Año 2005


 

CARTA PASTORAL DEL SR. ARZOBISPO DE TOLEDO

PRIMADO DE ESPAÑA

«ORAD SIN DESFALLECER»

Exhortación Pastoral a orar por algunas necesidades urgentes

A LA IGLESIA DIOCESANA DE TOLEDO 

     Queridos todos, sacerdotes y diáconos, religiosos, religiosas, personas consagradas, fieles cristianos laicos: A todos gracia y paz en el Nombre del Señor.

 1. Año nuevo: Jesucristo la gran esperanza

      Hemos iniciado la andadura de un nuevo año. El día primero, como cada año nuevo, los cristianos pusimos la mirada en Santa María Virgen, Madre de Dios; o lo que es lo mismo, la pusimos en ese Niño recién nacido de Ella en una cueva de Belén: es el Hijo Único de Dios, Dios-con-nosotros, el que trae la paz y la salvación a todos los hombres. Ahí está para todos la gran esperanza, a la que se une la esperanza de un año nuevo.

     Es, fijémonos, la esperanza que brota del Niño que hace dos mil años nació en Belén de Judá: Un pequeñín, frágil y necesitado como uno de tantos que viene al mundo y nace en un lugar perdido del Imperio Romano; ese pequeñín, nacido en circunstancias de máxima pobreza, es Dios fuerte, Príncipe de la Paz, salvador y salvación para todos los hombres y  pueblos, Luz que alumbra a todas las naciones. "El ha sido pequeño. El ha sido niño para que podamos ser hombres perfectos. El ha sido ligado con pañales, para que podamos ser desligados de los lazos de la muerte; El ha sido puesto en un pesebre, para que podamos ser colocados sobre los altares; El ha sido puesto en la tierra, para que podamos estar entre las estrellas. El no tuvo lugar en el mesón, para que nosotros tengamos muchas mansiones en los cielos. El siendo rico, se ha hecho pobre por nosotros, a fin de enriquecernos en su pobreza" (S. Ambrosio).

     Año Nuevo, año santo para la esperanza. Es la hora de la esperanza que no defrauda, es la hora de Dios y, por eso, hora verdadera del hombre. No podemos vivir en el desaliento o en la desesperanza. Tenemos todos los motivos para lo contrario, para esperar contra toda esperanza: El Hijo de Dios ha venido en carne a nosotros, se ha hecho uno de los nuestros, nuestra humanidad es la suya, humanidad del mismo Dios. Esta es la gran y siempre nueva noticia que alienta a la esperanza: En Jesucristo, que vino a nosotros hace dos milenios, Dios se ha manifestado, se ha hecho visible, tangible. Y se ha manifestado como amor infinito e incondicional por el hombre y por la vida del hombre. Dios, el Misterio que da consistencia a todas las cosas, ¡se ha revelado como amigo de los hombres!¡Dios nos ama a los hombres, nos ama a cada uno de nosotros, y lo ha apostado todo por todos y cada uno! Ahí se nos ha desvelado la grandeza de ser hombre, lo que vale cada hombre, su dignidad inviolable, la sublimidad de la vocación a la que está llamado. ¡Cristo es el futuro y la esperanza del hombre, la gran certeza de que Dios no nos deja en la estacada!.

 2. Permanente necesidad de Orar, desde la esperanza

 Nuevo año: tiempo de oración. Como se insiste en nuestro Plan Pastoral Diocesano, para su primer año, y en la Carta Pastoral "Si conocieras el don de Dios", todos debemos orar; orar en espíritu y en verdad; orar siempre. Sin la oración nada podemos hacer, porque nada podemos llevar a cabo sin Dios. Todos necesitamos volver al Señor, encontrarnos con El, escucharle, tratar con El, familiarizarnos con su querer, conocerle más y mejor, vivir la experiencia de su amor y de su cercanía, gozar de su gracia, para hacer y acoger su voluntad que es con mucho lo mejor. No cesemos de orar. Es preciso, absolutamente necesario, como nos dice Jesús, "orar en todo tiempo y sin desfallecer".

     Necesitamos orar para acercarnos al hombre, a todo hombre. Es la oración la garantía de la recuperación de lo humano, que sólo en Dios encuentra su fundamento y su verdad. Es la mejor, más poderosa y más asequible arma con que los cristianos llevamos a cabo el "combate" de la vida y afrontamos los grandes o pequeños retos que ésta nos depara.

     Orar, lo sabéis bien, es reconocer la primacía de Dios, su presencia en la historia; comporta confesar y reconocer que Dios nos ama, que está con nosotros, sabe lo que nos hace falta y quiere atendernos en nuestras necesidades. Orar, además, implica manifestar nuestra disponibilidad para asumir y vivir el proyecto que Él, en su providencia, tiene sobre nuestra historia. Orar entraña implorar de Dios su poderosa y misericordiosa ayuda, sin la que nada podemos hacer, sin la que no es posible la renovación de la mente y de los corazones que tanto necesitamos para acoger el Reino de Dios y hacerlo presente en medio de los hombres y en todas las realidades humanas. La oración expresa como ninguna otra cosa el primado de lo espiritual en la vida personal y social, y de que sólo desde una fuerte espiritualidad, que se apoya y se nutre en la oración, podremos llevar a cabo la obra de renovación de la Iglesia y de la sociedad a la que nos urgen la fe y la caridad cristianas.

 3. Orar, en esperanza, ante algunos hechos de nuestro tiempo

 Estamos muy necesitados de esta certeza y de esta esperanza, tanto más, cuanto hace unos días finalizamos un año, el 2004, que tan duro se ha manifestado en algunos aspectos: en él ocurrió, en efecto, el terrible y nunca suficientemente rechazado atentado del 11 de marzo en Madrid, la persistencia y recrudecimiento de la guerra de Irak, la pertinaz violencia en Tierra Santa, el durísimo maremoto del Sudeste Asiático, la aprobación o anuncio de leyes en nuestro país que van contra la vida o la familia, la reciente "aprobación" en el Parlamento Vasco del llamado "Plan Ibarretxe", paso hacia la soberanía de esa parte tan querida de España como son las provincias vascas, etc. También ha sido, no podemos ocultarlo ni debemos dejar de reconocerlo, un año de gracia: ¡Cuánto, en efecto, hemos recibido de Dios, aunque mucho del don suyo nos pueda permanecer escondido o aún no lo veamos!

     A la vista de lo que ha sucedido en 2004, en España y fuera de ella, como hombres de fe y como Iglesia, sentimos la necesidad de suplicar la ayuda y el favor de Dios sobre nosotros, sobre todos y cada uno de los hombres, sobre la sociedad y sobre la Iglesia, sobre España y el mundo entero, sobre nuestras familias y sobre nuestros pueblos con sus dificultades y sus inquietudes. Los gozos y la esperanzas, las tristezas y los sufrimientos de los hombres, son también de la Iglesia, son también de nosotros, los que creemos en Dios y en su Hijo Jesucristo; nada que sea verdaderamente humano es ajeno a la Iglesia, como no es ajeno a Jesucristo y a su humanidad, que es la nuestra.

 4. Orar ante la gran tragedia del maremoto del Sudeste Asiático

 ¡Qué pequeños, menesterosos e inermes, nos sentimos frente a la gran tragedia derivada del maremoto del Océano Índico, del Sudeste Asiático! ¡Cuánta desolación y muerte, cuánta destrucción y sufrimiento, cuánto dolor y tristeza en las imágenes que de allí nos llegan, en las que se nos deja atisbar la magnitud de la desgracia! ¡Sí!, podemos y debemos mostrar nuestra solidaridad generosa, amplia y sin fisuras con aquellos hermanos nuestros. ¡Sí!, es la hora, cierto, de la verdad de nuestra caridad que es más exigente aún que la misma solidaridad; es la hora de hacernos enteramente cercanos con quienes tanto y tanto están sufriendo, es la hora de compartir como hermanos y de ayudarles humanamente; es el momento de que la caridad de nuestras obras corroboren la caridad de las palabras.

     Pero aun siendo esto necesario, más aún imprescindible e inaplazable, la magnitud de la ruina producida sólo Dios puede reconstruirla; tanta desolación y muerte sólo Dios con su fuerza y su amor puede atenderlas y vencerlas; tantas heridas y lágrimas sólo Él, Padre de misericordia y Dios de toda consolación, puede consolarlas, calmarlas y curarlas; el abandono y la soledad de los muchísimos que han quedado sin padres o sin familia, sin hogar y sin cariño de los suyos, sólo Dios puede acompañarlos. ¿De dónde vendrá el auxilio a tan grandes y graves desgracias?

     ¡El auxilio les viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra! El está allí, sufriendo con ellos, con su infinito amor y suprema cercanía, en esa cruz de Indonesia, SriLanka, Malasia, Tailandia, Bangladesh India, Maldivas, o de la costa opuesta africana en Somalia o Kenia. Por eso es preciso, como la mayor prueba de caridad y cercanía nuestra, que elevemos nuestra plegaria y clamemos desde lo hondo al Señor, todopoderoso e infinito en su compasión, que tenga piedad y acoja a los que han muerto y los tenga junto a sí, que esté al lado de todas las innumerables víctimas; pidamos por sus familiares, por cuantos sufren en estos días las consecuencias de este desastre y por los pueblos afectados que sufren tantas y tan graves dificultades, que les muestre su favor como nos lo ha mostrado de manera tan admirable en el Hijo suyo enviado en carne a los hombres, a los que no desdeña llamar hermanos, cuyos sufrimientos ha asumido, y cuya muerte y destrucción ha vencido con su cruz y resurrección. Que ilumine su Rostro sobre ellos y que hallen en Él toda gracia, auxilio, esperanza y consuelo. Pidamos también por todos los que se entregan para aliviar los inmensos sufrimientos de las poblaciones golpeadas. Que a todos nos conceda convertirnos a Él, volver a Él, para que no vivamos de otra manera que confiando plenamente en su misericordia que siempre es grande y fiel, que nunca falla. No dejemos de orar: sólo Dios salva.

 5. Orar por la paz, ante tanta violencia desatada

 Necesitamos también el auxilio y el favor de Dios ante los problemas tan arduos e intrincados de la paz en el mundo: paz, por lo demás, tan rota y amenazada hoy en tantos lugares de la tierra. Con la mirada todavía puesta en el Niño que yace indefenso en el pesebre de Belén, pidamos confiadamente a Dios, fuente inagotable de todo amor, que nos libre de todo odio, de toda violencia, de todo terrorismo, de todas las destrucciones de vidas humanas, de todo mal que se oponga a la paz verdadera, la que no es posible sin la base de la ley moral universal, esto es, sin la base del seguimiento del bien y del rechazo del mal, del "no dejarse vencer por el mal, antes bien, del hacer posible que se venza al mal a fuerza de bien"1.

     Como el Papa en el día de la Navidad, pidamos a Dios "que cesen tantas formas de creciente violencia, causa de indecibles sufrimientos; que se apaguen tantos focos de tensión, que corren el riesgo de degenerar en conflictos abiertos; que se consolide la voluntad de buscar soluciones pacíficas, respetuosas de las legítimas aspiraciones de los hombres y de los pueblos; que aliente Él mismo las iniciativas de diálogo y reconciliación; y que nos ayude a comprender que la única vía para construir la paz es huir horrorizados del mal y buscar siempre y con valentía el bien". Que cada uno en la parte que le corresponda, y España toda, contribuyamos a la edificación de un futuro de justicia, de solidaridad y de paz para cada nación, derribando fronteras y superando divisiones.

     Oremos para que no golpee, o que deje ya de golpear, o que nunca más ya golpee el terrorismo en nuestras tierras de España -ni en ninguna parte del mundo- , que todos estemos unidos y seamos como una "piña" frente a él; que se multiplique la misericordia de Dios y la solidaridad, la ayuda de la caridad y de la justicia de los hombres en favor de sus víctimas. Que crezca en todos los ciudadanos y personas de bien un verdadero amor al hombre, a todo hombre sin excepción alguna ni marginación de ningún tipo; que se respete la vida del hombre en todas y cada una de las fases de su existencia, desde el principio de su ser hasta su muerte natural; ni se le manipule, ni se le instrumentalice para otras causas o intereses, aunque puedan tener apariencia de nobles. Que la ciencia se ponga al servicio del hombre, no a la inversa, que se ejerza con conciencia para que no se vuelva contra el propio hombre. ¡Que Dios nos conceda la paz, que sólo él puede dar! Que Él nos dé su gracia para que todos seamos personas que trabajan decididamente por la paz: así seremos dichosos, hijos de Dios, nuestro Padre, llamados a edificar día tras día la paz en la justicia, la verdad, la libertad y el amor.

 6. Ante la secularización y el laicismo, orar por la fe y por la evangelización

 Necesitamos la ayuda del Cielo, el auxilio de Dios ante la ingente tarea de evangelizar que hoy nos urge y apremia. Ante la fuerte secularización y el laicismo imperante o la ideología laicista intolerante que se impone, pidamos por España: que sepa recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por un profundo amor al hermano; para sacar de ahí fuerza renovada que nos haga infatigables creadores de diálogo verdadero y promotores de justicia, alentadores de cultura y elevación humana y moral de nuestro pueblo. Pidamos a Dios que, con su Espíritu, renueve nuestras mentes y corazones, nuestros criterios de juicio y nuestra mentalidad, tal vez en muchas cosas contrarios al Evangelio, que renueve nuestra vida moral y religiosa en consonancia con la ley de Dios, y conformando nuestra voluntad con la voluntad divina y su designio sobre la historia; que nos conceda vivir y madurar en una mentalidad y en un corazón verdaderamente evangélicos, para juzgar, pensar, sentir, esperar, amar y actuar como Jesús: así será posible la renovación de nuestra sociedad en la que vivimos.

     Pidamos por las gentes de España para que no sucumban a la cultura de la increencia, ni al ambiente de secularización, ni al laicismo imperante. Que tampoco pierdan ni debiliten sus raíces católicas sino que las aviven, que no dejen de asentarse en sus sólidos cimientos cristianos, alma de sus pueblos y base de su unidad más preciada y amasada con criterios de fe y principios morales que no podemos debilitar y a los que, menos aún, podemos renunciar, si queremos aportar algo valioso al resto de las naciones, apostar por un futuro digno, y ser lo que somos en nuestra identidad.

     Necesitamos implorar la fuerza y la sabiduría de lo Alto para ayudar a que los hombres crean. Esto es lo que está en juego en nuestro tiempo y entre nosotros, y es lo más importante. Oremos sin desfallecer y supliquemos de todo corazón que se fortalezca la fe y el testimonio de todos los fieles cristianos, en todas las partes y de manera muy principal en España, que crean los que están alejados o viven con una fe debilitada o sin ella: no da lo mismo creer que no creer para el futuro y el logro del hombre y de la Humanidad, y para el futuro de nuestra Nación. ¡Ah! si creyésemos más hondamente, si avivásemos y fortaleciésemos la fe en Jesucristo, camino de Dios al hombre y del hombre a cada hombre: nos acercaríamos sin duda más a todos y cada uno de los hombres, sea cual fuere su condición, se consolidaría fuertemente la convivencia entre todos y se sembraría concordia y paz.

     Al orar aprendemos a pensar y actuar al modo de Dios, confesamos que nada digno en verdad podríamos llevar a cabo si no contamos con su amor y su gracia, que todo bien es don suyo, que lo más preciado como es la vida, la salud y la dicha son dones de su amor, que la fe es nuestro mejor tesoro y la más valiosa de las herencias. Al orar, nos ponemos confiadamente en las manos de Dios -¡en qué mejores manos!- y le pedimos, pues, que se haga su voluntad: es lo mejor, con mucho, que podemos pedir, porque su voluntad es la que vemos en Jesús y siempre y en todo esa voluntad es benevolencia, amor, salvación, gracia y vida. Que permanezcamos fieles, y que El realice entre nosotros y con nosotros su designio : designio de paz y no de aflicción, de amor y felicidad, de conversión y redención, designio de luz y de verdad para todo hombre que viene o está en este mundo.

     Pidamos por nuestra diócesis de Toledo y por todas las diócesis de nuestro país, para que, permaneciendo en la unidad de la misma y única fe de la Iglesia -que tantos vínculos guarda con Toledo- y robustecidas por el amor mutuo, se nos quiten los complejos y los miedos de aparecer como cristianos; que nos conceda la fortaleza y valentía para que se note lo que somos, católicos, y que, sin temor, salgamos a donde están los hombres a evangelizar, dar testimonio y hacer presente, en obras y palabras, el Evangelio vivo de Jesucristo, que es fuerza de salvación para todo el que cree, fuente y raíz de toda esperanza y de humanización verdadera. Que, arraigados en el Evangelio, enraizados en Cristo, vivamos de verdad sus exigencias para contribuir decididamente a la renovación de la sociedad, a la creación de una nueva cultura de la vida y de la fraternidad y de una nueva civilización del amor. Que Dios nos conceda, en suma, una revitalización y trabazón cristiana de nuestras comunidades eclesiales para hacer posible un nuevo y buen tejido de nuestra sociedad.

 7. Orar por la familia, los niños y jóvenes, por su educación

 También debemos pedir por las familias, siempre, pero aún más en esta hora difícil que atraviesa la institución familiar, asentada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, querida así por el Creador desde el mismo principio y para siempre, basada en el amor inquebrantable y fiel, y abierta a la vida. Ante nuestra mirada tenemos las grandes dificultades y los graves ataques de que es objeto la familia. Corren tiempos muy recios y nada fáciles para las familias. Por ello es necesario orar insistentemente y mucho a Dios por ellas; que les conceda gracia, fortaleza y solidez en la fe y en el amor para que Cristo esté siempre en su centro y en su hogar, se mantengan firmes en la verdad y fieles al Evangelio de la familia y de la vida, y, así también, inquebrantables en el amor sin fisuras, gozosas por recibir el don de la vida y por ser santuario de la vida, llenas de aliento y ánimo para seguir siendo enseña de esperanza para la sociedad y educadoras de sus hijos y nietos en el verdadero humanismo.

     Oremos para que sigan habiendo y multiplicándose hombres y mujeres, matrimonios y familias, que defiendan y protejan valientemente la familia, el único espacio que queda de humanización, el único lugar de la sociedad donde el hombre puede formarse como hombre, como persona; en otros lugares podrá formarse para ser ciudadano, productor, consumidor y otras cosas, pero lo fundamental de su personalidad lo recibirá en la familia, en el ámbito de los padres: padre y madre. Roguemos, pues, a Dios que nadie arrebate, debilite o dificulte la misión educadora de las familias, ni usurpe los derechos inalienables y en modo alguno negociables que les corresponden en la educación de sus hijos. Que nunca se aprueben legislaciones contrarias a esta misión, deber y derecho que ellas tienen, sino que se propicien leyes que la promuevan y faciliten, pues educando a los hijos en virtudes, el hombre y la mujer, como esposos y padres, cooperan a la obra de Dios y garantizan el futuro de la humanidad.

     Para que tenga futuro nuestra sociedad, para que no sufra el invierno demográfico, ni se vea privada de la sonrisa, ni de la promesa y alegría de los niños, y para que pueda vivir en la paz donde cada uno es reconocido y respetado por lo que es como persona, necesitamos invocar a Dios que conceda luz, sabiduría, prudencia y decisión al Estado y a la sociedad, a las autoridades civiles, a los poderes legislativo, ejecutivo y judicial para defender y promover el matrimonio y la familia en toda su verdad y extensión. Que Dios ilumine y oriente la conciencia de los hombres de gobierno para que cumplan con su responsabilidad de servicio al bien común legislando en favor de la familia, protegiendo responsablemente los matrimonios y las familias con medidas y ayudas sociales apropiadas, porque es ahí donde el ser humano, objeto del bien común al que se debe todo Estado, encuentra su verdad y su realización. Protegiendo a la familia se fortalecerá, inseparablemente el primer recurso de la nación.

     Estamos llamados y urgidos a que las familias, en medio de las dificultades que las envuelven hoy, tomen conciencia de sus propias capacidades y energías, confíen en sí mismas, en las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la misión que Dios les ha confiado: es necesario que las familias de nuestro tiempo vuelvan a remontarse más alto. Es necesario que se abran y sigan a Cristo. Es preciso, para el bien de todos, hacer de las familias cristianas verdaderas "iglesias domésticas", lugares de encuentro con Dios y oración, centros de irradiación de la fe, escuelas de vida cristiana, así como enriquecer la vida de las familias y sostenerlas con toda la riqueza de vida que proviene de Cristo. Renovándolas en la escuela del Evangelio se dará un gran paso para la reconstrucción de la sociedad y edificación de la Iglesia en la comunión y en la esperanza. Y para esto y por esto debemos orar a Dios, al tiempo que elevamos nuestra plegaria por las familias en dificultades o en crisis, con tensiones y violencia interna, rotas o desintegradas, con problemas de salud o de vivienda, necesitada de trabajo o por cualquier otro tipo de carencia. Oremos, oremos sin desmayo por la familia. En la oración de la familia, por la familia y con ella, ésta descubre su propia identidad y se consolida en vistas a su misión de testimonio de amor y de vida en la Iglesia y en la sociedad.

     Al pensar en la familia y rezar por ella, no podemos dejar de hacerlo también por los niños y los adolescentes. Los pequeños, al ser los más frágiles y necesitados, son los que mayor atención, y cuidado merecen. Que Dios los guíe y los proteja, para que nunca les falte el amor y el cariño de sus padres, el abrigo del hogar, la tutela de la educación en la verdad; que en todo se vean respetados y no se les robe el alma con un ambiente social o una pseudocultura hedonista, permisiva, alienante y vacía. Por eso es necesario pedir a Dios que nos ayude a mejorar la calidad verdadera de la educación, a educar en la verdad que nos hace libres, a ofrecer o reclamar, por los cauces adecuados y legítimos, los derechos inalienables y no negociables en materia educativa garantizados ya por las leyes fundamentales. Pidamos en esta hora decisiva a Dios, que al legislar sobre materia de enseñanza sea escuchado el clamor de los padres que piden para sus hijos una enseñanza religiosa y moral católica en todas las escuelas.

     No podemos olvidar en nuestra oración a los jóvenes. Lo tienen muy difícil. Son muchos los intereses que pretenden hacer presa de ellos. Por eso pidamos para ellos que no caminen como ovejas sin pastor, que encuentren quien les lleve a Jesucristo, porque es en Él donde encontrarán la felicidad que andan buscando, la raíz y la fuerza para ser verdaderamente libres, el camino que les oriente y les lleve a apuntar a lo alto, la razón de la esperanza que les impulse con sentido hacia el futuro, y la escuela donde hallar el verdadero, pleno, el profundo significado de palabras tan queridas para ellos, como son "paz, amor, justicia". Que Dios les conceda creer en su Hijo Jesucristo, la verdad del hombre, inseparable de Dios, para que su vida se llene de sentido y de razones para vivir. Si conocieran el don de Dios, si conocieran a Jesucristo, si alguien los llevara junto a él, seguro que estarían con Él y lo seguirían.

 8. Orar por España y su unidad

 También deberíamos orar por España; es un deber de caridad y de justicia; es algo que los cristianos no podemos dejar de hacer si amamos de verdad a nuestro país. España se encuentra en una etapa crucial de su historia; esto es obvio. En los últimos meses, y más aún en estos últimos días se ha avivado una gran cuestión que viene ya de lejos: la cuestión de su unidad. El llamado "Plan Ibarretxe" la ha puesto en el primer plano de actualidad. Por todos es conocido cómo está siendo calificada la situación por expertos y no expertos, por políticos de una y otra tendencia. No entramos en ninguna valoración política, que no nos corresponde. Aparte de las razones históricas, jurídicas, económicas, políticas, de ordenamiento del Estado, desde el punto de vista moral el plan soberanista aprobado en la Cámara Vasca el pasado día 30 de diciembre plantea unas cuestiones preocupantes y de suma gravedad que afectan al corazón mismo de la realidad social de España, del bien común de nuestra sociedad, del actual marco de convivencia que afecta a todos los españoles, y la misma unidad de nuestra Nación, que también es una cuestión moral.

     Tal vez convendría recordar en estos momentos un texto de la Conferencia Episcopal tomado del Documento "Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias" (2002)."Por ser la nación un hecho, en primer lugar, cultural, el magisterio de la Iglesia lo ha distinguido cuidadosamente del Estado. A diferencia de la nación, el Estado es una realidad primariamente política; pero puede coincidir con una sola nación o mas bien albergar en su seno varias naciones o entidades nacionales. La configuración propia del Estado es normalmente fruto de largos y complejos procesos históricos. Estos procesos no pueden ser ignorados ni, menos aún, distorsionados o falsificados al servicio de intereses particulares. España es fruto de uno de estos complejos procesos históricos. Poner en peligro la convivencia de los españoles, negando unilateralmente la soberanía de España, sin valorar las graves consecuencias que esta negación podría acarrear, no sería prudente ni moralmente aceptable. La Constitución es hoy el marco jurídico ineludible de referencia para la convivencia. Recientemente los Obispos españoles afirmábamos: 'La Constitución de 1978 no es perfecta, como toda obra humana, pero la vemos como el fruto maduro de una voluntad sincera de entendimiento y como instrumento y primicia de un futuro de convivencia armónica entre todos'. Se trata, por tanto, de una norma modificable, pero todo proceso de cambio debe hacerse según lo previsto en el ordenamiento jurídico. Pretender unilateralmente alterar este ordenamiento jurídico en función de una determinada voluntad de poder o de cualquier otro tipo, es inadmisible. Es necesario respetar y tutelar el bien común de una sociedad pluricentenaria"2.

     No podemos olvidar, por otra parte, que una decisión como la que se apunta en el mencionado Plan, puede generar no pocos sufrimientos tanto en los que habitan en la tierra vasca como los que viven en el resto de los pueblos de España; sin ignorar las muchas víctimas del terrorismo de ETA, cuyas causas y raíces analizó la Conferencia Episcopal en el mencionado documento. Esto también es una cuestión moral.

     Ante esta situación creada, por algunos calificada de crítica, os invitamos a todos, como ejercicio también de caridad, y como expresión de nuestro ser Iglesia, a la que no le es ajeno nada de lo que afecta al hombre, y como un deber del cuarto mandamiento de la Ley de Dios que nos manda honrar también a la patria, os pedimos que roguéis a Dios por España. Que Jesucristo, que es Luz, Sabiduría, Verdad y Paz para las gentes y los pueblos, nos haga vivir estos momentos con serenidad. Que conceda luz, prudencia, sabiduría, discernimiento y acierto a nuestros políticos y gobernantes, a las instituciones del Estado, y a todos los ciudadanos para encontrar salidas justas y razonables, conformes con el bien común, a esta situación. Que Dios proteja y ayude a España y a todos sus pueblos; y que nos dé la fortaleza y el corazón para el entendimiento y la cordura, para la convivencia y para el respeto al Derecho.

     Pidamos por España, pidamos por su fidelidad a las raíces que la sustentan. Pidamos que Dios ilumine y dé sabiduría y discernimiento a los legisladores, para que a la hora de legislar respeten y promuevan la verdad y el bien de la familia y los derechos fundamentales que le son propios, el derecho a la vida, el de libertad religiosa en toda la amplitud que le corresponde, así como el derecho y la libertad de enseñanza sin discriminación de ningún tipo. Pidamos por la implantación cada día mayor de la justicia social en nuestra tierra, por la extensión de la solidaridad y la justicia en favor de los pobres y menos favorecidos de la sociedad, de los que no tienen trabajo, de los inmigrantes. Que Dios nos ayude a acoger a los inmigrantes, a los que vienen de otras culturas o de otras religiones, y encontrar caminos justos y posibles en esta acogida. Pidamos por los gobernantes y por los que gestionan el bien común para que en todo no busquen otra cosa que ese bien común y lo promuevan en toda la amplitud posible.

     Es necesario promover la presencia de los católicos en la vida pública; los católicos no pueden engrosar el número extenso de los que alguien ha llamado la "cofradía de los ausentes"; es necesaria su presencia, en virtud de su fe y no a pesar de ella, en la cosa pública para llevar el Evangelio a ésta, y transformar y renovar desde dentro nuestra sociedad. Por ello también es necesario pedir que Dios fortalezca la fe de los cristianos laicos y que les ayude, nos ayude a todos, en la imprescindible tarea de formación en la doctrina social de la Iglesia y sus contenidos esenciales e irrenunciables para poder asegurar así en la vida social y política una presencia unida, coherente, honesta, desinteresada, abierta a la colaboración con todas las fuerzas sanas de la Nación.

 9. Exhortación final a la oración y algunas directrices 

Siempre es necesario orar, pero vivimos unos momentos y estamos ante tales necesidades que es preciso orar más. Por ello, en nuestra diócesis, la víspera de la fiesta de su Patrón, San Ildefonso, día 22 del presente mes de enero: en torno a las 19'30 horas de la tarde en la parroquia de San Ildefonso, en Toledo; a las 20 horas en la parroquia de San Ildefonso, en Talavera; y en la parroquia de Villacañas a las 20 horas; tendremos una Eucaristía y vigilia de oración, para rezar por España, y el conjunto de intenciones que en esta Exhortación señalamos, según el modelo que se facilitará. Mandamos, así mismo, que en todas las celebraciones de la Eucaristía de todos los días, en la Oración de los fieles, sin suprimir las ya señaladas por las vocaciones, se incluyan también preces por España, conforme a las sugerencias que se adjuntan a esta Exhortación; al tiempo que rogamos encarecidamente que en todas las parroquias, todas las semanas, el día que cada una elija, en este año de la Eucaristía, se exponga el Santísimo para su adoración, y, durante, al menos, un cuarto de hora, en su presencia, se ore por España y el conjunto de estas intenciones, para lo que se facilitarán algunos guiones como sugerencia.

     Ante la situación que estamos viviendo, los cristianos nos manifestamos como lo que somos, discípulos de Jesús que oraba, nos enseñó a orar y exhortó a la oración; como hombres de fe que reconocen que Dios es dador de todo bien y que todo auxilio viene de Él; como personas de esperanza que viven en la certeza de que el Señor estará con nosotros hasta el fin de los siglos y reconocen que el amor de Dios es más fuerte que todo; y como hombres de caridad, que se sienten unidos a todos y comparten con ellos sus angustias y sus penas, sus alegrías y sus gozos, sus inquietudes y sus esperanzas.

     Oremos también a la Santísima Virgen y con Ella, en este año de la Inmaculada, en el que toda España renovará su consagración a su Corazón Inmaculado; recemos el Rosario, que el Papa ha calificado como la "oración por la paz". Pongamos en las manos de la Virgen María, Madre de Jesucristo y madre nuestra, nuestra oración. Que Ella, intercesora ante su Hijo, nos conceda como Ella sabe y quiere hacerlo, los dones de maternal bondad y nos ayude en estos momentos, tan necesitados de su ayuda de Madre del Salvador y Madre de misericordia. A Ella le pedimos que haga crecer nuestra fe, esperanza y caridad, y nos alcance la fortaleza necesaria para mantenernos fieles a Dios, en quien está nuestro futuro y esperanza.

      Con nuestra bendición y agradecimiento para todos

XAntonio Cañizares Llovera

Arzobispo de Toledo 

 

XCarmelo Borobia Isasa                         XÁngel Rubio Castro

    Obispo Auxiliar de Toledo                   Obispo Auxiliar de Toledo

 

En la fiesta de la Epifanía del Señor, 6 de enero, de 2005

1 Cfr. Mensaje del Papa; nn. 12 - 21

2 Instrucción Pastoral de la LXXIX Asamblea Plenaria CEE. Nov 2002, nn. 34 - 45

 

HOMILÍA

EN LA SOLEMNIDAD DE EPIFANÍA 2005

 

S. I. Catedral Primada

6 de enero de 2005

    1. Queridos hermanos Obispos, queridos hermanos y hermanas, en este día de la Epifanía del Señor escuchamos la voz de Dios que nos dice: "Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz. . .Mira: las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre tI amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre t1 y caminarán los pueblos a tu luz. . . , tus hijos llegan de lejos. . . Lo verás radiante de alegría". Esto se cumple hoy, en esta fiesta de la Epifanía del Señor: Cristo, Luz de las gentes, ilumina al mundo entero, representado en los Magos de Oriente. Con El y en El queda desvelado el designio benevolente de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, la verdad que nos hace libres con la libertad de los hijos de Dios. En la oscuridad de la historia brilla de manera definitiva e irrevocable la revelación de Dios en Jesucristo, estrella radiante de la mañana que nos guía en la vida y que se ofrece a cuantos la buscan.

    2. Con todos vosotros bendigo al Señor ininterrumpidamente; su alabanza está siempre en nuestra boca; y nuestra boca jubilosa se llena de cantares; estamos alegres porque hemos experimentado la misericordia infinita y la inmensa bondad de Dios y se nos ha dado la gracia de poder seguir a Jesucristo, Luz del mundo. Cantaremos eternamente esta misericordia del Señor, y le bendeciremos por siempre porque nos ha visitado el Sol que nace de lo alto y viene a nosotros para iluminar a los que viven en las tinieblas y en las sombras de la muerte: Él es la Estrella radiante de la aurora de una nueva humanidad en la que resplandece el brillo de la gloria de Dios, encarnación del amor infinito, salvación siempre invocada y siempre esperada, esperanza única del mundo, que trae la paz a todas las gentes y guía nuestros pasos por los senderos de la gracia salvadora de Dios y los caminos de su justicia, de su paz, de la esperanza.

    3. A la esperanza, en efecto, nos estimulan los Magos de Oriente, primeros contempladores y adoradores del rostro de Jesús procedentes de los pueblos gentiles que representan al mundo entero, distinto de Israel como pueblo elegido, a los que, dispersos, Cristo ha venido a reunir y salvar. Como ellos, en este año, quinto del tercer milenio, estamos llamados a buscar y salir en pos de la señal que se nos ha ofrecido en los cielos, la Estrella radiante que ha aparecido, hasta llegar al encuentro con Cristo, que se ha hecho hombre, niño, por nosotros; venir ante El para postrarnos en sus presencia, contemplarlo y adorarlo.

     Ellos se pusieron en camino y no escatimaron dificultades, obstáculos, sufrimientos, incertidumbres, incomodidades, con tal de llegar ante el que es la Luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo: buscan, preguntan, no cesan en el empeño. A pesar de las respuestas escépticas, indiferentes o enemigas, como las de Herodes y sus acompañantes y consejeros, no dejan de decir que van en pos del "Rey de los judíos", del que es Señor de todos y trae el derecho a la tierra, aunque cause sobresalto en la ciudad. También nosotros, hoy, hemos de ponernos en camino, salir al encuentro de Jesús y proclamar que le buscamos, porque sabemos que de El viene la salvación para todos, la Verdad y la justicia para los hombres, aunque esto sobresalte al mundo de hoy, donde no faltan los "Herodes de nuestro tiempo” que continúan queriendo eliminar a Jesucristo de nuestra historia, o los que están con indiferencia o escepticismo ante su persona, o los que se desinteresan de su existencia desde su propio agnosticismo. y hemos de hacerlo, a pesar de las dificultades, sin ningún miedo ni complejo, sin pararnos, aunque pasemos momentos de incertidumbre y de oscuridad, donde parece que todo se apaga; entonces, más aún es necesario que, con perseverancia prosigamos el camino, hasta el encuentro con Jesucristo, niño e hijo, que nos muestra su Madre María, hasta adorarle, hasta confesar su Nombre, reconociéndole como Dios, como hombre, como Rey y Señor de todo y de todos. Este encuentro, y sólo él, nos llena, como a los Magos de Oriente, de una gran, desbordante y contagiosa alegría. Cristo trae la alegría y la dicha a los hombres; el encuentro con El, la contemplación de su persona, el postrarnos ante El, adorándole, colma de felicidad y de dicha; es lo que puede disipar la tristeza y el vacío de muchos de nuestros contemporáneos, de todo hombre.

     Ellos no se detuvieron en Belén. Salieron de allí para difundir la Buena Noticia de la salvación que ha llegado en la persona de Jesús, el Hijo de Dios que nace de María, que es Señor, y se ha despojado de su rango, para enriquecernos a todos. No podemos quedarnos tampoco nosotros en la dicha del encuentro, es necesario darlo a conocer, ir a donde están los hombres, volver a nuestra tierra para darlo a conocer, y que participen, como nosotros, de su luz y de su alegría, de su verdad que nos hace libres, y de su amor y presencia entre nosotros que nos colman de felicidad. Y volver e ir, sorteando el camino o andando por un camino distinto del de los “Herodes y de los consejeros de nuestro tiempo”, que ni les interesa Cristo para adorarlo o desearían que desapareciese de manera definitiva de nuestro mundo y vivir tranquilos y sin sobresaltos. Ser misioneros, como los Magos de Oriente, ser testigos, hoy, de lo que "hemos visto y oído, de lo que hemos palpado y tocado con nuestras propias manos", como los Apóstoles. La Iglesia, nosotros en ella y con ella, como la estrella que guía, somos los que, en esta época de la historia, hemos de reflejar y hacer resplandecer el rostro de Cristo ante las generaciones del nuevo milenio. y esto, a partir del encuentro con Él.

    4. A partir de ese encuentro, comuniquemos "lo que hemos visto y oído" acerca de Jesucristo. Como los Magos de Oriente, hagámonos eco vivo y auténtico de la Revelación de Jesucristo. Quisiera, con toda el alma, y así lo pido desde lo mejor y más hondo de mi corazón, que todo Toledo conociese y reconociese a Jesucristo, le creyese y le adorase, hasta el punto de ofrecerle "el oro, el incienso y la mirra" de su vida. Que todos creamos en Jesucristo es lo mejor que puede suceder en Toledo. Para ello es necesario y apremiante que haya evangelizadores, que seamos, conforme a la naturaleza de la fe que profesamos, misioneros, portadores para todos de la Buena Nueva de la salvación que es Jesucristo y que El trae a la humanidad entera. Nadie que haya recibido la gracia de la fe puede eximirse de dar testimonio del Evangelio de la Encarnación y Nacimiento de Jesucristo, del Evangelio de la Redención. Que no haya nadie que se exima de este sagrado deber. Se abre el gran tiempo de la misión y de la evangelización. No hay tiempo que perder. Ni el obispo ni los sacerdotes, ni los religiosos o religiosas, ni los laicos, ni los niños ni los ancianos, ni los adultos, ni los jóvenes, ni los enfermos, ni los sanos..., nadie está eximido de esta urgencia por evangelizar. Llevemos el Evangelio, mostremos a Jesucristo, démoslo a todos, a los que están lejos ya los que están cerca, a aquellos con los que convivimos y trabajamos, a todos. ¡Contemplad, amad y anunciad a Jesucristo para que los hombres crean en El y le sigan, y así pueda haber una humanidad con esperanza!

    5. "¡Caminemos con esperanza!" Contamos con la ayuda de Cristo. "El Hijo de Dios que se encarnó hace dos mil años por amor al hombre, realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla, y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos. . . Cristo contemplado y amado nos invita una vez más a ponernos en camino: 'Id pues y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y de Espíritu Santo'. El mandato misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos. Para ello podemos contar con la fuerza del mismo Espíritu, que fue enviado en Pentecostés y que nos empuja hoya partir animados por la esperanza 'que no defrauda'. Nuestra andadura, al principio de este nuevo siglo, debe hacerse más rápida al recorrer los senderos del mundo... ¡Queridos hermanos y hermanas!... tenemos que imitar la intrepidez de apóstol Pablo: 'Lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios me llama desde lo alto, en Cristo Jesús' " (NMI 58-59) .

     No quiero ni debo finalizar esta homilía, en este solemnidad de la Epifanía, de la manifestación del Señor, sin exhortaros a todos a la oración ya la caridad

Orar ante la gran tragedia del maremoto del Sudeste Asiático

     6. ¡Qué pequeños, menesterosos e inermes, nos sentimos frente a la gran tragedia derivada del maremoto del Océano Índico, del Sudeste Asiático! ¡Cuánta desolación y muerte, cuánta destrucción y sufrimiento, cuánto dolor y tristeza en las imágenes que de allí nos llegan, en las que se nos deja atisbar la magnitud de la desgracia! ¡Sí!, podemos y debemos mostrar nuestra solidaridad generosa, amplia y sin fisuras con aquellos hermanos nuestros. ¡Sí!, es la hora, cierto, de la verdad de nuestra caridad que es más exigente aún que la misma solidaridad; es la hora de hacernos enteramente cercanos con quienes tanto y tanto están sufriendo, es la hora de compartir como hermanos y de ayudarles humanamente; es el momento de que la caridad de nuestras obras corroboren la caridad de las palabras.

     Pero aun siendo esto necesario, más aún imprescindible e inaplazable, la magnitud de la ruina producida sólo Dios puede reconstruirla; tanta desolación y muerte sólo Dios con su fuerza y su amor puede atenderlas y vencerlas; tantas heridas y lágrimas sólo El, Padre de misericordia y Dios de toda consolación, puede consolarlas, calmarlas y curarlas; el abandono y la soledad de los muchísimos que han quedado sin padres o sin familia, sin hogar y sin cariño de los suyos, sólo Dios puede acompañarlos. ¿De dónde vendrá el auxilio a tan grandes y graves desgracias?

     ¡El auxilio les viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra! El está allí, sufriendo con ellos, con su infinito amor y suprema cercanía, en esa cruz de Indonesia, Sri Lanka, Malasia, Tailandia, Bangladesh India, Maldivas, o de la costa opuesta africana, en Somalia o Kenia. Por eso es preciso, como la mayor prueba de caridad y cercanía nuestra, que elevemos nuestra plegaria y clamemos desde lo hondo al Señor, todopoderoso e infinito en su compasión, que tenga piedad y acoja a los que han muerto y los tenga junto a sí, que esté al lado de todas las innumerables víctimas; pidamos por sus familiares, por cuantos sufren en estos días las consecuencias de este desastre y por los pueblos afectados que sufren tantas y tan graves dificultades, que les muestre su favor como nos lo ha mostrado de manera tan admirable en el Hijo suyo enviado en carne a los hombres, a los que no desdeña llamar hermanos, cuyos sufrimientos ha asumido, y cuya muerte y destrucción ha vencido con su cruz y resurrección. Que ilumine su Rostro sobre ellos y que hallen en Él toda gracia, auxilio, esperanza y consuelo. pidamos también por todos los que se entregan para aliviar los inmensos sufrimientos de las poblaciones golpeadas. Que a todos nos conceda convertirnos a El, volver a El, para que no volvamos de otra manera que confiando plenamente en su misericordia que siempre es grande y fiel, que nunca falla. No dejemos de orar: sólo Dios salva.

Orar por España y su unidad

    También deberíamos orar por España; es un deber de caridad y de justicia; es algo que los cristianos no podemos dejar de hacer si amamos de verdad a nuestro país. España se encuentra en una etapa crucial de su historia; esto es obvio. En los últimos meses, y más aún en estos últimos días se ha avivado una gran cuestión que viene ya de lejos: la cuestión de su unidad. El llamado Plan Ibarretxe la ha puesto en el primer plano de actualidad. Por todos es conocido cómo está siendo calificada la situación por expertos y no expertos, por políticos de una y otra tendencia. No entro en ninguna valoración política, que no me corresponde. Aparte de las razones históricas, jurídicas, económicas, políticas, de ordenamiento del Estado, desde el punto de vista moral, el plan soberanista aprobado en la Cámara Vasca el pasado día 30 de diciembre plantea unas cuestiones preocupantes y de suma gravedad que afectan al corazón mismo de la realidad social de España, del bien común de nuestra sociedad, del actual marco de convivencia que afecta a todos los españoles, y de la misma unidad de nuestra Nación, que también es una cuestión moral.

     Tal vez convendría recordar en estos momentos un texto de la Conferencia Episcopal tomado del Documento "Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias" (2002). "Por ser la nación un hecho, en primer lugar, cultural, el magisterio de la Iglesia lo ha distinguido cuidadosamente del Estado. A diferencia de la nación, el estado es una realidad primariamente política; pero puede coincidir con una sola nación o mas bien albergar en su seno varias naciones o entidades nacionales. La configuración propia del estado es normalmente fruto de largos y complejos procesos históricos. Estos procesos no pueden ser ignorados ni, menos aún, distorsionados o falsificados al servicio de intereses particulares. España es fruto de uno de estos complejos procesos históricos. Poner en peligro la convivencia de los españoles, negando unilateralmente la soberanía de España, sin valorar las graves consecuencias que esta negación podría acarrear, no sería prudente ni moralmente aceptable. La Constitución es hoy el marco jurídico ineludible de referencia para la convivencia. Recientemente los Obispos españoles afirmábamos: 'La Constitución de 1978 no es perfecta, como toda obra humana, pero la vemos como el fruto maduro de una voluntad sincera de entendimiento y como instrumento y primicia de un futuro de convivencia armónica entre todos'. Se trata, por tanto, de una norma modificable, pero todo proceso de cambio debe hacerse según lo previsto en el ordenamiento jurídico. Pretender unilateralmente alterar este ordenamiento jurídico en función de una determinada voluntad de poder o de cualquier otro tipo, es inadmisible. Es necesario respetar y tutelar el bien común de una sociedad pluricentenaria".

     Ante esta situación creada, por algunos calificada de crítica, os invito a todos, como ejercicio también de caridad, y como expresión de nuestro ser de la Iglesia, a la que no le ajeno nada de lo humano que afecta al hombre, y como un deber del cuarto mandamiento que nos manda honrar también a la patria, os pido que roguéis a Dios por España. Que Jesucristo, que es Luz, Sabiduría, Verdad y Paz para las gentes y los pueblos, como lo celebramos hoy, nos haga vivir estos momentos con serenidad. Que conceda luz, prudencia, acierto y sabiduría a nuestros políticos y gobernantes, a las instituciones el Estado, y a todos los ciudadanos, para encontrar salidas justas y razonables, conformes con el bien común, a esta situación. Que Dios proteja y ayude a España y a todos sus pueblos; y que nos dé la fortaleza de corazón para el entendimiento y la cordura, para la convivencia y el respeto al derecho. Pidamos por España, pidamos por su fidelidad a las raíces que la sustentan.

     “La esperanza no defrauda”. Esta es la convicción que mueve a la Iglesia. Nuestra esperanza descansa en la misericordia de Dios, único capaz de tocar el corazón de los hombres, infundiéndoles sentimientos de paz.

 

TODOS CON EL PAPA, A SU LADO


El jueves pasado nos sorprendía a todos y nos llenaba de preocupación la noticia de una recaída del Papa Juan Pablo y de su nuevo ingreso en el Policlínico Gemelli, de Roma. Hemos seguido con amor de hijos y hemos estado muy atentos a la evolución de este nuevo proceso en su enfermedad. Hemos orado mucho y seguiremos haciéndolo. Sí, debemos continuar orando por él.

     Al igual que toda la comunidad oraba cuando Pedro, testigo de la fe y de la verdad, se encontraba con grandes dificultades, entonces por encarcelamiento, así también en estos momentos, con toda la Iglesia, nuestra diócesis de Toledo ha de permanecer unida en una oración intensa y constante por el Papa, sucesor de Pedro, ante la seria dificultad en la que se halla, ahora por una recaída en su enfermedad.

     Pido, pues, que se ofrezcan en las parroquias y demás comunidades Eucaristías por nuestro muy querido Papa, por su restablecimiento, para que Dios le dé fortaleza y le conforte en este nuevo sufrimiento, que, sin duda, contribuirá de manera muy importante -sólo Dios lo sabe- en bien de la Iglesia, de su fortalecimiento y su revitalización. El sacrificio nunca es estéril, siempre completa la pasión redentora de Cristo, y más cuando se vive en la fe y en la comunión con el Señor, como ocurre en el Pastor que guía y confirma a la Católica, don y regalo de Dios en nuestro tiempo. Que se eleven preces en todas las celebraciones eucarísticas por esta intención. Que todo el pueblo cristiano ore y suplique unánime, con oración incesante y confiada a Dios para que se cumpla todo conforme a su voluntad: la oración unánime, además de agradar a Dios y escucharla, nos fortalecerá en la comunión eclesial, por la que está dejando su vida a jirones el Papa.

     En su frágil salud, en su escasez de fuerzas físicas tan grande, resplandece la fuerza y fortaleza de Dios, la obra de su Espíritu que conduce, anima y alienta a su Iglesia y el débil cuerpo de este sucesor de Pedro, que tanto ama a su Señor y a la Iglesia y por la que se entrega. El ver así al Papa, sin bajarse de la cruz y sin renunciar a sufrimientos, como tampoco se bajó ni renunció el único y Buen Pastor de nuestras almas que vino a servir y dar su vida por todos, nos hace recordar aquellas palabras del comienzo de su pontificado, que nos llenan de esperanza: "¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par vuestras puertas a Cristo!". Estos momentos de la enfermedad del Papa Juan Pablo II, nos remiten a Cristo, a Cristo crucificado, la verdadera sabiduría, nos llevan a poner nuestra mirada en Cristo, en Él sólo. A eso nos invita esta nueva situación: a poner nuestra mirada en Cristo, a seguir recorriendo el camino, en el que va delante con la cruz el Papa, sin retirarse y sin retirarnos, a confiar plenamente, ya no buscar sino lo que Dios quiere.

     Reconozcamos en Juan Pablo II al testigo del Dios vivo y enseña de esperanza para todos los hombres, amigo fuerte de Dios y defensor del hombre, de todo hombre y de su dignidad, de su capacidad en su razón para buscar, hallar y conocer la verdad que libera. Veamos en él al peregrino de la paz por todos los caminos de la tierra, al paladín de la vida y de la libertad, al trabajador incansable en los duros trabajos del Evangelio, al fiel evangelizador hasta los confines del mundo, al servidor sin reserva alguna y grande de la comunión eclesial. Aprendamos de este infatigable luchador por una nueva cultura de la vida y de la solidaridad y por una civilización del amor, de este buen samaritano que se acerca e inclina con ternura y amor al hombre maltrecho y malherido, de este gran amigo, cercano amigo y aliento de los jóvenes, de espíritu muy joven y lleno de vigor, como ellos “joven de ochenta y cuatro años”. Sigamos y escuchemos la voz y los gestos de este testigo fiel y gozoso de Jesucristo Redentor único de todos los hombres y luz para todos los pueblos, a veces incómodo para muchos que pretenden construir el mundo al margen del único Nombre que se nos ha dado para la salvación de los hombres. Apoyémonos, como en roca firme, en las enseñanzas y ejemplo, en la persona, de este Defensor y campeón de la fe y buscador y profeta del esplendor de la verdad que nos hace libres.

     La figura del Papa Juan Pablo II llena los más de veinticinco años últimos del mundo y de la Iglesia. Ha visitado tres cuartas partes de los países del mundo -algunos varias veces-, ha estado como Obispo de Roma en la casi totalidad de las parroquias, ha tenido una actividad infatigable con Obispos, sacerdotes, con hombres de toda condición, se ha acercado a todos, ha estado al lado de los más pobres, de los que sufren, y de las víctimas de este mundo, él mismo ha sido víctima de un atentado. Su presencia, su actuación, han sido decisivos en la marcha del mundo: defensor de los derechos humanos y trabajador de la paz, ha contribuido de manera decisiva a que cayera el telón de acero, ha abierto amplios espacios de diálogo, y ha luchado por la implantación de la justicia en todos los confines de la tierra. Ha estado y está al servicio de la unidad de los cristianos; ha predicado con energía y firmeza, con libertad y convicción el Evangelio de Jesucristo.

     Desde aquí, con nuestra cercanía total, con pleno afecto y cariño de hijos, en comunión inquebrantable con él, le decimos al Papa -permítanoslo, Santo Padre- “¡Duc in altum!” ¡Gracias, Santidad, por su testimonio tan gozoso y elocuente del Dios vivo, por su defensa de la fe, por su esperanza firme, por su aliento apostólico, por su empeño en la unidad de los cristianos, por su esfuerzo incansable en la nueva evangelización de nuestro mundo, por su valentía y libertad en la predicación de la Verdad, por su servicio a la paz y su defensa de todo hombre, singularmente del más desvalido y del indefenso, y del don de la vida! ¡Gracias por todo, Santo Padre! ¡Que la infinita misericordia de Dios se vuelque sobre su persona!

     La Iglesia que peregrina en Toledo está a su lado. Esta Iglesia, que tuvo la dicha inmensa de recibirle en su primer viaje a España, le reitera su filial afecto y ora, encomendándole al auxilio y protección maternal de la Santísima Virgen María, de la que como dijo al despertarse de su última intervención quirúrgica sigue siendo “Totus tuus”.

X Antonio Cañizares Llovera

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

HOMILIA JUEVES SANTO "IN COENA DOMINI" (25.4.05)


 Muy queridos sacerdotes y diáconos, estimadas y dignas autoridades, seminaristas y personas consagradas, amados todos, hermanos y helmanas en el Señor: Un año más, con fe y adoración agradecida, celebramos la Cena del Señor en el Jueves Santo, día del amor de Cristo llevado hasta el extremo, día de la Eucaristía, día del sacerdocio. Hay algo peculiar en este preciso día de hoy: Esta celebración acaece dentro del Año de gracia de la Eucaristía, ocasión excelente "para tomar conciencia del tesoro inagotable que Cristo ha confiado a la Iglesia " , en aquella cena última que precedió a su Pasión redentora. Jueves Santo especial, pues, porque este Año ha de ser de manera particularmente intensa para todos "estímulo para celebrar la Eucaristía con mayor vitalidad y fervor, y que ello se traduzca en una vida cristiana transformada por el amor"(Cf Juan Pablo II, Mane Nobiscum Domine, 29).

    Hemos escuchado, en san Pablo, lo que él ha recibido como tradición "que procede del Señor" , en la que nos narra la institución de la Eucaristía por Cristo "la noche en que iba a ser entregado". Después, en el Evangelio, hemos oído al evangelista Juan que nos cuenta lo que sucedió aquella noche, antes de la cena: el lavatorio de los pies, por parte de Jesús a sus discípulos, que resume toda la vida del que ha venido a servir y dar su vida en rescate por muchos en su Cuerpo entregado por los hombres y en su sangre derramada para el perdón de los pecados.

    La Eucaristía, misterio de fe por excelencia y misterio primordial de luz, " gracias al cual se introduce al creyente en las profundidades de la vida divina" (MND 11), es el mismo Cristo en persona, es el misterio de su presencia "real" por antonomasia: "Cristo se hace sustancialmente presente en la realidad de su cuerpo y de su sangre" y realiza, así, su promesa de estar con nosotros hasta el fin del mundo. Esta es la certeza de nuestra fe que nos pide que " ante la Eucaristía, seamos conscientes de que estamos ante Cristo mismo " (MND 16), el Hijo único de Dios vivo que se encarnó en el seno virginal de Santa María por obra y gracia del Espíritu Santo, en tiempo del emperador Augusto, vivió en el ocultamiento de N azaret y trabajó con manos de hombre y quiso con corazón de hombre, pasó haciendo el bien y curando, y, amando a los suyos hasta el extremo, murió crucificado en tiempo de Poncio Pilato, resucitado, está glorioso a la derecha del Padre, con las llagas y costado abierto de su Cuerpo intercediendo como Sacerdote eterno por nosotros los hombres y por nuestra salvación.

    "La Eucaristía no recuerda un simple hecho; jrecuerda a Él! " (Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes en Jueves Santo 2005, 5); en ella se hace Él presente. jQué maravilla de misericordia de Dios para con nosotros, verdadero "prodigio que sólo los ojos de la fe pueden percibir. Los elementos naturales no pierden sus características externas, ya que las especies siguen siendo las del pan y las del vino; pero su sustancia, por el poder de las palabras de Cristo y la acción del Espíritu Santo, se convierte en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo. Por eso, sobre el altar está presente 'verdadera, real, sustancialmente' Cristo muerto y resucitado en toda su humanidad y divinidad " (Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes. . . 2005, 6) .

    Por eso, en este convite que el Señor nos hace en su Iglesia -"tomad y comed, tomad y bebed "- como verdadero y sagrado banquete, definitivo y decisivo, se nos da a comer como alimento de vida eterna y plena el propio Cuerpo de Cristo, su carne, y se nos da a beber su propia sangre como bebida de salvación. Así entramos en comunión con Cristo nos hacemos uno con El, y, en El y por El, con el Padre. "Recibir la Eucaristía es entrar en profunda comunión con Jesús. 'Permaneced en mí y yo en vosotros'. Esta relación de íntima y recíproca 'permanencia ' nos Qermite anticiQar en cierto modo el cielo en la tierra. ¿N o es quizás éste el mayor anhelo del hombre? ¿N o es esto lo que Dios se ha propuesto realizando en la historia el designio de salvación? Él ha puesto en el corazón del hombre el 'hambre' de su Palabra, un hambre que sólo se satisfará en la plena unión con Él. Se nos da la comunión eucarística para 'saciarnos' de Dios en esta tierra, a la espera de la plena satisfacción en el cielo " (MND 19) .

    ¡Qué fuerza y qué profundo mensaje de esperanza tiene esto para el momento presente, árido y duro, que atravesamos! En un mundo como el nuestro, en que el hombre trata de prescindir de Dios y saciarse de bienes efímeros como el bienestar a toda costa, el sexo sin medida, el disfrute como criterio supremo, el dinero como solución y panacea para todo, y tantos "panes terrenos", el hombre perece porque le falta el Pan vivo de Dios, la Carne, la persona, de Cristo que sólo puede saciarle. El hombre se rompe, la humanidad se quiebra por pretender vivir sólo de esos panes que no llenan. Sólo Dios sacia, sólo Cristo en persona llena; sin Él, además, nada podemos; sin Él no daremos frutos abundantes de verdadera humanidad, como Dios la quiere: justa, pacífica, misericordiosa, compasiva, capaz de amar sin límite y de perdonar, de decir la verdad, de defender la vida, con la libertad de los hijos de Dios, basada en la verdad que se realiza en el amor. Necesitamos de la Eucaristía, queridos hermanos; necesitamos permenecer en Cristo, para que su vida esté en nosotros; necesitamos que Él viva en nosotros, que Él sea nuestra vida, como en Pablo, y que todo lo consideremos pérdida y basura comparado con Cristo .

    ¡Esto sí que cambia el mundo! jEsto sí que es una verdadera revolución con futuro para el hombre! jEl futuro está en la Eucaristía, porque Cristo es el único futuro! "no sólo centro de la historia de la Iglesia, sino también de la historia de la humanidad. Todo se recapitula en Él, . . . ' es el fin de la historia humana, punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización, centro del género humano, gozo de todos los corazones y plenitud de sus aspiraciones' " (MND 6) .

    Daos cuenta de lo que os digo y de la seriedad que esto entraña: Sin la Eucaristía no somos cristianos, ni permaneceremos cristianos. Sólo una Iglesia fuertemente eucarística, sólo unos fieles cristianos que se alimenten de la Eucaristía, que vivan de la Eucaristía, es decir , de Cristo y permanezcan en Él, unidos a Él, serán una Iglesia y unos cristianos vivos y valientes con capacidad para aportar lo verdaderamente importante de verdad, de amor, de libertad, de paz, de defensa del hombre y de su dignidad, de humanidad, de Dios, en definitiva, que es lo que necesita este mundo que languidece, perece y muere precisamente sin Dios. "En el sacramento de la Eucaristía el Salvador, encarnado en el seno de María hace veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina" (TMA, 55), que es la que el hombre necesita para vivir .

    Hagamos, pues, de nuestra diócesis, de nuestras parroquias, de nuestros fieles, de los sacerdotes y personas consagradas, de vuestros Obispos, de todos en suma, una Iglesia que vive de la Eucaristía. Una Iglesia comunión, misterio de comunión, porque, en efecto, "en el misterio eucarístico Jesús edifica la Iglesia como comunión, según el supremo modelo expresado en la oración sacerdotal: ' Como tú, Padre, en mí y yo en tí, que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado" (MND 20) . La celebración de la Eucaristía siempre, particularmente la del Jueves Santo, y este Año de gracia que estamos celebrando, y que en nuestra diócesis se verá coronado con el Congreso Eucarístico Diocesano, posibilita e invita a que seamos una sóla Iglesia con un sólo corazón y una sóla alma. Esta unidad es absolutamente necesaria e imprescindible en estos momentos, nada menos que para que el mundo crea. Es muy decisivo para este mundo, para esta sociedad nuestra que pretende ser dominada por un laicismo ideológico rampante, el que en la Iglesia seamos uno, para que el mundo crea. No nos quejemos de lo que haya nuestro alrededor y vayamos a nosotros mismos, a esa unidad y comunión eclesial, cuya fuente es la Eucaristía.

    El Papa, en la Visita ad Limina nos lo ha recordado con insistencia, y con la misma insistencia se nos ha vuelto a recordar en los dieferentes dicasterios y en la visita de la semana pasada de la Presidencia de la Conferencia Episcopal a Roma. Ante la preocupación por la vitalidad de la Iglesia en España, y atentos a los problemas y expectativas de los fieles en esta situación, los pastores, nos decía el Papa, nos sentimos "interpelados a permanecer unidos para hacer más palpable la presencia del Señor entre los hombres" . y añadía el Papa: "Para ello es primordial conservar y acrecentar el don de la unidad que Jesús pidió para sus discípulos al Padre. En vuestra propia diócesis, estáis llamados a vivir y dar testimonio de la unidad querida por Cristo para su Iglesia. Por otra parte, la diversidad de pueblos, con sus culturas y tradiciones, lejos de amenzar esta unidad, ha de enriquecerla desde su fe común. Y, vosotros, en cuanto sucesores de los Apóstoles, tenéis que esforzaros en 'conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz' . Por eso os quiero recordar que' en la transición histórica que estamos viviendo debemos cumplir una misión comprometedora: hacer de la Iglesia el lugar donde se viva y la escuela donde se enseñe el misterio del amor divino. ¿Cómo será posible esto sin descubrir una auténtica espiritualidad de comunión?' válida para todas las personas y en todos los momentos" (Juan Pablo II, Discurso a los Obispos españoles en la Visita ad Limina, 2005, 5). Comunión y espiritualidad, unidad, que brotan de la Eucaristía.

    Una unidad sin fisuras e inquebrantable de los cristianos; "como una piña", les decía yo mismo a los sacerdotes antesdeayer en la Misa Crismal. Así, como una piña, hemos de estar los cristianos en España en estos momentos; no en una posición numantina, cerrada y acurrucada, sino en una comunión viva, en una unidad que es expresión del amor expansivo, abierto, de mano tendida, hecha para el perdón, la ayuda y el servicio, pero una unidad firme en la verdad. No estamos suficientemente unidos. Es así. Reconozcámoslo: tantas opiniones sobre la fe y la moral, tantos grupos y tendencias en la Iglesia, que parece como desgarrada o hecha girones; a veces los mismos pastores y las personas consagradas no damos suficiente ejemplo a los fieles cristianos; cuánta división en nuestra sociedad española, que es sustancial y mayoritariamente católica, no sólo la división mayor o menos de los pueblos de España, cuya unidad secular amenaza, sino la división por tantos enfrentamientos actuales o por el reabrimiento de heridas y divisiones pasadas que nos conducen a la quiebra. España necesita unidad, nuestra Iglesia necesita unidad. Por ello necesitamos de manera urgente y apremiante centrarnos más y más, vivir en toda su verdad el sacramento de la Eucaristía, sacramento de unidad, vínculo de caridad. Es preciso que se revitalice en todo el pueblo cristiano el sentido eucarístico, la fe eucaristica, la adoración del Sacramento del Altar, y sobre todo, la participación, activa, consciente, fructuosa, en toda verdad y con todas sus consecuencias, en la Eucaristía dominical. Se ha descuidado mucho, muchísimo, la Eucaristía dominical: en nuestra misma diócesis no alcanza el 20 % de los bautizados. Esto no puede dejarnos tranquilos. y no puede dejarnos tranquilos, además de otras valiosas e importantes razones, porque esto daña en el amor a nuestros hermanos, llamados a creer en Jesucristo, que es con mucho lo más decisivo e importante para el hombre. Hagamos, en consecuencia, todos, sin excluirse nadie, "un especial esfuerzo por redescubrir y vivir plenamente el Domingo como día del Señor y día de la Iglesia" (MND 23), como día de la Eucaristía.

    No olvidemos, queridos hermanos y hermanas que la Eucaristía es un modo de ser que pasa de Jesús al cristiano y, por su testimonio, tiende a irradiarse en la sociedad y en la cultura" en un "proyecto" de vida y de sociedad, que "aparece ya en el sentido mismo de la palabra 'eucaristía': acción de gracias. En Jesús, en su sacrificio, en su 'sí' incondicional a la voluntad del Padre, está el' sí' , el' gracias' , el' amén, de todala humanidad. La Iglesia está llamada a recordar a los hombres esta gran verdad. Es urgente hacerlo sobre todo en nuestra cultura secularizada, que respira el olvido de Dios y cultiva la vana autosuficiencia del hombre. Encarnar el proyecto eucarístico en la vida cuotidiana, donde se trabaja y se vive -en la familia, la escuela, la fábrica y en las diversas condiciones de vida-, significa, además, testimoniar que la realidad humana no se iustifica sin referencia al Creador: ' Sin el Creador la criatura se diluye' . Esta referencia trascendente, que nos obliga a un continuo 'dar gracias' -justamente a una actitud eucarística- por todo lo quetenemos y somos, no perjudica la legítima autonomía de las realidades terrenas, sino que las sitúa en su auténtico fundamento, marcando al mismo tiempo sus propios límites " (MND, 26) .

    Por eso que nadie tema ni vea en la Iglesia y la fe cristiana, que se hacen y se alimentan, que crecen y viven por la Eucaristía, ninguna amenaza a la justa autonomía de lo terreno ya la justa y sana laicidad. Pero, precisamente por servicio al mundo, a los hombres ya su propio desarollo, nunca podremos ni deberemos dejar de ser consecuentes con la presencia de Cristo en el mundo que entraña la Eucaristía; por ello no podemos sometemos, como nos dijo el Papa en la Visita ad Limina, a una "mentalidad inspirada en el laicismo, ideología que lleva gradualmente, de forma más o menos consciente, a la restricción de la libertad religiosa hasta promover un desprecio o ignorancia de lo religioso, relegando la fe a la esfera de lo privado y oponiéndose a su expresion pública " (Juan Pablo II, Discurso a los Obispos. . 2005, 4). Esto, además, de no formar "parte de la tradición española más noble, pues la impronta que la fe católica ha dejado en la vida y cultura de los españoles es muy profunda para que se ceda a la tentación de silenciarla " , es que contradice el misterio de la fe, es decir, el misterio de la Eucaristía, centro de nuestra vida, que es presencia salvadora de Cristo en la historia que afecta al hombre entero, a lo que es fundamental en su vida, a todo lo que es la vida del hombre, entre otros aspectos a su libertad, más aún a la libertad religiosa, que cuando se cercena, priva al hombre de algo fundamental. Siempre la Eucaristía, desde los primeros momentos, fué signo de esa libertad, de una 'cultura de libertad' , y de ese afectar a todo lo humano en sus dimensiones más fundamentales, por ser presencia real y viva del Salvador y Redentor, y participación en ella.

    "En este Año de la Eucaristía, los cristianos se han de comprometer más decidididamente a dar testimonio de la presencia de Dios en el mundo. N o tengamos miedo de hablar de Dios ni de mostrar los signos de la fe con la frente muy alta. La 'cultura de la Eucaristía' promueve una cultura del diálogo, que en ella encuentra fuerza y alimento. Se equivoca quien cree que la referencia pública a la fe menoscaba la auténtica autonomía del Estado y de las instituciones civiles, o que puede fomentar inclusoactitudes de intolerancia. Si bien no han faltado en la historia errores, inclusive entre los creyentes. . . , esto no se debe a las raíces cristianas < -que siempre son y serán eucarísticas > -, sino a la incoherencia de los cristianos con sus propias raíces < -con la Eucaristía > - . Quien aprende a decir' gracias , como lo hizo Cristo en la Cruz, podrá ser un mártir, pero nunca un torturador" (NMD, 26). En la Eucaristía, Sacramento del Amor de los amores, está todo el amor y brota todo amor que se expresa, entre otros modos, en diversas e imaginativas formas de solidaridad para toda la humanidad. "El cristiano que participa en la Eucaristía aprende de ella a ser Qromotor de comunión. de Qaz. y de solidaridad en todas las circunstancias de la vida. La imagen lacerante de nuestro mundo, que ha comenzado el nuevo Milenio con el espectro del terrorismo y la tragedia de la guerra, interpela más que nunca a los cristianos a vivir la Eucaristía como una gran escuela de Qaz, donde se forman hombres y mujeres que, en los diversos ámbitos de reponsabilidad de la vida social, cultural y política, sean artífices de diálogo y comunión" (MND 27).

    Así mismo, de la Eucaristía brota una llamada y un fuerte "impulso para un comQromiso activo en la edifiacción de una sociedad más eguitativa y fratema. Nuestro Dios ha manifestado en la Eucaristía la forma suprema del amor, trastocando todos los criterios de dominio, que rigen con demasiada frecuencia las relaciones humanss, y afirmando de modo radical el criterio del servicio. . . ¿Por qué, pues, no hacer de este Año de la Eucaristía un tiempo en que las comunidades diocesanas y parroquiales se comprometan especialmente a afrontar con generosidad fratema alguna de las múltiples pobrezas de nuestro mundo? Pienso en el drama del hambre que atormenta a cientos de millones de seres humanos, en las enfermedades que flagelan a los Países en desarrollo, en la soledad de los ancianos, la desazón de los parados, el trasiego de los emigrantes. Se trata de males que, sin bien en diversa medida afectan también a las regiones más opulentas. No podemos hacernos ilusiones: por el amor mutuo y, en particular, a los necesitados se nos reconocerá como verdaderos discípulos de Cristo. En base a este criterio se comprobará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas" (MND 28) . Este modo de ser eucarístico y esta forma de vivir sirviendo que entraña la Eucaristía, memorial de la pasión de Cristo que nos amó hasta el extremo y de la gloriosa resurrección suya que nos trae la vida nueva en el amor , se plasma en el gesto del lavatorio de los pies, que ahora vamos a realizar .

    Que Dios en este Año de gracia, nos conceda vivir con toda intensidad el misterio de la fe, el misterio de la Eucaristía, donde se nos da la prenda de la gloria futura y sustenta y fortalece nuestra esperanza. Vivamos de la Eucaristía e intesifiquemos la adoración al Señor. La adoración perpetua al Santísimo Sacramento que hemos iniciado este Año en la Capilla Arzobispal, además de ser un regalo de Dios a la diócesis de Toledo, una señal más de su predilección, es también un signo y una llamada para que esta Iglesia que tanto ha recibido del Señor, se revitalice por una renovada e intensificada adoración al Señor en todas las Iglesias y por todos los fieles. Esto nos abritrá caminos de esperanza y sendas de testimonio de luz y amor entre las gentes.

 

Declaración

ante el fallecimiento del Santo Padre Juan Pablo II

 

Sábado, 2 de abril de 2005


 Su Santidad el Papa Juan Pablo II ha muerto. Esta es la noticia que acaban de transmitirnos. Momentos de dolor, pero también momentos para la plegaria y la esperanza. Que el entrañable Juan Pablo II haya escuchado las consoladoras palabras del Señor: Porque has sido fiel, siervo fiel, “entra en el gozo de Tu Señor”. Junto a este sentimiento de dolor filial, porque es la muerte de un padre, elevamos nuestra plegaria confiada a Dios, Padre de Misericordia y de toda Consolación, por este Papa, Pastor conforme al corazón de Dios; don que Dios ha concedido a la Iglesia y a la humanidad durante casi 27 años.

     En estos momentos de fe y de esperanza elevamos también nuestra acción de gracias por este gran regalo de Dios que, en su divina misericordia, se ha volcado a favor de los hombres. Signo de contradicción como Cristo mismo, no ha ahorrado esfuerzo alguno, incluso en la debilidad y escasez de sus fuerzas físicas, para trabajar por la paz, por la unidad entre todos los pueblos, por anunciar el Evangelio de la esperanza.

     El ejemplo de estos últimos meses ante la escasez de fuerzas, ante un cuerpo tan frágil, incluso un cuerpo mudo, ha pronunciado su gran palabra y nos ha dejado su gran enseñanza, la enseñanza de cómo Cristo es la única y la verdadera esperanza para todas las gentes, de donde brota todo amor y toda misericordia, que cambia la faz de la humanidad.

     Su gran pasión, como la de Dios manifestada en Jesucristo su Hijo, ha sido el hombre. Él mismo, desde el comienzo de su Pontificado, definió al hombre como camino de la Iglesia. Si hay una clave para interpretar a fondo el pensamiento de este gran Papa que nos deja, esta es su preocupación por el respeto a la sublime dignidad de la persona humana, la grandeza de cuya vocación ha sido desvelada en la persona de Cristo y del estupor y la maravilla que entraña el hombre, todos y cada uno de los hombres. Se ha hecho todo para todos y ha abrazado a todos.

     En el Papa Juan Pablo II hemos podido reconocer al testigo del Dios vivo, enseña de esperanza para todos los hombres, amigo fuerte de Dios y defensor del hombre, de todo hombre y de su dignidad, peregrino de la paz por todos los caminos de la tierra, paladín de la vida y de la libertad, trabajador incansable en los duros trabajos del Evangelio, evangelizador hasta en los confines del mundo, infatigable luchador por una nueva cultura de la vida y de la solidaridad y por una nueva civilización del amor, buen samaritano que se ha inclinado y se ha acercado con ternura y amor al hombre maltrecho y malherido y, así, amigo cercano y aliento también de los jóvenes, a los que tanto ha querido que tanto se han sentido queridos por él y que son el futuro y la expresión de una nueva primavera para la humanidad.

     Por eso, en el Papa Juan Pablo II hemos tenido al Papa que, desde el inicio de su Pontificado, nos ha dicho a toda la humanidad: No tengáis miedo, no tengáis miedo, abrid de par en par las puertas a Cristo. Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas tanto económicos como políticos, los dilatados campos de la cultura, de la civilización del desarrollo; abrid las puertas a Cristo, abridlas al Redentor del hombre, sólo Él sabe lo que hay en el corazón del hombre.

     Todo en su Pontificado es como una invitación a este abrir toda realidad humana: la familia, la política, la cultura, a Jesucristo, a quien nadie tiene derecho a expulsar de la historia de los hombres porque Él, Camino, Verdad y Vida, tiene que ver con todo hombre y con todo lo que le afecta. Nada humano le es ajeno, en Él está la esperanza, en Él tenemos la escuela para hallar el verdadero, el pleno, el profundo significado de palabras como paz, amor o justicia. Por eso, en este Papa tenemos al gran testigo de esa humanidad y al hombre que ha cruzado el umbral de la esperanza siendo el abanderado de la esperanza para una humanidad tan necesitada de ella.

     Juan Pablo II ha sido y se le reconocerá un Papa abierto al futuro, lleno de esa esperanza que alienta al mundo al comenzar este nuevo milenio y que se encuentra, como el mismo definió, temeroso de sí, temeroso de lo que sea capaz de hacer, temeroso ante el futuro. Es bueno, en estos momentos, recordar una de las muchas palabras que podríamos recordar del Papa Juan Pablo II, las que pronunció en las Naciones Unidas en 1995: “Con vistas a asegurarnos de que el nuevo milenio sea testigo de un nuevo florecer del Espíritu en el que mediará una auténtica cultura de la libertad, hombres y mujeres deben aprender a conquistar o vencer el temor. Debemos aprender a no tener miedo, debemos redescubrir un espíritu de esperanza y un espíritu de confianza. La esperanza no es el optimismo vacío que surge de la ingenua confianza en que el futuro ha de ser necesariamente mejor que el pasado”. La esperanza y la confianza –añadiría el Papa- son las premisas de una actividad responsable y se cultivan en ese santuario íntimo de la conciencia en la que el hombre se haya a solas con Dios y percibe, por tanto, que no está solo en medio de los enigmas de la existencia, pues está rodeado del amor del Creador, el que se nos ha manifestado en Cristo único Redentor de los hombres.

     Al tiempo que expresamos nuestro más filial y afectuoso dolor, expresamos también y renovamos nuestro amor más vivo a Dios por la infinita bondad que Él ha tenido con nosotros al concedernos un Papa así y le rogamos le premie sus trabajos duros por el Evangelio haciéndole participe de la gloria de su Hijo, su razón de ser y su esperanza. Descanse en paz, que Dios le premie sus trabajos»

X Antonio Cañizares Llovera

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

ANTE TODO, TESTIGO DE JESUCRISTO

 

Homilía del Sr. Arzobispo de Toledo y Primado de España

en el funeral por S. S. Juan Pablo II

en la S. I. Catedral Primada

 

Martes, 5 de abril de 2005


     El papa Juan Pablo II ha rendido su vida en las manos de Dios, y acaba de llegar a la meta: la vocación celeste de Dios en Cristo Jesús, la casa del Padre, Dios mismo; ha llegado ya a esa meta con la mirada puesta en Jesucristo, sin retirarse, y contemplar así, para siempre el rostro divino que en todo momento buscó y rastreó. Había ya peleado el buen combate de la fe, había gastado y desgastado su vida en los duros trabajos del Evangelio hasta la extenuación de quedarse sin fuerzas, había guardado y difundido solícita y fielmente la fe, todo lo había cumplido hasta permanecer unido y clavado a la cruz en los últimos días, sólo le quedaba recibir la corona merecida, que el Señor, justo juez, da a todos los que esperan con amor su venida, aquella corona de gloria que no se marchita ni perece, que Dios reserva a los justos y servidores leales que le han seguido con la cruz, negándose a sí mismos y cumpliendo la voluntad y misión que Él mismo les había encomendado (Cf 2 Tim 4, 6-8).

     Una sola voz, un unánime clamor, un sentimiento común está aunando a todas las gentes y naciones, de cualquier condición y rango, en todos los rincones de la tierra, para rendir homenaje de reconocimiento, de profunda admiración, de piedad amistosa o filial, de recuerdo emocionado, de adhesión espiritual, de viva gratitud, de plegaria confiada, de amén y aprobación universal, a la figura grande del Papa fallecido. Nosotros, aquí, Iglesia diocesana de Toledo en comunión sin fisuras con la Iglesia una, extendida hasta los confines del mundo, con sentir piadoso, lleno de dolor amasado de esperanza, elevamos juntos nuestra plegaria por su alma al Dios Padre de misericordia y fuente de toda consolación. Esta Iglesia diocesana, que en el año 1982 se vió agraciada por su doble visita a Toledo y Guadalupe, -¡qué lugares tan emblemáticos! para las raíces cristianas, para la unidad de España y su obra evangelizadora-; esta Iglesia visitada por el, testigo de esperanza, hoy siente la obligación filial y agradecida de unir su voz y sus oraciones al coro ecuménico y universal que durante estos días eleva sus súplicas al Señor, rico, desbordante en misericordia, pidiendo que le haya premiado sus trabajos, sus desvelos, su fidelidad, su ejemplo, su aliento, su entrega sin reservas, todo cuanto ha sido en esta vida suya, en la que Dios, el Poderoso, por su infinita misericordia, ha hecho obras grandes y nos ha ofrecido a todos, creyentes y no creyentes, cristianos y no cristianos, un testimonio vivo, hasta la muerte misma y aún después de ella, de lo que Dios quiere del hombre y para los hombres. Nuestra certeza es, como confiesa san pablo, que "si morimos con Cristo, viviremos con Él; si sufrimos con Él, también reinaremos con Él" (2 Tim 11-12).

     Así vivió, así sufrió, así murió, siempre siervo y servidor fiel, el Papa Juan Pablo II. Siempre con Cristo. Este es su real secreto, esta es la razón de su vida: Cristo. Su vida ha sido una vida en Cristo, como le corresponde sencillamente al cristiano, a todo fiel cristiano. La vida, la obra y el mensaje, de este Papa "venido de lejos", pero siempre tan cercano, ha sido cumplimiento y encarnación viva de lo que dice san Pablo: Todo lo tuvo por pérdida ante el sublime conocimiento de Cristo Jesús, por quien sacrificó todas las cosas, y las tuvo por basura con tal de ganar a Cristo y encontrarse con Él, apoyado no en sí mismo sino en la justicia de Dios, que se funda en la fe, para conocerle a Él y la fuerza de su resurrección y la participación en sus padecimientos, configurándose con sus padecimientos y su muerte para alcanzar la resurrección de los muertos (Cf Fil 3, 6-11). Jesucristo ha sido su gran pasión, su gran amor: "Pedro, ¿me amas, me quieres, me quieres más que estos?. Señor, tú lo sabes todo, sabes que te quiero" ( Cf Jn 21, 15-17). Ése ha sido el Papa Juan Pablo II: un enamorado de Jesucristo, para quien Cristo mismo ha sido su vida: ha sido todo en su vida. Por ello Cristo, en su Iglesia, le encomendó apacentar a su rebaño, a los ovejas suyas, las que están y las que aún no están en su redil. Así, hemos tenido la gran dicha del inmenso regalo de Dios a su Iglesia, a su pueblo, a todos los pueblos, de un pastor conforme a su corazón.

     Por ello mismo, y a luz de esto, hay que ver y leer su vida. Unido a Cristo identificado con Él, lo que ha hecho, lo que ha dicho, lo que ha mostrado Juan pablo II, es un testimonio de Jesucristo. No nos ha ofrecido una interpretación más de Jesucristo, no ha sido un ideólogo ni un maestro de moral, ni un líder social, político o religioso. Ha sido, ante todo, un testigo. Se ha encontrado con Jesucristo, Hijo de Dios vivo, el Mesías que tenía que venir y al que los hombres esperan, Dios con el hombre y para el hombre, le ha seguido como únicamente se le puede seguir -cargando con la cruz desde su infancia hasta el final, varón de dolores- y ha mostrado con su vida, gestos y palabras, con su persona y sus mensajes qué es lo que sucede cuando uno se abre y acepta a Jesucristo, que está a la puerta de cada uno y llama. ¡Qué fuerza cobran ahora aquellas palabras del propio Juan Pablo II!: "Me gustaría encontrarme a solas con cada uno de vosotros, y conversar: oír y responder. No siendo esto posible, como amigo y como "más viejo", como quien hizo la confrontación de sí mismo con la voluntad de Dios y cree en su amor de Padre, quiero dejar a todos mi testimonio: el testimonio de lo que yo considero más importante para los hombres, mis hermanos. Y es éste: sólo en Dios encuentran fundamento sólido los valores humanos, y sólo en Jesucristo, Dios y hombre, se vislumbra una respuesta al problema que cada persona constituye para sí misma. Él es el camino, la Verdad y la Vida para todos los hombres" (Juan Pablo II).

     Cuando me piden que resuma en dos palabras al Papa Juan Pablo II, doy la misma respuesta: Juan Pablo II ha sido, es incluso tras su muerte, un singular "Testigo de Jesucristo", y por ello mismo, "testigo de esperanza". Porque Jesucristo, el santo y justo, al que los hombres han entregado y rechazado ante Pilato, el autor de la vida y piedra angular que han desechado y siguen desechando tantos hombres y "artífices" de humanidad, Dios lo resucitó de entre los muertos, y vive para siempre, con el costado y las llagas abiertas de Crucificado. Y de ello, todo el hacer y decir, el pensar y actuar, la persona y misión en nuestro tiempo (Cf He 3, 12-15) del Papa Juan Pablo II, es testimonio vivo. Por esto mismo, toda su obra, su inmensa obra apostólica, ha sido cumplimiento, encarnación viva, testimonio hecho historia, del mismo gesto de Pedro, el primer Papa, en favor del paralítico, de una humanidad postrada y necesitada de ponerse en camino, con esperanza, de reemprender la marcha hacia una humanidad nueva hecha de hombres y mujeres nuevos conforme al Evangelio: "No tengo oro ni plata; pero lo que tengo, eso te doy. En nombre de Jesucristo, el Nazareno, echa a andar" (He 3, 5). Es el mismo Cristo en persona, quien, en la hora de la verdad, la noche en que ya iba a ser entregado, les dijo a los Apóstoles: "¡Levantaos, vamos!". Y ha sido el propio Papa, quien nos ha dicho en el penúltimo de sus libros autobiográficos: "Con la mirada fija en Cristo, sostenidos por la esperanza que no defrauda, caminemos juntos por los caminos del nuevo milenio: '¡Levantaos!¡ Vamos!" (Mc 14, 42).

     Por esto ante los grandes y graves problemas con los que se ha cerrado el segundo milenio y con los que se ha abierto el nuevo, el Papa Juan Pablo II proclamó con toda certeza y convicción: "No nos satisface ciertamente la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una persona     y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!" (NMA 29). No son las ideologías, no son las teorías, no son las interpretaciones, o las elucubraciones en el vacío, sino la persona concreta de Jesucristo, que vive y sale a nuestro encuentro en los caminos de la vida, donde deambulamos perdidos,  desconcertados o sin esperanza."No se trata, añade el Papa, pues, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas" (NMI 38). Éste ha sido el programa y el camino del Papa, el mismo de Pedro, el mismo de la Iglesia. Y lo ha sido hasta la muerte, con esa fe recia y esa identificación plena e inquebrantable que hemos visto en los últimos meses y días hasta su muerte. Es el camino del Amén de Dios, del Testigo fiel, que abre y no cierra unos nuevos y luminosos horizontes de futuro y de la esperanza que no defrauda para todos los hombres; es el camino de una humanidad en camino, renovada, fortalecida y sin miedo. Cristo sí que renueva y hace nuevas todas las cosas.

     No en balde, inició su pontificado con aquellas prometedoras palabras: "¡No tengáis miedo! Abrid de par en par vuestras puertas a Cristo!". El mismo Juan Pablo II nos aclaró el sentido de estas palabras, en su libro entrevista Cruzando el umbral de la esperanza: "Cuando el 22 de octubre de 1978 pronuncié en la plaza de San Pedro las palabras: '¡No tengáis miedo!', no era plenamente consciente de lo lejos que me llevarían a mí y a la Iglesia entera. Su contenido provenía más del Espíritu Santo, prometido por el Señor Jesús a sus Apóstoles como Consolador, que del hombre que las pronunciaba. Sin embargo, con el paso de los años, las he renovado en variadas circunstancias. La exhortación '¡No tengáis miedo!' debe ser leída en una dimensión muy amplia. En cierto sentido era una exhortación dirigida a todos los hombres, una exhortación a vencer el miedo a la actual situación mundial, sea en Oriente, sea en Occidente, tanto en el Norte como en el Sur. ¡No tengáis miedo de lo que vosotros mismos habéis producido, no tengáis miedo tampoco de todo lo que el hombre ha producido, y que está convirtiéndose cada día más en un peligro para él! En fín, ¡no tengáis miedo de vosotros mismos! ¿Por qué no debemos tener miedo? Porque el hombre ha sido redimido por Dios. Mientras pronunciaba esas palabras en la plaza de San Pedro, tenía ya la convicción de que la primera encíclica y todo el pontificado estarían ligadas a la verdad de la Redención <o lo que es lo mismo, a la verdad de Cristo, Redentor y Redención>. En ella se encuentra la más profunda afirmación de aquel: '¡No tengáis miedo!': '¡Dios ha amado al mundo! Lo ha amado tanto que ha entregado a su Hijo Unigénito!' (Cf Jn  3, 16). Este Hijo permanece en la historia de la humanidad como el Redentor. La redención impregna toda la historia del hombre, también la anterior a Cristo, y prepara su futuro escatológico. Es la luz que 'esplende en las tinieblas y que las tinieblas no han recibido' (Cf Jn 1,5). El poder de la Cruz de Cristo y de su Resurrección es más grande que todo el mal del que el hombre podría y debería tener miedo" (Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, Barcelona 1994, pp 213-214)

     Papa de los derechos del hombre, paladín y constructor de la paz, defensor como nadie de la dignidad de la persona humana, luchador infatigable en pro de la vida, impulsor y promotor de una nueva cultura de la solidaridad y de la vida y de una nueva civilización del amor, hombre del diálogo y del encuentro entre las religiones, protector y padre de los pobres y defensor de los oprimidos, hombre libre como pocos y amante de la libertad para todos, evangelizador incansable,..., en definitiva, hombre apasionado, desde lo más profundo de su ser, por el hombre, por la verdad del hombre, al que definió y señaló como "camino de la Iglesia", maravillado por el ser del hombre y su grandeza con un verdadero asombro en todos sus escritos e intervenciones, el Papa Juan Pablo II ha sido todo eso precisamente por Jesucristo, quien, en cierto modo, con su encarnación, se ha unido a todo hombre, que sabe como nadie sabe lo que hay dentro del corazón del hombre, y que ha rescatado con su sangre preciosa al hombre esclavo y dominado por el mal.

     De Cristo tienen, tenemos, necesidad los pueblos y las naciones del mundo entero, las gentes de toda edad y condición. "Es necesario que en su conciencia resurja con fuerza la certeza de que existe Alguien que tiene en sus manos el destino de este mundo que pasa; Alguien que tiene las llaves de la muerte y de los infiernos (Ap 1, 18); Alguien que es el Alfa y la Omega de la historia del hombre (cf Ap 22,13), sea la individual como la colectiva. Y este Alguien es Amor (Cf 1 Jn 4,8-16). Amor hecho hombre, Amor crucificado y resucitado, Amor continuamente presente entre los hombres. Es Amor eucarístico. Es fuente incesante de comunión. El es el único que puede dar plena garantía de las palabras '¡No tengáis miedo!'" (Juan Pablo II, Cruzando el umbral, p 216). Toda la vida del Papa ha sido testimonio vivo, personal y verdadero, hecho carne de nuestra carne, amasado con la historia difícil de nuestro tiempo, desde su Polonia natal, a Roma y hasta los últimos rincones de la tierra, testimonio de ese Alguien que es Amor, de Cristo. Por ello mismo, su vida entera ha sido realizada en la verdad, la verdad del Evangelio, en la confianza filial a Dios y en la entrega sin reserva a los hombres. Testimonio, por esto, de una vida sin miedo ni temores, testimonio de resurrección y redención, de vida nueva, de costumbres y comportamientos nuevos que pueden ser muy exigentes o estar en contraste con la cultura de nuestra época, pero que expresan la grandeza y elevación del hombre, de su verdad y su dignidad.

     Lo que Juan Pablo ha dicho, las exigencias de vida moral que nos ha señalado a todos, que no son otras que las señaladas en el Evangelio, hechas carne y vida humana en Jesús, así como las llamadas tan importantes y bellas que ha hecho a los jóvenes, centinelas del mañana, tan queridos por él, no son irrealizables: en él mismo, en Juan Pablo II, hombre como nosotros, las hemos visto, hemos podido palparlas, como en estos días tan universalmente se reconoce. "Aceptar lo que el Evangelio exige quiere decir afirmar la propia humanidad completa, ver en ella toda la belleza querida por Dios, reconociendo en ella, sin embargo, a la luz del poder de Dios mismo, también sus debilidades: 'Lo que es imposible a los hombres es posible a Dios' (Lc 18,27)... Dios quiere la salvación del hombre, quiere el cumplimiento de la humanidad según la medida por Él mismo pensada"( Juan Pablo II, Cruzando el umbral, p 217). En el Papa Juan Pablo II, Dios ha querido actuar y nos ha mostrado esa medida y ese pensamiento. El Papa, que comenzó su pontificado con las palabras "¡No tengáis miedo!", ayudado de la gracia y en fidelidad a ella, ha procurado, según propia confesión, "ser plenamente fiel a tal exhortación", y ha estado, hasta el final, "siempre dispuesto a servir al hombre, a las naciones, y a la humanidad entera en el espíritu de esta verdad evangélica" (Juan Pablo II, Cruzando el umbral, p 222). No nos quedemos pues en la mera alabanza o en el sentido y emocionado recuerdo. También como Pedro, en el pasaje que hemos leído del libro de los Hechos, la persona, las palabras y los gestos, el testimonio en suma de Papa, que ha partido lejos, pero viviendo muy cerca, nos llama a una conversión, a una vida nueva, nos lleva a seguir sus huellas, las de esos pies grandes, presurosos por andar hasta los confines de la tierra, para enseñar lo que ha visto y oído, para que estando en comunión con toda la Iglesia cimentada en los Apóstoles, el mundo entero pueda gozar de la libertad, la alegría, el amor y la esperanza que se encuentran en Cristo, verdad de Dios y verdad del hombre, inicio de una humanidad nueva y de los cielos nuevos y la tierra nueva donde habite la justicia de Dios, que tanto quiere al hombre.

     Estas son nuestras raíces, las raíces de nuestra historia más propia, inseparable de Jesucristo, de la fe y aceptación de Jesucristo. No rompamos, por ello, con nuestras raíces cristianas, que son el rasgo más sobresaliente de nuestra identidad. Sólo así, nos dijo el Papa en su último viaje a España, seremos capaces de aportar al mundo y a Europa la riqueza cultural de nuestra historia (Homilía en la Eucaristía de Canonizaciones, 5); así construiremos mejor a hacer realidad un gran sueño: el nacimiento de la nueva Europa del espíritu, una Europa fiel a sus raíces cristianas (Discurso a los jóvenes, 2). Esta es la voz del Papa, profeta de nuestro tiempo. Dios ha hablado por él, en su vida, en su muerte y tras ella. Ojalá escuchemos esta voz. Esta voz que nos dijo: "España evangelizada, España evangelizadora: ése es tu camino". Ahí está nuestro futuro, ahí tenemos nuestro camino, ahí encontramos la esperanza.

X Antonio Cañizares Llovera

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

 

BENEDICTO XVI, PAPA

 

Comunicado del Sr. Arzobispo ante la elección de S. S. Benedicto XVI

 

19 de abril de 2005


Demos gracias a Dios. Bendito y alabado sea. Mi alma proclama la grandeza del Señor. El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres. Dios ha enriquecido a la Iglesia con un nuevo sucesor de Pedro: El cardenal Joseph Ratzinger, un pastor conforme al corazón de Dios. Junto a la alabanza y a la acción de gracias, elevamos la plegaria por el nuevo Papa, Benedicto XVI. Elevemos preces por el Santo Padre, y por su ministerio de sucesión de Pedro de comunión eclesial universal, de presidencia en la caridad del colegio apostólico y de toda la Iglesia, de confirmación en la fe de todos los hermanos y de garantía de permanencia en la verdad revelada y de fidelidad a ella por parte de la Iglesia Católica y Apostólica de forma que en todas las iglesias se escuche la verdadera voz de cristo Pastor.

     Es un día en que deberíamos fortalecer la veneración y la obediencia al Papa, el afecto filial hacia su persona que siempre han distinguido al católico. La sensibilidad del pueblo, su sentido de fe, ha mostrado siempre una gran cercanía, escucha y atención hacia quien es el Sucesor de Pedro y Siervo de los siervos de Dios. Al pueblo fiel le importa el Papa. Se trata siempre del Papa y de la figura y misión del Papa en la Iglesia, al servicio de la comunión eclesial. Necesitamos al Papa, porque es roca firme en la que descansa y se apoya la Iglesia.

     Y sin comunión no hay Iglesia. Pero esta comunión es siempre con Pedro y bajo Pedro, es decir, con el Papa y bajo el Papa. Ya en los Evangelios se reconoce una preeminencia de pedro, al que suceden los Obispos de Roma, sobre el resto de los Apóstoles. Como sucesor de Pedro, el Papa ha sido constituido como principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad de fe y de comunión tanto de los demás Obispos como de la multitud de fieles. El Espíritu santo sostiene al Papa para que haga partícipes de este bien esencial a todas las comunidades e Iglesias en la sola y única Iglesia de Jesucristo.

     El Papa es, en expresión hermosa "siervo de los siervos de Dios", el primero entre los servidores de la unidad, roca sobre la que se fundamenta la Iglesia, Pastor de toda la grey del Señor, el que confirma y fortalece en la fe a todos sus hermanos, el que dirige y guía a la comunidad universal de los discípulos de Jesús extendida de oriente a occidente, el que representa, consolida y fortalece la comunión del Colegio Episcopal.

     Su ministerio es, en expresión de Juan Pablo II "un ministerio de misericordia nacido de un acto de misericordia de Cristo. Es esta misericordia de Cristo la que ha dotado a su Iglesia con el servicio de Pedro y de sus sucesores para que todos seamos "uno", permanezcamos a la unidad y el mundo crea que Jesucristo, el único nombre en el que podemos ser salvos, es el enviado del Padre, como paz, camino, verdad, vida, esperanza para todos.

     Demos gracias a Dios en este día por el don  del Papa y por su imprescindible ministerio. Crezca entre nosotros nuestra adhesión personal e inquebrantable al Papa, a este Papa, Benedicto XVI. Que se acreciente nuestro amos hacia él y nuestra fidelidad a sus enseñanzas. Ese amor y fidelidad es la garantía de permanecer unidos a Cristo y así ser Iglesia enviada a los hombres para anunciarles que Dios les quiere y está con ellos y por ellos. Necesitamos del papa y él necesita de nosotros, de nuestra oración y apoyo filial y gozoso.

     Que Dios nos guarde al nuevo Papa. Es un regalo suyo a toda su Iglesia santa. ¡Qué gran defensor de la fe, qué gran testigo de esperanza, qué gran defensor y servidor de todo hombre, de los más débiles, inocentes e indefensos! Él nos anima desde el primer momento de su pontificado con su sencillez.

 

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI  2005


Convocada por el querido Papa Juan Pablo II, de feliz memoria, toda la Iglesia está celebrando el Año de la Eucaristía, desde octubre de 2004 a octubre de 2005, como culminación y síntesis del camino recorrido a lo largo de los años de preparación del Jubileo del 2000, del mismo Jubileo, y en los años sucesivos.

    Un año entero dedicado a este admirable Sacramento, para ahondar más y más en el conocimiento y participación en el misterio eucarístico, y en la adoración al Santísimo; y, así, revitalizar con renovado vigor en el pueblo cristiano la fe y la experiencia viva de este sacramento de nuestra fe, centro vital de la Iglesia, fuente y cima de la vida cristiana y de su obra evangelizadora. Un año que, en cierta manera, recoge y condensa, a modo de testamento, el pontificado de nuestro admirado Papa, tan luminoso y esperanzador, con el que Dios ha enriquecido a su Iglesia y a toda la Humanidad.

    Recordando palabras suyas, la diócesis de Toledo, tan hondamente eucarística, sabe, quiere y debe tomar conciencia cada día mayor que "la Iglesia vive de la Eucaristía", y que "esta verdad encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia"; así mismo "experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: 'He Aquí que estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo'". La diócesis de Toledo es consciente también de que "este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza". Por esto, la mirada de nuestra Diócesis, como la de toda la Iglesia, se dirige continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifestación de su inmenso amor" (Ecclesia de Eucaristía, 1).

    Queremos que esta mirada se avive, aclare e intensifique en este Año Eucarístico: hacia la Eucaristía queremos y habremos de dirigir nuestra mirada y nuestro corazón, de cada uno de los fieles y de las comunidades de la diócesis. Nuestras comunidades y cuantos formamos la Iglesia diocesana no viviremos cuanto entraña la experiencia cristiana de Dios y no aportaremos nada particularmente relevante al mundo, si no participamos, celebramos, y vivimos como se requiere la Eucaristía, y si no ahondamos en cuanto este Misterio de nuestra fe entraña. Esto es lo importante.

    Por esto y para esto se están llevando a cabo por doquier múltiples iniciativas. También en nuestra Diócesis, como es sabido, cuanto comporta este Año ha sido asumido en nuestro Plan Pastoral diocesano como objetivo prioritario del mismo y a través de diversas acciones. En las parroquias, arciprestazgos y Vicarías territoriales se han realizado múltiples catequesis, predicaciones, encuentros, celebraciones, actos de adoración. Se está difundiendo una campaña de concienciación y formación sobre el domingo, centrado en la Eucaristía. Se intenta "mejorar" nuestras celebraciones. Se está fomentando el culto Eucarístico y la adoración. Se ha comenzado, desde el principio de la Cuaresma, la adoración perpetua al Santísimo Sacramento en nuestra diócesis, concretamente en la Capilla Arzobispal de la Inmaculada, donde día y noche, las 24 horas, se adora al Señor.

    Y como acción que, de alguna manera, concentra la atención de la Diócesis: la celebración, en la ciudad de Toledo, del Congreso Eucarístico diocesano, con fases de preparación en las parroquias, arciprestazgos y Vicarías territoriales, los días 26 al 29 de mayo, coincidiendo con la solemnidad del Corpus Christi, y una gran celebración diocesana en La Peraleda el 25 de junio, a la que también, en el Año de la Inmaculada en España, se unirá la consagración de la diócesis a la Santísima Virgen María y la concentración de las imágenes marianas de las devociones de nuestros pueblos.

    En este contexto tenemos, así mismo, la solemnidad del Corpus que este Año habrá de celebrarse con especial relieve en todas las parroquias, también aquí en Toledo. Recordemos, una vez más, que la fiesta litúrgica, en cuanto tal, del Corpus, este año como los anteriores, y mientras la Iglesia no disponga otra cosa, es el domingo día 29 de mayo. En el marco de este día se celebra, como he dicho, el Congreso Eucarístico diocesano, con toda una serie de acciones. En este mismo espacio y con el objeto, además, de intensificar en el pueblo cristiano de Toledo cuanto significa la Eucaristía y la adoración al Santísimo, tendremos una serie de actos.

    No podemos olvidar, por lo demás, que esta fiesta es ante todo y sobre todo una fiesta religiosa, eclesial, que no puede ser reducida y menos desvirtuada por nada ni por nadie. No se trata de algo turístico, ni cultural, por mucho que sea visitada por muchos como un acontecimiento de singular belleza. Es una fiesta, ciertamente, en que se define de manera destacada la identidad de Toledo, sencillamente porque Toledo está amasada con la fe cristiana y Toledo adquiere toda su significación histórica cuando, en el Tercer Concilio, profesa la verdadera fe católica que unifica a los pueblos de España. La Eucaristía es, por antonomasia, el sacramento de la fe. Pocas fiestas, por lo demás, hay tan entrañadas en el alma del pueblo de Toledo, con tan honda raigambre en él y de tan larga tradición secular.

    La solemnidad del Corpus toledano es, sin duda única. Pero este Año de la Eucaristía, Toledo se va a esforzar de manera especial en darle un realce singular. Por supuesto, en primer lugar, por la Eucaristía misma, Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Pero también, como homenaje a nuestro entrañable Papa, que tanto ha enseñado sobre la Eucaristía, que tan en el centro de la Iglesia, como no puede ser de otra manera, nos la ha mostrado, y, en particular, porque él ha sido un hombre hondamente eucarístico en su espiritualidad y en su forma de vida, ofrecida con Cristo por completo a Dios Padre en favor de todos los hombres y para la unidad y reconciliación de todos en el amor.

    Por eso, este año, siguiendo el deseo del Santo Padre vamos a tratar de vivir con "particular fervor la solemnidad del Corpus Christi". La vamos a vivir no en un solo día, sino con todos los actos religiosos y eclesiales que se han planeado para toda la semana, incluido el Triduo, adelantado, que el Cabildo Catedral celebra tradicionalmente tras el día de fiesta. La celebración del Corpus aquí es todo el conjunto y todo tiene su importancia. El centro está en la celebración y participación de la Eucaristía, que tendrá toda la solemnidad que le corresponde el día 29, domingo, y el jueves, 26, con que se abrirá el Congreso Eucarístico diocesano.

    Se celebrará, por supuesto, "con la tradicional procesión", en su día litúrgico, pero que, por esta vez se va a ampliar con otras procesiones: una, el jueves día 26, con los niños, las familias y los ancianos y enfermos, con el recorrido tradicional, como la del domingo; con estación de adoración en plaza de Zocodover, y con oración y canto de los niños, mensaje, y bendición de los enfermos con el Santísimo en plaza del Ayuntamiento: será un día singular y especialmente toledano. Otra procesión será por la noche, a las 23 horas, con antorchas, con un Rosario Eucarístico, el viernes día 27, con los jóvenes y movimientos eucarísticos y apostólicos, con recorrido distinto.

    Todas, las tres procesiones, abiertas a todos; a todos se invita. Es evidente que no todos vendrán a cada una de ellas, aunque es deseable la máxima participación; y aunque la procesión del jueves y la del viernes se invite de manera particular a los que he indicado. A las autoridades y las instituciones se les invita particularmente a la del jueves y a la del domingo. A los Capítulos, por ser este año el Año de la Eucaristía, se les ruega participen con su vestidura propia el jueves y el domingo. Las tres con una única finalidad, estrictamente religiosa: dar culto al Señor, adorar al Santísimo, revitalizar el sentido y alma eucarística del pueblo cristiano. Todo se enmarca este Año en ese fin de destacar lo que está en el centro de la vida eclesial: la Eucaristía. Que no se tergiversen las cosas.

    Al mismo tiempo, como he señalado, se acompañará esta fiesta con la celebración del Congreso Eucarístico Diocesano. Las sesiones académicas y conferencias del Congreso comenzarán el jueves, día 26, a las 17 horas en el Salón de Concilios del Arzobispado, y se prolongarán a lo largo del viernes y el sábado, días 27 y 28; culminará el Congreso con una conferencia, y la "Vigilia de las Espigas" de la Adoración diocesana, y la correspondiente procesión, en Torrijos, donde descansan los restos de la venerable Teresa Henríquez, "Loca del Sacramento". Serán días en que, además, habrá en las parroquias y comunidades religiosas, momentos especiales de adoración y vigilias eucarísticas. De nuevo también se representarán en la S.I. Catedral Primada autos sacramentales: "Pastor Lobo", de Lope de Vega, y "La Hidalga del Valle", de Calderón de la Barca", en la tarde del viernes 27 y del sábado 28, por el Grupo "Mira de Amezcua", de Granada. Se tendrá también la celebración litúrgica de Vísperas solemnes el día 28 con participación particular de los miembros de la Vida consagrada. Y no podemos olvidar, la tradicional ofrenda de los niños toledanos, el miércoles, día 25, a las 10'30 de la mañana.

    Que estos días, como todo el Año de la Eucaristía sean "para todos una excelente ocasión para tomar conciencia del tesoro incomparable que Cristo ha confiado a su Iglesia. Que sean estímulo para celebrar la Eucaristía con mayor vitalidad y fervor, y que ello se traduzca en una vida cristiana transformada por el amor" (Juan Pablo II, Mane nobiscum Domine, 29). Que brille de verdad y con todo su esplendor "nuestro" Corpus. Pido a todos que nos dejen a los cristianos celebrar estos días como creemos que debemos hacerlo en este Año de la Eucaristía, año especial; que nos respeten y que no haya intromisión alguna por realidades ajenas. Con todos mantenemos y queremos mantener una excelente relación. La Eucaristía, es además, sacramento de comunión, de unidad, nunca de división, ni de enfrentamiento. Además, con los actos especiales de este año no se rompe ninguna tradición toledana, ni ninguna disposición eclesial. Tengo muy presentes, y las hago una vez más mías, sucribiéndolas, las espléndidas orientaciones y disposiciones de mi querido y admirado D. Marcelo. Todo ello queda potenciado, enriquecido y exaltado este Año de la Eucaristía, con todo lo nuevo que se introduce. ¿Acaso no podemos potenciar y enriquecer el legado precioso que hemos recibido?

    Que todo Toledo, pueblo cristiano, de raíces cristianas y de fundamentos eucarísticos, vibre de manera destacada por su piedad y sentido eucarístico. El impacto de la secularización han podido hacer mella en esta fiesta. Por esto es necesario que sea una fiesta donde se proclame con toda verdad gozosamente la fe que da sentido y razón a nuestro vivir. Como nos pide el Papa: "Que la fe en Dios que, encarnándose se hizo nuestro compañero de viaje, se proclame por doquier y particularmente por nuestras calles y en nuestras casas, como expresión de nuestro amor agradecido y fuente de inagotable bendición" (Juan Pablo II).

    Que sean unos días donde, de verdad, se confiese públicamente con los labios y el corazón, la fe en Jesucristo, Hijo único de Dios, centro y clave de todo lo creado, raíz de nuestra esperanza, fundamento último para el edificio del mundo y de la sociedad, piedra angular de la Iglesia. "En la adoración al Santísimo Sacramento contemplamos a nuestro único Maestro, que hoy como ayer continúa acompañándonos para ofrecer la gracia y la misericordia de Dios Padre a todas las gentes, ofreciéndose a sí mismo como alimento para que no desfallezcan en el camino".

    Cuando tantos cristianos -así parece, al menos- pretenden vivir la fe como en la clandestinidad o en el anonimato, cuando no pocos ocultan sus convicciones, es necesario que los cristianos manifestemos en público esa fe, sin arrogancia alguna, pero con firmeza y respeto para todos. No podemos acomplejarnos de la presencia real de Cristo, Evangelio vivo de Dios, fuerza de salvación para todo el que cree. No podemos ni debemos ocultar lo que Jesús nos dice que proclamemos en las calles, desde las terrazas: su amor, el amor de Dios entregado a los hombres en su cuerpo, en su persona para la vida del mundo. No podemos ni debemos ocultar ni silenciar al que es el Hijo de Dios venido en carne, luz para todo hombre, camino, verdad y vida, reconciliación y paz, salvación para todo hombre y alivio para quien acude a El.

    ¿Cómo vamos a dejar de proclamar en público y por todas las partes, como haciendo partícipes a todos los que nos vean pasar o se agolpen al paso del Señor, que Dios está ahí, que Dios nos ama a todos y a cada uno de los hombres ?¿Cómo no proclamar, a plena luz y ante las gentes, el amor de Dios que nos ha hecho hijos suyos queridos uniéndonos al Hijo Unigénito, Jesucristo?¿Cómo vamos a dejar de proclamar que Jesucristo es el pan de vida, si estamos tan necesitados de esa vida que es El para no caminar por las sendas de oscuridad o de muerte o para no desfallecer sin fuerzas en el camino de la vida? ¿Cómo no proclamarlo, pedir, y ofrecer este Pan de vida y alimento de salvación, cuando el hombre tiene hambre de este pan que es Cristo, el único que tiene palabras de vida eterna?

    Es en el Cuerpo de Cristo, al que adoramos expuesto en la maravillosa custodia de Arfe, donde se nos brinda el amor con que Él mismo nos ha amado y ama hasta el extremo, el amor que necesitamos los hombres para amarnos como El mismo nos ha amado. La Eucaristía es la gran escuela del amor fraterno. Es siembra y exigencia de fraternidad y de servicio a todos los hombres sin excepción empezando por los más necesitados en su cuerpo y en su espíritu. Así, quienes comparten frecuentemente el pan eucarístico no pueden ser insensibles ante las necesidades de los hermanos, sino que deben comprometerse en construir todos juntos, a través de las obras, la civilización del amor. La Eucaristía nos conduce a vivir como hermanos, nos reconcilia y nos une.

    Necesitamos del Sacramento Eucarístico para que nuestro amor a Dios y a los hermanos tome verdadera fuerza y vigor y nos haga avanzar en el camino que siembra de vida y amor este mundo nuestro. Este amor exige de los fieles cristianos renovar en el seno de la sociedad el sentido cristiano de la comprensión cordial, de la ayuda a los más débiles, de solidaridad y cooperación al bien de todos.

    Quienes participamos en verdad en la Eucaristía, sacramento de piedad y vínculo de unidad, en la medida que nos corresponda, habremos de esforzarnos por aunar voluntades, trabajar por la unidad de todos. No podemos sentirnos tranquilos y satisfechos ante la situación de tantos hermanos nuestros que no cuentan con lo necesario para una vida auténticamente digna. No obstante el indudable progreso que se ha registrado en muchos campos, no podemos cerrar los ojos ante los graves problemas sociales de hoy. Necesitamos que del amor que se nos entrega en la Eucaristía brote un gran movimiento de caridad real y eficaz, de solidaridad efectiva, impulsado por los cristianos que nos llama a hacer todo lo que esté en nuestras manos para luchar contra la pobreza y poner siempre a la persona humana, su dignidad y sus derechos, por encima de los egoísmos e intereses de grupo.

    En esta hora, la participación en la Eucaristía exige de los cristianos un renovado esfuerzo en favor de la justicia y la libertad verdadera, el rearme moral de nuestro pueblo, el fortalecimiento de los valores fundamentales de la convivencia social, la defensa de la verdad que nos hace libres, el desarrollo de la cultura de la vida mediante la promoción y la defensa de la vida en todas las fases de su existencia desde su gestación hasta la muerte, el diálogo constante y la comprensión y aceptación respetuosa de las personas y de las ideas ajenas, la responsable participación de los ciudadanos a todos los niveles en la vida pública, la difusión de una mentalidad que propugne el imperativo moral y la voluntad de servicio como un constante punto de referencia en las relaciones sociales.

X Antonio Cañizares Llovera

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

ALOCUCIÓN EN LA PLAZA DE ZOCODOVER DE TOLEDO

 

Toledo, 29 de junio de 2005

Solemnidad del Corpus Christi


     Necesitamos el auxilio y el favor de Dios ante los problemas tan arduos e intrincados de la paz en el mundo: paz, por lo demás, tan rota y amenazada hoy en tantos lugares de la tierra. Con la mirada puesta en el Cuerpo de Cristo, entregado para la reconciliación de todos, pidamos confiadamente a Dios, fuente inagotable de todo amor, que nos libre de todo odio, de toda violencia, de todo terrorismo, de todas las destrucciones de vidas humanas, de todo mal que se oponga a la paz verdadera, la que no es posible sin la base de la ley moral universal, esto es, sin la base del seguimiento del bien y del rechazo del mal, del "no dejarse vencer por el mal, antes bien, del hacer posible que se venza al mal a fuerza de bien" .

     Pidamos a Dios "que cesen tantas formas de creciente violencia, causa de indecibles sufrimientos; que se apaguen tantos focos de tensión, que se consolide la voluntad de buscar soluciones pacíficas; respetuosas de las legítimas aspiraciones de los hombres y de los pueblos; que aliente El mismo las iniciativas de diálogo ye reconciliación; y que nos ayude a comprender que la única vía para construir la paz es huir horrorizados del mal y buscar siempre y con valentía el bien” (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2003).

     Oremos para que nunca más golpee el terrorismo en nuestras tierras de España -ni en ninguna parte del mundo-, que todos estemos frente a él; que se multiplique la misericordia de Dios y la solidaridad, la ayuda de la caridad y de la justicia de los hombres en favor de sus víctimas. Que crezca en todos los ciudadanos y personas de bien un verdadero amor al hombre, a todo hombre sin excepción alguna ni marginación de ningún tipo; que se respete la vida del hombre en todas y cada una de las fases de su existencia, desde el principio de su ser hasta su muerte natural, ni se le manipule, ni se le instrumentalice para otras causas o intereses, aunque puedan tener apariencia de nobles. Que la ciencia se ponga al servicio del hombre, no a la inversa, que se ejerza con conciencia para que no se vuelva contra el propio hombre. ¡Que Dios nos conceda la paz, que sólo él puede dar! Que Él nos dé su gracia para que todos seamos personas que trabajan decididamente por la paz: así seremos dichosos, hijos de Dios, nuestro Padre, llamados a edificar día tras día la paz en la justicia, la verdad, la libertad y el amor.

Orar por la fe y por la evangelización

Necesitamos la ayuda del Cielo, el auxilio de Dios ante la ingente tarea de evangelizar que hoy nos urge y apremia. Ante la fuerte secularización y el laicismo pidamos por España: que sepa recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por un profundo amor al hermano; para sacar de ahí fuerza renovada que nos haga infatigables creadores de diálogo verdadero y promotores de justicia, alentadores de cultura y elevación humana y moral de nuestro pueblo. Pidamos a Dios que, con su Espíritu, renueve nuestras mentes y corazones, nuestros criterios de juicio y nuestra mentalidad, tal vez en muchas cosas contrarios al Evangelio, que renueve nuestra vida moral y religiosa en consonancia con la ley de Dios, y conformando nuestra voluntad con la voluntad divina y su designio sobre la historia; que nos conceda vivir y madurar en una mentalidad y en un corazón verdaderamente evangélicos, para juzgar, pensar, sentir, esperar, amar y actuar como Jesús: así será posible la renovación en nuestra sociedad en la que vivimos.

     Pidamos por nuestra diócesis de Toledo y por todas las diócesis de nuestro país, para que, permaneciendo en la unidad de la misma y única fe de la Iglesia -que tantos vínculos guarda con Toledo- y robustecidas por el amor mutuo, se nos quiten los complejos y los miedos de aparecer como cristianos; que nos conceda la fortaleza y valentía de que se nos note lo que somos, católicos, y que, sin temor, salgamos a donde están los hombres a evangelizar, dar testimonio y hacer presente, en obras y palabras, el Evangelio vivo de Jesucristo, que es fuerza de salvación para todo el que cree, fuente y raíz de toda esperanza y de humanización verdadera. Que, arraigados en el Evangelio, enraizados en Cristo, vivamos de verdad las exigencias del Evangelio para contribuir decididamente a la renovación de la sociedad, a la creación de una nueva cultura de la vida y de la fraternidad y de una nueva civilización del amor. Que Dios nos conceda, en suma, una revitalización y trabazón cristiana de nuestras comunidades cristianas para hacer posible un nuevo y buen tejido de nuestra sociedad.

Orar por la familia, los niños y jóvenes. Por su educación

También debemos pedir por las familias, siempre, pero aún más en esta hora difícil que atraviesa la institución familiar, asentada en el matrimonio entre un hombre y una mujer , querida así por el Creador desde el mismo principio y para siempre, basada en el amor inquebrantable y fiel, y abierta a la vida. Ante nuestra mirada tenemos las grandes dificultades y los graves ataques de que es objeto la familia. Corren tiempos muy recios y nada fáciles para las familias. Por ello es necesario orar insistentemente y mucho a Dios por ellas; que les conceda gracia, fortaleza y solidez en la fe y en el amor para que Cristo esté siempre en su centro y en su hogar, se mantengan firmes en la verdad y fieles al Evangelio de la familia y de la vida, y, así también, inquebrantables en el amor sin fisuras, gozosas por recibir el don de la vida y por ser santuario de la vida, llenas de aliento y ánimo para seguir siendo enseña de esperanza para la sociedad y educadoras de sus hijos y nietos en el verdadero humanismo.

     Oremos para que sigan habiendo y multiplicándose hombres y mujeres, matrimonios y familias, que defiendan y protejan valientemente la familia, el único espacio que queda de humanización, el único lugar de la sociedad donde el hombre puede formarse como hombre, como persona. Roguemos, pues, a Dios que nadie arrebate, debilite o dificulte la misión educadora de las familias, ni usurpe los derechos inalienables y en modo alguno negociables que les corresponden en la educación de sus hijos

     Para que tenga futuro nuestra sociedad, para que no sufra el invierno demográfico, ni se vea privada de la sonrisa, ni de la promesa y alegría de los niños, y para que pueda vivir en la paz donde cada uno es reconocido y respetado por lo que es como persona, necesitamos invocar a Dios que conceda luz, sabiduría, prudencia y decisión a quienes corresponda para defender y promover el matrimonio y la familia en toda su verdad y extensión. Protegiendo a la familia se fortalecerá, inseparablemente el primer recurso de la nación.

     Estamos llamados y urgidos a que las familias, en medio de las dificultades que las envuelven hoy, tomen conciencia de sus propias capacidades y energías, confíen en sí mismas, en las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la misión que Dios les ha confiado: es necesario que las familias de nuestro tiempo vuelvan a remontarse más alto. Es necesario que se abran y sigan a Cristo. Es preciso, para el bien de todos, hacer de las familias cristianas verdaderas" iglesias domésticas", lugares de encuentro con Dios y oración, centros de irradiación de la fe, escuelas de vida cristiana, así Como enriquecer la vida de las familias y sostenerlas con toda la riqueza de vida que proviene de Cristo.

     Al pensar en la familia y rezar por ella, no podemos dejar de hacerlo también por los niños y los jóvenes. Los pequeños, al ser los más frágiles y necesitados, son los que mayor atención, y cuidado merecen. Que Dios los guíe y los proteja, para que nunca les falte el amor y el cariño de sus padres, el abrigo del hogar, la tutela de la educación en la verdad; que en todo se vean respetados y no se les robe el alma con un ambiente social o una pseudocultura hedonista, permisiva, alienante y vacía.

     No podemos olvidar en nuestra oración a los jóvenes. Lo tienen muy difícil. Son muchos los intereses que pretenden hacer presa de ellos. Por eso pidamos para ellos que no caminen como ovejas sin pastor, que encuentren quien les lleve a Jesucristo, porque es en Él donde encontrarán la felicidad que andan buscando, la raíz y la fuerza para ser verdaderamente libres, el camino que les oriente y les lleve a apuntar a lo alto, la razón de la esperanza que les impulse con sentido hacia el futuro, y la escuela donde hallar el verdadero, pleno, el profundo significado de palabras tan queridas para ellos, como son "paz, amor, justicia". Que Dios les conceda creer en su Hijo Jesucristo, la verdad del hombre, inseparable de Dios, para que su vida se llene de sentido y de razones para vivir. Si conocieran el don de Dios, si conocieran a Jesucristo, si alguien los llevara junto a Él, seguro que estarían con Él y lo seguirían. 

X Antonio Cañizares Llovera

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

INAUGURACIÓN DE LA EXPOSICIÓN

«YSABEL, LA REINA CATÓLICA»

Y DE LA RESTAURACIÓN DE LAS BÓVEDAS

Y DE LA CAPILLA DE SAN BLAS

EN LA S. I. CATEDRAL PRIMADA

 

Acto de presentación ante los medios de comunicación social,

el 13 de junio de 2005


El próximo día 15, Dios mediante, Su Majestad el Rey, en un gran gesto para con la Archidiócesis de Toledo y nuestra Ciudad, inaugurará la restauración de la Capilla de San Blas y de las bóvedas y paramentos de esta Catedral, y la Exposición «Isabel, la Reina Católica».

     Con esta Exposición y otras iniciativas, la Archidiócesis Primada ha querido sumarse a la conmemoración y homenaje a la Reina Isabel I, la Reina Católica, en el V Centenario de su muerte, acaecida el 26 de noviembre de 1504. Una mujer, que ha jugado un papel principal en la providencia por la que hoy nosotros somos lo que somos. España, sin duda, le debe reconocimiento. También la Iglesia, de la que siempre se consideró fiel hija, se suma a este merecido reconocimiento a quien, entre otras cosas, impulsó la evangelización de América. Igualmente la Archidiócesis de Toledo mantiene viva esta memoria, dada su especial vinculación que tuvo con ella. Lugares y personas toledanas son inseparables de la Reina: Toledo, Ocaña, Guadalupe; Santa Beatriz de Silva, Hernando de Talavera, Mendoza, Cisneros, Teresa Henríquez; Catedral, San Juan de los Reyes…

     Más allá de otras realidades, a Toledo e Isabel les une su _erardo_a y su común vocación de unidad de las tierras de España, cuyas raíces se remontan al tercer Concilio de Toledo, raíces cristianas a mantener vivas si no queremos renunciar a nuestra identidad más propia y perder rumbo y horizonte para hacer hoy la historia que nos corresponde.

     Con esta Exposición, lo mismo que con el Ciclo de Conferencias pronunciadas, el pasado diciembre, en la incomparable sacristía de esta misma Catedral, la Archidiócesis Primada quiere contribuir a que aparezca con mayor claridad la verdad de esta gran mujer, gran madre, gran cristiana, grande Reina. Pretendemos con toda sencillez colaborar a desvelar la verdad, es decir, a quitar el velo, dejar ser a la realidad de Isabel I de Castilla, la que fue, tal y como fue, y como es. Permítanme que, como Obispo, dé gracias a Dios por la Reina Isabel: por ella, en gran medida, hoy y aquí, somos cristianos; así de sencillo, así de verdadero.

     La Catedral es continente y contenido de esta Exposición. Ésta, como la figura y descripción de la misma Reina Isabel, queda enmarcada en el conjunto catedralicio, en sus capillas, en sus salas, en su coro, en sus obras de arte como la Custodia de Arfe; de alguna manera nos evoca aquella figura, su tiempo, su hálito. La Exposición queda engrandecida por el marco incomparable de la Catedral. Y la Catedral queda realzada y como más situada, si cabe, con la misma Exposición. Ensamblaje y armonía entre una y otra, como podrán apreciar, muy lograda.

     El espacio de la Catedral ha quedado realzado, además, en toda su belleza y hermosura con las obras de restauración que se han llevado a cabo en las bóvedas y paramentos durante casi un año, y que hoy se inauguran. «Parece otra», dicen algunos visitantes que hace tiempo no se acercaban a ella. Hasta parece más esbelta, más luminosa, más acogedora, a la par que más recinto de gloria. Es una muestra de lo que la Iglesia diocesana, con su esforzado y admirable Cabildo Catedralicio, trata de impulsar para el bien de todos y gloria de Dios.

     Finalmente, inaugurará Su Majestad la restauración de una de las obras de arte religioso más singulares y bellas que tenemos en España: la Capilla de San Blas, promovida por el gran Arzobispo de Toledo, Pedro Tenorio, con la obra pictórica del pintor italiano _erardo Starnina. Visitar la capilla nos sumerge en el quatrocento italiano, como si nos trasladásemos a la Iglesia de Asís con las pinturas del Giotto. No hay, por otra parte, ninguna otra muestra semejante del quatrocento italiano en nuestras catedrales. Sin duda, es una de las más importantes joyas con que cuenta nuestro patrimonio eclesial y patrio. La restauración llevada a cabo, por lo demás, ha sido de tal maestría que surgen espontáneos la admiración y el asombro.

     Estas tres iniciativas, que se inaugurarán el próximo miércoles, son señal viva y muestra fehaciente de lo que la Iglesia, concretada ahora en la Archidiócesis de Toledo, ha hecho a lo largo de siglos, y quiere seguir haciendo en el campo de la cultura, del arte, de la historia, en el servicio de la humanización de la sociedad, tan acorde con el Evangelio y reclamado por él mismo. Conservar todo ello, mantenerlo vivo y entregarlo a las generaciones venideras es una contribución y un servicio a la causa del hombre.

     Todo esto ha sido posible gracias a muchas ayudas y mecenazgos, gracias a no pocas personas e instituciones que han puesto ahí su muy grande colaboración o su patrocinio, su inteligencia y su sabiduría, su iniciativa y su capacidad, su altruismo y su generosidad, su sacrificio y su trabajo, sus dotes propias y sus medios. Por ello ahora cumplo con el sagrado deber de agradecimiento más pleno y hondo de la Archidiócesis toledana:

     -a World Monuments Fund, Iberdrola y la Fundación Cultura y Deporte de la Comunidad de Castilla-La Mancha, patrocinadores que, con su mecenazgo han hecho posible la restauración de la capilla de San Bias;

     -a los Ministerios de Fomento y de Cultura que han contribuido de manera decisiva con el 1 % cultural en la financiación de las obras de restauración de bóvedas y paramentos de la Catedral, junto con la aportación de la propia Catedral y su Cabildo;

     - a La Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, Diputación Provincial y Ayuntamiento de Toledo, al Grupo Modelo, de Méjico, Caja de Castilla-La Mancha, Grupo Editorial Planeta, Caja Rural de Toledo, Caja Sur, de Córdoba, Restaurante Adolfo, Grupo De Torres, UMAS Seguros, Fundación Altadis y Real Fundación de Toledo, entidades e instituciones que han aportado los medios económicos necesarios para que sea una realidad hoy la Exposición en memoria de la Reina Isabel, La Católica. También a la Universidad de Castilla-La Mancha y a la Asociación de Hostelería de Toledo por su colaboración desinteresada.

     Junto a mi agradecimiento debo también añadir mi felicitación a los arquitectos, restauradores y artistas que han llevado a cabo o dirigido la maravilla de la Capilla de San Blas. A los arquitectos y técnicos que han trabajado en la restauración de Bóvedas y Paramentos de la Catedral. A quienes, como comisarios, han ideado y puesto en práctica el proyecto de la presente Exposición y el Catálogo de la misma; al grupo de arquitectos que lo han ejecutado, a todos los que han estado trabajando, o van a colaborar con su trabajo, en la muestra de esta magna Exposición. Omito sus nombres, que son muchos, y merecedores todos del máximo encomio por su labor. Gracias a cuantas personas e instituciones han prestado con tanta generosidad como buen espíritu cuanto aquí su expone.

     Gracias, muchas gracias a todos, en nombre de la Iglesia diocesana de Toledo y en mi propio nombre. Mi felicitación, y la felicitación de la Archidiócesis, sin reserva alguna, a todos.

     Gracias, muchísimas gracias, de manera particular, a su Majestad, que, en esa magnanimidad que le caracteriza, ha accedido de manera tan generosa y gentil, a estar con nosotros, una vez más, ya presidir la inauguración de estas tres importantes iniciativas llevadas a cabo en nuestra catedral Primada. 

X Antonio Cañizares Llovera

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

HOMILÍA EN LA ORDENACION DE SACERDOTES Y DIACONOS

 

Santa Iglesia Catedral Primada

Toledo, 10 de julio de 2005


     Demos gracias a Dios que hoy nos bendice con el inmenso don de estos nuevos sacerdotes y diáconos. La palabra de Dios se muestra aquí y ahora ante nosotros y por nosotros viva y eficaz, no vuelve a Él vacía pues constituye realmente a estos hermanos nuestros en presencia sacramental de Cristo sacerdote, siervo y servidor. Como espada de doble filo penetró hasta el fondo de vuestra alma la palabra que os llamaba a seguir a Jesucristo, queridos ordenandos, os sedujo, os dejasteis seducir, y acabáis de decir: "Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad". Ha dado en estos jóvenes su fruto del ciento por uno. Se cumple también entre nosotros de manera real y eficaz la palabra divina que promete a su pueblo: "Os daré pastores conforme a mi corazón"; pastores conforme a Cristo, configurados con Él, ungidos por el Espíritu, para hacer llegar el don del amor misericordioso de Dios por la Eucaristía y la siembra de la Palabra, por los sacramentos de la gracia y la predicación del Evangelio.

     Con el gozo inmenso de ver y palpar las maravillas de la Palabra divina que de esta manera fecunda y hace germinar nuestra tierra, compartiendo con todos la acción de gracias y la alabanza, saludo y doy la bienvenida al Sr. Obispo de la diócesis de El Alto, en Bolivia, a mis queridos Obispos Auxiliares, a mis entrañables hermanos sacerdotes, a los queridísimos ordenandos, a todo el Seminario Mayor y Menor, con sus formado res y seminaristas, a las familias agraciadas hoy por la ordenación de sus hijos, a todo el pueblo de Dios aquí congregado por la misma Palabra de Dios.

     Bien podemos decir, queridos hermanos, que hoy, en esta santa Iglesia Catedral de Toledo, como hemos escuchado a san Pablo, estamos tocando un poco de "la gloria que un día se nos descubrirá " que pesa más que cualquier mal que nos aflija. Es verdad que vivimos tiempos de sufrimientos no pequeños, que el poder del mal y del maligno siguen frustrando y sometiendo con padecimientos la tierra, que atravesamos una situación muy dolorosa por tantos y tan graves motivos. Ahí tenemos, en efecto, el atentado cruel, inhumano; irracional, sin justificación alguna, contrario en su raíz al querer y a la Ley de Dios, como todo acto de terrorismo intrínsecamente perverso; ahí ha quedado firmada y publicada la ley inicua contra el matrimonio y la familia, que tan nuclear y gravemente vulnera la razón y hiere a la humanidad en lo más sagrado que es la familia. y ¡qué de sufrimientos causa y padece, se diga lo que se diga, "una sociedad fuertemente tentada por una cultura relativista y unas propuestas de vida radicalmente secularistas, planteadas como si Dios no existiera ya espaldas de la historia interior de nuestra patria, España, como si no estuviera transida y marcada ininterrumpidamente, desde sus inicios, por el Sí a Cristo profesado por incontables generaciones de sus hijos e hijas, de sus familias, en el seno de la Iglesia católica " (Cardenal A. M. Rouco) .

     Sabemos, en efecto, como hemos escuchado en la Carta a los Romanos, que la creación entera está gimiendo, son gemidos de parto, de alumbramiento. Así, en efecto, en esta ordenación de sacerdotes in aeternum, para siempre, y de diáconos se alumbra a la esperanza; y "la creación, expectante, que aguarda la plena manifestación de los hijos de Dios", palpa y experimenta esta mañana cómo Dios ahoga y anega el mal a fuerza de bien y nacen estos nuevos ordenados, presencia sacramental de Cristo que ha venido a traer la salvación para todos y sanar los corazones desgarrados; de modo visible y real, se anticipa y cumple aquí, en verdad, queridos hermanos, en la ordenación sacerdotal o diaconal de estos veinticinco jóvenes, "la esperanza de que la creación se verá liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios". Es la libertad que se dimana de la obediencia a Dios, que se apoya en ella, en la aceptación de Dios, de su amor infinito y de su don y del envío y misión que les encomienda para hacer presente el Evangelio de la misericordia, Cristo, con obras y palabras. ¡Qué distinta esta libertad a la que hoy se propugna, la que se entiende como la autodeterminación individual que nadie puede reglamentar, mediante la cual el individuo decide por sí mismo lo que para él es moral en una situación determinada, la que se guía e identifica con el individualista y egoísta hacer lo que a uno le apetece o con los intereses calculados, que tanto estrago están produciendo en la sociedad de nuestro tiempo:

     Esta mañana estos jóvenes, la diócesis, la Iglesia toda, la misma Humanidad, recibe las arras del Espíritu Santo, sus primicias, que los hace sacerdotes y diáconos presencia real y cumplimiento de la esperanza que no defrauda. Queridos hermanos, queridos ordenandos, siempre, y con qué fuerza en este año de la Eucaristía, la ordenación sacramental, plenamente en el caso de los sacerdotes, se orienta a la Eucaristía que nos proyecta hacia el futuro de la última venida de Cristo, al final de la historia, y contiene y da un dinamismo que abre al camino cristiano el paso a la esperanza. Pero además, la Eucaristía para la que os ordenáis, prenda de la gloria futura, es presencia real y viva de quien es toda esperanza, Cristo: Misterio vivo de la presencia real, es Cristo mismo en persona; misterio de presencia, a través del que se realiza de modo supremo la promesa de Jesús ‘la gran certeza’ de estar con nosotros hasta el fin del mundo. Vais a ser, queridos ordenandos, constituidos en testigos y ministros de la esperanza.

     Inseparable de la Eucaristía y como tendiendo a ella, lo que nos dice el Evangelio proclamado hoy ilumina de manera propia y especialmente intensa otra dimensión con la que hoy estos jóvenes van a quedar investidos y marcados en virtud de la obra del Espíritu Santo: ser sembradores de la Palabra de Dios, configurados con Cristo el verdadero sembrador de la Palabra que sale de la boca de Dios y que es Él mismo.

     Tengamos presente como señaló el Papa Benedicto XVI, en uno de sus comentarios homiléticos anteriores a su elección, en un día también de ordenación, qué Jesús dice en esta parábola, "en medio de las primeras sombras de desengaño y de la desilusión en el grupo de los suyos… La parábola alude, en efecto, a la incredulidad de hombres que oyen pero que no escuchan, que miran pero no ven… Ya en aquel momento era patente que la mayoría de los que le acompañan eran sólo seguidores sin raíces y sin hondura, que le abandonarían apenas asomara el menor peligro". Vamos, una situación como la nuestra: desengaños, dudas, superficialidad, abandono, temores, desánimos, dificultades, rechazos, ataques a la fe, al hombre, a la verdad, enceramiento en la espinas de la violencia y del odio, ahogamiento por un ambiente hedonista y del disfrute a toda costa, etc.; ése es también nuestro mundo.

     "En este contexto de impugnación, de dudas, de creciente desánimo, alude Jesús al sembrador de cuyo trabajo procede el pan que alimenta a los hombres. También sus obras, esas obras decisivas de las que depende la vida de los hombres, parecen una empresa sin esperanza. Son muchos ciertamente los peligros que se ciernen sobre el crecimiento de la simiente: el terreno estéril y pedregoso, la cizaña, las inclemencias del tiempo, todo parece conspirar para que fracase su trabajo… y aún así, y aun admitiendo que son muchas las cosas hechas en vano, también debe saberse que hay siempre semillas que llegan a sazón, que crecen, a través del despecho de todos los impedimentos, hasta dar fruto, y que merecen una y cien veces las fatigas que se les han dedicado".

     Ese va a ser, queridos ordenandos, vuestro ministerio: sembrar la semilla de la Palabra de Dios, la semilla del Reino, que es, dirá Jesús en otra ocasión, como un pequeño grano de mostaza, en un mundo, en una tierra de los hombres, en el amplio y variado campo de la humanidad tal y como lo describe la parábola. Tened por muy seguro que os aguardan, las estáis viendo, esas situaciones de los hombres, pero también tened la certeza de que os aguarda en vuestra sementera evangelizadora una gran cosecha: la palabra es viva y eficaz. Jesús nos lo dice claramente: "todas las cosas que producen fruto verdadero empiezan en este mundo por lo pequeño y lo escondido. También Dios se ha sometido a esta regla en su actuación sobre la tierra. Dios entra de incógnito en este tiempo del mundo, se presenta bajo la figura de la pobreza, de la debilidad. Y las realidades de Dios -la verdad, la justicia, el amor- son realidades escasamente presentes en este mundo. Pero aún así, de ellas viven los hombres, de ellas vive el mundo, y no podría subsistir si no existieran. Y seguirán existiendo, cuando hayan desaparecido y hayan sido olvidados desde mucho tiempo atrás lo que más vociferan, los que más presuntuosamente gesticulan. Eso es lo que quiere decir Jesús con su parábola a los discípulos: esta cosa tan pequeña que se inicia con mi predicación seguirá creciendo cuando haya desaparecido hace mucho tiempo lo que hoy presume de ser importante".

     Tal vez ante vuestra misión de ser sembradores de la semilla pequeña de la Palabra de Dios, de predicadores del Evangelio del Reino de Dios, sintáis –sintamos- la tentación de decir: ¿a dónde voy, ante lo que tengo enfrente: por ejemplo, el poderío de los medios de comunicación, el dominio de un laicismo imperante y que aún se pretende que vaya a más, ante tanto y tan vasto imperio de los poderes que rechazan el Evangelio, la impotencia ante leyes que aun siendo injustas se imponen a los ciudadanos y hasta conforman su conciencia? Sembrar, sembrar siempre esa semilla, con la certeza de que dará sus frutos en unos quince en otros veinte, o cincuenta o ciento; pero con la certeza de que la palabra es viva y eficaz y de que la semilla del Reino, a pesar de la cizaña y de tantos poderes que la impiden crecer, dará su fruto; como el Sembrador Jesucristo. Sabiendo, además, que si la semilla no cae en tierra y muere no dará fruto; como el divino Sembrador y su Semilla. ¿Quién iba a pensar que el que eliminaron clavándolo en la cruz y sepultándolo en tierra iba a resucitar y llenar el mundo de los frutos de su redención? Solo en la lógica de la cruz, del grano de trigo que muere, habrá después fruto y pan para los hombres, el pan necesario, el pan de la vida, el pan del amor, el Pan de de Dios, sin el que no podemos vivir. Los imperios que hoy nos dominan y que tratan de ahogar la semilla del Reino de Dios, de Dios mismo y su voluntad, de Cristo semilla del Reino, pasarán, como han pasado y caído otros imperios con sus palacios y sus hombres "fuertes", pero la Palabra de Dios no pasará, no pasa nunca. "Lo que ocurrió en aquel rincón ignorado de Galilea, lo que inició Jesús con aquel pequeño grupo de hombres, con aquellos insignificantes pescadores, esto se ha mantenido en pie, sigue siendo permanente actualidad en nuestros días: su palabra no ha pasado, sino que hasta este momento sigue siendo proclamada, y lo seguirá siendo, en toda la tierra y hasta sus confines. La palabra ha madurado, a pesar de toda su debilidad ya despecho de los poderes que, según las previsiones humanas, deberían haberla sofocado sin remedio".

     Esto seguirá sucediendo a través vuestro, de los que vais a ser ordenados sacerdotes y diáconos. En vosotros renace y se acrecienta la esperanza de la semilla sembrada del Reino en esta tierra aparentemente baldía, pero siempre necesitada y dispuesta a acoger en su seno la Palabra de Dios. Os ponéis a disposición del Señor de la Palabra, para haceros sembradores de ella. Confiad en ella, pues Él confía en vosotros y os confía el sembrar el Evangelio. Sembraréis con lágrimas, pero habrá cosecha con alegría. Tened paciencia: No esperéis ya de inmediato los frutos; no penséis que mañana mismo ya habrá crecido el árbol donde vengan los pájaros a anidar. Tened la certeza de que Dios obra, que vela de noche y de día y da crecimiento ya su tiempo frutos a la semilla sembrada; como Él sabe hacerlo, y en ese misterio, de respeto a la libertad de los hombres. Vosotros, una vez más, sembrad, sembrad sin cesar, sembrad esa semilla que ha caído en la tierra buena de vuestras almas, la que ha sido cultivada en la escucha y en la meditación de la Palabra, en la acogida de Cristo, palabra divina sembrada en el surco de nuestra tierra, la que ha producido frutos en vuestra vida por la obra de la gracia. Es necesario que la Palabra arraigue en vosotros, para que pueda arraigar en los demás: por ello cultivad la oración, la meditación y estudio de la palabra, la penitencia que elimina los cardos y la piedra de nuestro corazón; dejaos configurar y cultivar por la gracia de Dios. Sed humildes como humilde es la semilla; id con los medios y métodos propios de la siembra, no con la prepotencia ni el poder, sencillamente, como el Señor, manso y humilde sembrador. Como en la Virgen María, la fiel esclava del Señor que se pliega a la voluntad de Dios, dejad que la Palabra se haga carne de vuestra carne; así seréis sembradores de la palabra, y de alguna manera, hasta palabra misma que se siembra en el mundo de hoy, dispuestos a que vuestra vida, como la del grano de trigo, muera para que dé fruto.

     La parábola de Jesús nos alienta, nos abre a la esperanza. Como decía el Papa Benedicto XVI en la homilía recordada, "todos sabemos que también hoy, y precisamente hoy, se están produciendo ataques contra la fe, ataques que pretenden sorprendernos y desbordamos con su prepotencia de tal modo que tenemos que preguntarnos.: ¿No ha sido todo en balde? ¿Cómo podrá resistir el débil poder de la fe frente a los gigantescos poderes de este mundo? ¿No quedará desgarrado y triturado bajo los poderes universales del ateismo? ¿No debería simple y lisamente darse por vencido ante la técnica y las ciencias, dotadas de tantas capacidades y conocimientos? ¿No deberá sencillamente capitular ante e egoísmo y la codicia que hayan alcanzado tan inmenso poder que ya no es posible mantenerlos a raya? Y podemos preguntar: ¿Tiene sentido ser hoy día sacerdote, sembrador de la palabra? ¿Es que no existen para un joven vocaciones o profesiones con mayores perspectivas de éxito, en las que poder desplegar mejor sus talentos? ¿No es todo esto algo ya irremediablemente superado? ¿No pertenece ya al pasado el tiempo en que las gentes acudían a las iglesias? ¿No estáis viendo con vuestros ojos -oímos decir- cómo todo se desmorona, lenta pero inexorablemente? ¿Por qué os aferráis a una posición perdida? Pero la verdad es que Dios sigue recorriendo de incógnito la historia. Sigue ocultando su poder bajo el velo de la impotencia. y los valores divinos, los verdaderos, la verdad, el amor, la fe, la justicia, siguen siendo las cosas olvidadas y desvalidas de este mundo. Pues bien, a pesar de todo ello, esta parábola nos dice: ¡Tened ánimo! La cosecha de Dios crece… Por mucho que sea lo que se ha llevado a cabo en balde y vanamente, en alguna parte, de alguna manera, llega a sazón la palabra. También hoy. Tampoco hoy es inútil que haya hombres que tengan la osadía de pregonar la palabra, de ponerse al lado y al servicio de la palabra. Que se atreven a oponerse a la avalancha, al torrente del egoísmo, de la codicia, de la incontinencia, y alzan un dique para detenerlo. En algún lugar madura en el silencio su sembrado. Nada es en balde. En lo oculto, el mundo vive del hecho de que siempre ha habido quienes han creído, quienes han esperado y amado” J. Ratzinger).

     Esa es nuestra certeza, esa es nuestra esperanza en esta ordenación. Sois vosotros, jóvenes ordenandos, los nuevos sembradores de la Palabra. Tened la seguridad -la tenéis y por esto estáis aquí diciendo “aquí estoy para hacer tu voluntad”. Recibiréis la fuerza de lo alto, el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad que 'llevará a cabo por medio vuestro la misión de sembrar la Palabra del Reino.

     Demos todos gracias Dios e invoquemos a la Virgen Maria y a todos los santos, como haremos en las letanías en seguida, para que os acompañen y tengáis a certeza de que nos estáis solos y ellos os ayudan como han hecho y harán a lo largo de la historia, que es siempre historia para que la Palabra de Dios arraigue en los corazones de los hombres y sean libres de la esclavitud a que están sometidos con la libertad de los hijos de Dios.

 

UN GRAN FUTURO EN LA JUVENTUD: COLONIA 2005


Hace unos días tuve la gran suerte, mejor, la extraordinaria gracia de participar en el xx Encuentro Mundial de Jóvenes con el Papa, en Colonia. Acudieron de toda partes, cientos de miles, en torno al millón. La mayoría pertenecían a la vieja Europa, pero estaban allí, podemos decir moralmente, de todas las naciones del mundo. Todos en el mismo camino, en la misma búsqueda. Todos con el Papa, que, intuyen, puede darles lo que ellos buscan. Eran jóvenes de hoy, como el resto de los jóvenes, modernos, inquietos, alegres y festivos, tal vez transparentaban algo nuevo, como si anticipasen ya, en su inquietud, búsqueda y estilo de vida, una nueva cultura y una nueva sociedad, posible y real, la del amor y la vida, la de la reconciliación y la paz, la de la esperanza y la verdad, la de Dios, en definitiva.

     Venían convocados por Juan Pablo II, su gran amigo, que los ha querido, y a quien ellos han entendido y han correspondido con el entusiasmo de su edad. Se han reunido ahora, en Alemania, con su nuevo amigo, Benedicto XVI, que se los ha ganado desde el primer día de su pontificado, porque han visto y palpado que les quiere, los entiende y comprende; y que, como Pedro, no tiene otro poder que el servir, ni tampoco "oro ni plata" , pero que lo que tiene les da, lo que ellos buscan: Jesucristo, la Verdad que los hace libres.

     Nadie allí se sentía extraño. Allí estaba la Iglesia entera, en su catolicidad y universalidad; con el Papa, los cardenales, los obispos, los sacerdotes, las personas consagradas, los niños, los mayores, los jóvenes, esperanza de la Iglesia, de todas las profesiones y condición, de toda cultura y de todos los países del norte y del sur; allí se percibía un mundo y una humanidad nuevos. Todos juntos, todos nos sentíamos una sola cosa: unidos todos en la misma fe, que es la gran riqueza y el gran tesoro que hemos recibido; unidos todos en la escucha común de la enseñanza de Pedro que llena de dicha, de luz, de sentido y esperanza; compartiendo la misma oración que reconoce a Dios y le presenta las necesidades de nuestro mundo: la impotencia del pobre y del hambriento, la agonía y el dolor de los que sufren el desamparo o soportan la brutalidad, los horrores de la guerra y de la violencia, la injusticia o la discriminación; allí pedimos y recibimos el perdón, como hijos que se han ido de la casa paterna; allí, con un sólo corazón, celebramos la Eucaristía, que nos hace ser Iglesia.

     Como los Magos de Oriente, esos cientos de miles de jóvenes venían a Colonia, juntos con el Papa, buscando una Estrella, una Luz para sus vidas, a quien seguir y entregarse porque merece la pena, porque llena y sacia los anhelos y aspiraciones mejores, más vivas y verdaderas. Benedicto XVI les dijo a aquellos miles y miles de jóvenes buscadores, abiertos a la esperanza, de corazón grande y con mirada para largos horizontes, entre cosas: "Es cierto que hoy no buscamos ya -se incluía él entre ellos- un rey (como aquellos Magos); pero estamos preocupados por la situación del mundo y preguntamos: ¿Dónde encuentro los criterios para mi vida; dónde los criterios para colaborar de modo responsable en la edificación del presente y del futuro de nuestro mundo? ¿De quién puedo fiarme; a quién confiarme? ¿Dónde está aquél que puede darme la respuesta satisfactoria a los anhelos del corazón? Plantearse dichas cuestiones significa reconocer, ante todo, que el camino no termina hasta que se ha encontrado a Quien tiene el poder de instaurar el Reino universal de justicia y paz, al que los hombres aspiran, aunque no lo sepan construir por sí solos. Hacerse estas preguntas significa además buscar a Alguien que ni se engaña ni puede engañar y que, por eso es capaz de ofrecer una certidumbre tan firme, que merece la pena vivir por ella, y, si fuera preciso, morir por ella" .

     Sentía las palabras de Benedicto XVI, como una especie de eco de otras palabras del papa Juan Pablo II, por ejemplo de aquellas que dijo en el corazón de Asia, en Kazajstan, en aquellos momentos tan dramáticos del 11 de septiembre en los que la humanidad misma estaba en juego y donde tantas convicciones podrían cuartearse. Precisamente el anciano Papa, Juan Pablo II, -lleno de una fortaleza y arrojo que no tenemos otros- salió al encuentro de los jóvenes universitarios, musulmanes, ortodoxos y ateos, y, ante las grandes y graves preguntas del hombre, les dijo cosas como éstas que deberían hacernos pensar ante el drama de la humanidad: "Mi respuesta, queridos jóvenes, sin dejar de ser sencilla, tiene un alcance enorme Mira, tú eres un pensamiento de Dios, tú eres un latido del corazón de Dios. Afirmar esto equivale a decir que tú tienes un valor en cierto sentido infinito, que cuentas a los ojos de Dios en tu irrepetible individualidad... Tenéis cada uno a vuestras espaldas distintos avatares, no exentos de sufrimientos. Estáis aquí sentados, uno al lado de otro, y os sentís amigos no por haber olvidado el mal que ha habido en vuestra historia, sino porque, justamente, os interesa más el bien que juntos podréis construir. y es que toda reconciliación auténtica desemboca forzosamente en un compromiso común. Sed conscientes del valor único que cada uno de vosotros posee, y sabed aceptaros en vuestras convicciones respectivas, sin dejar por ello de buscar la plenitud de la verdad. Vuestro país sufrió la violencia mortificante de la ideología. Que no os toque ahora a vosotros caer presa de la violencia -no menos destructiva- de la 'nada'. ¡Qué vacío asfixiante, cuando en la vida nada importa y en nada se cree! Es la nada la negación del infinito, de ese infinito que vuestra estepa ilimitada poderosamente evoca, de ese infinito que el hombre irresistiblemente aspira... El Papa de Roma ha venido a deciros precisamente esto: hay un Dios que os pensó y os dio la vida. Que os ama personalmente y os encomienda el mundo. Que suscita en vosotros la sed de libertad y el deseo de conocer. Permitidme confesar ante vosotros con humildad y orgullo la fe de los cristianos: Jesús de Nazaret, Hijo de Dios hecho hombre vino a revelarnos esta verdad con su persona y su enseñanza".

     Con la misma libertad y sencillez, también el Papa Benedicto XVI, ha llamado a los jóvenes a grandes empresas y a grandes metas, que entrañan, sin duda, no poca exigencia; les ha puesto en el camino de quienes son a lo largo de la historia los que nos muestran las vías para ser felices y cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas. Les ha hablado de los santos, y les ha evocado nada menos figuras y listones tan altos en cotas de humanidad como san Benito, san Francisco de Asís, santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola, Edith Stein, Maximiliano Kolbe, Madre Teresa de Calcuta.

     Les ha dicho con toda radicalidad, además en español y con mucha fuerza, que los “santos son los verdaderos reformadores” de la humanidad, que sólo de ellos, “sólo de Dios, proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo. En el siglo pasado hemos vivido revoluciones cuyo programa común fue no esperar nada de Dios, sino tomar totalmente en las propias manos la causa del mundo para transformar sus condiciones. y hemos visto que, de este modo, un punto de vista humano y parcial se tomó como criterio absoluto de orientación. La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama totalitarismo. No libera al hombre, sino que lo priva de su dignidad y lo esclaviza. No son las ideologías las que salvan al mundo, sino sólo el dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico. La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios que, es la medida de lo que es justo, y, al mismo tiempo es el amor eterno. y ¿qué puede salvarnos sino es el amor?”

     Esta es la juventud que el Papa espera, esta es ya juventud del Papa. Aquí se nos abre un gran futuro.

X Antonio Cañizares Llovera

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

 

HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA NATIVIDAD DE NUESTRA SEÑORA

 

Guadalupe, 8 de septiembre de 2005


Queridos hermanos Obispos; queridos hermanos de la Fraternidad franciscana de este santuario; queridos hermanos sacerdotes; estimadas y dignas autoridades, civiles y militares, autonómicas, provinciales y locales; queridos hermanos y hermanas de la Puebla de Guadalupe; queridos hermanos y hermanas todos, en el Señor: Un año más, llenos de gozo y con el corazón henchido de fe y de piedad filial hacia la Santísima Virgen, Madre de Dios, nos acercamos venidos de tantas partes junto a la imagen tan venerada de Santa María de Guadalupe, para celebrarla en su fiesta. Aquí estamos las diócesis de Coria-Cáceres, de Plasencia, de Mérida-Badajoz y de Toledo, en una comunión de sentimientos hacia la que es nuestra común Madre y Reina de misericordia y esperanza. Aquí está presente Extremadura, la noble y entrañable región de España, cuyos hijos, amparados por esta Madre, se han distinguido en la empresa evangelizadora de América; la Virgen de Guadalupe es la reina y Patrona de Extremadura, que la ama con honda y tierna devoción. Aquí está también, de alguna manera, España entera, que desde el siglo XIII, ininterrumpidamente a lo largo de ocho siglos, acude a este lugar para postrarse ante la Imagen Santa de la Señora, venerarla e invocarla como auxilio de los cristianos, consuelo de los afligidos y refugio de los pecadores. De este lugar, junto a la Madre de Dios de Guadalupe, por impulso de la Reina Católica, Isabel Ia de Castilla, brotó la gigantesca empresa misionera y evangelizadora de América, y así la Virgen de Guadalupe es también Madre de evangelizadores y por eso es llamada Reina de la Hispanidad.

     Hoy, todos nosotros nos sentimos dichosos, como María, por la fe. La Santísima Virgen escucha de su prima Isabel: "Dichosa, Tú, que has creído". Dichosos nosotros porque creemos. No sabemos bien lo que tenemos con la fe, nuestro gran riqueza y gozo, el que desde los primeros siglos de nuestra era ha constituido lo mejor, lo más noble, lo más caracterizador del pueblo hispano, que desde este santuario mariano ha recibido tanta luz. Es la fe lo que nos identifica en nuestras raíces y ser más propio el gozo que nos alienta, y que hoy, como hijos fieles de la Virgen María y protegidos por Ella, y como herederos de tantos santos y mártires, de tantos cristianos sencillos, testigos de Jesucristo, anhelamos compartir con todos los hombres en una iglesia más intensamente misionera, llamada a evangelizar de nuevo, a proclamar por todas las partes, a los cuatro vientos, la misericordia de Dios para con los hombres, su inmensa grandeza que se muestra en favor nuestro, que exalta a los humildes y sencillos y colma de bienes a los pobres, hambrientos y abatidos.

     La imagen de la Virgen Señora de Guadalupe nos muestra de manera visible y palpable el por qué de este gozo por la fe que da sentido a nuestra vida: Ella tiene al niño Jesús en sus rodillas y entre sus brazos; en ese Niño -pequeño y pobre, desvalido y desamparado-, que Ella besa y tiernamente aprieta, y nos muestra -como pedimos en la Salve-, advertirnos una bondad que no es de acá y que lo inunda todo; en ese Hijo de sus entrañas, nacido de María, por obra del Espíritu Santo, Dios ha empezado a estar con nosotros para siempre: nada, en efecto, ni nadie podrá separarlo de nosotros, ni a nosotros de El, Dios-con-nosotros. Dios no quiere ser sin el hombre, sin participar en su desamparo así, se ha comprometido irrevocablemente con el hombre, con todos y cada uno. Ha entrado con el silencio de la noche en nuestro abandono. No cabe mayor cercanía de Dios al hombre. Nada hace tan presente lo largo, ancho y profundo del misterio de Dios como este niño en el regazo de su Santísima Madre. La Santa Madre de Dios, María, nos muestra a Jesús, su Hijo, nos lo presenta y pone ante nuestra mirada. En cierto modo nos lo hace ver, tocar, tomarlo en nuestros brazos, contemplarle y hablarle. Ella nos introduce a cada uno al encuentro con Cristo, nuestro Redentor, nuestro consuelo y nuestra esperanza; nos enseña a contemplarlo con los ojos del corazón y vivir de Él

     Por esto, hoy, contemplando y venerando esta imagen, en el Año de la Inmaculada, es un día privilegiado para que los cristianos, aquí presentes venidos de todas las partes, demos gracias a Dios por la fe en Jesucristo, hontanar inagotable de humanización verdadera de nuestro mundo. Nos sentimos, en verdad, dichosos por el legado recibido, y al tiempo convocados a difundir y extender, y como dijo nuestro Rey D. Juan Carlos en la sede de la Conferencia Episcopal, también convocados "a custodiar activamente el rico patrimonio de fe cristiana y de cultura que ha impregnado tan notablemente nuestra historia... Nuestra dedicación puede caracterizarse por el esfuerzo en conciliar por una parte la fidelidad a esa rica herencia y por otra el ofrecimiento a nuestra sociedad de los valores que representamos y que invitamos a todos a compartir y vivir, en el respeto a las legítimas opciones que cada conciudadano toma o puede tomar libremente" (Cf. Juan Carlos I, Rey de España en su visita a la sede de la Conferencia Episcopal Española, 20, 11, 2001).

     Con Santa María Virgen, Madre de los creyentes, esperanza nuestra, Señora de Guadalupe, Patrona de Extremadura, Reina de la Hispanidad, reconozcamos a Dios, proclamemos, sin miedo ni temor alguno, su inmensa grandeza, su infinito poder que es su bondad y su amor misericordioso, sin límite alguno. Afirmar a Dios, reconocerle, adorarle, agradecerle y alabarle es donde radica la verdad y la grandeza del hombre. Estamos inmersos en un ambiente cultural en el que se olvida a Dios o se vive de espaldas a Él, como si no existiera. Algunos incluso abogan por la desaparición de Dios de la esfera e historia humana, y hasta postulan la erradicación de su nombre de la sociedad. Lo que está en juego en nuestro mundo, detrás de muchas cosas que hoy suceden o se difunden, es un mundo con Dios o sin ÉL. Lo más grave que puede pasar al hombre ya nuestra civilización, con mucho, es el olvido o el rechazo de Dios. Es lo más decisivo. La suerte del hombre está en Dios, como canta María en el Magníficat. somos de Dios, creación suya, estamos en sus manos, El nos guía en la historia y ensalza de nuestra postración. Él nos ha redimido, nos salva y nos ama con amor perpetuo, con misericordia y compasión sin límite. En Él está la vida eterna, nuestra vida plena, la felicidad y la alegría, el futuro y la meta. Somos de Él y para Él. El corazón humano trata en vano de extraer vida de otras fuentes pero, en realidad, se destruye, como demuestran tantos signos de nuestro tiempo, en los que son evidentes las consecuencias trágicas de la ausencia de Dios. En la ausencia de Dios se funda la crisis de nuestra cultura y de nuestra civilización, la de la sociedad y aun de sectores eclesiales.

     Sólo se superará esta crisis si desaparece ese silencio ausencia de Dios, si se le devuelve a Dios el lugar vital y central que le corresponde en el corazón, en el pensamiento y en la vida del hombre, como lo vemos en la persona y vida de la virgen María, como refleja en su canto del Magníficat. Dios fue el centro de su vida, fue todo para Ella: "Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" . Así de Ella, por ese confiarse a Dios, nació el Salvador, el que es Luz de las gentes, Redentor único, Camino, Verdad y Vida, reconciliación y paz, el que trae el verdadero y profundo cambio, la transformación más honda y verdadera de nuestro mundo.

     El Papa Benedicto XVI, en la Vigilia con los Jóvenes del Encuentro Mundial de Colonia, ha hablado directamente de aquello que salvará siempre a la humanidad, lo que le devolverá cierto la esperanza: "Sólo de Dios proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo. En el siglo pasado hemos vivido revoluciones cuyo programa común fue no esperar nada de Dios, sino tomar totalmente en las propias manos la causa del mundo para transformar sus condiciones. Y hemos visto que, de este modo, un punto de vista y parcial se tomó como criterio absoluto de orientación. La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama totalitarismo. No libera al hombre sino que le priva de su dignidad. No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada del Dios viviente, que es nuestro Creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico. La revolución verdadera consiste en mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo, es el amor eterno. Y, ¿qué puede salvarnos, si no es el amor?" Es lo que vemos en María y lo que Ella proclama. En Ella, en el Niño que lleva en sus brazos, como en la imagen de la Virgen de Guadalupe, vemos el amor eterno hecho carne, la misericordia de Dios que nos alcanza de generación en generación, vemos a Dios mismo, donde está toda la salvación del hombre, su presente y su futuro.

     Que la Virgen Santísima de Guadalupe, mostrándonos al fruto bendito de su bendito vientre, Jesús, nos ayude en el camino de la fe, nos fortalezca en la fe y nos lleve a difundirla; que Ella, llena del Espíritu Santo, interceda, por su Hijo, ante el Padre, para que seamos y nos sintamos dichosos con la fe, y nos impulse a comunicarla a los demás, lo cual es, en cuanto cristianos, nuestra dicha e identidad más profunda, la dicha e identidad de la Iglesia llamada a evangelizar. Que nos ayude en esto a las diócesis de Coria-Cáceres, Plasencia, Mérida-Badajoz y Toledo. Hoy quiero ofrecer a María la realización de nuestros proyectos pastorales de cada una de las diócesis aquí presentes para que Ella los aliente y bendiga. En particular, le presento el de la Diócesis de Toledo, que, hoy mismo, y postrado ante la imagen venerada de Nuestra Señora de Guadalupe, he firmado y he puesto en sus manos. Que la Virgen María proteja a Guadalupe, a Extremadura, a España ya todos los pueblos de la Hispanidad que recibieron por Ella la lluvia beneficiosa de la gracia del Evangelio. Que la Virgen de Guadalupe, Madre de misericordia, a todos "os ayude en vuestro caminar, ilumine vuestras decisiones y os enseñe a amar lo que es verdadero, bueno y bello. Que Ella os conduzca a su Hijo, el único que puede satisfacer las más íntimas esperanzas de la inteligencia y del corazón del hombre".

 

HOMILÍA EN LA SANTA MISA DE

INAUGURACION CURSO SEMINARIO-INSTITUTO “SAN ILDEFONSO”


     Queridos hermanos Obispos D. Carmelo y D. Ángel, muy estimadas y dignas autoridades, queridos Sr. Decano de la Facultad de Teología "San Dámaso" y autoridades académicas de la misma, querido Sr. Director del Instituto Superior de Estudios Teológicos "San Ildefonso" y del Instituto Superior de Ciencias Religiosas "Santa María de Toledo", queridos profesores, queridos hermanos Rectores y Formadores de los seminarios Mayor y Menor de la Diócesis, de los Operarios del Reino de Cristo, de los Siervos de los Pobres del Tercer Mundo, de los Misioneros Gauadalupanos Eucarísticos de S. José, y de los Religiosos Franciscanos, queridos hermanos sacerdotes y diáconos, queridos seminaristas, queridos alumnos y alumnas de ambos Institutos, muy queridos todos hermanos y hermanas en el Señor:

     Somos conscientes de la obra que hoy comienza con esta apertura oficial de curso en nuestros seminarios y en nuestros centros de estudio teológicos de la diócesis de Toledo; somos conscientes de la envergadura de la obra y de cómo nos sobrepasa la labor que se nos encomienda: la formación de quienes van a ser futuros sacerdotes en nuestra diócesis y en las distintas partes del mundo a donde Dios quiera enviarlos, y la formación teológica de otros alumnos y alumnas que van a desempeñar distintas tareas en la Iglesia y van a hacer presente su ser y testimonio cristiano en el mundo, en unos tiempos delicados y no exentos de dificultad. Sabemos que sin Dios nada podemos y que sólo por el Espíritu podemos decir “Jesús es el Señor" e invocar a Dios, como el mismo Cristo nos enseñó, llamándole "Abba, Padre".

     Por eso esta mañana invocamos que venga sobre nosotros la fuerza de lo alto, el Espíritu de la Verdad que nos conduzca a la Verdad Plena, el que da testimonio de Cristo en nuestras mentes y corazones, el que nos haga testigos del Señor, de cuanto hemos visto y oído en Él y de Él, hasta los confines de la tierra, el que reúna a todos los hombres de todas las partes del mundo en la Católica, en la Iglesia, formando un solo cuerpo en Cristo, un misterio o sacramento de comunión, de paz y reconciliación, con la misma misión con que el Hijo de Dios ha venido en carne al mundo, enviado para que todos se salven por El. Imploramos de la inmensa bondad de Dios para con nosotros, manifestada en Cristo Jesús, que nos envíe el Espíritu que ilumina todo, el Espíritu de la Sabiduría para entrar dentro del secreto de Dios, revelado por la Palabra eterna hecha carne, el Espíritu de fortaleza para darlo a conocer valientemente en un mundo en el que los poderes de éste quieren ocultarlo y pretenden hacerlo desparecer; pedimos el Espíritu de piedad que nos adentre en la intimidad con Dios y nos haga vivir en la perpetua adoración de su Nombre en una vida consagrada a El y entregada a cumplir su voluntad. Invocamos que venga el Espíritu, el que modela las mentes y los corazones para ser configurados, con Cristo el Señor de nuestras vidas, el Redentor y Salvador único de los hombres, la piedra angular sobre la que únicamente se puede edificar un mundo en favor del hombre en todo. Sin el Espíritu Santo no podremos nunca hacer verdadera teología ni hablar con verdad de Dios ni hablarle a El, ni vivir si quiera la realidad de la fe que con la razón se adentra en el misterio de Dios, ante quien calla toda lengua, ni la razón sin la fe, obra del Espíritu, podrá alcanzar el conocimiento de Dios como Él se nos ha revelado irrevocablemente una vez por todas en Jesucristo, como tampoco penetrar hasta el fondo la verdad del hombre inseparable siempre de Dios.

     Sin el Espíritu Santo no podremos llevar a cabo en modo alguno la tarea que les corresponde a los seminarios en su labor de guiar y conducir a los jóvenes que, en expresión del Papa Benedicto XVI en Colonia, "se encuentran en un tiempo fuerte de búsqueda de Cristo y de encuentro con Él, en vista de una misión importante en la Iglesia. Porque esto es el seminario: no tanto un lugar, sino un tiempo significativo en la vida de un discípulo de Jesús... destinado a la formación y al discernimiento... El seminario es un tiempo de camino, de búsqueda, pero sobre todo de descubrimiento de Cristo" Un tiempo para la configuración con Cristo, sacerdote, cabeza y pastor de la Iglesia, para entrar en comunión con Él, para la intimidad y amistad con Él, para la adoración en la escucha de su Palabra, en la interiorización del trato con Él, para vivir con Él, en Él y por él; "el Seminario es un tiempo de preparación para la misión",para ser enviados, como hemos leído en el Evangelio, con la misma misión de Cristo, es decir la misión de traer la paz de Cristo y el perdón de los pecados por su sangre derramada, llenando el mundo de la alegría de su presencia victoriosa sobre la muerte y el odio, y realizando la comunión de todos en Él. Sin este mismo Espíritu, Señor y dador de vida que procede del Padre y del Hijo, que modela al hombre en su interior no podrá haber pastores conforme al corazón de Dios, es decir, conformes a Cristo con sus mismos sentimientos y actitudes en los cuales Dios se ha revelado, se nos ha dado y nos ha hecho partícipes de Él.

     La formación de los jóvenes que buscan a Cristo para ser pastores en Él y con Él en el Instituto Teológico y en los seminarios, debe tener "arias dimensiones que convergen en la unidad de la persona: esa comprende el ámbito humano, espiritual y cultural. Su objetivo más profundo es el de hacer conocer íntimamente aquel Dios que en Jesucristo nos ha mostrado su rostro. Por esto es necesario un estudio profundo de la Sagrada Escritura como también de la fe y de la vida de la Iglesia en la cual la Escritura permanece como palabra viva. Todo esto debe enlazarse con las preguntas de nuestra razón y, por tanto, con el contexto de la vida humana de hoy. Este estudio, a veces puede parecer pesado, pero constituye una parte insustituible de nuestro encuentro con Cristo y de nuestra llamada a anunciarlo. Todo contribuye a desarrollar una personalidad coherente y equilibrada, capaz de asumir válidamente la misión presbiteral y llevarla a cabo después responsablemente. El papel de los formadores es decisivo: la calidad del presbiterio de una Iglesia particular depende en buena parte del seminario y, por tanto, de la calidad de los responsables de la formación". No se puede decir más en menos palabras. Ahí tenemos la clave y lo fundamental de la formación de nuestros seminarios en los momentos que vivimos. Los formadores, no sólo los rectores y los superiores, sino también los obispos y los profesores tenemos una grande y grave responsabilidad. A todos los formadores y educadores agradezco vivamente vuestra obra, y por todos pido.

     Con el Papa añadimos que el seminario es un tiempo de camino, de búsqueda, pero sobre todo de descubrimiento de Cristo. En efecto, sólo si tiene una experiencia personal de Cristo, el joven puede comprender en verdad su voluntad y por lo tanto la propia vocación. Cuanto más conoces a Jesús, más te atrae su misterio; cuanto más lo encuentras, más fuerte es el deseo de buscarlo. Es un movimiento del Espíritu que dura toda la vida, y que en el seminario pasa como una estación llena de promesas, su "primavera".

     Al llegar a Belén, los Magos "entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron" (Mt 2,11). He aquí el momento tan esperado: el encuentro con Jesús. "Entraron en la casa": esta casa representa en cierto modo la Iglesia. Para encontrar al Salvador hay que entrar en la casa, que es la Iglesia. Durante el tiempo del seminario se produce una maduración particularmente significativa en la conciencia del joven seminarista: ya no ve a la Iglesia "desde fuera", sino la siente, por así decir, "en su interior", como "su casa", porque es casa de Cristo, donde "habita" María, su madre. Y es justo la Madre quien le muestra a Jesús, su Hijo, quien se lo presenta; en cierto modo lo hace ver, tocar, tomarlo en sus brazos. María le enseña a contemplarlo con los ojos del corazón y a vivir con Él. En todos los momentos de la vida en el seminario se puede experimentar esta afectuosa presencia de la Virgen, que introduce a cada uno al encuentro con Cristo en el silencio de la meditación, en la oración y en la fraternidad. María ayuda a encontrar al señor sobre todo en la celebración eucarística, cuando en la Palabra y en el Pan consagrado se hace nuestro alimento espiritual cotidiano.

     «Y cayendo de rodillas lo adoraron...; le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra» (Mt 2,11­12). Con esto culmina todo el itinerario: el encuentro se convierte en adoración, dando lugar a un acto de fe y amor que reconoce en Jesús, nacido de María, al Hijo de Dios hecho hombre. ¿ Cómo no ver prefigurado en el gesto de los Magos la fe de Simón Pedro y de los Apóstoles, la fe de Pablo y de todos los santos, en particular de los santos seminaristas y sacerdotes que han marcado los dos mil años de historia de la Iglesia? El secreto de la santidad es la amistad con Cristo y la adhesión fiel a su voluntad. «Cristo es todo para nosotros», decía San Ambrosio; y San Benito exhortaba a no anteponer nada al amor de Cristo. Que, Cristo sea todo para vosotros. Especialmente vosotros, queridos seminaristas, ofrecedle a El lo más precioso que tenéis, como sugería el venerado Juan Pablo II en su Mensaje para esta Jornada Mundial, el oro de vuestra libertad, el incienso de vuestra oración fervorosa, la mirra de vuestro afecto más profundo (cf. n. 4).

     El Seminario es un tiempo de preparación para la misión. Los Magos «se marcharon a su tierra», y ciertamente dieron testimonio del encuentro con el Rey de los Judíos. También vosotros, después del largo y necesario itinerario formativo del Seminario, seréis enviados a ser los ministros de Cristo; cada uno de vosotros volverá entre la gente como alter Christus. En el viaje de corno los Magos tuvieron que afrontar seguramente peligros, sacrificios, desorientación, dudas... ¡Ya no tenían la estrella para guiarlos! Ahora la luz estaba dentro de ellos. Ahora tenían que custodiarla Y alimentarla con la memoria constante de Cristo, de su Rostro santo, de su Amor inefable. ¡Queridos seminaristas! Si Dios quiere, también vosotros un día, consagrados por el Espíritu Santo, iniciaréis vuestra misión. Recordad siempre las palabras de Jesús: «Permaneced en mi amor» (Jn 15,9). Si permanecéis en Cristo, daréis mucho fruto. No lo habéis elegido vosotros a El, sino que El os ha elegido a vosotros (cf. Jn 15,16). ¡He aquí el secreto de vuestra vocación y de vuestra misión! Está guardado en el corazón inmaculado de María, que vela con amor materno sobre cada uno de vosotros. Recurrid frecuentemente a Ella con confianza.

     Vivimos tiempos delicados, nada fáciles, en los que los poderes de este mundo, poderes políticos, culturales y económicos, como dijo ayer mismo el Papa, "tratan de desterrar a Dios de la vida pública", en los que estos mismos poderes "pueden ciertamente, expulsar al Hijo fuera de la viña y matarlo, para disfrutar egoístamente los frutos de la viña. Pero la viña se transforma en un terreno inculto que pisotean los jabalíes, tal y como describe el salmo". En otras palabras, las sociedades que destierran a Dios autodestruyen su propia humanidad y se convierten en un erial donde prevalece la fuerza bruta. Por ello, estamos llamados todos, obispos, formadores, profesores, seminaristas, a una formación recia, sólida, fuerte, para tiempos fuertes y recios. y para ello necesitamos de la Eucaristía, por ello comenzamos el curso por la Eucaristía. En ella está todo, ella es el centro de la Iglesia, fuente y cima de la vida cristiana y de la misión de la Iglesia, como reza el lema del Sínodo de los Obispos que ayer mismo comenzó en Roma. Que todo se centre ahí, que todo conduzca al misterio, y que del misterio Eucarístico brote todo. Que no sólo digamos y "aprendamos a decir en los años de seminario palabras bellas sobre la Eucaristía, sino que sobre todo, como decía ayer mismo el Papa al abrir el Sínodo de la Eucaristía, vivamos de su fuerza, confiados en que "Dios no falla, y al final vence siempre. Vence su amor". Que María, Inmaculada, Mujer Eucarística nos ayude a penetrar y vivir en todo el misterio eucarístico.

 

HOMILÍA EN LA MISA DE ENVIO DE NUEVE MISIONEROS A PERU

Y EN EL COMIENZO DEL CURSO PASTORAL


     Mi querido hermano Obispo, D. Ángel, permíteme que antes que nade te exprese mi más entrañable y fraterna felicitación, así como la de todos los aquí presentes, y la de toda la diócesis en el día de tu onomástica, fiesta de los Santos Ángeles Custodios; que Dios te colme de su bendición y te inunde del gozo y de la gracia del Espíritu Santo como sucesor de los Apóstoles. Queridos hermanos sacerdotes y diáconos, especialmente queridos vosotros, los que hoy vais a ser enviados como misioneros voluntarios a la Prelatura Apostólica de Moyobamba ya la diócesis de Lurín, ambas en Perú. Queridos religiosos y religiosas, monjes y monjas contemplativas, personas consagradas, fieles cristianos laicos, padres y madres de familia, ancianos y enfermos, jóvenes y niños, agentes de pastoral implicados en diferentes tareas eclesiales, miembros de asociaciones católicas y de movimientos apostólicos, queridos todos hermanos y hermanas en el Señor del Pueblo de Dios que peregrina en la diócesis de Toledo. A todos gracia y paz.

     Nos reunimos esta tarde en la santa Iglesia Catedral, signo visible de la comunión eclesial diocesana, para invocar juntos el auxilio del Señor al comienzo del nuevo curso pastoral pues sabemos que todas nuestras empresas nos las realiza Él y que sin Él nada podemos hacer, así como que para Él nada es imposible. En su presencia, con la mirada puesta en su santo Rostro, esta tarde emprendemos juntos el camino que Él mismo nos llama a recorrer, siempre pero con particular intensidad y lucidez en este curso 2005-2006, para “hacer de Toledo una diócesis misionera, evangelizar, poner a toda nuestra diócesis en estado de misión”. Porque de eso se trata, a lo largo de este curso: poner a toda la diócesis en estado de misión, misionando y evangelizando en todo, y por todos. Impulsar una nueva y decisiva evangelización, intensamente, a lo largo de todo el año, a tiempo ya destiempo, buscando que todo sea evangelizador, con actitudes propias de la misión y con espíritu misionero, apostólico, con actividades específicas y especiales que habremos también de procurar con capacidad e imaginación creadoras. Una gran misión en nuestra diócesis, una nueva evangelización es la respuesta que Dios reclama de nosotros, ya la que nos urge y apremia el amor por nuestros hermanos" (Carta Pastoral vara el curso 2005-2006) de hoy, ese amor que deriva del infinito amor con que Dios ama a la viña de la humanidad, por la que no se puede hacer más ni otra cosa que lo que Él ha hecho cuidando con mimo a los hombres, que le vuelven la espalda y lo rechazan, enviando y entregando su Hijo Único a los hombres, y dándolo todo por ellos, por la viña de la humanidad, para que den el fruto abundante y grato que Él espera.

     A esta Iglesia que está en Toledo, a la que Dios tanto quiere y sobre la que está mostrando tantos signos de su amor, de su misericordia y de su solicitud, Él, el Señor de la viña, nos concede y regala esta tarde hacer visible y palpable, real y viva, la vocación misionera de esta diócesis, al enviar a nueve sacerdotes a las tierras de Moyobamba y Lurín, en Perú, que se sumarán a los que ya están misionando en aquellas iglesias hermanas. José Luis, José Carlos, Manuel, Rafael, José Fernando, Damián, parten el día 11 para Moyobamba y, con ellos Francisco y Juan Carlos, que irán a servir a Lurín. Ha partido ya, por no poder demorar ya su presencia en Lurín, Jesús López Rey. Demos gracias a Dios por el don de la respuesta de estos hermanos sacerdotes a la llamada del Señor, y roguemos por ellos con agradecimiento y súplica honda y confiada. Ellos, en efecto, ganados por Cristo y con la fortaleza del Espíritu Santo, han dicho cada uno, personal y libremente, sin que nadie lo haya hecho por ellos: “Aquí estoy, mándame, iré donde tú quieras”. El Señor los quiere ahora enseñando y haciendo discípulos en Moyobamba y Lurín, amando a aquellas gentes con las entrañas de Cristo, enviados desde esta Iglesia que en ellos se manifiesta fiel y misionera; como Dios la quiere.

     ¿Cómo no ver, hermanos, que Dios quiere, en su providencia, a esta Iglesia de Toledo particular e intensamente misionera? ¿No nos dice nada que en el espacio de tan solo un año, sólo un año, partan para las misiones nada menos que dieciséis sacerdotes? ¿No nos dice nada que, precisamente para este curso, coincidiendo con el yo centenario de la muerte de san Francisco Javier, el Santo Espíritu haya puesto como objetivo pastoral de nuestra diócesis hacer de Toledo una diócesis misionera? ¿Es acaso ajeno al mandato del Señor -­"Id,anunciad el Evangelio, sed mis testigos, enseñad y haced discípulos míos hasta los confines de la tierra"- el don de cincuenta nuevos seminaristas para este curso entre el Seminario Mayor y el Menor?  Dios nos quiere misioneros. Dios nos llama a evangelizar. No es casual tampoco que hoy, en este día, el siguiente de la fiesta de santa Teresita del Niño Jesús, patrona universal de las misiones, tengamos esta celebración de envío misionero, tanto de los nueve sacerdotes que van a ir a Moyobamba y Lurín, como también de toda la diócesis aquí representada en sus obispos, sacerdotes, personas consagradas, fieles cristianos laicos, al comenzar este curso con el objetivo pastoral que el Espíritu nos ha sugerido. Dios quiere a la humanidad entera hasta un desbordamiento que no cabe siquiera en la imaginación humana. ¿Qué más cabía hacer por la viña de la humanidad, su pueblo, propiedad de Dios, que no lo haya hecho Él, hasta ese extremo de derroche de un amor y gracia sin límite del envío de su Hijo único para que los hombres demos los frutos sabrosos de amor, derecho y justicia que al Señor de la viña le corresponden?"

     No podemos callar esto. No debemos seguir igual que estamos, viendo que los hombres rechazamos, una y otra vez, un tiempo y otro tiempo, como se nos dice en las parábolas del profeta y de Jesús, el amor de Dios y, en lugar de frutos de verdadera humanidad conforme al querer de Dios, demos agraces. ¡Cuántos agrazones hoy, en este mundo, de asesinatos, de violencia, de mentira, de disgregación, de injusticia que provoca pobreza, miseria y hambre, de ataques a los derechos fundamentales como el derecho a la vida en todas las fases de la existencia, o el de la libertad religiosa o el de la libertad de enseñanza; cuántos agrazones y cuántos frutos amargos que dañan al hombre en la cultura y políticas antivida y antifamilia, en el seno de los matrimonio, en la cultura laicista que aleja de Dios y en el secularismo sin Dios, en esta sociedad en la que parece que no hay otra cosa que pasarlo bien a toda costa y sexo desvirtuado y sacado de su raíz humana; cuántos agrazones en nuestros egoísmos y en la búsqueda casi única de los propios intereses; cuánta falta de libertad o de abuso de la misma; cuántos frutos agrios de debilidades y miserias en los hombres que formamos la Iglesia, en cuántas ocasiones se abusa del sacramento de la presencia de Cristo, cuántas veces se deforma y abusa de su Palabra, qué poca fe hay en muchos comportamientos y en muchas palabras, cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia, cuántos miedos para anunciar y defender el Evangelio con valentía y libertad, para testificar en favor suyo, para dar la cara por Cristo y su Iglesia en nuestro tiempo, cuánta cobardía y pusilanimidad, en cuántas cosas sus discípulos seguimos traicionando y entregando al Hijo de Dios, en cuántas cosas pretendemos edificar al margen de la única piedra angular que da solidez al edificio, es decir de Cristo!" Todo ello es cumplimiento actual de los viñadores de la parábola. Pero también sigue vivo el cumplimiento del designio de Dios manifestado irrevocablemente, una vez por todas y para siempre, en el envío de su Hijo querido, el Heredero, que, por el Espíritu, nos ha llamado a tomar parte en su misma herencia.

     El mundo necesita de Dios, el mundo necesita de su amor inabarcable, paciente y constante, el mundo necesita de Cristo en quien Dios nos lo ha dado todo y nos ha amado a los hombres para que tengamos vida y demos frutos nuevos y buenos conforme a su querer , que son los frutos de Evangelio. Esos sí que son frutos buenos los que corresponden a nuestra verdad, que es el ser por completo de Dios. El Señor nos exhorta a acoger su amor para que demos fruto, a acoger su palabra, la de los profetas y la de su Hijo único, en quien nos lo dice todo. El Señor de la viña, por encima de todo, nos apremia a acoger a su Hijo... para recibir con El la verdadera heredad, a no rechazarlo, a edificar sobre El. Edificar el mundo contra Cristo es edificarlo contra el propio hombre. Por eso, hermanos, el imperativo de la misión es algo acuciante en nuestro tiempo. No podemos dejar pasar sin cumplir este imperativo. A eso se encamina el Plan Pastoral para este año, que hoy ofreceremos junto a la patena y el cáliz de la ofrenda de Jesucristo que dio su vida por nosotros, y que, a pesar de quererlo eliminar los hombres, sigue vivo para siempre como Señor único de la historia y salvador único de todos los hombres. A eso mismo, a poner toda nuestra diócesis en estado de misión, se encamina mi larga carta pastoral "Id, enseñad y haced discípulos...", que os dirijo a toda la diócesis al comenzar el curso pastoral, 2005-2006; leedla con los mismos sentimientos con que ha sido escrita, y ponedla por obra; también la pongo junto a la patena de nuestras ofrendas para que el Señor haga entre nosotros su voluntad.

     Con oración y súplica agradecida presentamos a Dios la ofrenda de una diócesis que, unida a su Hijo, quiere dar frutos abundantes de redención, comunicar a los hombres los bienes de su amor y de su salvación. Le presentamos, de manera especial, la ofrenda y la súplica con acción de gracias por estos nueve hermanos sacerdotes nuestros que van a aquella parte de la viña del Señor en Moyobamba y Lurín, para que los hombres, reconozcan la misericordia y la cercanía de Dios, y den frutos sabrosos del Evangelio. Presentamos nuestra súplica y acción de gracias por todos los misioneros y misioneras de la diócesis allá donde se encuentren.

     Por intercesión de la Santísima Virgen María, a la que invocamos como Virgen de Guadalupe, del Prado, Señora de Toledo, Virgen de la Caridad, Señora de la Muela, Virgen del Sagrario y con otras muchas invocaciones muy queridas y entrañable, pedimos al Señor que envíe el Espíritu Santo, el Paráclito enviado en Pentecostés sobre los Apóstoles, para que ponga en pie a nuestra Iglesia de Toledo y haga de ella una diócesis misionera, fortalezca a los misioneros que partirán para Perú, la víspera del Pilar, y le dé toda la valentía necesaria a todos para no callar el Evangelio y edificar siempre y nada más que sobre Cristo.

     Estamos celebrando la Eucaristía, fuente y cumbre de la Evangelización; de aquí parte el envío; de aquí brota toda la fuerza y dinamismo de la misión. Aquí se cumple la palabra de Dios proclamada y escuchada en el Evangelio de hoy. Como el Papa recordaba en la Eucaristía con más de un millón de jóvenes en Colonia y ante millones y millones de telespectadores de todo el mundo: "Con la celebración eucarística nos encontramos en aquella 'hora' de Jesús, de la cual habla el Evangelio de Juan. Mediante la Eucaristía, esta 'hora , suya se convierte en nuestra hora, su presencia en medio de nosotros. Junto con los discípulos Él celebró la cena pascual de Israel, el memorial de la acción liberadora de Dios que había guiado a Israel de la esclavitud a la libertad... Él da gracias a Dios no solamente por las grandes obras del pasado; le da gracias por la exaltación que se realizará mediante la Cruz y la Resurrección... Haciendo del pan su Cuerpo y del vino su Sangre, Él anticipa su muerte, la acepta en lo más íntimo y la transforma en una acción de amor. Lo que desde el exterior es violencia brutal, desde el interior se transforma en un acto de un amor que se entrega totalmente. Esta es la transformación sustancial que se realizó en el cenáculo y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último fin es la transformación del mundo hasta que Dios sea todo en todos... Este es, ahora, el acto central de transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo: la violencia se transforma en amor y, por tanto, la muerte en vida... Todos los demás cambios son superficiales y no salvan... La transformación no puede detenerse, antes bien, es aquí donde debe comenzar plenamente" . De la Eucaristía, pues, de la comunión con el cuerpo de Cristo entregado por nosotros, de la comunión en su mismo cáliz, de la unión con Él, brota la misión para transformar el mundo conforme a su querer, conforme a Cristo, el querer de Dios. Avivemos y fortalezcamos de día en día el sentido de la Eucaristía para que Toledo sea una diócesis misionera, y nuestros misioneros, los que hoy sois enviados y todos, viváis con renovada intensidad en todo el misterio eucarístico: será garantía de frutos sabrosos, sazonados y abundantes que a Dios corresponden.

     No puedo concluir esta homilía sin exhortaros a todos a que oréis por España. Lo necesita mucho en esta hora delicada por la que atraviesa. Como pastor vuestro no puedo callar. Con la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal esta misma semana, debo advertir de los riesgos que entraña el Proyecto de Ley Orgánica de Educación para una educación en libertad, para la educación de vuestros hijos según vuestras propias convicciones religiosas y morales, para los derechos fundamentales que os corresponde en la educación de vuestros hijos, para la enseñanza y la libertad religiosa; está en juego la libertad. Siendo esto grave, por desgracia no es la única cuestión que nos aflige, hay asuntos que están en la actualidad nacional que nos preocupan profundamente. Recemos por España. Oremos para que en toda ella, se guarden los principios y valores morales, los derechos fundamentales y se respeten sus raíces cristianas base de lo que es nuestro pueblo hoy y nuestro mejor y más preciado patrimonio. Que la Santísima Virgen María, en este mes del Rosario, proteja a España, tierra de María, tierra suya.

 

«LA MUJER VESTIDA DE SOL»: LA INMACULADA CONCEPCION

 

Palabras del Sr. Arzobispo de Toledo,

en el acto de inauguración de la exposición


 Abrimos, llenos de gozo, esta Exposición en honor de la Inmaculada Concepción en las postrimerías de las celebraciones con ocasión del ciento cincuenta aniversario de la proclamación de este dogma mariano y cristológico. En este momento quiero decir, en primer lugar, que, al visitar esta Exposición, nos detengamos y miremos con admiración y asombro religioso, no tanto las maravillas de las obras que se exponen, sino la Mujer que representan, llena de gracia, vestida de luz y de hermosura: María Purísima. Miremos a María, a través de estas obras, con mirada contemplativa, es decir con mirada profunda que deja que Ella se muestre en su singular hermosura porque nunca la tocó el pecado primero. Contemplad aquí a la Virgen Inmaculada, la toda santa, la toda llena de gracia, la que es inundada y empapada por el Espíritu Santo. Esta Exposición y la contemplación agradecida de María Inmaculada debería hacernos como saborear algo nuevo, cargado de belleza, que levanta el ánimo y enciende el fuego del espíritu. Debería invitarnos a una meditación rebosante de gozo y de esperanza.

     Que la visita aquí, espero, no sea la de un espectador distraído, o de un consumidor de exposiciones que no se detienen a mirarla con la mirada que requiere: la mirada abierta, religiosa, y dispuesta a gozarse por el designio de la salvación de Dios que tiene en María el punto inmaculado de llegada a la tierra del Verbo de Dios que se hace Hijo del Hombre, con toda su realidad de la redención que en El se nos otorga. Aquí se puede contemplar, como una especie de aurora del día, ese esplendor que nace de la humildad del Evangelio, transparente ya en el misterio de la Encarnación en la Virgen Inmaculada, la sin pecado ni mancha original, entre todas bendita, Hija predilecta del Padre, esclava del Señor, adueñada enteramente por El, mujer fiel configurada enteramente por la fe, ejemplo perfecto de amor a Dios y al prójimo.

     En la Virgen María, concebida, en previsión de los méritos de su Hijo, sin pecado original, la esperanza del hombre se ensancha al encontrar en Ella, Madre del Redentor, el entero cumplimiento de las promesas salvadoras de Dios. Ella, sencilla mujer judía, ha sido destinada desde siempre por Dios para ser la Madre del Salvador, y brilla, agraciada por la santidad de Dios, como aurora naciente de la salvación en la larga noche de los tiempos que precedió a la venida del Salvador.

     Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, El ha hecho brotar de María el Sol que nace de lo alto y nos visita para iluminar a los que viven en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz. Desde ella podemos proclamar: Aquí está nuestro Dios en medio de los hombres. Dios ha puesto su morada en ella. Ha acampado en ella. La Palabra eterna, por la que han sido hechas todas las cosas se ha hecho carne, criatura en ella Dios con nosotros. Humanidad de Dios. «El Señor está contigo, bendita tú entre todas las mujeres».

     En el designio salvífico de la Santísima Trinidad el misterio de la Encarnación constituye el sobreabundante cumplimiento de la promesa de Dios donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. y en la primera criatura donde sobreabundó esta gracia es en la Santísima Virgen María, la Purísima, la toda limpia, la que ni siquiera rozó, y mucho menos, tocó el pecado.

     María permanece ante Dios y ante la humanidad como la señal inmutable e inviolable de la elección por parte de Dios sobre los hombres. Esta elección es más fuerte que toda experiencia del mal y del pecado de aquella enemistad con que ha sido marcada la historia de los hombres.

     ¡Qué esperanza!

     Todo puede ser salvado, todo puede ser perdonado y vivificado. Esta elección nos hace percibir la dignidad más profunda del hombre y su destino, nos hace percibir que la vida siempre tiene un destino. Que no cabe el desaliento o la desesperanza. Que hay un futuro para el hombre. Ya está brotando. En María, tierra fecunda ha brotado, ha germinado el Salvador. La tierra ha dado su fruto nos bendice el Señor nuestro Dios.

     Desde esta esperanza y desde la contemplación de Santa María, Inmaculada, haremos bien en otorgar a esta realidad que aquí se contempla una importancia reformadora, consoladora. Contemplamos admirada y agradecidamente a Santa María, sin pecado concebida, que a la creciente degradación permisiva de las costumbres opone la serena y resuelta energía de la conciencia de la dignidad personal y comunitaria del hombre regenerado en el Bautismo y en la pertenencia a la sociedad de los santos, que es la Iglesia, la cual se siente representada y ensalzada en la humilde y grande Señora del Magnificat. Elegidos para ser santos e irreprochables por el amor.

     ¡Qué hermosura la de María! ¡Qué belleza y qué grandeza la de esta Mujer, toda pura, toda casta, la Purísima! Aquí se nos descubre, como en ninguna otra, la verdad y la maravilla de la mujer, la verdadera grandeza de la mujer, que por desgracia tantos parecen empeñados en empañarla, desfigurarla y empequeñecerla en tantas y tantas cosas, por ejemplo -lo digo con dolor- como un pequeño botón de muestra, en los folletos que abusivamente se están distribuyendo en los centros escolares de nuestra Comunidad, me refiero a la «Guía para chicas», pero de esto ya hablaré en otra ocasión más oportuna.

     María, es la primera cristiana, nos lleva y nos acerca a Cristo. Ella es modelo para todos los fieles, y lo es porque nos mueve a imitarla en las actitudes fundamentales de la vida: actitud de fe, de esperanza, de caridad y obediencia. María es el ejemplo de ese culto espiritual que consiste hacer de la propia vida una ofrenda al Señor. María es la personificación del verdadero discípulo de Jesús, que encuentra su identidad más profunda en el servicio a la Iglesia, en transmitir a todos el mensaje de la salvación.

     Pongo en manos de María Inmaculada a nuestra Diócesis y a todas y cada una de las comunidades, a todas y a cada una de las personas que integramos esta iglesia que está en Toledo. Y pongo también en sus manos a nuestra España, que tiene a la Inmaculada como Patrona, cuyo patronazgo une a todos los pueblos de España en una unidad inquebrantable que, ciertamente, está amenazada, y que entre todos, y con su protección, hemos de proteger, para asegurar el bien común de nuestra sociedad que formamos todos los que somos españoles, y somos todos los pueblos que la integran. Que la Virgen María proteja a las familias y que, sobre todo, Ella, la Inmaculada, la modelo de mujer, sea la gran protectora de toda mujer, que es lo más grande que se nos ha dado porque, en ella, se nos ha dado a nuestras madres.

     Muchas gracias.

 

HOMILÍA EN LA SANTA MISA POR LA REINA ISABEL LA CATÓLICA

EN EL QUINTO CENTENARIO DE SU MUERTE


 "Cantaré‚ eternamente las misericordias del Señor" . Así nos sucede siempre que, con fe verdadera, nos acercamos humilde y gozosamente al altar para ofrecer el sacrificio de la Eucaristía, el único sacrificio de la Cruz y su victoria sobre la muerte. En Él está  presente toda la misericordia de Dios, que, en la sangre derramada por su Hijo para cumplir su voluntad, nos ha alcanzado el perdón de nuestros pecados, la redención de nuestras culpas, la reconciliación y la paz. En este sacrificio se hace real y eficazmente presente Jesucristo enviado al mundo por nosotros los hombres para nuestra salvación. Aquí está Cristo mismo, en persona, en quien el Padre nos ha amado hasta el extremo, de manera irrevocable y para siempre. En el Misterio Eucarístico tenemos la fuente de donde brota el amor que no tiene medida, el señorío y el Reino de Dios en Jesucristo que reina sirviendo, porque no ha venido a ser servido, sino a servir y dar la vida en rescate por muchos. Ahí mismo se nos desvela la grandeza y la dignidad del hombre: sentado como comensal a la mesa en la que el mismo Señor nos sirve y se nos da como pan de vida, asimilado, por la comunión, por el Cuerpo de Cristo, Cristo mismo, y rescatado de los poderes del mal por la sangre de Dios. ¿Cómo no dar gracias, alabar y cantar a Dios por su infinita misericordia manifestada en un verdadero derroche de sabiduría y de gracia en su Hijo Jesucristo, hecho presente en la Eucaristía? ¡Qué misericordia de Dios tan inmensa para con nosotros!

     En las manos de Dios, todo misericordia, de quien somos siempre y en todo momento, ponemos, una vez más, a la Reina Isabel I de Castilla, de España; que, desde su muerte, ya y siempre, conforme a aquellas consoladoras palabras de Jesús, para los siervos buenos, permanezca en el gozo de su Señor al que únicamente buscó servir: "Bien, servidora fiel, has sido fiel, permanece en el gozo de tu Señor". Para cantar con toda nuestra voz la misericordia de Dios se une también la voz de la misma Reina Católica, testigo en su vida y en su muerte del amor misericordioso de Dios. En la celebración eucarística unimos y se nos une aquella gran mujer, gran esposa y madre, grande reina y mejor cristiana aún, que fue Isabel la Católica, quien, por lo demás, fue una cristiana hondamente eucarística. Son tantos y tantos los hechos y los signos que nos hablan de esta centralidad de la Eucaristía en la vida de Isabel; son tantos y tantos los exponentes y hechos que nos ponen de manifiesto su viva y arraigada piedad eucarística. Aquí mismo, en la Catedral, me parece como ver a la Reina de rodillas en una de las ventanas de las viviendas del claustro que dan a esta Capilla Mayor para seguir la Eucaristía o rezar ante el Altísimo, como se ha querido rememorar en la Exposición que aquí se alberga; o la custodia toledana, o la granadina, o su amistad con Teresa Henríquez "La Loca del Sacramento" .

     A la acción de gracias por Jesucristo, unimos hoy, en esta Iglesia Catedral de Toledo, en esta Eucaristía, el sufragio y la memoria agradecida de la Reina Isabel Iª, la Reina Católica. Hoy hace quinientos un año que murió esta gran mujer: grande por su magnanimidad, nobleza y obra de gobierno, pero sobre todo por su fe y su cristianía, sin las que resulta imposible comprender todo cuanto fue e hizo, tanto en el terreno político como en el social y cultural.

     Se trata de aquella cristianía y de esa misma fe por la que, como leemos en su testamento, ya en su lecho mortal, estaba "aparejada para por ella morir e lo reçcibiría por muy singular e exçelente don de la mano del Señor". Esa fe, en expresión que, en el fondo resume toda su vida, su grandeza y hondura humana le lleva a decir: Y si ninguno ante Él se puede justificar, quanto menos los que de grandes reynos e estado auemos de dar cuenta". De esta manera, con esta expresión, estaba resumiendo una vida de entrega. En sus días, era muy normal abrazar la fe; cosa fácil era profesarla; difícil defenderla y toda una genialidad el hecho de que la Reina Isabel derrochara todo su esfuerzo y entusiasmo misionero propagarla. Estas palabras en trance de muerte declaran la cantidad y la calidad de su fe. Manifiesta que quiere morir con y en esa fe que ha sido el norte de su existencia y que por ella estaba dispuesta a darlo todo. Esa es su verdad y su grandeza: la que Dios plasmó en ella, la que la obra de la gracia actuó en su persona configurando su manera de pensar, sus criterios de juicio y pensamiento, su actuación y su gobierno.

     Viene bien, para alabar la grandeza del Señor que obra grandes obras por su misericordia, recordar aquellas palabras del testamento maravilloso de Isabel que expresan en "la hora de la verdad", cuál es esa verdad que la animó y la hizo grande por la misericordia de Dios: "E primeramente encomiendo mi spiritu en las manos de nuestro Sennor Iesu Christo el qual de nada lo crio e por su preçiosisimo sangre lo redimio. E puesto por mi en la Cruz, el suyo encomendó en manos de su eterno Padre al qual confieso e cognosco que me dono toda, por los muchos y inmensos beneficios particulares que yo, indigna e pecadora, de su ynfinita e ynefable largueza, por muchas maneras en todo tiempo, he reçcebido e de cada dia reçibo, los quales se que no basta mi lengua para contar ni mi flaca fuerça para agradeçer ni aun como el menor dellos meresçe".

     Su vida entera, acontecimientos importantes de su historia, tienen que ver, están tejidos, con esta fe hondamente eclesial en Jesucristo, Hijo eterno de Dios hecho hombre, nuestro Redentor, que conlleva dar testimonio, con toda naturalidad en cuanto uno es y hace, del Evangelio de la salvación y hacer presente en todo el amor de Cristo que nos ama hasta el extremo y ha derramado su sangre para que todos seamos uno. ¡Qué vida tan centrada en Cristo, y como diría décadas más tarde otra gran mujer española, Santa Teresa de Jesús, y Éste muy humanado". Basta ver las tablas de la Capilla Real de Granada, o sus devociones que en la Exposición, se reflejan por ejemplo en los rostros de Albert Boust, o en las pinturas e imágenes sobre la maternidad de María, o en su devoción a la Virgen de las Angustias o de la piedad que tan bien recoge nuestra Exposición. Esta fe le hace permanecer en Cristo dar frutos de una humanidad nueva, renovada por el fermento evangélico.

     Frutos abundantes, en efecto, encontramos y reconocemos como don de Dios y expresión de su fidelidad y de servir a Dios con voluntad determinada, en la Reina Católica, que trabajó denodadamente por la unidad de los pueblos y de las gentes de España, que promovió desarrollo y humanización en sus territorios, que alentó el fortalecimiento de la fe cristiana y las obras de evangelización de América y de cultura impregnada de tradición cristiana y trabajó para el mantenimiento de la misma, única y verdadera fe que nos llega de los Apóstoles, en la Iglesia, a la que amó y sirvió con una gran fidelidad y libertad.

     En su tiempo y con los condicionamientos históricos de su época, no fue sólo una Reina cristiana, una persona cristiana de la vida política, diríamos hoy, sino, ante todo, una cristlana en la política. Supo distinguir entre "lo que es del César" y "lo que es de Dios " , y, así, fue consciente de las oscuras perspectivas a que podría conducir la exclusión de Dios como último juez de la moral y supremo garante contra los abusos de poder ejercidos por el hombre sobre el hombre.

     Reconoció al único Señor, y desde ahí organizó su vida y ejerció el gobierno de España y de la recién descubierta América, propiciada por ella y su esposo Fernando. ¡Cómo se adelantó en el trato al indio, en lo que hoy llamamos el reconocimiento de la dignidad de todo ser humano creado por el mismo Creador y amado por el mismo Padre; se adelantó al derecho de gentes, a lo que hoy llamamos derechos humanos. ¡Cómo contrastó el comportamiento y las exigencias de la Reina con la esclavitud a la que fueron sometidos los negros en las mismas tierras de América, olvidando lo que era tan arraigado en la mente y el corazón de la Reina: la fe en el Dios Creador y Redentor y la grandeza que de ahí se deriva para el hombre.

     La reina Isabel tuvo mucho que ver con lo que es la España de los nuevos tiempos, que alcanza su máxima cota en el siglo XVI y XVII. Por eso, su actuar cristiano, ejercido en medio de fragilidades humanas y condicionamientos, y su legado, nos alientan hoy a recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por el amor al hermano; para sacar de ahí fuerza renovada que nos haga siempre infatigables creadores de unidad y promotores de justicia, alentadores de cultura y elevación humana y moral del pueblo.

     Su figura, su anhelo, su obra nos evocan, asimismo, la vieja y la actual España, incluso la vieja y actual Europa, a cuya herencia y tesoro cultural, mantenidos y acrecidos por ella, contribuyó de manera tan decisiva la Reina Católica. Esta herencia y este tesoro cultural, como bien sabemos, es incomprensible sin el cristianismo, en el que se hallan aquellas raíces comunes desde las que ha madurado nuestra cultura, su dinamismo, su actividad, su capacidad de expansión constructiva también en otros continentes.

     Es fundamental, más aún si cabe en los momentos que vivimos, hacer referencia constante a la herencia intelectual y espiritual que ha plasmado nuestra identidad española y europea a lo largo de los siglos. ¿Cuál es la herencia? Pensemos por un momento en los valores fundamentales de nuestra civilización, por ejemplo: la dignidad de la persona, el carácter sagrado de la vida, el papel central de la familia, la importancia de la instrucción, la libertad, la defensa legal de los individuos y de los grupos, la colaboración de todos para el bien común,... Estos valores pertenecen a nuestro tesoro cultural. Dichos valores representan una conquista espiritual de razón y justicia que honran a los pueblos de Europa, los cuales intentan poner en práctica, en el orden temporal, el espíritu cristiano de fraternidad enseñado por el Evangelio. A la transmisión de este legado que nos honra, sin duda, contribuyó de manera significativa nuestra Reina; por esto también damos gracias a Dios en este día.

     Con la memoria agradecida de Isabel, la Reina Católica y, sobre todo, con el agradecimiento a Dios por lo que Él obró en favor nuestro a través de esta buena hija de la Iglesia, vuelven a tener actualidad aquellas vibrantes palabras del Papa en Compostela "Europa, <España>, vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo" ( Juan Pablo II, en Santiago de Compostela, 1982) . Con Cristo, puedes.

     En este final del quinto centenario de la muerte de la Reina Católica, aquí, precisamente en la Catedral de Toledo, celebrando Eucaristía, sacramento de unidad y comunión, no puedo dejar de dar gracias a Dios por la unidad de España que trabó por la mediación del reinado de los Reyes Católicos, Isabel y Fernando. Retomando palabras del hoy Papa Benedicto XVI, entonces Cardenal Joseph Ratzinger, en los actos conmemorativos del decimoquinto centenario del III Concilio de Toledo, que bien podemos ver actualizadas a propósito de la obra del Reinado de Isabel. Decía así: La España de aquel tiempo -589- estaba dividida internamente en un doble sentido. Al enfrentamiento ético entre la población románica y la germánica, se sumaba la correspondiente oposición religiosa entre las versiones católica y arriana del cristianismo. Las contraposiciones de la sangre sólo podían ser salvadas por la unidad del espíritu; ambos pueblos podían crecer y caminar juntos por la senda de la unidad en la fe... No volvemos nuestro pensamiento a estos acontecimientos históricos para refugiarnos en el pasado. El Concilio de Toledo ha creado futuro; ha construido Europa, produciendo unidad a partir de la fuerza del espíritu. En el encuentro con el Concilio de Toledo, buscamos modelos de unidad, algo que pueda reunir a unos y otros y abrir caminos por donde avanzar" . y refiriéndose a nuestro pasado trágico de Europa -las guerras mundiales, y las barreras entre el Este y el Oeste en Europa hasta que el muro cayó, añadió: "Muro y alambrada de espino se han derrumbado como en otro tiempo las murallas de Jericó. Hemos podido ver con nuestros propios ojos que el espíritu es más fuerte que el hormigón. La expansión del espíritu, la exigencia indestructible de libertad, de justicia y de verdad, ha destrozado el telón de acero. Los hombres no se han levantado sólo contra el fracaso material de la economía y de las fuerzas materiales; se han alzado más bien contra un sistema, que había erigido la mentira como forma del pensar, del hablar y del hacer. De repente la 'casa común europea' ha dejado de ser un lugar común, que antes parecía utópico, para convertirse de la noche a la mañana en una tarea inaplazable. ¿Qué puede dar la unidad? ¿Qué fuerzas pueden servir a la edificación de un nuevo futuro europeo ‘español’? ¿Es todavía la fe cristiana, también hoy, mil cuatrocientos años después del III Concilio de Toledo, quinientos años después de la muerte de la reina Isabel, una fuerza así?". La unidad que ha dado lugar a lo que somos es la unidad en la fe del Tercer Concilio de Toledo; es la unidad en la fe que asume por completo la Reina Isabel. ¿Qué fuerzas del espíritu pueden servir a la edificación de un nuevo futuro para nuestro pueblo en la unidad? Esta fe se propone, no se impone, pero en ella, en la fe cristiana, con toda certeza, tenemos la fuerza que nos abre las puertas para un futuro lleno de esperanza. De esta fe, la que alentó la vida personal de la Reina Católica y su gigantesca obra de gobierno, vivida con valentía y vigor pleno, sacaremos fuerza renovada para una unidad cada día más vigorosa, para una lucidez evangélica iluminada por el amor profundo al hermano; del vigor de la fe vivida con toda naturalidad, como Isabel la Católica, sacaremos la fuerza del espíritu que nos haga infatigables creadores de diálogo y promotores de justicia, alentadores de cultura y elevación humana y moral de nuestro pueblo. En un clima de respetuosa convivencia con las otras legítimas opciones, mientras exigimos el justo respeto a las nuestras

     Como vemos en el Evangelio que nos narra en san Juan la última cena, permanezcamos en Cristo, permanezcamos en su amor, amemos como Él nos ha amado, vayamos y demos frutos abundantes de amor y de servicio al hombre. Como Dios hizo a través de esta mujer que tan honda como sólidamente creyó y esperó en Él: Isabel I. Demos gracias a Dios e invoquemos a la Santísima Virgen María para que la obra de la Reina Isabel se continúe entre nosotros.

 

ANTE LA NAVIDAD


 Ha llegado la Navidad. Nos ha nacido el Salvador. El Hijo de Dios se ha hecho hombre. La Palabra eterna ha puesto su tienda entre nosotros. De la Santísima Virgen María ha nacido el "Enmanuel", "Dios con nosotros". Con la mirada puesta en este misterio del Nacimiento de Belén sentimos el deber de hacer propio el canto de alabanza y acción de gracias del apóstol San pablo: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo" (Ef 1). En Cristo todos hemos recibido gracia por gracia. El nacimiento de Jesús en Belén no es un hecho que se pueda relegar al pasado. En efecto, ante Él se sitúa la historia humana entera: nuestro hoy y el futuro del mundo son iluminados por su presencia. Ante Él debe doblarse toda rodilla y toda lengua debe proclamar que Él es el Señor. Al encontrar a Cristo, todo hombre descubre el misterio de su propia vida. Jesús es la verdadera novedad que supera todas las expectativas de la humanidad y así será para siempre, a través de la sucesión de las diversas épocas históricas. La encarnación y nacimiento del Hijo de Dios y la salvación que Él ha realizado con su muerte y resurrección son el verdadero criterio para juzgar la realidad temporal y todo proyecto encaminado a hacer la vida del hombre cada vez más humana. Él es el único medio por el cual el mundo puede descubrir la alta vocación a la que está llamado y llevarla a cabo en la salvación realizada por Dios" (Juan Pablo II).

     Aquí, en el acontecimiento del nacimiento del Hijo de Dios, está el centro de la historia. Todo converge ahí. Ahí está la gran esperanza y la luz que todo lo ilumina. Nace en Belén de Judá. En Belén la noche oscura se hace día radiante y la fragilidad de un Niño recién nacido en la más radical pobreza de un establo se convierte en fuerza de todos los débiles y esperanza para todos los hombres y todos los pueblos. Ha sido un verdadero derroche de amor el que el Hijo de Dios se haga carne de nuestra carne, nazca en condiciones dignas del último de los pobres.

     Las fiestas de Navidad nos invitan a celebrarlas sobria, callada y alegremente. A todos, sin excepción de los creyentes. Nos invitan a acoger, sin reservas ni sospechas, el misterio lejano y cercano que llevamos dentro, que está en el fondo de nuestras vidas y del mundo: el de Dios. En este misterio, el creyente siente la cercanía de Dios en Jesús. Detrás del ajetreo de estas fiestas, se encuentra la verdad silenciosa de que Dios se ha acercado de una vez para siempre al hombre y se ha comprometido irrevocablemente con él. Entró Dios con todo silencio en nuestro abandono y ahí nos aceptó y ahí nos guarda incansable su amor escondido.

Con ello no queremos decir que en Navidad se nos recorta la lejanía inconmensurable de Dios. Dios no deja de serlo y de habitar su luz inaccesible, pero no quiere serlo sin el hombre, sin participar en su desamparo. En la Navidad, Dios se ha unido, de uno u otro modo, con todos y cada uno de los hombres, se den o no se den cuenta de ello, lo acepten o no lo acepten. Dios se lo juega todo, por decirlo así, en el hombre. El destino de todos los hombres y de cada uno de ellos le importa supremamente a Dios mismo, desde que se ha hecho uno de nosotros y ha entrado en nuestra historia. Más allá de nuestras atenciones o desatenciones, nos aguarda en el silencio el Dios apasionado hasta el extremo por el hombre. Por eso estas fiestas nos llaman a que nos demos cuenta de que los espacios inmensos en que erramos perdidos, no están vacíos y helados, sino colmados del amor de Dios que nos aguarda incansable.

     A lo largo de la historia, Dios y el hombre se le han presentado a la conciencia desgarrada como rivales y competidores. La antigüedad pagana llegó a creer que los dioses envidiaban a los hombres felices. Los hay falsamente "piadosos" que creen que el combate por la libertad, los derechos y el pleno desarrollo del hombre le hace de menos a Dios, le hace sombra; y hay también falsos amigos del hombre que opinan que quienes viven en Dios y desde Dios no pueden por menos que traicionar sus compromisos con los hombres. La fe en Dios, como "Dios con nosotros" en Jesús, vence esta conciencia desgarrada y la reconcilia en sí misma. En la Navidad podemos abrirnos, sin reservas ni sospechas a la acogida irrevocablemente decidida del amor de Dios por los hombres. Dios ha querido tener un destino en los hombres y con los hombres. No ha querido ser Dios sin los hombres. Detrás de la exterioridad de las fiestas navideñas, se esconde la verdad silenciosa de que Dios se ha acercado al hombre y se ha comprometido irrevocablemente con él; Dios sale al encuentro del hombre y se hace hombre. ¡Esta es la verdad, aquí está esperanza!

     Pido a Dios que en esta Navidad todos nos abramos más a Él y acojamos al que viene en su nombre, y así podamos seguir su camino en toda la tierra que es el camino del hombre, el que conduce a la paz. Deseo que todos tengan el don y la dicha -la gracia- de conocer a Jesucristo, acogerle en la vida como criterio de la inteligencia y del corazón, como fuente y meta de la vida, de la razón, de la libertad, de la convivencia, y del amor. Es el bien más grande y más gratificante y dichoso que puedo pedir y desear para la vida del hombre y de la sociedad.

 

MENSAJE DE NAVIDAD

 

Del S. E. R. Mons. Antonio Cañizares Llovera

Arzobispo de Toledo

Primado de España


 Feliz y santa Navidad! Que el Señor, que nos ha dado todo y nos ha enriquecido en todo con el nacimiento de su Hijo en Belén, os colme de sus bendiciones y os proteja, que os conceda su favor y su gracia, que ilumine vuestros caminos y os llene de su sabiduría. Que a todos os conceda la paz, su paz, la que brota de la verdad y no se puede hallar ni gozar sin Él y menos aún contra Él, porque sería ir contra el hombre.        

     Desearía compartir con todos la alegría grande, inmensa, incontenible por celebrar, un año más, la Navidad. Compartir el gozo y la dicha del Dios-con-nosotros. Porque eso es la Navidad: el Hijo de Dios se ha hecho hombre; se ha hecho niño. De este modo cumple la grande y misteriosa promesa según la cual Él será “Enmanuel, Dios-con-nosotros”; se ha hecho tan cercano a nosotros, tan sencillo, que cada uno puede hablarle. Dios para siempre e irrevocablemente unido al hombre, y el hombre, sin vuelta atrás, unido para siempre con Dios. Dios está por el hombre, lo ha apostado todo por él; lo ha amado hasta el extremo, y nada ni nadie podrá separarnos de su amor infinito manifestado en este Niño que nace de la virgen María en Belén. Este es el querer de Dios, ésta es su voluntad: el Niño recién nacido en Belén, Dios con el hombre y por el hombre, para cada uno de los hombres.

     ¿Qué celebramos en estas entrañables fiestas? ¿El calor del hogar, la familia, la infancia, la ternura? ¿La nostalgia por un mundo idílico más acogedor y más pacífico? ¿El ajetreo de una fiesta donde únicamente se da consumismo, frivolidad, vacío u olvido de los problemas? ¿Qué tiene que ver todo esto con la Navidad? Ciertamente, nada; pero nada; absolutamente nada. ¿Qué estamos haciendo con la Navidad? Nos han robado la Navidad. No dejemos que nos la roben y secuestren por más tiempo. Recuperemos la verdad de la navidad. Así recuperaremos la alegría verdadera, encontraremos la verdad, viviremos con toda certeza la auténtica paz y la mejor de las dichas.

     A pesar de todo lo que la desfigura -los grandes gastos de consumo y los despilfarros sin base ni sentido de estos días, las palabras convencionales de unas frases humanitarias que suenan a hueco en un mundo tan deshumanizado, o los burgueses y estrechos sentimentalismos con que a veces se le rodea, donde Dios no cuenta y se le niega-, la Navidad este año y siempre nos invita a que entremos limpiamente en la hondura de su verdad y la acojamos, para vivirla, sin reticencias ni sospechas. Detrás de la exterioridad de las fiestas navideñas, se esconde la verdad silenciosa de que Dios se ha acercado al hombre y se ha comprometido irrevocablemente con él; Dios sale al encuentro del hombre y se hace hombre. ¡Esta es la respuesta y esta es la verdad!

     No es otra la clave de la Navidad, ni otra la sustancia y raíz de lo que celebramos que la encarnación de Dios, o sea, su condescendencia extrema con el hombre perdido y desgraciado, amenazado y sufriente; y el origen de esta condescendencia tan extraña es el amor de Dios al hombre. Dios se ha apasionado por el hombre, por todos y por cada uno en concreto, y se ha volcado por entero y sin reserva en favor del hombre, de cada uno de los hombres, para que viva y tenga vida plena y eterna, para que sea engrandecido, para que tenga la dignidad inviolable de ser hijo querido por Dios, para que encuentre el perdón de sus pecados y goce de la infinita misericordia y de la paz estable y duradera, para que camine en esperanza y conozca la verdad que nos hace libres.

     Aunque le parezca extraño y le repugne a la "sabiduría" de los "sabios y entendidos" de este mundo, Dios, no por necesidad ni por un impulso ciego, sino por amor se ha apasionado por el hombre, por su historia y su destino y ha querido compartirlos. Dios no deja en la estacada al hombre. Sin vuelta atrás: Es Dios-­con-nosotros. Ya podemos empeñarnos en ir contra el hombre, en establecer violencia y mentira, en cercenar libertad y eliminar la vida en cualquiera de sus fases, ya podemos empeñarnos en destruir el amor verdadero o en romper la familia, ya podemos pisotear al hombre y su dignidad, ya podemos seguir empeñados en la venganza, el odio o la guerra, y en no admitir la misericordia y el perdón, ya podemos intentar olvidarnos del hermano y cerrarnos en nuestra propia carne o seguir haciendo prevalecer el egoísmo y los intereses propios, ya podemos ir de tantísimas maneras en contra del hombre negando sus derechos fundamentales o sometiéndolo a los poderes injustos, ya podemos empeñarnos en vaciar al hombre, sumirlo en un nihilismo destructor o en el abismo del sinsentido, ya podemos hacer lo que sea de miles maneras y modos que conculquen o amenacen al hombre en su dignidad, que, a pesar de todo y por lo que ha acontecido una vez por todas hace dos mil años en Belén, Dios seguirá para siempre y eternamente apostando por el hombre. Esta es la gran verdad de la Navidad: Dios se ha hecho hombre. Ahí está su omnipotencia, la omnipotencia de su amor, de su condescendencia, de su misericordia, de su rebajamiento hasta esta criatura frágil de un niño. Ahí está su poder: en ese Niño, inerme, que llora al nacer, inocente, frágil, que se está dando todo y se anonada por nosotros, los hombres.

     El poder de Dios es distinto del de los poderosos del mundo. El modo de actuar de Dios es distinto de como nosotros lo imaginamos y de como querríamos imponerlo también a Él. Dios en este mundo no entra en concurrencia con las formas terrenas de poder. No contrapone sus divisiones a otras divisiones, sus ejércitos a otros ejércitos. Él contrapone al poder ruidoso y prepotente de este mundo el poder inerme y silencioso del amor, que en el Niño de Belén se rebaja y aparentemente fracasa, pero que constituye algo enteramente nuevo que se opone a la injusticia e instaura el Reino de Dios, Reino de amor y de vida, reino de gracia y verdad, reino de justicia y de paz. Dios es distinto y así lo reconocemos en la Navidad. Esto significa que nosotros mismos deberíamos ser distintos, deberíamos asumir el estilo de Dios; deberíamos ejercer el poder al modo de Dios y llegar a ser hombres de la verdad, del derecho, de la bondad, del perdón, de la misericordia, del amor. Este es el verdadero mensaje de la Navidad, el gozoso y esperanzador mensaje que el mundo, también el de hoy, y si cabe más el de hoy, siempre necesita.

     El mundo necesita de Dios, el mundo necesita de este Niño. El mundo necesita abrirse a Dios, recibir a Dios, acoger a este Niño, Niño Dios, Enmanuel, Dios-con-nosotros. El no recibirle, el rechazarle, el negarle, el olvidarlo o el ir contra Él, es ir contra el hombre. "La historia ha demostrado con creces que luchar contra Dios para extirparlo del corazón de los hombres lleva a la humanidad temerosa y empobrecida, hacia opciones que no tienen futuro". Por eso pido al Niño de Belén, y es mi gran deseo para la Navidad de este año que nos conceda a todos, a todos sin excepción, que reconozcamos "la plena verdad de Dios, condición previa e indispensable para la consolidación de la verdad de la paz". Que reconozcamos en Él, en el Niño, la verdad de Dios, y que como los pastores o los Magos de Oriente, nos postremos ante Él y le adoremos, reconozcamos de verdad y con todo el corazón a Dios. Dios es Amor que salva. No podemos tener miedo de Él, ni ir contra Él, iríamos contra el Amor, iríamos así contra nosotros mismos, contra la humanidad a la que Dios ama hasta el extremo de ese derroche de sabiduría y de gracia que es su condescendencia y rebajamiento por amor, de Belén. Dios, en este Niño, es "fuente inagotable de la esperanza que da sentido a la vida personal y colectiva", Dios es el hontanar inagotable de felicidad y de dicha que nada ni nadie puede superar. Dios, sólo Dios, hace eficaz cada obra de bien y de paz. A todos deseo, para todas las familias, para todos los hombres y mujeres, niños y ancianos, jóvenes y adultos pido que conozcamos y amemos, que acojamos y adoremos al Niño Dios, a Dios mismo en Él, todo se llenará de luz, todo se inundará de paz, todo será engrandecido por la sabiduría y la verdad. Que "los creyentes en Cristo seamos testigos convincentes de la verdad de Dios, que es verdad y amor al mismo tiempo", la verdad de Dios que aparece y se hace patente en el portal de Belén.

     Feliz y santa Navidad.

X Antonio Cañizares Llovera

Arzobispo de Toledo

Primado de España