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Año 2006 |
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HOMILÍA DEL SR. CARDENAL ARZOBISPO DE TOLEDO EN LA FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA
S. I. Catedral Primada Toledo, 31 de diciembre de 2006 Queridos hermanos y hermanas en el Señor, queridas familias aquí presentes o que estáis siguiendo esta celebración por los medios de comunicación diocesanos: Felicidades a todos, porque todos pertenecemos a una familia, porque todos nacemos en familia y de ella hemos recibido cuanto somos. También Jesús nació en el seno de la familia de María y de José. En ella fue creciendo, en el silencio de Nazaret, en estatura, en sabiduría y en gracia ante Dios y los hombres; compartió, como la inmensa mayoría de los hombres, la vida de familia en Nazaret, donde se nos ofrece una lección de vida familiar, vida de amor y comunión, vida de trabajo, vida religiosa judía sometida a la ley de Dios, vida en la comunidad y de enraizamiento en ella. Con la sumisión a su madre, ya su padre legal, Jesús cumple a la perfección el cuarto mandamiento; es la imagen temporal de su obediencia a su Padre celestial, en cuyas "cosas" debía estar ocupado. Él ha bendecido así toda familia; su obediencia en lo cotidiano de la familia inauguraba ya la obra de restauración, también en el seno de la familia, de lo que la desobediencia de Adán había destruido. Sólo Él sabe lo que hay en el seno de la familia, como sólo Él sabe lo que hay en el corazón del hombre. A su luz, la luz del amor y de la revelación de Dios, se esclarece y descubre la grandeza y la belleza de la familia. Necesitamos contemplar y aprender la grandeza y belleza que vemos en la Sagrada Familia cuya fiesta celebramos hoy. Que la Sagrada Familia de Nazaret “nos enseñe el significado de la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable, lo dulce e irreemplazable que es su pedagogía y lo fundamental e incomparable que es su función en el plano socia”l (Pablo VI). Dios nos ha propuesto a la Sagrada Familia como maravilloso ejemplo a nuestros ojos, pidamos a Dios, hoy y todos los días, nos conceda imitar sus virtudes domésticas y su unión en el amor; así llegaremos gozosos y esperanzados al hogar del cielo (Cf. Oración de la Misa de la Sagrada Familia). El pasado mes de julio tuvimos ocasión de participar, de una u otra manera, en el gran acontecimiento de gracia y salvación del IV Encuentro Mundial de las Familias con el Papa, en Valencia. Además de ser un encuentro gozoso de Iglesia, un paso de Dios entre nosotros, fue una ocasión que generosamente Dios nos brindó para palpar la belleza y grandeza del Evangelio de la Familia y de la vida. El Papa nos ofreció un riquísimo caudal de enseñanzas acerca de este Evangelio. En nuestra diócesis estamos intentando, y hemos de poner todos nuestros esfuerzos y esperanzas, en llevar a cabo la puesta en práctica de tantísimo como recibimos de Dios en dicho Encuentro. Sabemos con absoluta y total certeza de que es en la familia donde se encuentra el futuro del hombre y de la sociedad, y de la misma Iglesia y su misión. Ella es "el objeto fundamental de la evangelización y de la catequesis de la Iglesia, y también su indispensable e insustituible sujeto" y también la que da la vida a la sociedad (Juan Pablo II). De la familia depende el destino del hombre, su felicidad, la capacidad de dar sentido a su existencia; por ello, el futuro de la humanidad está estrechamente ligado al de la familia. Esta verdad de suyo tan evidente, por paradójico que parezca, sin embargo, se ve negada por una mentalidad, por una actitud y unos comportamientos bastante extendidos en la sociedad actual, tanto en el plano particular como en el público y aún legislativo, que olvida, rechaza, ofende y relativiza el valor del matrimonio y de la familia. Baste como muestra la noticia que hoy mismo da un medio de comunicación social: "La mitad de los matrimonios españoles formados en 2004 se truncaron ese mismo año". Es todo un signo de una mentalidad y de unas actuaciones políticas, sociales y educativas, que llevan, si no cambiamos, a una destrucción del hombre y de la sociedad. Así de grave es la situación. Recordando palabras del gran "Papa de la Familia", Juan Pablo II, "es necesario sobre todo pasar de una visión de la familia como sector o parte, a una visión de la familia como criterio de la medida de toda la acción política, porque al bien de la familia están vinculadas todas las dimensiones de la vida humana y social: la tutela de la vida humana, el cuidado de la salud y del ambiente; los planes reguladores de la ciudad, que deben ofrecer condiciones habitables, servicios y espacios verdes a medida de la familia; el sistema escolar, que debe garantizar una pluralidad de intervenciones, de iniciativas tanto estatales como de otros sujetos sociales; a partir del derecho de elección de los padres; la revisión de los procesos laborales o de criterios fiscales, que no pueden estar basados solo bajo la consideración de cada uno de los sujetos, olvidando, o peor aún, penalizando el núcleo familiar" (Juan Pablo II). El desarrollo armónico y el progreso de un pueblo dependen en gran medida de su capacidad de actuar sobre la familia, garantizando a nivel legislativo, social y cultural, la plena y efectiva realización de las funciones y tareas de la familia, fundada sobre el matrimonio único e indisoluble de un hombre y de una mujer, enraizada en la comunión y el amor abierto a la vida. Es fundamental dar voz a las razones que motivan la defensa de la familia fundada en el matrimonio. Ella es la principal fuente de esperanza. Nuestra esperanza radica en que todos y cada una de las comunidades y todos los sujetos sociales, crean siempre en la familia fundada en el matrimonio, lugar de amor y de auténtica y exigible solidaridad, fuente y lugar, mejor aún, santuario de la vida. Invierno demográfico Europa, y de manera muy singular España, con el índice más bajo de natalidad de la Comunidad Europea, padece un fuerte invierno demográfico. "¿Por qué las cosas están así?", se ha preguntado el Papa Benedicto XVI en su recentísimo Discurso de Navidad a la Curia de la Santa Sede. El Papa mismo añade a continuación: "Las respuestas seguramente son muy complejas": desde los problemas económicos y sociales con que se enfrentan hoy las familias, a la gran dificultad de asumir compromisos definitivos, pasando por las preocupaciones y fatigas de cada día, la dedicación necesaria para abrir a los hijos el camino hacia el futuro, la carencia de tiempo, la inseguridad en lo que hay que trasmitir a los hijos, de las normas de vida que hay que enseñar, de lo que es el justo uso de la libertad, etc. Todo ello pueden ser razones para un futuro incierto, para un temor al futuro, para ese invierno demográfico que es uno de los problemas primero y principal con que nos enfrentamos en Europa, y más aún en España. Pero en el fondo hay una grave y grandísima cuestión: "El hombre de hoy -afirma el Papa- está inseguro acerca del futuro. ¿Es admisible enviar a alguno hacia ese futuro incierto? En definitiva, ¿es algo bueno ser hombre? Esta profunda inseguridad sobre el hombre mismo -junto a la voluntad de retener o poseer la vida para sí mismo- es quizá la razón más profunda, por la que el riesgo de tener hijos aparece como una cosa que no se puede sostener". Ese es, sin duda, el gran problema de nuestro tiempo: el problema del hombre, el problema de su verdad. El relativismo, la incapacidad para compromisos definitivos, el laicismo, el olvido de Dios, no es, evidentemente la respuesta. ¿Podemos estar callados los cristianos en estos temas sin ofrecer la respuesta de la fe a las grandes cuestiones que ahí se encierran? ¿No es nuestro deber alzar la voz para defender al hombre, aquella criatura que, en la unidad inseparable de alma y cuerpo, es imagen de Dios? Dios es la respuesta, la única respuesta al hombre, a la gran cuestión: qué significa ser hombre. Defensa de la vida Unida a la jornada sobre la familia, está también la jornada de la defensa de la vida: Hoy, día de la Sagrada Familia, es también el día de la Familia y de la Vida. La voz libre y profética de la Iglesia, cargada de esperanza, resuena con fuerza, y grita y anuncia el Evangelio, la Buena Noticia, de la vida: porque el Evangelio del amor de Dios al hombre, en efecto, el Evangelio de la dignidad inviolable de la persona humana y el Evangelio de la vida son un único e indivisible Evangelio. Con amor y ternura la Iglesia sale en defensa del hombre amenazado, en defensa de la vida despreciada, en defensa de la dignidad humana preterida o violada, y se dirige a los fieles católicos ya todos los hombres de buena voluntad que quieran escucharle. Clama por el hombre inocente, da la cara por el indefenso con energía, apuesta fuerte por la vida, por toda vida humana. Escuchando su mensaje se siente el gozo inmenso de ser hombre, la alegría de haber sido llamado a la Vida, la dicha de ser una de esas criaturas -un hombre- querida directamente y por sí misma por Dios, que quiere que el hombre viva y cuya gloria es ésta: la vida del hombre. La Iglesia no puede callar y dejar de anunciar este Evangelio: ¡Ay de mí si no evangelizo!, leemos en san Pablo; ¡ay de la Iglesia y de sus hijos, si dejamos de anunciar este Evangelio de la vida que no es otro que Jesucristo! Jesucristo al que todos buscan porque todos quieren y anhelan la vida y rechazan la muerte; ante Cristo todos se agolpan, a El todos acuden, aún sin saberlo muy bien, porque ha venido a que los hombres tengamos vida: porque ¡El es Vida!, la Vida que ansiamos. Para esto ha venido al mundo, para predicar esta dichosa noticia y para hacerla realidad, en nuestro mundo y en el venidero. Si al final del siglo XIX, la Iglesia "no podía callar ante los abusos sociales entonces existentes, menos aún puede callar hoy, cuando a las injusticias sociales del pasado, tristemente no superadas todavía, se añaden en tantas partes del mundo injusticias y opresiones incluso más graves, consideradas tal vez como elementos de progreso de cara a la organización de un nuevo orden mundial" (EV 5). Sin duda, la injusticia y la opresión más grave que corroe el momento presente es esa gran multitud de seres humanos débiles e indefensos que está siendo aplastada en su derecho fundamental a la vida. El mundo actual trata de apagar o de poner sordina a tan importante mensaje. Son las campañas y la trompetería de los embajadores y servidores de la "cultura de la muerte" y del miedo al futuro que se cierne amenazadora sobre los hombres y los pueblos, sumidos en un invierno demográfico. Es necesario que resuene en nuestra sociedad desalentada este Evangelio, "confirmación precisa y firme del valor de la vida humana y de su carácter inviolable". Es preciso que no se calle ni se debilite esta "acuciante llamada a todos ya cada uno, en nombre de Dios: ¡Respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana! Sólo siguiendo este camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad" (EV 5). La guerra y el terrorismo de ETA "Una de las más decisivas causas en las que se va a jugar el futuro de la Humanidad y la salvación del hombre en este siglo y milenio va a ser la causa de la vida… el siglo XX ha sido el siqlo de las querras, de las más terribles de toda la historia humana. Desde la perspectiva de la fe católica, habría que añadir, además, el período histórico, dentro de la era cristiana, en el que el valor fundamental de la vida se ha visto más universalmente amenazado y más abiertamente puesto en cuestión… Nuevas y gravísimas amenazas se ciernen sobre la vida y la dignidad de la persona humana. En el umbral del siglo XXI, la guerra se sigue utilizando sin escrúpulos como método brutal de solución a los problemas políticos… Se usa y justifica el terrorismo con su secuela de asesinatos, crímenes, vidas y familias destrozadas como recurso legítimo para obtener no se sabe bien qué fines políticos, sociales o culturales". Ahí tenemos el espantoso e inhumano atentado de ayer en la Terminal 4 del Aeropuerto de Barajas. Respecto a este reprochable en todos sus extremos atentado terrorista de los asesinos, terroristas de ETA, haciendo mías las palabras de la Conferencia Episcopal, expreso mi afecto y sincera solidaridad con las víctimas, especialmente con los familiares de los que han sido asesinados y con los heridos, o dañados de cualquier modo, en este atentado. Y con las palabras de la Instrucción Pastoral "Orientaciones morales ante la situación actual de España", reitero que el "terrorismo es intrínsecamente perverso, del todo incompatible con una visión moral de la vida, justa y razonable", y que no "sólo vulnera gravemente el derecho a la vida y a la libertad, sino que es muestra de la más dura intolerancia y totalitarismo". "El gobierno -añade la Conferencia- los partidos políticos y todas las instituciones estatales tienen que trabajar conjuntamente, con todos los medios legítimos a su alcance, para que llegue cuanto antes el fin del terrorismo. Todos están obligados a anteponer la unión contra el terrorismo a sus legítimas diferencias políticas o estratégicas. Una sociedad que quiera ser libre y justa no puede reconocer explícita ni implícitamente a una organización terrorista como representante político legítimo de ningún sector de la población, ni puede tenerla como interlocutor político". Como tantas veces he repetido: ETA debe desaparecer, debe disolverse sin condiciones. Con el terrorismo, con los terroristas, no se negocia, no cabe negociación política; es necesario que se mantenga vivo y firme el Estado de Derecho, con la unidad de todas las fuerzas políticas y sociales en ese mantenimiento del Estado de derecho, que implica siempre el respeto a la inviolabilidad de la dignidad de todo ser humano y la defensa y protección de la vida humana y del bien común. Al condenar enérgicamente “sin paliativo alguno” este atentado, constatamos una vez más que el terrorismo constituye una estructura de pecado y pido a todos, a todas las comunidades, que perseveremos en la oración por la víctimas del terrorismo y por sus familiares, por la conversión de los terroristas y el cese de la violencia, y para que Dios otorgue sabiduría y fortaleza a los gobernantes en sus decisiones y acciones, encaminadas a la desaparición del terrorismo. La pena de muerte y el crimen del aborto Dentro de esta jornada de defensa de la vida no puedo dejar de referirme también a las sentencias de penas de muerte y su ejecución, que no desaparecen en el mundo, como ayer mismo pudimos comprobar. Lo más grave de todo, el mayor atentado contra vida sigue siendo la práctica del abominable crimen del aborto. En nuestro país tenemos la cifra escalofriante de más de un millón desde hace 20 años en que fue legalizado a esta parte; sólo en el año pasado 91.000; seis mil más que el año pasado. Se justifican, así mismo, la manipulación genética con fines experimentales o la eliminación de embriones, no considerados como seres humanos, como si no se tratara de "unos de los nuestros". Nos hemos acostumbrado a esas cuatro quintas partes de la humanidad que pasan hambre o esos millones y millones de hombres, que ya desde niños, no tienen el mínimo necesario para subsistir con dignidad. Se vende, sin ninguna justificación e incluso falseando los mismos datos de las Naciones Unidas el llamado "boom demográfico" con políticas antinatalistas puestas al servicio de intereses económicos e ideológicos. El narcotráfico criminal y el consumo de drogas siguen haciendo estragos en la vida de numerosos jóvenes. "La vida de los no nacidos, de los enfermos terminales, de los ancianos, de los disminuidos de todo tipo… se encuentra cada vez más desamparada no sólo por las leyes vigentes, sino también por las costumbres y estilos de vida más en boga en la sociedad actual. Parece que se trata de vidas humanas de inferior valor y menos dignas de protección jurídica y social que las de los sanos, fuertes y autosuficientes en lo físico, lo psíquico y lo económico-social. Es evidente: gana terreno lo que el Papa Juan Pablo II calificó como la cultura de la muerte. Pero la muerte ha sido vencida en su misma entraña por el Evanqelio de la vida, por Jesucristo, muerto en la Cruz y resucitado para nuestra salvación". Los que creemos en Jesucristo y tenemos la firme convicción de nuestra llamada a la vida, los que queremos al hombre, no podemos desalentarnos, no cejaremos jamás en la defensa de este hombre amenazado. Tengamos esperanza. Dios esta con nosotros. Es Emmanuel. Si hoy, con razón, nos avergonzamos de los tiempos de la esclavitud que en aquel entonces se justificaba legalmente, no tardará en llegar un día en que nos avergoncemos y arrepintamos de esta cultura de muerte, también legalmente establecida. Es preciso crear una conciencia más profunda y arraigada del don maravilloso de la vida y, consecuentemente, de una cultura de la vida. Ahí es donde está el futuro, ahí es donde está el verdadero progreso. Es el progreso y el futuro que descubrimos en la Sagrada Familia.
NAVIDAD: FUTURO Y ESPERANZA DEL HOMBRE Mensaje del Sr. Cardenal Arzobispo para la Navidad 2006
El nacimiento de Jesús en Belén no es un hecho que se pueda relegar al pasado.
Ante él se sitúa la historia humana entera: nuestro hoy y el futuro del mundo
quedan iluminados por este acontecimiento. Este nacimiento, único en toda la
historia, supera todas las expectativas de la humanidad y así será para siempre.
Constituye el único medio por el cual el mundo puede descubrir la alta vocación
a la que está llamado.
A lo largo de la historia, Dios y el hombre se le han presentado a la conciencia
desgarrada como rivales y en pugna. La antigüedad pagana llegó a creer que los
dioses envidiaban a los hombres felices. Los hay falsamente "piadosos" que creen
que el combate por la libertad, los derechos y el pleno desarrollo del hombre le
hace de menos a Dios, le hace sombra; y hay también falsos amigos del hombre que
opinan que quienes viven en Dios y desde Dios no pueden por menos que traicionar
sus compromisos con los hombres. X Antonio Cañizares LloveraCardenal Arzobispo de Toledo Primado de España
HOMILÍA EN LA SANTA MISA DE ORDENACIÓN DE CUATRO SACERDOTES S. I. Catedral Primada, 17 de diciembre Muy queridos ordenandos, muy queridos, D. Carmelo y D. Ángel, Obispos Auxiliares de esta archidiócesis de Toledo, queridos hermanos sacerdotes y diáconos, seminaristas del Seminario Mayor y Menor, queridas familias de los ordenandos, queridos todos hermanos y hermanas en el Señor: ¡"Qué grande es en medio de nosotros el Señor, nuestro Dios y salvador!". Él hace proezas en favor nuestro, suscitándonos, en estos cuatro jóvenes, sacerdotes, pastores, conforme a su corazón. Así nos enriquece y se muestra grande con nosotros. En esta hora nuestras palabras no deberían ser otras que de pura y gozosa alabanza a Dios, de reconocimiento de Él, de proclamación de su inmensa grandeza, de sencilla confesión de fe y de adoración humilde por la gracia y la bondad, por la delicadeza y la ternura de la que Él colma a la Iglesia en Toledo con el don inmenso de la presencia sacramental de Cristo sacerdote, cabeza y pastor, en cada uno de los jóvenes que van a ser ordenados sacerdotes por la unción del Espíritu, la imposición de manos y la oración de consagración. Cantemos la misericordia del Señor y desbordemos de gozo con el Señor. ¡Demos gracias a Dios, el Señor, nuestra fuerza y nuestro poder! Como el domingo pasado, también éste la figura del Bautista tiene un lugar destacado. Fijaos en él, queridos amigos que os vais a ordenar. Todo en Juan remite a Jesucristo, el Mesías esperado que había de venir. No es la luz sino testigo de la Luz, para llevar a los hombres a la fe. No es la Palabra, sino la voz que lleva la Palabra, que es vehículo de la Palabra y clama en el desierto: "Preparad el Camino al Señor", "convertíos porque está cerca el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". Anuncia en el desierto y señala próximo a quien no conoce. Profeta y testigo, precursor de Jesús, forja su personalidad en el desierto, que es escuela de Dios, escuela de la escucha de la Palabra, del silencio, de la oración, del encuentro con Dios, de la penitencia. Vosotros, queridos amigos, llamados al orden de los presbíteros, tenéis en el Bautista un punto de referencia fundamental para el ministerio que la Iglesia os confía. Sois ordenados sacerdotes para anunciar y señalar presente a aquel que viene y lleva la salvación. Seréis testigos del Cordero que quita el pecado del mundo para llevar a los hombres a Él en orden a que aprendan de Él y le sigan. En toda vuestra vida y con todo vuestro ministerio habréis de señalar a Cristo entre los hombres, presente en medio de ellos, aunque no lo conozcan. Como el Bautista, también vosotros, en la oscuridad de la ignorancia y desconocimiento de Cristo, habréis de dar testimonio de Aquel que, por desgracia, conocemos tan poco. No sois la Palabra. La Palabra sólo es Cristo. Vais a ser vehículo de la palabra, para ayudar a todos los hombres a que abran su corazón para acoger a Cristo, no a vosotros. Seréis testigos de Cristo, transparencia de la Luz, para conducir a los hombres a la fe, a Cristo. Con toda vuestra persona y ministerio no buscaréis otra cosa que preparar el camino al Señor y enderezar los caminos de los hombres. Llamaréis siempre a la conversión, para que los hombres puedan recibir y aceptar la presencia de Dios en el mundo, la única puerta abierta al futuro y a la esperanza. El Bautista se hace pequeño, para que el que llega sea grande. Es necesario hacerse pequeño para que el Señor se muestre grande, en toda su grandeza. Solamente así se conoce a Aquel que es más grande que nosotros. Llegaremos a conocer a Dios, Emmanuel, en la medida en que dejemos lugar para su presencia. Como Juan el Bautista, también vosotros habréis de llamar a una sincera conversión para acoger el Reino de Dios, que llega con Cristo; esto es, acoger la infinita misericordia de Dios. El envío que el Padre hace de su Hijo al mundo es la manifestación y la esencia misma del amor, es la revelación de la inmensa bondad de Dios y de su amor en favor de los hombres. Es necesario y urgente llamar a la conversión. Apremia llamar a la conversión, para que Dios, Amor, sea el centro de nuestra vida ya en la tierra, porque la vida que llevamos no es camino para el encuentro con Dios donde está la verdad del hombre. La conversión reclama caminar en la verdad, de cara a la verdad, no de espaldas a la verdad. Cuando el hombre camina en la dirección contraria a Dios, cuando le da la espalda a Dios, o cuando se olvida de Él que la referencia absoluta de su vida, inmediatamente, surge una profunda ruptura y quiebra de humanidad, como nos sucede ahora. Queridos ordenandos, Dios os ha elegido y llamado, y os va a confiar el ministerio sacerdotal, en una época marcada y penetrada, en efecto, por una honda quiebra de humanidad originada en el olvido de Dios y en el intento de relegarlo a la insignificancia en nuestra vida personal y social, que permea todo de la tristeza de lo finito y de la nada, o de miedo al futuro. Sois ordenados en una situación social, descrita certeramente por la Conferencia Episcopal en su reciente Instrucción sobre "Orientaciones Morales", en los siguientes términos: se está dando un "desarrollo alarmante del laicismo", caracterizado por "la voluntad de prescindir de Dios en la visión y la valoración del mundo, en la imagen que el hombre tiene de sí mismo, del origen y término de su existencia, de las normas y los objetivos de sus actividades personales y sociales. Dentro de un cambio cultural muy amplio, España se ve invadida de un modo de vida en el que la referencia a Dios es considerada como una deficiencia en la madurez intelectual y en el pleno ejercicio de la libertad. Vivimos en un mundo, donde se va implantando la comprensión atea de la propia existencia . . . Éste es el problema radical de nuestra cultura: el de la negación de Dios y el de un vivir 'como si Dios no existiera'". Y añade el texto episcopal:" El mal radical del momento consiste en ... el deseo ilusorio y blasfemo de ser dueños absolutos de todo, de dirigir nuestra vida y la vida de la sociedad a nuestro gusto, sin contar con Dios, como si fuéramos verdaderos creadores del mundo y de nosotros mismos. De ahí la exaltación de la propia libertad como norma suprema del bien y del mal y el olvido de Dios, con el consiguiente menosprecio de la religión y la consideración idolátrica de los bienes del mundo y de la vida terrena como si fueran el bien supremo" (n 8-10). Se trata de un verdadero proyecto para nuestra sociedad, un proyecto cultural y político en el que están empeñados fuerzas y poderes sociales, a veces ocultas, y no tan ocultas, pero reales. "Este proyecto -afirman los Obispos en la mencionada Instrucción pastoral- implica la quiebra de todo un patrimonio espiritual y cultural, enraizado en la memoria y adoración de Jesucristo y, por tanto, el abandono de valiosas instituciones y tradiciones nacidas y nutridas de esa cultura. Se diría que se pretende construir artificialmente una sociedad sin referencias religiosas, exclusivamente terrenas, sin culto a dios ni aspiración ninguna a la vida eterna, fundada únicamente en nuestros propios recursos y orientada exclusivamente hacia el mero goce de los bienes de la tierra" (n. 13) . Para ese proyecto y al servicio de él se despliegan muy poderosos medios y se usan grandes recursos e instrumentos, sin que con frecuencia nos percatemos de ello, de forma que se vayan educando las conciencias de los ciudadanos en esa mentalidad envolvente, generadora de relativismo moral y de un laicismo radical, que se pretende como la única compatible y válida para una ciudadanía adulta, libre, y democrática. "Tal parece ser la interpretación correcta de las dificultades crecientes para incorporar el estudio libre de la religión católica en los currículos de la escuela pública... y el anunciado programa de la nueva asignatura, con carácter obligatorio, denominada 'Educación para la ciudadanía', con el riesgo de una inaceptable intromisión del Estado en la educación moral de los alumnos, cuya responsabilidad primera corresponde a la familia". Nos gustaría a los Obispos poder ofrecer otra visión, pero las cosas son así; los hechos son los hechos. Corremos el riesgo de que en las circunstancias actuales y ante tales constataciones y la magnitud de los hechos cunda entre nosotros la desesperanza. Esto sería, también lo decimos los obispos en la mencionada Instrucción, una verdadera tentación, una auténtica amenaza. Los textos de la palabra de Dios en este tercer Domingo de Adviento nos invitan a todo lo contrario. Ahí tenemos, en primer lugar, el grito de Sofonías a su pueblo, dirigido también a nosotros: "Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel, alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén". Porque el Señor está en medio nuestro. Vive con su pueblo, la Iglesia, con la eficacia de un guerrero que salva. La fuerza de la profecía de Sofonías radica en la afirmación de la presencia de Dios en medio de su pueblo como Rey. Oír el canto de júbilo del Profeta, es perder el miedo a todo, incluso a la muerte que va a ser vencida: "No he de morir viviré, para cantar las hazañas del Señor" (Sal 7, 17). . El motivo de esta alegría desbordante del Profeta es la seguridad de que el Señor esta "en medio de ti, Jerusalén -Iglesia- se goza y se complace en ti". No son palabras vacías y sin sentido, sino realidades muy vivas, que ya se han cumplido y comprobado. Cuando Lucas quiera expresar su fe en Jesús como Dios que se aproxima, hecho hombreen medio de nosotros, se acordará del profeta Sofonías y reproducirá sus palabras: 'alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo’. La Hija de Sión nueva es la madre del Señor, a quien el ángel le dice justamente que 'no tema', porque el Señor está con Ella, en medio de Ella. El nuevo Israel, la Iglesia, está personificado en María, la madre de Jesús, madre también de la iglesia, Jerusalén nueva que sabe que el Señor está en medio de Ella, hecho niño que crece en su seno de madre jovencísima. Sí, hermanos queridos, el Señor está en medio de nosotros, o lo que es lo mismo, El Señor nos ama, el que ama nunca está lejos, siempre está presente. Tenemos la certeza de que "Dios nos ama irrevocablemente; que Jesús nos ha prometido su presencia y su asistencia hasta el fin del mundo; que Dios, en su providencia, de los males saca bienes para sus hijos. La Iglesia y la salvación del mundo no son obra nuestra, sino empresa de Dios. . . No es el momento de mirar atrás añorando tiempos aparente o realmente más fáciles y fecundos. No hay fecundidad sin sufrimiento. Dios nos llama a la humildad y a la confianza, seguros de que en nuestra debilidad actual se manifestará el poder de su gracia y de su misericordia" (Instrucción. . . n. 24). Mirad, queridos hermanos, el testimonio de pablo: En una vida tan atormentada como la suya, una vida llena de persecuciones, de hambre, de sufrimientos, siempre está presente, sin embargo, una palabra clave: 'Alegraos, os lo repito, alegraos, porque el Señor está cerca'. Aquí vemos el motivo por el cual san Pablo en todos sus sufrimientos, en todas sus tribulaciones, sólo podía decir a los demás alegraos; podía decirlo, porque en él mismo estaba presente la alegría: alegraos, porque el Señor está cerca. Si el amado, el amor, el mayor don de mi vida está cerca de mí; si estoy convencido de que Aquel que me ha ama está cerca de mí, incluso en la situaciones de tribulación, en lo hondo del corazón reina una alegría que es mayor que todos los sufrimientos" (Benedicto XVI, 3 de octubre, 2005). La Iglesia no puede poner, no pone, nunca su esperanza ni encontrar su apoyo en ninguna institución temporal, en ningún poder o éxito de aquí, pues sería poner en duda el señorío de Jesucristo, su único Señor, o la fuerza de su amor y de su presencia que es la única que le da vida y aliento en su camino. Pero para que el Reino o señorío de Jesús que viene esté dentro de nosotros, para que Él se muestre en su infinito amor y presencia misericordiosa en medio nuestro, surge la pregunta que también le hacen al Bautista, que lo señala próximo, en medio de aquellos a los que se dirigía en la rivera del Jordán: "¿Qué tenemos que hacer?". Juan responderá con una respuesta que también es de hoy y para nosotros: Compartid con vuestros hermanos la comida y el vestido. Les descubre el amor, la solidaridad, la caridad, que va más allá todavía, porque es el mismo amor con que Dios ama a los hombres y se ha hecho presente en Jesucristo. Nadie debe tener y guardar sólo para sí; mirad a vuestro lado como hermanos para ayudarlos a crecer; no los miréis como competidores, porque cuando en el otro se ve a un rival no es posible la alegría. Esto es convertirse, poner al servicio de los demás, e los hermanos, cuanto soy y tengo. Los que tienen dinero, como los publicanos, reciben un programa: practicad la justicia. A los que representan el poder del emperador, en el texto evangélico, como interlocutores de Juan, los militares: "no exijáis más de lo establecido y justo", no manipuléis, no os sintáis dueños de haciendas y de vida, no os adueñéis de las conciencias, servid, y no os sirváis de los demás para ningún otro interés que no sea el bien de cada persona y del bien común.; no abuséis de la ley, no hagáis leyes injustas, no os aprovechéis en contra del pueblo de vuestra situación privilegiada, y de la fuerza que poseéis; ponedlo todo al servicio del prójimo, ponedlo todo al servicio del bien común, que pasa siempre por el servicio a la persona y a su dignidad. La respuesta nuestra, la respuesta de los cristianos en estos momentos es "la práctica del amor como norma universal de vida... No seríamos discípulos de Jesús, ni la Iglesia podría presentarse como Iglesia, si no reconociéramos en el ejercicio y en el servicio de la caridad la norma suprema de nuestra vida. El amor al prójimo, enraizado en el amor de Dios, es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para las instituciones eclesiales, para cada Iglesia particular, y para la Iglesia universal. La Iglesia tiene que ser y aparecer, tiene que vivir y actuar como una verdadera comunidad de amor, como una manifestación y una oferta universal del amor que la humanidad necesita para vivir adecuadamente... El amor, vivido y practicado con generosidad y eficacia, es lo único que puede hacernos testigos de la verdad y de la bondad de Dios en nuestro mundo" (n. 78), presente en medio nuestro... En cada lugar y en cada época hay necesidades deferentes. En cada momento son distintas las urgencias: los inmigrantes, los que no tienen trabajo, los que están solos, las jóvenes que pueden caer en las redes de los explotadores de la prostitución, las mujeres humilladas y amenazadas por la violencia doméstica, quienes no tienen casa ni familia donde acogerse, los que no creen, los que andas perdidos y sin sentido por la vida, los que están sumidos en la droga, etc. Todos son hermanos. Todos, además, tienen necesidad de signos que les ayuden a descubrir el verdadero rostro de Dios, la presencia de Dios en medio nuestro: El está en medio de nosotros, y se hace manifiesto por nuestro amor. Hay un aspecto que debo expresar como respuesta a esa pregunta dirigida a Juan, dirigida a nosotros, a la Iglesia. La Iglesia, como en otros momentos, está llamada a ser signo y llamada a la reconciliación y al entendimiento. "Perdón, reconciliación, paz, convivencia, fueron los grandes valores que la Iglesia proclamó y que la mayoría de los católicos españoles en general vivieron intensamente" (n.6) en los momentos de la transición política. En estos momentos "todos debemos procurar que no se deterioren ni dilapiden los bienes alcanzados. Una sociedad que parecía haber encontrado el camino de su reconciliación y distensión vuelve a hallarse dividida y enfrentada. Una utilización de la 'memoria histórica', guiada por una mentalidad selectiva, abre de nuevo viejas heridas de la guerra civil y aviva sentimientos encontrados que parecían estar superados.- estas medidas no pueden considerarse un verdadero progreso social, sino más bien un retroceso histórico y cívico, con un riesgo evidente de tensiones, discriminaciones y alteraciones de una tranquila convivencia" (n. 7). "¿Qué tenemos que hacer?". Apoyados en Dios, en la certeza de que está en medio nuestro y trae la reconciliación, ser factores de reconciliación e instrumentos de su paz. Así recogeremos la invitación reiterado de san pablo a la alegría, que en esta ordenación se engrandece y se levanta como un signo de esperanza y de luz gozosa en nuestro mundo: "Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito; estad alegres. Que todo el mundo vea vuestra alegría porque el Señor está cerca". Eso sin Dios que está cerca, que está entre nosotros y no podemos relegarlo al olvido, a lo privado o a la intimidad de lo más secreto nuestro, no iremos a ninguna parte. Que Él nos guíe. Que la Santísima Virgen os ayude.
INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA Homilía del Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo, don Antonio Cañizares Llovera, en la S. I. Catedral Primada 8 de diciembre de 2006 En este día los católicos de todo el mundo y, de modo singular, los católicos de España, dirigimos nuestra mente y nuestro corazón, ponemos nuestro pensamiento y afecto en la Virgen María, concebida sin pecado, inmaculada desde el primer instante de su ser natural. Ponemos nuestro pensamiento y nuestro corazón en la Madre de Dios y la Madre espiritual nuestra, la criatura en la cual se refleja la imagen de Dios con toda nitidez, sin ninguna turbación ni ninguna sombra. Fijando nuestra mirada en esta mujer humilde, hermana nuestra y al mismo tiempo celestial, toda santa, llena de gracia, espejo nítido y sagrado de la infinita belleza, podemos renacer a una esperanza viva, y creer que es posible un mundo nuevo, una nueva cultura, una civilización grande, muy grande, basada en el amor, en la gracia de Dios, en la santidad. Esa belleza de María Inmaculada, que es la obra de Dios en ella, se convierte para nosotros en un modelo inspirador, en una esperanza confortadora. En la Virgen María concebida en previsión de los méritos de su Hijo, sin pecado original, la esperanza del hombre se ensancha, al encontrar en ella, Madre del Redentor, el cumplimiento de las promesas salvadoras de Dios. Ella, sencilla mujer judía, ha sido destinada desde siempre por Dios para ser la Madre del Salvador, y brilla, agraciada por la santidad de Dios, como aurora naciente de la salvación. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, Él ha hecho brotar de María el Sol que nace de lo alto, y nos visita para iluminar a los que viven en las tinieblas del pecado y en las sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”. Desde ella podemos proclamar: ¡Aquí está nuestro Dios, en medio de nosotros”! Dios ha puesto su morada en Ella, ha acampado en Ella. En el designio salvífico de Dios, el misterio de la encarnación constituye el sobreabundante cumplimiento de la promesa de Dios. “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. Y la primera criatura donde sobreabundó la gracia, donde la gracia se desbordó, es en la Santísima Virgen María, la Purísima, la toda limpia, laque ni siquiera rozó el pecado primero. María permanece ante Dios y ante la humanidad como la señal inmutable e inviolable de la elección de Dios en favor de los hombres. Esta elección es más fuerte que toda experiencia del mal y del pecado, más fuerte que toda experiencia de aquella enemistad con que ha sido marcada la historia de los hombres. Esta elección nos hace comprender que no cabe el desaliento o la desesperanza. En la Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal Española. “Orientaciones morales ante la actual situación de España”, los obispos hemos llamado la atención sobre esta tentación que es una de las más insidiosas del momento presente para los católicos: la desesperanza, el desaliento, el desánimo. No cabe ni desaliento, ni desánimo, ni desesperanza, porque Dios está con nosotros. Lo vemos en esta criatura singular que es la Virgen María; lo vemos a través de su “sí” a la llamada que el ángel le hace. Vemos que Dios está con el hombre y para el hombre de manera irrevocable. Vemos que hay un futuro para el hombre. Ya está brotando. Brota en María, porque en ella, tierra fecunda, ha germinado el Salvador. “La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor nuestro Dios. Desde esta esperanza y desde la contemplación de María Inmaculada haremos bien en otorgar a esta fiesta una gran importancia reformadora, consoladora. Contemplamos admirada y agradecidamente a Santa María, sin pecado concebida, que, a la creciente degradación permisiva de las costumbres, opone la serena y resuelta energía de la conciencia de la dignidad personal y comunitaria del hombre regenerado en el bautismo y en la pertenencia a la sociedad de los Santos, que es la Iglesia, la cual se siente representada y ensalzada en la humilde y grande Señora del Magníficat. A esa sociedad, tan profundamente quebrada moralmente, se opone la santidad de María. A esa sociedad, marcada por el mal, e incluso degradada, porque ya no sabe dónde está el mal, se opone la respuesta de María y la acción de la gracia de Dios en ella, donde aparece toda la benevolencia de Dios, todo el bien que Dios es y cómo es en el bien donde está la verdad del hombre, la libertad del hombre, el futuro del hombre. Necesitamos seguir a la Santísima Virgen María, seguirla como la que es, sin pecado; seguirla como modelo de perfección. Ahí está el futuro. En una sociedad como la nuestra, con una tan profunda quiebra moral y sin condiciones morales seguras y verdaderas, la Virgen Inmaculada es para nosotros una luz grande y una viva esperanza. En esa Instrucción Pastoral a la que he aludido, los obispos hemos dicho: “En unos momentos en los que vemos con gran preocupación el debilitamiento de las convicciones morales de muchas personas, especialmente de los jóvenes; cuando crecen prácticas tan inhumanas como la promiscuidad y los abusos sexuales, el recurso al aborto - especialmente, entre adolescentes y jóvenes - así como la drogadicción o el alcoholismo y la delincuencia entre los menores de edad; o cuando observamos con pena cómo crece la violencia en la escuela y en el seno de las mismas familias, no se entiende el rechazo y la intolerancia con la religión católica que manifiestan entre nosotros algunas personas e instituciones. (…) Nadie puede negar que la religión clarifica y refuerza las convicciones y el comportamiento moral de quien la acepta y la vive adecuadamente. Gobierno e Iglesia deberíamos ponernos de acuerdo en la necesidad de intensificar la educación moral de las personas, muy especialmente de los jóvenes, de manera que la Iglesia, en vez de ser mirada con recelo, fuera reconocida, al menos, como una institución capaz de contribuir de manera singular a ese objetivo tan importante para el bien de las personas y de la sociedad entera que es la recta educación moral de la juventud” (n. 64). No se comprende, por ello, cómo se debilita, cómo se está debilitando, la enseñanza religiosa en la escuela. No se comprende cómo se intenta que haya una moral donde no cuente la moral católica. No se comprende cómo, desde una postura laicista, se quiera dejar la moral de la Iglesia, la moral de la fe, a la esfera de lo privado, sin que tenga influencia dentro de la sociedad. No se comprende, cuando es tanta la necesidad del rearme moral de nuestra sociedad, marcada por esta profunda quiebra moral, donde ya ni siquiera se sabe dónde está el mal y el bien y donde el mal se hace ya por puro divertimento. La Virgen María es la mujer de la fe. Así lo vemos en ese relato que acabamos de escuchar. María en este relato se muestra soberana y supremamente responsable. La fe no quita responsabilidad ni quita libertad. La fe es, todo lo contrario, fuente de libertad, por ello, la mujer creyente, desde la fe decide por sí misma en entera libertad ante el designio de Dios; obedece a Dios, se pliega a Él y a su Palabra: y de ahí surge, nace, una esperanza nueva y una plenitud nunca ni siquiera pensada o soñada; María le deja la iniciativa a Dios, que no sólo no defrauda, sino que la colma de dicha y, por Ella, también nos colma de esa plenitud a los hombres de todos los tiempos; María, la mujer y sierva fiel, no sólo no se empequeñece, sino que queda engrandecida, y con Ella toda criatura humana. ¡Qué contrario a la mentalidad del hombre de siempre, ya desde el relato de la caída de Adán y Eva hasta nuestros días -y en nuestros días con mayor fuerza tal vez más que nunca en la historia-, esa mentalidad conforme a la cual el hombre piensa y decide construirse a sí mismo, reconstruir el mundo, sin contar realmente con la realidad de Dios! ¿Dónde conduce esa mentalidad, esa forma de ver las cosas o esa toma de decisión? ¿Conduce acaso a la plenitud, grandeza y dignidad de todo hombre, o más bien a la manipulación del hombre, a su pérdida o a su quiebra? Si en nuestra vida de hoy o de mañana prescindimos de Dios, o queremos construirnos y reconstruir el mundo sin que Dios cuente y sin aceptarle a Él y su voluntad amorosa y fundante, todo cambia, todo se vuelve al final manipulable, pierde su dignidad esta criatura humana imagen de Dios y, por tanto, la consecuencia inevitable es la descomposición moral, la búsqueda de sí mismo en la brevedad de esta vida, en la que sólo nosotros habríamos de inventar cómo construirla. Esto es alguna de las cosas que también hemos dicho los Obispos en la reciente Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal "Orientaciones morales ante la actual situación de España". Literalmente hemos señalado: "El mal radical del momento consiste, pues, en algo tan antiguo como el deseo ilusorio y blasfemo de ser dueños absolutos de todo, de dirigir nuestra vida y la vida de la sociedad a nuestro gusto, sin contar con Dios, como si fuéramos verdaderos creadores del mundo y de nosotros mismos. De ahí, la exaltación de la propia libertad como norma suprema del bien y del mal y el olvido de Dios, con el consiguiente menosprecio de la religión y la consideración idolátrica de los bienes del mundo y de la vida terrena como si fueran el bien supremo” (n. 10). Cierto que esto que decimos los obispos no es aceptado por posturas que defienden y propugnan como forma de vida y ordenamiento obligatorio de la sociedad el laicismo -no la sana y verdadera laicidad, expresión a veces utilizada inadecuadamente, tal vez con dolo, por esas posiciones confesionalmente laicistas-. Respetamos a todos, pero exigimos también que nos respeten. Con todo amor, respeto y comprensión miramos a quienes mantienen esas posiciones, precisamente por nuestra fe. No se puede, por ejemplo, en virtud de una ética común laica la licitud del aborto o la negación de la naturaleza y verdad del matrimonio. Que nadie tema a la fe en Dios único para la defensa del hombre, que nadie considere el monoteísmo religioso como una amenaza para el hombre, la amenaza en todo caso estaría en el imponer una forma de pensamiento y de ordenación de la sociedad donde Dios, la fe y el testimonio personal y público de la fe, quedase relegado a la esfera de lo íntimo y subjetivo, de lo privado. Con toda certeza y sencillez, con el ánimo de ofrecerlo a todos, que no imponerlo a nadie, los cristianos, los hombres de fe, reivindicamos que "si vivimos bajo los ojos de Dios, como María, y si Dios es la prioridad de nuestra vida, de nuestro pensamiento y testimonio, como acaece en la Inmaculada, lo demás es sólo un corolario- Es decir, de ello resulta el trabajo por la paz, por la criatura, por la protección de los débiles, el trabajo por la justicia y el amor" (Cf. J. Ratzinger, Ser cristiano en una era neoagana, p. 205). La mujer creyente que es María es la mejor respuesta al laicismo que se trata de imponer. En esta fiesta de la Inmaculada, patrona de España, sin ánimo de polémica ante manifiestos proclamados, pero sí en defensa de la verdad, quiero finalizar con la conclusión de la mencionada Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal, que de nuevo invito a conocer, leer, estudiar y aplicar, como hacía el domingo pasado. En la situación que vivimos, teniendo la mirada contemplativa a la vez que suplicante en la Virgen Inmaculada, termino expresando, con mis hermanos Obispos, "nuestra voluntad y la voluntad de todos los católicos de vivir en el seno de nuestra sociedad cumpliendo lealmente nuestras obligaciones cívicas, ofreciendo la riqueza espiritual de los dones que hemos recibido del Señor, como aportación importante al bienestar de las personas y al enriquecimiento del patrimonio espiritual, cultural y moral de la vida. Respetamos a quienes ven las cosas de otra manera. Sólo pedimos libertad y respeto para vivir de acuerdo con nuestras convicciones, para proponer libremente nuestra manera de ver las cosas, sin que nadie se vea amenazado ni nuestra presencia sea interpretada como una ofensa o como un peligro para la libertad de los demás. Deseamos colaborar sinceramente en el enriquecimiento espiritual de nuestra sociedad, en la consolidación de la tolerancia y de la convivencia, en libertad y justicia, como fundamento imprescindible de la paz verdadera. Pedimos a Dios que nos bendiga y nos conceda la gracia de avanzar por los caminos de la historia y del progreso sin traicionar nuestra identidad ni perder los tesoros de humanidad que nos legaron las generaciones precedentes". En este día de la Inmaculada, patrona de todos los pueblos de España, ponemos el presente y el futuro de España bajo la protección de Santa María “sin pecado concebida”, la Mujer del Amor y la Fidelidad, Madre de Jesucristo y Madre nuestra, cuya amorosa protección ha acompañado a todos los pueblos y ciudades de España a lo largo de nuestra historia, desde los primeros años de nuestra vida cristiana" (Conferencia Episcopal, Instrucción pastoral… n.83). En las manos de María Inmaculada ponemos todos nuestros afanes, y pedimos que Ella presente ante su Hijo nuestra súplica, para que en todo momento no hagamos sino lo que Dios quiere de nosotros que, con mucho, siempre será lo mejor. Amén.
ENCUENTRO DE LAS FAMILIAS DE EXTREMADURA EN GUADALUPE 2 de diciembre de 2006 Hoy, dentro de los actos jubilares del primer centenario de la proclamación de la Virgen de Guadalupe como Patrona de Extremadura, nos reunimos las familias extremeñas junto a nuestra Señora y bajo su mirada misericordiosa, en su basílica, para dar gracias a Dios por el don de la familia e implorar su auxilio por todas nuestras familias y las del mundo entero. Con gozo seguimos las huellas del Vo Encuentro Mundial de las Familias, el pasado julio en Valencia, en el que ante todo el mundo se ha proclamado por muchos miles de matrimonios y de hijos el Evangelio de la familia con el que nos preside en la fe y en la caridad, el sucesor de Pedro. De nuevo escuchamos ante la mirada solícita y materna de la Virgen de Guadalupe el eco de la palabra del Papa que proclamó la verdad y la belleza inigualable de la familia, y anunció a todo el mundo dónde se encuentra la auténtica sabiduría sobre la realidad familiar, santuario del amor y de la vida, esperanza de la humanidad . Con la mirada solícita y tierna, atenta y maternal, de Santa María, Nuestra Señora de Guadalupe, para todos los extremeños tan hondamente entrañable; hemos escuchado la Palabra de Dios que nos invita a edificar sobre roca firme, a edificar, sobre todo, la familia sobre esa roca firme que es la palabra de Dios. Bien sabemos que Dios sólo tiene una palabra, y esa Palabra es Jesucristo, Palabra eterna de Dios en la que Dios nos lo ha dicho todo, y se contiene en las Sagradas Escrituras guardadas, transmitidas e interpretadas fielmente de generación en generación en la Tradición viva de la Iglesia. Cristo es la piedra angular, desechada por los constructores de este mundo, pero la única donde puede edificarse sobre sólido fundamento el edificio familiar, tan sólido que ninguna dificultad podrá arrumbarlo. Jesucristo es la sabiduría verdadera, preferible a cetros, tronos y riqueza; tesoro inagotable, perla de gran valor que se antepone ante cualquier otra realidad y riqueza. Es la persona de Cristo la que está en el centro de todo. Pensar, sentir, amar como Cristo Jesús, obrar, conversar y hablar como El, conformar toda nuestra vida con la suya, revestirnos de Cristo Jesús es la verdadera sabiduría, la que llena de vida y esperanza nuestra existencia, la que abre toda realidad humana a sus más amplios horizontes, Cristo es la única y verdadera piedra angular de la familia, porque es la roca firme en la que se asienta la humanidad, imposible sin la familia. Cristo, roca firme y sabiduría de Dios, en quien descubrimos lo que es grato a los ojos de Dios, y sin el que nada podemos hacer, es criterio y norma de toda realidad creada y humana. Cristo afecta al hombre, a todo hombre, a todo el hombre, a toda la realidad humana. Y afecta de manera irrevocable y definitiva, ¡No tengamos miedo y abramos de par en par nuestras puertas a Cristo! Cristo sabe lo que hay dentro del hombre; sólo El lo sabe. Aquí hay que situar a la familia. La familia, por ello, debe abrirse a Cristo que es el que sabe, sólo El, lo que hay dentro de ella, porque sólo El sabe lo que hay dentro del hombre. El Hijo Unigénito de Dios entró en la historia de los hombres a través de una familia. Por tanto, si Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre, lo hace empezando por la familia en la que eligió nacer y crecer. El misterio de la Encarnación está en estrecha relación con la familia humana, con cada familia humana, de manera semejante a como El se ha unido en cierto modo a todo hombre por su Encarnación. Así tanto el hombre como la familia constituyen el camino de la Iglesia y de la humanidad. El bien del hombre y de la sociedad está profundamente vinculado a la familia. El futuro de la humanidad se fragua en la familia; es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover la verdad que constituye y en la que se asienta la familia, así como los valores y exigencias que ésta presenta. Entre los numerosos caminos de la humanidad, la familia es el primero y más importante de todos. Es un camino del cual no puede alejarse ningún ser humano. Cuando falta la familia, se crea en la persona que viene al mundo una carencia preocupante y dolorosa que pesará posteriormente durante toda la vida. Son bien conocidos los problemas que en nuestros días asedian al matrimonio y a la institución familiar, debidos a una cierta mentalidad ambiental hedonista, permisiva e insolidaria. La familia atraviesa dificultades importantes por las presiones que sufre, particularmente con la plaga del divorcio, que cobra especialmente sus víctimas en los hijos, con la mentalidad antivida, con la impregnación de una cultura de muerte y de miedo al futuro que reduce el sentido de acogida de la vida, impide su concepción o la elimina antes de nacer, y con la insuficiente protección en los aspectos económico, social y de vivienda o con el injusto tratamiento que en estos campos muchas familias se ven sometidas. Especial dificultad en estos momentos son algunas legislaciones en favor de ciertas uniones, que atentan contra el matrimonio y la familia, vulneran la más elemental dignidad y verdad del ser humano, conducen a la quiebra de humanidad o a ahondar en ella, y ponen en peligro, en consecuencia, la estabilidad de la misma sociedad. Por eso es tan sumamente necesario y apremiante presentar con autenticidad el ideal de la familia según el designio de Dios, basado en la unidad y fidelidad del matrimonio, abierto a la fecundidad, guiado por el amor. Son estos aspectos los que corresponden mejor a las exigencias del corazón humano, aunque contrasten con las propuestas del mundo. Todos, sin excepción, estamos obligados a promover y fortalecer los valores y exigencias de la familia. Esta debe ser ayudada y defendida mediante medidas sociales apropiadas. La sociedad tiene la grave responsabilidad de apoyar y vigorizar la familia, y su fundamento que es el matrimonio único e indisoluble. La misma sociedad tiene el inexorable deber de proteger y defender la vida, cuyo santuario es la familia, así como dotar a ésta de los medios necesarios - económicos, jurídicos, educativos, de vivienda y trabajo - para que pueda cumplir con los fines que le corresponden a su propia verdad o naturaleza y asegurar la prosperidad doméstica en dignidad y justicia. No ayudar debidamente a la familia constituye una actitud irresponsable y suicida que conduce a la humanidad por derroteros de crisis, deterioro y destrucción de incalculables consecuencias. La promoción y defensa de la familia, basada en el matrimonio único e indisoluble, es la base de una nueva cultura del amor. Es el centro de la nueva civilización del amor. Lo que es contrario a la civilización del amor, y por tanto a la familia, es contrario a toda la verdad sobre el hombre y al mismo hombre, constituye una amenaza para él. Sólo la defensa de la familia, apoyada y asentada en el amor indisoluble e indestructible, abrirá el camino hacia la civilización del amor, hacia la afirmación del hombre y de su dignidad inviolable, hacia la cultura de la solidaridad y de la vida. Solo la familia es esperanza de la humanidad. Estamos llamados a que las familias, en medio de las dificultades que las envuelven hoy, tomen conciencia de sus capacidades y energías, confíen en sí mismas en las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la misión que Dios les ha confiado : es necesario que las familias de nuestro tiempo vuelvan a remontarse más alto. Los católicos tenemos en ello una especial responsabilidad que se traduce en el anuncio y presencia del "evangelio de la familia". Necesitamos dar gracias a Dios por el don de la familia, verdadero camino del hombre, de la humanidad entera y de la Iglesia. Necesitamos implorar el auxilio de Dios sobre las familias y sobre este mundo para que promueva, defienda y fortalezca la institución familiar. Necesitamos encontrarnos para afirmar el valor insustituible de la familia, juntarnos como la gran familia de Dios compuesta de numerosas familias. Necesitamos abrirnos al don de Dios, y participar de su amor que es el vínculo y la entraña misma de la familia. Todo el esfuerzo de la Iglesia ha de encaminarse a que todo hombre, toda familia, pueda encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada un, con cada familia, el camino de la vida - el camino de ser hombre, el camino de la familia, inseparable del ser hombre -. La familia no puede comprenderse hasta el fondo sin Cristo. La exclusión de Cristo de la familia se vuelve contra el hombre. Sólo en Cristo la familia adquiere su plena verdad y su plena realización. Cristo se ofrece como encuentro necesario para cualquier realidad humana, y ninguna tan hondamente humana y fundamental como la familia. Por eso os exhorto a todas las familias cristianas que ahondéis vuestra adhesión y seguimiento de Jesucristo, a que seáis verdaderas iglesias domésticas donde El vive, a que seáis lugar de encuentro con Dios, presencia y anuncio del Evangelio, centro de irradiación de la fe en Jesucristo, escuela de vida cristiana y del seguimiento de El. Acerquémonos a la Santísima Virgen María, en su advocación de Nuestra Señora de Guadalupe, nuestra patrona, y aprendamos en su escuela. Ella es dichosa porque ha escuchado la palabra de Dios, y la ha puesto en práctica; Ella es la fiel esclava del Señor, que se ha plegado enteramente a la voluntad de Dios, a su Palabra, y la Palabra se ha hecho carne en su seno; Ella es dichosa porque ha creído, y lo que le dijo el Señor se ha cumplido. "Esa es la fe firme, roca firme que nos lleva a creer en la Iglesia y a la Iglesia, porque sólo en la Iglesia se hace realidad la palabra y la presencia operante de Cristo nuestro Señor. Esa es la fe que nos abre a la esperanza, y que puede ayudarnos a encontrar sentido, a toda realidad, a la naturaleza y a la gracia, al gozo y al dolor, a la vida y a la muerte vividas siempre en el interior de la familia. Esa fe de la Iglesia, su enseñanza sobre la familia es la roca inconmovible sobre la que podemos edificar sin miedo nuestro futuro familiar. Así, en este año especialmente abierto a la cercanía de María para aprender en su escuela, donde María es Maestra por sus breves y acertadas palabras y por su elocuente silencio, debemos acercarnos a ella suplicándole que nos ayude a creer en Jesucristo nuestro Señor y Salvador, a amar a la Iglesia Cuerpo Místico suyo, de la que es cabeza y en la cual obra nuestra salvación. Así edificaremos sobre base sólida. Por intercesión se la Santísima Virgen de Guadalupe, elevo a Dios mi plegaria por todas las familias, singularmente por las familias extremeñas, presentes en estas, en nuestras tierras extremeñas. De manera especial por las familias rotas, por las que sufren enfermedad, muerte, estreches económica, paro,... Pido también que encuentren en la Iglesia siempre entrañas de misericordia, que nadie se sienta excluido de ella. Que sólo encuentre en ella comprensión ayuda, misericordia, aliento. Pidamos a la Virgen de Guadalupe por las familias, por las familias de todo el mundo, singularmente por las familias de Extremadura, por nuestras familias, para que mantengan y desarrollen con gozo, tesón y confianza las sublimes esencias del hogar cristiano, fundado sobre el sacramento del matrimonio y sobre la generosa apertura a la vida: para que sean escuelas de auténticas virtudes sociales, para que transmitan la fe en el seno del hogar, y para que luchen por la defensa y expansión de los valores y de las virtudes que enseña el Evangelio, y así edifiquen sobre roca firme. Que esta celebración en la que nos acompaña y preside Santa María de Guadalupe, columna de nuestra fe, madre del amor hermoso, garantía de esperanza nos lleve a proclamar el "evangelio de la familia", y a asumir el compromiso en pro de la familia que es la esperanza de la humanidad.
HOMILÍA EN LA JORNADA DIOCESANA EN GUADALUPE 22 de octubre de 2006 Queridos hermanos Obispos, sacerdotes y diáconos, queridos jóvenes, queridos peregrinos, queridos todos, hermanos y hermanas en el Señor: Nos encontramos a los pies de la Santísima Virgen de Guadalupe, hemos venidos ante Ella en peregrinación buscando su mirada misericordiosa, buscando su aliento, buscando su ayuda y, sobre todo, buscando a Cristo, el fruto bendito del bendito vientre de Santa María, siempre Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra. En este lugar se decidió, y de este lugar brotó la inciaitiva y la fuerza para llevar a cabo la geta evangelizadora más grande llevada a cabo por la Iglesia desde a evangelización apostólica: es decir la evangelización de América. Venimos a los pies de Nuestra Señora de Guadalupe el día en que toda la Iglesia celebra la Jornada Mundial de las misiones, el día del Domund. Este año tiene como lema a San Francisco Javier, Testigo y Maestro de la misión. Como sabéis, estamos celebrando este año el quinto' centenario del nacimiento de san Francisco Javier, el gran santo misionero, el "nuevo Pablo" del siglo XVI, Patrón de las misiones, devorado por el celo apostólico para evangelizar hasta los confines de la tierra. Un hombre apasionado por Cristo y por darlo a conocer a todas las gentes, "Divino Impaciente" que recorre a pie y por mar el mundo entero, sin escatimar esfuerzo alguno, para que el Evangelio fuese acogido por los hombres. No es casualidad que vengamos aquí, a este lugar tan hondamente misionero y universal, este día. Entra dentro de la providencia de Dios, para animar a unos jóvenes y a una diócesis urgida y enriquecida por la misión, apremiada por dar a conocer a Jesucristo. Por eso, ante la Santísima Virgen de Guadalupe, con la presencia entre nosotros también de san Francisco Javier, pedimos hoy que Dios nos conceda la gracia de ser como la Santísima Virgen María, fieles esclavos del Señor y, como Ella, recibir y dar a conocer y vivir a Jesucristo, salvador y salvación única de los hombres. Pedimos a Dios hoy que, por intercesión de la Virgen de Guadalupe, nos conceda la gracia de que nuestros corazones ardan en el mismo celo apostólico de san Francisco Javier, que nos devore ese celo, esa pasión por la gloria de Dios y la salvación de los hombres, que nos consuma la pasión por evangelizar, que nos desvivamos por dar a conocer a Jesucristo por amor a los hombres, y que cuando no podamos hablarles de Él, de Dios -que será muchas veces- no nos abandonemos en esta pasión evangelizadora y le hablemos de ellos, con nombres y rostros concretos, a Jesucristo, a Dios, a la Santísima Virgen, Madre de Dios y de todos los hombres. Que estemos dispuestos a dar la vida por esto, por Jesucristo, por los hombres, por que los hombres conozcan, amen y sigan a Jesucristo. Dipuestos siempre, como los hijos de Zebedeo, a beber el cáliz de la pasión hasta el final por dar a conocer y amar a Jesucristo que es, con mucho, lo mejor que le puede pasar al hombre. Hemos conocido a Jesucristo, el mayor regalo que hemos podido recibir en nuestra vida. A partir de ahí, como hemos proclamado en el Evangelio, nuestra vida no puede ser más que servicio a los hombres, como nuestro Señor Jesucristo estamos para servir y dar la vida por todos. Sin duda el mayor servicio es dejarnos la vida a girones, dar enteramente la vida para que los hombres puedan experimentar el inmenso amor con que Dios nos ha amado y nos ama eternamente en Jesucristo. ¡Cómo cambia todo cuando se vive así, desde este Amor, desde Dios, que es amor! Lo nuestro es servir, y no llevaremos nuestro servicio a término si no estamos atentos a la necesidad mayor que los hombres tienen, que es la necesidad de Dios, aún más fuertemente experimentada en estos tiempos de indigencia que vivimos donde Dios no cuenta para tantos y tantos de nuestro hermanos. Queridos todos, el mundo necesita el Evangelio, porque necesita a Dios. Necesita a Jesucristo, porque necesita a Dios. Sin Dios el hombre se pierde, camina sin sentido, carece de esperanza ante el vivir y el morir. El mundo necesita a Dios, revelado, presente, entregado en Jesucristo, para que haya paz entre las gentes y los pueblos. Es una necesidad y una indigencia que llama con fuerza a nuestras puertas, que nos grita hoy. Es verdad que hay una distancia enorme entre muchos hombres de hoy, sobre todo entre los sectores más jóvenes, y lo que les estamos ofreciendo o comunicando; es verdad que, a veces, parecen con los oídos obstruídos para oir, o con los ojos cegados para ver; es cierto que muchos sienten casi una alergia o una notable indiferencia a lo que viene de nosotros, de la Iglesia. Pero no menos cierto y más verdadero aún es que también el hombre de nuestro tiempo, como el hombre de siempre, quiere encontrar sentido a la vida y a la muerte, quiere ser feliz, quiere llenar su pobre corazón que no se contenta con menos que Dios; es totalmente seguro que el corazón de todo hombre, también el de hoy, está inquieto hasta que descanse en Él; que el hombre, el hombre en cuanto hombre, sea de la condición que sea y viva en las circunstancias que viva, anhela y aspira a verse lleno de lo que le colme plenamente. ¿Quién puede responder a esta demanda sino Jesucristo, el que tiene palabras de vida eterna, que es camino, verdad y vida, que ha venido no a ser servido sino a servir y dar la vida por todos? Sólo Él llena, sólo Él satisface y sacia. Presentémosles a nuestros amigos, a nuestros familiares, a nuestros paisanos, a nuestros jóvenes, a nuestros niños que no lo han descubierto o se ven atrapados por un estado de opinión ateo, la persona de Jesucristo, a Jesucristo en persona, hecho carne de nuestra carne en el seno de María la Virgen. ¿No será que les estamos presentando un sucedáneo de Jesucristo? Para ello, para evangelizar, es necesario que Cristo se haya hecho vida nuestra, y que para nosotros la vida sea Cristo; que se vea que nos importa por encima de todo Cristo, que nos ha transformado y hecho hombres nuevos, cuya vida y novedad merece vivirse. Resulta enteramente necesario para llevar el Evangelio hoy, que nos paremos y pasemos, que nos hayamos parado y pasado largo tiempo, muchas horas contemplando el rostro de Dios, que es el rostro de Dios mismo, como la Virgen María, como Santiago y Juan, san Pablo, o san Francisco Javier. Necesitamos contemplrr su rostro, el que nos ofrece cada página del Evangelio, el que nos muestra en esafágina tan bella de las Bienaventuranzas en la que Jesús mismo nos ofreció su propio autorretrato, o en la cruz y llagado donde le vemos con su rostro más genuino, el de Dios mismo inclinado a lo más escarnecido del hombre, o en tantos y tantos pobres, humillados, afligidos, hambrientos, enfermos, crucificados de la historia con los que Él mismo se identifica, en aquella página tan única como bella del capítulo 25 de san Mateo, o en los miles y miles, miríadas, de santos y testigos suyos en los que ha quedado plasmado su rostro. En la situación social y cultural que estamos viviendo, Dios nos pide que encaminemos nuestros pasos por el único camino que conduce a la meta de la esperanza. El camino nos lo traza el mismo Cristo: Él mismo es la meta y el camino, la verdadera fuente y el término de nuestra esperanza. Él es el futuro del hombre, y el futuro del hombre es posible, porque ¡en él presente! está Jesucristo. No busquemos otra respuesta a los grandes desafíos y retos que se nos abren en los pasos de esta nueva etapa de la historia. No hallaremos otro camino verdader~ que Éste para los grandes desafíos de nuestro tiempo. "No será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!", nos dijo el siempre recordado Juan Pablo II (NMI 29). Por eso se trata ahora de buscarle de todo corazón y seguirle. Es lo que estáis expresando con vuestra peregrinación: ¿No habéis venido a Guadalupe buscándle a Él donde se le puede encontrar, junto a su madre, en el regazo de su madre? ¿No le edimos con soberana certeza a la VIrgen María: "Múestramos a Jesús, fruto bendito de tu vientre"? Se trata de buscarlo de todo corazón, dipuestos a ir con Él hasta lo último, como el Evangelio de hoy, se trata de venir a Él y oirlo y contemlarlo, de adorarlo, vivirlo, darlo a conocer con obras y palabras. Se trata de enamorarnos enteramente de Jesucristo, como san Francisco Javier, con verdadera pasión por Él, con confianza plena y sin fisura puesta en Él, sin dudar de Él. De esta renovada experiencia de fe y de amor a Jesucristo podrá nacer un nuevo ímpetu en la misión de la Iglesia, una nueva fuerza y un renovado vigor en el testimonio de Jesucristo, guiados de la mano de san Francisco Javier, testigo y maestro de la misión, y siguiendo las huellas y de la mano de la que es la estrella de la Evangelización, la primera evangelizadora, la Madre de la misión, la Virgen María, a la que invocamos con el título de Guadalupe, tan ligada a la obra misionera de la Iglesia en América y ligada a la obra de reevangelización de nuestro solio patrio. Quiero finalizar, unido a esta peregrinación diocesana de Toledo, de jóvenes, adultos y niños, con una súplica de D. Marcelo, nuestro recordado Cardenal, a la Virgen de Guadalupe: "¡Oh, Virgen de Guadalupe, reina y madre del Amor más hermoso, haz que en España entera sigamos mereciendo tu protección! Que las florecillas y los arroyuelos de las Villuercas sigan murmurando suavemente aquellas palabras con que te hemos saludado tantas veces: 'De todos seáis loada, ¡Oh, Virgen de Guadalupe!. Que tu misión de llevarnos a Cristo, cumplida siempre con fidelidad bajo las más bellas advocaciones con que te ha honrado la historia antigua, las cuales repetimos hoy con veneración y amor humilde, siga lográndose por los siglos de los siglos en el corazón de tus hijos de Extremadura, de Toledo, y de toda la patria española". Virgen de Guadalupe, Reina de la Hispanidad, ayuda a la diócesis de Toledo en su obra evangelizadora en América, ayuda y fortalece a estos jóvenes para que, como san Francisco Javier, sean testigos de la misión.
APERTURA DEL CURSO ACADÉMICO 2006-2007
Homilía en la Santa Misa presidida por el Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo, Primado de España, Dr. D. Antonio Cañizares Llovera
Instituto Teológico San Ildefonso Instituto de Ciencias Religiosas Seminario Mayor San Ildefonso Queridos hermanos Obispos, sacerdotes, Rector, Formadores y seminaristas del Seminario diocesano, y de los seminarios de los Operarios del Reino de Cristo, de los Siervos de los Pobres del Tercer Mundo, de los Misioneros Eucarísticos Guadalupanos de San José, de los Pp. Franciscanos; Director, Claustro de Profesores y alumnos del Instituto Teológico "San Ildefonso" y del Instituto Superior de Ciencias Religiosas; estimadas y dignas autoriades civiles y militares. Muy queridos todos hermanos y hermanas en el Señor. Iniciamos un nuevo curso invocando al Espíritu Santo, Espíritu de sabiduría y de inteligencia para que guíe nuestra mente y nuestro corazón en la búsqueda ya la luz de la sabiduría que procede de Dios sin la cual no podemos hacer nada de lo que a Él le agrada. Lo iniciamos con la celebración de la Eucaristía, por la que nos unimos y vinculamos estrechamente a Jesucristo sin el que nada podemos hacer, porque en ella y por ella, Él nos une a sí mismo, en cuyo conocimiento está la vida eterna; iniciamos el curso escuchando la Palabra de Dios que es lámpara que ilumina nuestros pasos a lo largo de todos los días de nuestra vida. En este comienzo de curso escuchamos de nuevo la llamada del Señor. Esta palabra arroja luz sobre la vida de todos los aquí presentes, especialmente vosotros seminaristas y alumnos de los centros cuyo curso inauguramos: seminaristas llamados a ser sacerdotes, religiosos llamados a una vida de perfección evangélica, laicos llamados a anunciar y hacer presente el Evangelio en las realidades del mundo; todos, llamados a la santidad según su propia carisma y singular vocación. La vida es llamada, vocación del Señor. En el Evangelio, Jesús llama a Andrés y Juan: "Venid y "veréis" . También en este relato evangélico son llamados Simón, Pedro, y Natanael. Jesús pasa: No desaprovechar su paso. "Este es el Cordero de Dios". El Bautista hace lo que ocurre en muchas vocaciones, lo que ocurre sencillamente en la vocación cristiana: Hay alguien que señala el camino. Y se comienza a seguir a Jesús. Juan señala el camino porque ha visto en el Jordán al Mesías, al Salvador, al Hijo predilecto, al que es ungido por el Espíritu. Ha visto la luz, la verdad, y la ha experimentado. Da testimonio de lo que ha visto y oído, de lo que ha experimentado. No habla de oficio, ni inventa teorías. No hace elocubraciones. Da testimonio. El testigo no inventa, se remite a los hechos, a lo que ha pasado y ha visto. Señala la ruta al caminante; si se señala hacia uno mismo, ¡se causa un atropello múltiple! Así es el Bautista, así es el testigo. El testimonio se comunica, el testimonio contagia. Después se consigue el conocimiento personal y directo. Los judíos que escuchaban a Juan conocían la misión del Cordero. Habían visto sacrificar a muchos corderos en el templo en la Pascua para la purificación de los pecados. Según esa experiencia, Jesús cargaría con los pecados del mundo camino del sacrificio. Jesús pregunta: ¿Qué buscaís?" Es la primera palabra que pronuncia en el Evangelio de Juan. Jesús apela al deseo profundo de estas personas. La respuesta, aunque parece torpe: "Maestro, ¿dónde vives?", en el fondo indica lo importante: saber dónde vive Jesús, para estar con Él. No querían saber algo, sino estar con Él. Contra el cristianismo excesivamente racionalizado, la experiencia de Dios. Hoy también Jesús pasa y quita el pecado del mundo, y salva, y llena de luz, y abre camino de esperanza, y despierta las búsquedas más hondas y vivas, las más importantes de los hombres. Nos lo muestran los testigos suyos, nos lo señalan esa inmensidad de gentes que se han econtrado con Él, que tienen experiencia de Él, que han estado con Él, que reconocen su presencia salvadora y dichosa. Nos lo mostró a todos el Papa Juan Pablo II, aquel anciano, testigo excepcional de la verdad que nos hace libres y de la esperanza que no defrauda, el hombre auténtico cuyas palabras son verdaderas y cuyos gestos son signo y presencia de las aspiraciones humanas que sólo en Jesucristo hallan respuesta y realidad. Nos lo está mostrando el Papa Benedicto XVI, campeón de la fe, defensor de la verdad de Dios y del hombre, testigo del Dios vivo. Nos lo ha mostrado en Teresa de Calcuta, testigo del amor y de la misericordia en favor de los pobres más pobres a los que Dios ama; ella apuntó siempre a Dios que es Amor, rico en piedad y misericordia. Nos lo ha mostrado en los mártires que dieron testimonio valiente del Evangelio con su sangre y con el perdón en la persecución religiosa del 36 cuya memoria histórica agradecida celebramos hace nueve días. El mundo tiene necesidad de estos testigos, de hombres y mujeres que señalen a Cristo al paso de los hombres, al hilo de la vida. No dejemos que pase de largo; no seamos indolentes ante su paso. Sigámosle. Él nos pregunta. Él pregunta a los hombres de hoy, Él pregunta a esa muchedumbre de jóvenes que andan sin norte como ovejas sin pastor, pero con un corazón ansioso: "¿Qué buscáis?". Los hombres de hoy, los jóvenes de hoy andan ansiosos de ser libres, tienen hambre de vida, de vida que llene, tienen sed de sentido y de esperanza para sus personas y sus proyectos, andan hambreando felicidad y dicha desbordante, quieren paz y amor. Buscan todo eso, aunque lo busquen por caminos errados y sin salida. En el fondo buscan a Dios, a veces incluso sin saberlo. Unicamente Jesucristo es capaz de responder a esas búsquedas; sólo Él es capaz de saciar esta sed. Ante esta pregunta, los hombres, a veces sin saberlo muy bien, pero atisbándolo, también, como Andrés y Juan, responden: "¿Maestro, dónde vives, dónde estás, para estar contigo, para tener al experiencia de ti", en el fondo y último término, para comprobar que es verdad que Él es la vida, y la felicidad, y el perdón, y la esperanza que andamos buscando. Y también la misma respuesta de Jesús: "Venid y veréis". Jesús no invita a hacer, sino a ver. Ellos "fueron, vieron dónde vivía y se quedaron todo el día con Él". A Juan se le ha quedado grabada la hora del primer encuentro: "Serían las cuatro de la tarde". Y también lo que hicieron con Él: estar con Él. "Permaneced en mi amor". La madurez final se identifica con el permanecer en Él. Hay una narración de los Padres del desierto que confirma lo mismo "Por qué muchos monjes abandonan el monasterio?", preguntan a un monje. "Ocurre lo mismo, responde el monje, cuando un perro persigue una liebre... ladra. Al oir ladrar, otros perros se unen a él, pero van desistiendo porque no ven la liebre. Sólo quien ve la liebre persevera. Sólo quien ve a Cristo y persevera en Él, persevera en su seguimiento". Andrés se lo dijo a Pedro. Y así consiguió la conquista del primer Papa. La nueva evangelización no la vamos a realizar con teorías muy elaboradas. La conversión del mundo antiguo al cristianismo no fue el resultado de una actividad muy planificada, sino el fruto de la experiencia de fe de los cristianos en la comunidad de la Iglesia. La invitación de experiencia a experiencia fue la fuerza misionera de la Iglesia primitiva. Y la apostasía de la edad moderna se funda en la caída de la verificación de la fe en la vida de los cristianos. Esta es la gran responsabilidad de los cristianos de hoy. Deberíamos ser punto de referencia de la fe experimentada como personas que saben de Dios, demostrar en su vida la verdad de Dios para poder convertirnos en indicadores de camino para los demás. Sólo por esta puerta entrará el Espíritu en el mundo. La aventura divina se realiza en las relaciones humanas. Juan y Andrés eran amigos, juntos pescaban, en torno al Bautista seguían a Jesús. Andrés conduce a su hermano Simón a Jesús. La vocación, la llamada a ser cristiano no nace en las nubes. El contexto humano la favorece o la dificulta. Estamos ahora reunidos con el Señor. Permanezcamos en su compañía, que de su contacto proviene la decisión de decirle: "Aquí estoy, para hacer tu voluntad". Porque "la gracia y la verdad nos han llegado por Él". Y dispongámonos a participar en su banquete en el que nos da fuerzas para seguirle. Desde aquí, desde el estar con Él, desde este escucharle y tener la experiencia de Él, podremos salir a donde están los hombres para decirles: "Hemos visto al Salvador", y llevar junto a Cristo a los hombres, con los que nos encontramos en nuestro camino. Desde aquí, comenzaremos a irradiarle en nuestro ambiente y proseguiremos buscando momentos para dialogar con Él.
Artículo en el Diario "La Razón", el día 20 de septiembre Cuando en el fragor de la incertidumbre y de lo terrible de lo sucedido en el 11 de septiembre de 2001 y de la amenaza desatada, el miedo y el pánico de apoderó de tantos, incluidos dirigentes de los países, un anciano y frágil Papa, Juan Pablo II, precisamente por su fe en Dios, no se quedó en su casa al abrigo seguro, sino que marchó a hacerse presente en un país de mayoría musulmana, para allí hacer brillar la fuerza de la razón y de la fe. En un mundo amenazado de destrucción y violencia, mostró el viejo Papa la esperanza y alentó el encuentro entre los hombres y las religiones que brota de la fe en Dios y en su Hijo Jesucristo.
X Antonio Cañizares LloveraCardenal Arzobispo de Toledo Primado de España
Conservar y vivir la memoria de nuestros mártires de la persecución religiosa del 36 Homilía del Sr. Cardenal en la Santa Misa de acción de gracias por la próxima beatificación de 51 mártires de la archidiócesis de Toledo Queridos hermanos y hermanas en el Señor: Con alegría grande y ánimo estremecido celebramos hoy una Jornada de acción de gracias en memoria de los Mártires de la persecución religiosa del 36 en nuestra Archidiócesis de Toledo. El pasado mes de abril recibimos, con un inmenso gozo,la aprobación definitiva del Papa Benedicto XVI para proceder a la beatificación, en fecha aún no determinada del 2007, de un grupo amplio de religiosos, de sacerdotes seculares y de un seminarista diocesano que recibieron la palma del martirio en esta diócesis, los primeros meses de la contienda española: 16 Carmelitas de la Comunidad de Toledo, 22 Franciscanos de La Puebla de Montalbán y Consuegra, y 12 sacerdotes seculares junto a un seminarista subdiácomo de nuestra Archidiócesis. Con devoción y agradecimiento celebramos la memoria de estos 51 mártires, que ahora unimos al Memorial del Sacrificio Redentor de Cristo, supremo martirio y testimonio máximo de la verdad de Dios, cumbre y plenitud de la entrega del amor sin límite de Dios a los hombres, sangre del Hijo de Dios derramada para el perdón de los pecados y la reconciliación de todos en una unidad inquebrantable. No en balde "el martirio se consideraba en la Iglesia antigua como una verdadera celebracion eucarística, la realización extrema de la simultaneidad con Cristo, el ser uno con Él" (J. Ratzinger, El espíritu de la Liturqia: una introducción, p. 80). ¿Cómo no dar gracias, pues, por estos 51 mártires, y por tantos y tantos otros, en muchedumbre incontable, que dieron su vida por Jesucristo como testimonio supremo de la verdad del Evangelio y de la fe? ¡Cómo vibraban los primeros cristianos ante la sangre y la memoria de los mártires! ¡En qué estima tan alta ha tenido siempre la Iglesia el martirio y con qué belleza ha sido cantado a lo largo de los siglos por los mejores poetas cristianos! Hoy no puede ni debería ser menos. Y por eso esta tarde de domingo nos reunimos con júbilo, llenos de esperanza, gozosos, para celebrar, en estos mártires toledanos, encabezados por D. Liberio González Nombela, a esa pléyade inmensa de fieles, contemplada en el Apocalipsis, que "vienen de la gran tribulación y han lavado sus túnicas con la sangre del Cordero" (Cf. Ap 7,14). El martirio es un regalo de Dios preciosísimo que es preciso apreciar en todo su sentido. Nuestra moderna sociedad, permisiva y relativista, tiende a hacer arcaico y obsoleto el hecho y la grandeza del martirio. Los cristianos mismos parece que hemos perdido disponibilidad y aun sensibilidad para el martirio. Sin embargo es el supremo testimonio de la verdad de Dios y de la verdad del hombre. Es signo y prueba, diáfano testimonio, de que Dios es Dios, lo único necesario, que está por encima de todo y lo vale todo, que sólo Él basta, que Él es, en verdad, Amor, fuente inagotable y hontanar de todo amor. El martirio es testimonio valiente y cierto de que Cristo vive, reina y nos salva, y que su salvación, su vida y su amor valen más que todo, son el tesoro al que nada se le puede comparar. El martirio es la señal manifiesta de que el Reino de Dios ha irrumpido en nuestra historia y en que está la dicha que lo supera todo, la paz y la verdad de amor que lo llena todo. Así mismo, el martirio es el signo que nos indica dónde se encuentra la verdad del hombre, su grandeza y su dignidad más alta, su sentido, su realización más auténtica, su libertad más genuina, amplia y plena, y el comportamiento más verdadero y propio del hombre inseparable del amor: por ello el martirio es exaltación de la perfecta "humanidad" y de la verdadera vida de la persona. El testimonio de los mártires, el martirio, atestigua "la capacidad de verdad del hombre como límite de todo poder y garantía de su semejanza divina. Es precisamente en este sentido en que los mártires son los grandes testigos de la conciencia, de la capacidad concedida al hombre de percibir además del poder, también el deber, y por eso de abrir el camino al verdadero progreso, al verdadero ascenso" (J. Ratzinger, Ser cristiano en la era neopaqana, p 42). En el martirio percibimos el espacio creado por la fe en Jesucristo para la libertad de la conciencia, en cuyas fronteras se detiene todo poder, en ese espacio y realidad se anuncia la libertad de la persona que trasciende a todos los sistemas políticos. "Por haber asignado estos límites al poder fue crucificado Jesús, que con su testimonio dio testimonio de los límites del poder. El cristianismo no comenzó con un revolucionario, sino con un mártir. El plus de libertad que debe la humanidad a los mártires es infinitamente mayor que el que le hayan podido aportar los revolucionarios" (J. Ratzinger, Iglesia, ecumenismo y política, p. 193). El martirio nos dice, en fin, que estamos llamados a la vida eterna, a estar con Dios que es Amor y permanece para siempre: y que eso es con mucho no sólo lo mejor, sino lo que únicamente importa; sin la vida eterna ¿qué sentido tendría la vida? ¿Qué importa la vida sin el amor que permanece eternamente? El martirio nos indica que no podemos malograr nuestra vida anteponiendo a su logro otras cosas u otros intereses. El seguimiento de Cristo es martirio, y por tanto el mártir es el que colma hasta la plenitud el sentido de este seguimiento: se entrega a sí mismo como testimonio de la palabra. Los mártires son testigos eximios del amor de Cristo, de El que ha dado la vida por los hermanos: seguir a Cristo es dar la vida, como Él, por los hermanos. "Aceptar el calificativo 'cristiano' es declararse dispuesto al martirio; expresa la disposición a morir por la fe. Cristiano y mártir significan en realidad lo mismo. Cuando se nos llama 'cristianos', se está incluyendo tácitamente en ello que nos declaramos dispuestos al martirio" (J. Ratzinger, Cooperadores de la verdad, p. 38). Con el martirio se hace verdad tangible la necesidad de completar en nuestra carne los dolores y la pasion del Señor con la que nos ha redimido y hecho partícipes a los hombres del amor de Dios, de su perdón y de su gracia reconciliadora y restauradora. Los mártires son testigos eminentes de la caridad y de la santidad en la Iglesia. "Con su herida mortal", unidos al Cordero degollado del Apocalipsis, Cristo, los mártires nos dicen que, "al final, los vencedores no serán los que matan" -no son los que matan-; "el mundo más bien vive gracias al que se sacrifica. El sacrificio del que se convierte en el Cordero degollado" -y con Él los mártires- mantiene unidos cielo y tierra. De él procede la vida que da sentido a la Historia a lo largo de todas sus atrocidades y que al final la transforma en un cántico de alegría" (J. Ratzinger, Cooperadores de la verdad, p. 46) . Por eso, hoy, nosotros, en el cántico de alegría del Prefacio, "damos gracias porque la sangre de los gloriosos mártires" de todos los tiempos, singularmente de los mártires toledanos de los que hoy hacemos memoria agradecida, "derramada, como la de Cristo, para confesar" el nombre de Dios, "manifiesta las maravillas de su poder divino; "pues en su martirio", el Señor, "ha sacado fuerza de lo débil, haciendo de la fragilidad" su "propio testimonio" (Prefacio de Mártires). Por eso nosotros, la Iglesia, la diócesis de Toledo, queremos conservar y vivir la memoria de nuestros mártires de la persecución religiosa del 36. Ellos han sido y son una fuerza de la fe cristiana vivida hasta el extremo del amor, testigos singulares del Dios vivo que es Amor en la vida de los hombres, ellos "son fuego, luz, renuncia a todos los egoísmos, espléndida manifestación de vida de entrega a Dios por las causas más nobles que puedan darse: las del triunfo de Cristo en la sociedad" (D. Marcelo González), la del amor sobre el odio, la del perdón sobre la venganza, la de la paz sobre la guerra. Conservar y vivir la memoria de los mártires es un deber del cristiano, dijo nuestro querido D. Marcelo en la clausura del proceso diocesano de nuestros mártires toledanos que serán beatificados, Dios mediante, el próximo año. Ellos han sido los frutos o los retoños más insignes de la madre Iglesia en el siglo XX, sus hijos más ilustres, las cimas más altas de humanidad en nuestras tierras en muchos años, lo mejor de nuestros pueblos. Cuando estamos próximos a estas beatificaciones de 51 de nuestros mártires -se añaden a otros más de 400 mártires del 36 y a varios miles de la misma persecución religiosa- "el corazón se ensancha, y dice uno, pensando en los mártires que puedan darse en Asia, en África, en América, en Europa, en la Edad Apostólica, en la Edad Media, en la Edad Moderna, en la Contemporánea... ¡Oué Iqlesia es ésta! ¡Oué Madre tan fecunda, que, en cualauier momento de la historia engendra estos hijos! ¡Qué fuerza lleva dentro de sí la Iglesia del Señor para ser tan perfectamente capaz de realizar esto: el que tantos hijos suyos amen al Señor y al depósito de la fe que la Iglesia custodia, hasta derramar su sangre!" (Cardenal Marcelo González). Hay un aspecto inolvidable en los mártires, en nuestros mártires, bienaventurados porque trabajaron por la paz. Nuestros mártires, en efecto, "son insiqnes colaboradores de la paz. Porque, en todo momento, ellos han servido, antes con su apostolado, y después con esa generosidad con que se entregaron a la grandeza de la convivencia humana: porque murieron perdonando, no odiando" (Cardenal Marcelo González), sin que hubiese un solo caso de apostasía de su fe en Dios que es Amor, y de Jesucristo, Rey y Señor de todo y de todos. Ellos han sido y son para todos ejemplos innengables y conmovedores de personas con entrañas de amor y de misericordia, capaces de perdonar y morir perdonando, como su único Señor. Ellos son hoy y lo serán siempre memoria viva, llamada y signo, garantía de una honda y verdadera reconciliación, que nos marca definitivamente el futuro: un futuro de paz, de solidaridad, de amor y de unidad inquebrantable entre todos los españoles. Por ello, como he dicho antes, son lo mejor de la Iglesia y lo mejor de nuestros pueblos y son de todos y para todos. ¿Cómo no vamos a tenerlos presente en esa memoria agradecida y en esa memoria histórica que no los puede olvidar porque su entrega y su testimonio son la garantía más cierta de un futuro permanente de paz, de perdón, de amor y unidad entre todos los españoles, porque el futuro está en Dios, del que son testigos, de Dios que es amor y misericordia, que nos ha reconciliado y perdonado en su Hijo y por su sangre, Y ha derribado los muros de la separaclon que eleva el odio y la violencia. La memoria histórica reconciliadora de aquella dura y cruel contienda civil reclama la memoria agradecida y comprometida de los mártires. Porque, con estas beatificaciones la Iglesia también quiere "promover la unión de todos, porque ellos también la promovieron. No odiaron, repito, perdonaron... Ellos no tenían en la mano los resortes del poder, pero trabajaron para unir Y para crear las bases de entendimiento entre unos y otros. y cuando les llegó la hora suprema de la verdad, en que habían de testificar, como testificaron ellos, su amor a Jesucristo, abrieron el corazón para aue las balas entraran más fácilmente, y, de esa manera, demostrar con hechos más que con palabras, que seguían amando y perdonando" (Cardenal Marcelo González). ¡Qué páginas tan bellas de amor, de perdón de reconciliación nos dejaron todos nuestros mártires del 36. Su muerte fue plenamente testimonial de Dios, Señor único, que perdona, y otorga la reconciliación y la paz, y concede el triunfo de la gloria, la vida eterna donde permanecerá el Amor. No me resisto a citar el testimonio estremecedor de uno de estos mártires, D. Ricardo Plá Espí, Capellán Mozárabe y Secretario, de Estudios de la Universidad Pontificia de Toledo. Cuando fueron a su casa, los encargados de matarlo, "su padre abrió la puerta; D. Ricardo, consciente de lo que hacía, bajó rápidamente a la entrada y dijo: "El sacerdote soy yo". Su madre y su hermana salieron también y se despidió de todos con estas palabras: "Madre: ¿usted no me ha criado para el cielo? Pues esta es la hora. Al martirio hay que ir con alegría". Su madre le respondió con prontitud: "Hijo mío, mucho valor, para sufrir. Y mucho más amor para perdonar". A los pocos minutos, trasladado al paseo del Tránsito, cayó fusilado. Era la tarde del día 30 de julio de 1936. Murió perdonando a sus enemigos y gritado "¡Viva Cristo Rey!" (A. Fernández Collado). Sin duda que también todos ellos ofrecieron su vida por España, porque amaban a su patria y querían que los españoles viviéramos en paz unos con otros. Seguramente no alcanzaron a comprender por qué hubo tanto odio y tanto ensañamiento. Murieron como tantos otros sacerdotes, mi | |