases y circunstancias donde se encuentre. Todo ello refleja un mismo origen: la pérdida del sentido de Dios y la gran fragilidad con que se vive la experiencia y el encuentro con Dios personal. Aquí está la clave de lo que nos pasa, aquí se juega el ser o no ser del hombre, aquí se decide la verdad y futuro de nuestra cultura y de nuestra sociedad, su logro o su fracaso. Sabéis bien que lo que estoy diciendo es verdad, y también vosotros dais fe de ello. 6. Es preciso reconocerlo si queremos que haya un futuro verdadero para la humanidad. La verdad del hombre está en Dios. Ésta es, en efecto, la verdad del hombre y su grandeza: está hecho por Dios y para Dios, y su corazón está inquieto hasta que en Él descanse, su alma tiene sed de Dios, de Dios vivo, como la tierra reseca y agostada, y "no se contenta con menos que Dios", como diría Santa Teresa, que es como un trasunto de aquella otra expresión también suya: "Quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta". Ahí se condensa la más verdadera y genuina antropología, de la que andamos tan carentes en nuestro tiempo, en el que todo parece mirarse a ras de suelo y en el que todo trata de resolverse de manera inmanente a este mismo mundo con la confianza puesta en sí mismo y tratando de comprenderse hasta el fondo de sí mismo sólo con criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes (Cf. RH 10). La cultura dominante y secularizada invita, más aún, obliga, a que el hombre se busque en vano a sí mismo autónomo e independiente absolutamente respecto de Dios, sin más horizonte que él mismo, su decisión o su acción. El verdadero problema de nuestro tiempo es la quiebra de humanidad, o sea, la falta de una antropología que haga remontar el vuelo al hombre de nuestros días, una visión verdadera del hombre, inseparable de Dios, la que vemos y palpamos en Cristo, Verbo encarnado, en quien se nos revelado la verdad de Dios y la verdad del hombre y la sublimidad de su vocación. Ante un mundo vacío y desconcertado y una cultura desvertebrada y desnortada, cabe preguntarse como hacía nuestro querido y llorado D. Marcelo: "¿A dónde apuntamos? ¿Tenemos fuerza para apuntar a algo o nos inclinamos con nuestro arco hacia el suelo? ¿Tenemos sentido del horizonte o razonamos que todo lo que no sea apuntar al suelo es tontería?... Los que no ponen su confianza más que en sí mismos, los que sólo buscan el sentido de la vida humana en el vivir de la realidad inmediata, en el ejercicio del libre albedrío, los que quieren sus propios caminos de libertad rechazando todo sentido de salvación divina, llegan a la desesperación 'a un mundo cerrado y sin esperanza'. Todo esfuerzo del hombre sin Dios conduce a un callejón si salida. Se origina una sociedad y una cultura llena de engaños y ficciones que necesita 'apoyarse en bastones y mirarse en mil espejos que les digan que son hermosos y fuertes'. Se pierde la claridad interior y cada vez se le hace más difícil al hombre ver la jerarquía de los valores, distinguir lo principal y lo accidental y lograr un auténtico juicio" (Cardenal Marcelo González). Por eso, como he dicho, la quiebra moral y de humanidad que hoy padecemos está unida inseparablemente a la "crisis de Dios", a su ausencia del espacio humano y cultural, camuflada incluso por una religiosidad vacía. Todo cambia, si hay Dios o no hay Dios. Vivimos según el cliché: No hay Dios, y si lo hay, no interesa. Sin duda, el "silencio de Dios" es el acontecimiento fundamental de los "tiempos de indigencia humana" que vivimos; no hay otro que pueda comparársele en radicalidad y en sus graves consecuencias. Si "quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta", el no tenerle a Él es la mayor de las indigencias, la más grande de las pobrezas: al hombre le falta todo, cuando le falta Dios, porque le falta cuanto de verdad pueda llenar su corazón grande, su alma ansiosa y sedienta de bien, de amor, de verdad, de hermosura, de felicidad y de dicha. Un hombre sin Dios, un mundo sin Él, es un hombre y un mundo más pobre, más árido, más abatido, sin futuro y sin salida, sin esperanza. Estar, por eso, con Dios, tener a Dios, vivir en Él y con Él es el cielo, "tener contento" pleno. Sólo desde Dios, sólo a partir de Él, la tierra llegará a ser humana; la tierra será habitable por la luz de Dios; allí donde se cumple la voluntad de Dios, está Dios, está el cielo, puede la tierra convertirse en cielo. Por el contrario, "donde no hay Dios surge el infierno, que consiste sencillamente en la ausencia de Dios" (J. Ratzinger). "Esto puede desarrollarse también a través de formas sutiles y casi siempre bajo la idea del beneficio para los hombres. Cuando hoy se comercia con órganos humanos, cuando hoy se forman -o fabrican- fetos -o embriones- para lograr provisión de órganos o para impulsar la investigación sobre la enfermedad y la salud, aparece de esta forma, ante todo el contenido humanista de esta actuación; pero, con el menosprecio hacia el hombre que ello conlleva, en esta utilización y consumo de los hombres nos encontramos precisamente de nuevo en el descenso a los infiernos. Esto no quiere decir que no pueda haber y haya de hecho ateos con un gran sentido ético. Pero aún así me atrevo a afirmar que ese ethos consiste en los destellos aún no extinguidos de la luz de Dios...<Por ello> el momento en que llegue a todas partes el anuncio de la muerte de Dios, en que su luz sea apagada definitivamente, sólo puede ser terrible" (J. Ratzinger). 7. A esto puede conducir, conduce de hecho, el laicismo esencial al que se nos quiere llevar a nuestra sociedad, porque el laicismo conlleva que Dios no cuente en la vida de los hombres, en las relaciones humanas, en el ethos o comportamiento social y público de la persona, conlleva, así mismo, que seamos esos arqueros que apuntan al suelo sin vigor para lanzar la flecha hacia el infinito. El laicismo no deja espacio a la confesión y adoración del nombre de Dios: es lo más contrario a aquel dicho del Señor: "dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César". El laicismo no puede permitir que Dios tenga que ver con la organización de los hombres; considera intromisión abusiva el que se señalen principios morales fundamentales, válidos en sí y por sí mismos, universales e imprescindibles para todos, que tienen su fundamento más firme en Dios creador. Olvidan quienes así piensan con ese laicismo esencial -y así lo demuestra la historia, incluso muy reciente- que no puede, por lo demás, haber una sociedad libre, próspera, en progreso y solidaria, al margen de Dios, cuyo olvido o rechazo quiebra interiormente el verdadero sentido de las profundas aspiraciones del hombre, debilita y deforma los valores éticos de convivencia, socava las bases para el respeto a la dignidad inviolable de la persona humana y priva del fundamento más sólido para la estimación de los otros y el apoyo solidario a los demás. Digo más: No es posible un Estado ateo; se vuelve contra el hombre. 8. Quien no conoce a Dios no conoce al hombre, y quien olvida a Dios destruye la humanidad del hombre, ignorando su verdadera dignidad y grandeza. Este, como he dicho y repetido tantas veces entre vosotros, es el gran y principal problema de nuestro tiempo: la carencia de una verdadera antropología que no se construye al margen de Dios y menos contra Él. En efecto, "si al hombre le faltase completamente Dios, dejaría de existir". El asunto es muy serio : Si nuestro corazón no percibe ni acepta de ninguna manera la existencia de Dios, nosotros cesamos de vivir verdaderamente. El corazón trata en vano de extraer vida de otras fuentes, pero en realidad se destruye, como demuestran tantos signos de nuestro tiempo, en los que son evidentes las trágicas consecuencias de la ausencia de Dios. En esta ausencia de Dios se funda la crisis de nuestra cultura; en esa ausencia se gesta una sociedad que padece una profunda quiebra moral, una grave caída y pérdida de referencias y de valores morales, de lo que es bueno y malo por sí y ante sí más allá de la decisión para el comportamiento personal y social; en esta ausencia de Dios se intenta en vano crear una sociedad para la que se propugna, en orden a ser moderna y progresista, que se prescinda de la moral como si se tratase de una imposición, tachando incluso con descalificaciones despectivas a quienes defiendan unos principios y criterios morales válidos más allá, incluso, de cualquier confesión religiosa. Es bueno recordar aquí aquella homilía del Papa en Huelva, hace ya once años pero tan actual: "Es cierto que el hombre puede excluir a Dios del ámbito de su vida. Pero esto no ocurre sin gravísimas consecuencias para el hombre mismo y para su dignidad como persona. Vosotros lo sabéis bien: el alejamiento de Dios lleva consigo la pérdida de aquellos valores morales que son la base y el fundamento de la convivencia humana. Y su carencia produce un vacío que se pretende llenar con una cultura -más bien pseudo cultura- centrada en el consumismo desenfrenado, en el afán de poseer y gozar, y que no ofrece más ideales que la lucha por los propios intereses o el goce narcisista. El olvido de Dios, la ausencia de valores morales de los que sólo Él puede ser fundamento, están también en la raíz de los sistemas económicos que olvidan la dignidad de la persona y de la norma moral, poniendo el lucro como objetivo prioritario y único criterio inspirador de sus programas... El alejamiento de Dios, el eclipse de los valores morales ha favorecido también el deterioro de la vida familiar, hoy profundamente desgarrada por el aumento de separaciones y divorcios, por la sistemática exclusión de la natalidad -incluso a través del abominable crimen del aborto-, por el creciente abandono de los ancianos, tantas veces privados del calor familiar y de la necesaria comunión intergeneracional <podríamos añadir sin traicionar la mente del Papa, también "por uniones que deforman y ofuscan la verdad del matrimonio y de la familia">. Todo este fenómeno de oscurecimiento de los valores morales cristianos repercute de forma gravísima en los jóvenes, objeto hoy de una sutil manipulación, y no pocos de ellos son víctimas de la droga, del alcohol, de la pornografía <del sexo fácil o del pansexualismo imperante> y de otras formas de consumo degradante, que pretenden vanamente llenar el vacío de los bienes espirituales con un estilo de vida orientado a tener y no a ser, y que quiere tener más no para ser más, sino para consumir la existencia en un goce que se propone como fin en sí mismo. La idolatría del lucro y el desordenado afán consumista de tener y gozar son también la raíz de la irresponsable destrucción del medio ambiente, por cuanto inducen al hombre a disponer arbitrariamente de la tierra, sometiéndola sin reservas a su voluntad, como si ella no tuviera una fisonomía propia y un destino anterior dados por Dios, y que el hombre pueda desarrollar ciertamente, pero que no puede traicionar" (Juan Pablo II, Homilía en Huelva, 1993, 5-6) 9. ¿Dónde vamos con tanta y tan radical secularización, adónde nos encaminamos con la erradicación de nuestras raíces más propias y el olvido o rechazo de nuestra gran tradición cultural, inseparable de Dios revelado en Jesucristo, su Hijo Unigénito, hacia qué parte nos dirigimos con esa proclamación tan reiterada en favor de una sociedad laica, que en el fondo quieren decir "laicista" y de pensamiento único, en que se consideren imposiciones morales a la defensa de la vida humana en todas las fases de su existencia desde su gestación hasta su muerte natural y sea cual sea su tamaño o el número de células que la componen? )Se puede acaso tachar de imposición moral el defender la dignidad de todo ser humano y el propiciar que no se le instrumentalice para ningún fin, o el afirmar que la ciencia sin conciencia se vuelve contra el hombre y le destruye? ¿Se puede decir que es una imposición moral el apoyar como fundamento único de la familia el matrimonio entre un hombre y una mujer abierto a la vida, o la afirmación desestabilidad? ¿Se puede establecer como criterio de comportamiento personal y social lo que uno decida sobre sí o sobre otros, según lo que su razón decida o lo que hayan decidido otros, incluso con mayorías? Pero "la razón" sóla "se vuelve fría y pierde sus criterios, se hace cruel porque ya no hay nada sobre ella. La limitada comprensión del hombre decide ahora por sí sóla cómo se debe seguir actuando con la creación, quién debe vivir y quién ha de ser apartado de la mesa de la vida: vemos entonces que el camino hacia el 'infierno' está abierto" (J. Ratzinger), que el empequeñecimiento y empobrecimiento del hombre se hacen realidad palpable, y ¡cómo no!, insoportable. III. Urgencia y apremio para la afirmación y testimonio de Dios. La Iglesia existe para que Dios pueda ser dado a conocer y ayudar a vivir desde Él y en Él: esta es su tarea en nuestro tiempo. 10. Por esto, queridos hermanos y hermanas, es tan urgente y apremiante la afirmación de Dios como Dios y la confesión del Dios creador y Redentor. como en Jesucristo se nos ha revelado y hecho cercano a todos. Jesucristo, en efecto, nos ha revelado a Dios verdadero precisamente en la infinitud del amor que pone de manifiesto la infinitud del inabarcable Misterio, su omnipotencia en la inmensidad de su amor, de su compasión, de su misericordia, del corazón grande para con la miseria y el miserable. El punto culminante de esta revelación es la Encarnación, es la Cruz gloriosa, es la Pascua. Aquí, Dios mismo, el Dios que es comunión, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se entrega y se da para la vida del hombre. En este acontecimiento, en la vida y persona de Cristo, en su carne y humanidad que es la nuestra, Dios se pone a sí mismo frente al amor incondicional e infinito, como puro don, hasta el punto de hacerse uno con su criatura, el hombre. Es precisamente en ese don de Sí como Dios se revela como el Dios siempre más grande. Y es así, al mismo tiempo e inseparablemente, donde se revela grandeza del hombre, la sublimidad de su vocación. Por eso, como señala el Papa en Redemptor Hominis, "el hombre que quiere comprenderse hasta el fondo de sí mismo -no solamente con medidas y criterios del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes-con su inquietud e incertidumbre, incluso con su debilidad y pecaminosidad, debe acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe 'apropiarse' y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo. Si se realiza en él este hondo proceso, entonces él da frutos no sólo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha 'merecido tener tan grande Redentor, si 'Dios ha dado a su Hijo', a fin de que él, el hombre, 'no muera, sino que tenga la vida eterna"! (RH 10). No propugnamos una sociedad confesional, aunque ojalá que todos conociesen y creyesen, porque es ahí donde está la vida eterna; la fe se propone, no se impone. Pero tenemos el deber los cristianos, y la Iglesia de la que somos parte, de afirmar a Dios, revelado y entregado en Cristo, con la certeza y garantía de que así afirmamos y servimos al hombre. La experiencia, por ejemplo de Santa Teresa o san Juan de la Cruz, de san Agustín o de la Beata Teresa de Calcuta, de Romano Guardini o de Juan Pablo II.., todos ellos cimas altas de humanidad y expertos como pocos en humanidad, nos conducen a Dios, porque el alma humana, el hombre, "no se contenta con menos que Dios". Por eso es necesario y apremiante, imprescindible, que la Iglesia, centrando por completo su vida entera en Dios y obedeciéndole a El antes que a los hombres, sea ante todo y sobre todo testigo del Dios vivo en nuestra sociedad y ante los hombres de hoy, incluso ante los poderes de este mundo y aun con riesgos evidentes. Por eso, la tarea principal de la Iglesia y de los cristianos en los tiempos que vivimos, por servicio al hombre, a la humanidad entera, a nuestro mundo, no es otra que avivar y alimentar la experiencia de Dios, y "dar testimonio de Dios, abrir las ventanas cerradas que no dejan pasar la claridad, para su luz pueda brillar entre nosotros, para que haya espacio para su presencia...pues allí donde está Dios nuestra vida resulta luminosa incluso en las fatigas de nuestra existencia ... La fe cristiana es ser tocado por Dios y testimonio para Él" (J. Ratzinger). Es preciso llegar al convencimiento, en esta hora que vivimos, que la Iglesia existe para que Dios, el Dios vivo, sea dado a conocer, para que el hombre pueda vivir con Dios, ante su mirada y en comunión con Él; la Iglesia existe para hacer habitable la tierra a la luz de Dios. Para la Iglesia nunca se trata sólo de mantener su existencia, mucho menos tener privilegios, sacar prebendas o dominio impositivo sobre conciencias, ni tampoco de aumentar o extender su propia duración. La Iglesia no existe para sí misma. No se parece a una institución o asociación que quiere mantenerse a flote en circunstancias adversas. La Iglesia existe porque es de Dios y para Dios, para dar testimonio de Dios y llevar a los hombres a Él, fuente de libertad, fundamento de su verdad, razón última de su ser. Cuando vive de Dios y para Dios y toda ella da testimonio de Dios, es cuando es en toda su fuerza servidora de los hombres, que es lo único que debe moverla y animarla. Llevada de esa fe que la anima, la Iglesia, cuando sale en defensa del hombre y reclama criterios morales válidos para todos en la vida pública, no pretende imponerse al resto de la sociedad o a quienes les corresponde la gestión pública, tampoco fortalecerse con privilegios o imposiciones sociales o morales, pero, eso sí, reclama que sea respetada en su condición y razón de ser que es su testimonio de Dios, con todas sus consecuencias y exigencias. La Iglesia hoy y siempre está llamada a ser el espacio en el que se honre el nombre de Dios ante los hombres con todas sus consecuencias morales y sociales y contribuya positivamente a acercar la vida humana al Reino de Dios; sin separarse de la historia y sin confundirse con ella, formando parte del mundo y sin conformarse con él, formando parte realmente de la sociedad y no dejándose asimilar por nada ni por nadie, postrándose siempre ante Dios de quien viene todo don y esperanza. Ella ha de sobrevivir hoy más que nunca, porque "su desaparición conduciría al torbellino del eclipse de Dios, y así hacia el oscurecimiento y destrucción de lo humano" (J. Ratzinger). Por lo mismo, sólo se devolverá a la Iglesia toda su vitalidad y razón si vive sumergida en la experiencia teologal, en la experiencia de Dios, si volvemos a Dios, si se le devuelve a Dios el lugar vital y central que le corresponde en el corazón, en el pensamiento y en la vida del hombre. La obra de evangelización a la que estamos urgidos, de manera especial ante la crisis de nuestro tiempo, nos obliga a hablar de Dios en el centro de nuestra vida para ayudar a los hombres a aprender el arte de vivir, de aprender a ser, de aprender a vivir en la verdad de lo que somos. IV. Evangelizar es el objetivo pastoral propio y específico de la Diócesis. Ahí se condensa su Plan Pastoral 11. ¿ Cuál puede o debe ser, en consecuencia, el objetivo propio y especifico de nuestra diócesis, cuál es su razón de ser en los momentos que estamos viviendo? Esta es una pregunta que va a la raíz de todo y exige una respuesta también radical que concierne seriamente a cuantos formamos parte de ella. El momento es tan apremiante y el tiempo tan urgente que no nos podemos ir por las ramas. La pregunta que nos hacemos, "solamente tiene una respuesta: La Iglesia es continuadora de la misión de Jesucristo (Cf. Mt 28,18; LG 5). De forma que para responderla es preciso ir más allá de la propia Iglesia preguntándonos por la misión de Jesús: ¿qué hizo, qué quiso hacer, qué sigue haciendo Jesucristo en el mundo?... Nuestra pregunta tiene que ir a buscar cuál es el punto original, lo más especifico y radical de la misión de Jesucristo en el mundo. Porque es posible que la multiplicidad de aspectos derivados del núcleo central, o la especial urgencia de algunos de ellos nos hagan perder de vista lo más original e importante" (TDV 11). El Papa Pablo VI, en su Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, nos daba la respuesta resumiendo de este modo la misión de Jesús: "Proclamar de ciudad en ciudad, sobre todo a los más pobres, con frecuencia los más dispuestos, el gozoso anuncio del cumplimiento de las promesas y de la Alianza propuesta por Dios, tal es la misión para la que Jesucristo se declara enviado por el Padre; todos los aspectos de su misterio -la propia Encarnación, los milagros, las enseñanzas, la convocación de los discípulos, el envío de los Doce, la cruz y la resurrección, la continuidad de su presencia en medio de los suyos- forman parte de su misión evangelizadora" (EN 6). Todo se resume en aquella frase del propio Jesús: "El Reino de Dios está cerca, convertios y creed en el Evangelio" (Mc 1,15). Jesús vino al mundo para evangelizar, para anunciar ese mensaje nuevo y desconcertante de la cercanía, más aún, de la presencia del Reino de Dios en medio nuestro. La Iglesia existe para evangelizar; nuestra diócesis, Iglesia de Dios en la provincia de Toledo y en los arciprestazgos extremeños de Guadalupe, Herrera del Duque y Puebla de Alcocer, existe para evangelizar; ésa es su dicha e identidad más profunda (Cf EN 14): hacer presente y anunciar que el Reino de Dios está en medio nuestro y que es necesario abrirse, convertirse y creer en la Buena Noticia del Reino de Dios. "El gran reto para la Iglesia de todos los tiempos es la evangelización. El Plan Pastoral diocesano supone una llamada fuerte a "impulsar una pastoral misionera, centrada en la experiencia de Dios, para hacer de Toledo una diócesis evangelizada y evangelizadora". (Plan Pastoral Diocesano 2004-2009, Introducción general, 1). 12. Si queremos alcanzar esta meta, seguir este fin insoslayable de nuestra Iglesia diocesana es necesario que ahondemos un poco en lo que significan y comportan el Reino de Dios, y la conversión que reclama. Viene bien recordar aquí unas palabras del cardenal Ratzinger en el Jubileo de los Catequistas y Educadores de la Fe: "El teocentrismo es fundamental en el mensaje de Jesús y también debe ser el corazón de la nueva evangelización. La palabra clave del anuncio de Jesús es: "Reino de Dios". Sin embargo, Reino de Dios no es una cosa, una estructura social o política, una utopía. El Reino de Dios es Dios. Reino de Dios quiere decir: Dios existe. Dios vive. Dios está presente y actúa en el mundo, en nuestra vida, en mi vida. Dios no es una lejana 'causa última', Dios no es el 'gran arquitecto' del deísmo que ha construido la máquina del mundo y ahora estaría fuera; por el contrario Dios es la realidad más presente y decisiva en cada acto de mi vida, en cada momento de la historia... Lo 'único necesario' para el hombre es Dios. Todo cambia si hay Dios o no hay Dios... Por este motivo, la evangelización, antes que nada, tiene que hablar de Dios, anunciar el único Dios verdadero: el Creador, el Santificador, el Juez" (J. Ratzinger), que, por puro e incondicionado amor y por su misericordia infinita, nos ha salido al encuentro, se nos ha revelado y dado por completo e irrevocablemente para siempre en su Hijo Jesucristo, hecho hombre, para nuestra salvación plena y definitiva. "El Reino de Dios es, por consiguiente, el mismo Jesucristo, puesto que Él es, en su propia humanidad, la presencia, la reconciliación y el amor de Dios ofrecido a todos los hombres, y es en Él donde la humanidad, herida por el pecado, recibe del Padre la victoria y la glorificación definitiva de la resurrección. Jesucristo resucitado es el núcleo del Reino de Dios, de la Nueva Humanidad y de la Nueva Creación que ha de ir reuniéndose en torno a su cuerpo y a su humanidad glorificada (Cf. Rm 8)) ... Cualquier actividad eclesial que no tenga suficientemente en cuenta este contenido central y radical del Evangelio de Jesucristo, desfigura el mensaje cristiano y la finalidad de la Iglesia. La catequesis, la formación doctrinal y moral de los cristianos, la liturgia y la oración, el necesario compromiso temporal exigido por la fe, deben buscar su fundamento y fin en este anuncio que es el centro de la fe y de la vida cristiana" (TDV 13). Por ello, auxiliados por la gracia, todo en nuestro Plan Pastoral nos ha de llevar a anunciar y hacer presente el Reino de Dios, Dios mismo, Cristo su Hijo; nos ha de conducir así mismo a centrar nuestra vida en Dios, a reavivar nuestra experiencia de El en su Verbo encarnado, a fortalecer la fe, a hacer del testimonio de Dios, entregado y revelado en su Hijo Jesucristo, nuestro servicio a los hombres de hoy tan necesitados de El. Todo debe contribuir a fortalecer y dar firmeza a la fe de cuantos formamos la comunidad diocesana (los cercanos y los alejados, los que están dentro y los que se consideran fuera, o los que nunca han entrado): una fe verdadera y sólidamente eclesial que con la Iglesia, en comunión con ella sin fisura alguna, "proclama ante el mundo la soberanía absoluta del Dios vivo. Él está en el principio y en el fin de las cosas. Él tiene la iniciativa de la creación y de la salvación; en Él está el juicio inapelable de nuestras vidas y de nuestras obras; no hay sobre la tierra ningún otro poder al que debamos someter nuestra vida ni del que podamos esperar la salvación. Este Dios viviente y soberano se ha entregado y se hace accesible a los hombres como amor y como gracia en su Hijo Jesucristo. Por él, Dios nos reconcilia consigo perdonándonos los pecados, nos hace triunfar sobre la muerte, nos libera de los poderes y de los límites de este mundo haciéndonos hijos suyos mediante la comunicación de su vida inmortal y de su Espíritu. Quien cree este anuncio y sale de sí al encuentro de Dios alcanza el perdón de sus pecados, triunfa de la muerte y se pone en camino de salvación... Ésta es la fe que profesa y celebra la Iglesia, en esta fe somos incorporados por el bautismo a la salvación que está en Cristo... A partir de esta fe... el cristiano puede y debe reconocer en la vida terrestre de Jesús el modelo inagotable y estímulo permanente de su modo de existencia entre los hombres. Así nace un nuevo estilo de vida desde dentro del corazón, por obra del Espíritu, como expresión y desarrollo de una libertad iluminada y redimida sin caer en el moralismo o en la esclavitud de una nueva ley. Aquí radica la novedad y la fuerza del cristianismo. Por esta razón los cristianos podemos y debemos trabajar con los demás hombres para la permanente transformación del mundo. Nuestra aportación específica no nace de ninguna ideología de este mundo, ni puede tampoco limitarse a los objetivos o a la disciplina de ninguna institución política. Nosotros ofrecemos el testimonio de la fuerza del Dios vivo que nos salva y que nos hace capaces de vivir ya desde ahora el ideal de vida reconciliada y fraterna que esperamos" (Cf. TDV 14-20), de una humanidad verdaderamente nueva con la novedad del Bautismo y de la vida conforme al Evangelio del Reino de Dios. No podremos contribuir a la reconstrucción de nuestro mundo conforme al querer de Dios, ni colaborar en superar la quiebra de humanidad que padecemos, ni aportar lo necesario al rearme moral de nuestro pueblo y a su recuperación humana, si en el interior de la Iglesia no centramos más nuestra vida en Dios, si no nos volvemos a Él, si no dejamos que Él actúe en nuestra vida, en mi vida, si no vivimos intensamente la vida cristiana que implica reconocer a Dios como lo verdadera y únicamente necesario, si no le amamos y buscamos por encima de todo, si no nos abrimos a su gracia y llevamos a cabo, en fidelidad, su querer, es decir si no cumplimos su voluntad o sus mandamientos; y si no nos mostramos capaces de brindar y realizar de manera clara y atrayente la propuesta específicamente cristiana. Como en el resto de la sociedad española, en Toledo, necesitamos también generaciones nuevas de cristianos que tengan la seguridad y la fortaleza suficiente para profesar, practicar y anunciar la fe en este nuevo mundo en el que estamos viviendo, siendo capaces de evangelizarlo, de recrearlo desde la fe. En vez de sucumbir a su poder de seducción. Generaciones nuevas de hombres y mujeres, jóvenes, más convencidos, más convertidos y arraigados en las realidades fundamentales de la fe, capaces de hablar del Dios vivo con palabras fuertes y verdaderas en una situación de laicismo y de increencia; capaces asimismo, de mostrar dónde se halla a nuestro Dios, fuente de vida para el hombre, en una sociedad individualista e insolidaria, estando al lado de los pobres, comprometiéndose en las causas más nobles de la justicia y de la paz en favor de los hermanos, aproximándose a los padecimientos de tantos que sufren en nuestra sociedad. 13. Para llevar a cabo esto, no lo olvidemos, la Iglesia no tiene otra palabra que ésta: Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, presencia del Reino de Dios entre nosotros, Enmanuel -Dios con nosotros-, único nombre en el cual podemos ser salvos. Pero esta palabra no la podemos silenciar ni la dejaremos morir. "¿A quien vamos a acudir?". "Quien confiesa que Jesús es el Señor y que Dios, el Padre, lo ha resucitado, se salvará". "El que escucha su Palabra y cree en el que le ha enviado tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida" (Jn 5, 24). "Venid a mí", dice el Señor. Esta es la conversión. La nueva mentalidad, la nueva vida, la que brota del conocimiento y aceptación del don de Dios, Jesucristo, como vida nuestra. "Convertirse", significa : "volver a pensar, poner en tela de juicio el propio y el común modo de vivir; dejar entrar a Dios en los criterios de la propia vida; no juzgar más simplemente según las opiniones de corrientes. Convertirse significa, por lo tanto, ni vivir como viven todos, no hacer como hacen todos, no sentirse justificados en acciones dudosas, ambiguas, malvadas por el hecho de que otros hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; buscar, por lo tanto, el bien, aun cuando sea incómodo; no actuar pensando en el juicio de la mayoría, de los hombres, sino en el juicio de Dios; con otras palabras: buscar un nuevo estilo de vida, una vida nueva. Todo esto no implica un moralismo, la reducción del cristianismo a la moralidad que pierde de vista la esencia del mensaje de Cristo: el don de una nueva amistad, el don de la comunión con Jesús y, por lo tanto, con Dios" (J. Ratzinger), "el don de Dios" (Jn 4,10). ¡Ay si de verdad conociésemos y acogiésemos el don de Dios en nosotros, su infinito amor, su plena donación y entrega que es Jesucristo, y viviésemos de este Don, es decir de Jesucristo, como Pablo : "Para mí la vida es Cristo", "no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí". Convertirse, por ello, significa vivir la comunión con Jesucristo, estar unido a Él como el sarmiento con la vida, dejar que Él, que es lo mismo que dejar que Dios, sea nuestro Dueño y Señor, que su pensar, su querer su sentir, su actuar, sean mi pensar, mi querer, mi sentir, mi actuar. Dejar que el "don de Dios", Jesucristo, por su Espíritu, viva en nosotros, y así Dios actúe en nosotros y nos conforme a su voluntad, al crearnos y al restaurarnos por la redención: que seamos imagen y semejanza suya, que trasparentemos su gloria y su verdad - de la que es inseparable la nuestra-, que se cumpla en nosotros y busquemos siempre su voluntad, como rezamos en el Padre Nuestro, donde también pedimos que "venga a nosotros su Reino", y así será santificado y reconocido su Nombre, el único donde hay salvación y amor sin límite alguno. Al anuncio y testimonio del Reino de Dios, de Dios mismo, dado y revelado en su Hijo Jesucristo, responde el conocimiento de Él, donde está la vida eterna y plena para el hombre. Para este conocimiento de Dios "es necesario todo el hombre, entendimiento, voluntad y corazón. Esto significa a nivel práctico que no podemos conocer a Dios si no estamos dispuestos a introducirnos en su voluntad, a reconocerle como medida y dirección de nuestra vida <que eso es la conversión>. Esto significa que a la comunidad que camina en la fe, a la comunidad que camina hacia Dios, pertenece la vida según los mandamientos. Esto no supone ninguna determinación extraña que le es impuesta al hombre. En el consentimiento a la voluntad de Dios se realiza nuestro parecido con Dios y llegamos a ser aquello que somos: imagen de Dios. Y porque Dios es amor, los mandamientos, en los que se manifiesta su voluntad, son variaciones fundamentales del único tema del amor. Son las reglas concretas del amor a Dios, al prójimo, a la creación, a nosotros mismos. Y porque en Cristo se encuentra el sí absoluto a la voluntad de Dios, el ser imagen en su plena medida, la vida según el amor y la voluntad de Dios constituye el seguimiento de Cristo, ir hacia Él e ir con Él. La referencia a los mandamientos también ha descendido en la Iglesia en las últimas décadas; ha crecido demasiado la sospecha de legalismo y moralismo. De hecho la palabra de los mandamientos queda como algo externo si no es examinada por la interioridad de Dios en nosotros mismos y por la precedencia de Cristo respecto de todos nosotros. Se queda en moralismo si no está bajo la luz de la gracia del perdón. Israel estaba orgulloso de conocer la voluntad de Dios y de conocer así el camino hacia la vida. El salmo 119 es una constante irrupción nueva de agradecimiento y de alegría por conocer la voluntad de Dios. Nosotros conocemos ahora esa voluntad encarnada en Jesucristo como orientación y al mismo tiempo como misericordia que una y otra vez nos acoge y nos guía. ¿No deberíamos alegrarnos de nuevo de ello en medio de un mundo lleno de confusión y oscuridad? Despertar de nuevo a la alegría en Dios, la alegría por la revelación de Dios, por la amistad con Dios, me parece una tarea urgente de la Iglesia en nuestro siglo. También para nosotros son válidas las palabras que el sacerdote Esdras dirige al pueblo de Israel que se había desanimado un poco tras el destierro: la alegría en el Señor es nuestra fortaleza (Neh 8, 10)" (J. Ratzinger), en Él, en su voluntad tenemos todo su amor, un amor infinito que se vuelve medida y criterio de mi propia vida. Cuanto hagamos en la Iglesia diocesana debería estar marcado, como llamada constante y como posibilitación en todo, por la conversión, por dejarse configurar y medir por el querer de Dios por su amor. Este debería ser un punto de referencia que siempre se tuviese presente, y un criterio de verificación de nuestra vida y de nuestra obra pastoral: ver si todo conduce a la conversión, si se vive la conversión, si se vive conforme al criterio de Dios y secundando la acción de su gracia en nosotros que nos identifica con Jesús y nos conduce en el seguimiento de sus pasos y de sus costumbres, que son las costumbres de Dios. Todo ha de conducir a que, con el auxilio y gracia de Dios, nos acostumbramos a estas costumbres divinas, asumiéndolas, por su gracia, como costumbres propias. Así nos pareceremos a Él, y le recordaremos a Él, seremos para otros memoria de su rostro, y tanto los cristianos como la Iglesia trasparentaremos ese rostro de Dios, como Cristo, en todo lo que es, hace y dice, lo trasparenta plenamente: es su rostro. Aquí tocamos la clave de la renovación personal y eclesial. Esto requiere una purificación constante, el perdón y la misericordia de Dios que nos purifique en lo más hondo de nosotros, el camino penitencial de cada uno. El perdón y su realización en cada uno de nosotros, a través del camino de la penitencia y del seguimiento, es en primer lugar el centro del todo personal de cualquier renovación. Pero, puesto que el perdón concierne a la persona en su núcleo más íntimo, puede recoger en unidad y es también el centro de la renovación de la comunidad. Pues si me quitan el polvo y la suciedad que hacen irreconocible la imagen de Dios entonces me hago realmente semejante al otro, que es también imagen de Dios, y sobre todo me hago semejante a Cristo, que es la imagen de Dios, sin límite alguno, el modelo según el cual todos hemos sido creados. Nace así una imagen nueva: "no soy yo quien vive, pues es Cristo quien vive en mí" Gal 2, 20). Así, el "yo" de cada uno es, de algún modo, insertado en el "yo" de Cristo, uniéndose de este modo al de todos nuestros hermanos. Solamente a partir de esta renovación del individuo nace la Iglesia, nace la comunidad que une y sostiene en vida y en muerte. Solamente cuando tomamos en consideración todo esto vemos a la Iglesia en su justo orden de grandeza, sólo entonces se lleva a cabo su misión, sólo ahí se da la verdadera reforma y renovación de la Iglesia como signo e instrumento de la unión con Dios y de la unidad del género humano. Ciertamente, "la conversión es, ante todo, un acto muy personal y es personalización. Yo me separo de la fórmula 'vivir como todos' (no me siento más justificado por el hecho de que todos hacen cuanto hago yo) y encuentro delante de Dios mi propio yo, mi responsabilidad personal. Pero la verdadera personalización es siempre también una nueva y más profunda socialización. El yo se abre de nuevo al tú, en toda su profundidad, de esta manera nace un nuevo Nosotros. Si el estilo de vida extendido en el mundo implica el peligro de la des-personalización, del vivir no mi propia vida, sino la vida de todos los demás, en la conversión debe realizarse un nuevo Nosotros del camino común con Dios. Anunciando la conversión también debemos ofrecer una comunidad de vida, un espacio común del estilo de vida. No se puede evangelizar sólo con las palabras; el Evangelio crea vida, crea comunidad de camino; una conversión puramente individual no tiene consistencia" (J. Ratzinger). Esto es lo que ha de preocuparnos en verdad en nuestra pastoral: trabajar, con la fuerza del Espíritu, en la conversión, seguir los caminos de la penitencia, servir a la fe. Que la gente se convierta y que la gente crea -meta de la evangelización- es lo que debe preocuparnos por encima de otras consideraciones: sólo así con la conversión y la fe habrá futuro, sólo así habrá esperanza, sólo así el hombre puede abrirse y permanecer en el horizonte de lo eterno, salir de su saber, de su entender, y de su poder . Por eso es la conversión y la fe en toda su grandeza inconmensurable la reforma eclesial que necesitamos constantemente; a partir de ella debemos poner siempre a prueba aquellas instituciones que nosotros mismos hemos construido en la Iglesia. Esto significa que la Iglesia debe ser el puente de la fe, y que, especialmente en su vida de asociación intramundana, no puede convertirse en un fin en sí misma. Hoy está difundida aquí y allá, incluso en ambientes eclesiásticos elevados, la idea de que una persona es tanto más cristiana cuanto más comprometida está en actividades eclesiales. Se practica una especie de terapia eclesiástica de la actividad, de entregarse a hacer; se intenta asignar a cada uno un cometido, o en cualquier caso al menor compromiso dentro de la Iglesia. De algún modo, así se piensa, tiene que haber siempre alguna actividad eclesial, se debe hablar de la Iglesia o hay que hacer algo por ella y en ella. Sin embargo, un espejo que no refleja más que a sí mismo no es ya un espejo; una ventana que en lugar de permitir contemplar libremente la lejanía del horizonte se interpone como una pantalla entre el horizonte y el mundo ha perdido su sentido. Puede ocurrir que alguien desarrolle ininterrumpidamente actividades asociacionistas en la Iglesia y que, sin embargo, no sea absolutamente cristiano. En cambio puede ocurrir que otro viva simplemente de la palabra y del sacramento y practique el amor que proviene de la fe sin haber hecho jamás actos de presencia en comités eclesiásticos, sin haberse ocupado nunca de las novedades de la política eclesiástica, sin haber formado parte de los sínodos ni haber votado en ellos, y sin embargo ser un verdadero cristiano. Lo que necesitamos no es una Iglesia más humana, sino más divina; sólo entonces será verdaderamente humana. Y por eso todo lo que hacen los hombres dentro de la Iglesia hay que reconocerlo en su puro carácter de servicio y desaparece ante lo que cuenta más y es lo esencial. "Sólo una cosa es necesaria: Dios y su Reino". Por eso, en estos momentos y siempre, nunca deberíamos olvidar aquellas palabras del recordado y admirado cardenal Van Thuan: "Tienes que distinguir entre Dios y las obras de Dios. Todo lo que has hecho y deseas seguir haciendo:... todas las acciones y estrategias pastorales que se puedan imaginar; todo eso es una obra excelente, son obras de Dios, pero ¡no son Dios! Si Dios quiere que abandones todo eso, hazlo enseguida , y ¡ten confianza en Él! Dios hará cosas infinitamente mejor que tú. ¡Tú has elegido a Dios sólo, no sus obras!.. Elegir a Dios y no las obras de Dios. Ése es el fundamento de la vida cristiana, en todo tiempo. Y es, a la vez, la respuesta más auténtica al mundo de hoy. Es el camino para que se realicen los designios del Padre sobre nosotros, sobre la Iglesia, sobre la humanidad de nuestro tiempo" (Van Thuan). Lo más importante y decisivo en nuestra vida, en la vida de la Iglesia y de nuestras comunidades, del cristiano, del pastor o de los "agentes pastorales" es concentrarse en lo único necesario, en lo único que importa por encima de todo: "Dios y su voluntad". Constantemente hemos de examinarnos, en medio de nuestra vida y actividad pastoral: ¿cuánto es para Él y cuánto para sus obras, que con frecuencia son "nuestras" obras?. Por otra parte no hay que olvidar lo que afirma san Pablo : "En la vida y en la muerte somos siempre del Señor" (Rm 14, 8). Así, cuanto más arraigados estemos en el Señor y con todos los que le pertenecen, tanto más nuestra vida estará sostenida por aquella radiante confianza del mismo Pablo, que tanto necesitamos en los momentos difíciles que atravesamos: "Estoy convencido nada ni nadie podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rm 8, 35s). Hemos de dejarnos llenar de semejante fe; entonces la Iglesia, nuestra diócesis de Toledo, crecerá, se afianzará, se renovará de día en día. 15. Por todo ello, estamos llamados a poner los fundamentos de comunidades de cristianos que estén dispuestos a organizar su vida desde la originalidad de esa fe vivida incesantemente, con vigor y capacidad para anunciar incansable y confiadamente a Jesucristo con obras y palabras, para abrir sendas de encuentro entre el hombre actual y el Evangelio y caminos a nuevas síntesis entre fe y cultura, válidas para el mundo de hoy. Se trata de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, lo valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación. La nueva evangelización nos convoca a una gran empresa: la renovación de la humanidad. Pero en verdad no habrá humanidad nueva si no hay hombres nuevos con la novedad del bautismo y de la vida conforme al Evangelio" (EN 19). No habrá humanidad nueva, como venimos diciendo, si no hay conversión. Así se nos convoca a lo que es el punto de partida y la piedra de toque de esa renovación de la humanidad: la conversión de cada uno de los que formamos la comunidad eclesial, la conversión personal de los mismos cristianos, la verdadera y real transformación de nuestras vidas y la liberación del pecado que nos daña y aliena como a todo hombre. Esto lleva a que concedamos, en nuestros intereses, la prioridad a la evangelización intraeclesial, sin descuidar en modo alguno la evangelización de los que están lejos de la fe, o viven una fe debilitada. Esto nos lleva a una evangelización "de los propios creyentes para fortificar la fe de todos los bautizados y para personalizar más esa fe, sostenida ayer por el ambiente social y sometida hoy a plurales desafíos culturales y sociales...( y reclama) la formación de comunidades eclesiales, entendiendo por tales aquellas en las que la fe logra liberar y realizar todo su significado originario de adhesión a la persona de Cristo y a su Evangelio, de encuentro y comunión sacramental vivida en la caridad fraterna y en el servicio gratuito a todos los hombres. Es necesario, asimismo, en este emprender caminos de conversión que estemos muy atentos a la necesidad de evangelizar la cultura, es decir, en expresión del Papa Juan Pablo II a "rehacer el entramado entero de la sociedad humana " y a transformar desde dentro los criterios de juicio y las mentalidades que están en contraste con el Evangelio. Los caminos de conversión que emprendemos nos llevan pues, a abordar con ímpetu renovado el anuncio del Evangelio de Jesucristo a los hombres de nuestro tiempo, de manera comprensible, creíble, amable, para que se conviertan y, una vez convertidos, desde sí mismos, con la luz de la fe y la fuerza creadora del Espíritu, sean capaces de recrear una cultura que, inspirada en la fe, y respondiendo a las necesidades y experiencias del hombre redimido, responda también a las necesidades del hombre moderno de este mundo unificado, tecnificado, puesto por Dios creador en las manos del hombre. Es en verdad iniciar los pasos y poner los fundamentos de una nueva época que nosotros tal vez no veremos, pero cuyos fundamentos estamos obligados a poner en el nombre y con la ayuda del Señor. Se trata, pues, de reemprender con claridad, audacia, confianza y fe, caminos de conversión. 16. Sólo se devolverá a la Iglesia su vitalidad y razón si sigue caminos de conversión, si la vida de los fieles se centra en Dios, si vive sumergida en la confianza teologal, si volvemos de verdad a Dios, si se le devuelve a Dios el lugar central que le corresponde en el corazón, en el pensamiento y en la vida del hombre. La obra a la que estamos urgidos, de manera especial ante la crisis de nuestro tiempo: evangelizar, nos obliga a hablar de Dios en el centro de nuestra vida para ayudar a los hombres a aprender el arte de vivir, aprender a ser, aprender a vivir en la verdad de lo que somos. La Iglesia, por esto, antes que nada, tiene que hablar de Dios, anunciar el único Dios verdadero. Pero sólo podremos ser mensajeros creíbles del Dios viviente, si su realidad prende y arraiga en nosotros, si tenemos experiencia de Él, si le conocemos y nos abrimos a su presencia gratificante. Ahora bien, Dios no puede ser conocido sólo con palabras. No se conoce a una persona si se sabe de esta persona sólo a través de otra. Anunciar a Dios es introducir en la relación con Dios: enseñar a rezar. La oración es fe en acto. Y sólo en la experiencia de la vida con Dios aparece también la evidencia de su existencia. Por lo mismo, la renovación y revitalización de la Iglesia, de nuestra diócesis, reclama, de manera inaplazable y urgente, enseñar y aprender a orar, sencillamente orar, como el Señor nos pide, con sencillez y esperanza, con verdadero amor y amistad. De eso se trata: de "tener trato de amistad con quien sabemos nos quiere" (Santa Teresa). Ahí está una clave para el futuro del hombre, de la sociedad y de nuestras comunidades y diócesis. Como decía nuestro querido D. Marcelo: "Hay que orar más...; tenemos que predicar más la oración a nuestros fieles. Nuestras iglesias, fuera de los momentos de la misa, están vacías. Pero están siempre llenas las calles y las cafeterías y los comercios. No entran nuestros cristianos a visitar al Señor. Tendrían que entrar más. No se abren las iglesias, dicen porque hoy..., podrían robarnos. Si estuvieran visitadas las iglesias, habría gentes para impedir robos". Se necesita orar, en la complementariedad de sus distintas formas y realizaciones: la oración personal, sólo delante de Dios; la oración común paralitúrgica como la que se nos ofrece en la religiosidad popular, en las distintas devociones; la oración litúrgica, cuya especificidad consiste en el hecho de que su sujeto primario no somos nosotros, sino Dios mismo, la liturgia es acción divina, Dios actúa y nosotros respondemos a la acción divina."Hablar de Dios y hablar con Dios siempre deben marchar conjuntamente. El anuncio de Dios es guía para la comunión con Dios en la comunión fraterna, fundada y vivificada por Cristo. Por eso, la liturgia (los sacramentos, especialmente la Eucaristía), no es un tema junto a la predicación del Dios viviente, sino la puesta en práctica de nuestra relación con Dios" (J. Ratzinger). V. Favorecer la experiencia de Dios es el objetivo para el primer año de nuestro Plan Pastoral. 17. En mi carta pastoral "Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora", del año pasado decía: "Si el mundo conociese a Dios, si conociese su don, todo sería distinto. Por eso, el gran desafío hoy para los cristianos, de manera concreta para los que formamos esta diócesis de Toledo, es conocer, amar y dar a conocer el 'don de Dios', Dios mismo. Este es el reto para nosotros los cristianos: que los hombres entiendan y vivan la vida con Dios, desde el 'don de Dios', inmersos en Él, y con esperanza, esperanza en la vida eterna. Y para ello necesitamos hablar de Dios, y previa y simultáneamente, hablar a Dios. Nada hay tan urgente. Ningún asunto es tan central y decisivo. En medio del silencio de Dios que nos envuelve -de tan graves consecuencias- no podemos menos que hacer resonar 'a tiempo y a destiempo', públicamente, la palabra 'Dios' y hablarle a Él. Hablar a Dios y de Dios en tiempos de silencio tan denso de Dios, es la tarea que nos atormenta como pastores... Es preciso hablar de Dios; hablar de Él para darle gloria; hablar de Él desde la contemplación de su rostro, desde la adoración y desde la plegaria, desde la escucha de Él y dejándole a Él ser Dios. Todo esto está exigiendo que nuestra pastoral se ocupe ante todo de Dios y cultive la experiencia teologal, la experiencia orante, la experiencia de la fe <: la experiencia de Dios, en definitiva, que se tiene en el encuentro con Él, en la fe teologal en comunión con la Iglesia). Necesitamos una pastoral, en efecto, que sitúe a Dios, su gracia, su amor y su juicio, en el centro. Hace falta una fuerte dosis de teocentrismo y superar ciertas pastorales más antropocéntricas y secularizadoras. Es necesario revalorizar para los fieles nuestra condición de creyentes en el sólo Dios y Padre, cuyo camino de acceso y encuentro es Jesucristo. 18. Necesitado de muchas cosas, nuestro mundo de nada está tan falto como de Dios; en esta situación, y ante tal carencia fundamental, la Iglesia debemos mostrar nuestra compasión y hacer del anuncio y del testimonio del Dios vivo el centro de nuestro servicio. Sería paradójico que, llamados a servir a los hombres y a socorrer sus carencias, no estuviéramos atentos de manera suficiente a esta fundamental indigencia del hombre. Es preciso que asumamos decididamente el reto de la secularización, del laicismo y de la increencia de nuestro tiempo y llevemos a cabo la obra de una nueva evangelización, que reclama "amigos fuertes de Dios", como diría Santa Teresa de Jesús, que vivan de la honda experiencia del Dios vivo, de Dios como Dios, como lo único y sólo necesario, Señor de nuestras vidas, de Dios en el más profundo centro y en la plenitud de nuestro vivir. Necesitamos de hombres y mujeres, testigos del Dios vivo, que sean capaces de hablarnos de Dios, de su juicio y de sus promesas con palabras fuertes y verdaderas: Dios debe aparecer siempre como Dios, en el centro de la existencia humana, como el sujeto que, con su juicio y su amor, interviene decisivamente en ella : origen, guía y meta de todo lo creado. Pero para esto, y previo a ello, es preciso que haya hombres y mujeres con experiencia de Dios, que nos hablen de esa experiencia y desde ella, que la trasparenten en la vida cuotidiana y social, en la realidad pública. Esta experiencia constituye el único reto a la increencia y al ateísmo capaz de llegar a la hondura del problema de nuestro tiempo, que vive apresado, frecuentemente, por la "tristeza de lo finito" e inmerso en redes de insolidaridad. Si la Iglesia, si los católicos, no aportamos a los hombres de nuestro tiempo, una intensa experiencia de Dios, se puede decir que no les aportamos nada. Si nos falta la experiencia de Dios, nuestra presencia en el mundo se reducirá a la de un mero cuerpo social, incapaz de dar esperanza y ofrecer libertad y dicha a los hombres. Mostraremos que no creemos en la resurrección y seremos los más desdichados. Ser cristiano, ante todo, es creer que Dios es; el núcleo y la confesión de la vida cristiana está en la afirmación: "Dios existe", es Alguien con el que tenemos que ver, que nos concierne de forma decisiva y total. Como recordaba santa Teresa, a quien es muy bueno acudir para adentrarnos en la experiencia de Dios: "Siempre tengamos memoria que tenemos de Dios el ser" (Vida lO, 5), que en nosotros "está siempre presente dándonos el ser" (Vida 4O, 5), que El es vida de nuestra vida y sustento que sustenta (Cf. Moradas VII, 2, 6). Dios es. Dios es Dios. Este es el gran misterio que comprendió tan espléndidamente la Santa de Ávila, y cuantos tienen experiencia suya. Le busca, le adora y confiesa que no hay otro. Lo reconoce y acepta profundamente. Se goza de que Dios sea, que sea Dios; y eso le basta. Por eso dirá que "quien a Dios tiene, nada le falta". Se tiene experiencia de Dios cuando uno no se entiende a sí mismo si no es con Él y desde Él, cuando no lo deja por nada del mundo, cuando se siente amado por él y como envuelto en un gran amor del que se puede fiar. Se tiene experiencia de Dios cuando se le invoca, cuando se es capaz de estar ante Él llamándole de "Tú", cuando se habla con Él de manera sencilla, cuando es tan familiar a nosotros como nuestro padre o nuestra madre, o cuando se vive en su presencia y se sabe uno ante Él. ¿Cómo educaron nuestros, que ya vamos teniendo años, esta experiencia de Dios nuestros padres? De una manera muy sencilla: enseñándonos a rezar, a dirigirnos a Él con toda naturalidad, aprendiendo a hablar, a decir "papá y mamá", al tiempo que aprendíamos a decir o balbucir: "Padre nuestro"; así Dios era y es tan real como nuestros mismos padres. Para el creyente, Dios aparece por doquier en su vida, como la presencia que le rodea por todas partes y el cobijo por el que clama todo el ser del hombre. Quien tiene la experiencia de Dios, como el salmista o Teresa de Jesús, sabe que no hay postrer ocultamiento; que, por todas partes, sin cobijo ni evasión, su vida, hasta el fondo, está patente a su mirada: "Me has sondeado y me conoces, sabes cuando me siento y me levanto...no está la palabra en mi lengua y ya, Señor, te la sabes toda... ¿Adónde iré lejos de tu aliento? ¿Adónde escaparé de tu presencia?" (Sal l39). Vivir a partir de aquí, y en la presencia de Dios es fundamental. En eso hemos de educarnos: ¡Es tan fundamental al tiempo que tan sencillo! ¡Cuántas gentes muy sencillas viven en esta Presencia y cómo rezuman voluntad de Dios, vida de las bienaventuranzas! Por más solos que se encuentren nunca se encuentras solos: "solos sí, pero no de Dios", como a veces escuchamos a gente muy sencilla pero de experiencia de Dios. Cuando se vive la experiencia de Dios es tal la certeza de esa Presencia que no se puede dudar de ella, sin dudar de sí mismo. 19. Cuando se vive la experiencia de Dios todo el hombre toma parte y se siente inundado por la plenitud de vida, de gozo, y de paz, de Dios mismo; la serenidad, la reconciliación, la confianza son compañeros inseparables de la experiencia de Dios. Quien descubre a Dios, quien le acepta y acoge, quien vive desde su presencia gratificante y desde la experiencia de Él, ve que la vida merece la pena vivirse, que la existencia es una gracia que se acepta agradecido, que todo es gracia, que todo es don y regalo, que el hombre no es la medida de todo; que la misma vida es don y que lo importante es saberse dado y aceptar el don que uno es, o lo que es igual, aceptarse a sí mismo; que uno es querido por Dios por sí mismo. Y esto llena de gozo y gratitud, de confianza y benevolencia, de esperanza y alegría de vivir. Nada impida, pues, nada separe, nada se interponga; por encima de todo y sobre todas las cosas el deseo y la afirmación de sólo Dios. El descubrimiento, el encuentro con Dios como Dios, lo único necesario, hace del hombre una persona pobre y libre, le hace descubrir que la raíz de toda esclavitud no es otra que absolutizar aquello que no es Dios y su voluntad. Pero, además, al tener la experiencia de Dios, y con ella la experiencia de que todo es gracia, de que todo es don, de sentirse amado, en definitiva por Él, con un amor que sobrepasa todo, no puede menos que vivir su vida como gracia, como amor, como don. ¡Ay si conociésemos, con toda verdad, el don de Dios!, todo sería diferente, todo se llenaría de luz, de gracia, de alegría y de amor. 20. El encuentro con Dios, la experiencia de Dios, exigen unas condiciones, unas actitudes, unos pasos : reclama un corazón libre y abierto, una "habitación y una casa sosegada", como dirían nuestros clásicos espirituales, que deje lugar a Dios. El encuentro con Dios exige interiorización, por una parte, y salida de sí y olvido de sí, por otra. Reclama desasimiento, asombro, disponibilidad, silencio, libertad interior, admiración, contemplación,... Para el encuentro con Dios se necesita un camino de interiorización, en el que se precisa pasar de la dispersión en actos y trabajos, de la exteriorización en cosas y posesiones a la concentración y al recogimiento, al hombre interior, al corazón puro y limpio donde pueda ser acogida la Palabra de Dios que nos manifiesta su Presencia; se necesita quitar obstáculos, superar la fiebre posesiva que nos ata, vencer la tendencia a la huida y al "divertimento". Es necesario para este encuentro con Dios no desviar el corazón de lo único necesario, despojarlo, con la gracia de Dios, paso a paso de aquellas cosas que lo ciegan y le impiden estar atento a su Presencia. Esa Presencia se da "del alma en el más profundo centro". El "centro" es la "sustancia del alma, donde ni el centro del sentido ni el demonio pueden llegar"; sólo Dios puede allí "hacer obra y mover el alma"(S. Juan de la Cruz, Comentario a Llama de amor viva, C. I). Y, al mismo tiempo, el que se encuentra con Dios ha de salir de sí, olvidándose de sí mismo. Esto reclama desasimiento, pobreza, obediencia, entrega confiada de sí mismo en los brazos de Dios, adecuación de la voluntad del hombre al designio de Dios, transformación en la voluntad de Dios, de forma que no haya cosas contrarias a la voluntad de Dios, la transformación del propio ser, amor efectivo porque, como dice Teresa de Jesús : "Obras quiere el Señor"(Moradas V,3,ll). Para esta experiencia de Dios, nada mejor que contemplar su rostro, el de la humanidad de Jesús, Hijo de Dios vivo, traerle a la contemplación, ante nosotros, como diría "muy humanado", verlo muy llagado. Con frecuencia hacemos algo muy intelectual de la experiencia de Dios, cuando es tan sencilla y tan humana, como es la naturalidad de acercarse a Jesús, de verle a Él en los relatos evangélicos, en los distintos momentos de su vida, en sus gestos, en sus costumbres ... Contemplar sus imágenes, mirarlas y dejarse penetrar por ellas, son caminos para esta experiencia al alcance de todos. La misma oración del Santo Rosario hecha sosegadamente y como nos enseña el Papa en su Carta sobre el Rosario, es también un excelente camino para adentrarse en la experiencia de Dios. El trato de amistad con Él, donde le "vemos" y escuchamos es imprescindible para dicha experiencia 21. Es preciso que cultivemos la experiencia teologal, la experiencia de Dios, que fomentemos en todos los estamentos y niveles, en todas las personas - adultos y jóvenes, niños y ancianos, sacerdotes y laicos, casados y religiosas- del Pueblo de Dios que peregrina en Toledo, una intensa vida espiritual, de manera muy particular, a través de una oración viva, asidua y gozosa en todas sus formas. A los sacerdotes, de modo principal, y a las personas de especial consagración - religiosos, religiosas, miembros de institutos seculares o de otras formas de vida consagrada- se nos pide que seamos maestros y testigos de oración. Necesitamos orar. Necesitamos aprender a orar. Necesitamos el gusto de la oración. Sin ella nada podemos hacer nada, ni nada que merezca la pena podremos ofrecer. Toledo, por otra parte, está enriquecida por Dios con cuarenta y tres comunidades o monasterios de vida contemplativa que hacen de la oración su mejor servicio a la Iglesia y a los hombres. En estos monasterios escuchamos "la soledad sonora" que afirma y proclama, que Dios es Dios, que El sólo basta, porque Él es plenitud, Soberano y Señor, "origen, guía y meta de todo lo creado". Os pido a todos, especialmente a los jóvenes, que os acerquéis a los monasterios de vida contemplativa; allí veréis a quienes han conocido "el don de Dios" y "han escogido la mejor parte", y podréis palpar la alegría y la dicha con que se vive cuando se adora a Dios. Quered y ayudad a los monasterios. Propiciad vocaciones a la vida contemplativa. ¡Las necesitamos! Desde el claustro, los monjes y las monjas contemplativas están sosteniendo nuestra diócesis y están llevando a cabo eficazmente la "nueva evangelización", que muestra a Dios y su amor en el centro, fuente y fundamento, origen de todo bien y de toda dicha. A ellos y a ellas, al tiempo que les agradezco su vida escondida con Cristo en Dios, les debo gran solicitud y pido que también vosotros les dediquéis la atención que se merecen. Necesitamos una pastoral que sitúe a Dios, su gracia, su amor y su juicio, en el centro. Una pastoral que hable y dé testimonio de Dios para darle gloria. Ante todo habremos de favorecer el itinerario del encuentro con Dios. Nuestra acción pastoral ha de ayudar a descubrir, afirmar reconocer y confesar al "sólo Dios" que el Hijo Unigénito nos ha revelado: El Dios que es Uno y Trino. La revelación de la Santísima Trinidad y la aceptación de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo es el núcleo de nuestra fe. Quitemos la fe en la Trinidad Santa y habremos difuminado la originalidad cristiana y perdido el aliento y la vida que anima a la Iglesia. Recentremos la vida de los cristianos en lo teologal y trinitario. Revaloricemos para los fieles nuestra condición de creyentes en el sólo Dios y Padre, cuyo camino de acceso y encuentro, por el Espíritu Santo, no es otro que Jesucristo, fuente de toda sabiduría y conocimiento de Dios. Esforcémonos en todo lo que conlleve o ayude al conocimiento de Dios y a la confesión de fe en Él. Ahí nos lo jugamos todo. V. Algunas sugerencias para nuestro Plan Pastoral en su primer año de aplicación. 22. Como expresión de una Iglesia que, guiada por la Virgen María y nuestro Señor Jesucristo, con la fuerza y gracia del Espíritu Santo, no quiere hacer otra cosa que la voluntad de Dios, lo que a Dios le agrada y quiere, todo en nuestro Plan diocesano de Pastoral ha de conducir a revitalizar esto tan elemental e imprescindible en las comunidades cristianas y en los miembros que las integramos. Para ello, me permito subrayar algunos aspectos contenidos en el Plan Pastoral. 23. Como es Dios quien tiene la iniciativa, que todo es gracia suya, que es Él quien sale a nuestro encuentro y le conocemos porque Él se nos ha dado a conocer y nos ha hablado de muchas maneras en su palabra por los profetas y en los acontecimientos de la historia, culminados en el acontecimiento de la venida en carne de su Hijo, Palabra eterna encarnada (Cf. Heb 1,1; Jn 1), es necesario que nos adentremos más y más en la escucha, lectura, contemplación y conocimiento de la Palabra de Dios, contenida en las Sagradas Escrituras y trasmitida fielmente por la Iglesia. La experiencia de Dios y de su designio de gracia hecho carne es posible en nosotros gracias a su Revelación, por la que Dios nos habla como amigos, en palabras y acontecimientos unidos, plenamente a través del Verbo encarnado (Cf. DV 2-4), al que los Apóstoles y testigos vieron, palparon, "experimentaron", y, con la fuerza y asistencia del Espíritu, nos lo han anunciado "para que entremos en comunión con ellos", con su misma experiencia, y así entremos en comunión con el mismo Jesucristo, Hijo único de Dios, y, en Él, con el Padre, ya que es el lugar del encuentro con Dios (Cf. 1, Jn 1-ss). Una experiencia viva y avivada de Dios, hoy y en la historia, pasa por una intensificación en el conocimiento, escucha, meditación, lectura asidua y eclesial de la Palabra de Dios contenida en las Sagradas Escrituras y trasmitida, de generación en generación, siempre viva por la Iglesia. Necesitamos escuchar y leer más, conocer mejor la Sagrada Escritura, tal y como nos enseña la Iglesia que lo hagamos, y con los criterios que ella misma nos dice. Nunca deberíamos olvidar la centralidad e importancia de la palabra de Dios en la vida de la Iglesia. El conocimiento y la impregnación de la Biblia en la vida de los cristianos, conforme al sentir de la Iglesia, es, sin duda, uno de los signos de la acción del Espíritu Santo y uno de los factores principales de fecundidad, en esta hora de la Iglesia. Por ello, recuerdo lo que ya dije en mi Carta pastoral del año pasado "Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora": necesitamos promover iniciativas propias y creativas que propicien un conocimiento mayor y una escucha más atenta de la Palabra de Dios que se convierta en un encuentro vital; formar para ello, grupos de lectura orante y reflexión de la Palabra de Dios, "impulsar la antigua y siempre válida tradición de la lectio divina, que permite encontrar en el texto bíblico la palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia" (NMI 39); formar un grupo de animadores bíblicos para el ámbito diocesano y parroquial que acompañen y sirvan de guías en los grupos de estudio y oración bíblica; crear un Centro diocesano de difusión de la Biblia y de formación de agentes para este cometido; ofrecer materiales idóneos para este fin; difundir en las parroquias las publicaciones del "Evangelio de cada día" y fomentar que en las familias cristianas se lea el texto del Evangelio del día correspondiente, se dediquen unos minutos para comentarlo en familia y orar sobre él. ¡Qué bueno sería que las familias cristianas en sus propios hogares, padres e hijos, lean y comenten juntos la Palabra de Dios, que las familias se acostumbren a ver los acontecimientos de la vida diaria a la luz de la Sagrada Escritura, que oren también con los salmos y los cánticos inspirados que nos ofrece el testimonio del Pueblo de Dios contenido en la Santa Biblia; qué bueno sería que hagamos un esfuerzo porque la espiritualidad y vida familiar tengan una raigambre profundamente bíblica; que los sacerdotes preparemos la homilía dominical con una lectura meditada y orada de los textos bíblicos del domingo! Todo lo que hagamos en este sentido por el conocimiento, difusión y asimilación de la Palabra de Dios será de gran fecundidad para la comunidad cristiana, la conducirá a la experiencia de Dios y la fortalecerá para dar testimonio de Dios vivo y anunciarle a los hombres de hoy. Tengamos presente que, como nos relata el Evangelio de san Lucas en la narración del camino de Emaús, se trata de que juntos, en Iglesia, como los discípulos, caminemos con la palabra viva de Cristo, que nos acompaña e interpreta la palabra escrita, la Biblia, así como los acontecimientos de la historia; hacer camino con Él, atentos a su palabra, escuchándole a Él como Iglesia, figurada en los caminantes de Emaús, "Él mismo se hace camino durante el cual el corazón está ardiendo y, de esta forma, al final se abren los ojos: La Escritura, el verdadero árbol del conocimiento, nos abre los ojos, si nosotros, al mismo tiempo, comemos el árbol de la vida, de Cristo. Entonces estaremos viendo verdaderamente, y entonces viviremos realmente. Tres elementos confluyen en este camino: la comunidad de los discípulos, la Escritura, la presencia viva de Cristo. Así, este camino de los discípulos es una descripción de la Iglesia, una descripción de cómo madura el conocimiento que lleva hacia Dios. Esa comunión será comunión de unos con otros, desemboca en la fracción del pan, en la que el hombre se convierte en invitado de Dios y Dios en anfitrión del hombre. Resulta claro aquí que no se puede tener a Cristo sólo para sí. Él no sólo nos conduce a hacia Dios, sino también unos hacia otros. Por ello Cristo e Iglesia forman un conjunto, así como lo forman Iglesia y Biblia. tarea central de la Iglesia, ayer y hoy y mañana, continúa siendo realizar esta gran comunidad en las comunidades particulares concretas del Obispo, el párroco, los movimientos eclesiales. Como comunidad en camino tiene que experimentarse en nuestras preocupaciones, en la palabra de Dios, en Cristo, y llevarnos hacia el don del sacramento, en el que se anticipa una y otra vez el banquete nupcial de Dios con la humanidad" (J. Ratzinger) 24. "El mayor empeño se ha de poner en la liturgia, 'cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde brota toda su fuerza'" (NMI 35). Es necesario, por consiguiente, que junto con la Palabra de Dios, fortalezcamos en nuestras comunidades y en todos los miembros del Pueblo de Dios cuanto se significa y se hace presente en los sacramentos, lugares del encuentro con Dios, sobre todo de la Eucaristía como encuentro principal con el Resucitado. No contrapongamos palabra y sacramento. Recobremos todo el sentido y realidad de los sacramentos si queremos que haya una diócesis, unas parroquias o unos fieles con vida. La secularización de nuestra sociedad nos ha hecho perder mucho el sentido y el significado de la realidad sacramental de la Iglesia y de los sacramentos en ella y para ella; y algo parecido sucede con todo lo que tiene que ver con la liturgia. Os exhorto vivamente a que acudáis al Catecismo de la Iglesia Católica y leer o releer, asimilar y vivir, lo que nos dice la Iglesia a través de cuanto nos enseña ahí sobre los sacramentos y la liturgia. Si perdemos el sentido y verdad de los sacramentos, si no ponemos nuestro mayor empeño en los sacramentos y la liturgia, en su celebración, si debilitamos nuestra conciencia sobre ellos, si debilitamos la participación en ellos, si no los vivimos suficientemente como lo que son, acciones de Dios y de la Iglesia, acontecimientos de salvación, si no ahondamos y fortalecemos el sentido de la gracia de Dios en nosotros, no tendremos futuro como cristianos ni como Iglesia. No sé si estaré equivocado, pero me parece que también entre nosotros -tal vez con menos fuerza que en otras partes-, -sin negar en nada toda la obra de renovación conciliar que aquí se ha dado en este punto-, se ha debilitado un tanto el sentido sacramental; por ello, habremos de poner especial interés en una buena catequesis, en una pedagogía adecuada, en una celebración correcta y en una participación activa y fructuosa en los mismos. Y juntamente con ello, habremos de poner especial empeño en la catequesis litúrgica, y en la renovación y revitalización de la liturgia: es preciso recuperar y mejorar el sentido litúrgico, conforme a la verdad de la liturgia que expresa el sentir de la Iglesia y con ella. A este respecto qué bueno sería que releyésemos y recordásemos las enseñanzas tan bellas y profundas que nuestro querido D. Marcelo nos dejó sobre la liturgia. ¡Qué testimonio tan rico nos dejó en este campo! ¡No lo remitamos al olvido! 25. Al hablar de sacramentos y de liturgia, y al hablar de experiencia de Dios, como estoy insistiendo en esta Carta y reclama nuestro Plan Pastoral, hemos de poner especial empeño en centrar la vida de nuestras comunidades y la vida de cada uno en la Eucaristía. Sin menoscabo de la carta Pastoral que os escribiré, en su día, con ocasión del Año Eucarístico, convocado por el Santo Padre, el Papa Juan Pablo II, quiero recordaros ahora algunos aspectos y subrayar la necesidad que tenemos de la Eucaristía para una Iglesia con vida capaz de vivificar nuestro mundo. Es preciso que recordemos y tengamos muy presente, como dice el Papa Juan Pablo II, que "la Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cuotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: 'He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo' (Mt 28,20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza. Con razón ha proclamado el Concilio Vaticano II que el Sacrificio eucarístico es 'fuente y cima de toda la vida cristiana'. 'La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo'. Por tanto la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifestación de su inmenso amor" (Ecclesia de Eucaristía, 1). Hacia ahí, hacia la Eucaristía, ha de dirigirse nuestra mirada y nuestro corazón, de cada uno y de todas las comunidades y de la diócesis. En la Eucaristía, sacramento por excelencia del misterio pascual, está en el centro de la vida eclesial (EdE, 3), de nuestra diócesis y de todas las parroquias y comunidades eclesiales. En la Eucaristía es donde se vive en toda verdad y densidad la experiencia de Dios. Cristo vivo, Hijo de Dios y Dios con nosotros, en persona, presente en la Eucaristía, nos adentra en la más genuina y real experiencia de Dios; nuestras comunidades y cuantos formamos la iglesia diocesana no viviremos cuanto entraña la experiencia cristiana de Dios si no participamos, celebramos, y vivimos como se requiere la Eucaristía. Necesitamos celebrar y vivir la Eucaristía, participar de ella y vivir de ella, para vivir y fortalecer la experiencia de Dios, para estar con Cristo, ser de Cristo y vivir en Él. Necesitamos que esté en el centro de nuestra vida y en el centro de todas y cada una de las comunidades que son nuestra Iglesia diocesana. Hay que celebrar el misterio del Amor eucarístico para insertarlo más profundamente en la vida y en la historia de nuestro pueblo, sediento de Dios, de valores espirituales, de solidaridad y de justicia; para que nuestro amor a Dios y a los hermanos tome fuerza y vigor y nos haga avanzar en el camino que siembra de vida y amor este mundo nuestro. Necesitamos la Eucaristía porque ésta es horizonte y meta de la proclamación del Evangelio, fuente y cumbre de toda evangelización (PO 5). Si la Eucaristía ha de ocupar el centro de la vida de las comunidades y de los fieles cristianos, en los sacerdotes esta centralidad ha de serlo de manera especial por la íntima vinculación existente entre el sacerdocio ministerial con el misterio eucarístico: somos instituidos sacramentalmente sacerdotes para ser ministros de la Iglesia, que hace la Iglesia; si la Iglesia vive y se alimenta de la Eucaristía, los sacerdotes habremos de vivir y alimentarnos especialmente de ella; por esto precisamos vivir tan vivamente el misterio eucarístico, la espiritualidad eucarística que es inseparable de la espiritualidad específicamente sacerdotal que se unifica en la caridad pastoral que brota del sacrificio eucarístico, centro y raíz de toda la vida del presbítero "de suerte que el alma sacerdotal se esfuerce en reproducir en sí misma lo que se hace en el ara sacrificial" (PO 14): "Imita lo que conmemoras", se nos dice el día de la ordenación. No dejemos los sacerdotes nunca la misa diaria aunque la celebremos solos; preparémonos bien para celebrarla, celebrémosla bien como si fuera la primera y última misa, demos gracias tras ella, vivamos la adoración eucarística, pasemos muchos y largos ratos ante el Sagrario, seamos modelo para los fieles en cuanto se refiere a la Eucaristía; seamos unos apasionados de ella, como san Juan de Ávila, o el Santo Cura de Ars, o el Papa Juan Pablo II, o nuestro querido D. Marcelo, que nos dejó tan ricas y alentadoras palabras sobre el misterio eucarístico y los sacerdotes. Y si esto digo de nosotros, sacerdotes, ¡qué no diría de los seminaristas!: el seminarista que en el seminario no vive de la Eucaristía, no se apasiona por ella, no se pasa largo tiempo ante el Sagrario, no debería ser su camino el sacerdocio. Gracias a Dios en nuestros seminarios, tanto en el mayor como el menor, una de sus características es su sentido eucarístico: pero nunca es bastante insistir y avanzar en este aspecto. Es muy necesario, sobre todo en el contexto de la sociedad secularizada en que vivimos, volver a explicar a los fieles, en la predicación y en la catequesis, siguiendo el Catecismo de la Iglesia Católica y las enseñanzas de los Papas, de manera particular la Encíclica "Ecclesia de Eucaristía", cuanto se refiere al misterio eucarístico, de manera que se pueda adquirir y mantener íntegra la certeza sobre la naturaleza y el significado profundo de la Eucaristía en sus diferentes aspectos. Los niños y, especialmente, los jóvenes han de ser educados en cuanto se refiere a la Eucaristía; muchas veces no participan en ella, entre otras razones, porque no "la entienden", están ajenos de alguna manera a lo que es. Este año en el que la mirada de toda la Iglesia se dirige a la Eucaristía, habrá de ser una ocasión privilegiada para formar a todos los fieles de todas las edades en este misterio central de nuestra fe. Junto a las catequesis y a la predicación, junto a los materiales que se ofrezcan, no podemos olvidar que para la mejor educación en este campo es imprescindible la participación en la celebración de la Eucaristía y en el cuidado de las celebraciones, especialmente de la Eucaristía de los domingos. Como decía el Papa al comenzar el nuevo milenio, "es preciso insistir en este sentido, dando un realce particular a la Eucaristía dominical y al domingo mismo, sentido como día especial de la fe, día del Señor resucitado y del don del Espíritu, verdadera Pascua de la semana ..." (NMI 35). Deberemos esforzarnos con todo ahínco, pedagogía y constancia, en que "la participación en la Eucaristía sea, para cada bautizado, el centro del domingo. Es un deber irrenunciable, que se ha de vivir no sólo para cumplir un precepto, sino como necesidad de una vida cristiana verdaderamente consciente y coherente. Estamos entrando en un milenio que se presenta por un profundo entramado de culturas y religiones "y de verdadero exilio en un mundo y cultura secularizados" incluso en países de antigua cristianización. En muchas regiones "podríamos añadir ya en pueblos nuestros que están creciendo tanto, en urbanizaciones nuevas" los cristianos son, o lo están siendo, un 'pequeño rebaño' (Lc 12,32). Esto les pone ante el reto de testimoniar con mayor fuerza, a menudo en condiciones de soledad y dificultad, los aspectos específicos de su propia identidad... La Eucaristía dominical, congregando semanalmente a los cristianos como familia de Dios entorno a la mesa de la palabra y del Pan de vida, es también el antídoto más natural contra la dispersión. Es el lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada constantemente. Precisamente a través de la participación eucarística, el día del Señor se convierte también en el día de la Iglesia, que puede desempeñar así de manera eficaz su papel de sacramento de unidad" (NMI 36). Es preciso y urgente recuperar el domingo, tener imaginación creadora para llevar a cabo cuanto está entrañado y exige este Día; siempre, singularmente, en los primeros tiempos, el domingo ha ocupado un lugar central en la Iglesia y en las comunidades; cuando el domingo "decae" es que ha "decaído" la comunidad. Son necesarias iniciativas nuevas, por ejemplo "las escuelas dominicales" o "los oratorios". Si damos pasos en la revitalización del domingo, habremos dado también pasos muy importantes en la nueva evangelización y en el fortalecimiento de la experiencia de Dios. Para esta revitalización del domingo, urge una "buena y digna" celebración de la Eucaristía, singularmente los domingos y fiestas, en los que se reúne el conjunto de la comunidad cristiana, de modo que tanto los fieles como los sacerdotes puedan vivir el misterio eucarístico en toda su riqueza y así se renueve y fortalezca la vida cristiana de todos. Es necesario insistir en este punto, pues de cómo vivamos la Eucaristía, de cómo nos situemos ante ella, de cómo la celebremos, depende muy mucho que haya vitalidad cristiana en nuestras comunidades. El vigor de una comunidad se refleja en cómo celebra la Eucaristía. Esta ha de marcar el camino de aquélla. Necesitamos, por ello, cuidar exquisitamente y vigorizar las celebraciones dominicales. Hay que cuidar su preparación con la oración personal y comunitaria sobre la base de los textos bíblicos y litúrgicos. Hay que hacer, como ya he dicho, una buena catequesis de la Eucaristía y redescubrir la riqueza insondable del misterio eucarístico, para vivirlo cada vez más hondamente y que penetre enteramente en nuestras vidas. No deberíamos olvidar que la mejor catequesis eucarística es la misma celebración: pero no sólo la mejor catequesis "eucarística", sino sencillamente la mejor catequesis y la mejor predicación, -no me refiero ahora a la homilía- el mejor, el más amplio cauce y medio de comunicación de la fe. Si nos diésemos cuenta lo que significa en España, para la evangelización de España, el que cada domingo participen en la Eucaristía cerca de diez millones de fieles. No podemos perder este momento, y por ello necesitamos cuidar las eucaristías dominicales en todos sus aspectos y detalles, también, por supuesto, la homilía. Una "buena" celebración es la mejor catequesis de todo el misterio y acontecimiento cristiano. Hay aspectos que deberíamos cuidar, como : la participación de los fieles que han de proclamar las lecturas, hacer las moniciones o animar los cantos; el silencio orante y el clima profundamente religioso y gozoso en toda la celebración; las moniciones, en frases breves y bien pensadas, que tengan sentido catequético y exhortativo y ayuden en la celebración y en la vida de fe; la expresividad de los gestos; la proclamación preparada y bien hecha de la Palabra, sin improvisaciones y sin suprimir ninguna lectura: lo importante es la Palabra de Dios - Dios que habla y le prestamos nuestra voz- , que se oiga bien la Palabra, que se pueda escuchar con atención e interés; la homilía, preparada seriamente con la oración y el estudio y hecha con esmero y 'verdad'; el modo de presidir, de 'estar'; el esfuerzo en la unidad eclesial de la celebración, que entraña fidelidad a las orientaciones y normas litúrgicas de la Iglesia, signo y pedagogía del misterio de comunión que es la celebración eucarística: no hay que caer en un rubricismo, pero tampoco podemos saltarnos las normas de la Iglesia, que son expresión de comunión y están al servicio de ella, no somos dueños de los sacramentos ni de la disciplina litúrgica: en este sentido es preciso que conozcamos bien, que asimilemos y apliquemos con total adhesión las normas y directrices de la reciente Instrucción de la Congregación para el Culto Divino "Redemptionis Sacramentum". Entre los aspectos que me permito subrayar está el de los cantos. Han de ser escogidos cantos sencillos que puedan cantar todos los miembros de la asamblea, que tengan hondura religiosa y contenido serio, calidad musical; hay algunos cantos que no deben cantarse nunca por carecer de sentido religioso, por su escasa o nula calidad musical, por falta de contenido o porque su contenido desfigura o diluye la fe cristiana. El canto no es para amenizar: es oración, es alabanza, es respuesta a las maravillas de Dios por parte de toda la asamblea. El Cantoral Litúrgico nacional ofrece una buena selección de cantos; atengámonos a él. En todo caso téngase en cuenta que el salmo responsorial no puede ser sustituido nunca por una canción no sálmica; que la letra del "Santo" debe ser la aclamación que hace la Iglesia y no otra; que si se canta el "Padre Nuestro" ha de ser con las palabras que el Señor nos enseñó y no con otras y que, tras la monición del sacerdote, no cabe ningún canto que no sea la oración dominical; que no debería cantarse en el gesto de la paz y que, si se hace, se haga con letras con entidad y sin asomo alguno de cursilería. Es necesario promover los coros que animen a toda la asamblea cristiana a cantar y que no la suplanten. A veces, coros pequeños o grandes corales suplantan al Pueblo de Dios y se convierten en "amenizadores" de una celebración o en espectáculo. Lo importante es el misterio que se celebra; el coro es un instrumento para la celebración. No convirtamos, pues, las celebraciones en espectáculo. Es necesario que las parroquias tengan un " equipo de animación litúrgica" que cuide la preparación, las moniciones, los cantos, las lecturas. En resumen, es preciso "mejorar" nuestras celebraciones eucarísticas, y dentro de esta "mejora", los sacerdotes no olvidemos de cuidar nuestra predicación, que es algo tan fundamental, como bien sabéis. No olvidemos, además, que "al celebrar la Eucaristía entramos más intensamente a formar parte, de una manera real y visible, del misterio de la Iglesia. Por esta razón es muy importante que en estas celebraciones quede siempre manifiesta la unidad objetiva de la Iglesia local y universal...Cuando se pretende adaptar estas celebraciones a la sensibilidad o a las preferencias de un grupo determinado de cristianos, es preciso respetar siempre la objetividad de las formas y los textos litúrgicos. Así se evitará el riesgo de olvidar la primacía de la Iglesia y de su necesaria mediación que purifique y universalice nuestra fe y piedad liberándolas de las influencias parciales o de los vaivenes transitorios (Conferencia Episcopal Española, Testigos del Dios vivo, 48) Os anuncio, para concluir con esta cuestión principal de la Eucaristía, que, dentro de nuestro Plan Pastoral, si Dios quiere, celebraremos el próximo año, 2005, un Congreso Eucarístico diocesano, con sus fases parroquiales, arciprestales y diocesana, ésta última se celebrará en torno al Corpus, y concluirá el Congreso en la segunda quincena de junio. Será una ocasión espléndida y un gran acontecimiento de gracia que nos permitirá ahondar más y vivir mejor en lo que se refiere a la Eucaristía. 26. También este año, en orden al cultivo y fortalecimiento e Dios, a acentuar en nuestra vida la acción de Dios y de su gracia, a destacar el primado de la gracia divina en todo, a centrar nuestra vida en Él y en la salvación que viene de Él y es obra suya, a la santificación de los que formamos la Iglesia diocesana, a una vida interior más honda y en orden a una vida cristiana más auténtica y firme, es preciso que prestemos especial atención al resto de los sacramentos. Para ello es muy importante que conozcamos bien y asimilemos los "prenotanda" a los distintos Rituales sacramentales; también nuestro Sínodo diocesano ofrece orientaciones preciosas y precisas sobre los sacramentos, su celebración y la acción pastoral en torno o en orden a ellos. Los sacramentos de Iniciación cristiana así como la pastoral correspondiente serán objeto de orientaciones concretas y precisas en su momento: me consta cómo los sacerdotes sufrís no poco en este terreno; sabed que os comprendo, y, hasta tanto tengamos dichas orientaciones, podéis acudir al borrador que sobre la pastoral de iniciación cristiana entregué al Consejo del Presbiterio. Permitidme que haga una referencia, aunque sea breve, al sacramento de la penitencia. Me alegra mucho -y doy gracias a Dios por ello, así como a los sacerdotes y a los fieles- que en nuestra diócesis de Toledo se mantenga con bastante vigor el Sacramento de la Penitencia. Es una de las muchas riquezas de nuestra diócesis. Pero no nos podemos quedar tranquilos ni relajarnos en este terreno. Con el Papa, deseo pedir a todos "una renovada valentía pastoral para que la pedagogía cotidiana de la comunidad cristiana sepa proponer de manera convincente y eficaz la práctica del Sacramento de la Reconciliación" (NMI 37). En algunas partes, ningún otro sacramento se ha hecho más extraño a los propios cristianos que el de la Penitencia. Sin embargo, ¡es tan necesario, tan consolador, y tan luminoso, tan esperanzador y de renovación! ¡Estamos tan necesitados de reconciliación, estamos tan faltos del perdón divino que nos salve y restaure, necesitamos tanto la purificación interior! Sin la palabra de reconciliación que viene de Dios, sin la gracia de su perdón, sin su misericordia infinita que se nos da en el sacramento y nos restablece en nuestra vida de gracia, nuestros intentos de reparar el alma enferma resultan insuficientes. La verdadera reforma y renovación de la Iglesia vendrá por un fortalecimiento de este sacramento entre los cristianos. No habrá verdadera reforma eclesial si poco a poco debilitamos este sacramento y la conciencia de su necesidad: sólo Dios perdona nuestros pecados que impiden el que la Iglesia se muestre como trasparencia de Dios en el mundo. Por ello, ruego encarecidamente a sacerdotes y fieles que avancemos más y más en este terreno y que nunca retrocedamos en él, que sigamos en este punto las directrices y enseñanzas de la Iglesia: ahí está nuestro futuro, con toda certeza. Es muy aconsejable que releamos de nuevo la Exhortación apostólica Reconciliatio et poenitentia, o la Instrucción Pastoral Dejaos reconciliar con Dios, de la Conferencia Episcopal. 27. Nuestro plan pastoral prevé también el cultivo de una espiritualidad recia en todos los ámbitos y carismas de la Iglesia y conforme carácter de esos distintos carismas o estados de vida: el de los sacerdotes, religiosos y religiosas, personas consagradas, el de los fieles cristianos laicos. Todos compartimos una espiritualidad común, que es la espiritualidad de los bautizados, pero los distintos miembros del pueblo de Dios vivimos esta espiritualidad común en una espiritualidad diferenciada según sea el estado de vida eclesial propio. A todos nos es común una espiritualidad, en la diferenciación, que entraña el seguimiento de Cristo por el camino de las bienaventuranzas y la fuerza y sabiduría que el Espíritu infunde en nosotros. En todos los estados de vida hemos de cultivar y afianzar la espiritualidad que corresponda, conforme a las directrices y enseñanzas de la Iglesia. Distintos Sínodos universales se han ocupado de los diversos estados de vida; de ellos han emanados las distintas Exhortaciones Apostólicas del Papa Juan Pablo sobre ellos. Es muy necesario que en estos momentos ahondemos en estos distintos documentos: los sacerdotes en Pastores Dabo vobis; los religiosos, religiosas y personas consagradas, en Vita Consecrata; los seglares, en Christi Fidelis Laici; y las familias, en Familiaris Consortio. En todas estas Exhortaciones, si las secundamos, encontramos abundantes, ricas, certeras y empeñativas orientaciones para fortalecer la espiritualidad en cada uno de los estados, para hacer de ellos gentes que sean testigos valientes del Evangelio, amigos fuertes de Dios, trabajadores incansables en los duros trabajos del Evangelio, apóstoles decididos, constantes e infatigables, verdaderos luchadores en la causa del Evangelio que es la causa de Dios, verdaderos e intrépidos testigos, "mártires", de Dios vivo, como reclaman los tiempos difíciles que nos ha tocado vivir. Para alcanzar esa espiritualidad, que como toda obra del Espíritu nos da fortaleza y fuerzas para trabajar y luchar hasta el final de la jornada en la viña del Señor, o en el campo inmenso de la humanidad, se ha de alimentar, por supuesto, de la Palabra de Dios, de los sacramentos, de la oración, de la gracia de Dios. Y también, de una formación bien fundada en los diferentes aspectos de la fe y de la vida cristiana. Una formación que requiere conocimiento, estudio, ejercicio de la razón que reclama el mismo y propio conocimiento de la fe. Hay mucha ignorancia de la fe y de la moral de la Iglesia, grandes lagunas sobre aspectos básicos de la doctrina cristiana, o incluso visiones erradas en el intento de acomodar la fe a lo "moderno, a nuestro mundo", por ejemplo en lo que respecta a Dios creador ya la creación misma, al pecado original, al misterio de la persona y redención de Jesucristo, al hecho y verdad de su resurrección corporal, al misterio de la Iglesia, a las postrimerías, singularmente a la resurrección de la carne y al juicio final o a la realidad del cielo, del infierno o del purgatorio, a aspectos morales fundamentales, a la ley natural, etc; se desconoce bastante la historia de la salvación y la historia de la Iglesia; se vive, con frecuencia, una fe demasiado endeble, sin fundamentos suficientes, sin base para dar razones de lo que creemos y hacemos. Hay que volcarse, en consecuencia, en un gran esfuerzo de catequización en nuestra diócesis en todos los ámbitos y niveles para un mayor conocimiento de Dios y de su designio, y así para una mejor y más vigorosa experiencia de Dios, que no se dará sin este conocimiento. El Catecismo de la Iglesia debe ser utilizado más y ser conocido mucho mejor: en él tenemos el mejor instrumento para atender a esta necesidad. Necesitamos urgentemente una buena catequesis y una buena y sólida formación moral. Este año podríamos o deberíamos prestar especial atención, siguiendo el Catecismo, a la catequesis sobre Dios, Dios Creador, Dios como Dios, es decir como santo y misericordioso, Origen, Guía y Meta de todo lo creado, altísimo y juez, al tiempo que más cercano a nosotros que nuestra propia intimidad, todopoderoso en su amor infinito, providente y actuante en nuestra historia, que se nos ha dado conocer como en sombra o huella en la creación, y en toda su gloria en Hijo, hecho hombre, concebido y nacido de la Virgen maría por obra del Espíritu Santo. Al mismo tiempo, habría que enseñar los principios morales fundamentales, qué es lo bueno y lo malo, cómo se forma la conciencia, cómo no es la decisión de cada uno, cómo es Cristo el fundamento y criterio de la moral. Hay mucha perplejidad en estos temas, y, además, el pueblo cristiano, con frecuencia, se ha dejado ganar por los criterios errados que están en el ambiente. Un esfuerzo en este terreno, bien merece la pena. Como siempre, pero con características especiales y nuevas hoy, el mundo de hoy nos pide razones, es necesario dar razones de la esperanza de la fe que nos anima. La fe cristiana apela a la razón. Nada más contrario a la experiencia cristiana de Dios que el fideísmo o la llamada "fe del carbonero". Como decía Chesterton: "para entrar en la Iglesia uno se quita el sombrero, pero no la cabeza". Algunos, tal vez por pereza o por ignorancia, creen que no necesitan formarse, que no necesitan fundamentar su fe; así, a la menor dificultad, se derrumban; edifican sobre arena, y enseguida se tambalean, si no caen, ante la más pequeña dificultad que hoy pone nuestro mundo y nuestra cultura. Vivimos en una sociedad del conocimiento, y también debe darse este conocimiento en el terreno de la fe. Por eso, la presencia de la razón en la fe es una de las tareas más urgentes en la Iglesia de nuestro siglo. "La fe no puede retirarse dentro del propio caparazón de una decisión que ya no tiene que ser fundamentada, no puede reducirse a una especie de sistema de símbolos en el que se acomoda pero que finalmente continúa siendo una elección casual entre otras visiones de la vida y el mundo. Ella necesita del amplio espacio de la razón... La llamada a la razón es una gran tarea de la Iglesia precisamente hoy, pues allí donde fe y razón se separan una de la otra, enferman las dos. La razón se vuelve fría, se vuelve cruel porque ya no hay nada sobre ella... Pero también la fe enferma sin un espacio amplio para la razón. Vemos en nuestro presente con profusión qué graves estragos pueden surgir con una religiosidad enfermiza" (J. Ratzinger). Por supuesto que esto se ha de propiciar y cultivar con la formación sólidamente fundada que reciban los sacerdotes en sus años de formación en el Seminario y en el Instituto Teológico o posteriormente en la formación permanente. Igualmente se ha de garantizar y consolidar a través del Instituto Superior de Ciencias, creado el curso pasado en nuestra diócesis. Pero también, para todos, la diócesis, en la Catequesis, de todas las edades, especialmente de adultos y jóvenes, basada, como he reiterado, en el Catecismo de la Iglesia Católica, ha de formar a gentes firmes y arraigadas en la fe: potenciar, pues, la catequesis o formación con solidez y razonada es una exigencia grave para todos los cristianos y para la Iglesia diocesana. Junto a estos medios de formación, la Diócesis, prosiguiendo lo que se venía haciendo a través de distintos cauces o escuelas y con el fin de articularlos entre sí y buscar una mayor unidad y comunión, al tiempo que trata de responder a las exigencias de formación para unos cristianos militantes, agentes de pastoral en distintos campos, va a ofrecer el cauce, renovado y potenciado, de la "Escuela diocesana de formación teológica y pastoral", con distintas sedes, a partir de este mismo curso. Con ella vamos a intentar desplegar un gran esfuerzo de formación de los cristianos para la "militancia" cristiana y para la asunción de tareas de responsabilidad evangelizadora o educativa en la Iglesia, o para fortalecer su presencia en el mundo. La formación de los fieles laicos es un elemento fundamental e imprescindible siempre, y particularmente apremiante en el momento presente. Se trata de una formación integral, donde la dimensión espiritual ha de ocupar un puesto privilegiado en la vida de cada uno. Y, junto a ella, una formación doctrinal o "teológica", de la fe que busca comprender también con la razón y razonar. Cada día es más urgente esta formación teológica de los laicos, no sólo por el natural dinamismo de profundización de su fe, sino también por la exigencia de dar razón de la esperanza que les anima. Es indispensable, así mismo, la formación de la conciencia social y el conocimiento de la doctrina social de la Iglesia, que está en la entraña misma del ser cristiano y de su actuación en las realidades sociales, políticas y culturales. Toledo necesita responder a este reto; necesitamos de un cauce como esta Escuela Diocesana de formación teológica y pastoral, con diversas sedes, donde se vayan preparando, de manera muy especial las nuevas generaciones, para su acción misionera y apostólica, y para su presencia en la vida pública, social, profesional, política, cultural y familia. Quienes, conscientes de su fe y de la misión activa de todos los miembros de la Iglesia, quieren actuar cristianamente y sienten las exigencias de comunicar el Evangelio, encontrarán un lugar adecuado en esta Escuela diocesana, donde se impartirán enseñanzas que les capacite para la obra de evangelización, para la acción catequética, para otras acciones pastorales, o sencillamente para actuar en el mundo conforme a la doctrina social de la Iglesia, y, en todo caso, para dar razón de la fe que les anima. En ella se va a ofrecer un cauce de formación que comprende los núcleos centrales de la Sagrada Escritura, de la Teología, de la acción pastoral y de la doctrina social de la Iglesia. De este modo, al tiempo que se proporcione una visión sintética y orgánica de los contenidos fundamentales de la fe cristiana, se haga posible, así mismo, una preparación específica en los distintos campos pastorales y se capacita para una presencia, desde la fe, de los católicos en la sociedad. Es necesario subrayar la formación de los catequistas. Llevar a cabo un generoso esfuerzo en este terreno es algo prioritario en nuestra Iglesia diocesana. Es importantísimo, imprescindible, que los catequistas se preparen bien, que se formen lo mejor posible para llevar a cabo la fundamentalísima acción de la catequesis. No podemos olvidar que la catequesis es nuestra mejor inversión para el futuro, y esta requiere la formación adecuada de cuantos van a impartirla en las diferentes comunidades. Por esto es prioritaria la atención y la formación de los catequistas. En estos momentos, junto al mejorarla, y precisamente para mejorarla, la atención y la formación de los catequistas es algo en lo que debemos emplearnos de lleno. De ahí la importancia de esta Escuela Diocesana, cuyo decreto de creación, programas y puesta en marcha se dará noticia en breve. En la época compleja que vivimos esta formación ha de ofrecer una visión total de los núcleos centrales de la fe y la práctica cristiana; ha de permitir una mejor comprensión de la fe; y ha de ofrecer una teología positivamente eclesial, hecha desde la Iglesia, en comunión con ella y al servicio de su vida y de su crecimiento. La formación teológica está llamada a proporcionar una reflexión sistemática sobre los problemas últimos del hombre y del mundo contemporáneos y ha de analizar desde la fe los nuevos problemas que plantean el cambio de la sociedad y las nuevas corrientes de pensamiento. Una formación adecuada exige responder a las cuestiones que presenta la fe al hombre de hoy y a las cuestiones que se le presentan a la fe desde la situación que nos es dado vivir. También es propio de esta misma formación alimentar la vida cristiana, fortalecer la experiencia religiosa, conducir a una inserción viva y dinámica en la misión de la Iglesia y de la renovación eclesial, fortalecer la comunión. Todo esto conlleva, además, posibilitar, a través de esta formación, un lenguaje apto para comunicar el mensaje cristiano teniendo presente la situación contemporánea y las necesidades de los hombres y de acuerdo con la tradición viva de la Iglesia. Estamos viviendo un tiempo en el que quizá no baste con decir "hago lo que puedo"; sino que a la vista de las urgentes necesidades de evangelización, de catequesis y de presencia activa de los católicos en la Iglesia y en la sociedad, tenemos que capacitarnos lo mejor posible para poder hacer lo que debemos hacer hoy. Una nota que no quiero olvidar de esta Escuela Diocesana de Formación Teológica y espiritual, es que no ha de ser un mero centro académico, sino un lugar de Iglesia, de experiencia y comunión eclesial, de encuentro también y de experiencia de Dios, donde se cultive, por lo mismo, y se consolide la experiencia de Dios: así colaborará en esa espiritualidad apostólica y "militante" de los que usen este cauce. 28. No podemos olvidar aquí, ahora ni nunca que para propiciar, posibilitar, consolidar y fortalecer la experiencia de Dios es necesaria la oración. No hay experiencia de Dios ni de su Evangelio sin la oración. Quien no ora, quien no invoca a Dios como a un Tú personal, quien no tiene trato de amistad con Aquel que sabemos nos quiere, no es creyente, no es cristiano. La oración "es la que primero hace a los cristianos. En la oración experimentamos el primado de la gracia: Dios siempre nos precede. El cristianismo no es un moralismo, algo hecho por nosotros. Primero es Dios es el que se acerca a nosotros, después podemos ir con Él, entonces serán liberadas nuestras fuerzas interiores. Y la oración nos permite experimentar el primado de Cristo, el primado de la interioridad y de la santidad. A este respecto el Papa pone una pregunta digna de consideración: 'Cuando no se respeta este principio, ¿ha de sorprender que los proyectos pastorales lleven al fracaso y dejen en el alma un humillante sentimiento de frustración?'. Hemos de aprender de nuevo el primado de la interioridad por encima de todo nuestro activismo, el componente místico del cristianismo tiene que ganar fuerza otra vez" (J. Ratzinger). Sólo una Iglesia orante será una Iglesia con vida: ¿de dónde surgen las vocaciones, el impulso apostólico y evangelizador, la presencia cristiana de verdad y comprometida cristianamente en el mundo, si no es de vida y personas orantes? Todos debemos orar. Todos necesitamos volver al Señor y dejarnos convertir por Él, escucharle a Él, dejarle a Él ser Dios, Señor y Dueño nuestro, dejar que Él actúe en nosotros, contemplarle y adorarle, para así llegar a ser testigos suyos y de su Evangelio, que anuncian lo que han visto y oído, para anunciar a los cuatro vientos lo que hemos escuchado en la intimidad de trato con Él, estando con él sosegadamente y no de manera fugaz. No cesemos de orar; es necesario en todo tiempo y sin desfallecer (Lc 18,1). Oremos, y así formaremos, o mejor Dios formará, mediante la oración, nuestras vidas. A todos os invito a orar, a que nos tomemos de una voz por todas la oración, a que no pase este año pastoral sin haber intensificado y mejorado la oración en cada uno y en las comunidades cristianas, que si son cristianas, han de ser comunidades orantes: "permanecían unidos en la oración", leemos en el libro de los Hechos de la comunidad cristiana primera; en oración estaban cuando irrumpe la fuerza del Espíritu y lanza la Iglesia para llevar a cabo su misión. La invitación a orar es la más importante que os puedo hacer en estos tiempos de secularización y de eclipse de Dios, o de considerar a Dios como una realidad o idea abstracta e impersonal. La oración es el test de nuestra fe. El olvido de la oración es olvido de Dios; y el olvido de Dios es olvido del hombre; necesitamos la oración para acercarnos al hombre, y servirle. Es la oración servicio grande y aportación necesaria para nuestra humanidad, es garantía de humanización de nuestro mundo, porque es la garantía de recuperación de lo humano, de la verdad del hombre: "No sólo de pan vive el hombre" (Mt 4,4), y no sólo con las cosas temporales, ni sólo con la satisfacción de las necesidades materiales, con las ambiciones o con los deseos, el hombre es hombre. "'No sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios'. ¡Si debemos vivir esta palabra, palabra divina, es necesario orar sin desfallecer!" (Juan Pablo II). Os lo digo con el corazón en la mano y con todo el apremio y urgencia de que soy capaz. Debemos orar. Necesitamos orar. Es preciso que intensifiquemos la oración más y más nuestra diócesis. Si no, estamos perdidos, y no aportaremos nada, ni construiremos nada: "Si Dios no edifica, en vano nos cansaremos en edificar". Vuestro Obispo necesita y debe orar, orar más, "sin desfallecer", de otra suerte no será un buen Obispo. Dedicarse más a la oración, como los Apóstoles (Hech 6,4), ser de los primeros orantes de la diócesis. También los sacerdotes necesitan orar sin desfallecer, tener trato de amistad con el Señor para que su palabra sea la que le han escuchado a Él; orar por su pueblo y así amarlo: "este es el pastor que ama su pueblo, él ora mucho por él". Queridos hermanos sacerdotes: que no nos falte tiempo ni a vosotros ni a mí para la oración, para la oración personal -¡qué menos que una hora diaria!- para la oración litúrgica de las Horas que hacemos en nombre de la Iglesia, para el rezo del santo Rosario u otras oraciones; orar intercediendo por nuestro pueblo: somos sacerdotes que interceden por los hombres, somos mediadores entre Dios y los hombres por la oración. Tengamos la certeza que si oramos así, de tiempo, y bien, seremos otros, trabajaremos mejor, llegaremos a más, conoceremos más y mejor a Dios como se conoce a las personas en el trato de amistad, Dios actuará en nosotros, nos conformaremos con su voluntad, veremos con los ojos de Dios, secundaremos mejor sus designios, conoceremos mejor a los hombres como Dios los quiere, y tantas cosas más. Apremia orar, si queremos ser apóstoles, si queremos de verdad evangelizar con nuevo ardor: el "ardor apostólico" brota de la oración. ¡Cuánta responsabilidad tenemos si aflojamos en la vida de oración!. Que nada, queridos hermanos sacerdotes, nos aleje de la oración. No dejemos los retiros mensuales o los ejercicios espirituales de cada año; hagamos de vez en cuando una etapa de "desierto" en nuestra vida, veremos cuán provechoso es. Sigamos el ejemplo de los santos sacerdotes, todos ellos orantes. Es en la oración donde, además, encontraremos vivificada la alegría de nuestro ministerio, el entusiasmo pastoral y la esperanza y confianza en Dios que es quien nos ha elegido y llamado. La misma llamada hago a los seminaristas. Que el seminario sea un lugar de oración, de "estar con el señor", de aprender a estar con Él, de configurarse con él a su lado, de fraguarse en la escuela de los grandes orantes, de escucharle a Él y discernir su voz de otras voces para poder decir: " ¡Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad! ¡Habla, Señor, que tu siervo escucha!". El seminarista que no ora, que no adquiere el gusto de la oración, que no se habitúa a orar, que no pasa largos ratos en adoración, escucha, contemplación, ante el Sagrario donde está el Señor en persona, debe repensar su camino. Lo mismo digo de los religiosos y religiosas, de todas las personas consagradas. La revitalización de la vida consagrada depende muy mucho si se cultiva la oración: la oración personal, larga y sosegadamente, y la oración litúrgica. De una manera especial, vosotros y vosotras, hermanos religiosos y religiosas, personas consagradas, estáis llamados a ser testigos y maestros de oración; y más aún en el tiempo que vivimos. La vida de pobreza, castidad y obediencia, obra y regalo de la gracia, se fragua en la oración; vuestra existencia de caridad vivida como signo escatológico en vuestras propias obras y tareas eclesiales conforme a vuestro propio carisma, se fragua en la oración y no se da si no hay una vida orante. Tenéis también especial responsabilidad en la salvación de los hombres, en el testimonio valiente y libre de Dios vivo: sin la oración, todo fallará. En estos tiempos nada fáciles en los que tanto cuesta hablar de Dios a los hombres, habladle a Dios de ellos. No abandonéis la oración, sustituyéndola por la acción: la acción se tornará vacía, os encontraréis solos con la obra de vuestras manos. Enseñad a rezar en vuestros colegios y rezad con los niños y los jóvenes que se os confían, que os vean orar y aprendan, viéndoos, lo importante que es orar; enseñad a rezar y rezad con los enfermos, o con los ancianos, con los pobres a los que de manera tan extraordinaria y con tanto amor atendéis y servís: de la oración, lo sabéis bien, es de donde sacáis la fortaleza para este grandísimo servicio que le prestáis al Señor en los pobres con los que se identifica; orad por ellos, que tan necesitados están. ¿Cómo no agradeceros a los monjes y monjas contemplativos vuestra vida dedicada a la oración y a la contemplación, a la alabanza y a la acción de gracias, a estar con el Señor asumiendo la mejor parte, la intercesión y la expiación, y mostrando con esta vida orante el testimonio de que sólo Dios es necesario, y que contemplar su rostro es saciarnos de plenitud? Como Moisés, no bajéis los brazos orantes. Enseñad a orar, que el pueblo de Dios pueda compartir vuestra oración. ¡Cuánto os debemos, cuánto ayudáis con esa vida orante y contemplativa a la Iglesia y a la humanidad entera, que tanto, tanto, necesita de vuestra oración!" Vuestros monasterios son comunidades de oración en medio de las comunidades cristianas a las que prestáis vuestro apoyo, aliento y esperanza" (Juan Pablo II). También los laicos debéis orar más, más de lo que se suele orar de manera habitual. La vida de oración es el respiro de nuestras almas. En las parroquias, en las familias, en los movimientos y asociaciones de fieles cristianos laicos, se debe orar más. Debemos hacer en nuestra diócesis una "gran cruzada de oración". "Es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración... Pero sabemos bien que rezar tampoco es algo que pueda darse por supuesto. Es preciso aprender a orar, como aprendiendo de nuevo, este arte de los labios mismos del divino Maestro" (NMI 32), y se necesita enseñar a orar; a orar se aprende orando. Por eso el hincapié y el relieve que se le da a la oración y ayudas para la oración en la vida de las comunidades. Que en las parroquias haya diariamente, tiempos dedicados a la oración, que las gentes puedan acudir al templo parroquial a orar, como recordaba más arriba con palabras de D. Marcelo. Que se ofrezcan instrumentos para la oración, y para iniciar en ella. La cuarta parte del Catecismo de la Iglesia Católica contiene enseñanzas bellísimas y muy sólidas para la oración: acerquémonos a él, pongámoslo al alcance de nuestras gentes; releamos las breves pero enjundiosas páginas de la carta del Papa al comenzar el Nuevo Milenio; acerquémonos también a la escuela de los grandes orantes, como Santa Teresa de Jesús, en el libro de Vida o en el "Camino de Perfección", o san Ignacio de Loyola. Que nuestras parroquias y nuestras familias sean escuelas de oración; cultivemos la oración familiar en nuestros hogares. Fomentemos entre los fieles, en todas las edades, los ejercicios y retiros espirituales donde se viva la experiencia de oración. Que no dejemos la oración del Santo Rosario, tan importante y sencilla, tan asequible para todos; difundamos el documento del Papa sobre el santo Rosario, especialmente este año que celebramos el ciento cincuenta aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. Os pido a todos, sacerdotes, monjes y monjas contemplativas, religiosos y religiosas, personas consagradas, fieles cristianos laicos, ancianos, adultos, jóvenes, niños, enfermos, que oréis de modo especialmente intenso por las vocaciones al ministerio sacerdotal. Necesitamos sacerdotes. la Iglesia los necesita. El mundo los necesita. Para que haya sacerdotes, es necesario orar, orar mucho e insistentemente, orar con toda confianza y con toda paz: El Señor mismo nos encareció que acudiésemos al Dueño de la mies, pidiéndole que envíe obreros a su mies. Aparte de los momentos especiales que semanal o mensualmente se dediquen en las parroquias y comunidades a esta intención, y los que particularmente cada uno se ocupe de ella, pido que en todas las celebraciones eucarísticas de cada día y en una de las horas mayores de la Liturgia se hagan preces por esta intención. Que se ofrezcan eucaristías por las vocaciones, y que se ofrezcan penitencias para que Dios suscite estas vocaciones y haya jóvenes o niños, o adultos, que respondan con toda decisión y generosidad. Y junto con esta intención, os ruego también que pidáis por las misiones donde hay misioneros de nuestra diócesis, especialmente por la misión de la Prelatura de Moyobamba, que ahora comenzamos a servir y atender. Todos estamos preocupados por la situación de nuestra patria, por España. Vivimos una especial encrucijada de su historia, para la que necesitamos luz, sabiduría, fortaleza, concordia, y tantas cosas. Por eso os comunico que en nuestra diócesis, al modo como hizo el Papa en Italia hace unos años, vamos a organizar una gran plegaria a lo largo de ocho meses, desde noviembre hasta la clausura del Congreso Eucarístico, por nuestro querido país. De esta iniciativa recibiréis información cumplida y los materiales correspondientes. 29. A través de todo este camino, en el que se avanza en la experiencia de Dios, y donde acontece el encuentro con Él, vamos recorriendo la senda de la santidad, a la que estamos llamados todos. Todo en la Iglesia santa de Dios ha de estar marcado por la santidad, hacia la santidad de sus miembros y hacia la santificación del mundo debe conducir todo en la Iglesia. Su programa y su prioridad pastoral, en los planes pastorales de la Iglesia universal, y de las iglesias diocesanas, -también en la nuestra- ha de perseguir prioritariamente la santidad: "la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad" (NMI 30). Hoy más que nunca es necesario hacer hincapié en esta urgencia, que es fundamento de toda programación pastoral. Sin esto todo se desmorona, nada tiene consistencia. En los momentos cruciales de la Iglesia han sido siempre los santos quienes han aportado luz, vida y caminos de renovación. También hoy que vivimos un tiempo crucial, necesitamos santos , pedir a Dios con asiduidad santos, y ofrecer modelos de santidad. La vida entera de la comunidad eclesial, la de las familias cristianas, la de todos los cristianos, de cualquier clase o condición, debe ir en esta dirección : la que lleva a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor. El programa de una pastoral de santidad es muy amplio y nadie creo que pueda albergar respecto de él recelo alguno ni tildarlo de escapismo o de fuga hacia un espiritualismo que nos haga desentendernos de nuestro mundo y de las necesidades que urgen y apremian: es ahí donde se encuentra verdaderamente lo que en el Plan pastoral se ha querido denominar: "espiritualidad militante" en cada uno de los estados de vida. Cuando decimos esto, lo mismo que cuando el Papa, con toda su autoridad y responsabilidad de confirmarnos en la fe nos señala este camino prioritario en el comienzo del nuevo milenio, no se nos ocultan los gravísimos problemas que hoy acechan a la humanidad. Ante el panorama de los gravísimos problemas de hoy y a "estas alturas de modernidad", ¿se puede salir diciendo, como hago ahora poniendo todo mi empeño y persona, que lo prioritario en estos momentos es una pastoral de la santidad?. Sí, precisamente porque este es el panorama de nuestro mundo, y porque ciertamente una Iglesia de santos será una Iglesia, cuyos miembros, unidos a Cristo, serán "amigos fuertes de Dios", testigos de Dios vivo y de su caridad que no tiene límites y de la entrega servicial a los hombres siguiendo el camino que Cristo recorrió, y es El mismo: el camino de la confianza en Dios y del cumplimiento de su voluntad, es decir, el mismo de las bienaventuranzas, retrato que Jesús nos dejó de sí mismo, dibujo de su rostro y descripción concreta de su infinita caridad y de su obediencia al Padre y cumplimiento de su voluntad. "En realidad, poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y de la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, '¿quieres recibir el Bautismo?', significa al mismo tiempo preguntarle, '¿quieres ser santo?'. Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña : 'Sed perfectos como es vuestro Padre celestial '(Mt 5,48)" (Juan Pablo II). Es en los santos donde podemos "ver" de alguna manera a Cristo, donde tenemos experiencia de Él y lo palpamos en toda su cercanía, en toda su obra redentora y transformadora de la vida de los hombres, como testimonio del Dios vivo que es Amor. Los santos, vida ordinaria de los renacidos en Cristo, hombres y mujeres de nuestro mismo barro, reflejan precisamente la vida que El mismo encarnó y vivió históricamente, aquella que los primeros discípulos vieron con sus propios ojos y palparon con sus manos ( Cf. 1 Jn 1,1). Sólo una Iglesia de santos dará a conocer a Jesucristo, origen y meta de una humanidad nueva y verdadera; sólo la vida santa conduce a la experiencia viva del Evangelio del Reino de Dios; sólo con santos será creíble, visible y "seguible" ese mismo Evangelio. En el umbral del nuevo milenio, ¡no tengamos miedo a ser santos!. Sigamos a Jesucristo que es fuente de libertad, de vida y de amor. Abrámonos al Señor para que Él ilumine todos nuestros pasos. Abrámonos a los dones de la gracia : sólo la gracia y los medios de la gracia nos santificarán; secundemos los medios y caminos que conducen a la santidad. Que Cristo sea en verdad nuestro tesoro más querido. No endurezcamos el corazón, escuchemos su voz : "Sed santos, sed perfectos, como mi Padre celestial es santo, es perfecto y misericordioso". La docilidad a esta llamada suya no mermará en nada la plenitud de nuestra vida : al contrario, la multiplicará, la ensanchará hasta abrazar con nuestro amor los confines del mundo. Así seremos luz de vida y esperanza en medio de esta sociedad ( Cf. Juan Pablo II, Homilía en la canonización de S. Enrique de Ossó, en Madrid). Aquí está el futuro. Este es el camino, el único y verdadero camino del futuro, que se abre ante nosotros en los primeros pasos del nuevo milenio. En este camino de la santidad tenemos un faro luminoso y una guía certera que nos conduce con toda verdad: la Santísima Virgen María, la que fue concebida sin pecado original, la que es Inmaculada y toda Santa. VI. La Virgen María, modelo y guía para la experiencia de Dios y para vivir una vida centrada en Él y en obediencia fiel a Él: santa. 30. Siempre tenemos que mirar a la Santísima Virgen a la hora de responder a la pregunta sobre lo que tenemos que hacer, como es el caso presente de un proyecto pastoral. Pero este año aun estamos obligados con más razón si cabe a mirar a Santa María, al celebrar el ciento cincuenta aniversario de la proclamación del dogma de su Inmaculada Concepción. La Virgen María es testimonio vivo de la verdad de Dios. Toda ella es manifestación de Dios. Toda su persona y su vida es trasparencia de Dios. Ella, con su "he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra", nos muestra que Dios es Dios, que Dios es lo solo y único necesario, que sólo El basta. Antes y más allá de nuestros deseos y esperanzas, de nuestras necesidades y exigencias, de nuestros intereses y preferencias, Dios es Dios. Así nos lo presenta la Virgen María. Su palabra y su oración, sus gestos y comportamiento están marcados por una referencia radical a Dios. Ha hecho de su vida una entrega sin reserva alguna al querer de Dios, a la misión que Dios le ha confiado, un servicio incondicional a Dios. Con su "hágase en mí según tu palabra", pone en Dios, la vida, el aliento, el destino. Y así proclama la soberanía absoluta del Dios vivo. Dios, centro de la vida. Corazón y cántico, grandeza, humillación y alegría: todo converge en Él. Es la confianza sin condiciones de Santa María lo que nos muestra a Dios tal cual es y desenmascara los falsos dioses que no son más que hechura del hombre, ídolos que esclavizan y que no liberan ni salvan. Cuando María se entrega a Dios para que realice en ella su palabra, no hace más que poner totalmente en acto el amor expresado en aquella confesión de fe que los israelitas repetían diariamente : "Escucha, Israel : El Señor nuestro Dios , es el único Señor". "Dios es el Señor": ahí está el resumen de toda la fe, la concentración de todo el amor. El clamor de nuestra sociedad necesitada de la luz y de la verdad del Evangelio, que es la luz y la verdad de Dios, encuentran en Santa María el faro que nos conduce hacia esa Luz, ella que es la Esclava del Señor, la llena de gracia, la que es dichosa porque acoge la Palabra de Dios y la cumple, la que es bienaventurada porque ha creído. La Virgen María nos ha enseñado a vivir con la confianza incondicionada puesta enteramente en Dios y nos ha mostrado que el reconocimiento de Dios reclama la acogida y la obediencia fiel, la disponibilidad plena, el amor total y desinteresado, la apertura ilimitada a la voluntad de Dios, la fidelidad inquebrantable por encima de todo al encargo recibido de Él. Y esto es fuente de dicha, gozo del don y de la gracia, generación de vida, raíz y cumplimiento de la esperanza. Por esto, María, la mujer creyente, puede escuchar aquella bienaventuranza de su prima Isabel : "Dichosa tú que has creído". Cuando Isabel saludó a la joven pariente que llegaba de Nazaret, María respondió con el canto del Magníficat. Las palabras usadas por María en el umbral de la casa de su prima expresan una inspirada profesión de su fe. La fe de María proclama la grandeza, la soberanía, y el señorío de Dios; le reconoce como el que está en el principio y en el fin de todas las cosas y le confiesa como Aquel que tiene la iniciativa de la creación y de la salvación y el juicio inapelable de nuestras vidas. La fe de María proclama gozosa que Dios es el único poder al que debemos someter nuestra vida y del que podemos esperar la salvación definitiva: se confía en el Señor y no será confundida para siempre; sabe de quién se ha fiado. María se alegra en "Dios, su salvador": Dios es origen, razón y atmósfera de la propia alegría. La equivocación fundamental de un hombre sería hacerse centro de sí a uno mismo. En las exultantes palabras de María resplandece " un rayo del misterio de Dios, la gloria de su inefable santidad, el eterno amor que, como un don irrevocable, entra en la historia del hombre. María es la primera en participar de esta nueva revelación de Dios y, a través de ella, de esta nueva autodonación de Dios. Por eso proclama : 'ha hecho obras grandes por mí; su nombre es santo`. Sus palabras reflejan el gozo del espíritu, difícil de expresar : 'se alegra mi espíritu en Dios mi salvador`. Porque 'la verdad profunda de Dios y de la salvación del hombre...resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la revelación`...Desde la profundidad de la fe de la Virgen en la anunciación y en la visitación, la Iglesia llega a la verdad sobre el Dios de la Alianza, sobre Dios que es todopoderoso y hace 'obras grandes` al hombre: 'su nombre es santo`... Contra el pecado de la incredulidad o de la poca fe, frente al corazón de la sospecha que el 'padre de la mentira` ha hecho surgir en el corazón de Eva, María proclama con fuerza la verdad no ofuscada sobre Dios: el Dios santo y todopoderoso que desde el comienzo es la fuente de todo don, aquel que ha hecho obras grandes". La Iglesia, se ve confortada, fortalecida, con la fuerza de la verdad sobre Dios, proclamada con tan extraordinaria sencillez por la Virgen María y, al mismo tiempo, con esta verdad sobre Dios desea iluminar las dificultades y a veces intrincadas vías de la existencia humana. El camino de la Iglesia implica un renovado empeño en su misión que sigue la misión de Aquel que dijo : "Dios me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva". Su amor preferencial por los pobres está inscrito admirablemente en el corazón del canto del Magníficat. El Dios de la Alianza cantado por la Virgen de Nazaret es el Dios que alza de la basura al pobre, protege al desvalido, defiende al indefenso. "Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los pobres los sacia de bienes y a los ricos los despide vacíos"; Dios defiende la causa de los pobres; los pobres son consolados y los ricos entristecidos; los poderosos abatidos y los caídos ensalzados. Dios rescata la vida de la fosa, colma de gracia y de ternura, sacia de bienes los anhelos; hace justicia y defiende a todos los oprimidos; es compasivo y misericordioso; como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles. Con sus palabras inspiradas, la Virgen María nos manifiesta a Dios al lado de los pobres. Es una sorpresa regocijante para todos los humillados de la tierra recibir la noticia de que Dios les ama y viene a levantar a los hundidos. De la insondable voluntad divina nace su inclinación benevolente a los pobres, porque Dios es bueno. En Dios hay corazón, entrañas de Padre, amor sin límites. En Dios hay ternura y misericordia. Este mensaje es la razón de la esperanza para los decaídos. Esta es la verdad de Dios : Buena Nueva para todos los hombres frente a las amenazas que sobre ellos pesan. "María está profundamente impregnada del espíritu de los pobres de Yahvé que en la oración de los salmos esperaban de Dios su salvación, poniendo en El toda su confianza. Ella proclama la venida del misterio de la salvación, la venida del Mesías de los pobres. La Iglesia, acudiendo al corazón de María, a la hondura de su fe, expresada en las palabras del Magníficat, renueva cada vez mejor en sí la conciencia de que no se puede separar la verdad sobre Dios que salva, sobre Dios que es fuente de todo don, de la manifestación de su amor preferencial por los pobres y los humildes...La Iglesia es consciente - y en nuestra época esta conciencia se refuerza de modo particular - de que no sólo no se pueden separar estos dos elementos del mensaje contenido en el canto de la Virgen, sino que también se debe salvaguardar cuidadosamente la importancia que los pobres y la opción en favor de los pobres tienen en la palabra del Dios vivo". Por todo ello, María es también Madre de misericordia. Madre de misericordia "porque Jesucristo, su Hijo, es enviado por el Padre como revelación de la Misericordia de Dios. El ha venido no para condenar sino para perdonar, para derramar misericordia. Y la misericordia más grande radica en su estar en medio de nosotros y en la llamada que nos ha dirigido para encontrarlo y proclamarlo, junto con Pedro, como 'el Hijo de Dios vivo`. Ningún pecado del hombre puede cancelar la misericordia de Dios, ni impedirle poner en acto toda su fuerza victoriosa, con tal de que la invoquemos. Más aún, el mismo pecado hace resplandecer con mayor fuerza el amor del Padre que, para rescatar al esclavo, ha sacrificado a su Hijo : su misericordia para nosotros es redención. Esta misericordia alcanza su plenitud con el don del Espíritu Santo, que genera y exige la vida nueva. Por numerosos y grandes que sean los obstáculos puestos por la fragilidad y el pecado del hombre, el Espíritu, que renueve la faz de la tierra, posibilita el milagro del cumplimiento perfecto del bien. Esta renovación, que capacita para hacer lo que es bueno, noble, bello, grato a Dios y conforme a su voluntad, es en cierto sentido el colofón del don de la misericordia, que libera de la esclavitud del mal y da la fuerza para no pecar más. Mediante el don de la vida nueva, Jesús nos hace partícipes de su amor y nos conduce al Padre en el Espíritu" ( VS ll8). La misericordia de Dios nos alcanza, pues, a través de la Virgen María que ha dado a luz al que es la manifestación y entrega de la misericordia de Dios. Al pie de la Cruz, Jesús, su Hijo, nos la entrega como Madre de todos y de cada uno de nosotros, así se convierte en la Madre que nos alcanza la misericordia. Que ella nos ayude a llevar adelante el Plan pastoral si Dios es lo que quiere; que Ella no dé fuerzas para proseguir en algunas tareas cada día más imprescindibles como es el cultivo de las vocaciones sacerdotales, nuestros seminarios, los jóvenes, las familias, los sacerdotes, los pobres, los enfermos, la atención al mundo de la cultura, la nueva evangelización. Que proteja y guarde a la Iglesia que peregrina por las tierras de España, y a España misma. Que Ella, nos mire con esos ojos suyos misericordiosos, y nos ayude a llevar a cabo lo que Dios quiere de nosotros, de la diócesis de Toledo, lo que su Hijo Jesucristo, como en Caná de Galilea también hoy nos diga, con la certeza de que así habremos escuchado la voz del Espíritu que habla a las Iglesias y atendido a la voluntad de Dios, que en medio de nosotros vive y reina por los siglos. Con mi bendición y afecto para todos. Toledo, 15 de octubre, de 2004, fiesta de Santa Teresa de Jesús X Antonio Cañizares LloveraArzobispo de ToledoPrimado de España
INSTRUCCION PASTORAL SOBRE DOS IMPORTANTES TEMAS MORALES: Toledo, 26 de septiembre de 2004 Queridos hermanos y hermanas en el Señor, diocesanos de Toledo: Uno de los deberes fundamentales de los Obispos es enseñar la fe de la Iglesia, confirmar en ella; y uno de los derechos que vosotros tenéis, como miembros de la Iglesia, es el que vuestros pastores, en comunión con todo el Colegio Apostólico presidido por el Papa, Sucesor de Pedro, y en comunión con él, "con Pedro y bajo Pedro", conserven y trasmitan fielmente lo que la Iglesia cree y enseña como recibido de su Señor, Palabra plena y única del Padre, en quien se consuma y se encuentra la plenitud de la Revelación. Cumplo así con mi deber de pastor para con vosotros, Pueblo de Dios que está en Toledo, a mi cuidado confiado; deber que me obliga a iluminar con la luz del Evangelio aquellas cuestiones morales que afectan a la vida del hombre en asuntos de índole individual o social, incluso sobre materias referentes al orden político, siempre que entren en juego los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas (Cf GS 76). El magisterio de los pastores no sólo se refiere a cuestiones de dogma y fe, sino también de moral y de costumbres. Por eso os dirijo esta Carta Pastoral sobre dos asuntos de gran importancia: el de la eutanasia que ha sido puesto de relieve con el estreno de la película "Mar adentro", que, como es sabido, revive la tragedia de un hombre que la quiso para sí; y el del divorcio, que, por el anuncio de un proyecto de nueva legislación sobre esta materia, reclama una palabra de vuestro Obispo. Ni en un caso ni en el otro, me mueve ninguna postura de reacción política, sino de deber episcopal para con vosotros, mis queridos diocesanos, que tenéis derecho a que os exprese y recuerde la posición de la Iglesia y en comunión con ella sobre estas materias. Con toda alegría y verdad, con entera libertad, hago simplemente lo que debo como pastor vuestro: proclamar y enseñar la doctrina de la Iglesia y defender la vida y dignidad humana, así como la institución familiar. 1. Sobre la eutanasia 1.1. Contexto en el que se plantea el tema En el llamado mundo desarrollado hay quienes están librando una "lucha" por el reconocimiento social y legal de la eutanasia. Entre nosotros, el estreno y la amplia y desmesurada propaganda de la película indicada han sido ocasión para que, de nuevo, se haya reabierto el debate y se haya arreciado la campaña en favor de la eutanasia. A raíz de aquella "muerte asistida" de D. Ramón Sampedro, -a quien respeto y por quien he orado en su momento y ahora-, hemos podido leer, escuchar o ver, pareceres a favor y en contra de la eutanasia, debidos a la pluma tanto de espontáneos opinantes como de personas comprometidas en el movimiento del que llaman "derecho a una muerte digna", principales beneficiarios de la decisión que adoptó el tetrapléjico gallego y que ahora reproduce la mencionada película. Este caso fue presentado, en su momento, -y ahora se repite- con insistencia en la opinión pública como alguien a quien se le estaba negando un derecho fundamental: dejar voluntariamente de vivir una vida de sufrimiento que ya no era considerada por él como digna de ser vivida. Al mismo tiempo, a quienes se oponían o se oponen al reconocimiento de ese supuesto "derecho" son acusados de oscurantistas, de represores de la libertad, de impositores de una determinada moral confesional, de falta de respeto, de insensibilidad al sufrimiento personal y al sentir cada vez más común de la sociedad. Los defensores de la eutanasia están predisponiendo a la opinión pública con distintos y poderosos medios explícitos y subliminales en favor de aquélla. La forma con que se hizo pública en su día la noticia y de tratar aquel suicidio, o todo el aparato propagandístico que acompaña a la película, así como la presentación de otros casos y las informaciones que se ofrecen sobre el asunto en cuestión con frecuencia confunden, seducen y hasta, a veces, violentan la conciencia y la libertad de las gentes. Por ejemplo, se presenta este caso como si se tratara de algo ordinario, normal, y heroico, cuando en realidad es un caso raro y, con todos mis respetos para con D. Ramón Sampedro, no precisamente de heroicidad humana. La Federación Nacional de Asociaciones de Lesionados Medulares y de Grandes Minusválidos, cuando estaba en el candelero aquel caso que representa su apologética película, declaró expresamente que la inmensa mayoría de los discapacitados es contraria a la eutanasia; hoy siguen teniendo la misma posición contraria a la eutanasia, como bien puede verse, por ejemplo, en los que son asistidos por el Centro Nacional de Parapléjicos de Toledo; ellos ni son ni se consideran a sí mismos como seres indignos de vivir o con una vida indigna de ser vivida; al contrario. Hemos de escucharlos y no manipularlos. Las campañas -ahora estamos en una de ellas- en pro de la eutanasia, entre otros procedimientos, suelen explotar el miedo al sufrimiento antes de la muerte y el atractivo de una muerte dulce que evite padecimientos. El método es muy fácil, máxime en una cultura como la nuestra del bienestar y del disfrute, de la eficacia, que no tolera ni sabe afrontar y soportar el sufrimiento, al que ve como el mal por excelencia que debe ser eliminado. Por otra parte, la moralidad contemporánea tiende a poner el derecho a escoger, por encima de cualquier otro valor. Encuentra ofensiva la enseñanza tradicional sobre la "sacralidad" o inviolabilidad de la vida humana que ha formado parte del acervo moral común de las sociedades occidentales. Esta perspectiva moral tiene muchos efectos profundos. Ha insensibilizado a mucha gente sobre la maldad del aborto. Predispone también a muchos para que apoyen la eutanasia. Conviene observar también que se suele presentar el reconocimiento social de la eutanasia como una novedad, como una "liberación" de la opresión ejercida por poderes "reaccionarios" sobre los individuos libres que, gracias al progreso y a la educación, van tomando conciencia de sus derechos y van exigiéndolos cada vez con mayor decisión. Pues bien, hemos de recordar que la aceptación social de la eutanasia no sería ninguna novedad. En distintas sociedades primitivas, y también en algunos periodos de la Grecia y la Roma antiguas, la eutanasia era bien vista por la sociedad. Los ancianos, los enfermos incurables o los cansados de vivir podían suicidarse, solicitar ser eliminados de modo más o menos "honorable", o bien eran sometidos a prácticas y ritos eugenésicos. El aprecio por toda vida humana fue un verdadero progreso introducido por el cristianismo - así hay que decirlo haciendo justicia a la historia, a los hechos que no inventamos y que son tozudos -. Ante la campaña organizada, más aún ante este asunto objeto de la campaña, es necesario tener conceptos claros y utilizar un lenguaje adecuado que no encubra la realidad. El lenguaje, en efecto, no es nunca neutral. Lo mismo que se hace con el aborto, al que se le denomina eufemísticamente "interrupción voluntaria del embarazo" para no decir que se trata de la eliminación violenta de un ser humano no nacido; así también con respecto al tema que nos ocupa se usa una terminología que confunde : se habla de "morir con dignidad", "muerte dulce". Existe toda una retórica de la "buena muerte", que eso significa literalmente eutanasia. No hace mucho tiempo, en nuestro universo cultural, se utilizaba el término "buena muerte", que venía a significar, muerte en paz con Dios, en su gracia. Así, se auguraba, se deseaba y se pedía, que, al final de los días, uno pudiese morir de esa manera. Hoy, cuando se augura o desea una buena muerte se entiende más bien una muerte privada de sufrimiento, más o menos imprevista y sin conciencia del drama de la muerte. Hoy, cuando hablamos de buena muerte, de la muerte dulce, nos solemos referir a aquella que libera de los dolores físicos y de las angustias espirituales. El cambio de sentido o significación en una expresión común es señal de una mutación profunda en el modo de concebir el vivir y el morir. Es claro que hoy la experiencia de la muerte se presenta con algunas características nuevas en la concepción inmanentista de nuestro tiempo que ve la existencia únicamente en un horizonte terreno, en el que prevalece la tendencia a apreciar la vida sólo en la medida en que aporta placer y bienestar, en el que el sufrimiento aparece como una amenaza insoportable, de la que es preciso liberarse a toda costa. La muerte, considerada absurda cuando interrumpe por sorpresa una vida todavía abierta a un futuro rico de posibles experiencias interesantes, se convierte, por el contrario, en una liberación reivindicada cuando se considera que la existencia carece ya de sentido por estar sumergida en el dolor e inexorablemente condenada a un sufrimiento posterior más agudo" ( EV 64). Así, se invoca el derecho a la buena muerte, o mejor el derecho a morir con dignidad, se pretende también el derecho a darse muerte, cuando se considera la vida insostenible e insoportable; se invoca incluso el derecho a dar una buena muerte a quien sufre, por compasión, para no verlo sufrir; pero hay que preguntarse, ¿compasión de quién: del sufrimiento del paciente o de nuestro sufrimiento? Leamos, con sentido crítico, la propuesta contenida en el manifiesto programático a favor de la eutanasia, escrito en l974 por un grupo de personalidades, entre las que se encontraban, entre otros, algunos premios Nobel: "Creemos que la conciencia moral está bastante desarrollada en nuestra sociedad para permitirnos elaborar una regla de conducta humanitaria en lo que se refiere a la muerte y a los que están en trance de muerte. Lamentamos la moral insensible y las restricciones legales que obstaculizan el examen de aquel asunto ético que es la eutanasia. Apelamos a la opinión pública ilustrada, para que supere el tabú tradicional y tenga compasión de los sufrimientos inútiles en el momento de la muerte... Todo individuo tiene derecho a morir con dignidad.... Afirmamos que es inmoral tolerar, aceptar o imponer el sufrimiento. Creemos en el valor y en la dignidad del individuo: esto implica que se le trate con respeto y se le deje libre para decidir sobre su propia suerte... En otros términos: es necesario proporcionar el medio para morir dulce y fácilmente a cuantos están afligidos de un mal incurable o de lesiones irremediables... Es cruel y bárbaro exigir que una persona se le mantenga en la vida contra su querer y que se le impida la deseada liberación, cuando su vida ha perdido dignidad, belleza, significado, perspectiva de futuro. El sufrimiento inútil es un mal que debe ser evitado en las sociedades civilizadas". Parece importante subrayar dos afirmaciones recurrentes en este manifiesto, en esta retórica de la muerte, que constituyen respectivamente el presupuesto y el fundamento de las reivindicaciones de un derecho a la eutanasia, entendido como un derecho a darse muerte, asistido por un médico, para poder morir con dignidad : l) el sufrimiento es inútil; 2) el hombre tiene derecho a decidir sobre la propia vida y sobre la propia muerte porque es el único dueño. Ahí está, precisamente, lo equívoco del discurso: la muerte, ante todo, es un hecho, no un derecho. Se tiene derecho a aquello de lo que se puede disponer. Y por su parte, la muerte es propiamente algo indisponible e ineluctable. Además se olvida que, en el origen, la vida es un don. "La vida pertenece a esos bienes intocables que no podemos negociar con nadie, ni siquiera con nosotros mismos: esos bienes que tienden a identificarse con el misterio mismo de la existencia y de la dignidad humana. La vida no es negociable para mí... Si nadie puede privarse de su libertad, enajenándola por medio de un contrato de esclavitud, nadie puede privarse tampoco de la vida, que está menos aún a nuestra disposición que la libertad misma: la vida se nos presenta como algo previo y envolvente, que es más que nosotros mismos. Por eso en el interior del hombre, en el interior del ser humano, más allá de toda confesión religiosa o moral particular, resuena una voz que nos dice: "no mates, no te quites la vida, escoge siempre vivir, que te sorprenderás de nuevo de sus insospechadas posibilidades". Es preocupante que esta voz interior en favor de la vida no sea percibida hoy por algunos. Por otra parte, no se puede confundir libertad con derecho, autonomía en la propia decisión y en el propio actuar con derecho. En el fondo, tal y como se desprende del manifiesto aludido y de las opiniones que a diario se vierten por sus defensores o por los que se han habituado a la idea de la legitimidad y bondad de la eutanasia, "hoy la eutanasia resulta de nuevo aceptable para algunos a causa del extendido individualismo y de la consiguiente mala comprensión de la libertad como una mera capacidad de decidir cualquier cosa con tal de que el individuo la juzgue necesaria o conveniente. "Mi vida es mía: nadie puede decirme lo que tengo que hacer con ella"."Tengo derecho a vivir, pero no se me puede obligar a vivir". Afirmaciones como éstas son las que repiten para justificar lo que se llama el "derecho a la muerte digna", eufemismo para decir, en realidad, el "derecho a matarse". Pero este modo de hablar denota un egocentrismo que resulta literalmente mortal y que pone en peligro la convivencia justa entre los hombres. Los individuos se erigen, de este modo, en falsos "dioses" dispuestos a decidir sobre su vida y sobre la de los demás". "Al mismo tiempo, la existencia humana tiende a ser concebida como una mera ocasión para "disfrutar". No son pocos los falsos profetas de la vida "indolora" que nos exhortan a no aguantar nada en absoluto y a que nos rebelemos contra el menor contratiempo. Según ellos, el sufrimiento, el aguante y el sacrificio, son cosas del pasado, antiguallas que la vida moderna habría ya superado totalmente. Una vida de "calidad" sería hoy una vida sin sufrimiento alguno. Quien piense que queda todavía algún lugar para el dolor y el sacrificio, es tachado de "antiguo" y de cultivador de una moral de esclavos. No es extraño que desde actitudes hedonistas de este tipo, unidas al individualismo, se oigan supuestas justificaciones de la eutanasia como éstas: "yo decido cuando mi vida no merece ya la pena" o "a nadie se le puede obligar a vivir una vida sin calidad" (Conferencia Episcopal Española, La eutanasia es inmoral, nn 7-8). 1.2. De qué eutanasia se trata Por todo lo expuesto es necesario que con claridad definamos los términos y que digamos de qué eutanasia se trata, qué es lo que se está pidiendo cuando se pide la eutanasia. Es especialmente importante el significado de las palabras en esta materia, porque según la significación que se dé al término eutanasia, su práctica puede aparecer ante las gentes como un crimen inhumano o como un acto de misericordiosa solidaridad. Creo, con todo, que cuando se está pidiendo la eutanasia se está refiriendo a un causar la muerte de otro por piedad ante el sufrimiento o atendiendo a su deseo de morir por las razones que fuere; una acción, pues, que en su intencionalidad y en los medios conducen a la muerte. Se pretende la muerte, se ponen los medios para ella o se dejan de suministrar los medios ordinarios de lo que se va a derivar con certeza la muerte. Llamamos eutanasia a la actuación cuyo objeto es causar la muerte a un ser humano para evitarle sufrimientos, bien a petición de éste, bien por considerar que su vida carece de la calidad mínima para que merezca el calificativo de digna. Así la eutanasia es siempre una forma de homicidio, pues implica que un hombre da muerte a otro, ya mediante un acto positivo, ya mediante la omisión de la atención y cuidados debidos. Esta es la eutanasia en sentido verdadero y propio, es decir, "una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte con el fin de eliminar cualquier dolor" (EV 65). Ahí tenemos los elementos esenciales que configuran un fenómeno complejo como es la eutanasia : - la muerte ha de ser el objetivo buscado, ha de estar en la intencionalidad de quien practica la eutanasia; - puede producirse por acción (por ej. administrar sustancias tóxicas mortales) o por omisión (negarle la asistencia médica debida); - ha de buscarse la muerte de otro, no la propia. Los motivos son un elemento esencial para hablar con propiedad de eutanasia : - puede realizarse porque la pide el que quiere morir (la ayuda o la cooperación al suicidio sí la consideramos como forma de eutanasia) - puede realizarse para evitar sufrimientos que pueden ser presentes o futuros, pero previsibles; o bien porque se considere que la calidad de vida de la víctima no alcanzará o no mantendrá un mínimo aceptable (deficiencias psíquicas o físicas graves, enfermedades degradantes del organismo, ancianidad avanzada, etc) El sentimiento subjetivo de estar eliminando el dolor o las deficiencias ajenas es elemento necesario de la eutanasia: de lo contrario estaríamos ante otras formas de homicidio. Se trata, por tanto, de lo que se denomina la "eutanasia activa y directa", es decir, de la acción por la que se pretende exclusivamente poner fin a la vida de un enfermo o acelerar su muerte. Esto, sencilla y llanamente, es un crimen. Y como tal crimen hay que considerar la eutanasia activa y directa. Por ello, en estos momentos y siempre, es preciso recordar que nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie, además, puede pedir esa acción homicida para sí mismo o para los otros confiados a su responsabilidad, ni puede consentirlo implícita o explícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo. Se trata, en efecto, de una grave violación de la ley divina, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana; se trata, más allá de todo credo religioso, de una ofensa a la dignidad de la persona humana, de un crimen contra la vida, de un atentado contra la humanidad. La eutanasia es gravemente inmoral; nunca justificable. Aunque la pidan la mayoría de los ciudadanos, y se legisle aprobándola, como recientemente se ha afirmado por un responsable público, seguirá siendo inmoral, ilegítima, y la ley que la apruebe una ley injusta e inicua que solo merecerá reprobación. Otra cosa muy diversa a la eutanasia activa y directa es la administración de calmantes al enfermo para paliar los dolores. "No son eutanasia en sentido verdadero y propio y, por tanto, no son moralmente rechazables acciones u omisiones que no causan la muerte por su propia naturaleza e intención. Por ejemplo, la administración adecuada de calmantes (aunque ello tenga como consecuencia el acortamiento de la vida). Esto es lícito. Hoy existe una medicina paliativa que, además de las unidades del dolor, conlleva otros aspectos humanos en el tratamiento de los enfermos terminales; estos cuidados paliativos o esta medicina paliativa es enteramente conforme con la dignidad de la persona humana. También debemos decir que es lícito no acudir o renunciar a tratamientos extraordinarios y desproporcionados, terapias desproporcionadas (el llamado "ensañamiento terapéutico") que retrasan forzadamente la muerte a costa del sufrimiento del moribundo y de sus familiares, que únicamente sirven para prolongar el proceso irreversible del morir, con tal que, por otra parte, no se interrumpan los cuidados médicos y las curas normales debidas al enfermo en casos semejantes; no acudir a estos medios extraordinarios y desproporcionados es también conforme a la dignidad de la persona humana, para quien hay un "tiempo para morir". Por supuesto, como es evidente, estoy hablando como obispo de la Iglesia Católica, y como tal expongo lo que la Iglesia afirma sobre nuestro tema. Pero, ¡ojo!, lo que digo no es fruto de una moral confesional y que sólo dentro de ella es válido y tiene sentido. Esto es válido para todos, puesto que responde a la verdad misma del hombre y de la vida humana. Otra cosa es que hablar de la verdad sobre el hombre y sobre el valor de la vida humana, a la luz de la cual se emiten juicios morales sobre los comportamientos humanos, choque con la cultura contemporánea o con algunas de sus manifestaciones. Comprendo que esto es algo, que en un contexto cultural en el que se tiene como dogma la inexistencia de toda verdad, escandaliza profundamente. Hay quienes rechazan la posición que vengo afirmando, sencillamente porque les parece, o han oído decir, que se trata de una posición conservadora; pero paradójicamente, el razonamiento con el que esas personas o grupos justifican la práctica de la eutanasia -por ejemplo el derecho a hacer de mi vida lo que yo quiera- es contradictorio con el que esos mismos grupos o personas aplican a otros ámbitos de la vida, por ejemplo al de la propiedad privada, al de la energía nuclear, al de la guerra, o al de la ecología. No es extraño que la posición que mantengo, que mantiene la Iglesia, en éste, como en otros temas, en los que, lo que se debate es el sentido de la vida humana, contraste con las posiciones de la cultura dominante. Aunque el tema de la eutanasia, como otros temas relativos a la dimensión ética de la vida no es propiamente una posición moral confesional, sino una posición cuya racionalidad puede mostrarse sin necesidad de acudir a presupuestos confesionales, conviene tener en cuenta y no olvidar: el respeto a la vida humana como un valor absoluto está ligado históricamente a la aparición del cristianismo y el abandono de los supuestos antropológicos cristianos lleva casi inevitablemente a un deterioro en el aprecio por la vida y en la consideración del ser humano, que se percibe hoy en tantos ámbitos de la vida. La difusión de la drogadicción, el aborto, el terrorismo, así como la supeditación del hombre al poder y a los intereses del poder en sus múltiples formas, todos esos fenómenos son aspectos parciales y diversos (diversamente graves también) de un mismo fenómeno: la aparente incapacidad de la sociedad contemporánea para considerar de hecho a la persona humana en toda su dignidad. De ahí también la aparente incapacidad de la sociedad actual, a pesar de sus ingentes medios técnicos, para hacer frente de un modo eficaz a éstas que pueden considerarse verdaderas plagas del mundo contemporáneo. En todos estos temas, la posición que os expongo, siguiendo la que mantiene la Iglesia, brota de la consideración del ser humano como un absoluto, de cuya vida no puede disponer ni la sociedad, ni otro, ni siquiera uno mismo, pero menos que nunca cuando esa vida necesita por entero de la consideración y el respeto, el acompañamiento y la solidaridad de los demás para vivir esas situaciones que son difíciles, como indudablemente lo son las que están próximas a la muerte. El único trato justo con el ser humano, en todas las circunstancias de su vida, desde la concepción hasta su muerte, es el respeto a un misterio que es más grande que nuestros proyectos, que nuestras definiciones, que nuestras leyes y que nuestras palabras. Es un misterio que nos es dado, que no es nuestro. Suponer que ese misterio es nuestro, que podemos disponer de él, es minar todo el fundamento racional de una vida social civilizada, porque es minar el fundamento del derecho al respeto y al trato que nosotros exigimos y deseamos. Lo que está en juego es una concepción del hombre; y preocupa que la valoración del hombre se deteriore. Esta posición, que enseña y mantiene la Iglesia en la fe que la anima y que a todos se ofrece, expresa la verdad no ofuscada del hombre, criatura amada por Dios por sí misma, a la que puede llegar y la razón humana; entraña, además, la pasión por el hombre y la defensa de su vida y dignidad; y conduce igualmente al progreso y desarrollo de la sociedad inseparable de la persona humana y del aprecio y respeto que se merece. Hago, por ello, un llamamiento a la defensa de la vida humana y de todo hombre, sobre todo de los que sufren y de los desvalidos. En estos momentos, recogiendo unas palabras del Papa, proclamo con verdadera emoción: "¡Qué grande es el valor de la vida humana si el Hijo de Dios la ha asumido y ha hecho de ella el lugar donde se realiza la salvación para toda la humanidad!". Todo hombre tiene una insoslayable responsabilidad respecto a la vida humana, ya que ésta es sagrada e inviolable, y se ha confiado a la custodia y defensa de cada uno. Nadie puede disponer de ella arbitrariamente. Dios mismo vela por ella y la defiende con ese "no matarás" inapelable. Siempre es gravemente inmoral la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente; principio que ha de ser aplicado tanto al aborto procurado como a la eutanasia. 1.3. Leyes civiles y ley moral Habría que hacer siquiera una referencia a la problemática entre leyes civiles y ley moral. En este sentido es preciso recordar, con el Papa, que una de las características propias de los atentados actuales contra la vida humana consiste en la tendencia a exigir su legitimación jurídica, como si fueran derechos que el Estado, al menos en ciertas condiciones, debe reconocer a los ciudadanos y, por consiguiente, la tendencia a pretender su realización con la asistencia segura y gratuita de médicos y agentes sanitarios. Esta situación resulta muy grave, ya que si la dignidad y los derechos del ser humano, por ejemplo del enfermo terminal, dependen de las decisiones legislativas de los Estados, es que nuestra dignidad y nuestros derechos dependen de las decisiones del Estado, con todas las consecuencias que de ahí se derivan. La ley civil no puede sustituir a la conciencia, ya que su cometido es "asegurar el bien común de las personas, mediante el reconocimiento y la defensa de sus derechos fundamentales, la promoción de la paz y de la seguridad pública. La ley nunca podrá legitimar, como derecho de los individuos, la ofensa infligida a otras personas mediante el desconocimiento o conculcación de un derecho tan fundamental y primario como es el derecho a la vida de todo ser humano. Sin esto la fuerza y la arbitrariedad de los poderosos y de los más fuertes sustituiría los derechos del individuo. Por eso, la democracia se tambalea cuando se reduce a un puro mecanismo de regulación empírica de intereses diversos y contrapuestos y no se sustenta sobre principios morales objetivos válidos en sí y ante sí y sobre los derechos fundamentales que lo son por sí mismos y no porque así se haya decidido en el juego democrático. Citando al Papa, es preciso reconocer que "para el futuro de la sociedad y el desarrollo de una sana democracia, urge descubrir de nuevo la existencia de valores humanos y morales esenciales y originarios, que derivan de la verdad misma del ser humano y expresan y tutelan la dignidad de la persona humana. Son valores, por tanto, que ningún individuo, ninguna mayoría y ningún Estado pueden crear, modificar, o destruir, sino que deben sólo reconocer, respetar y promover. 1.4. Resumen y orientaciones prácticas Si la llamada "cuestión social" fue asunto principal en el siglo XIX y gran parte del XX, y de ella se ocupó amplia y profundamente la Iglesia y su magisterio, en las postrimerías del último siglo y del nuevo en que nos encontramos, inicio de un nuevo milenio, la cuestión principal es todo lo que se refiere a la vida. Decir esto, es afirmar que lo que está en juego es el hombre. Esto es lo que preocupa a la Iglesia: así lo está recordando y defendiendo constantemente su magisterio, sobre todo el gran defensor del hombre y de la vida humana en todas las fases de su existencia y en todas las circunstancias por las que pase, verdadero "paladín de la vida y de los derechos humanos", que es el Papa Juan Pablo II. La publicación de su Encíclica Evangelium Vitae fue como una corriente de aire puro y fresco que irrumpía en este mundo tan calcinado y desierto por la "cultura de la muerte". Una voz libre y profética, cargada de esperanza, gritó y sigue gritando con fuerte vigor en una sociedad cansada y desalentada. Nadie, en este tiempo, ha hablado con tanta fuerza, con tanta claridad y verdad, ni con tanto amor y ternura en defensa del hombre amenazado, en defensa de la vida despreciada, en defensa de la dignidad humana preterida o violada como lo ha hecho el Papa Juan Pablo II en aquella Carta que dirigió a los fieles católicos y a todos los hombres de buena voluntad que quisieran escucharle. Nadie como él ha clamado por el hombre inocente ni ha dado la cara por el indefenso con tanta energía como él, con aquella Encíclica. Nadie ha apostado tan fuerte por la vida, por toda vida humana; nadie se ha atrevido a tanto. Leyendo al Papa, que es la voz de la Iglesia, que es el testigo fiel que confirma a sus hermanos en la verdadera fe cristiana y no la que algunos se fabrican, se siente el gozo inmenso de ser hombre, la alegría de haber sido llamado a la Vida, la dicha de ser una de esas criaturas - un hombre - querida directamente y por sí misma por Dios, que quiere que el hombre viva y cuya gloria es ésa: la vida del hombre. Pero la enseñanza del Papa en esta materia es ni más ni menos que el anuncio del mismo Jesucristo: Evangelio vivo de Dios, Buena Noticia de la Vida, Camino, Verdad y Vida, que tiene palabras de vida eterna y que ha venido para que los hombres tengan vida, vida eterna, vida en plenitud. Abrirse a este anuncio, aceptar esta Buena Noticia es lo que podrá llevarnos a superar una "cultura de muerte" y de miedo al futuro que se cierne amenazadora sobre los hombres y los pueblos. Es necesario que los cristianos, siempre, pero de manera especial en estos momentos, anunciemos y defendamos la alegre noticia del valor y dignidad de la vida de todo hombre, de su grandeza y preciosidad, incluso en su fase temporal. En efecto, la causa de la vida es la del Evangelio y la del hombre, confiado a la Iglesia. La enseñanza de la Iglesia, explicitada y concentrada en el magisterio y testimonio del Papa, es una confirmación precisa y firme del valor de la vida humana y de su carácter inviolable y, al mismo tiempo, "una acuciante llamada a todos y a cada uno, en nombre de Dios: ¡respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana! Sólo siguiendo este camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad" (EV 5). Desde aquí invito a todos los diocesanos de Toledo a que seamos testigos gozosos y valientes defensores de la vida, anunciadores con obras y palabras del Evangelio de la vida, incansables y esforzados luchadores de los derechos humanos inalienables, como es el de la dignidad y de la vida de todo ser humano. Así contribuiremos en la edificación de un gran futuro de esperanza y abriremos caminos esperanzadores para cada hombre y para la sociedad entera: entonces sí que aparecerá una sociedad de hombres libres, en una "cultura de muerte" es donde no cabe la libertad. Y por lo que se refiere al tema de la eutanasia, una vez más y resumiendo, si miramos este asunto con detención y serenidad, con la objetividad que requiere una cuestión como ésta, resulta muy inquietante que en nuestras sociedades, donde parece que el dinero y el bienestar a toda costa son los únicos y muy principales dioses, se pueda legalizar, como se ha hecho con el aborto, también la eutanasia activa y directa de ancianos, enfermos, y discapacitados. Sólo pensarlo estremece. Y de verdad que causa horror el ver que esta posibilidad se puede convertir en una realidad ante la presión que se está ejerciendo sobre la opinión pública y sobre quienes tienen responsabilidad de legislar, es decir sobre las fuerzas políticas, algunas de las cuales se presentan abanderadas en esta legalización como si eso fuese un progreso social. No cabe duda que existe una fuerza grandísima de poderes que están empeñados en esta legalización. Hay que luchar contra ello. Se trata de un retroceso en la humanidad. Se trata de un ataque al hombre y a su dignidad, un crimen en el que nadie puede cooperar en forma alguna ni consentir. Nos encontramos ante uno de los síntomas más alarmantes de la "cultura de la muerte", que avanza, sobre todo, en las sociedades del bienestar, marcadas por una mentalidad utilitarista que llega incluso a presentar el creciente número de personas ancianos y debilitadas como algo demasiado gravoso. Es llamativo que esto se presente como un progreso de la sociedad avanzada, cuando, en verdad, se trata de la negación del mismo hombre: Nunca hay progreso cuando el hombre está en juego o se atenta contra él y su verdad, ni hay desarrollo social a costa del hombre y su dignidad. ¿Qué nos pasa? Ya no hay nada hay firme ni seguro, todo el mundo puede opinar y hacer lo que quiera. Cada uno dispone a su antojo. Aunque la eutanasia activa y directa fuese legalizada no dejaría de ser un asesinato. Que piensen bien los legisladores en su responsabilidad. Que nadie, ni hoy ni mañana, les pueda tildar de haber contribuido a un retroceso en humanidad, de haber permitido algo tan antisocial, tan absurdo y, en el fondo, tan inhumano. La eutanasia, tan contraria a la verdad y a la Ley de Dios como a la verdad y la dignidad del hombre, es una falsa piedad, una preocupante perversión de la misma. "La verdadera compasión nos hace solidarios con el dolor de los demás, y no elimina a la persona cuyo sufrimiento no se puede soportar. El gesto de la eutanasia aparece aún más perverso si es realizado por quienes -como los familiares - deberían asistir con paciencia y amor a su allegado, o por cuantos - como los médicos y sanitarios- , por su profesión específica, deberían cuidar al enfermo incluso en las condiciones terminales más penosas (Juan Pablo II). Algunos propugnan la difusión del llamado "testamento vital"; algunas legislaciones autonómicas lo contemplan, parece que también la nuestra de Castilla-La Mancha piensa en ello. Bastantes preguntan sobre el "testamento vital" y la posición del cristiano ante él. "Si por 'testamento vital' se entiende el mandato hecho a una persona para que acabe con la propia vida en caso de estar gravemente enfermo, impedido o con fuertes dolores, tal testamento es nulo y totalmente ineficaz, porque nadie puede obligar a otro a matarlo ni por acción ni omisión. En cambio, si por 'testamento vital' se entiende la expresión de la voluntad de una persona de renunciar a que le sean aplicados medios desproporcionados para alargarle artificial o mecánicamente la agonía cuando ya no sea posible salvarle la vida , tal testamento es válido jurídica y éticamente. Como ejemplo concreto de 'testamento vital', perfectamente válido y admisible, está el que la Conferencia Episcopal Española ha aprobado y propuesto a los cristianos (Comité Episcopal para la defensa de la vida, La eutanasia: 100 cuestiones y respuestas, 1992, n. 88) El hombre de hoy, por otra parte, no sabe enfrentarse con su propia muerte. Lo aprende todo menos el encararse a la muerte propia y a la ajena. Hoy resulta de mal gusto hablar de la muerte. Se la esconde y se la disimula. Pero la muerte es una realidad ineludible, está ahí, al acecho. Es lo más cierto para el hombre. Es una realidad fundamental. Siente el hombre de hoy angustia ante la muerte, aun el profesional de la sanidad, que es incapaz con frecuencia de ayudar a bien morir al enfermo terminal. Hoy es urgente recuperar el arte de ayudar a bien morir, ofrecer a los moribundos compañía, ánimos y esperanza hasta el final. Ahí sí podemos y debemos progresar en humanidad. El Comité Episcopal para la Defensa de la Vida, asumido hoy en la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Vida, formulaba, hace unos años, esta pregunta: "¿Cuál debe ser la actitud de un cristiano ante la eutanasia y en general, ante el sufrimiento y la muerte propios o ajenos?". Su respuesta era la siguiente, de toda actualidad: "Todos los cristianos podemos y debemos coadyuvar con nuestras palabras, nuestros actos y nuestras actitudes y recrear en el entramado de la vida cotidiana una cultura de la vida que haga inadmisible la eutanasia. En particular, y a título meramente de ejemplo, todos podemos ayudar a esa inmensa tarea: -aceptando el dolor y la muerte, cuando nos afecte personalmente, con la visión sobrenatural propia de un católico que sabe que puede unirse a Cristo en su sufrimiento redentor y que, tras la muerte, nos espera el abrazo de Dios Padre; - ejercitando según nuestros medios, posibilidades y circunstancias, un activo apoyo al que sufre: desde una sonrisa hasta la dedicación de tiempo y dinero, mil cosas podemos hacer para aliviar el dolor ajeno y ayudar al que lo padece a sacar amor y alegría honda de su dolor, y no odio y tristeza; - rezando por los que sufren, por quienes los atienden, por los profesionales de la salud, por los políticos y los legisladores en cuyas manos está el legislar a favor de la eutanasia o a favor de la dignidad del que sufre. La oración es el arma más poderosa y eficaz con que contamos los cristianos; -facilitando el surgimiento de vocaciones a las instituciones de la Iglesia que por su carisma fundacional están específicamente dedicadas a atender a la humanidad doliente y que constituyen hoy -como hace siglos-una maravillosa expresión del amor y el compromiso práctico de la Iglesia con los que sufren; - acogiendo con amor sobrenatural, afecto humano y naturalidad en el seno de la familia a los miembros dolientes, deficientes, enfermos o moribundos aunque eso suponga un sacrificio; - estando presentes en los medios de comunicación social y demás foros de influencia en la opinión pública para hacer patentes nuestras convicciones sobre el dolor y la muerte y nuestras alternativas a la eutanasia homicida: cartas al director, llamadas telefónicas, estudios médicos, conferencias, etcétera; - votando, en los procesos electorales de nuestro país, con atención responsable hacia la actitud de cada partido político ante cuestiones como la familia, la sanidad, la política respecto a los minusválidos y la terera edad, la eutanasia, etc; - los médicos, enfermeras y demás profesionales sanitarios promoviendo un tipo de Medicina y asistencia hospitalaria realmente centradas en el enfermo, en el trato digno al paciente. En todo caso tenemos a nuestra disposición un sacramento -la Unción de los Enfermos- específicamente creado por Dios para preparar una buena muerte" (Comité Episcopal para la defensa de la vida, La eutanasia: 100 cuestiones, n 98) Con esto sí que se abren caminos de futuro y se alumbra una cultura de la vida dentro de una civilización del amor. Estoy escribiendo esta parte de mi Instrucción Pastoral en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz y en la víspera de Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores, que nos fue dada por Madre en la Cruz, junto a la que ella se encontraba. Ahí aprendemos el sentido de la vida y de la muerte, de la buena muerte. Es necesario mirar la Cruz redentora, y contemplar a Jesucristo que asume nuestra muerte, y junto a Él a la Virgen María, dolorosa, para aprender a vivir el sufrimiento y el dolor y comprender su valor salvífico y todo su sentido, y para abrirnos a la esperanza que la cruz suscita para vivir la vida y defenderla, así como para entrar en el gran misterio del hombre que tanto es amado por Dios que le entrega a su Hijo único para que tenga vida, vida plena y eterna. Encomiendo a todos y pido por todos, de manera muy especial a los que sufren por la enfermedad grave o están junto a ellos en los momentos más críticos ante una muerte presuntamente cercana, a la Santa Madre de Dios y Madre nuestra, para que en la agonía y en las fases últimas y dolorosas que podamos tener, esté cerca de nosotros, como estuvo al pie de la Cruz cuando su Hijo, muy amado, moría por nuestra salvación y para nuestra esperanza. 2. Sobre el divorcio 2.1. Ante el anuncio de una nueva legislación sobre el divorcio: uno de los más grandes males de la sociedad moderna Se ha anunciado una nueva legislación que va a facilitar o hacer más fácil el divorcio civil, en más breve plazo de tiempo y con menos exigencias para alcanzarlo. Ciertamente el alcance y la trascendencia de tales disposiciones legales que se anuncian son de gran calado; vienen a agravar los males que, de suyo, se encuentran en el divorcio, desgraciadamente tan difundido. Muchos, no sé si mayoría o minoría, da lo mismo, porque no se trata de mayorías en asuntos semejantes, saludan con gusto y como algo esperado y deseado la futura nueva normativa; son muchos también los que expresan su cierta extrañeza y hasta es posible que se alarmen ante las medidas legales que se preconizan: "Hay que ver -dicen-; ¡qué barbaridad!; ¿a dónde vamos con tales y tantas facilidades?". Desearían, tal vez, que se pusieran o se mantuvieran algunas dificultades mayores para tramitar el divorcio y mayores exigencias jurídicas, pero, en el fondo, no se cuestionan ya el divorcio. Puede, en efecto, que a estas alturas nos quedemos con eso solo: con que nos lamentemos de que son muchas las facilidades y de que se abren grandes puertas divorcistas, pero, en el fondo, dando por supuesto que no es tan negativo el divorcio y que es algo no sólo irremediable, sino en algunos casos hasta necesario. Nos hemos acostumbrado ya al divorcio. Lo vemos con toda naturalidad. Personas muy cercanas a nosotros, incluso familiares o amigos, se han divorciado. Se piensa que ha sido inevitable y que no había otro camino a seguir. Si no damos por bueno el divorcio, -¡faltaría más!-, al menos lo admitimos, lo estimamos ya como algo irrevocable, nos resignamos a él. A esto hemos llegado. Parecía, cuando se proyectaba y aprobaba la ley del divorcio civil en España, al filo de los 80, que iba a ser algo bastante reducido, con poca extensión social. Pero ya vemos: el divorcio engendra divorcio, y éste se ha extendido como una gran plaga en nuestra sociedad. Lo anunciaban los Obispos de entonces, de los finales de los 70 y comienzo de los 80: y de modo especialmente destacado nuestro querido D. Marcelo, verdadero paladín de la defensa del matrimonio y de su indisolubilidad, sencillamente por ser defensor del hombre, de la naturaleza, y de la ley natural. Decía él en uno de sus escritos: "Lo grave en materia de divorcio es abrir la puerta; una vez abierta, la fuerza de los hechos obliga a hacerla más ancha cada vez. Y cuando más se abre, más se dirá que el divorcio es un mal necesario en la sociedad moderna, y aun una solución humanitaria para matrimonios desgraciados, mientras se escamotean, consciente y persistentemente, a la opinión pública todos los problemas que el divorcio origina, y se reduce a silencio a los que con conocimiento de causa pueden oponerse al mismo". Por desgracia, -no podemos decirlo nada más que con tristeza resignada-, los hechos le han dado la razón: en España, como en otros países, han aumentado en estos años progresivamente los divorcios, y se reclaman y promueven nuevas medidas que lo faciliten más, porque se piensa con ligereza que así "se hace la vida más sencilla a la gente". Como señaló la Conferencia Episcopal en 1979, "la experiencia de otros países ‘refrendada, podríamos añadir, por el nuestro’ muestra que la mera posibilidad legal del divorcio es ya una incitación al mismo. Este tipo de legislación es prácticamente irreversible, mueve a los propios legisladores a deslizarse por el plano inclinado de la progresiva multiplicación de las causas que legitiman la ruptura del compromiso matrimonial e induce a muchos a identificar lo 'legalmente admitido' con lo 'éticamente lícito'". Esta es la extensión que se ha producido, y ésta la perversión a la que hemos llegado: identificar lo que se admite en la ley con lo que es moral, es decir admitir que es lícito éticamente el divorcio, sencillamente porque es legal. El divorcio representa, sin duda, "una de las grandes derrotas de la civilización humana" (Juan Pablo II). No podemos ocultar que son graves las consecuencias y grave el desorden y el daño que de él se derivan para los esposos y para los hijos, pero también para la sociedad: daño para el marido y la mujer que se infligen a sí mismos una profunda herida, faltando a la propia palabra y rompiendo un vínculo vital; "para el cónyuge, que se ve abandonado; para los hijos, traumatizados por la separación de los padres, y a menudo viviendo en tensión a causa de sus padres"; ¡cuántos niños sufren por el alejamiento de uno u otro de los padres!; y "por su efecto contagioso que hace de él una verdadera plaga social" (Cfr CEC 2385). A las alturas que nos encontramos, y tras tantos y tan largos años de legislaciones divorcistas en tantos países, como el nuestro, nadie, en efecto, "debería dudar de que la ruptura de los matrimonios es un grave mal social. Y aquí se encuentra el primer gran equívoco de cualquier legislación divorcista (la que hay y la que venga en un futuro anunciado): induce a pensar que el matrimonio es disoluble y supone la introducción legalizada de una permisividad que socava las bases más firmes de la sociedad y de la familia" (Conferencia Episcopal Española, Instrucción colectiva sobre el divorcio civil, Asamblea Plenaria del 23 de noviembre de 1979). Si aquello se decía de la legislación que en aquel entonces se preveía, ¿qué no habría que decir de la nueva legislación que se anuncia, tan abierta y permisiva, tan facilitadora como se promete? Y es que por muy perfecta que se haga una legislación del divorcio, jamás se limitará a remediar situaciones extremas, sino que llegará a fomentar las causas y a debilitar la lucha que todo hombre ha de mantener por conquistar y mantener el amor y la convivencia feliz. Sea cual sea el contenido concreto de la nueva legislación del divorcio, podemos augurar respecto de ella, como D. Marcelo, con su libertad y honestidad intelectual, auguraba ya de la legislación proyectada en su momento -la que ahora todavía está vigente-: "Las leyes se aprobarán, y desde luego no habrá guerra religiosa -¿por qué habría de haberla?-, pero sí que aparecerá una víctima aún más herida y desangrada que lo que ya lo está: la familia. Cuando se multipliquen los efectos del divorcio en la sociedad española, y miles y miles de jóvenes rehuyan contraer matrimonio o lo contraigan con la ligereza creciente a que todo les invita, y nuevas leyes divorcistas que las que ahora se promulguen rompan progresivamente los diques de contención, habrá que volver la vista atrás y preguntar de qué lado estaba la cordura y el servicio al hombre de nuestro tiempo. En otros países que tienen legalizado el divorcio hace años, las preguntas surgen, aunque, naturalmente, quedan sin respuesta. Son pueblos que se han ido incapacitando ya para reaccionar de otro modo. La familia está en gran parte deshecha, y no pasa nada, porque ya ha pasado todo. Siguen siendo muy civilizados y cultos. Y muy egoístas. Y el egoísmo, cuando se establece como norma de vida social, está en pugna también con los derechos humanos, o de los esposos, o de los hijos, o de los demás". Palabras proféticas y de una actualidad estremecedora. No podemos dejar de tener en cuenta y recordar que el divorcio, como supuesto o pretendido remedio a un mal social, "implica, a su vez, una grave amenaza contra la estabilidad del vínculo matrimonial, 'valor sumamente importante para la vida afectiva de los esposos, para el bien de los hijos, para la firmeza de la familia y, al mismo tiempo, un elemento integrante fundamental del bien común de la sociedad'... El divorcio, al conceder la posibilidad legal de contraer nuevo matrimonio civil, puede incitar a matrimonios sin problemas insolubles, pero en crisis transitoria, a acudir a este recurso legal. El divorcio, más que 'un remedio al mal que se intenta atajar', se transforma en 'una puerta abierta a la generación del mal'" (Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, Sobre regulación del matrimonio en el Código Civil, 3 de febrero, 1981). Por eso, ante las dificultades que puedan surgir dentro de la vida conyugal, es preciso no dejarse desorientar por el fácil expediente del divorcio que sólo da apariencias de solución, pues en realidad se limita a trasladar los problemas, agravándolos, hacia otros ámbitos. Además, como estamos viéndolo, es cierto que una legislación divorcista ejerce su nefasta influencia también sobre los que no la quieren, objetivamente o para sí. Más tarde o más temprano, son víctimas de ella, o lo son sus hijos, bien sea por el ambiente que se crea o por los efectos que produce; y esto también habría que tenerlo en cuenta. En todo caso, "como ocurre con otros hechos dolorosos de nuestra sociedad, el modo cultural de presentar el divorcio intenta ocultar el drama -humano, psíquico, social- del fracaso matrimonial. Con el lema de 'reconstruir la vida' -quizá con otra 'pareja'- se pretende solucionar tal drama solventando los problemas técnicos (jurídicos, económicos), pero sin querer entrar en los verdaderos problemas antropológicos y éticos" (Conferencia Episcopal Española, La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad. Instrucción pastoral., 27 de abril, 2001). Este es el gran problema de nuestro tiempo que afecta al matrimonio y que está en el sustrato de la "plaga del divorcio": la falta de una verdadera antropología, donde se enraíza el matrimonio entre el hombre y la mujer, la quiebra de moralidad derivada de dicha falta o carencia, a la que se une la ausencia y la pérdida de visión de la naturaleza y de la ley natural que lo sustenta. 2.2. Criterios que hay que recordar sobre el matrimonio y su indisolubilidad. "Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre" Desconocemos, en estos momentos, cuál es o va a ser el contenido de la nueva legislación sobre el divorcio: parece que se tiene prisa en legislar, y lo que se ha anunciado no presagia nada esperanzador. Más bien todo lo contrario: se va a facilitar el divorcio, y esto no es buen presagio, ni nada deseable para nuestra sociedad, que ya está bastante mal herida por esta plaga de nuestra época desde hace demasiado tiempo. No podemos entrar, pues, en el contenido de la ley, ni, consiguientemente, puedo ofrecer un juicio iluminador sobre la misma. Lo que sí puedo y debo hacer para vosotros, comunidad diocesana de Toledo, es confirmaros con exactitud en la enseñanza tradicional de la Iglesia -que no quiere decir, en modo alguno, retrógrada, ni "carca", ni aferrada a ningún pasado, ni cerrada a las exigencias y llamadas que Dios nos presenta en los tiempos actuales- sino sencillamente, enseñanza fiel a lo que hemos recibido como transmisión de la verdad que libera, inscrita en la naturaleza humana y conocida también por la revelación cristiana acerca del matrimonio y su carácter indisoluble, como elemento inherente al mismo. La palabra de Jesucristo es muy clara, no admite duda ni tergiversación: la exigencia de fidelidad y estabilidad que la razón humana descubre en el matrimonio aparece a la luz de la palabra de Jesucristo con toda claridad. Ante la pregunta sobre si es lícito divorciarse, Jesús responde: "Al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer. Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Por lo tanto lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre" (Mc 10, 6-9, Mt 19, 3-9). La alianza que los esposos contraen libremente implica el amor fiel y les confiere la obligación de guardar indisoluble su matrimonio (Cf CEC 2397). O de otra manera: "La exigencia de fidelidad que brota del amor conyugal, de la alianza personal de los esposos, del bien de los hijos y de la dimensión social de la institución matrimonial, tiene su expresión normativa en la indisolubilidad del matrimonio. Cuando varón y mujer contraen matrimonio establecen entre sí un vínculo de carácter permanente. El matrimonio, así establecido, rebasa los intereses privados de los cónyuges, y, aunque ellos fueron libres para contraerlo, no lo son para romper el vínculo que nació de mutuo consentimiento. De este modo, todo matrimonio queda sustraído a la voluntad privada de los cónyuges, y es por ello, de suyo indisoluble. Es la llamada indisolubilidad intrínseca, o imposibilidad de disolver el vínculo conyugal por el mutuo y privado acuerdo de los cónyuges" (Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, La estabilidad del matrimonio, 7, mayo, 1977, n 6). Las cosas son así, aunque nos hayamos acostumbrado, en nuestra dureza de corazón, a los divorcios. La Iglesia sabe que marcha contra corriente cuando anuncia la indisolubilidad del vínculo matrimonial, y no debería extrañarnos que esta enseñanza no sea aceptada por todos. El modo de ser cristiano es muchas veces un choque violento con una mentalidad diversa de concebir el amor, la vida, el hombre, su destino. Pero "todo el servicio que debe a la humanidad le impone reafirmar constantemente dicha verdad, formulando un llamamiento a la voz de la conciencia que, incluso en medio de los condicionamientos más pesados, jamás se extingue en el corazón del hombre" (Juan Pablo II). La verdad es que la indisolubilidad pertenece a la entraña del matrimonio. "La fidelidad y la estabilidad perpetua del matrimonio no son mera imposición de la sociedad o de un precepto divino concebido como algo sobreañadido, sino que brota de la esencia del mismo amor conyugal. La enseñanza de Jesús sobre el matrimonio cristiano, transmitida por la tradición de la Iglesia, acentúa su significado, porque es signo actuante de la presencia de Dios hecho hombre en favor de su Iglesia, de la humanidad rescatada, es imagen eficaz de la unión de gracia entre Cristo y su Iglesia, es un 'misterio de insondable grandeza'. Este significado sacramental del matrimonio le confiere una 'especial firmeza'" (Conferencia Episcopal Española, Matrimonio y Familia, 6 de julio, 1979). Es cierto "que este aspecto de la ética del matrimonio se encuentra entre los más exigentes, y a veces se producen situaciones matrimoniales verdaderamente difíciles, cuando no ciertamente dramáticas. La Iglesia pretende tener conocimiento de estas situaciones con la misma actitud de Cristo misericordioso. Dichas actitudes explican que hasta en el Antiguo Testamento el valor de la indisolubilidad se hubiera ofuscado hasta el punto de que era tolerado el divorcio. Jesús explicó la concesión de la ley mosaica con la 'dureza del corazón', y no dudó en proponer nuevamente en toda su fuerza, como ya he dicho, el designio original de Dios, reflejado en el libro del Génesis: 'Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne' Gn 2,24), y añade: 'Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre' (Mt 19,6)" (Juan Pablo II). La visión que tenemos como cristianos del matrimonio en general, y del matrimonio cristiano, en particular, no puede ciertamente ignorar la existencia de situaciones dolorosas y de proyectos de vida que parecen definitivamente rotos, además de que, en nuestra sociedad, no todos los ciudadanos coinciden con nuestra visión cristiana del matrimonio, y menos en vivir el matrimonio desde la perspectiva cristiana. Es más, ante nuestra afirmación de la estabilidad y fidelidad en el matrimonio y de su indisolubilidad, se nos objeta que esa es nuestra propia perspectiva que no podemos extender a otros, que nuestro discurso sobre esta cuestión "solamente es comprensible y válido en el seno de un horizonte de fe. ¡No es asì! Es verdad que para los discípulos de Cristo la indisolubilidad es ulteriormente corroborada por el carácter sacramental del matrimonio, señal de la alianza esponsal entre Cristo y su Iglesia. Pero este 'gran misterio' (cf Ef 5,32), no excluye, más bien supone, la exigencia ética de la indisolubilidad incluso en el plano de la ley natural. Es, desgraciadamente, la dureza del corazón denunciada por Jesús lo que continúa haciendo difícil la percepción universal de esta verdad, o señalando casos en los que aparece casi como imposible de vivir. Sin embargo, cuando se razona con serenidad y mirando hacia el ideal, no es difícil estar de acuerdo en que la perennidad del vínculo matrimonial brota de la esencia misma del amor y de la familia. Se ama de verdad y hasta el fondo solamente cuando se ama para siempre, en la alegría y el dolor, en la prosperidad y en la adversidad. ¿Acaso los hijos no tienen una necesidad extrema de la unión indisoluble de los propios padres, y muchas veces no son acaso ellos mismos las primeras víctimas del drama del divorcio?" (Juan Pablo II). Afirmaba esto mismo con otras palabras, pero con la claridad proverbial que le caracterizaba, D. Marcelo: "Por eso la Iglesia ha luchado siempre cuanto ha podido por mantener la indisolubilidad del vínculo matrimonial. Y lo ha hecho consciente de que ello no era sólo un deber de fidelidad a su Señor, Cristo, ni sólo una exigencia del carácter sacramental del matrimonio cuando el sacramento existe, sino también una actitud reclamada por la dignidad humana y por la institución matrimonial en cuanto expresión fundada en la misma naturaleza". A la entraña del amor conyugal pertenece la indisolubilidad del vínculo matrimonial. La pérdida, ausencia o negación del verdadero amor conyugal entre un hombre y una mujer, que los hace ser comunión y comunidad de personas en el amor, y la reducción del amor a sexo con olvido de las otras dimensiones profundas, que ese amor presupone y suscita, es una de las causas de las crisis familiares. Lo mismo que la valoración del matrimonio simplemente como un contrato entre dos particulares, y, por consiguiente establecido a su arbitrio y dependiente de su voluntad, la cual puede cambiar y llegar a romperlo, es caldo de cultivo para las crisis familiares y para el divorcio. "Tal concepción hace incomprensible la indisolubilidad del matrimonio. Un compromiso para toda la vida sería algo prácticamente imposible y podría darse el caso de que llegara a ser insoportable" (Conferencia Episcopal Española, La familia santuario de la vida, n.90). Este compromiso viene exigido por el verdadero amor conyugal, que mira ante todo a la persona y a la comunión de personas, y reclama el encuentro, la entrega plena y total, la fidelidad mutua del esposo y la esposa, la confianza plena, fidelidad inquebrantable todos los días de la vida, la capacidad para asumir dimensiones y realidades, dificultades y esperanzas de otro orden. Sin fidelidad absoluta y permanencia en el amor no hay solidez afectiva, no hay confianza de fondo, no hay gozo perdurable. Un matrimonio o una familia asentada en tal fiel atenimiento al otro, en tal comunión de personas, rezuma cariño y la posibilidad de adentrarse con gozo en el mundo. Los hijos encuentran en ella el suelo de una realidad sólida y perciben que vivir es una posibilidad gozosa y una gracia; no una desgracia o un azaroso destino. No se puede sustraer el riesgo ni suplantar la libertad de los hijos, pero sí hacérsela posible. La libertad sólo la hacen posible el amor y la fidelidad. Sólo, en consecuencia, se puede educar a los hijos para la libertad y ayudarlos a madurar en los diversos órdenes de su realidad personal en un clima de amor fiel, de compromiso estable en la reciprocidad afectiva. La indisolubilidad del matrimonio, la perennidad del vínculo matrimonial, viene exigida, pues, por la misma naturaleza del verdadero amor conyugal, de la misma esencia del amor y de la familia; pertenece, por tanto, a su propia naturaleza, a la ley natural por la que se debe regir. Por esto no permitamos dejarnos "engañar por esa expresión tan repetida de que en virtud del pluralismo de la sociedad moderna y del principio de libertad religiosa la Iglesia y sus ministros deben callar, hágase lo que se haga. Porque no se trata al defender la indisolubilidad del vínculo, solamente de un principio de moral específica y exclusivamente católica, sino de moral natural. Y la Iglesia, al proclamarlo, está defendiendo a la naturaleza humana tal como desde el principio fue instituida por Dios en la relación de hombre y mujer. Está en juego, en esta materia, no solamente la conciencia personal de los cónyuges, sino la estabilidad de la familia, según las exigencias de la Ley Natural y del Bien Común. No se puede plantear el tema de la familia desde una postura exclusivamente intimista y de pura decisión personal, cuando es la célula base de la vida social y fundamento de todas las demás instituciones. Las leyes no pueden quebrantar positivamente el orden jurídico natural. Esto no es moderno, por más que sea frecuente" (Marcelo González) 2.3. Legislación civil del divorcio y conciencia cristiana Ante la nueva legislación sobre el divorcio, y aunque desconozcamos en estos momentos todavía el contenido del proyecto de ley, es bueno recordar algunos principios que fueron ya señalados por la Conferencia Episcopal en su Instrucción sobre el divorcio civil, de noviembre de 1979, que orienta una línea de conducta coherente conforme con las exigencias de la propia fe que también hoy, como entonces, los católicos tendrían que adoptar. Por eso, ante la legislación existente y la que está por aprobarse, conviene tener en cuenta los siguientes criterios fundamentales, que señaló, en su día, la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal, en un momento legislativo similar al nuestro: a) "La estabilidad inherente al vínculo matrimonial es un valor sumamente importante para la vida afectiva de los esposos, para el bien de los hijos, para la firmeza de la familia y, al mismo tiempo, un elemento integrante fundamental del bien común de la sociedad. El divorcio pone en peligro estos bienes; es de suyo, un mal para la sociedad". b) "No podemos admitir que la regulación civil del divorcio sea un derecho de la persona humana. No se trata de reconocer un derecho, sino, a lo más, de ofrecer un supuesto remedio a un mal social. Nadie debería dudar de que la ruptura de los matrimonios es un grave mal social. Y aquí se encuentra el primer gran equívoco de cualquier ley divorcista: induce a pensar que el matrimonio es disoluble y supone la introducción legalizada de una permisividad que socava las bases más firmes de la sociedad y de la familia. Este peligro difícilmente se podrá evitar sean los que sean los términos en que se mueva una ley del divorcio". c) "La experiencia enseña que este tipo de legislación es prácticamente irreversible y mueve a los legisladores a deslizarse por el plano inclinado de la progresiva multiplicación de las causas que declaran legalmente roto el compromiso matrimonial <y de la facilitación cada día mayor, con menos exigencias, de los trámites y requisitos, llegando casi hasta la trivialización del divorcio, como presumiblemente puede suceder con la nueva legislación>. Y así resulta verdad que 'divorcio engendra divorcio', ya que prácticamente sirve de incitación a matrimonios sin problemas insolubles, pero víctimas del medio ambiente. Por eso, cabe preguntarse sinceramente si su admisión como posibilidad legal", y más aún su mayor facilitación, "en determinados casos, constituye realmente un remedio al mal que se intenta atajar o es, más bien, una puerta abierta a la generalización del mal". d) "Consideramos que es absolutamente inaceptable el llamado divorcio consensual. Una ley que" legalizase "el divorcio de tal manera que la pervivencia del vínculo quedase a disposición de los cónyuges sería rechazable moralmente y no podría ser aceptada por ningún católico, ni gobernante ni gobernado. Al pretender privatizar así el vínculo matrimonial, el Estado no cumpliría uno de sus deberes fundamentales de cara a un elemento esencialmente constitutivo del bien común: la protección de aquel mínimo de estabilidad y unidad matrimonial sin el cual no se puede hablar de institución matrimonial". e) La peculiares circunstancias históricas que determinan lo que ha sido y es -en muchos casos- la familia española, que se conforma según modelos jurídicos, culturales y éticos inspirados en la fe cristiana, ponen un acento de mayor gravedad a la hora de afirmar la responsabilidad de los católicos ante ... un divorcio civil. No hace falta subrayar cuán gravemente negativos" han sido ya, y lo serán aún mayores con una legislación más permisiva y facilitadora, "los efectos" que se derivan "a corto y a largo plazo, para la salud moral y religiosa de nuestras familias, nuestra sociedad y nuestro pueblo". "Se debe aspirar a que la legislación sobre el matrimonio y la familia coincida con las exigencias del orden moral. No ignoramos que en la sociedad actual no todos los ciudadanos entienden el matrimonio desde nuestra perspectiva cristiana. Respetamos la justa autonomía de la autoridad civil, a la que corresponde legislar atendiendo las exigencias del bien común compuesto por diversos elementos. En orden a este bien común, la prudencia política del legislador, dentro de un marco legal que tutele y promueva los bienes de la comunidad familiar, al ponderar las consecuencias negativas que pudieran seguirse de una absoluta prohibición del divorcio civil, tenga en cuenta los graves daños morales... que se derivarían de su ...legislación" (Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, Instrucción sobre el divorcio civil, 23 nov., 1979, nn.4 y 5). Es necesario, por otra parte, reclamar, reconocer y garantizar para la autonomía de la Iglesia al menos el mismo respeto que ella tiene respecto a la autoridad civil en esta y otras materias que tienen que ver con aspectos éticos y con cuestiones que atañen a la dignidad y verdad del hombre y de su realización plena. No se puede admitir el reproche que se hace a la Iglesia "de invadir un campo que no le corresponde: le corresponde plenamente. Las leyes que afectan al matrimonio como institución natural o como sacramento, y las consecuencias que de ellas brotan para la familia pueden y deben ser objeto del juicio de la Iglesia si ésta quiere cumplir con su misión de iluminar al hombre en su camino terrestre" (Marcelo González). Por otra parte, la autonomía que le corresponde al Estado respecto de la Iglesia, "no significa, en ningún caso, que no sea 'de justicia que pueda la Iglesia en todo momento y en todas partes predicar la fe con auténtica libertad, enseñar su doctrina social, ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de las personas o la salvación de las almas, utilizando todos y sólo aquellos medios que sean conformes al Evangelio y al bien de todos, según la diversidad de tiempos y situaciones' (GS 76.5)" (Marcelo González). Conviene recordar también en estos momentos que si bien el Estado goza de autonomía dentro de su esfera civil, respecto de la Iglesia, "si esta autonomía es 'justa' será ejercida conforme a las exigencias de la justicia y, por tanto, respetará las exigencias y los derechos fundamentales de las personas y de las instituciones naturales -entre ellas la familia- y no podrá legislar nada que atente contra las características esenciales de tales personas e instituciones. Es decir, el ejercicio de la autonomía de la autoridad civil no puede ser arbitrario, parcial, oportunista, electoralista, sino justo, conforme a la razón ..., y dirigido al bien común. Por eso el Concilio Vaticano II afirma que el poder civil ha de considerar obligación suya sagrada reconocer la verdadera naturaleza del matrimonio y de la familia, protegerla y ayudarla, asegurar la moralidad pública y favorecer la prosperidad doméstica (GS 52.2)" (Marcelo González). Lo que aquí estamos señalando a propósito de la legislación y de la responsabilidad del Estado respecto de la familia cabe aplicarlo también a otros aspectos o a otras legislaciones en los que están en juego derechos fundamentales o la dignidad de la persona. Los fieles católicos harán muy bien tener todo ello en cuenta para exigir por medios legítimos que el Estado cumpla con su deber respecto de la justicia. A eso hemos de acostumbrarnos, a defender lo que corresponde y exige el bien común y la recta ordenación de la sociedad, y a no aceptar, sin más, los abusos que puedan, por diversas razones, cometerse. 2.4. Algunas recomendaciones sobre esta materia Nuestro deber, el deber de todos los católicos es el de mostrar y ofrecer el Evangelio de la familia, basada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer abierto a la vida, como Dios quiere, como "desde el principio" está inscrito en la misma naturaleza humana y en la entraña natural del matrimonio. Así mismo está dentro de nuestra responsabilidad, como de nuestras obligaciones para con nosotros mismos, para con los otros, para con la familia, para con la sociedad, y para con Dios, el defender, proteger, y hacer cuanto esté en nuestras manos legítimamente para que se legisle de manera justa y se tutele la verdad del matrimonio y de la familia en la sociedad. No podemos callar ni quedarnos de brazos cruzados ante la plaga del divorcio y ante las legislaciones, cada vez más permisivas sobre esta materia, que van minando la institución matrimonial. Se han de formar bien las conciencias de las gentes, se ha de poner gran empeño en la difusión y conocimiento entre los católicos de la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia, tan gozosa y liberadora si se la sigue de verdad. Es preciso llevar a cabo un gran esfuerzo en la predicación y la catequesis, en la preparación al matrimonio, en los grupos familiares y en las escuelas de padres, en los medios de comunicación propios y en los que se nos permita y respete, para avivar en los fieles cristianos la grandeza de la visión cristiana del matrimonio, y así poder vivirla mejor y ofrecer el testimonio de esa vida matrimonial y familiar a los demás: en las diferentes épocas de la historia, la visión cristiana del matrimonio ha sido uno de los factores principales de humanización. Por ello, habrá que "procurar el fortalecimiento de la vida espiritual y cristiana en las familias, para que puedan superar sus crisis con humildad y con amor". Al tiempo que "en nuestra predicación y catequesis sigamos exponiendo la doctrina católica con toda exactitud, para formar bien las conciencias de quienes quieran oírnos. Esto no será guerra religiosa, sino sencillamente cumplimiento de nuestro deber" (Marcelo González). Ayudemos a los matrimonio y familias cristianas a que no sucumban a la tentación del divorcio, y, todos en la Iglesia, -las mismas familias, pero también el resto de la comunidad cristiana- pongamos los medios adecuados y justos para que no se extienda, sino que vaya decreciendo de día en día el número de los que, por la razón que sea -Dios misericordioso ve en lo oculto-, se ven inclinados a tomar esta falsa solución para sus problemas familiares. En todo caso, recuerden los católicos que para la Iglesia no hay divorcio, que el divorcio civil no disuelve su vínculo matrimonial y que la doctrina de la Iglesia permanece inmutable se promulguen las leyes que se promulguen en favor del divorcio. "Sean conscientes de que aquí se les ofrece una ocasión de demostrar la fidelidad a Jesucristo -generosa siempre y a veces sacrificada-, así como de dar un testimonio ejemplar a todos nuestros hermanos y una contribución importante al bien común de la sociedad" (Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, Instrucción sobre el divorcio civil, n. 6). La Iglesia, madre de misericordia, ha de mostrar entrañas de misericordia para con los divorciados, hijos suyos, también con los que se han vuelto a casar aunque se hallen en un estado incompatible con la plena comunión eclesial. Como decía el Papa en el Jubileo de las Familias del 2000: "ante tantas familias rotas, la Iglesia no se siente llamada a expresar un juicio severo e indiferente, sino más bien a iluminar los numerosos dramas humanos con la luz de la palabra de Dios, acompañada del testimonio de su misericordia. Con este espíritu, la pastoral familiar procurará aliviar también las situaciones de los creyentes que se han divorciado y se han vuelto a casar. No están excluidos de la Comunidad; al contrario, están invitados a participar en su vida, recorriendo un camino de crecimiento en el espíritu de las exigencias evangélicas. La Iglesia, sin ocultarles la verdad del desorden moral objetivo en que se hallan y de las consecuencias que se derivan de él para la práctica sacramental, quiere mostrarles toda su cercanía materna" (Juan Pablo II). "Es diferente el caso de aquellos que están divorciados y no desean contraer nuevas nupcias. A ellos, como a los que se encuentran en la difícil situación de separación, la comunidad cristiana los debe acoger con un cuidado afectuoso para sostenerlos en sus dolorosas circunstancias y animarlos en el testimonio de su fidelidad, también con la recepción fructuosa de los sacramentos" (Conferencia Episcopal española, La familia santuario de la vida, n. 94). En todo caso mostremos, con toda verdad, que "la Iglesia y los pastores no somos ajenos a las dificultades de la convivencia matrimonial, que en algunos casos puede hacer conveniente, incluso necesario, el recurso a la separación de los cónyuges". Y que "ante el fracaso del amor conyugal no valen respuestas superficiales que obvien el drama humano que implica. Se hace necesaria la ayuda y la orientación a los matrimonios y a las familias por parte de los sacerdotes y otros agentes de pastoral, que les motiven al diálogo para prevenir y atajar a tiempo los problemas, y que les ayuden a reavivar la gracia sacramental propia del matrimonio,... a la posible reconciliación, al perdón mutuo, a rehacer la vida matrimonial" (Conferencia Episcopal Española, La familia santuario de la vida, nn 92.93) Para concluir, permitidme de nuevo apelar a las palabras de nuestro querido y recordado D. Marcelo. Lo estoy citando mucho, como podéis apreciar; lo hago, como es lógico, con toda intención, como homenaje y reconocimiento a su testimonio y magisterio fiel, lúcido y valiente: él fue un paladín y un defensor como pocos de la familia y del matrimonio, de su verdad e indisolubilidad. Es necesario que sigamos todos sus huellas. Por eso recuerdo a los sacerdotes y a todos los fieles aquellas palabras suyas, que hago mías: "No prediquéis ni digáis nada que no esté conforme con la doctrina de los Papas a la que yo, Obispo diocesano, quiero ser fiel, sin miedo ninguno a los calificativos con que nos obsequien... Casi todos los matrimonios, de ayer y de hoy, han sufrido y sufrirán desilusiones, desencantos y aun crisis profundas. La solución no está en una mal entendida libertad que rompa hoy lo que quiso unir ayer, ni que una con carácter precario y provisional lo que exige unión perpetua, sino en aceptar la disciplina de las costumbres rectas y la fidelidad en el orden natural y en buscar con los medios adecuados el auxilio que la fe ofrece a los que, siendo cristianos, quieren vivir como lo que son. La Iglesia no se complace en éxitos estadísticos ni teme las derrotas que haya de sufrir por la repulsa que se hace de sus enseñanzas. Su único éxito es la fidelidad a su Señor Crucificado por dar testimonio de la verdad, aunque, como Él, sea despreciada y rechazada. Esa es su gloria y la grandeza de su misión" (Marcelo González). Que todo el amor, plenitud de amor, que está y se nos entrega en el Crucificado, que amó a la Iglesia, su esposa, y se entregó por ella, Dios, el Padre, lo haga llegar por su Espíritu a todos los matrimonios, a todos los esposos, a sus hijos, y a todas las familias, para que permanezcan en el amor sin fisuras, indestructible e indisoluble que ni siquiera rompe la muerte. Que la Santísima Virgen María ayude y proteja a los matrimonios y a vuestras familias; a Ella encomendamos y pedimos que consiga de su Hijo la bendición y el don para los matrimonios de permanecer unidos siempre, y la fuerza del Espíritu para que ilumine a los legisladores en su responsabilidad de legislar con justicia. Toledo, 26 de septiembre, 2004, domingo XXVIº del T.O., en que hemos enviado a siete sacerdotes como misioneros en la Prelatura Apostólica de Moyobamba, en Perú.
NUESTRA IGLESIA, NUESTRA DIÓCESIS Queridos diocesanos: Pocas veces como en estos tiempos nuestros se experimenta la urgencia de vivir la propia identidad cristiana sin vanagloria alguna, pero también sin ningún tipo de complejos. Somos un pueblo de bautizados, esta es una gracia singular de Dios. Nos hace sus hijos, nos incorpora a Cristo, nos colma con su Espíritu y así, divinamente, nos amasa y une con vínculos de perdón y amor que son más fuertes que los de la carne, la sangre o la nación. Cada Domingo, la Asamblea festiva de los cristianos se congrega para celebrar su nacimiento y su actualidad. La comunidad, con su riqueza de ministerios y carismas, la oración, la Palabra, los sacramentos. Es fiesta de los bautizados que descubren en la salvación de Dios su esperanza y su fuerza. ¡Qué importante es no decaer en la celebración del Domingo! ¡Qué importante para sacerdotes, consagrados y familias! Este Día nos lo recuerda e invita a vivirlo especialmente. ¡Qué grandeza la de la Eucaristía Sacramento, Sacrificio y Comunión! ¡Cómo hemos de estremecernos ante ella y, al mismo tiempo, llenos de confianza, acercarnos a ella y fundirnos en ella. La identidad nace de la conjunción de una tradición, que fielmente se recibe como don, y de una personalización o encarnación de lo recibido en nuestra propia situación particular y social. La Iglesia quiere hoy vivir y cuidar estas realidades, con qué gozo y esperanza lanzábamos nuestro Plan Pastoral Diocesano 2004-2009, el pasado 17 de octubre, Pero todo esto reclama la cooperación activa de toda la comunidad cristiana. Nadie puede desentenderse de estas tareas. A todos nos toca vivir el testimonio concreto de nuestra fe en nuestros ambientes, así como sostener económicamente a la Iglesia en sus necesidades. Desde tiempos apostólicos la Iglesia implica proporcionalmente a todos sus hijos en sus cargas: la gran obra misonera, la formación de los futuros sacerdotes, las múltiples formas e iniciativas de caridad, el culto a Dios. Una forma concreta de colaborar con la Iglesia y de expresar nuestra condición de bautizados es también participar en esta fiesta de la Iglesia diocesana y ser particularmente generosos en la colecta que lleva aneja. Muchas gracias porque no sólo dais de lo vuestro, sino que sé que os dais vosotros mismos. Sé que el Señor os verterá una medida generosa, rebosante. Él os bendiga siempre.
A TODA LA IGLESIA DIOCESANA DE TOLEDO Queridos hermanos: Os hago partícipes de una gran alegría. El Santo Padre ha elegido y nombrado Obispo de la Diócesis de Tarazona al sacerdote de esta Iglesia que peregrina en Toledo, a nuestro querido hermano y entrañable amigo, D. Demetrio Fernández González. En este nombramiento reconocemos que Dios nos ha visitado. Él ha estado grande con nosotros y estamos alegres. vivimos una hora de Dios, una hora de esperanza que no defrauda. Con nuestra más cariñosa y entrañable felicitación al Obispo electo, demos gracias a Dios por este don que Él concede a nuestra Iglesia. Toledo se siente honrada por esta distinción de que ha sido objeto uno de los sacerdotes de su presbiterio. Al mismo tiempo, se siente dichosa de servir a otra Iglesia hermana entregándole uno de sus sacerdotes para que sea consagrado Obispo, padre y pastor de ella. De aquella Iglesia diocesana también Toledo recibe el don de uno de nuestros nuevos Obispos Auxiliares, Monseñor Carmelo Borobia. Ahí, y así, se expresa la unidad, la comunión, el intercambio de dones y la solicitud común de las Iglesias, que hoy podemos vivir con particular intensidad y de manera visible en este acontecimiento. Pido a toda la comunidad diocesana que, junto a la acción de gracias al Padre por Jesucristo, eleve su súplica al Dios rico en misericordia. Nuestro hermano, D. Demetrio, necesita nuestra oración, ahora más que nunca. Roguemos al que es Dador de todo bien que derrame abundantemente su Espíritu sobre nuestro hermano; que le conceda fortaleza para desempeñar el arduo ministerio que se le confía y tomar parte en los duros trabajos del Evangelio en tiempos recios como los nuestros; que le dé el Espíritu de sabiduría para guiar conforme a los designios de Dios a la porción del pueblo cristiano a cuyo frente ha sido puesto como el servidor de todos. Que el Espíritu Santo, que acompaña y dirige a su Iglesia en cada momento, le dé acierto en su pastoreo, de manera que sea reflejo y trasparencia del único y buen Pastor de nuestras almas, Jesucristo. Que haga de él un incansable anunciador del Evangelio, predicando a tiempo ya destiempo la verdad de Cristo, fuerza y sabiduría de Dios. Que le revista de su fuerza para que sea testigo de esperanza y aliento de vida nueva en el amor, sobre todo hacia los más pobres, para la Iglesia que peregrina en las tierras hermanas de Tarazona. Nos unimos también a la alegría de esta Iglesia hermana. Le expresamos nuestra más cordial felicitación y oramos por ella para que Dios siga bendiciéndola con toda suerte de bendiciones y le haga avanzar sin cesar por los caminos de renovación impulsada por el Evangelio y guiada, en continuidad con sus prede-cesores, por el nuevo pastor que Dios les concede. Al sentirnos más estrechamente unidos y más hondamente hermanados con esta Iglesia de Tarazona en las personas de D. Carmelo y de D. Demetrio les aseguramos a nuestros hermanos que Dios les envía a un pastor conforme a su corazón, a un hombre bueno y recto, a un sacerdote íntegro y apostólico, cercano y servidor, a una persona con gran preparación y un hondo sentido de Iglesia, con experiencia pastoral y con el ejercicio de responsabilidades importantes en la Iglesia diocesana de Toledo. Estamos seguros que él les va a comprender y querer entrañablemente y que también ellos le querrán, comprenderán y seguirán. Nuestra diócesis se desprende de un sacerdote que estaba desempeñando con gran acierto la labor de párroco de Santo Tomé, en Toledo, Profesor de Cristología en el Instituto Superior de Teología "San Ildefonso", Delegado Episcopal de Educación en la fe y Ecumenismo, y otra serie de importantes tareas. Como bien sabéis, anteriormente desempeñó los cargos de Provicario General de la Archidiócesis y Rector del Seminario "Santa Leocadia" para Vocaciones Adultas. Curiosamente, en el día de Santa Leocadia, es cuando se hace público su nombramiento: una caricia de Dios para este ejemplar sacerdote que tan cercano se siente a la Santa Patrona de la ciudad de Toledo y de la Juventud toledana, primera mártir y santa de Toledo, cuyo 1700 aniversario de su muerte hoy mismo clausuramos. Debo decir que, desde que llegué a vosotros, siempre he tenido en él a un amigo y un colaborador fiel y solícito. Estoy convencido de que no pierdo, no perdemos, ahora su colaboración sino que la tendremos de otra manera. Le damos a él las gracias por todo cuanto es y ha hecho con nosotros. Que Dios le pague todo, como Él sabe hacerlo. Con mi bendición para todos
HOMILÍA DEL SR. ARZOBISPO DE TOLEDO EN LA MISA DE ORDENACIÓN EPISCOPAL DE MONS. ÁNGEL RUBIO CASTRO Y DE PRESENTACIÓN DE MONS. CARMELO BOROBOA ISASA, OBISPOS AUXILIARES DE TOLEDO Muy querido Sr. Cardenal, mi recordado y admirado antecesor en esta Sede de Toledo; muy queridos hermanos Arzobispos y Obispos; mis queridos sacerdotes y diáconos; estimadas y dignas autoridades; queridas familias de D. Carmelo y D. Ángel; queridos hermanos y hermanas en el Señor; muy queridos particularmente D. Carmelo y D. Ángel, que, por encargo del Santo Padre, esta tarde dais comienzo a vuestro ministerio episcopal en la Archidiócesis de Toledo como ayuda mía que nunca agradeceré suficientemente al Señor y al Papa Juan Pablo 11. "Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que en Cristo nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales y celestiales" (Ef 1, 3) . En verdad, Dios ha estado, está grande, inmensamente grande con nosotros, por eso estamos alegres y se ensancha nuestra esperanza. Su grandeza y poder es su infinita misericordia que llega a sus fieles de generación en generación. Esta tarde llega a nosotros, de manera especialmente intensa y luminosa, en la elección y ordenación episcopal de nuestro hermano Ángel, y en la entrega a la Iglesia que está en Toledo, para su servicio, de los dos nuevos Obispos Auxiliares, para mí y para vosotros, muy queridos y entrañables, D. Carmelo y D. Ángel. En verdad, en este doble acontecimiento, nos gozamos del don y de la bendición de Dios, en ellos Dios nos bendice, en ellos vemos y palpamos la cercanía del Señor. En este tercer domingo de Adviento, en que se nos invita con fuerza e insistencia a estar siempre alegres, se cumple entre nosotros la palabra del Profeta: "El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría" (Is 36,1). También estos acontecimientos son llamada y cumplimiento de la esperanza: el que tenía que venir viene a nosotros en este atardecer y se cumplen las promesas de ser Dios con nosotros. Demos, pues, gracias y alabemos al Señor. Con la Virgen María, Señora del Adviento, proclamemos, dichosos y esperanzados, la grandeza y la misericordia del Señor, porque hace obras grandes en favor nuestro. "¿Eres Tú el que ha de venir, o hemos de esperar a otro?", preguntan a Jesús los discípulos de Juan, recogiendo los anhelos y esperanzas del pueblo elegido. Es la misma pregunta que recorre siempre la historia y la vida de los hombres en todos los tiempos y lugares. También en el nuestro. Es verdad, como señala el Papa, en su Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa, que asistimos a un "oscurecimiento de la esperanza" (EE 7) y a "un cierto miedo en afrontar el futuro" (EE 8); es verdad, así mismo, que hoy "muchos hombres y mujeres parecen desorientados, inseguros, sin esperanza, y muchos cristianos están sumidos en este estado de ánimo; son, en efecto, "numerosos los signos preocupantes que, al principio del tercer milenio, perturban el horizonte europeo... engendrando desilusión" (EE 7), conduciendo a una falta grave de esperanza, que llega a alcanzar esas formas preocupantes de vida y pensamiento de lo que se puede llamar una 'cultura de muerte"1 (EE 9) En la raíz de esta pérdida de la esperanza, sin duda, como señala agudamente el Papa, "está el intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo"; es decir, una forma de pensar que "ha llevado a considerar al hombre como el centro absoluto de la realidad, haciéndolo ocupar falsamente el lugar de Dios y olvidando que no es el hombre el que hace a Dios, sino que es Dios quien hace al hombre. El olvido de Dios ‘y la correspondiente crisis de fe’ ha conducido al abandono del hombre" (EE 9). Esto ha generado una manera de ser, de pensar y actuar, hasta formar una cultura o más bien una pseudocultura, donde, de hecho, se quiebra la verdadera humanidad, la verdad del hombre y, así, de la dignidad inviolable de la persona humana. En último término, la crisis de fe y el olvido de Dios conducen de modo inexorable a la crisis del hombre, de lo "humano" y generan pérdida de esperanza, soledad, marginación, exclusión y desamparo. Con todo, es imborrable el anhelo de esperanza en cada hombre, "el hombre no puede vivir sin esperanza", su corazón continua sintiendo dentro de sí una sed de felicidad y de vida que sólo Dios puede satisfacer (Cf EE 10) ,"ningún ser humano puede vivir sin perspectivas de futuro; mucho menos la Iglesia, que vive de la esperanza del Reino que viene y que ya está presente en el mundo" (EE 11). Hermanos, "Jesucristo, el Verbo de Dios que está en el seno del Padre desde siempre, es nuestra esperanza porque nos ha amado hasta el punto de asumir en todo nuestra naturaleza humana, excepto el pecado, participando de nuestras vidas para salvarnos" (EE 19). En Él se encuentra la raíz, la fuente, y la meta de la esperanza única para todos los hombres. El, Hijo unigénito de Dios vivo venido en carne como Mesías y Salvador único y pleno de los hombres, es el cumplimiento de toda esperanza que se alberga en el corazón humano, más allá, incluso, de lo que este corazón inquieto anhela y se atreve a esperar; en Él Dios nos lo ha dicho todo y se nos ha dado enteramente; en Él acontece el cumplimiento definitivo e irrevocable de las promesas de Dios; es "el que tenía que venir"; ya no podemos esperar a otro; no hay otra esperanza de salvación, no se nos ha dado otro nombre en el que podamos hallar la salvación; El es la esperanza del hombre, de cada hombre, y de todo el hombre (Cf GS 45). La única respuesta a la sed profunda de felicidad y de esperanza de todo hombre se llama Jesucristo. La única medicina para el desconcierto, el desasosiego, el desaliento, el desánimo o el desencanto que muchas veces paraliza, bloquea, hiere y llena de miseria el corazón humano es Jesucristo. "Para los creyentes, Jesucristo es la esperanza de toda persona porque da la vida eterna, que es donde está la total, plena y eterna felicidad ‘y donde se colma toda esperanza’. El es la palabra de vida, venido al mundo para que los hombres tengan vida y la tengan en abundancia. Así nos enseña cómo el verdadero sentido de la vida no queda encerrado en el horizonte mundano, sino que se abre a la eternidad" (EE 21). Jesucristo nos ha revelado que Dios es Amor, nos ha traído todo el infinito amor de Dios, que "hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, liberta a los cautivos, abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan, ama a los justos, guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano ya la viuda y trastorna el camino de los malvados" (Sal 145). Jesucristo nos ha hecho posible acceder a ese Amor tan inmenso de Dios que no pasa de largo del hombre malherido y maltrecho, verlo tocarlo, vivir de Él: "Id y anunciad lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, ya los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandaliza de mí!"(Mt 11). Dios es fiel, sus promesas se cumplen: ha enviado su Hijo al mundo, Ungido por el Espíritu, no para condenarlo, sino para que por Él se salve y tenga vida, viva unido y no disperso, se anuncie la buena noticia a los pobres y a los que sufren, se venden los corazones desgarrados, se traiga la libertad a los esclavos y presos, y se proclame el año de gracia del Señor. Este es el Evangelio que se nos entrega, la grande y Buena Noticia que se nos da para que la acojamos de buen grado, sin escandalizarnos de ella: En Jesucristo, Dios se ha hecho visible, audible y tangible. Se nos ha manifestado y entregado como amor infinito e incondicional por el hombre y por la vida del hombre. Dios, el Misterio que da consistencia a todas las cosas, se ha revelado como amigo y cercano a los hombres, compartiendo sus pobrezas y sanando sus heridas. ¡Dios ama a los hombres, nos ama a cada uno de nosotros, tal y como somos, con todo el peso de pecado y de miseria que llevamos dentro de nuestro corazón. Mirando y oyendo a Jesucristo, tocándole con nuestras manos a su cuerpo vivo, es como nosotros y todos los hombres podremos "hallar la única esperanza que puede dar plenitud de sentido a la vida" (EE 22). En Él tenemos la verdad y grandeza del hombre, lo que vale el hombre, la vocación y la esperanza firme a la que ha sido llamado. Jesucristo, cercano a nosotros, presente entre nosotros, visible y audible en medio nuestro, de tantas maneras, en su Iglesia y también en el mundo, es el único fundamento más firme y total de la afirmación de la dignidad inviolable de la persona humana, por el hecho de ser persona, imagen de Dios rescatada, curada y restaurada con su sangre. Por el don que se nos ha hecho al darnos a conocer a Jesucristo, podemos ser conscientes de que toda persona es un sagrario vivo, un portador de Cristo, que se identifica singularmente con los pobres, los que padecen hambre o sed, los que no tienen techo bajo el que vivir, carecen de vestido, están enfermos, son extranjeros o emigrantes, están privados de libertad o viven en la esclavitud, o están amenazados en sus vidas. Cristo, en quien Dios lo ha apostado todo por el hombre, es el sólido fundamento sobre el cual se ha de edificar una nueva humanidad hecha de hombres nuevos y una convivencia más humana y más pacífica porque es respetuosa de todos y cada uno, porque respeta y propicia la vida de todo ser humano sin excepción, porque posibilita la libertad de todos y para todos, porque protege y fortalece, endereza en su caso y allana los caminos del hombre, como el camino necesario e imprescindible de la familia, en toda su verdad. "Id y contad lo que estáis viendo y oyendo", se nos dice hoy a nosotros, como a los discípulos de Juan. "Lo que hemos visto y oído, lo que hemos palpado acerca del Verbo de la Vida, eso os anunciamos", dicen los primeros discípulos de Jesús, los de los primeros tiempos, como Juan Evangelista, o los del año 2005, como nosotros. "Para que el mundo crea y tenga vida eterna, para que Los hombres estén en comunión con nosotros II, con la Iglesia apostólica, presidida por el Sucesor de Pedro, el Papa, y los 3ucesores de los Apóstoles, los Obispos. Y así nuestra alegría esté también en ellos, nuestros hermanos los hombres de nuestro tiempo. Esa es tu misión, querido Ángel. La que hoy se te encomienda por la unción del Espíritu y por la imposición de las manos de Los sucesores de los Apóstoles aquí presentes, esta es a la que la Iglesia te envía. Ungido por el Espíritu irás a anunciar lo que vemos y oímos, palpamos, lo que hayas visto, oído y palpado en el encuentro personal con él dentro de la Iglesia, en comunión con ella, donde está presente y operante Cristo hasta el fin de los siglos: anunciar como testigo, con todo lo que el testimonio entraña, -ves y oyes, tocas y palpas-, anunciar a Jesucristo, no una idea, sino una persona, no una opinión al aire de los tiempos, sino un acontecimiento irrevocable que sana las heridas y la enfermedad de los hombres dañados por el pecado; que devuelve la vista y da la luz de la verdad, que limpia de toda lepra de egoísmo, mentira, de violencia, de injusticia, de pecado, en definitiva; que libera de muerte y de una cultura de muerte, y da vida, defiende la vida, quiere que el hombre viva, hace participar de su victoria sobre la muerte en la resurrección y de la vida eterna; que trae y anuncia sin cesar a tiempo ya destiempo la buena noticia a los pobres, queridos por Dios, que con ellos y junto a ellos está y se encuentra; y que proclama el año de gracia, la gran perdonanza, la misericordia y la compasión infinita de Dios, el don de Dios. Serás un hombre de fe, hombre de Dios: como Juan, la gran figura del Adviento, y para un tiempo de Adviento como es el nuestro, con la reciedumbre de la experiencia de Dios y de su Hijo Jesucristo, curtida en la oración y contemplación, en el trato asiduo de amistad con Él, en la escucha de Dios y de su palabra, en la vida penitencia y de cruz, en la identificación cada día mayor con Él, por el auxilio y la unción del Espíritu; para ser como Juan, testigo y trasparencia de Cristo, voz que vehículo de la palabra que es Cristo, voz que clama en el desierto: "preparad el camino del Señor, allanad los senderos 11, contando lo que has visto y oído junto a Él, en el seno de la Iglesia. Identificado con Cristo, por la unción del Espíritu, como Obispo, serás un verdadero servidor, con las características del amor, reflejado en el pasaje evangélico de hoy, que el mismo Cristo ha vivido y dado a cuantos a llamado, para, como Él, servir y no ser servidos, y evangelizar a los pobres. Los fieles esperan y reclaman de nosotros, con razón, que seamos hombres de fe, hombres de experiencia de Dios, amigos fuertes de Dios, apasionados por el hombre, atentos a sus necesidades y solícitos y prestos para quienes nos reclaman desde cualquier necesidad. Sensible a todo lo humano, con capacidad de escucha y de sintonía con las preocupaciones de los otros, cercano a los hombres y dispuesto a ayudar a cualquiera sin esperar nada a cambio; muy cercano a los sufrimientos de los hombres, a los pobres, a los ancianos, a los marginados, a los enfermos, a los que son pisoteados por los propios hombres, a los amenazados en sus vidas en cualquiera de sus fases Tus palabras más vibrantes habrán de ser aquellas que hablan de los pobres y de los que sufren, de los que pasan hambre o no tienen techo, de los que se arrastran sin esperanza o están desalentados sin esperanza, de los que andan vacíos por la vida o carentes de sentido...; aquellas que muestren la misericordia y compasión del Señor, la ternura de Dios, con el hombre caído y maltrecho, orillado a la vera del camino, ante el que los hombres pasan de largo, tus palabras más vigorosas no deberían ser otras que las que denuncien la injusticia o la falta de libertad, que recae siempre sobre los mismos: los más pobres y desgraciados. Atento a las carencias y necesidades de los hombres, para contar lo que has visto y oído estando con Jesucristo en la Iglesia, no podrás estar ajeno a una carencia y pobreza fundamental de nuestro tiempo: carencia o indigencia de Dios, el despojamiento de humanidad y de verdad que padece el hombre de hoy, la quiebra moral que denuncia ese despojamiento, la pérdida de esperanza. En verdad, nos encontramos, como cristianos, y más aún como Obispos, al lado de ese hombre de nuestro tiempo, despojado y malherido, para anunciarle la Buena Noticia del hombre, que es Jesucristo: "Aquí está el hombre", y para llamarle al consuelo de una esperanza: "No tengo oro ni plata, pero lo que tengo te doy, en nombre de Jesús Nazareno, ¡levántate y anda!" Ahí es donde está el futuro, ahí es donde se abren horizontes, los verdaderos, de esperanza; ahí es donde se disipa lo tenebroso y se abre la luz. ¿Es esto tenebroso? ¿Es esto estar contra alguien? ¿O, más bien, es caminar en la luz, apostar por el hombre y su futuro, por su libertad, y por una humanidad nueva que anticipe la gloria del Señor, que es la vida del hombre? Son tiempos recios en los que Dios te ha llamado al episcopado. Mantente, con la ayuda del Espíritu, firme y fuerte en la fe; sé valiente y no te arredres; no te eches atrás en el anuncio del Evangelio, que es fuerza de salvación. Ten ánimo, que no estás sólo. Contamos con la gran certeza: Cristo está con nosotros hasta el fin de los siglos. En estos momentos, complejos y difíciles los miremos por donde los miremos, de lucha y de prueba, necesitarás mucha paciencia. Es tiempo de siembra, de sembrar como la primera vez el grano de mostaza del Evangelio. Como el labrador, también tú "aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia temprana y tardía" (Sant 5, 8) , de la gracia y de la cruz, del don eficaz de Dios y de las lágrimas y trabajos duros del Evangelio. Cumple, así mismo, la misión que ves en Isaías y Juan; que tu ministerio sea, así, fortalecer las manos débiles, robustecer las rodillas vacilantes, decir a los cobardes de corazón: "sed fuertes, no temáis, mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará". Esa ha de ser nuestra misión aquí en Toledo, queridos Carmelo y Ángel. Nuestro pueblo, en estas horas cruciales, necesita de este aliento, de esta fortaleza, de este aliento, de este ánimo que sólo Dios, en Jesucristo, puede dar, da, porque Él está con nosotros, llega a nosotros, está en medio nuestro. Esta es la hora de Dios, la hora de la esperanza que no defrauda. Que la Virgen María, en sus advocaciones de Guadalupe o del pilar, del Sagrario o del Prado, nos ayude y acompañe. Toledo, 29 de Diciembre de 2004
ANTE EL MAREMOTO EN EL SUDESTE ASIÁTICO Un terrible maremoto, de muy vastas dimensiones, ha asolado y sembrado de muerte, destrucción y sufrimiento las costas de varios países del Oceano Índico. Todos nos sentimos afectados por la magnitud de este doloroso suceso. Y todos nos sentimos plenamente unidos a estos hermanos. Es el momento de nuestra solidaridad generosa y sin fisuras con ellos. Es la hora de la verdad de nuestra caridad que es más exigente aún que la misma solidaridad; es la hora de hacernos enteramente cercanos con quienes tanto están sufriendo; es la hora de compartir como hermanos. No es hora de muchas palabras ni de ahogar la caridad en ellas. Es el momento de que la caridad de nuestras obras corroboren la caridad de las palabras. Al tiempo que elevamos todos en la Diócesis nuestra plegaria sentida al Señor por las víctimas, pedimos a todos los creyentes que sigamos orando insistentemente por los muchísimos miles que han muerto y por todos los afectados. Apelamos a la generosidad de todos, tan probada y con tantos signos de autenticidad entre los toledanos. Que nuestra solidaridad contribuya a paliar las consecuencias de la tragedia. No escatimemos en nada. Hagamos una gran campaña de oración, solidaridad y ayuda. Que junto a la oración, se hagan colectas especiales en las parroquias y comunidades cristianas ¡cuanto antes! en la Diócesis canalizando nuestras ayudas a través de Caritas Diocesana, directamente en la sede de la calle Trinidad, 12 ó en las distintas entidades bancarias a nombre de Caritas Diocesana para el Sudeste Asiático. Muchísimas gracias |
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