Año 2005


 

CARTA PASTORAL DEL SR. ARZOBISPO DE TOLEDO

PRIMADO DE ESPAÑA

«ORAD SIN DESFALLECER»

Exhortación Pastoral a orar por algunas necesidades urgentes

A LA IGLESIA DIOCESANA DE TOLEDO 

     Queridos todos, sacerdotes y diáconos, religiosos, religiosas, personas consagradas, fieles cristianos laicos: A todos gracia y paz en el Nombre del Señor.

 1. Año nuevo: Jesucristo la gran esperanza

      Hemos iniciado la andadura de un nuevo año. El día primero, como cada año nuevo, los cristianos pusimos la mirada en Santa María Virgen, Madre de Dios; o lo que es lo mismo, la pusimos en ese Niño recién nacido de Ella en una cueva de Belén: es el Hijo Único de Dios, Dios-con-nosotros, el que trae la paz y la salvación a todos los hombres. Ahí está para todos la gran esperanza, a la que se une la esperanza de un año nuevo.

     Es, fijémonos, la esperanza que brota del Niño que hace dos mil años nació en Belén de Judá: Un pequeñín, frágil y necesitado como uno de tantos que viene al mundo y nace en un lugar perdido del Imperio Romano; ese pequeñín, nacido en circunstancias de máxima pobreza, es Dios fuerte, Príncipe de la Paz, salvador y salvación para todos los hombres y  pueblos, Luz que alumbra a todas las naciones. "El ha sido pequeño. El ha sido niño para que podamos ser hombres perfectos. El ha sido ligado con pañales, para que podamos ser desligados de los lazos de la muerte; El ha sido puesto en un pesebre, para que podamos ser colocados sobre los altares; El ha sido puesto en la tierra, para que podamos estar entre las estrellas. El no tuvo lugar en el mesón, para que nosotros tengamos muchas mansiones en los cielos. El siendo rico, se ha hecho pobre por nosotros, a fin de enriquecernos en su pobreza" (S. Ambrosio).

     Año Nuevo, año santo para la esperanza. Es la hora de la esperanza que no defrauda, es la hora de Dios y, por eso, hora verdadera del hombre. No podemos vivir en el desaliento o en la desesperanza. Tenemos todos los motivos para lo contrario, para esperar contra toda esperanza: El Hijo de Dios ha venido en carne a nosotros, se ha hecho uno de los nuestros, nuestra humanidad es la suya, humanidad del mismo Dios. Esta es la gran y siempre nueva noticia que alienta a la esperanza: En Jesucristo, que vino a nosotros hace dos milenios, Dios se ha manifestado, se ha hecho visible, tangible. Y se ha manifestado como amor infinito e incondicional por el hombre y por la vida del hombre. Dios, el Misterio que da consistencia a todas las cosas, ¡se ha revelado como amigo de los hombres!¡Dios nos ama a los hombres, nos ama a cada uno de nosotros, y lo ha apostado todo por todos y cada uno! Ahí se nos ha desvelado la grandeza de ser hombre, lo que vale cada hombre, su dignidad inviolable, la sublimidad de la vocación a la que está llamado. ¡Cristo es el futuro y la esperanza del hombre, la gran certeza de que Dios no nos deja en la estacada!.

 2. Permanente necesidad de Orar, desde la esperanza

 Nuevo año: tiempo de oración. Como se insiste en nuestro Plan Pastoral Diocesano, para su primer año, y en la Carta Pastoral "Si conocieras el don de Dios", todos debemos orar; orar en espíritu y en verdad; orar siempre. Sin la oración nada podemos hacer, porque nada podemos llevar a cabo sin Dios. Todos necesitamos volver al Señor, encontrarnos con El, escucharle, tratar con El, familiarizarnos con su querer, conocerle más y mejor, vivir la experiencia de su amor y de su cercanía, gozar de su gracia, para hacer y acoger su voluntad que es con mucho lo mejor. No cesemos de orar. Es preciso, absolutamente necesario, como nos dice Jesús, "orar en todo tiempo y sin desfallecer".

     Necesitamos orar para acercarnos al hombre, a todo hombre. Es la oración la garantía de la recuperación de lo humano, que sólo en Dios encuentra su fundamento y su verdad. Es la mejor, más poderosa y más asequible arma con que los cristianos llevamos a cabo el "combate" de la vida y afrontamos los grandes o pequeños retos que ésta nos depara.

     Orar, lo sabéis bien, es reconocer la primacía de Dios, su presencia en la historia; comporta confesar y reconocer que Dios nos ama, que está con nosotros, sabe lo que nos hace falta y quiere atendernos en nuestras necesidades. Orar, además, implica manifestar nuestra disponibilidad para asumir y vivir el proyecto que Él, en su providencia, tiene sobre nuestra historia. Orar entraña implorar de Dios su poderosa y misericordiosa ayuda, sin la que nada podemos hacer, sin la que no es posible la renovación de la mente y de los corazones que tanto necesitamos para acoger el Reino de Dios y hacerlo presente en medio de los hombres y en todas las realidades humanas. La oración expresa como ninguna otra cosa el primado de lo espiritual en la vida personal y social, y de que sólo desde una fuerte espiritualidad, que se apoya y se nutre en la oración, podremos llevar a cabo la obra de renovación de la Iglesia y de la sociedad a la que nos urgen la fe y la caridad cristianas.

 3. Orar, en esperanza, ante algunos hechos de nuestro tiempo

 Estamos muy necesitados de esta certeza y de esta esperanza, tanto más, cuanto hace unos días finalizamos un año, el 2004, que tan duro se ha manifestado en algunos aspectos: en él ocurrió, en efecto, el terrible y nunca suficientemente rechazado atentado del 11 de marzo en Madrid, la persistencia y recrudecimiento de la guerra de Irak, la pertinaz violencia en Tierra Santa, el durísimo maremoto del Sudeste Asiático, la aprobación o anuncio de leyes en nuestro país que van contra la vida o la familia, la reciente "aprobación" en el Parlamento Vasco del llamado "Plan Ibarretxe", paso hacia la soberanía de esa parte tan querida de España como son las provincias vascas, etc. También ha sido, no podemos ocultarlo ni debemos dejar de reconocerlo, un año de gracia: ¡Cuánto, en efecto, hemos recibido de Dios, aunque mucho del don suyo nos pueda permanecer escondido o aún no lo veamos!

     A la vista de lo que ha sucedido en 2004, en España y fuera de ella, como hombres de fe y como Iglesia, sentimos la necesidad de suplicar la ayuda y el favor de Dios sobre nosotros, sobre todos y cada uno de los hombres, sobre la sociedad y sobre la Iglesia, sobre España y el mundo entero, sobre nuestras familias y sobre nuestros pueblos con sus dificultades y sus inquietudes. Los gozos y la esperanzas, las tristezas y los sufrimientos de los hombres, son también de la Iglesia, son también de nosotros, los que creemos en Dios y en su Hijo Jesucristo; nada que sea verdaderamente humano es ajeno a la Iglesia, como no es ajeno a Jesucristo y a su humanidad, que es la nuestra.

 4. Orar ante la gran tragedia del maremoto del Sudeste Asiático

 ¡Qué pequeños, menesterosos e inermes, nos sentimos frente a la gran tragedia derivada del maremoto del Océano Índico, del Sudeste Asiático! ¡Cuánta desolación y muerte, cuánta destrucción y sufrimiento, cuánto dolor y tristeza en las imágenes que de allí nos llegan, en las que se nos deja atisbar la magnitud de la desgracia! ¡Sí!, podemos y debemos mostrar nuestra solidaridad generosa, amplia y sin fisuras con aquellos hermanos nuestros. ¡Sí!, es la hora, cierto, de la verdad de nuestra caridad que es más exigente aún que la misma solidaridad; es la hora de hacernos enteramente cercanos con quienes tanto y tanto están sufriendo, es la hora de compartir como hermanos y de ayudarles humanamente; es el momento de que la caridad de nuestras obras corroboren la caridad de las palabras.

     Pero aun siendo esto necesario, más aún imprescindible e inaplazable, la magnitud de la ruina producida sólo Dios puede reconstruirla; tanta desolación y muerte sólo Dios con su fuerza y su amor puede atenderlas y vencerlas; tantas heridas y lágrimas sólo Él, Padre de misericordia y Dios de toda consolación, puede consolarlas, calmarlas y curarlas; el abandono y la soledad de los muchísimos que han quedado sin padres o sin familia, sin hogar y sin cariño de los suyos, sólo Dios puede acompañarlos. ¿De dónde vendrá el auxilio a tan grandes y graves desgracias?

     ¡El auxilio les viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra! El está allí, sufriendo con ellos, con su infinito amor y suprema cercanía, en esa cruz de Indonesia, SriLanka, Malasia, Tailandia, Bangladesh India, Maldivas, o de la costa opuesta africana en Somalia o Kenia. Por eso es preciso, como la mayor prueba de caridad y cercanía nuestra, que elevemos nuestra plegaria y clamemos desde lo hondo al Señor, todopoderoso e infinito en su compasión, que tenga piedad y acoja a los que han muerto y los tenga junto a sí, que esté al lado de todas las innumerables víctimas; pidamos por sus familiares, por cuantos sufren en estos días las consecuencias de este desastre y por los pueblos afectados que sufren tantas y tan graves dificultades, que les muestre su favor como nos lo ha mostrado de manera tan admirable en el Hijo suyo enviado en carne a los hombres, a los que no desdeña llamar hermanos, cuyos sufrimientos ha asumido, y cuya muerte y destrucción ha vencido con su cruz y resurrección. Que ilumine su Rostro sobre ellos y que hallen en Él toda gracia, auxilio, esperanza y consuelo. Pidamos también por todos los que se entregan para aliviar los inmensos sufrimientos de las poblaciones golpeadas. Que a todos nos conceda convertirnos a Él, volver a Él, para que no vivamos de otra manera que confiando plenamente en su misericordia que siempre es grande y fiel, que nunca falla. No dejemos de orar: sólo Dios salva.

 5. Orar por la paz, ante tanta violencia desatada

 Necesitamos también el auxilio y el favor de Dios ante los problemas tan arduos e intrincados de la paz en el mundo: paz, por lo demás, tan rota y amenazada hoy en tantos lugares de la tierra. Con la mirada todavía puesta en el Niño que yace indefenso en el pesebre de Belén, pidamos confiadamente a Dios, fuente inagotable de todo amor, que nos libre de todo odio, de toda violencia, de todo terrorismo, de todas las destrucciones de vidas humanas, de todo mal que se oponga a la paz verdadera, la que no es posible sin la base de la ley moral universal, esto es, sin la base del seguimiento del bien y del rechazo del mal, del "no dejarse vencer por el mal, antes bien, del hacer posible que se venza al mal a fuerza de bien"1.

     Como el Papa en el día de la Navidad, pidamos a Dios "que cesen tantas formas de creciente violencia, causa de indecibles sufrimientos; que se apaguen tantos focos de tensión, que corren el riesgo de degenerar en conflictos abiertos; que se consolide la voluntad de buscar soluciones pacíficas, respetuosas de las legítimas aspiraciones de los hombres y de los pueblos; que aliente Él mismo las iniciativas de diálogo y reconciliación; y que nos ayude a comprender que la única vía para construir la paz es huir horrorizados del mal y buscar siempre y con valentía el bien". Que cada uno en la parte que le corresponda, y España toda, contribuyamos a la edificación de un futuro de justicia, de solidaridad y de paz para cada nación, derribando fronteras y superando divisiones.

     Oremos para que no golpee, o que deje ya de golpear, o que nunca más ya golpee el terrorismo en nuestras tierras de España -ni en ninguna parte del mundo- , que todos estemos unidos y seamos como una "piña" frente a él; que se multiplique la misericordia de Dios y la solidaridad, la ayuda de la caridad y de la justicia de los hombres en favor de sus víctimas. Que crezca en todos los ciudadanos y personas de bien un verdadero amor al hombre, a todo hombre sin excepción alguna ni marginación de ningún tipo; que se respete la vida del hombre en todas y cada una de las fases de su existencia, desde el principio de su ser hasta su muerte natural; ni se le manipule, ni se le instrumentalice para otras causas o intereses, aunque puedan tener apariencia de nobles. Que la ciencia se ponga al servicio del hombre, no a la inversa, que se ejerza con conciencia para que no se vuelva contra el propio hombre. ¡Que Dios nos conceda la paz, que sólo él puede dar! Que Él nos dé su gracia para que todos seamos personas que trabajan decididamente por la paz: así seremos dichosos, hijos de Dios, nuestro Padre, llamados a edificar día tras día la paz en la justicia, la verdad, la libertad y el amor.

 6. Ante la secularización y el laicismo, orar por la fe y por la evangelización

 Necesitamos la ayuda del Cielo, el auxilio de Dios ante la ingente tarea de evangelizar que hoy nos urge y apremia. Ante la fuerte secularización y el laicismo imperante o la ideología laicista intolerante que se impone, pidamos por España: que sepa recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por un profundo amor al hermano; para sacar de ahí fuerza renovada que nos haga infatigables creadores de diálogo verdadero y promotores de justicia, alentadores de cultura y elevación humana y moral de nuestro pueblo. Pidamos a Dios que, con su Espíritu, renueve nuestras mentes y corazones, nuestros criterios de juicio y nuestra mentalidad, tal vez en muchas cosas contrarios al Evangelio, que renueve nuestra vida moral y religiosa en consonancia con la ley de Dios, y conformando nuestra voluntad con la voluntad divina y su designio sobre la historia; que nos conceda vivir y madurar en una mentalidad y en un corazón verdaderamente evangélicos, para juzgar, pensar, sentir, esperar, amar y actuar como Jesús: así será posible la renovación de nuestra sociedad en la que vivimos.

     Pidamos por las gentes de España para que no sucumban a la cultura de la increencia, ni al ambiente de secularización, ni al laicismo imperante. Que tampoco pierdan ni debiliten sus raíces católicas sino que las aviven, que no dejen de asentarse en sus sólidos cimientos cristianos, alma de sus pueblos y base de su unidad más preciada y amasada con criterios de fe y principios morales que no podemos debilitar y a los que, menos aún, podemos renunciar, si queremos aportar algo valioso al resto de las naciones, apostar por un futuro digno, y ser lo que somos en nuestra identidad.

     Necesitamos implorar la fuerza y la sabiduría de lo Alto para ayudar a que los hombres crean. Esto es lo que está en juego en nuestro tiempo y entre nosotros, y es lo más importante. Oremos sin desfallecer y supliquemos de todo corazón que se fortalezca la fe y el testimonio de todos los fieles cristianos, en todas las partes y de manera muy principal en España, que crean los que están alejados o viven con una fe debilitada o sin ella: no da lo mismo creer que no creer para el futuro y el logro del hombre y de la Humanidad, y para el futuro de nuestra Nación. ¡Ah! si creyésemos más hondamente, si avivásemos y fortaleciésemos la fe en Jesucristo, camino de Dios al hombre y del hombre a cada hombre: nos acercaríamos sin duda más a todos y cada uno de los hombres, sea cual fuere su condición, se consolidaría fuertemente la convivencia entre todos y se sembraría concordia y paz.

     Al orar aprendemos a pensar y actuar al modo de Dios, confesamos que nada digno en verdad podríamos llevar a cabo si no contamos con su amor y su gracia, que todo bien es don suyo, que lo más preciado como es la vida, la salud y la dicha son dones de su amor, que la fe es nuestro mejor tesoro y la más valiosa de las herencias. Al orar, nos ponemos confiadamente en las manos de Dios -¡en qué mejores manos!- y le pedimos, pues, que se haga su voluntad: es lo mejor, con mucho, que podemos pedir, porque su voluntad es la que vemos en Jesús y siempre y en todo esa voluntad es benevolencia, amor, salvación, gracia y vida. Que permanezcamos fieles, y que El realice entre nosotros y con nosotros su designio : designio de paz y no de aflicción, de amor y felicidad, de conversión y redención, designio de luz y de verdad para todo hombre que viene o está en este mundo.

     Pidamos por nuestra diócesis de Toledo y por todas las diócesis de nuestro país, para que, permaneciendo en la unidad de la misma y única fe de la Iglesia -que tantos vínculos guarda con Toledo- y robustecidas por el amor mutuo, se nos quiten los complejos y los miedos de aparecer como cristianos; que nos conceda la fortaleza y valentía para que se note lo que somos, católicos, y que, sin temor, salgamos a donde están los hombres a evangelizar, dar testimonio y hacer presente, en obras y palabras, el Evangelio vivo de Jesucristo, que es fuerza de salvación para todo el que cree, fuente y raíz de toda esperanza y de humanización verdadera. Que, arraigados en el Evangelio, enraizados en Cristo, vivamos de verdad sus exigencias para contribuir decididamente a la renovación de la sociedad, a la creación de una nueva cultura de la vida y de la fraternidad y de una nueva civilización del amor. Que Dios nos conceda, en suma, una revitalización y trabazón cristiana de nuestras comunidades eclesiales para hacer posible un nuevo y buen tejido de nuestra sociedad.

 7. Orar por la familia, los niños y jóvenes, por su educación

 También debemos pedir por las familias, siempre, pero aún más en esta hora difícil que atraviesa la institución familiar, asentada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, querida así por el Creador desde el mismo principio y para siempre, basada en el amor inquebrantable y fiel, y abierta a la vida. Ante nuestra mirada tenemos las grandes dificultades y los graves ataques de que es objeto la familia. Corren tiempos muy recios y nada fáciles para las familias. Por ello es necesario orar insistentemente y mucho a Dios por ellas; que les conceda gracia, fortaleza y solidez en la fe y en el amor para que Cristo esté siempre en su centro y en su hogar, se mantengan firmes en la verdad y fieles al Evangelio de la familia y de la vida, y, así también, inquebrantables en el amor sin fisuras, gozosas por recibir el don de la vida y por ser santuario de la vida, llenas de aliento y ánimo para seguir siendo enseña de esperanza para la sociedad y educadoras de sus hijos y nietos en el verdadero humanismo.

     Oremos para que sigan habiendo y multiplicándose hombres y mujeres, matrimonios y familias, que defiendan y protejan valientemente la familia, el único espacio que queda de humanización, el único lugar de la sociedad donde el hombre puede formarse como hombre, como persona; en otros lugares podrá formarse para ser ciudadano, productor, consumidor y otras cosas, pero lo fundamental de su personalidad lo recibirá en la familia, en el ámbito de los padres: padre y madre. Roguemos, pues, a Dios que nadie arrebate, debilite o dificulte la misión educadora de las familias, ni usurpe los derechos inalienables y en modo alguno negociables que les corresponden en la educación de sus hijos. Que nunca se aprueben legislaciones contrarias a esta misión, deber y derecho que ellas tienen, sino que se propicien leyes que la promuevan y faciliten, pues educando a los hijos en virtudes, el hombre y la mujer, como esposos y padres, cooperan a la obra de Dios y garantizan el futuro de la humanidad.

     Para que tenga futuro nuestra sociedad, para que no sufra el invierno demográfico, ni se vea privada de la sonrisa, ni de la promesa y alegría de los niños, y para que pueda vivir en la paz donde cada uno es reconocido y respetado por lo que es como persona, necesitamos invocar a Dios que conceda luz, sabiduría, prudencia y decisión al Estado y a la sociedad, a las autoridades civiles, a los poderes legislativo, ejecutivo y judicial para defender y promover el matrimonio y la familia en toda su verdad y extensión. Que Dios ilumine y oriente la conciencia de los hombres de gobierno para que cumplan con su responsabilidad de servicio al bien común legislando en favor de la familia, protegiendo responsablemente los matrimonios y las familias con medidas y ayudas sociales apropiadas, porque es ahí donde el ser humano, objeto del bien común al que se debe todo Estado, encuentra su verdad y su realización. Protegiendo a la familia se fortalecerá, inseparablemente el primer recurso de la nación.

     Estamos llamados y urgidos a que las familias, en medio de las dificultades que las envuelven hoy, tomen conciencia de sus propias capacidades y energías, confíen en sí mismas, en las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la misión que Dios les ha confiado: es necesario que las familias de nuestro tiempo vuelvan a remontarse más alto. Es necesario que se abran y sigan a Cristo. Es preciso, para el bien de todos, hacer de las familias cristianas verdaderas "iglesias domésticas", lugares de encuentro con Dios y oración, centros de irradiación de la fe, escuelas de vida cristiana, así como enriquecer la vida de las familias y sostenerlas con toda la riqueza de vida que proviene de Cristo. Renovándolas en la escuela del Evangelio se dará un gran paso para la reconstrucción de la sociedad y edificación de la Iglesia en la comunión y en la esperanza. Y para esto y por esto debemos orar a Dios, al tiempo que elevamos nuestra plegaria por las familias en dificultades o en crisis, con tensiones y violencia interna, rotas o desintegradas, con problemas de salud o de vivienda, necesitada de trabajo o por cualquier otro tipo de carencia. Oremos, oremos sin desmayo por la familia. En la oración de la familia, por la familia y con ella, ésta descubre su propia identidad y se consolida en vistas a su misión de testimonio de amor y de vida en la Iglesia y en la sociedad.

     Al pensar en la familia y rezar por ella, no podemos dejar de hacerlo también por los niños y los adolescentes. Los pequeños, al ser los más frágiles y necesitados, son los que mayor atención, y cuidado merecen. Que Dios los guíe y los proteja, para que nunca les falte el amor y el cariño de sus padres, el abrigo del hogar, la tutela de la educación en la verdad; que en todo se vean respetados y no se les robe el alma con un ambiente social o una pseudocultura hedonista, permisiva, alienante y vacía. Por eso es necesario pedir a Dios que nos ayude a mejorar la calidad verdadera de la educación, a educar en la verdad que nos hace libres, a ofrecer o reclamar, por los cauces adecuados y legítimos, los derechos inalienables y no negociables en materia educativa garantizados ya por las leyes fundamentales. Pidamos en esta hora decisiva a Dios, que al legislar sobre materia de enseñanza sea escuchado el clamor de los padres que piden para sus hijos una enseñanza religiosa y moral católica en todas las escuelas.

     No podemos olvidar en nuestra oración a los jóvenes. Lo tienen muy difícil. Son muchos los intereses que pretenden hacer presa de ellos. Por eso pidamos para ellos que no caminen como ovejas sin pastor, que encuentren quien les lleve a Jesucristo, porque es en Él donde encontrarán la felicidad que andan buscando, la raíz y la fuerza para ser verdaderamente libres, el camino que les oriente y les lleve a apuntar a lo alto, la razón de la esperanza que les impulse con sentido hacia el futuro, y la escuela donde hallar el verdadero, pleno, el profundo significado de palabras tan queridas para ellos, como son "paz, amor, justicia". Que Dios les conceda creer en su Hijo Jesucristo, la verdad del hombre, inseparable de Dios, para que su vida se llene de sentido y de razones para vivir. Si conocieran el don de Dios, si conocieran a Jesucristo, si alguien los llevara junto a él, seguro que estarían con Él y lo seguirían.

 8. Orar por España y su unidad

 También deberíamos orar por España; es un deber de caridad y de justicia; es algo que los cristianos no podemos dejar de hacer si amamos de verdad a nuestro país. España se encuentra en una etapa crucial de su historia; esto es obvio. En los últimos meses, y más aún en estos últimos días se ha avivado una gran cuestión que viene ya de lejos: la cuestión de su unidad. El llamado "Plan Ibarretxe" la ha puesto en el primer plano de actualidad. Por todos es conocido cómo está siendo calificada la situación por expertos y no expertos, por políticos de una y otra tendencia. No entramos en ninguna valoración política, que no nos corresponde. Aparte de las razones históricas, jurídicas, económicas, políticas, de ordenamiento del Estado, desde el punto de vista moral el plan soberanista aprobado en la Cámara Vasca el pasado día 30 de diciembre plantea unas cuestiones preocupantes y de suma gravedad que afectan al corazón mismo de la realidad social de España, del bien común de nuestra sociedad, del actual marco de convivencia que afecta a todos los españoles, y la misma unidad de nuestra Nación, que también es una cuestión moral.

     Tal vez convendría recordar en estos momentos un texto de la Conferencia Episcopal tomado del Documento "Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias" (2002)."Por ser la nación un hecho, en primer lugar, cultural, el magisterio de la Iglesia lo ha distinguido cuidadosamente del Estado. A diferencia de la nación, el Estado es una realidad primariamente política; pero puede coincidir con una sola nación o mas bien albergar en su seno varias naciones o entidades nacionales. La configuración propia del Estado es normalmente fruto de largos y complejos procesos históricos. Estos procesos no pueden ser ignorados ni, menos aún, distorsionados o falsificados al servicio de intereses particulares. España es fruto de uno de estos complejos procesos históricos. Poner en peligro la convivencia de los españoles, negando unilateralmente la soberanía de España, sin valorar las graves consecuencias que esta negación podría acarrear, no sería prudente ni moralmente aceptable. La Constitución es hoy el marco jurídico ineludible de referencia para la convivencia. Recientemente los Obispos españoles afirmábamos: 'La Constitución de 1978 no es perfecta, como toda obra humana, pero la vemos como el fruto maduro de una voluntad sincera de entendimiento y como instrumento y primicia de un futuro de convivencia armónica entre todos'. Se trata, por tanto, de una norma modificable, pero todo proceso de cambio debe hacerse según lo previsto en el ordenamiento jurídico. Pretender unilateralmente alterar este ordenamiento jurídico en función de una determinada voluntad de poder o de cualquier otro tipo, es inadmisible. Es necesario respetar y tutelar el bien común de una sociedad pluricentenaria"2.

     No podemos olvidar, por otra parte, que una decisión como la que se apunta en el mencionado Plan, puede generar no pocos sufrimientos tanto en los que habitan en la tierra vasca como los que viven en el resto de los pueblos de España; sin ignorar las muchas víctimas del terrorismo de ETA, cuyas causas y raíces analizó la Conferencia Episcopal en el mencionado documento. Esto también es una cuestión moral.

     Ante esta situación creada, por algunos calificada de crítica, os invitamos a todos, como ejercicio también de caridad, y como expresión de nuestro ser Iglesia, a la que no le es ajeno nada de lo que afecta al hombre, y como un deber del cuarto mandamiento de la Ley de Dios que nos manda honrar también a la patria, os pedimos que roguéis a Dios por España. Que Jesucristo, que es Luz, Sabiduría, Verdad y Paz para las gentes y los pueblos, nos haga vivir estos momentos con serenidad. Que conceda luz, prudencia, sabiduría, discernimiento y acierto a nuestros políticos y gobernantes, a las instituciones del Estado, y a todos los ciudadanos para encontrar salidas justas y razonables, conformes con el bien común, a esta situación. Que Dios proteja y ayude a España y a todos sus pueblos; y que nos dé la fortaleza y el corazón para el entendimiento y la cordura, para la convivencia y para el respeto al Derecho.

     Pidamos por España, pidamos por su fidelidad a las raíces que la sustentan. Pidamos que Dios ilumine y dé sabiduría y discernimiento a los legisladores, para que a la hora de legislar respeten y promuevan la verdad y el bien de la familia y los derechos fundamentales que le son propios, el derecho a la vida, el de libertad religiosa en toda la amplitud que le corresponde, así como el derecho y la libertad de enseñanza sin discriminación de ningún tipo. Pidamos por la implantación cada día mayor de la justicia social en nuestra tierra, por la extensión de la solidaridad y la justicia en favor de los pobres y menos favorecidos de la sociedad, de los que no tienen trabajo, de los inmigrantes. Que Dios nos ayude a acoger a los inmigrantes, a los que vienen de otras culturas o de otras religiones, y encontrar caminos justos y posibles en esta acogida. Pidamos por los gobernantes y por los que gestionan el bien común para que en todo no busquen otra cosa que ese bien común y lo promuevan en toda la amplitud posible.

     Es necesario promover la presencia de los católicos en la vida pública; los católicos no pueden engrosar el número extenso de los que alguien ha llamado la "cofradía de los ausentes"; es necesaria su presencia, en virtud de su fe y no a pesar de ella, en la cosa pública para llevar el Evangelio a ésta, y transformar y renovar desde dentro nuestra sociedad. Por ello también es necesario pedir que Dios fortalezca la fe de los cristianos laicos y que les ayude, nos ayude a todos, en la imprescindible tarea de formación en la doctrina social de la Iglesia y sus contenidos esenciales e irrenunciables para poder asegurar así en la vida social y política una presencia unida, coherente, honesta, desinteresada, abierta a la colaboración con todas las fuerzas sanas de la Nación.

 9. Exhortación final a la oración y algunas directrices 

Siempre es necesario orar, pero vivimos unos momentos y estamos ante tales necesidades que es preciso orar más. Por ello, en nuestra diócesis, la víspera de la fiesta de su Patrón, San Ildefonso, día 22 del presente mes de enero: en torno a las 19'30 horas de la tarde en la parroquia de San Ildefonso, en Toledo; a las 20 horas en la parroquia de San Ildefonso, en Talavera; y en la parroquia de Villacañas a las 20 horas; tendremos una Eucaristía y vigilia de oración, para rezar por España, y el conjunto de intenciones que en esta Exhortación señalamos, según el modelo que se facilitará. Mandamos, así mismo, que en todas las celebraciones de la Eucaristía de todos los días, en la Oración de los fieles, sin suprimir las ya señaladas por las vocaciones, se incluyan también preces por España, conforme a las sugerencias que se adjuntan a esta Exhortación; al tiempo que rogamos encarecidamente que en todas las parroquias, todas las semanas, el día que cada una elija, en este año de la Eucaristía, se exponga el Santísimo para su adoración, y, durante, al menos, un cuarto de hora, en su presencia, se ore por España y el conjunto de estas intenciones, para lo que se facilitarán algunos guiones como sugerencia.

     Ante la situación que estamos viviendo, los cristianos nos manifestamos como lo que somos, discípulos de Jesús que oraba, nos enseñó a orar y exhortó a la oración; como hombres de fe que reconocen que Dios es dador de todo bien y que todo auxilio viene de Él; como personas de esperanza que viven en la certeza de que el Señor estará con nosotros hasta el fin de los siglos y reconocen que el amor de Dios es más fuerte que todo; y como hombres de caridad, que se sienten unidos a todos y comparten con ellos sus angustias y sus penas, sus alegrías y sus gozos, sus inquietudes y sus esperanzas.

     Oremos también a la Santísima Virgen y con Ella, en este año de la Inmaculada, en el que toda España renovará su consagración a su Corazón Inmaculado; recemos el Rosario, que el Papa ha calificado como la "oración por la paz". Pongamos en las manos de la Virgen María, Madre de Jesucristo y madre nuestra, nuestra oración. Que Ella, intercesora ante su Hijo, nos conceda como Ella sabe y quiere hacerlo, los dones de maternal bondad y nos ayude en estos momentos, tan necesitados de su ayuda de Madre del Salvador y Madre de misericordia. A Ella le pedimos que haga crecer nuestra fe, esperanza y caridad, y nos alcance la fortaleza necesaria para mantenernos fieles a Dios, en quien está nuestro futuro y esperanza.

      Con nuestra bendición y agradecimiento para todos

XAntonio Cañizares Llovera

Arzobispo de Toledo 

 

XCarmelo Borobia Isasa                         XÁngel Rubio Castro

    Obispo Auxiliar de Toledo                   Obispo Auxiliar de Toledo

 

En la fiesta de la Epifanía del Señor, 6 de enero, de 2005

1 Cfr. Mensaje del Papa; nn. 12 - 21

2 Instrucción Pastoral de la LXXIX Asamblea Plenaria CEE. Nov 2002, nn. 34 - 45

 

HOMILÍA

EN LA SOLEMNIDAD DE EPIFANÍA 2005

 

S. I. Catedral Primada

6 de enero de 2005

    1. Queridos hermanos Obispos, queridos hermanos y hermanas, en este día de la Epifanía del Señor escuchamos la voz de Dios que nos dice: "Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz. . .Mira: las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre tI amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre t1 y caminarán los pueblos a tu luz. . . , tus hijos llegan de lejos. . . Lo verás radiante de alegría". Esto se cumple hoy, en esta fiesta de la Epifanía del Señor: Cristo, Luz de las gentes, ilumina al mundo entero, representado en los Magos de Oriente. Con El y en El queda desvelado el designio benevolente de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, la verdad que nos hace libres con la libertad de los hijos de Dios. En la oscuridad de la historia brilla de manera definitiva e irrevocable la revelación de Dios en Jesucristo, estrella radiante de la mañana que nos guía en la vida y que se ofrece a cuantos la buscan.

    2. Con todos vosotros bendigo al Señor ininterrumpidamente; su alabanza está siempre en nuestra boca; y nuestra boca jubilosa se llena de cantares; estamos alegres porque hemos experimentado la misericordia infinita y la inmensa bondad de Dios y se nos ha dado la gracia de poder seguir a Jesucristo, Luz del mundo. Cantaremos eternamente esta misericordia del Señor, y le bendeciremos por siempre porque nos ha visitado el Sol que nace de lo alto y viene a nosotros para iluminar a los que viven en las tinieblas y en las sombras de la muerte: Él es la Estrella radiante de la aurora de una nueva humanidad en la que resplandece el brillo de la gloria de Dios, encarnación del amor infinito, salvación siempre invocada y siempre esperada, esperanza única del mundo, que trae la paz a todas las gentes y guía nuestros pasos por los senderos de la gracia salvadora de Dios y los caminos de su justicia, de su paz, de la esperanza.

    3. A la esperanza, en efecto, nos estimulan los Magos de Oriente, primeros contempladores y adoradores del rostro de Jesús procedentes de los pueblos gentiles que representan al mundo entero, distinto de Israel como pueblo elegido, a los que, dispersos, Cristo ha venido a reunir y salvar. Como ellos, en este año, quinto del tercer milenio, estamos llamados a buscar y salir en pos de la señal que se nos ha ofrecido en los cielos, la Estrella radiante que ha aparecido, hasta llegar al encuentro con Cristo, que se ha hecho hombre, niño, por nosotros; venir ante El para postrarnos en sus presencia, contemplarlo y adorarlo.

     Ellos se pusieron en camino y no escatimaron dificultades, obstáculos, sufrimientos, incertidumbres, incomodidades, con tal de llegar ante el que es la Luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo: buscan, preguntan, no cesan en el empeño. A pesar de las respuestas escépticas, indiferentes o enemigas, como las de Herodes y sus acompañantes y consejeros, no dejan de decir que van en pos del "Rey de los judíos", del que es Señor de todos y trae el derecho a la tierra, aunque cause sobresalto en la ciudad. También nosotros, hoy, hemos de ponernos en camino, salir al encuentro de Jesús y proclamar que le buscamos, porque sabemos que de El viene la salvación para todos, la Verdad y la justicia para los hombres, aunque esto sobresalte al mundo de hoy, donde no faltan los "Herodes de nuestro tiempo” que continúan queriendo eliminar a Jesucristo de nuestra historia, o los que están con indiferencia o escepticismo ante su persona, o los que se desinteresan de su existencia desde su propio agnosticismo. y hemos de hacerlo, a pesar de las dificultades, sin ningún miedo ni complejo, sin pararnos, aunque pasemos momentos de incertidumbre y de oscuridad, donde parece que todo se apaga; entonces, más aún es necesario que, con perseverancia prosigamos el camino, hasta el encuentro con Jesucristo, niño e hijo, que nos muestra su Madre María, hasta adorarle, hasta confesar su Nombre, reconociéndole como Dios, como hombre, como Rey y Señor de todo y de todos. Este encuentro, y sólo él, nos llena, como a los Magos de Oriente, de una gran, desbordante y contagiosa alegría. Cristo trae la alegría y la dicha a los hombres; el encuentro con El, la contemplación de su persona, el postrarnos ante El, adorándole, colma de felicidad y de dicha; es lo que puede disipar la tristeza y el vacío de muchos de nuestros contemporáneos, de todo hombre.

     Ellos no se detuvieron en Belén. Salieron de allí para difundir la Buena Noticia de la salvación que ha llegado en la persona de Jesús, el Hijo de Dios que nace de María, que es Señor, y se ha despojado de su rango, para enriquecernos a todos. No podemos quedarnos tampoco nosotros en la dicha del encuentro, es necesario darlo a conocer, ir a donde están los hombres, volver a nuestra tierra para darlo a conocer, y que participen, como nosotros, de su luz y de su alegría, de su verdad que nos hace libres, y de su amor y presencia entre nosotros que nos colman de felicidad. Y volver e ir, sorteando el camino o andando por un camino distinto del de los “Herodes y de los consejeros de nuestro tiempo”, que ni les interesa Cristo para adorarlo o desearían que desapareciese de manera definitiva de nuestro mundo y vivir tranquilos y sin sobresaltos. Ser misioneros, como los Magos de Oriente, ser testigos, hoy, de lo que "hemos visto y oído, de lo que hemos palpado y tocado con nuestras propias manos", como los Apóstoles. La Iglesia, nosotros en ella y con ella, como la estrella que guía, somos los que, en esta época de la historia, hemos de reflejar y hacer resplandecer el rostro de Cristo ante las generaciones del nuevo milenio. y esto, a partir del encuentro con Él.

    4. A partir de ese encuentro, comuniquemos "lo que hemos visto y oído" acerca de Jesucristo. Como los Magos de Oriente, hagámonos eco vivo y auténtico de la Revelación de Jesucristo. Quisiera, con toda el alma, y así lo pido desde lo mejor y más hondo de mi corazón, que todo Toledo conociese y reconociese a Jesucristo, le creyese y le adorase, hasta el punto de ofrecerle "el oro, el incienso y la mirra" de su vida. Que todos creamos en Jesucristo es lo mejor que puede suceder en Toledo. Para ello es necesario y apremiante que haya evangelizadores, que seamos, conforme a la naturaleza de la fe que profesamos, misioneros, portadores para todos de la Buena Nueva de la salvación que es Jesucristo y que El trae a la humanidad entera. Nadie que haya recibido la gracia de la fe puede eximirse de dar testimonio del Evangelio de la Encarnación y Nacimiento de Jesucristo, del Evangelio de la Redención. Que no haya nadie que se exima de este sagrado deber. Se abre el gran tiempo de la misión y de la evangelización. No hay tiempo que perder. Ni el obispo ni los sacerdotes, ni los religiosos o religiosas, ni los laicos, ni los niños ni los ancianos, ni los adultos, ni los jóvenes, ni los enfermos, ni los sanos..., nadie está eximido de esta urgencia por evangelizar. Llevemos el Evangelio, mostremos a Jesucristo, démoslo a todos, a los que están lejos ya los que están cerca, a aquellos con los que convivimos y trabajamos, a todos. ¡Contemplad, amad y anunciad a Jesucristo para que los hombres crean en El y le sigan, y así pueda haber una humanidad con esperanza!

    5. "¡Caminemos con esperanza!" Contamos con la ayuda de Cristo. "El Hijo de Dios que se encarnó hace dos mil años por amor al hombre, realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla, y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos. . . Cristo contemplado y amado nos invita una vez más a ponernos en camino: 'Id pues y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y de Espíritu Santo'. El mandato misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos. Para ello podemos contar con la fuerza del mismo Espíritu, que fue enviado en Pentecostés y que nos empuja hoya partir animados por la esperanza 'que no defrauda'. Nuestra andadura, al principio de este nuevo siglo, debe hacerse más rápida al recorrer los senderos del mundo... ¡Queridos hermanos y hermanas!... tenemos que imitar la intrepidez de apóstol Pablo: 'Lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios me llama desde lo alto, en Cristo Jesús' " (NMI 58-59) .

     No quiero ni debo finalizar esta homilía, en este solemnidad de la Epifanía, de la manifestación del Señor, sin exhortaros a todos a la oración ya la caridad

Orar ante la gran tragedia del maremoto del Sudeste Asiático

     6. ¡Qué pequeños, menesterosos e inermes, nos sentimos frente a la gran tragedia derivada del maremoto del Océano Índico, del Sudeste Asiático! ¡Cuánta desolación y muerte, cuánta destrucción y sufrimiento, cuánto dolor y tristeza en las imágenes que de allí nos llegan, en las que se nos deja atisbar la magnitud de la desgracia! ¡Sí!, podemos y debemos mostrar nuestra solidaridad generosa, amplia y sin fisuras con aquellos hermanos nuestros. ¡Sí!, es la hora, cierto, de la verdad de nuestra caridad que es más exigente aún que la misma solidaridad; es la hora de hacernos enteramente cercanos con quienes tanto y tanto están sufriendo, es la hora de compartir como hermanos y de ayudarles humanamente; es el momento de que la caridad de nuestras obras corroboren la caridad de las palabras.

     Pero aun siendo esto necesario, más aún imprescindible e inaplazable, la magnitud de la ruina producida sólo Dios puede reconstruirla; tanta desolación y muerte sólo Dios con su fuerza y su amor puede atenderlas y vencerlas; tantas heridas y lágrimas sólo El, Padre de misericordia y Dios de toda consolación, puede consolarlas, calmarlas y curarlas; el abandono y la soledad de los muchísimos que han quedado sin padres o sin familia, sin hogar y sin cariño de los suyos, sólo Dios puede acompañarlos. ¿De dónde vendrá el auxilio a tan grandes y graves desgracias?

     ¡El auxilio les viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra! El está allí, sufriendo con ellos, con su infinito amor y suprema cercanía, en esa cruz de Indonesia, Sri Lanka, Malasia, Tailandia, Bangladesh India, Maldivas, o de la costa opuesta africana, en Somalia o Kenia. Por eso es preciso, como la mayor prueba de caridad y cercanía nuestra, que elevemos nuestra plegaria y clamemos desde lo hondo al Señor, todopoderoso e infinito en su compasión, que tenga piedad y acoja a los que han muerto y los tenga junto a sí, que esté al lado de todas las innumerables víctimas; pidamos por sus familiares, por cuantos sufren en estos días las consecuencias de este desastre y por los pueblos afectados que sufren tantas y tan graves dificultades, que les muestre su favor como nos lo ha mostrado de manera tan admirable en el Hijo suyo enviado en carne a los hombres, a los que no desdeña llamar hermanos, cuyos sufrimientos ha asumido, y cuya muerte y destrucción ha vencido con su cruz y resurrección. Que ilumine su Rostro sobre ellos y que hallen en Él toda gracia, auxilio, esperanza y consuelo. pidamos también por todos los que se entregan para aliviar los inmensos sufrimientos de las poblaciones golpeadas. Que a todos nos conceda convertirnos a El, volver a El, para que no volvamos de otra manera que confiando plenamente en su misericordia que siempre es grande y fiel, que nunca falla. No dejemos de orar: sólo Dios salva.

Orar por España y su unidad

    También deberíamos orar por España; es un deber de caridad y de justicia; es algo que los cristianos no podemos dejar de hacer si amamos de verdad a nuestro país. España se encuentra en una etapa crucial de su historia; esto es obvio. En los últimos meses, y más aún en estos últimos días se ha avivado una gran cuestión que viene ya de lejos: la cuestión de su unidad. El llamado Plan Ibarretxe la ha puesto en el primer plano de actualidad. Por todos es conocido cómo está siendo calificada la situación por expertos y no expertos, por políticos de una y otra tendencia. No entro en ninguna valoración política, que no me corresponde. Aparte de las razones históricas, jurídicas, económicas, políticas, de ordenamiento del Estado, desde el punto de vista moral, el plan soberanista aprobado en la Cámara Vasca el pasado día 30 de diciembre plantea unas cuestiones preocupantes y de suma gravedad que afectan al corazón mismo de la realidad social de España, del bien común de nuestra sociedad, del actual marco de convivencia que afecta a todos los españoles, y de la misma unidad de nuestra Nación, que también es una cuestión moral.

     Tal vez convendría recordar en estos momentos un texto de la Conferencia Episcopal tomado del Documento "Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias" (2002). "Por ser la nación un hecho, en primer lugar, cultural, el magisterio de la Iglesia lo ha distinguido cuidadosamente del Estado. A diferencia de la nación, el estado es una realidad primariamente política; pero puede coincidir con una sola nación o mas bien albergar en su seno varias naciones o entidades nacionales. La configuración propia del estado es normalmente fruto de largos y complejos procesos históricos. Estos procesos no pueden ser ignorados ni, menos aún, distorsionados o falsificados al servicio de intereses particulares. España es fruto de uno de estos complejos procesos históricos. Poner en peligro la convivencia de los españoles, negando unilateralmente la soberanía de España, sin valorar las graves consecuencias que esta negación podría acarrear, no sería prudente ni moralmente aceptable. La Constitución es hoy el marco jurídico ineludible de referencia para la convivencia. Recientemente los Obispos españoles afirmábamos: 'La Constitución de 1978 no es perfecta, como toda obra humana, pero la vemos como el fruto maduro de una voluntad sincera de entendimiento y como instrumento y primicia de un futuro de convivencia armónica entre todos'. Se trata, por tanto, de una norma modificable, pero todo proceso de cambio debe hacerse según lo previsto en el ordenamiento jurídico. Pretender unilateralmente alterar este ordenamiento jurídico en función de una determinada voluntad de poder o de cualquier otro tipo, es inadmisible. Es necesario respetar y tutelar el bien común de una sociedad pluricentenaria".

     Ante esta situación creada, por algunos calificada de crítica, os invito a todos, como ejercicio también de caridad, y como expresión de nuestro ser de la Iglesia, a la que no le ajeno nada de lo humano que afecta al hombre, y como un deber del cuarto mandamiento que nos manda honrar también a la patria, os pido que roguéis a Dios por España. Que Jesucristo, que es Luz, Sabiduría, Verdad y Paz para las gentes y los pueblos, como lo celebramos hoy, nos haga vivir estos momentos con serenidad. Que conceda luz, prudencia, acierto y sabiduría a nuestros políticos y gobernantes, a las instituciones el Estado, y a todos los ciudadanos, para encontrar salidas justas y razonables, conformes con el bien común, a esta situación. Que Dios proteja y ayude a España y a todos sus pueblos; y que nos dé la fortaleza de corazón para el entendimiento y la cordura, para la convivencia y el respeto al derecho. Pidamos por España, pidamos por su fidelidad a las raíces que la sustentan.

     “La esperanza no defrauda”. Esta es la convicción que mueve a la Iglesia. Nuestra esperanza descansa en la misericordia de Dios, único capaz de tocar el corazón de los hombres, infundiéndoles sentimientos de paz.

 

TODOS CON EL PAPA, A SU LADO


El jueves pasado nos sorprendía a todos y nos llenaba de preocupación la noticia de una recaída del Papa Juan Pablo y de su nuevo ingreso en el Policlínico Gemelli, de Roma. Hemos seguido con amor de hijos y hemos estado muy atentos a la evolución de este nuevo proceso en su enfermedad. Hemos orado mucho y seguiremos haciéndolo. Sí, debemos continuar orando por él.

     Al igual que toda la comunidad oraba cuando Pedro, testigo de la fe y de la verdad, se encontraba con grandes dificultades, entonces por encarcelamiento, así también en estos momentos, con toda la Iglesia, nuestra diócesis de Toledo ha de permanecer unida en una oración intensa y constante por el Papa, sucesor de Pedro, ante la seria dificultad en la que se halla, ahora por una recaída en su enfermedad.

     Pido, pues, que se ofrezcan en las parroquias y demás comunidades Eucaristías por nuestro muy querido Papa, por su restablecimiento, para que Dios le dé fortaleza y le conforte en este nuevo sufrimiento, que, sin duda, contribuirá de manera muy importante -sólo Dios lo sabe- en bien de la Iglesia, de su fortalecimiento y su revitalización. El sacrificio nunca es estéril, siempre completa la pasión redentora de Cristo, y más cuando se vive en la fe y en la comunión con el Señor, como ocurre en el Pastor que guía y confirma a la Católica, don y regalo de Dios en nuestro tiempo. Que se eleven preces en todas las celebraciones eucarísticas por esta intención. Que todo el pueblo cristiano ore y suplique unánime, con oración incesante y confiada a Dios para que se cumpla todo conforme a su voluntad: la oración unánime, además de agradar a Dios y escucharla, nos fortalecerá en la comunión eclesial, por la que está dejando su vida a jirones el Papa.

     En su frágil salud, en su escasez de fuerzas físicas tan grande, resplandece la fuerza y fortaleza de Dios, la obra de su Espíritu que conduce, anima y alienta a su Iglesia y el débil cuerpo de este sucesor de Pedro, que tanto ama a su Señor y a la Iglesia y por la que se entrega. El ver así al Papa, sin bajarse de la cruz y sin renunciar a sufrimientos, como tampoco se bajó ni renunció el único y Buen Pastor de nuestras almas que vino a servir y dar su vida por todos, nos hace recordar aquellas palabras del comienzo de su pontificado, que nos llenan de esperanza: "¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par vuestras puertas a Cristo!". Estos momentos de la enfermedad del Papa Juan Pablo II, nos remiten a Cristo, a Cristo crucificado, la verdadera sabiduría, nos llevan a poner nuestra mirada en Cristo, en Él sólo. A eso nos invita esta nueva situación: a poner nuestra mirada en Cristo, a seguir recorriendo el camino, en el que va delante con la cruz el Papa, sin retirarse y sin retirarnos, a confiar plenamente, ya no buscar sino lo que Dios quiere.

     Reconozcamos en Juan Pablo II al testigo del Dios vivo y enseña de esperanza para todos los hombres, amigo fuerte de Dios y defensor del hombre, de todo hombre y de su dignidad, de su capacidad en su razón para buscar, hallar y conocer la verdad que libera. Veamos en él al peregrino de la paz por todos los caminos de la tierra, al paladín de la vida y de la libertad, al trabajador incansable en los duros trabajos del Evangelio, al fiel evangelizador hasta los confines del mundo, al servidor sin reserva alguna y grande de la comunión eclesial. Aprendamos de este infatigable luchador por una nueva cultura de la vida y de la solidaridad y por una civilización del amor, de este buen samaritano que se acerca e inclina con ternura y amor al hombre maltrecho y malherido, de este gran amigo, cercano amigo y aliento de los jóvenes, de espíritu muy joven y lleno de vigor, como ellos “joven de ochenta y cuatro años”. Sigamos y escuchemos la voz y los gestos de este testigo fiel y gozoso de Jesucristo Redentor único de todos los hombres y luz para todos los pueblos, a veces incómodo para muchos que pretenden construir el mundo al margen del único Nombre que se nos ha dado para la salvación de los hombres. Apoyémonos, como en roca firme, en las enseñanzas y ejemplo, en la persona, de este Defensor y campeón de la fe y buscador y profeta del esplendor de la verdad que nos hace libres.

     La figura del Papa Juan Pablo II llena los más de veinticinco años últimos del mundo y de la Iglesia. Ha visitado tres cuartas partes de los países del mundo -algunos varias veces-, ha estado como Obispo de Roma en la casi totalidad de las parroquias, ha tenido una actividad infatigable con Obispos, sacerdotes, con hombres de toda condición, se ha acercado a todos, ha estado al lado de los más pobres, de los que sufren, y de las víctimas de este mundo, él mismo ha sido víctima de un atentado. Su presencia, su actuación, han sido decisivos en la marcha del mundo: defensor de los derechos humanos y trabajador de la paz, ha contribuido de manera decisiva a que cayera el telón de acero, ha abierto amplios espacios de diálogo, y ha luchado por la implantación de la justicia en todos los confines de la tierra. Ha estado y está al servicio de la unidad de los cristianos; ha predicado con energía y firmeza, con libertad y convicción el Evangelio de Jesucristo.

     Desde aquí, con nuestra cercanía total, con pleno afecto y cariño de hijos, en comunión inquebrantable con él, le decimos al Papa -permítanoslo, Santo Padre- “¡Duc in altum!” ¡Gracias, Santidad, por su testimonio tan gozoso y elocuente del Dios vivo, por su defensa de la fe, por su esperanza firme, por su aliento apostólico, por su empeño en la unidad de los cristianos, por su esfuerzo incansable en la nueva evangelización de nuestro mundo, por su valentía y libertad en la predicación de la Verdad, por su servicio a la paz y su defensa de todo hombre, singularmente del más desvalido y del indefenso, y del don de la vida! ¡Gracias por todo, Santo Padre! ¡Que la infinita misericordia de Dios se vuelque sobre su persona!

     La Iglesia que peregrina en Toledo está a su lado. Esta Iglesia, que tuvo la dicha inmensa de recibirle en su primer viaje a España, le reitera su filial afecto y ora, encomendándole al auxilio y protección maternal de la Santísima Virgen María, de la que como dijo al despertarse de su última intervención quirúrgica sigue siendo “Totus tuus”.

X Antonio Cañizares Llovera

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

HOMILIA JUEVES SANTO "IN COENA DOMINI" (25.4.05)


 Muy queridos sacerdotes y diáconos, estimadas y dignas autoridades, seminaristas y personas consagradas, amados todos, hermanos y helmanas en el Señor: Un año más, con fe y adoración agradecida, celebramos la Cena del Señor en el Jueves Santo, día del amor de Cristo llevado hasta el extremo, día de la Eucaristía, día del sacerdocio. Hay algo peculiar en este preciso día de hoy: Esta celebración acaece dentro del Año de gracia de la Eucaristía, ocasión excelente "para tomar conciencia del tesoro inagotable que Cristo ha confiado a la Iglesia " , en aquella cena última que precedió a su Pasión redentora. Jueves Santo especial, pues, porque este Año ha de ser de manera particularmente intensa para todos "estímulo para celebrar la Eucaristía con mayor vitalidad y fervor, y que ello se traduzca en una vida cristiana transformada por el amor"(Cf Juan Pablo II, Mane Nobiscum Domine, 29).

    Hemos escuchado, en san Pablo, lo que él ha recibido como tradición "que procede del Señor" , en la que nos narra la institución de la Eucaristía por Cristo "la noche en que iba a ser entregado". Después, en el Evangelio, hemos oído al evangelista Juan que nos cuenta lo que sucedió aquella noche, antes de la cena: el lavatorio de los pies, por parte de Jesús a sus discípulos, que resume toda la vida del que ha venido a servir y dar su vida en rescate por muchos en su Cuerpo entregado por los hombres y en su sangre derramada para el perdón de los pecados.

    La Eucaristía, misterio de fe por excelencia y misterio primordial de luz, " gracias al cual se introduce al creyente en las profundidades de la vida divina" (MND 11), es el mismo Cristo en persona, es el misterio de su presencia "real" por antonomasia: "Cristo se hace sustancialmente presente en la realidad de su cuerpo y de su sangre" y realiza, así, su promesa de estar con nosotros hasta el fin del mundo. Esta es la certeza de nuestra fe que nos pide que " ante la Eucaristía, seamos conscientes de que estamos ante Cristo mismo " (MND 16), el Hijo único de Dios vivo que se encarnó en el seno virginal de Santa María por obra y gracia del Espíritu Santo, en tiempo del emperador Augusto, vivió en el ocultamiento de N azaret y trabajó con manos de hombre y quiso con corazón de hombre, pasó haciendo el bien y curando, y, amando a los suyos hasta el extremo, murió crucificado en tiempo de Poncio Pilato, resucitado, está glorioso a la derecha del Padre, con las llagas y costado abierto de su Cuerpo intercediendo como Sacerdote eterno por nosotros los hombres y por nuestra salvación.

    "La Eucaristía no recuerda un simple hecho; jrecuerda a Él! " (Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes en Jueves Santo 2005, 5); en ella se hace Él presente. jQué maravilla de misericordia de Dios para con nosotros, verdadero "prodigio que sólo los ojos de la fe pueden percibir. Los elementos naturales no pierden sus características externas, ya que las especies siguen siendo las del pan y las del vino; pero su sustancia, por el poder de las palabras de Cristo y la acción del Espíritu Santo, se convierte en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo. Por eso, sobre el altar está presente 'verdadera, real, sustancialmente' Cristo muerto y resucitado en toda su humanidad y divinidad " (Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes. . . 2005, 6) .

    Por eso, en este convite que el Señor nos hace en su Iglesia -"tomad y comed, tomad y bebed "- como verdadero y sagrado banquete, definitivo y decisivo, se nos da a comer como alimento de vida eterna y plena el propio Cuerpo de Cristo, su carne, y se nos da a beber su propia sangre como bebida de salvación. Así entramos en comunión con Cristo nos hacemos uno con El, y, en El y por El, con el Padre. "Recibir la Eucaristía es entrar en profunda comunión con Jesús. 'Permaneced en mí y yo en vosotros'. Esta relación de íntima y recíproca 'permanencia ' nos Qermite anticiQar en cierto modo el cielo en la tierra. ¿N o es quizás éste el mayor anhelo del hombre? ¿N o es esto lo que Dios se ha propuesto realizando en la historia el designio de salvación? Él ha puesto en el corazón del hombre el 'hambre' de su Palabra, un hambre que sólo se satisfará en la plena unión con Él. Se nos da la comunión eucarística para 'saciarnos' de Dios en esta tierra, a la espera de la plena satisfacción en el cielo " (MND 19) .

    ¡Qué fuerza y qué profundo mensaje de esperanza tiene esto para el momento presente, árido y duro, que atravesamos! En un mundo como el nuestro, en que el hombre trata de prescindir de Dios y saciarse de bienes efímeros como el bienestar a toda costa, el sexo sin medida, el disfrute como criterio supremo, el dinero como solución y panacea para todo, y tantos "panes terrenos", el hombre perece porque le falta el Pan vivo de Dios, la Carne, la persona, de Cristo que sólo puede saciarle. El hombre se rompe, la humanidad se quiebra por pretender vivir sólo de esos panes que no llenan. Sólo Dios sacia, sólo Cristo en persona llena; sin Él, además, nada podemos; sin Él no daremos frutos abundantes de verdadera humanidad, como Dios la quiere: justa, pacífica, misericordiosa, compasiva, capaz de amar sin límite y de perdonar, de decir la verdad, de defender la vida, con la libertad de los hijos de Dios, basada en la verdad que se realiza en el amor. Necesitamos de la Eucaristía, queridos hermanos; necesitamos permenecer en Cristo, para que su vida esté en nosotros; necesitamos que Él viva en nosotros, que Él sea nuestra vida, como en Pablo, y que todo lo consideremos pérdida y basura comparado con Cristo .

    ¡Esto sí que cambia el mundo! jEsto sí que es una verdadera revolución con futuro para el hombre! jEl futuro está en la Eucaristía, porque Cristo es el único futuro! "no sólo centro de la historia de la Iglesia, sino también de la historia de la humanidad. Todo se recapitula en Él, . . . ' es el fin de la historia humana, punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización, centro del género humano, gozo de todos los corazones y plenitud de sus aspiraciones' " (MND 6) .

    Daos cuenta de lo que os digo y de la seriedad que esto entraña: Sin la Eucaristía no somos cristianos, ni permaneceremos cristianos. Sólo una Iglesia fuertemente eucarística, sólo unos fieles cristianos que se alimenten de la Eucaristía, que vivan de la Eucaristía, es decir , de Cristo y permanezcan en Él, unidos a Él, serán una Iglesia y unos cristianos vivos y valientes con capacidad para aportar lo verdaderamente importante de verdad, de amor, de libertad, de paz, de defensa del hombre y de su dignidad, de humanidad, de Dios, en definitiva, que es lo que necesita este mundo que languidece, perece y muere precisamente sin Dios. "En el sacramento de la Eucaristía el Salvador, encarnado en el seno de María hace veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina" (TMA, 55), que es la que el hombre necesita para vivir .

    Hagamos, pues, de nuestra diócesis, de nuestras parroquias, de nuestros fieles, de los sacerdotes y personas consagradas, de vuestros Obispos, de todos en suma, una Iglesia que vive de la Eucaristía. Una Iglesia comunión, misterio de comunión, porque, en efecto, "en el misterio eucarístico Jesús edifica la Iglesia como comunión, según el supremo modelo expresado en la oración sacerdotal: ' Como tú, Padre, en mí y yo en tí, que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado" (MND 20) . La celebración de la Eucaristía siempre, particularmente la del Jueves Santo, y este Año de gracia que estamos celebrando, y que en nuestra diócesis se verá coronado con el Congreso Eucarístico Diocesano, posibilita e invita a que seamos una sóla Iglesia con un sólo corazón y una sóla alma. Esta unidad es absolutamente necesaria e imprescindible en estos momentos, nada menos que para que el mundo crea. Es muy decisivo para este mundo, para esta sociedad nuestra que pretende ser dominada por un laicismo ideológico rampante, el que en la Iglesia seamos uno, para que el mundo crea. No nos quejemos de lo que haya nuestro alrededor y vayamos a nosotros mismos, a esa unidad y comunión eclesial, cuya fuente es la Eucaristía.

    El Papa, en la Visita ad Limina nos lo ha recordado con insistencia, y con la misma insistencia se nos ha vuelto a recordar en los dieferentes dicasterios y en la visita de la semana pasada de la Presidencia de la Conferencia Episcopal a Roma. Ante la preocupación por la vitalidad de la Iglesia en España, y atentos a los problemas y expectativas de los fieles en esta situación, los pastores, nos decía el Papa, nos sentimos "interpelados a permanecer unidos para hacer más palpable la presencia del Señor entre los hombres" . y añadía el Papa: "Para ello es primordial conservar y acrecentar el don de la unidad que Jesús pidió para sus discípulos al Padre. En vuestra propia diócesis, estáis llamados a vivir y dar testimonio de la unidad querida por Cristo para su Iglesia. Por otra parte, la diversidad de pueblos, con sus culturas y tradiciones, lejos de amenzar esta unidad, ha de enriquecerla desde su fe común. Y, vosotros, en cuanto sucesores de los Apóstoles, tenéis que esforzaros en 'conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz' . Por eso os quiero recordar que' en la transición histórica que estamos viviendo debemos cumplir una misión comprometedora: hacer de la Iglesia el lugar donde se viva y la escuela donde se enseñe el misterio del amor divino. ¿Cómo será posible esto sin descubrir una auténtica espiritualidad de comunión?' válida para todas las personas y en todos los momentos" (Juan Pablo II, Discurso a los Obispos españoles en la Visita ad Limina, 2005, 5). Comunión y espiritualidad, unidad, que brotan de la Eucaristía.

    Una unidad sin fisuras e inquebrantable de los cristianos; "como una piña", les decía yo mismo a los sacerdotes antesdeayer en la Misa Crismal. Así, como una piña, hemos de estar los cristianos en España en estos momentos; no en una posición numantina, cerrada y acurrucada, sino en una comunión viva, en una unidad que es expresión del amor expansivo, abierto, de mano tendida, hecha para el perdón, la ayuda y el servicio, pero una unidad firme en la verdad. No estamos suficientemente unidos. Es así. Reconozcámoslo: tantas opiniones sobre la fe y la moral, tantos grupos y tendencias en la Iglesia, que parece como desgarrada o hecha girones; a veces los mismos pastores y las personas consagradas no damos suficiente ejemplo a los fieles cristianos; cuánta división en nuestra sociedad española, que es sustancial y mayoritariamente católica, no sólo la división mayor o menos de los pueblos de España, cuya unidad secular amenaza, sino la división por tantos enfrentamientos actuales o por el reabrimiento de heridas y divisiones pasadas que nos conducen a la quiebra. España necesita unidad, nuestra Iglesia necesita unidad. Por ello necesitamos de manera urgente y apremiante centrarnos más y más, vivir en toda su verdad el sacramento de la Eucaristía, sacramento de unidad, vínculo de caridad. Es preciso que se revitalice en todo el pueblo cristiano el sentido eucarístico, la fe eucaristica, la adoración del Sacramento del Altar, y sobre todo, la participación, activa, consciente, fructuosa, en toda verdad y con todas sus consecuencias, en la Eucaristía dominical. Se ha descuidado mucho, muchísimo, la Eucaristía dominical: en nuestra misma diócesis no alcanza el 20 % de los bautizados. Esto no puede dejarnos tranquilos. y no puede dejarnos tranquilos, además de otras valiosas e importantes razones, porque esto daña en el amor a nuestros hermanos, llamados a creer en Jesucristo, que es con mucho lo más decisivo e importante para el hombre. Hagamos, en consecuencia, todos, sin excluirse nadie, "un especial esfuerzo por redescubrir y vivir plenamente el Domingo como día del Señor y día de la Iglesia" (MND 23), como día de la Eucaristía.

    No olvidemos, queridos hermanos y hermanas que la Eucaristía es un modo de ser que pasa de Jesús al cristiano y, por su testimonio, tiende a irradiarse en la sociedad y en la cultura" en un "proyecto" de vida y de sociedad, que "aparece ya en el sentido mismo de la palabra 'eucaristía': acción de gracias. En Jesús, en su sacrificio, en su 'sí' incondicional a la voluntad del Padre, está el' sí' , el' gracias' , el' amén, de todala humanidad. La Iglesia está llamada a recordar a los hombres esta gran verdad. Es urgente hacerlo sobre todo en nuestra cultura secularizada, que respira el olvido de Dios y cultiva la vana autosuficiencia del hombre. Encarnar el proyecto eucarístico en la vida cuotidiana, donde se trabaja y se vive -en la familia, la escuela, la fábrica y en las diversas condiciones de vida-, significa, además, testimoniar que la realidad humana no se iustifica sin referencia al Creador: ' Sin el Creador la criatura se diluye' . Esta referencia trascendente, que nos obliga a un continuo 'dar gracias' -justamente a una actitud eucarística- por todo lo quetenemos y somos, no perjudica la legítima autonomía de las realidades terrenas, sino que las sitúa en su auténtico fundamento, marcando al mismo tiempo sus propios límites " (MND, 26) .

    Por eso que nadie tema ni vea en la Iglesia y la fe cristiana, que se hacen y se alimentan, que crecen y viven por la Eucaristía, ninguna amenaza a la justa autonomía de lo terreno ya la justa y sana laicidad. Pero, precisamente por servicio al mundo, a los hombres ya su propio desarollo, nunca podremos ni deberemos dejar de ser consecuentes con la presencia de Cristo en el mundo que entraña la Eucaristía; por ello no podemos sometemos, como nos dijo el Papa en la Visita ad Limina, a una "mentalidad inspirada en el laicismo, ideología que lleva gradualmente, de forma más o menos consciente, a la restricción de la libertad religiosa hasta promover un desprecio o ignorancia de lo religioso, relegando la fe a la esfera de lo privado y oponiéndose a su expresion pública " (Juan Pablo II, Discurso a los Obispos. . 2005, 4). Esto, además, de no formar "parte de la tradición española más noble, pues la impronta que la fe católica ha dejado en la vida y cultura de los españoles es muy profunda para que se ceda a la tentación de silenciarla " , es que contradice el misterio de la fe, es decir, el misterio de la Eucaristía, centro de nuestra vida, que es presencia salvadora de Cristo en la historia que afecta al hombre entero, a lo que es fundamental en su vida, a todo lo que es la vida del hombre, entre otros aspectos a su libertad, más aún a la libertad religiosa, que cuando se cercena, priva al hombre de algo fundamental. Siempre la Eucaristía, desde los primeros momentos, fué signo de esa libertad, de una 'cultura de libertad' , y de ese afectar a todo lo humano en sus dimensiones más fundamentales, por ser presencia real y viva del Salvador y Redentor, y participación en ella.

    "En este Año de la Eucaristía, los cristianos se han de comprometer más decidididamente a dar testimonio de la presencia de Dios en el mundo. N o tengamos miedo de hablar de Dios ni de mostrar los signos de la fe con la frente muy alta. La 'cultura de la Eucaristía' promueve una cultura del diálogo, que en ella encuentra fuerza y alimento. Se equivoca quien cree que la referencia pública a la fe menoscaba la auténtica autonomía del Estado y de las instituciones civiles, o que puede fomentar inclusoactitudes de intolerancia. Si bien no han faltado en la historia errores, inclusive entre los creyentes. . . , esto no se debe a las raíces cristianas < -que siempre son y serán eucarísticas > -, sino a la incoherencia de los cristianos con sus propias raíces < -con la Eucaristía > - . Quien aprende a decir' gracias , como lo hizo Cristo en la Cruz, podrá ser un mártir, pero nunca un torturador" (NMD, 26). En la Eucaristía, Sacramento del Amor de los amores, está todo el amor y brota todo amor que se expresa, entre otros modos, en diversas e imaginativas formas de solidaridad para toda la humanidad. "El cristiano que participa en la Eucaristía aprende de ella a ser Qromotor de comunión. de Qaz. y de solidaridad en todas las circunstancias de la vida. La imagen lacerante de nuestro mundo, que ha comenzado el nuevo Milenio con el espectro del terrorismo y la tragedia de la guerra, interpela más que nunca a los cristianos a vivir la Eucaristía como una gran escuela de Qaz, donde se forman hombres y mujeres que, en los diversos ámbitos de reponsabilidad de la vida social, cultural y política, sean artífices de diálogo y comunión" (MND 27).

    Así mismo, de la Eucaristía brota una llamada y un fuerte "impulso para un comQromiso activo en la edifiacción de una sociedad más eguitativa y fratema. Nuestro Dios ha manifestado en la Eucaristía la forma suprema del amor, trastocando todos los criterios de dominio, que rigen con demasiada frecuencia las relaciones humanss, y afirmando de modo radical el criterio del servicio. . . ¿Por qué, pues, no hacer de este Año de la Eucaristía un tiempo en que las comunidades diocesanas y parroquiales se comprometan especialmente a afrontar con generosidad fratema alguna de las múltiples pobrezas de nuestro mundo? Pienso en el drama del hambre que atormenta a cientos de millones de seres humanos, en las enfermedades que flagelan a los Países en desarrollo, en la soledad de los ancianos, la desazón de los parados, el trasiego de los emigrantes. Se trata de males que, sin bien en diversa medida afectan también a las regiones más opulentas. No podemos hacernos ilusiones: por el amor mutuo y, en particular, a los necesitados se nos reconocerá como verdaderos discípulos de Cristo. En base a este criterio se comprobará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas" (MND 28) . Este modo de ser eucarístico y esta forma de vivir sirviendo que entraña la Eucaristía, memorial de la pasión de Cristo que nos amó hasta el extremo y de la gloriosa resurrección suya que nos trae la vida nueva en el amor , se plasma en el gesto del lavatorio de los pies, que ahora vamos a realizar .

    Que Dios en este Año de gracia, nos conceda vivir con toda intensidad el misterio de la fe, el misterio de la Eucaristía, donde se nos da la prenda de la gloria futura y sustenta y fortalece nuestra esperanza. Vivamos de la Eucaristía e intesifiquemos la adoración al Señor. La adoración perpetua al Santísimo Sacramento que hemos iniciado este Año en la Capilla Arzobispal, además de ser un regalo de Dios a la diócesis de Toledo, una señal más de su predilección, es también un signo y una llamada para que esta Iglesia que tanto ha recibido del Señor, se revitalice por una renovada e intensificada adoración al Señor en todas las Iglesias y por todos los fieles. Esto nos abritrá caminos de esperanza y sendas de testimonio de luz y amor entre las gentes.

 

Declaración

ante el fallecimiento del Santo Padre Juan Pablo II

 

Sábado, 2 de abril de 2005


 Su Santidad el Papa Juan Pablo II ha muerto. Esta es la noticia que acaban de transmitirnos. Momentos de dolor, pero también momentos para la plegaria y la esperanza. Que el entrañable Juan Pablo II haya escuchado las consoladoras palabras del Señor: Porque has sido fiel, siervo fiel, “entra en el gozo de Tu Señor”. Junto a este sentimiento de dolor filial, porque es la muerte de un padre, elevamos nuestra plegaria confiada a Dios, Padre de Misericordia y de toda Consolación, por este Papa, Pastor conforme al corazón de Dios; don que Dios ha concedido a la Iglesia y a la humanidad durante casi 27 años.

     En estos momentos de fe y de esperanza elevamos también nuestra acción de gracias por este gran regalo de Dios que, en su divina misericordia, se ha volcado a favor de los hombres. Signo de contradicción como Cristo mismo, no ha ahorrado esfuerzo alguno, incluso en la debilidad y escasez de sus fuerzas físicas, para trabajar por la paz, por la unidad entre todos los pueblos, por anunciar el Evangelio de la esperanza.

     El ejemplo de estos últimos meses ante la escasez de fuerzas, ante un cuerpo tan frágil, incluso un cuerpo mudo, ha pronunciado su gran palabra y nos ha dejado su gran enseñanza, la enseñanza de cómo Cristo es la única y la verdadera esperanza para todas las gentes, de donde brota todo amor y toda misericordia, que cambia la faz de la humanidad.

     Su gran pasión, como la de Dios manifestada en Jesucristo su Hijo, ha sido el hombre. Él mismo, desde el comienzo de su Pontificado, definió al hombre como camino de la Iglesia. Si hay una clave para interpretar a fondo el pensamiento de este gran Papa que nos deja, esta es su preocupación por el respeto a la sublime dignidad de la persona humana, la grandeza de cuya vocación ha sido desvelada en la persona de Cristo y del estupor y la maravilla que entraña el hombre, todos y cada uno de los hombres. Se ha hecho todo para todos y ha abrazado a todos.

     En el Papa Juan Pablo II hemos podido reconocer al testigo del Dios vivo, enseña de esperanza para todos los hombres, amigo fuerte de Dios y defensor del hombre, de todo hombre y de su dignidad, peregrino de la paz por todos los caminos de la tierra, paladín de la vida y de la libertad, trabajador incansable en los duros trabajos del Evangelio, evangelizador hasta en los confines del mundo, infatigable luchador por una nueva cultura de la vida y de la solidaridad y por una nueva civilización del amor, buen samaritano que se ha inclinado y se ha acercado con ternura y amor al hombre maltrecho y malherido y, así, amigo cercano y aliento también de los jóvenes, a los que tanto ha querido que tanto se han sentido queridos por él y que son el futuro y la expresión de una nueva primavera para la humanidad.

     Por eso, en el Papa Juan Pablo II hemos tenido al Papa que, desde el inicio de su Pontificado, nos ha dicho a toda la humanidad: No tengáis miedo, no tengáis miedo, abrid de par en par las puertas a Cristo. Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas tanto económicos como políticos, los dilatados campos de la cultura, de la civilización del desarrollo; abrid las puertas a Cristo, abridlas al Redentor del hombre, sólo Él sabe lo que hay en el corazón del hombre.

     Todo en su Pontificado es como una invitación a este abrir toda realidad humana: la familia, la política, la cultura, a Jesucristo, a quien nadie tiene derecho a expulsar de la historia de los hombres porque Él, Camino, Verdad y Vida, tiene que ver con todo hombre y con todo lo que le afecta. Nada humano le es ajeno, en Él está la esperanza, en Él tenemos la escuela para hallar el verdadero, el pleno, el profundo significado de palabras como paz, amor o justicia. Por eso, en este Papa tenemos al gran testigo de esa humanidad y al hombre que ha cruzado el umbral de la esperanza siendo el abanderado de la esperanza para una humanidad tan necesitada de ella.

     Juan Pablo II ha sido y se le reconocerá un Papa abierto al futuro, lleno de esa esperanza que alienta al mundo al comenzar este nuevo milenio y que se encuentra, como el mismo definió, temeroso de sí, temeroso de lo que sea capaz de hacer, temeroso ante el futuro. Es bueno, en estos momentos, recordar una de las muchas palabras que podríamos recordar del Papa Juan Pablo II, las que pronunció en las Naciones Unidas en 1995: “Con vistas a asegurarnos de que el nuevo milenio sea testigo de un nuevo florecer del Espíritu en el que mediará una auténtica cultura de la libertad, hombres y mujeres deben aprender a conquistar o vencer el temor. Debemos aprender a no tener miedo, debemos redescubrir un espíritu de esperanza y un espíritu de confianza. La esperanza no es el optimismo vacío que surge de la ingenua confianza en que el futuro ha de ser necesariamente mejor que el pasado”. La esperanza y la confianza –añadiría el Papa- son las premisas de una actividad responsable y se cultivan en ese santuario íntimo de la conciencia en la que el hombre se haya a solas con Dios y percibe, por tanto, que no está solo en medio de los enigmas de la existencia, pues está rodeado del amor del Creador, el que se nos ha manifestado en Cristo único Redentor de los hombres.

     Al tiempo que expresamos nuestro más filial y afectuoso dolor, expresamos también y renovamos nuestro amor más vivo a Dios por la infinita bondad que Él ha tenido con nosotros al concedernos un Papa así y le rogamos le premie sus trabajos duros por el Evangelio haciéndole participe de la gloria de su Hijo, su razón de ser y su esperanza. Descanse en paz, que Dios le premie sus trabajos»

X Antonio Cañizares Llovera

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

ANTE TODO, TESTIGO DE JESUCRISTO

 

Homilía del Sr. Arzobispo de Toledo y Primado de España

en el funeral por S. S. Juan Pablo II

en la S. I. Catedral Primada

 

Martes, 5 de abril de 2005


     El papa Juan Pablo II ha rendido su vida en las manos de Dios, y acaba de llegar a la meta: la vocación celeste de Dios en Cristo Jesús, la casa del Padre, Dios mismo; ha llegado ya a esa meta con la mirada puesta en Jesucristo, sin retirarse, y contemplar así, para siempre el rostro divino que en todo momento buscó y rastreó. Había ya peleado el buen combate de la fe, había gastado y desgastado su vida en los duros trabajos del Evangelio hasta la extenuación de quedarse sin fuerzas, había guardado y difundido solícita y fielmente la fe, todo lo había cumplido hasta permanecer unido y clavado a la cruz en los últimos días, sólo le quedaba recibir la corona merecida, que el Señor, justo juez, da a todos los que esperan con amor su venida, aquella corona de gloria que no se marchita ni perece, que Dios reserva a los justos y servidores leales que le han seguido con la cruz, negándose a sí mismos y cumpliendo la voluntad y misión que Él mismo les había encomendado (Cf 2 Tim 4, 6-8).

     Una sola voz, un unánime clamor, un sentimiento común está aunando a todas las gentes y naciones, de cualquier condición y rango, en todos los rincones de la tierra, para rendir homenaje de reconocimiento, de profunda admiración, de piedad amistosa o filial, de recuerdo emocionado, de adhesión espiritual, de viva gratitud, de plegaria confiada, de amén y aprobación universal, a la figura grande del Papa fallecido. Nosotros, aquí, Iglesia diocesana de Toledo en comunión sin fisuras con la Iglesia una, extendida hasta los confines del mundo, con sentir piadoso, lleno de dolor amasado de esperanza, elevamos juntos nuestra plegaria por su alma al Dios Padre de misericordia y fuente de toda consolación. Esta Iglesia diocesana, que en el año 1982 se vió agraciada por su doble visita a Toledo y Guadalupe, -¡qué lugares tan emblemáticos! para las raíces cristianas, para la unidad de España y su obra evangelizadora-; esta Iglesia visitada por el, testigo de esperanza, hoy siente la obligación filial y agradecida de unir su voz y sus oraciones al coro ecuménico y universal que durante estos días eleva sus súplicas al Señor, rico, desbordante en misericordia, pidiendo que le haya premiado sus trabajos, sus desvelos, su fidelidad, su ejemplo, su aliento, su entrega sin reservas, todo cuanto ha sido en esta vida suya, en la que Dios, el Poderoso, por su infinita misericordia, ha hecho obras grandes y nos ha ofrecido a todos, creyentes y no creyentes, cristianos y no cristianos, un testimonio vivo, hasta la muerte misma y aún después de ella, de lo que Dios quiere del hombre y para los hombres. Nuestra certeza es, como confiesa san pablo, que "si morimos con Cristo, viviremos con Él; si sufrimos con Él, también reinaremos con Él" (2 Tim 11-12).

     Así vivió, así sufrió, así murió, siempre siervo y servidor fiel, el Papa Juan Pablo II. Siempre con Cristo. Este es su real secreto, esta es la razón de su vida: Cristo. Su vida ha sido una vida en Cristo, como le corresponde sencillamente al cristiano, a todo fiel cristiano. La vida, la obra y el mensaje, de este Papa "venido de lejos", pero siempre tan cercano, ha sido cumplimiento y encarnación viva de lo que dice san Pablo: Todo lo tuvo por pérdida ante el sublime conocimiento de Cristo Jesús, por quien sacrificó todas las cosas, y las tuvo por basura con tal de ganar a Cristo y encontrarse con Él, apoyado no en sí mismo sino en la justicia de Dios, que se funda en la fe, para conocerle a Él y la fuerza de su resurrección y la participación en sus padecimientos, configurándose con sus padecimientos y su muerte para alcanzar la resurrección de los muertos (Cf Fil 3, 6-11). Jesucristo ha sido su gran pasión, su gran amor: "Pedro, ¿me amas, me quieres, me quieres más que estos?. Señor, tú lo sabes todo, sabes que te quiero" ( Cf Jn 21, 15-17). Ése ha sido el Papa Juan Pablo II: un enamorado de Jesucristo, para quien Cristo mismo ha sido su vida: ha sido todo en su vida. Por ello Cristo, en su Iglesia, le encomendó apacentar a su rebaño, a los ovejas suyas, las que están y las que aún no están en su redil. Así, hemos tenido la gran dicha del inmenso regalo de Dios a su Iglesia, a su pueblo, a todos los pueblos, de un pastor conforme a su corazón.

     Por ello mismo, y a luz de esto, hay que ver y leer su vida. Unido a Cristo identificado con Él, lo que ha hecho, lo que ha dicho, lo que ha mostrado Juan pablo II, es un testimonio de Jesucristo. No nos ha ofrecido una interpretación más de Jesucristo, no ha sido un ideólogo ni un maestro de moral, ni un líder social, político o religioso. Ha sido, ante todo, un testigo. Se ha encontrado con Jesucristo, Hijo de Dios vivo, el Mesías que tenía que venir y al que los hombres esperan, Dios con el hombre y para el hombre, le ha seguido como únicamente se le puede seguir -cargando con la cruz desde su infancia hasta el final, varón de dolores- y ha mostrado con su vida, gestos y palabras, con su persona y sus mensajes qué es lo que sucede cuando uno se abre y acepta a Jesucristo, que está a la puerta de cada uno y llama. ¡Qué fuerza cobran ahora aquellas palabras del propio Juan Pablo II!: "Me gustaría encontrarme a solas con cada uno de vosotros, y conversar: oír y responder. No siendo esto posible, como amigo y como "más viejo", como quien hizo la confrontación de sí mismo con la voluntad de Dios y cree en su amor de Padre, quiero dejar a todos mi testimonio: el testimonio de lo que yo considero más importante para los hombres, mis hermanos. Y es éste: sólo en Dios encuentran fundamento sólido los valores humanos, y sólo en Jesucristo, Dios y hombre, se vislumbra una respuesta al problema que cada persona constituye para sí misma. Él es el camino, la Verdad y la Vida para todos los hombres" (Juan Pablo II).

     Cuando me piden que resuma en dos palabras al Papa Juan Pablo II, doy la misma respuesta: Juan Pablo II ha sido, es incluso tras su muerte, un singular "Testigo de Jesucristo", y por ello mismo, "testigo de esperanza". Porque Jesucristo, el santo y justo, al que los hombres han entregado y rechazado ante Pilato, el autor de la vida y piedra angular que han desechado y siguen desechando tantos hombres y "artífices" de humanidad, Dios lo resucitó de entre los muertos, y vive para siempre, con el costado y las llagas abiertas de Crucificado. Y de ello, todo el hacer y decir, el pensar y actuar, la persona y misión en nuestro tiempo (Cf He 3, 12-15) del Papa Juan Pablo II, es testimonio vivo. Por esto mismo, toda su obra, su inmensa obra apostólica, ha sido cumplimiento, encarnación viva, testimonio hecho historia, del mismo gesto de Pedro, el primer Papa, en favor del paralítico, de una humanidad postrada y necesitada de ponerse en camino, con esperanza, de reemprender la marcha hacia una humanidad nueva hecha de hombres y mujeres nuevos conforme al Evangelio: "No tengo oro ni plata; pero lo que tengo, eso te doy. En nombre de Jesucristo, el Nazareno, echa a andar" (He 3, 5). Es el mismo Cristo en persona, quien, en la hora de la verdad, la noche en que ya iba a ser entregado, les dijo a los Apóstoles: "¡Levantaos, vamos!". Y ha sido el propio Papa, quien nos ha dicho en el penúltimo de sus libros autobiográficos: "Con la mirada fija en Cristo, sostenidos por la esperanza que no defrauda, caminemos juntos por los caminos del nuevo milenio: '¡Levantaos!¡ Vamos!" (Mc 14, 42).

     Por esto ante los grandes y graves problemas con los que se ha cerrado el segundo milenio y con los que se ha abierto el nuevo, el Papa Juan Pablo II proclamó con toda certeza y convicción: "No nos satisface ciertamente la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una persona     y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!" (NMA 29). No son las ideologías, no son las teorías, no son las interpretaciones, o las elucubraciones en el vacío, sino la persona concreta de Jesucristo, que vive y sale a nuestro encuentro en los caminos de la vida, donde deambulamos perdidos,  desconcertados o sin esperanza."No se trata, añade el Papa, pues, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas" (NMI 38). Éste ha sido el programa y el camino del Papa, el mismo de Pedro, el mismo de la Iglesia. Y lo ha sido hasta la muerte, con esa fe recia y esa identificación plena e inquebrantable que hemos visto en los últimos meses y días hasta su muerte. Es el camino del Amén de Dios, del Testigo fiel, que abre y no cierra unos nuevos y luminosos horizontes de futuro y de la esperanza que no defrauda para todos los hombres; es el camino de una humanidad en camino, renovada, fortalecida y sin miedo. Cristo sí que renueva y hace nuevas todas las cosas.

     No en balde, inició su pontificado con aquellas prometedoras palabras: "¡No tengáis miedo! Abrid de par en par vuestras puertas a Cristo!". El mismo Juan Pablo II nos aclaró el sentido de estas palabras, en su libro entrevista Cruzando el umbral de la esperanza: "Cuando el 22 de octubre de 1978 pronuncié en la plaza de San Pedro las palabras: '¡No tengáis miedo!', no era plenamente consciente de lo lejos que me llevarían a mí y a la Iglesia entera. Su contenido provenía más del Espíritu Santo, prometido por el Señor Jesús a sus Apóstoles como Consolador, que del hombre que las pronunciaba. Sin embargo, con el paso de los años, las he renovado en variadas circunstancias. La exhortación '¡No tengáis miedo!' debe ser leída en una dimensión muy amplia. En cierto sentido era una exhortación dirigida a todos los hombres, una exhortación a vencer el miedo a la actual situación mundial, sea en Oriente, sea en Occidente, tanto en el Norte como en el Sur. ¡No tengáis miedo de lo que vosotros mismos habéis producido, no tengáis miedo tampoco de todo lo que el hombre ha producido, y que está convirtiéndose cada día más en un peligro para él! En fín, ¡no tengáis miedo de vosotros mismos! ¿Por qué no debemos tener miedo? Porque el hombre ha sido redimido por Dios. Mientras pronunciaba esas palabras en la plaza de San Pedro, tenía ya la convicción de que la primera encíclica y todo el pontificado estarían ligadas a la verdad de la Redención <o lo que es lo mismo, a la verdad de Cristo, Redentor y Redención>. En ella se encuentra la más profunda afirmación de aquel: '¡No tengáis miedo!': '¡Dios ha amado al mundo! Lo ha amado tanto que ha entregado a su Hijo Unigénito!' (Cf Jn  3, 16). Este Hijo permanece en la historia de la humanidad como el Redentor. La redención impregna toda la historia del hombre, también la anterior a Cristo, y prepara su futuro escatológico. Es la luz que 'esplende en las tinieblas y que las tinieblas no han recibido' (Cf Jn 1,5). El poder de la Cruz de Cristo y de su Resurrección es más grande que todo el mal del que el hombre podría y debería tener miedo" (Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, Barcelona 1994, pp 213-214)

     Papa de los derechos del hombre, paladín y constructor de la paz, defensor como nadie de la dignidad de la persona humana, luchador infatigable en pro de la vida, impulsor y promotor de una nueva cultura de la solidaridad y de la vida y de una nueva civilización del amor, hombre del diálogo y del encuentro entre las religiones, protector y padre de los pobres y defensor de los oprimidos, hombre libre como pocos y amante de la libertad para todos, evangelizador incansable,..., en definitiva, hombre apasionado, desde lo más profundo de su ser, por el hombre, por la verdad del hombre, al que definió y señaló como "camino de la Iglesia", maravillado por el ser del hombre y su grandeza con un verdadero asombro en todos sus escritos e intervenciones, el Papa Juan Pablo II ha sido todo eso precisamente por Jesucristo, quien, en cierto modo, con su encarnación, se ha unido a todo hombre, que sabe como nadie sabe lo que hay dentro del corazón del hombre, y que ha rescatado con su sangre preciosa al hombre esclavo y dominado por el mal.

     De Cristo tienen, tenemos, necesidad los pueblos y las naciones del mundo entero, las gentes de toda edad y condición. "Es necesario que en su conciencia resurja con fuerza la certeza de que existe Alguien que tiene en sus manos el destino de este mundo que pasa; Alguien que tiene las llaves de la muerte y de los infiernos (Ap 1, 18); Alguien que es el Alfa y la Omega de la historia del hombre (cf Ap 22,13), sea la individual como la colectiva. Y este Alguien es Amor (Cf 1 Jn 4,8-16). Amor hecho hombre, Amor crucificado y resucitado, Amor continuamente presente entre los hombres. Es Amor eucarístico. Es fuente incesante de comunión. El es el único que puede dar plena garantía de las palabras '¡No tengáis miedo!'" (Juan Pablo II, Cruzando el umbral, p 216). Toda la vida del Papa ha sido testimonio vivo, personal y verdadero, hecho carne de nuestra carne, amasado con la historia difícil de nuestro tiempo, desde su Polonia natal, a Roma y hasta los últimos rincones de la tierra, testimonio de ese Alguien que es Amor, de Cristo. Por ello mismo, su vida entera ha sido realizada en la verdad, la verdad del Evangelio, en la confianza filial a Dios y en la entrega sin reserva a los hombres. Testimonio, por esto, de una vida sin miedo ni temores, testimonio de resurrección y redención, de vida nueva, de costumbres y comportamientos nuevos que pueden ser muy exigentes o estar en contraste con la cultura de nuestra época, pero que expresan la grandeza y elevación del hombre, de su verdad y su dignidad.

     Lo que Juan Pablo ha dicho, las exigencias de vida moral que nos ha señalado a todos, que no son otras que las señaladas en el Evangelio, hechas carne y vida humana en Jesús, así como las llamadas tan importantes y bellas que ha hecho a los jóvenes, centinelas del mañana, tan queridos por él, no son irrealizables: en él mismo, en Juan Pablo II, hombre como nosotros, las hemos visto, hemos podido palparlas, como en estos días tan universalmente se reconoce. "Aceptar lo que el Evangelio exige quiere decir afirmar la propia humanidad completa, ver en ella toda la belleza querida por Dios, reconociendo en ella, sin embargo, a la luz del poder de Dios mismo, también sus debilidades: 'Lo que es imposible a los hombres es posible a Dios' (Lc 18,27)... Dios quiere la salvación del hombre, quiere el cumplimiento de la humanidad según la medida por Él mismo pensada"( Juan Pablo II, Cruzando el umbral, p 217). En el Papa Juan Pablo II, Dios ha querido actuar y nos ha mostrado esa medida y ese pensamiento. El Papa, que comenzó su pontificado con las palabras "¡No tengáis miedo!", ayudado de la gracia y en fidelidad a ella, ha procurado, según propia confesión, "ser plenamente fiel a tal exhortación", y ha estado, hasta el final, "siempre dispuesto a servir al hombre, a las naciones, y a la humanidad entera en el espíritu de esta verdad evangélica" (Juan Pablo II, Cruzando el umbral, p 222). No nos quedemos pues en la mera alabanza o en el sentido y emocionado recuerdo. También como Pedro, en el pasaje que hemos leído del libro de los Hechos, la persona, las palabras y los gestos, el testimonio en suma de Papa, que ha partido lejos, pero viviendo muy cerca, nos llama a una conversión, a una vida nueva, nos lleva a seguir sus huellas, las de esos pies grandes, presurosos por andar hasta los confines de la tierra, para enseñar lo que ha visto y oído, para que estando en comunión con toda la Iglesia cimentada en los Apóstoles, el mundo entero pueda gozar de la libertad, la alegría, el amor y la esperanza que se encuentran en Cristo, verdad de Dios y verdad del hombre, inicio de una humanidad nueva y de los cielos nuevos y la tierra nueva donde habite la justicia de Dios, que tanto quiere al hombre.

     Estas son nuestras raíces, las raíces de nuestra historia más propia, inseparable de Jesucristo, de la fe y aceptación de Jesucristo. No rompamos, por ello, con nuestras raíces cristianas, que son el rasgo más sobresaliente de nuestra identidad. Sólo así, nos dijo el Papa en su último viaje a España, seremos capaces de aportar al mundo y a Europa la riqueza cultural de nuestra historia (Homilía en la Eucaristía de Canonizaciones, 5); así construiremos mejor a hacer realidad un gran sueño: el nacimiento de la nueva Europa del espíritu, una Europa fiel a sus raíces cristianas (Discurso a los jóvenes, 2). Esta es la voz del Papa, profeta de nuestro tiempo. Dios ha hablado por él, en su vida, en su muerte y tras ella. Ojalá escuchemos esta voz. Esta voz que nos dijo: "España evangelizada, España evangelizadora: ése es tu camino". Ahí está nuestro futuro, ahí tenemos nuestro camino, ahí encontramos la esperanza.

X Antonio Cañizares Llovera

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

 

BENEDICTO XVI, PAPA

 

Comunicado del Sr. Arzobispo ante la elección de S. S. Benedicto XVI