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Año 2006 |
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HOMILÍA DEL SR. CARDENAL ARZOBISPO DE TOLEDO EN LA FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA
S. I. Catedral Primada Toledo, 31 de diciembre de 2006 Queridos hermanos y hermanas en el Señor, queridas familias aquí presentes o que estáis siguiendo esta celebración por los medios de comunicación diocesanos: Felicidades a todos, porque todos pertenecemos a una familia, porque todos nacemos en familia y de ella hemos recibido cuanto somos. También Jesús nació en el seno de la familia de María y de José. En ella fue creciendo, en el silencio de Nazaret, en estatura, en sabiduría y en gracia ante Dios y los hombres; compartió, como la inmensa mayoría de los hombres, la vida de familia en Nazaret, donde se nos ofrece una lección de vida familiar, vida de amor y comunión, vida de trabajo, vida religiosa judía sometida a la ley de Dios, vida en la comunidad y de enraizamiento en ella. Con la sumisión a su madre, ya su padre legal, Jesús cumple a la perfección el cuarto mandamiento; es la imagen temporal de su obediencia a su Padre celestial, en cuyas "cosas" debía estar ocupado. Él ha bendecido así toda familia; su obediencia en lo cotidiano de la familia inauguraba ya la obra de restauración, también en el seno de la familia, de lo que la desobediencia de Adán había destruido. Sólo Él sabe lo que hay en el seno de la familia, como sólo Él sabe lo que hay en el corazón del hombre. A su luz, la luz del amor y de la revelación de Dios, se esclarece y descubre la grandeza y la belleza de la familia. Necesitamos contemplar y aprender la grandeza y belleza que vemos en la Sagrada Familia cuya fiesta celebramos hoy. Que la Sagrada Familia de Nazaret “nos enseñe el significado de la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable, lo dulce e irreemplazable que es su pedagogía y lo fundamental e incomparable que es su función en el plano socia”l (Pablo VI). Dios nos ha propuesto a la Sagrada Familia como maravilloso ejemplo a nuestros ojos, pidamos a Dios, hoy y todos los días, nos conceda imitar sus virtudes domésticas y su unión en el amor; así llegaremos gozosos y esperanzados al hogar del cielo (Cf. Oración de la Misa de la Sagrada Familia). El pasado mes de julio tuvimos ocasión de participar, de una u otra manera, en el gran acontecimiento de gracia y salvación del IV Encuentro Mundial de las Familias con el Papa, en Valencia. Además de ser un encuentro gozoso de Iglesia, un paso de Dios entre nosotros, fue una ocasión que generosamente Dios nos brindó para palpar la belleza y grandeza del Evangelio de la Familia y de la vida. El Papa nos ofreció un riquísimo caudal de enseñanzas acerca de este Evangelio. En nuestra diócesis estamos intentando, y hemos de poner todos nuestros esfuerzos y esperanzas, en llevar a cabo la puesta en práctica de tantísimo como recibimos de Dios en dicho Encuentro. Sabemos con absoluta y total certeza de que es en la familia donde se encuentra el futuro del hombre y de la sociedad, y de la misma Iglesia y su misión. Ella es "el objeto fundamental de la evangelización y de la catequesis de la Iglesia, y también su indispensable e insustituible sujeto" y también la que da la vida a la sociedad (Juan Pablo II). De la familia depende el destino del hombre, su felicidad, la capacidad de dar sentido a su existencia; por ello, el futuro de la humanidad está estrechamente ligado al de la familia. Esta verdad de suyo tan evidente, por paradójico que parezca, sin embargo, se ve negada por una mentalidad, por una actitud y unos comportamientos bastante extendidos en la sociedad actual, tanto en el plano particular como en el público y aún legislativo, que olvida, rechaza, ofende y relativiza el valor del matrimonio y de la familia. Baste como muestra la noticia que hoy mismo da un medio de comunicación social: "La mitad de los matrimonios españoles formados en 2004 se truncaron ese mismo año". Es todo un signo de una mentalidad y de unas actuaciones políticas, sociales y educativas, que llevan, si no cambiamos, a una destrucción del hombre y de la sociedad. Así de grave es la situación. Recordando palabras del gran "Papa de la Familia", Juan Pablo II, "es necesario sobre todo pasar de una visión de la familia como sector o parte, a una visión de la familia como criterio de la medida de toda la acción política, porque al bien de la familia están vinculadas todas las dimensiones de la vida humana y social: la tutela de la vida humana, el cuidado de la salud y del ambiente; los planes reguladores de la ciudad, que deben ofrecer condiciones habitables, servicios y espacios verdes a medida de la familia; el sistema escolar, que debe garantizar una pluralidad de intervenciones, de iniciativas tanto estatales como de otros sujetos sociales; a partir del derecho de elección de los padres; la revisión de los procesos laborales o de criterios fiscales, que no pueden estar basados solo bajo la consideración de cada uno de los sujetos, olvidando, o peor aún, penalizando el núcleo familiar" (Juan Pablo II). El desarrollo armónico y el progreso de un pueblo dependen en gran medida de su capacidad de actuar sobre la familia, garantizando a nivel legislativo, social y cultural, la plena y efectiva realización de las funciones y tareas de la familia, fundada sobre el matrimonio único e indisoluble de un hombre y de una mujer, enraizada en la comunión y el amor abierto a la vida. Es fundamental dar voz a las razones que motivan la defensa de la familia fundada en el matrimonio. Ella es la principal fuente de esperanza. Nuestra esperanza radica en que todos y cada una de las comunidades y todos los sujetos sociales, crean siempre en la familia fundada en el matrimonio, lugar de amor y de auténtica y exigible solidaridad, fuente y lugar, mejor aún, santuario de la vida. Invierno demográfico Europa, y de manera muy singular España, con el índice más bajo de natalidad de la Comunidad Europea, padece un fuerte invierno demográfico. "¿Por qué las cosas están así?", se ha preguntado el Papa Benedicto XVI en su recentísimo Discurso de Navidad a la Curia de la Santa Sede. El Papa mismo añade a continuación: "Las respuestas seguramente son muy complejas": desde los problemas económicos y sociales con que se enfrentan hoy las familias, a la gran dificultad de asumir compromisos definitivos, pasando por las preocupaciones y fatigas de cada día, la dedicación necesaria para abrir a los hijos el camino hacia el futuro, la carencia de tiempo, la inseguridad en lo que hay que trasmitir a los hijos, de las normas de vida que hay que enseñar, de lo que es el justo uso de la libertad, etc. Todo ello pueden ser razones para un futuro incierto, para un temor al futuro, para ese invierno demográfico que es uno de los problemas primero y principal con que nos enfrentamos en Europa, y más aún en España. Pero en el fondo hay una grave y grandísima cuestión: "El hombre de hoy -afirma el Papa- está inseguro acerca del futuro. ¿Es admisible enviar a alguno hacia ese futuro incierto? En definitiva, ¿es algo bueno ser hombre? Esta profunda inseguridad sobre el hombre mismo -junto a la voluntad de retener o poseer la vida para sí mismo- es quizá la razón más profunda, por la que el riesgo de tener hijos aparece como una cosa que no se puede sostener". Ese es, sin duda, el gran problema de nuestro tiempo: el problema del hombre, el problema de su verdad. El relativismo, la incapacidad para compromisos definitivos, el laicismo, el olvido de Dios, no es, evidentemente la respuesta. ¿Podemos estar callados los cristianos en estos temas sin ofrecer la respuesta de la fe a las grandes cuestiones que ahí se encierran? ¿No es nuestro deber alzar la voz para defender al hombre, aquella criatura que, en la unidad inseparable de alma y cuerpo, es imagen de Dios? Dios es la respuesta, la única respuesta al hombre, a la gran cuestión: qué significa ser hombre. Defensa de la vida Unida a la jornada sobre la familia, está también la jornada de la defensa de la vida: Hoy, día de la Sagrada Familia, es también el día de la Familia y de la Vida. La voz libre y profética de la Iglesia, cargada de esperanza, resuena con fuerza, y grita y anuncia el Evangelio, la Buena Noticia, de la vida: porque el Evangelio del amor de Dios al hombre, en efecto, el Evangelio de la dignidad inviolable de la persona humana y el Evangelio de la vida son un único e indivisible Evangelio. Con amor y ternura la Iglesia sale en defensa del hombre amenazado, en defensa de la vida despreciada, en defensa de la dignidad humana preterida o violada, y se dirige a los fieles católicos ya todos los hombres de buena voluntad que quieran escucharle. Clama por el hombre inocente, da la cara por el indefenso con energía, apuesta fuerte por la vida, por toda vida humana. Escuchando su mensaje se siente el gozo inmenso de ser hombre, la alegría de haber sido llamado a la Vida, la dicha de ser una de esas criaturas -un hombre- querida directamente y por sí misma por Dios, que quiere que el hombre viva y cuya gloria es ésta: la vida del hombre. La Iglesia no puede callar y dejar de anunciar este Evangelio: ¡Ay de mí si no evangelizo!, leemos en san Pablo; ¡ay de la Iglesia y de sus hijos, si dejamos de anunciar este Evangelio de la vida que no es otro que Jesucristo! Jesucristo al que todos buscan porque todos quieren y anhelan la vida y rechazan la muerte; ante Cristo todos se agolpan, a El todos acuden, aún sin saberlo muy bien, porque ha venido a que los hombres tengamos vida: porque ¡El es Vida!, la Vida que ansiamos. Para esto ha venido al mundo, para predicar esta dichosa noticia y para hacerla realidad, en nuestro mundo y en el venidero. Si al final del siglo XIX, la Iglesia "no podía callar ante los abusos sociales entonces existentes, menos aún puede callar hoy, cuando a las injusticias sociales del pasado, tristemente no superadas todavía, se añaden en tantas partes del mundo injusticias y opresiones incluso más graves, consideradas tal vez como elementos de progreso de cara a la organización de un nuevo orden mundial" (EV 5). Sin duda, la injusticia y la opresión más grave que corroe el momento presente es esa gran multitud de seres humanos débiles e indefensos que está siendo aplastada en su derecho fundamental a la vida. El mundo actual trata de apagar o de poner sordina a tan importante mensaje. Son las campañas y la trompetería de los embajadores y servidores de la "cultura de la muerte" y del miedo al futuro que se cierne amenazadora sobre los hombres y los pueblos, sumidos en un invierno demográfico. Es necesario que resuene en nuestra sociedad desalentada este Evangelio, "confirmación precisa y firme del valor de la vida humana y de su carácter inviolable". Es preciso que no se calle ni se debilite esta "acuciante llamada a todos ya cada uno, en nombre de Dios: ¡Respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana! Sólo siguiendo este camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad" (EV 5). La guerra y el terrorismo de ETA "Una de las más decisivas causas en las que se va a jugar el futuro de la Humanidad y la salvación del hombre en este siglo y milenio va a ser la causa de la vida… el siglo XX ha sido el siqlo de las querras, de las más terribles de toda la historia humana. Desde la perspectiva de la fe católica, habría que añadir, además, el período histórico, dentro de la era cristiana, en el que el valor fundamental de la vida se ha visto más universalmente amenazado y más abiertamente puesto en cuestión… Nuevas y gravísimas amenazas se ciernen sobre la vida y la dignidad de la persona humana. En el umbral del siglo XXI, la guerra se sigue utilizando sin escrúpulos como método brutal de solución a los problemas políticos… Se usa y justifica el terrorismo con su secuela de asesinatos, crímenes, vidas y familias destrozadas como recurso legítimo para obtener no se sabe bien qué fines políticos, sociales o culturales". Ahí tenemos el espantoso e inhumano atentado de ayer en la Terminal 4 del Aeropuerto de Barajas. Respecto a este reprochable en todos sus extremos atentado terrorista de los asesinos, terroristas de ETA, haciendo mías las palabras de la Conferencia Episcopal, expreso mi afecto y sincera solidaridad con las víctimas, especialmente con los familiares de los que han sido asesinados y con los heridos, o dañados de cualquier modo, en este atentado. Y con las palabras de la Instrucción Pastoral "Orientaciones morales ante la situación actual de España", reitero que el "terrorismo es intrínsecamente perverso, del todo incompatible con una visión moral de la vida, justa y razonable", y que no "sólo vulnera gravemente el derecho a la vida y a la libertad, sino que es muestra de la más dura intolerancia y totalitarismo". "El gobierno -añade la Conferencia- los partidos políticos y todas las instituciones estatales tienen que trabajar conjuntamente, con todos los medios legítimos a su alcance, para que llegue cuanto antes el fin del terrorismo. Todos están obligados a anteponer la unión contra el terrorismo a sus legítimas diferencias políticas o estratégicas. Una sociedad que quiera ser libre y justa no puede reconocer explícita ni implícitamente a una organización terrorista como representante político legítimo de ningún sector de la población, ni puede tenerla como interlocutor político". Como tantas veces he repetido: ETA debe desaparecer, debe disolverse sin condiciones. Con el terrorismo, con los terroristas, no se negocia, no cabe negociación política; es necesario que se mantenga vivo y firme el Estado de Derecho, con la unidad de todas las fuerzas políticas y sociales en ese mantenimiento del Estado de derecho, que implica siempre el respeto a la inviolabilidad de la dignidad de todo ser humano y la defensa y protección de la vida humana y del bien común. Al condenar enérgicamente “sin paliativo alguno” este atentado, constatamos una vez más que el terrorismo constituye una estructura de pecado y pido a todos, a todas las comunidades, que perseveremos en la oración por la víctimas del terrorismo y por sus familiares, por la conversión de los terroristas y el cese de la violencia, y para que Dios otorgue sabiduría y fortaleza a los gobernantes en sus decisiones y acciones, encaminadas a la desaparición del terrorismo. La pena de muerte y el crimen del aborto Dentro de esta jornada de defensa de la vida no puedo dejar de referirme también a las sentencias de penas de muerte y su ejecución, que no desaparecen en el mundo, como ayer mismo pudimos comprobar. Lo más grave de todo, el mayor atentado contra vida sigue siendo la práctica del abominable crimen del aborto. En nuestro país tenemos la cifra escalofriante de más de un millón desde hace 20 años en que fue legalizado a esta parte; sólo en el año pasado 91.000; seis mil más que el año pasado. Se justifican, así mismo, la manipulación genética con fines experimentales o la eliminación de embriones, no considerados como seres humanos, como si no se tratara de "unos de los nuestros". Nos hemos acostumbrado a esas cuatro quintas partes de la humanidad que pasan hambre o esos millones y millones de hombres, que ya desde niños, no tienen el mínimo necesario para subsistir con dignidad. Se vende, sin ninguna justificación e incluso falseando los mismos datos de las Naciones Unidas el llamado "boom demográfico" con políticas antinatalistas puestas al servicio de intereses económicos e ideológicos. El narcotráfico criminal y el consumo de drogas siguen haciendo estragos en la vida de numerosos jóvenes. "La vida de los no nacidos, de los enfermos terminales, de los ancianos, de los disminuidos de todo tipo… se encuentra cada vez más desamparada no sólo por las leyes vigentes, sino también por las costumbres y estilos de vida más en boga en la sociedad actual. Parece que se trata de vidas humanas de inferior valor y menos dignas de protección jurídica y social que las de los sanos, fuertes y autosuficientes en lo físico, lo psíquico y lo económico-social. Es evidente: gana terreno lo que el Papa Juan Pablo II calificó como la cultura de la muerte. Pero la muerte ha sido vencida en su misma entraña por el Evanqelio de la vida, por Jesucristo, muerto en la Cruz y resucitado para nuestra salvación". Los que creemos en Jesucristo y tenemos la firme convicción de nuestra llamada a la vida, los que queremos al hombre, no podemos desalentarnos, no cejaremos jamás en la defensa de este hombre amenazado. Tengamos esperanza. Dios esta con nosotros. Es Emmanuel. Si hoy, con razón, nos avergonzamos de los tiempos de la esclavitud que en aquel entonces se justificaba legalmente, no tardará en llegar un día en que nos avergoncemos y arrepintamos de esta cultura de muerte, también legalmente establecida. Es preciso crear una conciencia más profunda y arraigada del don maravilloso de la vida y, consecuentemente, de una cultura de la vida. Ahí es donde está el futuro, ahí es donde está el verdadero progreso. Es el progreso y el futuro que descubrimos en la Sagrada Familia.
NAVIDAD: FUTURO Y ESPERANZA DEL HOMBRE Mensaje del Sr. Cardenal Arzobispo para la Navidad 2006
El nacimiento de Jesús en Belén no es un hecho que se pueda relegar al pasado.
Ante él se sitúa la historia humana entera: nuestro hoy y el futuro del mundo
quedan iluminados por este acontecimiento. Este nacimiento, único en toda la
historia, supera todas las expectativas de la humanidad y así será para siempre.
Constituye el único medio por el cual el mundo puede descubrir la alta vocación
a la que está llamado.
A lo largo de la historia, Dios y el hombre se le han presentado a la conciencia
desgarrada como rivales y en pugna. La antigüedad pagana llegó a creer que los
dioses envidiaban a los hombres felices. Los hay falsamente "piadosos" que creen
que el combate por la libertad, los derechos y el pleno desarrollo del hombre le
hace de menos a Dios, le hace sombra; y hay también falsos amigos del hombre que
opinan que quienes viven en Dios y desde Dios no pueden por menos que traicionar
sus compromisos con los hombres. X Antonio Cañizares LloveraCardenal Arzobispo de Toledo Primado de España
HOMILÍA EN LA SANTA MISA DE ORDENACIÓN DE CUATRO SACERDOTES S. I. Catedral Primada, 17 de diciembre Muy queridos ordenandos, muy queridos, D. Carmelo y D. Ángel, Obispos Auxiliares de esta archidiócesis de Toledo, queridos hermanos sacerdotes y diáconos, seminaristas del Seminario Mayor y Menor, queridas familias de los ordenandos, queridos todos hermanos y hermanas en el Señor: ¡"Qué grande es en medio de nosotros el Señor, nuestro Dios y salvador!". Él hace proezas en favor nuestro, suscitándonos, en estos cuatro jóvenes, sacerdotes, pastores, conforme a su corazón. Así nos enriquece y se muestra grande con nosotros. En esta hora nuestras palabras no deberían ser otras que de pura y gozosa alabanza a Dios, de reconocimiento de Él, de proclamación de su inmensa grandeza, de sencilla confesión de fe y de adoración humilde por la gracia y la bondad, por la delicadeza y la ternura de la que Él colma a la Iglesia en Toledo con el don inmenso de la presencia sacramental de Cristo sacerdote, cabeza y pastor, en cada uno de los jóvenes que van a ser ordenados sacerdotes por la unción del Espíritu, la imposición de manos y la oración de consagración. Cantemos la misericordia del Señor y desbordemos de gozo con el Señor. ¡Demos gracias a Dios, el Señor, nuestra fuerza y nuestro poder! Como el domingo pasado, también éste la figura del Bautista tiene un lugar destacado. Fijaos en él, queridos amigos que os vais a ordenar. Todo en Juan remite a Jesucristo, el Mesías esperado que había de venir. No es la luz sino testigo de la Luz, para llevar a los hombres a la fe. No es la Palabra, sino la voz que lleva la Palabra, que es vehículo de la Palabra y clama en el desierto: "Preparad el Camino al Señor", "convertíos porque está cerca el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". Anuncia en el desierto y señala próximo a quien no conoce. Profeta y testigo, precursor de Jesús, forja su personalidad en el desierto, que es escuela de Dios, escuela de la escucha de la Palabra, del silencio, de la oración, del encuentro con Dios, de la penitencia. Vosotros, queridos amigos, llamados al orden de los presbíteros, tenéis en el Bautista un punto de referencia fundamental para el ministerio que la Iglesia os confía. Sois ordenados sacerdotes para anunciar y señalar presente a aquel que viene y lleva la salvación. Seréis testigos del Cordero que quita el pecado del mundo para llevar a los hombres a Él en orden a que aprendan de Él y le sigan. En toda vuestra vida y con todo vuestro ministerio habréis de señalar a Cristo entre los hombres, presente en medio de ellos, aunque no lo conozcan. Como el Bautista, también vosotros, en la oscuridad de la ignorancia y desconocimiento de Cristo, habréis de dar testimonio de Aquel que, por desgracia, conocemos tan poco. No sois la Palabra. La Palabra sólo es Cristo. Vais a ser vehículo de la palabra, para ayudar a todos los hombres a que abran su corazón para acoger a Cristo, no a vosotros. Seréis testigos de Cristo, transparencia de la Luz, para conducir a los hombres a la fe, a Cristo. Con toda vuestra persona y ministerio no buscaréis otra cosa que preparar el camino al Señor y enderezar los caminos de los hombres. Llamaréis siempre a la conversión, para que los hombres puedan recibir y aceptar la presencia de Dios en el mundo, la única puerta abierta al futuro y a la esperanza. El Bautista se hace pequeño, para que el que llega sea grande. Es necesario hacerse pequeño para que el Señor se muestre grande, en toda su grandeza. Solamente así se conoce a Aquel que es más grande que nosotros. Llegaremos a conocer a Dios, Emmanuel, en la medida en que dejemos lugar para su presencia. Como Juan el Bautista, también vosotros habréis de llamar a una sincera conversión para acoger el Reino de Dios, que llega con Cristo; esto es, acoger la infinita misericordia de Dios. El envío que el Padre hace de su Hijo al mundo es la manifestación y la esencia misma del amor, es la revelación de la inmensa bondad de Dios y de su amor en favor de los hombres. Es necesario y urgente llamar a la conversión. Apremia llamar a la conversión, para que Dios, Amor, sea el centro de nuestra vida ya en la tierra, porque la vida que llevamos no es camino para el encuentro con Dios donde está la verdad del hombre. La conversión reclama caminar en la verdad, de cara a la verdad, no de espaldas a la verdad. Cuando el hombre camina en la dirección contraria a Dios, cuando le da la espalda a Dios, o cuando se olvida de Él que la referencia absoluta de su vida, inmediatamente, surge una profunda ruptura y quiebra de humanidad, como nos sucede ahora. Queridos ordenandos, Dios os ha elegido y llamado, y os va a confiar el ministerio sacerdotal, en una época marcada y penetrada, en efecto, por una honda quiebra de humanidad originada en el olvido de Dios y en el intento de relegarlo a la insignificancia en nuestra vida personal y social, que permea todo de la tristeza de lo finito y de la nada, o de miedo al futuro. Sois ordenados en una situación social, descrita certeramente por la Conferencia Episcopal en su reciente Instrucción sobre "Orientaciones Morales", en los siguientes términos: se está dando un "desarrollo alarmante del laicismo", caracterizado por "la voluntad de prescindir de Dios en la visión y la valoración del mundo, en la imagen que el hombre tiene de sí mismo, del origen y término de su existencia, de las normas y los objetivos de sus actividades personales y sociales. Dentro de un cambio cultural muy amplio, España se ve invadida de un modo de vida en el que la referencia a Dios es considerada como una deficiencia en la madurez intelectual y en el pleno ejercicio de la libertad. Vivimos en un mundo, donde se va implantando la comprensión atea de la propia existencia . . . Éste es el problema radical de nuestra cultura: el de la negación de Dios y el de un vivir 'como si Dios no existiera'". Y añade el texto episcopal:" El mal radical del momento consiste en ... el deseo ilusorio y blasfemo de ser dueños absolutos de todo, de dirigir nuestra vida y la vida de la sociedad a nuestro gusto, sin contar con Dios, como si fuéramos verdaderos creadores del mundo y de nosotros mismos. De ahí la exaltación de la propia libertad como norma suprema del bien y del mal y el olvido de Dios, con el consiguiente menosprecio de la religión y la consideración idolátrica de los bienes del mundo y de la vida terrena como si fueran el bien supremo" (n 8-10). Se trata de un verdadero proyecto para nuestra sociedad, un proyecto cultural y político en el que están empeñados fuerzas y poderes sociales, a veces ocultas, y no tan ocultas, pero reales. "Este proyecto -afirman los Obispos en la mencionada Instrucción pastoral- implica la quiebra de todo un patrimonio espiritual y cultural, enraizado en la memoria y adoración de Jesucristo y, por tanto, el abandono de valiosas instituciones y tradiciones nacidas y nutridas de esa cultura. Se diría que se pretende construir artificialmente una sociedad sin referencias religiosas, exclusivamente terrenas, sin culto a dios ni aspiración ninguna a la vida eterna, fundada únicamente en nuestros propios recursos y orientada exclusivamente hacia el mero goce de los bienes de la tierra" (n. 13) . Para ese proyecto y al servicio de él se despliegan muy poderosos medios y se usan grandes recursos e instrumentos, sin que con frecuencia nos percatemos de ello, de forma que se vayan educando las conciencias de los ciudadanos en esa mentalidad envolvente, generadora de relativismo moral y de un laicismo radical, que se pretende como la única compatible y válida para una ciudadanía adulta, libre, y democrática. "Tal parece ser la interpretación correcta de las dificultades crecientes para incorporar el estudio libre de la religión católica en los currículos de la escuela pública... y el anunciado programa de la nueva asignatura, con carácter obligatorio, denominada 'Educación para la ciudadanía', con el riesgo de una inaceptable intromisión del Estado en la educación moral de los alumnos, cuya responsabilidad primera corresponde a la familia". Nos gustaría a los Obispos poder ofrecer otra visión, pero las cosas son así; los hechos son los hechos. Corremos el riesgo de que en las circunstancias actuales y ante tales constataciones y la magnitud de los hechos cunda entre nosotros la desesperanza. Esto sería, también lo decimos los obispos en la mencionada Instrucción, una verdadera tentación, una auténtica amenaza. Los textos de la palabra de Dios en este tercer Domingo de Adviento nos invitan a todo lo contrario. Ahí tenemos, en primer lugar, el grito de Sofonías a su pueblo, dirigido también a nosotros: "Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel, alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén". Porque el Señor está en medio nuestro. Vive con su pueblo, la Iglesia, con la eficacia de un guerrero que salva. La fuerza de la profecía de Sofonías radica en la afirmación de la presencia de Dios en medio de su pueblo como Rey. Oír el canto de júbilo del Profeta, es perder el miedo a todo, incluso a la muerte que va a ser vencida: "No he de morir viviré, para cantar las hazañas del Señor" (Sal 7, 17). . El motivo de esta alegría desbordante del Profeta es la seguridad de que el Señor esta "en medio de ti, Jerusalén -Iglesia- se goza y se complace en ti". No son palabras vacías y sin sentido, sino realidades muy vivas, que ya se han cumplido y comprobado. Cuando Lucas quiera expresar su fe en Jesús como Dios que se aproxima, hecho hombreen medio de nosotros, se acordará del profeta Sofonías y reproducirá sus palabras: 'alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo’. La Hija de Sión nueva es la madre del Señor, a quien el ángel le dice justamente que 'no tema', porque el Señor está con Ella, en medio de Ella. El nuevo Israel, la Iglesia, está personificado en María, la madre de Jesús, madre también de la iglesia, Jerusalén nueva que sabe que el Señor está en medio de Ella, hecho niño que crece en su seno de madre jovencísima. Sí, hermanos queridos, el Señor está en medio de nosotros, o lo que es lo mismo, El Señor nos ama, el que ama nunca está lejos, siempre está presente. Tenemos la certeza de que "Dios nos ama irrevocablemente; que Jesús nos ha prometido su presencia y su asistencia hasta el fin del mundo; que Dios, en su providencia, de los males saca bienes para sus hijos. La Iglesia y la salvación del mundo no son obra nuestra, sino empresa de Dios. . . No es el momento de mirar atrás añorando tiempos aparente o realmente más fáciles y fecundos. No hay fecundidad sin sufrimiento. Dios nos llama a la humildad y a la confianza, seguros de que en nuestra debilidad actual se manifestará el poder de su gracia y de su misericordia" (Instrucción. . . n. 24). Mirad, queridos hermanos, el testimonio de pablo: En una vida tan atormentada como la suya, una vida llena de persecuciones, de hambre, de sufrimientos, siempre está presente, sin embargo, una palabra clave: 'Alegraos, os lo repito, alegraos, porque el Señor está cerca'. Aquí vemos el motivo por el cual san Pablo en todos sus sufrimientos, en todas sus tribulaciones, sólo podía decir a los demás alegraos; podía decirlo, porque en él mismo estaba presente la alegría: alegraos, porque el Señor está cerca. Si el amado, el amor, el mayor don de mi vida está cerca de mí; si estoy convencido de que Aquel que me ha ama está cerca de mí, incluso en la situaciones de tribulación, en lo hondo del corazón reina una alegría que es mayor que todos los sufrimientos" (Benedicto XVI, 3 de octubre, 2005). La Iglesia no puede poner, no pone, nunca su esperanza ni encontrar su apoyo en ninguna institución temporal, en ningún poder o éxito de aquí, pues sería poner en duda el señorío de Jesucristo, su único Señor, o la fuerza de su amor y de su presencia que es la única que le da vida y aliento en su camino. Pero para que el Reino o señorío de Jesús que viene esté dentro de nosotros, para que Él se muestre en su infinito amor y presencia misericordiosa en medio nuestro, surge la pregunta que también le hacen al Bautista, que lo señala próximo, en medio de aquellos a los que se dirigía en la rivera del Jordán: "¿Qué tenemos que hacer?". Juan responderá con una respuesta que también es de hoy y para nosotros: Compartid con vuestros hermanos la comida y el vestido. Les descubre el amor, la solidaridad, la caridad, que va más allá todavía, porque es el mismo amor con que Dios ama a los hombres y se ha hecho presente en Jesucristo. Nadie debe tener y guardar sólo para sí; mirad a vuestro lado como hermanos para ayudarlos a crecer; no los miréis como competidores, porque cuando en el otro se ve a un rival no es posible la alegría. Esto es convertirse, poner al servicio de los demás, e los hermanos, cuanto soy y tengo. Los que tienen dinero, como los publicanos, reciben un programa: practicad la justicia. A los que representan el poder del emperador, en el texto evangélico, como interlocutores de Juan, los militares: "no exijáis más de lo establecido y justo", no manipuléis, no os sintáis dueños de haciendas y de vida, no os adueñéis de las conciencias, servid, y no os sirváis de los demás para ningún otro interés que no sea el bien de cada persona y del bien común.; no abuséis de la ley, no hagáis leyes injustas, no os aprovechéis en contra del pueblo de vuestra situación privilegiada, y de la fuerza que poseéis; ponedlo todo al servicio del prójimo, ponedlo todo al servicio del bien común, que pasa siempre por el servicio a la persona y a su dignidad. La respuesta nuestra, la respuesta de los cristianos en estos momentos es "la práctica del amor como norma universal de vida... No seríamos discípulos de Jesús, ni la Iglesia podría presentarse como Iglesia, si no reconociéramos en el ejercicio y en el servicio de la caridad la norma suprema de nuestra vida. El amor al prójimo, enraizado en el amor de Dios, es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para las instituciones eclesiales, para cada Iglesia particular, y para la Iglesia universal. La Iglesia tiene que ser y aparecer, tiene que vivir y actuar como una verdadera comunidad de amor, como una manifestación y una oferta universal del amor que la humanidad necesita para vivir adecuadamente... El amor, vivido y practicado con generosidad y eficacia, es lo único que puede hacernos testigos de la verdad y de la bondad de Dios en nuestro mundo" (n. 78), presente en medio nuestro... En cada lugar y en cada época hay necesidades deferentes. En cada momento son distintas las urgencias: los inmigrantes, los que no tienen trabajo, los que están solos, las jóvenes que pueden caer en las redes de los explotadores de la prostitución, las mujeres humilladas y amenazadas por la violencia doméstica, quienes no tienen casa ni familia donde acogerse, los que no creen, los que andas perdidos y sin sentido por la vida, los que están sumidos en la droga, etc. Todos son hermanos. Todos, además, tienen necesidad de signos que les ayuden a descubrir el verdadero rostro de Dios, la presencia de Dios en medio nuestro: El está en medio de nosotros, y se hace manifiesto por nuestro amor. Hay un aspecto que debo expresar como respuesta a esa pregunta dirigida a Juan, dirigida a nosotros, a la Iglesia. La Iglesia, como en otros momentos, está llamada a ser signo y llamada a la reconciliación y al entendimiento. "Perdón, reconciliación, paz, convivencia, fueron los grandes valores que la Iglesia proclamó y que la mayoría de los católicos españoles en general vivieron intensamente" (n.6) en los momentos de la transición política. En estos momentos "todos debemos procurar que no se deterioren ni dilapiden los bienes alcanzados. Una sociedad que parecía haber encontrado el camino de su reconciliación y distensión vuelve a hallarse dividida y enfrentada. Una utilización de la 'memoria histórica', guiada por una mentalidad selectiva, abre de nuevo viejas heridas de la guerra civil y aviva sentimientos encontrados que parecían estar superados.- estas medidas no pueden considerarse un verdadero progreso social, sino más bien un retroceso histórico y cívico, con un riesgo evidente de tensiones, discriminaciones y alteraciones de una tranquila convivencia" (n. 7). "¿Qué tenemos que hacer?". Apoyados en Dios, en la certeza de que está en medio nuestro y trae la reconciliación, ser factores de reconciliación e instrumentos de su paz. Así recogeremos la invitación reiterado de san pablo a la alegría, que en esta ordenación se engrandece y se levanta como un signo de esperanza y de luz gozosa en nuestro mundo: "Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito; estad alegres. Que todo el mundo vea vuestra alegría porque el Señor está cerca". Eso sin Dios que está cerca, que está entre nosotros y no podemos relegarlo al olvido, a lo privado o a la intimidad de lo más secreto nuestro, no iremos a ninguna parte. Que Él nos guíe. Que la Santísima Virgen os ayude.
INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA Homilía del Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo, don Antonio Cañizares Llovera, en la S. I. Catedral Primada 8 de diciembre de 2006 En este día los católicos de todo el mundo y, de modo singular, los católicos de España, dirigimos nuestra mente y nuestro corazón, ponemos nuestro pensamiento y afecto en la Virgen María, concebida sin pecado, inmaculada desde el primer instante de su ser natural. Ponemos nuestro pensamiento y nuestro corazón en la Madre de Dios y la Madre espiritual nuestra, la criatura en la cual se refleja la imagen de Dios con toda nitidez, sin ninguna turbación ni ninguna sombra. Fijando nuestra mirada en esta mujer humilde, hermana nuestra y al mismo tiempo celestial, toda santa, llena de gracia, espejo nítido y sagrado de la infinita belleza, podemos renacer a una esperanza viva, y creer que es posible un mundo nuevo, una nueva cultura, una civilización grande, muy grande, basada en el amor, en la gracia de Dios, en la santidad. Esa belleza de María Inmaculada, que es la obra de Dios en ella, se convierte para nosotros en un modelo inspirador, en una esperanza confortadora. En la Virgen María concebida en previsión de los méritos de su Hijo, sin pecado original, la esperanza del hombre se ensancha, al encontrar en ella, Madre del Redentor, el cumplimiento de las promesas salvadoras de Dios. Ella, sencilla mujer judía, ha sido destinada desde siempre por Dios para ser la Madre del Salvador, y brilla, agraciada por la santidad de Dios, como aurora naciente de la salvación. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, Él ha hecho brotar de María el Sol que nace de lo alto, y nos visita para iluminar a los que viven en las tinieblas del pecado y en las sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”. Desde ella podemos proclamar: ¡Aquí está nuestro Dios, en medio de nosotros”! Dios ha puesto su morada en Ella, ha acampado en Ella. En el designio salvífico de Dios, el misterio de la encarnación constituye el sobreabundante cumplimiento de la promesa de Dios. “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. Y la primera criatura donde sobreabundó la gracia, donde la gracia se desbordó, es en la Santísima Virgen María, la Purísima, la toda limpia, laque ni siquiera rozó el pecado primero. María permanece ante Dios y ante la humanidad como la señal inmutable e inviolable de la elección de Dios en favor de los hombres. Esta elección es más fuerte que toda experiencia del mal y del pecado, más fuerte que toda experiencia de aquella enemistad con que ha sido marcada la historia de los hombres. Esta elección nos hace comprender que no cabe el desaliento o la desesperanza. En la Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal Española. “Orientaciones morales ante la actual situación de España”, los obispos hemos llamado la atención sobre esta tentación que es una de las más insidiosas del momento presente para los católicos: la desesperanza, el desaliento, el desánimo. No cabe ni desaliento, ni desánimo, ni desesperanza, porque Dios está con nosotros. Lo vemos en esta criatura singular que es la Virgen María; lo vemos a través de su “sí” a la llamada que el ángel le hace. Vemos que Dios está con el hombre y para el hombre de manera irrevocable. Vemos que hay un futuro para el hombre. Ya está brotando. Brota en María, porque en ella, tierra fecunda, ha germinado el Salvador. “La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor nuestro Dios. Desde esta esperanza y desde la contemplación de María Inmaculada haremos bien en otorgar a esta fiesta una gran importancia reformadora, consoladora. Contemplamos admirada y agradecidamente a Santa María, sin pecado concebida, que, a la creciente degradación permisiva de las costumbres, opone la serena y resuelta energía de la conciencia de la dignidad personal y comunitaria del hombre regenerado en el bautismo y en la pertenencia a la sociedad de los Santos, que es la Iglesia, la cual se siente representada y ensalzada en la humilde y grande Señora del Magníficat. A esa sociedad, tan profundamente quebrada moralmente, se opone la santidad de María. A esa sociedad, marcada por el mal, e incluso degradada, porque ya no sabe dónde está el mal, se opone la respuesta de María y la acción de la gracia de Dios en ella, donde aparece toda la benevolencia de Dios, todo el bien que Dios es y cómo es en el bien donde está la verdad del hombre, la libertad del hombre, el futuro del hombre. Necesitamos seguir a la Santísima Virgen María, seguirla como la que es, sin pecado; seguirla como modelo de perfección. Ahí está el futuro. En una sociedad como la nuestra, con una tan profunda quiebra moral y sin condiciones morales seguras y verdaderas, la Virgen Inmaculada es para nosotros una luz grande y una viva esperanza. En esa Instrucción Pastoral a la que he aludido, los obispos hemos dicho: “En unos momentos en los que vemos con gran preocupación el debilitamiento de las convicciones morales de muchas personas, especialmente de los jóvenes; cuando crecen prácticas tan inhumanas como la promiscuidad y los abusos sexuales, el recurso al aborto - especialmente, entre adolescentes y jóvenes - así como la drogadicción o el alcoholismo y la delincuencia entre los menores de edad; o cuando observamos con pena cómo crece la violencia en la escuela y en el seno de las mismas familias, no se entiende el rechazo y la intolerancia con la religión católica que manifiestan entre nosotros algunas personas e instituciones. (…) Nadie puede negar que la religión clarifica y refuerza las convicciones y el comportamiento moral de quien la acepta y la vive adecuadamente. Gobierno e Iglesia deberíamos ponernos de acuerdo en la necesidad de intensificar la educación moral de las personas, muy especialmente de los jóvenes, de manera que la Iglesia, en vez de ser mirada con recelo, fuera reconocida, al menos, como una institución capaz de contribuir de manera singular a ese objetivo tan importante para el bien de las personas y de la sociedad entera que es la recta educación moral de la juventud” (n. 64). No se comprende, por ello, cómo se debilita, cómo se está debilitando, la enseñanza religiosa en la escuela. No se comprende cómo se intenta que haya una moral donde no cuente la moral católica. No se comprende cómo, desde una postura laicista, se quiera dejar la moral de la Iglesia, la moral de la fe, a la esfera de lo privado, sin que tenga influencia dentro de la sociedad. No se comprende, cuando es tanta la necesidad del rearme moral de nuestra sociedad, marcada por esta profunda quiebra moral, donde ya ni siquiera se sabe dónde está el mal y el bien y donde el mal se hace ya por puro divertimento. La Virgen María es la mujer de la fe. Así lo vemos en ese relato que acabamos de escuchar. María en este relato se muestra soberana y supremamente responsable. La fe no quita responsabilidad ni quita libertad. La fe es, todo lo contrario, fuente de libertad, por ello, la mujer creyente, desde la fe decide por sí misma en entera libertad ante el designio de Dios; obedece a Dios, se pliega a Él y a su Palabra: y de ahí surge, nace, una esperanza nueva y una plenitud nunca ni siquiera pensada o soñada; María le deja la iniciativa a Dios, que no sólo no defrauda, sino que la colma de dicha y, por Ella, también nos colma de esa plenitud a los hombres de todos los tiempos; María, la mujer y sierva fiel, no sólo no se empequeñece, sino que queda engrandecida, y con Ella toda criatura humana. ¡Qué contrario a la mentalidad del hombre de siempre, ya desde el relato de la caída de Adán y Eva hasta nuestros días -y en nuestros días con mayor fuerza tal vez más que nunca en la historia-, esa mentalidad conforme a la cual el hombre piensa y decide construirse a sí mismo, reconstruir el mundo, sin contar realmente con la realidad de Dios! ¿Dónde conduce esa mentalidad, esa forma de ver las cosas o esa toma de decisión? ¿Conduce acaso a la plenitud, grandeza y dignidad de todo hombre, o más bien a la manipulación del hombre, a su pérdida o a su quiebra? Si en nuestra vida de hoy o de mañana prescindimos de Dios, o queremos construirnos y reconstruir el mundo sin que Dios cuente y sin aceptarle a Él y su voluntad amorosa y fundante, todo cambia, todo se vuelve al final manipulable, pierde su dignidad esta criatura humana imagen de Dios y, por tanto, la consecuencia inevitable es la descomposición moral, la búsqueda de sí mismo en la brevedad de esta vida, en la que sólo nosotros habríamos de inventar cómo construirla. Esto es alguna de las cosas que también hemos dicho los Obispos en la reciente Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal "Orientaciones morales ante la actual situación de España". Literalmente hemos señalado: "El mal radical del momento consiste, pues, en algo tan antiguo como el deseo ilusorio y blasfemo de ser dueños absolutos de todo, de dirigir nuestra vida y la vida de la sociedad a nuestro gusto, sin contar con Dios, como si fuéramos verdaderos creadores del mundo y de nosotros mismos. De ahí, la exaltación de la propia libertad como norma suprema del bien y del mal y el olvido de Dios, con el consiguiente menosprecio de la religión y la consideración idolátrica de los bienes del mundo y de la vida terrena como si fueran el bien supremo” (n. 10). Cierto que esto que decimos los obispos no es aceptado por posturas que defienden y propugnan como forma de vida y ordenamiento obligatorio de la sociedad el laicismo -no la sana y verdadera laicidad, expresión a veces utilizada inadecuadamente, tal vez con dolo, por esas posiciones confesionalmente laicistas-. Respetamos a todos, pero exigimos también que nos respeten. Con todo amor, respeto y comprensión miramos a quienes mantienen esas posiciones, precisamente por nuestra fe. No se puede, por ejemplo, en virtud de una ética común laica la licitud del aborto o la negación de la naturaleza y verdad del matrimonio. Que nadie tema a la fe en Dios único para la defensa del hombre, que nadie considere el monoteísmo religioso como una amenaza para el hombre, la amenaza en todo caso estaría en el imponer una forma de pensamiento y de ordenación de la sociedad donde Dios, la fe y el testimonio personal y público de la fe, quedase relegado a la esfera de lo íntimo y subjetivo, de lo privado. Con toda certeza y sencillez, con el ánimo de ofrecerlo a todos, que no imponerlo a nadie, los cristianos, los hombres de fe, reivindicamos que "si vivimos bajo los ojos de Dios, como María, y si Dios es la prioridad de nuestra vida, de nuestro pensamiento y testimonio, como acaece en la Inmaculada, lo demás es sólo un corolario- Es decir, de ello resulta el trabajo por la paz, por la criatura, por la protección de los débiles, el trabajo por la justicia y el amor" (Cf. J. Ratzinger, Ser cristiano en una era neoagana, p. 205). La mujer creyente que es María es la mejor respuesta al laicismo que se trata de imponer. En esta fiesta de la Inmaculada, patrona de España, sin ánimo de polémica ante manifiestos proclamados, pero sí en defensa de la verdad, quiero finalizar con la conclusión de la mencionada Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal, que de nuevo invito a conocer, leer, estudiar y aplicar, como hacía el domingo pasado. En la situación que vivimos, teniendo la mirada contemplativa a la vez que suplicante en la Virgen Inmaculada, termino expresando, con mis hermanos Obispos, "nuestra voluntad y la voluntad de todos los católicos de vivir en el seno de nuestra sociedad cumpliendo lealmente nuestras obligaciones cívicas, ofreciendo la riqueza espiritual de los dones que hemos recibido del Señor, como aportación importante al bienestar de las personas y al enriquecimiento del patrimonio espiritual, cultural y moral de la vida. Respetamos a quienes ven las cosas de otra manera. Sólo pedimos libertad y respeto para vivir de acuerdo con nuestras convicciones, para proponer libremente nuestra manera de ver las cosas, sin que nadie se vea amenazado ni nuestra presencia sea interpretada como una ofensa o como un peligro para la libertad de los demás. Deseamos colaborar sinceramente en el enriquecimiento espiritual de nuestra sociedad, en la consolidación de la tolerancia y de la convivencia, en libertad y justicia, como fundamento imprescindible de la paz verdadera. Pedimos a Dios que nos bendiga y nos conceda la gracia de avanzar por los caminos de la historia y del progreso sin traicionar nuestra identidad ni perder los tesoros de humanidad que nos legaron las generaciones precedentes". En este día de la Inmaculada, patrona de todos los pueblos de España, ponemos el presente y el futuro de España bajo la protección de Santa María “sin pecado concebida”, la Mujer del Amor y la Fidelidad, Madre de Jesucristo y Madre nuestra, cuya amorosa protección ha acompañado a todos los pueblos y ciudades de España a lo largo de nuestra historia, desde los primeros años de nuestra vida cristiana" (Conferencia Episcopal, Instrucción pastoral… n.83). En las manos de María Inmaculada ponemos todos nuestros afanes, y pedimos que Ella presente ante su Hijo nuestra súplica, para que en todo momento no hagamos sino lo que Dios quiere de nosotros que, con mucho, siempre será lo mejor. Amén.
ENCUENTRO DE LAS FAMILIAS DE EXTREMADURA EN GUADALUPE 2 de diciembre de 2006 Hoy, dentro de los actos jubilares del primer centenario de la proclamación de la Virgen de Guadalupe como Patrona de Extremadura, nos reunimos las familias extremeñas junto a nuestra Señora y bajo su mirada misericordiosa, en su basílica, para dar gracias a Dios por el don de la familia e implorar su auxilio por todas nuestras familias y las del mundo entero. Con gozo seguimos las huellas del Vo Encuentro Mundial de las Familias, el pasado julio en Valencia, en el que ante todo el mundo se ha proclamado por muchos miles de matrimonios y de hijos el Evangelio de la familia con el que nos preside en la fe y en la caridad, el sucesor de Pedro. De nuevo escuchamos ante la mirada solícita y materna de la Virgen de Guadalupe el eco de la palabra del Papa que proclamó la verdad y la belleza inigualable de la familia, y anunció a todo el mundo dónde se encuentra la auténtica sabiduría sobre la realidad familiar, santuario del amor y de la vida, esperanza de la humanidad . Con la mirada solícita y tierna, atenta y maternal, de Santa María, Nuestra Señora de Guadalupe, para todos los extremeños tan hondamente entrañable; hemos escuchado la Palabra de Dios que nos invita a edificar sobre roca firme, a edificar, sobre todo, la familia sobre esa roca firme que es la palabra de Dios. Bien sabemos que Dios sólo tiene una palabra, y esa Palabra es Jesucristo, Palabra eterna de Dios en la que Dios nos lo ha dicho todo, y se contiene en las Sagradas Escrituras guardadas, transmitidas e interpretadas fielmente de generación en generación en la Tradición viva de la Iglesia. Cristo es la piedra angular, desechada por los constructores de este mundo, pero la única donde puede edificarse sobre sólido fundamento el edificio familiar, tan sólido que ninguna dificultad podrá arrumbarlo. Jesucristo es la sabiduría verdadera, preferible a cetros, tronos y riqueza; tesoro inagotable, perla de gran valor que se antepone ante cualquier otra realidad y riqueza. Es la persona de Cristo la que está en el centro de todo. Pensar, sentir, amar como Cristo Jesús, obrar, conversar y hablar como El, conformar toda nuestra vida con la suya, revestirnos de Cristo Jesús es la verdadera sabiduría, la que llena de vida y esperanza nuestra existencia, la que abre toda realidad humana a sus más amplios horizontes, Cristo es la única y verdadera piedra angular de la familia, porque es la roca firme en la que se asienta la humanidad, imposible sin la familia. Cristo, roca firme y sabiduría de Dios, en quien descubrimos lo que es grato a los ojos de Dios, y sin el que nada podemos hacer, es criterio y norma de toda realidad creada y humana. Cristo afecta al hombre, a todo hombre, a todo el hombre, a toda la realidad humana. Y afecta de manera irrevocable y definitiva, ¡No tengamos miedo y abramos de par en par nuestras puertas a Cristo! Cristo sabe lo que hay dentro del hombre; sólo El lo sabe. Aquí hay que situar a la familia. La familia, por ello, debe abrirse a Cristo que es el que sabe, sólo El, lo que hay dentro de ella, porque sólo El sabe lo que hay dentro del hombre. El Hijo Unigénito de Dios entró en la historia de los hombres a través de una familia. Por tanto, si Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre, lo hace empezando por la familia en la que eligió nacer y crecer. El misterio de la Encarnación está en estrecha relación con la familia humana, con cada familia humana, de manera semejante a como El se ha unido en cierto modo a todo hombre por su Encarnación. Así tanto el hombre como la familia constituyen el camino de la Iglesia y de la humanidad. El bien del hombre y de la sociedad está profundamente vinculado a la familia. El futuro de la humanidad se fragua en la familia; es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover la verdad que constituye y en la que se asienta la familia, así como los valores y exigencias que ésta presenta. Entre los numerosos caminos de la humanidad, la familia es el primero y más importante de todos. Es un camino del cual no puede alejarse ningún ser humano. Cuando falta la familia, se crea en la persona que viene al mundo una carencia preocupante y dolorosa que pesará posteriormente durante toda la vida. Son bien conocidos los problemas que en nuestros días asedian al matrimonio y a la institución familiar, debidos a una cierta mentalidad ambiental hedonista, permisiva e insolidaria. La familia atraviesa dificultades importantes por las presiones que sufre, particularmente con la plaga del divorcio, que cobra especialmente sus víctimas en los hijos, con la mentalidad antivida, con la impregnación de una cultura de muerte y de miedo al futuro que reduce el sentido de acogida de la vida, impide su concepción o la elimina antes de nacer, y con la insuficiente protección en los aspectos económico, social y de vivienda o con el injusto tratamiento que en estos campos muchas familias se ven sometidas. Especial dificultad en estos momentos son algunas legislaciones en favor de ciertas uniones, que atentan contra el matrimonio y la familia, vulneran la más elemental dignidad y verdad del ser humano, conducen a la quiebra de humanidad o a ahondar en ella, y ponen en peligro, en consecuencia, la estabilidad de la misma sociedad. Por eso es tan sumamente necesario y apremiante presentar con autenticidad el ideal de la familia según el designio de Dios, basado en la unidad y fidelidad del matrimonio, abierto a la fecundidad, guiado por el amor. Son estos aspectos los que corresponden mejor a las exigencias del corazón humano, aunque contrasten con las propuestas del mundo. Todos, sin excepción, estamos obligados a promover y fortalecer los valores y exigencias de la familia. Esta debe ser ayudada y defendida mediante medidas sociales apropiadas. La sociedad tiene la grave responsabilidad de apoyar y vigorizar la familia, y su fundamento que es el matrimonio único e indisoluble. La misma sociedad tiene el inexorable deber de proteger y defender la vida, cuyo santuario es la familia, así como dotar a ésta de los medios necesarios - económicos, jurídicos, educativos, de vivienda y trabajo - para que pueda cumplir con los fines que le corresponden a su propia verdad o naturaleza y asegurar la prosperidad doméstica en dignidad y justicia. No ayudar debidamente a la familia constituye una actitud irresponsable y suicida que conduce a la humanidad por derroteros de crisis, deterioro y destrucción de incalculables consecuencias. La promoción y defensa de la familia, basada en el matrimonio único e indisoluble, es la base de una nueva cultura del amor. Es el centro de la nueva civilización del amor. Lo que es contrario a la civilización del amor, y por tanto a la familia, es contrario a toda la verdad sobre el hombre y al mismo hombre, constituye una amenaza para él. Sólo la defensa de la familia, apoyada y asentada en el amor indisoluble e indestructible, abrirá el camino hacia la civilización del amor, hacia la afirmación del hombre y de su dignidad inviolable, hacia la cultura de la solidaridad y de la vida. Solo la familia es esperanza de la humanidad. Estamos llamados a que las familias, en medio de las dificultades que las envuelven hoy, tomen conciencia de sus capacidades y energías, confíen en sí mismas en las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la misión que Dios les ha confiado : es necesario que las familias de nuestro tiempo vuelvan a remontarse más alto. Los católicos tenemos en ello una especial responsabilidad que se traduce en el anuncio y presencia del "evangelio de la familia". Necesitamos dar gracias a Dios por el don de la familia, verdadero camino del hombre, de la humanidad entera y de la Iglesia. Necesitamos implorar el auxilio de Dios sobre las familias y sobre este mundo para que promueva, defienda y fortalezca la institución familiar. Necesitamos encontrarnos para afirmar el valor insustituible de la familia, juntarnos como la gran familia de Dios compuesta de numerosas familias. Necesitamos abrirnos al don de Dios, y participar de su amor que es el vínculo y la entraña misma de la familia. Todo el esfuerzo de la Iglesia ha de encaminarse a que todo hombre, toda familia, pueda encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada un, con cada familia, el camino de la vida - el camino de ser hombre, el camino de la familia, inseparable del ser hombre -. La familia no puede comprenderse hasta el fondo sin Cristo. La exclusión de Cristo de la familia se vuelve contra el hombre. Sólo en Cristo la familia adquiere su plena verdad y su plena realización. Cristo se ofrece como encuentro necesario para cualquier realidad humana, y ninguna tan hondamente humana y fundamental como la familia. Por eso os exhorto a todas las familias cristianas que ahondéis vuestra adhesión y seguimiento de Jesucristo, a que seáis verdaderas iglesias domésticas donde El vive, a que seáis lugar de encuentro con Dios, presencia y anuncio del Evangelio, centro de irradiación de la fe en Jesucristo, escuela de vida cristiana y del seguimiento de El. Acerquémonos a la Santísima Virgen María, en su advocación de Nuestra Señora de Guadalupe, nuestra patrona, y aprendamos en su escuela. Ella es dichosa porque ha escuchado la palabra de Dios, y la ha puesto en práctica; Ella es la fiel esclava del Señor, que se ha plegado enteramente a la voluntad de Dios, a su Palabra, y la Palabra se ha hecho carne en su seno; Ella es dichosa porque ha creído, y lo que le dijo el Señor se ha cumplido. "Esa es la fe firme, roca firme que nos lleva a creer en la Iglesia y a la Iglesia, porque sólo en la Iglesia se hace realidad la palabra y la presencia operante de Cristo nuestro Señor. Esa es la fe que nos abre a la esperanza, y que puede ayudarnos a encontrar sentido, a toda realidad, a la naturaleza y a la gracia, al gozo y al dolor, a la vida y a la muerte vividas siempre en el interior de la familia. Esa fe de la Iglesia, su enseñanza sobre la familia es la roca inconmovible sobre la que podemos edificar sin miedo nuestro futuro familiar. Así, en este año especialmente abierto a la cercanía de María para aprender en su escuela, donde María es Maestra por sus breves y acertadas palabras y por su elocuente silencio, debemos acercarnos a ella suplicándole que nos ayude a creer en Jesucristo nuestro Señor y Salvador, a amar a la Iglesia Cuerpo Místico suyo, de la que es cabeza y en la cual obra nuestra salvación. Así edificaremos sobre base sólida. Por intercesión se la Santísima Virgen de Guadalupe, elevo a Dios mi plegaria por todas las familias, singularmente por las familias extremeñas, presentes en estas, en nuestras tierras extremeñas. De manera especial por las familias rotas, por las que sufren enfermedad, muerte, estreches económica, paro,... Pido también que encuentren en la Iglesia siempre entrañas de misericordia, que nadie se sienta excluido de ella. Que sólo encuentre en ella comprensión ayuda, misericordia, aliento. Pidamos a la Virgen de Guadalupe por las familias, por las familias de todo el mundo, singularmente por las familias de Extremadura, por nuestras familias, para que mantengan y desarrollen con gozo, tesón y confianza las sublimes esencias del hogar cristiano, fundado sobre el sacramento del matrimonio y sobre la generosa apertura a la vida: para que sean escuelas de auténticas virtudes sociales, para que transmitan la fe en el seno del hogar, y para que luchen por la defensa y expansión de los valores y de las virtudes que enseña el Evangelio, y así edifiquen sobre roca firme. Que esta celebración en la que nos acompaña y preside Santa María de Guadalupe, columna de nuestra fe, madre del amor hermoso, garantía de esperanza nos lleve a proclamar el "evangelio de la familia", y a asumir el compromiso en pro de la familia que es la esperanza de la humanidad.
HOMILÍA EN LA JORNADA DIOCESANA EN GUADALUPE 22 de octubre de 2006 Queridos hermanos Obispos, sacerdotes y diáconos, queridos jóvenes, queridos peregrinos, queridos todos, hermanos y hermanas en el Señor: Nos encontramos a los pies de la Santísima Virgen de Guadalupe, hemos venidos ante Ella en peregrinación buscando su mirada misericordiosa, buscando su aliento, buscando su ayuda y, sobre todo, buscando a Cristo, el fruto bendito del bendito vientre de Santa María, siempre Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra. En este lugar se decidió, y de este lugar brotó la inciaitiva y la fuerza para llevar a cabo la geta evangelizadora más grande llevada a cabo por la Iglesia desde a evangelización apostólica: es decir la evangelización de América. Venimos a los pies de Nuestra Señora de Guadalupe el día en que toda la Iglesia celebra la Jornada Mundial de las misiones, el día del Domund. Este año tiene como lema a San Francisco Javier, Testigo y Maestro de la misión. Como sabéis, estamos celebrando este año el quinto' centenario del nacimiento de san Francisco Javier, el gran santo misionero, el "nuevo Pablo" del siglo XVI, Patrón de las misiones, devorado por el celo apostólico para evangelizar hasta los confines de la tierra. Un hombre apasionado por Cristo y por darlo a conocer a todas las gentes, "Divino Impaciente" que recorre a pie y por mar el mundo entero, sin escatimar esfuerzo alguno, para que el Evangelio fuese acogido por los hombres. No es casualidad que vengamos aquí, a este lugar tan hondamente misionero y universal, este día. Entra dentro de la providencia de Dios, para animar a unos jóvenes y a una diócesis urgida y enriquecida por la misión, apremiada por dar a conocer a Jesucristo. Por eso, ante la Santísima Virgen de Guadalupe, con la presencia entre nosotros también de san Francisco Javier, pedimos hoy que Dios nos conceda la gracia de ser como la Santísima Virgen María, fieles esclavos del Señor y, como Ella, recibir y dar a conocer y vivir a Jesucristo, salvador y salvación única de los hombres. Pedimos a Dios hoy que, por intercesión de la Virgen de Guadalupe, nos conceda la gracia de que nuestros corazones ardan en el mismo celo apostólico de san Francisco Javier, que nos devore ese celo, esa pasión por la gloria de Dios y la salvación de los hombres, que nos consuma la pasión por evangelizar, que nos desvivamos por dar a conocer a Jesucristo por amor a los hombres, y que cuando no podamos hablarles de Él, de Dios -que será muchas veces- no nos abandonemos en esta pasión evangelizadora y le hablemos de ellos, con nombres y rostros concretos, a Jesucristo, a Dios, a la Santísima Virgen, Madre de Dios y de todos los hombres. Que estemos dispuestos a dar la vida por esto, por Jesucristo, por los hombres, por que los hombres conozcan, amen y sigan a Jesucristo. Dipuestos siempre, como los hijos de Zebedeo, a beber el cáliz de la pasión hasta el final por dar a conocer y amar a Jesucristo que es, con mucho, lo mejor que le puede pasar al hombre. Hemos conocido a Jesucristo, el mayor regalo que hemos podido recibir en nuestra vida. A partir de ahí, como hemos proclamado en el Evangelio, nuestra vida no puede ser más que servicio a los hombres, como nuestro Señor Jesucristo estamos para servir y dar la vida por todos. Sin duda el mayor servicio es dejarnos la vida a girones, dar enteramente la vida para que los hombres puedan experimentar el inmenso amor con que Dios nos ha amado y nos ama eternamente en Jesucristo. ¡Cómo cambia todo cuando se vive así, desde este Amor, desde Dios, que es amor! Lo nuestro es servir, y no llevaremos nuestro servicio a término si no estamos atentos a la necesidad mayor que los hombres tienen, que es la necesidad de Dios, aún más fuertemente experimentada en estos tiempos de indigencia que vivimos donde Dios no cuenta para tantos y tantos de nuestro hermanos. Queridos todos, el mundo necesita el Evangelio, porque necesita a Dios. Necesita a Jesucristo, porque necesita a Dios. Sin Dios el hombre se pierde, camina sin sentido, carece de esperanza ante el vivir y el morir. El mundo necesita a Dios, revelado, presente, entregado en Jesucristo, para que haya paz entre las gentes y los pueblos. Es una necesidad y una indigencia que llama con fuerza a nuestras puertas, que nos grita hoy. Es verdad que hay una distancia enorme entre muchos hombres de hoy, sobre todo entre los sectores más jóvenes, y lo que les estamos ofreciendo o comunicando; es verdad que, a veces, parecen con los oídos obstruídos para oir, o con los ojos cegados para ver; es cierto que muchos sienten casi una alergia o una notable indiferencia a lo que viene de nosotros, de la Iglesia. Pero no menos cierto y más verdadero aún es que también el hombre de nuestro tiempo, como el hombre de siempre, quiere encontrar sentido a la vida y a la muerte, quiere ser feliz, quiere llenar su pobre corazón que no se contenta con menos que Dios; es totalmente seguro que el corazón de todo hombre, también el de hoy, está inquieto hasta que descanse en Él; que el hombre, el hombre en cuanto hombre, sea de la condición que sea y viva en las circunstancias que viva, anhela y aspira a verse lleno de lo que le colme plenamente. ¿Quién puede responder a esta demanda sino Jesucristo, el que tiene palabras de vida eterna, que es camino, verdad y vida, que ha venido no a ser servido sino a servir y dar la vida por todos? Sólo Él llena, sólo Él satisface y sacia. Presentémosles a nuestros amigos, a nuestros familiares, a nuestros paisanos, a nuestros jóvenes, a nuestros niños que no lo han descubierto o se ven atrapados por un estado de opinión ateo, la persona de Jesucristo, a Jesucristo en persona, hecho carne de nuestra carne en el seno de María la Virgen. ¿No será que les estamos presentando un sucedáneo de Jesucristo? Para ello, para evangelizar, es necesario que Cristo se haya hecho vida nuestra, y que para nosotros la vida sea Cristo; que se vea que nos importa por encima de todo Cristo, que nos ha transformado y hecho hombres nuevos, cuya vida y novedad merece vivirse. Resulta enteramente necesario para llevar el Evangelio hoy, que nos paremos y pasemos, que nos hayamos parado y pasado largo tiempo, muchas horas contemplando el rostro de Dios, que es el rostro de Dios mismo, como la Virgen María, como Santiago y Juan, san Pablo, o san Francisco Javier. Necesitamos contemplrr su rostro, el que nos ofrece cada página del Evangelio, el que nos muestra en esafágina tan bella de las Bienaventuranzas en la que Jesús mismo nos ofreció su propio autorretrato, o en la cruz y llagado donde le vemos con su rostro más genuino, el de Dios mismo inclinado a lo más escarnecido del hombre, o en tantos y tantos pobres, humillados, afligidos, hambrientos, enfermos, crucificados de la historia con los que Él mismo se identifica, en aquella página tan única como bella del capítulo 25 de san Mateo, o en los miles y miles, miríadas, de santos y testigos suyos en los que ha quedado plasmado su rostro. En la situación social y cultural que estamos viviendo, Dios nos pide que encaminemos nuestros pasos por el único camino que conduce a la meta de la esperanza. El camino nos lo traza el mismo Cristo: Él mismo es la meta y el camino, la verdadera fuente y el término de nuestra esperanza. Él es el futuro del hombre, y el futuro del hombre es posible, porque ¡en él presente! está Jesucristo. No busquemos otra respuesta a los grandes desafíos y retos que se nos abren en los pasos de esta nueva etapa de la historia. No hallaremos otro camino verdader~ que Éste para los grandes desafíos de nuestro tiempo. "No será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!", nos dijo el siempre recordado Juan Pablo II (NMI 29). Por eso se trata ahora de buscarle de todo corazón y seguirle. Es lo que estáis expresando con vuestra peregrinación: ¿No habéis venido a Guadalupe buscándle a Él donde se le puede encontrar, junto a su madre, en el regazo de su madre? ¿No le edimos con soberana certeza a la VIrgen María: "Múestramos a Jesús, fruto bendito de tu vientre"? Se trata de buscarlo de todo corazón, dipuestos a ir con Él hasta lo último, como el Evangelio de hoy, se trata de venir a Él y oirlo y contemlarlo, de adorarlo, vivirlo, darlo a conocer con obras y palabras. Se trata de enamorarnos enteramente de Jesucristo, como san Francisco Javier, con verdadera pasión por Él, con confianza plena y sin fisura puesta en Él, sin dudar de Él. De esta renovada experiencia de fe y de amor a Jesucristo podrá nacer un nuevo ímpetu en la misión de la Iglesia, una nueva fuerza y un renovado vigor en el testimonio de Jesucristo, guiados de la mano de san Francisco Javier, testigo y maestro de la misión, y siguiendo las huellas y de la mano de la que es la estrella de la Evangelización, la primera evangelizadora, la Madre de la misión, la Virgen María, a la que invocamos con el título de Guadalupe, tan ligada a la obra misionera de la Iglesia en América y ligada a la obra de reevangelización de nuestro solio patrio. Quiero finalizar, unido a esta peregrinación diocesana de Toledo, de jóvenes, adultos y niños, con una súplica de D. Marcelo, nuestro recordado Cardenal, a la Virgen de Guadalupe: "¡Oh, Virgen de Guadalupe, reina y madre del Amor más hermoso, haz que en España entera sigamos mereciendo tu protección! Que las florecillas y los arroyuelos de las Villuercas sigan murmurando suavemente aquellas palabras con que te hemos saludado tantas veces: 'De todos seáis loada, ¡Oh, Virgen de Guadalupe!. Que tu misión de llevarnos a Cristo, cumplida siempre con fidelidad bajo las más bellas advocaciones con que te ha honrado la historia antigua, las cuales repetimos hoy con veneración y amor humilde, siga lográndose por los siglos de los siglos en el corazón de tus hijos de Extremadura, de Toledo, y de toda la patria española". Virgen de Guadalupe, Reina de la Hispanidad, ayuda a la diócesis de Toledo en su obra evangelizadora en América, ayuda y fortalece a estos jóvenes para que, como san Francisco Javier, sean testigos de la misión.
APERTURA DEL CURSO ACADÉMICO 2006-2007
Homilía en la Santa Misa presidida por el Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo, Primado de España, Dr. D. Antonio Cañizares Llovera
Instituto Teológico San Ildefonso Instituto de Ciencias Religiosas Seminario Mayor San Ildefonso Queridos hermanos Obispos, sacerdotes, Rector, Formadores y seminaristas del Seminario diocesano, y de los seminarios de los Operarios del Reino de Cristo, de los Siervos de los Pobres del Tercer Mundo, de los Misioneros Eucarísticos Guadalupanos de San José, de los Pp. Franciscanos; Director, Claustro de Profesores y alumnos del Instituto Teológico "San Ildefonso" y del Instituto Superior de Ciencias Religiosas; estimadas y dignas autoriades civiles y militares. Muy queridos todos hermanos y hermanas en el Señor. Iniciamos un nuevo curso invocando al Espíritu Santo, Espíritu de sabiduría y de inteligencia para que guíe nuestra mente y nuestro corazón en la búsqueda ya la luz de la sabiduría que procede de Dios sin la cual no podemos hacer nada de lo que a Él le agrada. Lo iniciamos con la celebración de la Eucaristía, por la que nos unimos y vinculamos estrechamente a Jesucristo sin el que nada podemos hacer, porque en ella y por ella, Él nos une a sí mismo, en cuyo conocimiento está la vida eterna; iniciamos el curso escuchando la Palabra de Dios que es lámpara que ilumina nuestros pasos a lo largo de todos los días de nuestra vida. En este comienzo de curso escuchamos de nuevo la llamada del Señor. Esta palabra arroja luz sobre la vida de todos los aquí presentes, especialmente vosotros seminaristas y alumnos de los centros cuyo curso inauguramos: seminaristas llamados a ser sacerdotes, religiosos llamados a una vida de perfección evangélica, laicos llamados a anunciar y hacer presente el Evangelio en las realidades del mundo; todos, llamados a la santidad según su propia carisma y singular vocación. La vida es llamada, vocación del Señor. En el Evangelio, Jesús llama a Andrés y Juan: "Venid y "veréis" . También en este relato evangélico son llamados Simón, Pedro, y Natanael. Jesús pasa: No desaprovechar su paso. "Este es el Cordero de Dios". El Bautista hace lo que ocurre en muchas vocaciones, lo que ocurre sencillamente en la vocación cristiana: Hay alguien que señala el camino. Y se comienza a seguir a Jesús. Juan señala el camino porque ha visto en el Jordán al Mesías, al Salvador, al Hijo predilecto, al que es ungido por el Espíritu. Ha visto la luz, la verdad, y la ha experimentado. Da testimonio de lo que ha visto y oído, de lo que ha experimentado. No habla de oficio, ni inventa teorías. No hace elocubraciones. Da testimonio. El testigo no inventa, se remite a los hechos, a lo que ha pasado y ha visto. Señala la ruta al caminante; si se señala hacia uno mismo, ¡se causa un atropello múltiple! Así es el Bautista, así es el testigo. El testimonio se comunica, el testimonio contagia. Después se consigue el conocimiento personal y directo. Los judíos que escuchaban a Juan conocían la misión del Cordero. Habían visto sacrificar a muchos corderos en el templo en la Pascua para la purificación de los pecados. Según esa experiencia, Jesús cargaría con los pecados del mundo camino del sacrificio. Jesús pregunta: ¿Qué buscaís?" Es la primera palabra que pronuncia en el Evangelio de Juan. Jesús apela al deseo profundo de estas personas. La respuesta, aunque parece torpe: "Maestro, ¿dónde vives?", en el fondo indica lo importante: saber dónde vive Jesús, para estar con Él. No querían saber algo, sino estar con Él. Contra el cristianismo excesivamente racionalizado, la experiencia de Dios. Hoy también Jesús pasa y quita el pecado del mundo, y salva, y llena de luz, y abre camino de esperanza, y despierta las búsquedas más hondas y vivas, las más importantes de los hombres. Nos lo muestran los testigos suyos, nos lo señalan esa inmensidad de gentes que se han econtrado con Él, que tienen experiencia de Él, que han estado con Él, que reconocen su presencia salvadora y dichosa. Nos lo mostró a todos el Papa Juan Pablo II, aquel anciano, testigo excepcional de la verdad que nos hace libres y de la esperanza que no defrauda, el hombre auténtico cuyas palabras son verdaderas y cuyos gestos son signo y presencia de las aspiraciones humanas que sólo en Jesucristo hallan respuesta y realidad. Nos lo está mostrando el Papa Benedicto XVI, campeón de la fe, defensor de la verdad de Dios y del hombre, testigo del Dios vivo. Nos lo ha mostrado en Teresa de Calcuta, testigo del amor y de la misericordia en favor de los pobres más pobres a los que Dios ama; ella apuntó siempre a Dios que es Amor, rico en piedad y misericordia. Nos lo ha mostrado en los mártires que dieron testimonio valiente del Evangelio con su sangre y con el perdón en la persecución religiosa del 36 cuya memoria histórica agradecida celebramos hace nueve días. El mundo tiene necesidad de estos testigos, de hombres y mujeres que señalen a Cristo al paso de los hombres, al hilo de la vida. No dejemos que pase de largo; no seamos indolentes ante su paso. Sigámosle. Él nos pregunta. Él pregunta a los hombres de hoy, Él pregunta a esa muchedumbre de jóvenes que andan sin norte como ovejas sin pastor, pero con un corazón ansioso: "¿Qué buscáis?". Los hombres de hoy, los jóvenes de hoy andan ansiosos de ser libres, tienen hambre de vida, de vida que llene, tienen sed de sentido y de esperanza para sus personas y sus proyectos, andan hambreando felicidad y dicha desbordante, quieren paz y amor. Buscan todo eso, aunque lo busquen por caminos errados y sin salida. En el fondo buscan a Dios, a veces incluso sin saberlo. Unicamente Jesucristo es capaz de responder a esas búsquedas; sólo Él es capaz de saciar esta sed. Ante esta pregunta, los hombres, a veces sin saberlo muy bien, pero atisbándolo, también, como Andrés y Juan, responden: "¿Maestro, dónde vives, dónde estás, para estar contigo, para tener al experiencia de ti", en el fondo y último término, para comprobar que es verdad que Él es la vida, y la felicidad, y el perdón, y la esperanza que andamos buscando. Y también la misma respuesta de Jesús: "Venid y veréis". Jesús no invita a hacer, sino a ver. Ellos "fueron, vieron dónde vivía y se quedaron todo el día con Él". A Juan se le ha quedado grabada la hora del primer encuentro: "Serían las cuatro de la tarde". Y también lo que hicieron con Él: estar con Él. "Permaneced en mi amor". La madurez final se identifica con el permanecer en Él. Hay una narración de los Padres del desierto que confirma lo mismo "Por qué muchos monjes abandonan el monasterio?", preguntan a un monje. "Ocurre lo mismo, responde el monje, cuando un perro persigue una liebre... ladra. Al oir ladrar, otros perros se unen a él, pero van desistiendo porque no ven la liebre. Sólo quien ve la liebre persevera. Sólo quien ve a Cristo y persevera en Él, persevera en su seguimiento". Andrés se lo dijo a Pedro. Y así consiguió la conquista del primer Papa. La nueva evangelización no la vamos a realizar con teorías muy elaboradas. La conversión del mundo antiguo al cristianismo no fue el resultado de una actividad muy planificada, sino el fruto de la experiencia de fe de los cristianos en la comunidad de la Iglesia. La invitación de experiencia a experiencia fue la fuerza misionera de la Iglesia primitiva. Y la apostasía de la edad moderna se funda en la caída de la verificación de la fe en la vida de los cristianos. Esta es la gran responsabilidad de los cristianos de hoy. Deberíamos ser punto de referencia de la fe experimentada como personas que saben de Dios, demostrar en su vida la verdad de Dios para poder convertirnos en indicadores de camino para los demás. Sólo por esta puerta entrará el Espíritu en el mundo. La aventura divina se realiza en las relaciones humanas. Juan y Andrés eran amigos, juntos pescaban, en torno al Bautista seguían a Jesús. Andrés conduce a su hermano Simón a Jesús. La vocación, la llamada a ser cristiano no nace en las nubes. El contexto humano la favorece o la dificulta. Estamos ahora reunidos con el Señor. Permanezcamos en su compañía, que de su contacto proviene la decisión de decirle: "Aquí estoy, para hacer tu voluntad". Porque "la gracia y la verdad nos han llegado por Él". Y dispongámonos a participar en su banquete en el que nos da fuerzas para seguirle. Desde aquí, desde el estar con Él, desde este escucharle y tener la experiencia de Él, podremos salir a donde están los hombres para decirles: "Hemos visto al Salvador", y llevar junto a Cristo a los hombres, con los que nos encontramos en nuestro camino. Desde aquí, comenzaremos a irradiarle en nuestro ambiente y proseguiremos buscando momentos para dialogar con Él.
Artículo en el Diario "La Razón", el día 20 de septiembre Cuando en el fragor de la incertidumbre y de lo terrible de lo sucedido en el 11 de septiembre de 2001 y de la amenaza desatada, el miedo y el pánico de apoderó de tantos, incluidos dirigentes de los países, un anciano y frágil Papa, Juan Pablo II, precisamente por su fe en Dios, no se quedó en su casa al abrigo seguro, sino que marchó a hacerse presente en un país de mayoría musulmana, para allí hacer brillar la fuerza de la razón y de la fe. En un mundo amenazado de destrucción y violencia, mostró el viejo Papa la esperanza y alentó el encuentro entre los hombres y las religiones que brota de la fe en Dios y en su Hijo Jesucristo.
X Antonio Cañizares LloveraCardenal Arzobispo de Toledo Primado de España
Conservar y vivir la memoria de nuestros mártires de la persecución religiosa del 36 Homilía del Sr. Cardenal en la Santa Misa de acción de gracias por la próxima beatificación de 51 mártires de la archidiócesis de Toledo Queridos hermanos y hermanas en el Señor: Con alegría grande y ánimo estremecido celebramos hoy una Jornada de acción de gracias en memoria de los Mártires de la persecución religiosa del 36 en nuestra Archidiócesis de Toledo. El pasado mes de abril recibimos, con un inmenso gozo,la aprobación definitiva del Papa Benedicto XVI para proceder a la beatificación, en fecha aún no determinada del 2007, de un grupo amplio de religiosos, de sacerdotes seculares y de un seminarista diocesano que recibieron la palma del martirio en esta diócesis, los primeros meses de la contienda española: 16 Carmelitas de la Comunidad de Toledo, 22 Franciscanos de La Puebla de Montalbán y Consuegra, y 12 sacerdotes seculares junto a un seminarista subdiácomo de nuestra Archidiócesis. Con devoción y agradecimiento celebramos la memoria de estos 51 mártires, que ahora unimos al Memorial del Sacrificio Redentor de Cristo, supremo martirio y testimonio máximo de la verdad de Dios, cumbre y plenitud de la entrega del amor sin límite de Dios a los hombres, sangre del Hijo de Dios derramada para el perdón de los pecados y la reconciliación de todos en una unidad inquebrantable. No en balde "el martirio se consideraba en la Iglesia antigua como una verdadera celebracion eucarística, la realización extrema de la simultaneidad con Cristo, el ser uno con Él" (J. Ratzinger, El espíritu de la Liturqia: una introducción, p. 80). ¿Cómo no dar gracias, pues, por estos 51 mártires, y por tantos y tantos otros, en muchedumbre incontable, que dieron su vida por Jesucristo como testimonio supremo de la verdad del Evangelio y de la fe? ¡Cómo vibraban los primeros cristianos ante la sangre y la memoria de los mártires! ¡En qué estima tan alta ha tenido siempre la Iglesia el martirio y con qué belleza ha sido cantado a lo largo de los siglos por los mejores poetas cristianos! Hoy no puede ni debería ser menos. Y por eso esta tarde de domingo nos reunimos con júbilo, llenos de esperanza, gozosos, para celebrar, en estos mártires toledanos, encabezados por D. Liberio González Nombela, a esa pléyade inmensa de fieles, contemplada en el Apocalipsis, que "vienen de la gran tribulación y han lavado sus túnicas con la sangre del Cordero" (Cf. Ap 7,14). El martirio es un regalo de Dios preciosísimo que es preciso apreciar en todo su sentido. Nuestra moderna sociedad, permisiva y relativista, tiende a hacer arcaico y obsoleto el hecho y la grandeza del martirio. Los cristianos mismos parece que hemos perdido disponibilidad y aun sensibilidad para el martirio. Sin embargo es el supremo testimonio de la verdad de Dios y de la verdad del hombre. Es signo y prueba, diáfano testimonio, de que Dios es Dios, lo único necesario, que está por encima de todo y lo vale todo, que sólo Él basta, que Él es, en verdad, Amor, fuente inagotable y hontanar de todo amor. El martirio es testimonio valiente y cierto de que Cristo vive, reina y nos salva, y que su salvación, su vida y su amor valen más que todo, son el tesoro al que nada se le puede comparar. El martirio es la señal manifiesta de que el Reino de Dios ha irrumpido en nuestra historia y en que está la dicha que lo supera todo, la paz y la verdad de amor que lo llena todo. Así mismo, el martirio es el signo que nos indica dónde se encuentra la verdad del hombre, su grandeza y su dignidad más alta, su sentido, su realización más auténtica, su libertad más genuina, amplia y plena, y el comportamiento más verdadero y propio del hombre inseparable del amor: por ello el martirio es exaltación de la perfecta "humanidad" y de la verdadera vida de la persona. El testimonio de los mártires, el martirio, atestigua "la capacidad de verdad del hombre como límite de todo poder y garantía de su semejanza divina. Es precisamente en este sentido en que los mártires son los grandes testigos de la conciencia, de la capacidad concedida al hombre de percibir además del poder, también el deber, y por eso de abrir el camino al verdadero progreso, al verdadero ascenso" (J. Ratzinger, Ser cristiano en la era neopaqana, p 42). En el martirio percibimos el espacio creado por la fe en Jesucristo para la libertad de la conciencia, en cuyas fronteras se detiene todo poder, en ese espacio y realidad se anuncia la libertad de la persona que trasciende a todos los sistemas políticos. "Por haber asignado estos límites al poder fue crucificado Jesús, que con su testimonio dio testimonio de los límites del poder. El cristianismo no comenzó con un revolucionario, sino con un mártir. El plus de libertad que debe la humanidad a los mártires es infinitamente mayor que el que le hayan podido aportar los revolucionarios" (J. Ratzinger, Iglesia, ecumenismo y política, p. 193). El martirio nos dice, en fin, que estamos llamados a la vida eterna, a estar con Dios que es Amor y permanece para siempre: y que eso es con mucho no sólo lo mejor, sino lo que únicamente importa; sin la vida eterna ¿qué sentido tendría la vida? ¿Qué importa la vida sin el amor que permanece eternamente? El martirio nos indica que no podemos malograr nuestra vida anteponiendo a su logro otras cosas u otros intereses. El seguimiento de Cristo es martirio, y por tanto el mártir es el que colma hasta la plenitud el sentido de este seguimiento: se entrega a sí mismo como testimonio de la palabra. Los mártires son testigos eximios del amor de Cristo, de El que ha dado la vida por los hermanos: seguir a Cristo es dar la vida, como Él, por los hermanos. "Aceptar el calificativo 'cristiano' es declararse dispuesto al martirio; expresa la disposición a morir por la fe. Cristiano y mártir significan en realidad lo mismo. Cuando se nos llama 'cristianos', se está incluyendo tácitamente en ello que nos declaramos dispuestos al martirio" (J. Ratzinger, Cooperadores de la verdad, p. 38). Con el martirio se hace verdad tangible la necesidad de completar en nuestra carne los dolores y la pasion del Señor con la que nos ha redimido y hecho partícipes a los hombres del amor de Dios, de su perdón y de su gracia reconciliadora y restauradora. Los mártires son testigos eminentes de la caridad y de la santidad en la Iglesia. "Con su herida mortal", unidos al Cordero degollado del Apocalipsis, Cristo, los mártires nos dicen que, "al final, los vencedores no serán los que matan" -no son los que matan-; "el mundo más bien vive gracias al que se sacrifica. El sacrificio del que se convierte en el Cordero degollado" -y con Él los mártires- mantiene unidos cielo y tierra. De él procede la vida que da sentido a la Historia a lo largo de todas sus atrocidades y que al final la transforma en un cántico de alegría" (J. Ratzinger, Cooperadores de la verdad, p. 46) . Por eso, hoy, nosotros, en el cántico de alegría del Prefacio, "damos gracias porque la sangre de los gloriosos mártires" de todos los tiempos, singularmente de los mártires toledanos de los que hoy hacemos memoria agradecida, "derramada, como la de Cristo, para confesar" el nombre de Dios, "manifiesta las maravillas de su poder divino; "pues en su martirio", el Señor, "ha sacado fuerza de lo débil, haciendo de la fragilidad" su "propio testimonio" (Prefacio de Mártires). Por eso nosotros, la Iglesia, la diócesis de Toledo, queremos conservar y vivir la memoria de nuestros mártires de la persecución religiosa del 36. Ellos han sido y son una fuerza de la fe cristiana vivida hasta el extremo del amor, testigos singulares del Dios vivo que es Amor en la vida de los hombres, ellos "son fuego, luz, renuncia a todos los egoísmos, espléndida manifestación de vida de entrega a Dios por las causas más nobles que puedan darse: las del triunfo de Cristo en la sociedad" (D. Marcelo González), la del amor sobre el odio, la del perdón sobre la venganza, la de la paz sobre la guerra. Conservar y vivir la memoria de los mártires es un deber del cristiano, dijo nuestro querido D. Marcelo en la clausura del proceso diocesano de nuestros mártires toledanos que serán beatificados, Dios mediante, el próximo año. Ellos han sido los frutos o los retoños más insignes de la madre Iglesia en el siglo XX, sus hijos más ilustres, las cimas más altas de humanidad en nuestras tierras en muchos años, lo mejor de nuestros pueblos. Cuando estamos próximos a estas beatificaciones de 51 de nuestros mártires -se añaden a otros más de 400 mártires del 36 y a varios miles de la misma persecución religiosa- "el corazón se ensancha, y dice uno, pensando en los mártires que puedan darse en Asia, en África, en América, en Europa, en la Edad Apostólica, en la Edad Media, en la Edad Moderna, en la Contemporánea... ¡Oué Iqlesia es ésta! ¡Oué Madre tan fecunda, que, en cualauier momento de la historia engendra estos hijos! ¡Qué fuerza lleva dentro de sí la Iglesia del Señor para ser tan perfectamente capaz de realizar esto: el que tantos hijos suyos amen al Señor y al depósito de la fe que la Iglesia custodia, hasta derramar su sangre!" (Cardenal Marcelo González). Hay un aspecto inolvidable en los mártires, en nuestros mártires, bienaventurados porque trabajaron por la paz. Nuestros mártires, en efecto, "son insiqnes colaboradores de la paz. Porque, en todo momento, ellos han servido, antes con su apostolado, y después con esa generosidad con que se entregaron a la grandeza de la convivencia humana: porque murieron perdonando, no odiando" (Cardenal Marcelo González), sin que hubiese un solo caso de apostasía de su fe en Dios que es Amor, y de Jesucristo, Rey y Señor de todo y de todos. Ellos han sido y son para todos ejemplos innengables y conmovedores de personas con entrañas de amor y de misericordia, capaces de perdonar y morir perdonando, como su único Señor. Ellos son hoy y lo serán siempre memoria viva, llamada y signo, garantía de una honda y verdadera reconciliación, que nos marca definitivamente el futuro: un futuro de paz, de solidaridad, de amor y de unidad inquebrantable entre todos los españoles. Por ello, como he dicho antes, son lo mejor de la Iglesia y lo mejor de nuestros pueblos y son de todos y para todos. ¿Cómo no vamos a tenerlos presente en esa memoria agradecida y en esa memoria histórica que no los puede olvidar porque su entrega y su testimonio son la garantía más cierta de un futuro permanente de paz, de perdón, de amor y unidad entre todos los españoles, porque el futuro está en Dios, del que son testigos, de Dios que es amor y misericordia, que nos ha reconciliado y perdonado en su Hijo y por su sangre, Y ha derribado los muros de la separaclon que eleva el odio y la violencia. La memoria histórica reconciliadora de aquella dura y cruel contienda civil reclama la memoria agradecida y comprometida de los mártires. Porque, con estas beatificaciones la Iglesia también quiere "promover la unión de todos, porque ellos también la promovieron. No odiaron, repito, perdonaron... Ellos no tenían en la mano los resortes del poder, pero trabajaron para unir Y para crear las bases de entendimiento entre unos y otros. y cuando les llegó la hora suprema de la verdad, en que habían de testificar, como testificaron ellos, su amor a Jesucristo, abrieron el corazón para aue las balas entraran más fácilmente, y, de esa manera, demostrar con hechos más que con palabras, que seguían amando y perdonando" (Cardenal Marcelo González). ¡Qué páginas tan bellas de amor, de perdón de reconciliación nos dejaron todos nuestros mártires del 36. Su muerte fue plenamente testimonial de Dios, Señor único, que perdona, y otorga la reconciliación y la paz, y concede el triunfo de la gloria, la vida eterna donde permanecerá el Amor. No me resisto a citar el testimonio estremecedor de uno de estos mártires, D. Ricardo Plá Espí, Capellán Mozárabe y Secretario, de Estudios de la Universidad Pontificia de Toledo. Cuando fueron a su casa, los encargados de matarlo, "su padre abrió la puerta; D. Ricardo, consciente de lo que hacía, bajó rápidamente a la entrada y dijo: "El sacerdote soy yo". Su madre y su hermana salieron también y se despidió de todos con estas palabras: "Madre: ¿usted no me ha criado para el cielo? Pues esta es la hora. Al martirio hay que ir con alegría". Su madre le respondió con prontitud: "Hijo mío, mucho valor, para sufrir. Y mucho más amor para perdonar". A los pocos minutos, trasladado al paseo del Tránsito, cayó fusilado. Era la tarde del día 30 de julio de 1936. Murió perdonando a sus enemigos y gritado "¡Viva Cristo Rey!" (A. Fernández Collado). Sin duda que también todos ellos ofrecieron su vida por España, porque amaban a su patria y querían que los españoles viviéramos en paz unos con otros. Seguramente no alcanzaron a comprender por qué hubo tanto odio y tanto ensañamiento. Murieron como tantos otros sacerdotes, miembros de comunidades de vida consagrada, seminaristas, y seglares, por amor a Cristo y por todos nosotros. Ojalá que en el mutuo respeto de unos a otros logremos la paz y la concordia, que eduquemos a nuestro pueblo en el conocimiento de Cristo y el amor al Evangelio -si es que nos dejan educarle-. Ni la Iglesia, ni nuestra diócesis toledana, ni la sociedad española puede olvidar a los mártires ni olvidar su lección en vida y en muerte, su testimonio de Dios que es Amor y solo Señor, su confesión de fe en Dios que salva, su testimonio y entrega de perdón. Tegamos muy presente, queridos hermanos, que la Iglesia, hoy, "sólo podrá convencer a los hombres en la medida en que sus predicadores estén dispuestos a dejarse herir. Donde falta la disposicion a sufrir, falta la prueba esencial de la verdad de la que depende la Iglesia. Su lucha sólo puede seguir siendo siempre la lucha de quienes se dejan derramar: la lucha de los mártires" (J. Ratzinger, Imágenes de la esperanza, p. 26). La sangre de los mártires es semilla de cristianos. En la sangre de nuestros mártires tenemos el futuro. No hay que temer. ¿Cómo vamos a tener miedo para el futuro de nuestra Iglesia y de nuestra España si son tantos y tantos los mártires recientes de nuestra Iglesia en España? Ahí tenemos nuestra fuerza, nuestro futuro, nuestra gloria. No temamos, "el testimonio de miles de mártires y santos ha sido más fuerte que las insidias y las violencias de los falsos profetas de la irreligiosidad y el ateísmo. He ahí el gran milagro de nuestro tiempo. Gracias a Dios, la fe en Jesucristo ha seguido y sigue alimentando la esperanza en el corazón de muchos. De modo que la Iglesia ha podido presentarse ante el mundo como signo renovado de salvación" (Conferencia Episcopal Española, La fidelidad de Dios dura por siempre. Mirada de fe al siglo XX, n.3), testimonio y confesión de fe en Dios vivo, testimonio de la verdad, del amor y del perdón. Los mártires, nuestros mártires, son aliento, estímulo e intercesión, ayuda y auxilio para nosotros, para que demos testimonio público de fe en Dios vivo, que en su Hijo se ha hecho carne de nuestra carne, en un mundo que vive a sus espaldas y como si no existiera, y por tanto contra el hombre y su futuro, para una verdadera convivencia en paz y justicia, en la verdad y en el amor, en libertad verdadera fruto del amor en que se expresa la verdad. El mundo de hoy necesita de cristianos que en la vida pública y privada, en sus obras y en sus palabras, dejan el testimonio vivo y real de fe en Jesucristo. Necesitarnos hoy cristianos que estén dispuestos y prestos a confesar a Cristo públicamente, y en todo lugar y circunstancia, delante de los hombres o en la soledad, y a seguirlo, como únicamente se le puede seguir, por el camino de la Cruz y del Calvario. No queremos ni podemos saber de otro, como nuestros mártires, ni creer en otro, que en Jesucristo y éste crucificado, manifestación suprema de Dios, de su amor, y entrega de su perdón y donación del don de la reconciliación y de la paz. Ante un mundo como el nuestro que de tantas maneras y tan sutiles, en no pocos ámbitos y por diversos grupos y personas se penaliza la fe de la Iglesia, ante tantos poderes de este mundo que se sientan de miles maneras en sus tan diversos "tribunales" y acusan y condenan a la Iglesia y a los cristianos, es preciso, con la fuerza y el aliento de nuestros mártires, que Dios nos conceda fuerzas para ofrecer el testimonio que los mismos mártires nos han ofrecido. Es el mejor servicio que podemos hacer a los hombres, que tanto ha amado al mundo que ha enviado a su Hijo, no para condenarlo, sino para entregarse por Él, dar la vida por él, y así los hombres tengan vida eterna. Que por intercesión de los mártires del 36, que derramaron su sangre y entregaron su vida para el perdón de todos, Dios nos conceda a esta España nuestra vivir y permanecer en la concordia social y en la paz, superados los conflictos y enfrentamientos internos, que Dios nos haga a todos mejores servidores de la paz, recordando que la verdad y la justicia son condiciones necesarias para ella. Traigo, por último, ante todos, las palabras de la Conferencia Episcopal Española en su Mensaje del Jubileo del Año 2000, que hago mías: "España se vió arrastrada a la guerra civil más destructiva de su historia. No queremos señalar culpas de nadie en esta trágica ruptura de la convivencia entre los españoles. Deseamos más bien pedir el perdón de Dios para todos los que se vieron implicados en acciones que el Evangelio reprueba, estuvieran en uno u otro lado de los frentes trazados por la guerra. La sangre de tantos conciudadanos nuestros derramada como consecuencia de odios y venganzas, siempre injustificables, y en el caso de muchos hermanos y hermanas como ofrenda martirial de la fe, sigue clamando al Cielo para pedir la reconciliación y la paz. Que esta petición de perdón nos obtenga del Dios de la paz la luz y la fuerza necesarias para saber rechazar siempre la violencia y la muerte como medio de resolución de las diferencias politicas y sociales" (Conferencia Episcopal Española, La fidelidad de Dios dura por siempre... n. 14). Acudimos a la intercesión de nuestros mártires y seguimos con esperanza la estela que ellos nos han dejado -el testimonio y confesión de fe en Dios, y en su Hijo Jesucristo, que es amor, y el perdón- para alcanzar las verdaderas metas de humanidad y de paz que necesitamos. Y en este día, que hacemos memoria de nuestros mártires, no podemos menos que decir, con un corazón totalmente dolido, y rechazar plenamente el sacrilegio y la profanación del Santísimo Cuerpo de Cristo que esta noche se ha perpetrado en la ermita de San Bartolomé de Añover de Tajo. No saben lo que hacen. Hacemos nuestra la petición de Jesucristo en la Cruz: ‘Perdónales porque no saben lo que hacen’. Pero al mismo tiempo también pido a todos que ofrezcamos sacrificios de expiación; que expiemos esta grave ofensa a Dios, a Jesucristo y a la Iglesia. Y que no ocurran más estas cosas. Están ocurriendo con demasiada frecuencia profanaciones, descalificaciones y burlas a la Iglesia y a lo más sagrado. ¿A dónde nos lleva todo esto? Que no se repitan tiempos pasados, que nos cristianos no tengamos ningún ánimo de revancha o de venganza, pero sí que tengamos la fuerza con la ayuda del Espíritu de dar testimonio de Jesucristo, de no callar, de no meternos en nuestros espacios privados. Que públicamente profesemos nuestra fe en todo momento. Pido –así será en Añover de Tajo- pero pido también en otros lugares, que se ofrezcan oraciones para la expiación de este gravísimo pecado que ha supuesto pisotear las Sagradas Formas del Santísimo y Sacratísimo Cuerpo de Cristo. Con el ánimo siempre ensanchado del perdón, el que brota del Cuerpo de Cristo llagado y entragado por nosotros. Y en esta eucaristía que hacemos memoria agradecida por nuestros mártires, también queremos expresar nuestra unión total e inquebrantable con el Papa Benedicto XVI. Queremos expresar nuestra cercanía y nuestro amor y nuestra súplica por él, para que Dios le dé fortaleza, para que no se tergiversen sus palabras, para que no haya intenciones torcidas que desfiguran lo que ha dicho, para que realmente siga siendo el Pastor bueno que, con toda fortaleza, nos hace ver la luz de esa verdad que es Cristo, salvador único y esperanza única de todos los pueblos. Desde aquí, todos enviamos al Santo Padre nuestra adhesión, nuestro afecto y nuestro agradecimiento. Que la Virgen María le ayude, que los santos mártires le acompañen y que todos, con la fuerza del Espíritu, seamos testigos vivos de Jesucriso y seguidores que están dispuestos a perderlo todo, porque sabemos que perderlo todo por Cristo es ganarlo todo y, además, lleno de plenitud y de gozo.
50 ANIVERSARIO DE LA CORONACION DE LA VIRGEN DEL PRADO Talavera de la Reina, 8 de septiembre de 2006 Siempre es grato y gozoso celebrar la memoria de la Santísima Virgen María, Madre de Dios, Madre de la Iglesia, Madre de todos los hombres, madre de Talavera, que la venera y la quiera con un título tan entrañable y antiguo como el de Nuestra Señora del Prado. Pero aún es más gozoso y grato, si cabe, celebrar el cincuentenario, las bodas de plata de la coronación de su imagen venerada, con la que se canta su grandeza que no es otra que la grandeza inmensa de Dios en Ella. El gozo, la alegría y el júbilo se acrecientan esta mañana en todos los talaveranos y en toda la diócesis de Toledo. Celebramos cincuenta años de la coronación de la imagen de Nuestra Señora del Prado. Con este motivo reavivamos la fe en el misterio del Dios vivo que, por su infinita misericordia, ha coronado a la Madre de su Hijo haciendo en Ella y por Ella obras grandes, llenándola de la plenitud de su gracia. Con este Año Jubilar en el que evocamos la coronación de hace cincuenta años se pone de manifiesto cómo al coronar una imagen o una advocación de la Santísima Virgen se está proclamando y reconociendo que la Virgen María es testimonio vivo de la verdad de Dios. Toda ella es, en efecto, manifestación de Dios. Toda su persona y su vida es trasparencia de Dios. Ella, con su "he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra", nos muestra que Dios es Dios, que Dios es lo solo y único necesario, que sólo Él basta. Antes y más allá de nuestros deseos y esperanzas, de nuestras necesidades y exigencias, de nuestros intereses y preferencias, Dios es Dios. Así nos lo presenta la Virgen María. Su palabra y su oración, sus gestos y comportamiento están marcados por una referencia radical a Dios. Ha hecho de su vida una entrega sin reserva alguna al querer de Dios, a la misión que Dios le ha confiado, un servicio incondicional a Dios. Con su "hágase en mí según tu palabra", pone en Dios, la vida, el aliento, el destino, y así proclama la soberanía absoluta del Dios vivo. Dios, centro de la Vida, corazón, cántico, grandeza, humillación y alegría: todo converge en Él. Es la confianza sin condiciones de Santa María lo que nos muestra a Dios tal cual es y desenmascara los falsos dioses que no son más que hechura del hombre, ídolos que esclavizan y que no liberan ni salvan. Cuando María se entrega a Dios para que realice en ella su palabra, no hace más que poner totalmente en acto el amor expresado en aquella confesión de fe que los israelitas repetían diariamente: "Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor". "Dios es el Señor": ahí está el resumen de toda la fe, la concentración de todo el amor. En una "coronación" de una imagen de la Santísima Virgen María se confiesa y proclama, en definitiva, el señorío del Dios único, en el que todo hombre encuentra su luz y su sentido. Nuestra sociedad está necesitada de la luz y de la verdad de Dios; esta necesidad es un verdadero clamor en nuestros días. Santa María "coronada" es faro que nos conduce hacia esa Luz, Ella que es la Esclava del Señor, la llena de gracia, la que es dichosa porque acoge la Palabra de Dios y la cumple, la que es bienaventurada porque ha creido. La Virgen María nos ha enseñado a vivir con la confianza incondicionada puesta enteramente en Dios y nos ha mostrado que el reconocimiento de Dios reclama la acogida y la obediencia fiel, la disponibilidad plena, el amor total y desinteresado, la apertura ilimitada a la voluntad de Dios, la fidelidad inquebrantable por encima de todo al encargo recibido de Él. y esto es fuente de dicha, gozo del don y de la gracia, generación de vida, raiz y cumplimiento de la esperanza. Por esto, María, la mujer creyente, puede escuchar aquella bienaventuranza de su prima Isabel: "Dichosa tú que has creído". Cuando Isabel saludó a la joven pariente que llegaba de Nazaret, María respondió con el canto del Magníficat. Las palabras usadas por María en el umbral de la casa de su prima expresan una inspirada profesión de su fe. La fe de María proclama la grandeza, la soberanía, y el señorío de Dios; le reconoce como el que está en el principio y en el fin de todas las cosas y le confiesa como Aquel que tiene la iniciativa de la creación y de la salvación y el juicio inapelable de nuestras vidas. La fe de María proclama gozosa que Dios es el único poder al que debemos someter nuestra vida y del que podemos esperar la salvación definitiva se confía en el Señor y no será confundida para siempre; sabe de quién se ha fiado. María se alegra en "Dios, su salvador" : Dios es origen, razón y atmósfera de la propia alegría. La equivocación fundamental de un hombre sería hacerse centro de sí a uno mismo. En las exultantes palabras de María resplandece "un rayo del misterio de Dios, la gloria de su inefable santidad, el eterno amor que, como un don irrevocable, entra en la historia del hombre. María es la primera en participar de esta nueva revelación de Dios y, a través de ella, de esta nueva autodonación de Dios. Por eso proclama: 'ha hecho obras grandes por mí; su nombre es santo'. Sus palabras reflejan el gozo del espíritu, difícil de expresar: 'se alegra mi espíritu en Dios mi salvador'. Porque 'la verdad profunda de Dios y de la salvación del hombre... resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la revelación'... Desde la profundidad de la fe de la Virgen en la anunciación y en la visitación, la Iglesia llega a la verdad sobre el Dios de la Alianza, sobre Dios que es todopoderoso y hace 'obras grandes' al hombre: 'su nombre es santo'... Contra el pecado de la incredulidad o de la poca fe, frente al corazón de la sospecha que el 'padre de la mentira'ha hecho surgir en el corazón de Eva, María proclama con fuerza la verdad no ofuscada sobre Dios: el Dios santo y todopoderoso que desde el comienzo es la fuente de todo don, aquel que ha hecho obras grandes" (Juan Pablo II). La Iglesia, se ve confortada, fortalecida, con la fuerza de la verdad sobre Dios, proclamada con tan extraordinaria sencillez por la Virgen María y, al mismo tiempo, con esta verdad sobre Dios desea iluminar las dificultades ya veces intrincadas vías de la existencia humana. El camino de la Iglesia implica un renovado empeño en su misión que sigue la misión de Aquel que dijo: "Dios me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva". Su amor preferencial por los pobres está inscrito admirablemente en el corazón del canto del Magníficat. El Dios de la Alianza cantado por la Virgen de Nazaret es el Dios que alza de la basura al pobre, protege al desvalido, defiende al indefenso. "Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los pobres los sacia de bienes ya los ricos los despide vacíos"; Dios defiende la causa de los pobres; los pobres son consolados y los ricos entristecidos; los poderosos abatidos y los caídos ensalzados. Dios rescata la vida de la fosa, colma de gracia y de ternura, sacia de bienes los anhelos; hace justicia y defiende a todos los oprimidos; es compasivo y misericordioso; como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles. Con sus palabras inspiradas, la Virgen María nos manifiesta a Dios al lado de los pobres. Es una sorpresa regocijante para todos los humillados de la tierra recibir la noticia de que Dios les ama y viene a levantar a los hundidos. De la insondable voluntad divina nace su inclinaci6n benevolente a los pobres, porque Dios es bueno. En Dios hay coraz6n, entrañas de Padre, amor sin límites. En Dios hay ternura y misericordia. Este mensaje es la razón de la esperanza para los decaídos. Esta es la verdad de Dios: Buena Nueva para todos los hombres frente a las amenazas que sobre ellos pesan. "La Iglesia, acudiendo al corazón de María, a la hondura de su fe, expresada en las palabras del Magníficat, renueva cada vez mejor en sí la conciencia de que no se puede separar la verdad sobre Dios que salva, sobre Dios que es fuente de todo don, de la manifestacion de su amor preferencicial por los pobres y los humildes... La Iglesia es consciente -y en nuestra época esta conciencia se retuerza de modo particular- de que no sólo no se pueden separar estos dos elementos del mensaje contenido en el canto de la Virgen, sino que también se debe salvaguardar cuidadosamente la importancia que'los pobres y la opción en favor de los pobres tienen en la palabra del Dios vivo" (Juan Pablo II). Por todo ello, María es también Reina y Madre de misericordia. Todo esto queda expresado en una "coronación" de la Virgen que con tanto júbilo rememoramos. A lo largo de este Año Jubilar podremos comprender todavía mejor la misericordia del Señor. Que esa misericordia de Dios nos alcance a todos en la Virgen María. Puesto que Ella, en su alumbramiento, ha dado a luz al que es la manifestación y entrega de la misericordia de Dios, y, al pie de la Cruz, Jesús, su Hijo, nos la entrega como Madre de todos y de cada uno de nosotros, Ella se convierte en la Madre y la Reina que nos alcanza la misericordia. Que Ella, nos mire con esos ojos suyos misericordiosos, que son los ojos de la Madre de Jesús, Rey de reyes y Señor de los señores, en quien nos ha visitado por su entrañable misericordia nuestro Dios, sólo y único Señor de todo.
HOMILÍA EN LA FESTIVIDAD DE NUESTRA SEÑORA DEL SAGRARIO S. I. Catedral Primada 15 de agosto de 2006 Queridos hermanos Obispos y sacerdotes, miembros del Cabildo Catedral; estimadas y dignas autoridades; queridos hermanos y hermanas de la Cofradía de la Santísima Virgen del Sagrario; muy queridos todos, hermanos y hermanas en el Señor: Hoy es un día lleno de gozo, hoy es un día de esperanza, hoy es el día en que actuó el Señor con la más preclara de las criaturas y llevó a cabo la obra más acabada de sus manos y de su gracia; hoy es la fiesta de la Asunción a los cielos en cuerpo y alma de nuestra Señora, la Santísima Virgen María, Reina del cielo y de la tierra. "Dios ha vencido. El amor ha vencido. Ha vencido la vida. Se ha puesto de manifiesto que el amor es más fuerte que la muerte, que Dios tiene la verdadera fuerza, y su fuerza es bondad y amor" (Benedicto XVI). Los toledanos unimos a esta fiesta la advocación tan querida y tan entrañable de Nuestra Señora del Sagrario, consuelo de los afligidos, auxilio de los cristianos, vida y dulzura, esperanza nuestra. No puede haber mayor esperanza para los desterrados hijos de Eva que María elevada al cielo en cuerpo y alma. Como dijo el Papa el año pasado en esta misma fiesta: "En Dios también hay lugar para el cuerpo. El cielo ya no es una esfera muy lejana y desconocida. En el cielo tenemos una Madre. Y la Madre de Dios, la Madre del Hijo de Dios, es nuestra madre... En el cielo tenemos una madre. El cielo está abierto; el cielo tiene un corazón" (Benedicto XVI). ¡Qué grande es Dios, qué grande ha estado con nosotros! Es esta grandeza, es la verdad de Dios lo que proclama y canta la Virgen María en el Magnificat que hemos leído en el Evangelio. Este canto maravilloso que brota del corazón lleno de fe de María, la fiel esclava del Señor y dichosa porque cree, nos descubre el alma de la Virgen, y la expresión más neta de su personalidad. Este canto es, en expresión de Benedicto XVI "un retrato, un verdadero icono de María, en el que podemos verla tal cual es" (Benedicto XVI). Fijémonos que lo que Ella destaca en este canto suyo es la grandeza de Dios, la verdad de Dios, su misericordia infinita, su obra que engrandece, levanta y salva al hombre, las maravillas que Él ha hecho, hace y hará en favor de los hombres. "María desea que Dios sea grande en el mundo, que sea grande en su vida, que esté presente en todos nosotros. No tiene miedo de que Dios sea un 'competidor' en nuestra vida, de que con su grandeza pueda quitarnos algo de nuestra libertad, de nuestro espacio vital. Ella sabe que, si Dios es grande, también nosotros somos grandes. No oprime nuestra vida sino que la eleva y la hace grande: entonces se hace grande con el esplendor de Dios" (Benedicto XVI). Esta es la verdad del hombre. Esta es su grandeza: ser de Dios, ser criatura suya, amada por Él, hechura suya, imagen y semejanza suya. En ser de Dios y vivir para Dios, en mostrar a Dios y dejar que aparezca su grandeza en el hombre en vivir la obediencia a Dios y cumplir su divina voluntad es donde se condensa la más verdadera y genuina antropología. El verdadero problema de nuestro tiempo es la quiebra de humanidad, o sea, la falta de una visión verdadera del hombre inseparable de Dios. El hombre de la época moderna ha pensado y dicho: "Este Dios no nos deja libertad, nos limita el espacio de nuestra vida con sus mandamientos. Por tanto, Dios debe desaparecer; queremos ser autónomos, independientes. Sin este Dios, seremos dioses y haremos lo que nos plazca". Este hombre de la modernidad ha pensado y creído con frecuencia que "apartando a Dios y siendo nosotros autónomos, siguiendo nuestras ideas, nuestra voluntad, llegaríamos a ser realmente libres para hacer lo que nos apetezca sin tener que obedecer a nadie. Pero cuando Dios desaparece, el hombre no llega a ser más grande; al contrario, pierde la dignidad divina, pierde el esplendor de Dios en su rostro. Al final se convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que se puede usar y abusar" (Benedicto XVI). La quiebra moral y de humanidad que hoy padecemos está unida inseparablemente a la "crisis de Dios", a su ausencia del espacio humano y cultural. Todo cambia si hay Dios o no hay Dios. El hombre es grande sólo si Dios, es Dios, si Dios es grande, todopoderoso, creador y señor de todo. Vivimos según el cliché: "No hay Dios", y si lo hay no interesa e incluso estorba. Sin duda el olvido de Dios, o el rechazo de Él, es el acontecimiento fundamental de los "tiempos de indigencia y pequeñez humana" que vivimos, a pesar de que para algunos parezca lo contrario; no hay otro que pueda comparársele en su radicalidad y en sus graves consecuencias. Si "quien a Dios tiene nada la falta, sólo Dios basta" (Santa Teresa de Jesús), el no tenerle a Él es la más grande de las indigencias, la mayor de las pobrezas: al hombre le falta todo cuando le falta Dios, porque le falta cuanto de verdad pueda llenar su corazón grande, su alma ansiosa y sedienta de bien, de amor, de verdad, de hermosura, de felicidad, de grandeza; cuando le falta Dios pierde el esplendor y la grandeza de Dios en su rostro. Eso es lo que ha confirmado la experiencia de nuestra época. Sólo desde Dios, sólo a partir de Él, la tierra llegará a ser humana; la tierra será habitable a la luz de Dios; allí donde se deja a Dios ser Dios, donde se deja y se busca que se muestre su grandeza y se cumple la voluntad de Dios, allí está Dios, está el cielo, puede la tierra convertirse en cielo. Como en la Virgen María, que en su existencia, en toda su vida, en lo que es su personalidad manifesta en el canto del Magnificat, ya se anticipa el cielo, la gloria a la que sería elevada en el día del Tránsito de su muerte que celebramos hoy. "Con Maria debemos comenzar a comprender que es así. No debemos alejarnos de Dios, sino hacer que Dios esté presente, hacer que Dios sea grande en nuestra vida; así también nosotros seremos divinos: tendremos todo el esplendor de la dignidad humana" (Benedicto XVI). Por ello, el día en que, hablando hipotéticamente, llegase a todas las partes el anuncio de la muerte de Dios, de su olvido total y de su desaparición de su Nombre entre los hombres, sólo podría ser espantoso y terrible. Pero démonos cuenta, seamos conscientes de lo que nos está sucediendo en esta sociedad: parece que hay un empeño en que así sea; existen voces y movimientos empeñados en ello. A esto puede conducir un "laicismo esencial" al que parece que se quiere llevar a nuestra sociedad. Porque ese "laicismo esencial" conlleva que Dios no cuente en la vida de los hombres, en las relaciones humanas, en el ethos o comportamiento público y social de la persona. El laicismo no deja espacio a la confesión y adoración del Nombre de Dios; es lo más contrario a aquel dicho del Señor: "Dad a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César". El laicismo no puede permitir que Dios tenga que ver con la organización de los hombres; considera intromisión abusiva el que se señalen principios morales fundamentales, validos en sí y por sí mismos, universales e imprescindibles para todos, que tienen su fundamento más firme en Dios creador. Olvidan quienes así piensan con ese "laicismo esencial" -y así lo demuestra la historia, incluso muy reciente- que no puede, por lo demás, haber una sociedad libre, en progreso de humanidad y solidaria, al margen de Dios, cuyo olvido o rechazo quiebra interiormente el verdadero sentido de las profundas aspiraciones del hombre, debilita y deforma los valores éticos de convivencia, socaba las bases para el respeto a la dignidad inviolable de la persona humana y priva del fundamento más sólido para el amor y estimación hacia los otros y el apoyo solidario e incondicional a los demás. Digo más: No es posible un Estado ateo; se vuelve contra el hombre. Quien no conoce a Dios, no conoce al hombre, y quien olvida a Dios acaba ignorando la verdadera grandeza y dignidad de todo hombre. Este es el gran y principal problema de nuestro tiempo: la carencia de una verdadera antropología que no se construye al margen de Dios y menos contra Él. El asunto es muy serio: si al hombre le faltase completamente Dios dejaría de existir. Como acaba de decir el Papa Benedicto XVI en una entrevista para las televisiones alemanas: "El asunto fundamental es que debemos redescubrir a Dios, no a un Dios cualquiera, sino al Dios con el rostro humano, porque cuando vemos a Jesucristo vemos a Dios. Y partiendo de esto debemos encontrar los caminos para encontrarnos en la familia, entre las generaciones y también entre las culturas y los pueblos, entre los caminos de la reconciliación y la convivencia pacifica en este mundo, y los caminos que conducen hacia el futuro. Y estos caminos hacia el futuro no los encontraremos si no recibimos la luz desde lo alto" (Benedicto XVI), la luz de Dios y que es Dios. Por eso, queridos hermanos y hermanas, es tan urgente y apremiante la afirmación de Dios como Dios, en su grandeza y en su infinita y desbordante misericordia y bondad, y la confesión del Creador, del Dios que hace obras grandes, maravillas. Como hizo la Santísima Virgen y canta en el canto inspirado por el Espíritu del Evangelio de hoy. No propugnamos una sociedad confesional, aunque ojalá que todos conociesen y creyesen, porque es ahí donde está la vida eterna; (y ojalá también que siempre se respetasen en ella las convicciones religiosas y se cumpliese y garantizase en todo momento el derecho inalienable a la libertad religiosa). La fe se propone, no se impone. La Iglesia y los cristianos tenemos el deber de afirmar a Dios, como María, con la garantía y la certeza de que así afirmamos y servimos al hombre. Tarea principal de la Iglesia, con la enseñanza de María, en su persona y en su Magnificat, es avivar y alimentar la experiencia de Dios hoy, dar testimonio de Dios, abrir las ventanas cerradas que no dejan pasar la claridad, para que su luz pueda brillar entre nosotros, para que haya espacio para su presencia pues allí donde está Dios nuestra vida resulta luminosa, incluso en la fatiga de nuestra existencia. Es preciso llegar al convencimiento, a la certeza, como la de la Virgen María, madre de los creyentes, madre de la Iglesia, de que la Iglesia existe para que Dios, el Dios vivo, sea dado a conocer, para que el hombre pueda vivir ante su mirada, en su presencia; la Iglesia existe para hacer habitable la tierra a la luz de Dios. La Iglesia existe porque, como María, como todo ser humano, es de Dios y para Dios, para dar testimonio de Dios y llevar a los hombres a Él, fuente de libertad, fundamento de su verdad, razón última de su ser. Llevada de la fe que le anima, como a María, la Iglesia, cuando sale en defensa del hombre y reclama criterios morales válidos para todos en la vida pública, no pretende imponerse al resto de la sociedad a quienes les corresponde la gestión pública, tampoco fortalecerse con privilegios o imposiciones sociales o morales, pero, eso sí, reclama que sea respetada en su condición y razón de ser que es su testimonio de Dios, con todas sus consecuencias y exigencias. Por eso, con palabras del Papa Benedicto XVI en esta misma fiesta, me atrevo a decir: "Apliquemos esto a nuestra vida. Es importante que Dios sea grande entre nosotros, en la vida pública y en la vida privada. En la vida pública, es importante que Dios esté presente, por ejemplo, mediante la cruz en los edificios públicos; que Dios esté presente en nuestra vida común, porque sólo si Dios está presente tenemos una orientación, un camino común, de lo contrario, los contrastes se hacen inconciliables, pues ya no se reconoce la dignidad común. Engrandezcamos a Dios en la vida pública yen la vida privada. Eso significa hacer espacio a Dios cada día en nuestra vida, comenzando desde la mañana con la oración y luego dando tiempo a Dios, dando el domingo a Dios. No perdemos nuestro tiempo libre si se le ofrecemos a Dios. Si Dios entra en nuestro tiempo, todo el tiempo se hace más grande, más amplio y más rico" (Benedicto XVI). Miremos a María, Ella fue enteramente de Dios y vivió para Dios, ella fue la fiel esclava del Señor que se plegó enteramente al querer, a la voluntad, a la palabra de Dios. Por ello es grande y todas las generaciones le felicitan y la reconocen como Señora y Reina de todo lo creado, Madre, dulzura, esperanza nuestra. Que Nuestra Señora del Sagrario nos ayude a vivir como Ella, de tal manera que toda nuestra vida sea una proclamación y una alabanza de la grandeza de Dios, un permanente y gozoso Magnificat.
Fue un pastor conforme al corazón de Dios, un hombre de fe, un siervo fiel y prudente del Señor, un servidor de la Iglesia a la que amó y enseñó a amarla de verdad; hombre bueno, con gran capacidad de cruz y de cruz llevada y sufrida en silencio y soledad que es donde se advierte la grandeza de los hombres y su reciedumbre de espíritu; un sacerdote de cuerpo entero, maestro de sacerdotes, trabajador incansable del Evangelio. Así fue, así recuerdo, entre otras muchas cosas, a Don Ángel Suquía Goicoechea, cardenal de la Santa Iglesia, arzobispo de Madrid. Descanse en el Señor, en quien tan filial y enteramente confió. Podríamos decir mucho de él, de su persona y de su obra. Su labor, siempre callada y silenciosa, fue muy eficaz y fecunda. Ahí quedan, refiriéndome sólo a Madrid, el seminario diocesano que dejó, renovado y fortalecido; el Instituto Superior de Teología "San Dámaso", hoy Facultad llena de vida y de proyectos en marcha; el Instituto Superior de Lenguas Orientales y Semíticas para el estudio de la tradición cristiana "San Justino"; la constitución de la Cátedra para el estudio del Concilio Vaticano II; la reanudación de la Visita Pastoral hecha con detenimiento y hondura pastoral a las parroquias y comunidades; la creación de dos nuevas diócesis madrileñas; el impulso dado a los nuevos movimientos y nuevas realidades eclesiales; el vigor dado a la pastoral en la universidad y en el mundo de la cultura; la potenciación de la presencia cristiana en distintas iniciativas de medios de comunicación social, como el semanario "Alfa y Omega"; la nueva Catedral de Nuestra Señora de la Almudena... En estas y otras iniciativas encontramos un legado de largo alcance y con gran proyección de futuro. Hay un campo en el que también fue enorme su labor. Me refiero al de su magisterio episcopal recogido en cinco amplios y gruesos volúmenes, en los que encontramos un verdadero y rico caudal, un gran tesoro doctrinal siempre certero, claro y enjundioso sobre inmensidad de temas. Son homilías, conferencias, alocuciones, discursos, cartas pastorales, artículos de diversa índole y en circunstancias muy diversas. Personalmente reconozco en el conjunto de estos volúmenes una muestra señera y clarividente del magisterio episcopal de las últimas décadas, una palabra certera y orientadora para la Iglesia que peregrina en España dicha en una situación de cambios muy profundos que necesitaban de la luz del Evangelio y de razones para vivir y esperar. El magisterio de Don Ángel recogido ahí, además de reflejarle a él enteramente como pastor y maestro, es importante para entender la Iglesia en España durante el último tramo del siglo XX. Pero, sobre todo, para discernir por dónde debería encaminar sus pasos en los tiempos que corremos. Responde a una urgencia: ofrecer con sencillez y confianza lo que para nosotros constituye el gran camino de realización y salvación del hombre que Dios ha preparado y entregado a todos: Jesucristo. Don Ángel Suquía nos viene a decir con fuerza y coraje, de una forma o de otra, a tiempo y a destiempo, que, en la situación espiritual, cultural y social que estamos viviendo, ante la quiebra de humanidad que atravesamos, la Iglesia no tiene otra respuesta ni otra aportación que ofrecer, con respeto y libertad, a los hombres y mujeres de hoy, particularmente a las jóvenes generaciones, que la respuesta de Pedro a quien le tendía la mano: "No tengo oro ni plata pero lo que tengo te doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda" (He 3,6). Que es tanto como decir, toda la riqueza de la Iglesia es Jesucristo y la vida que Él hace posible entre los hombres. Don Ángel hizo, y mostró a través de sus enseñanzas, un diagnóstico muy lúcido de la situación en que vivimos: una situación sostenida en último término por el secularismo militante de un cultura laicista que, al olvidar e incluso rechazar a Dios, quiebra interiormente el verdadero sentido del hombre, altera en su raíz la interpretación de la vida humana y las posibilidades de su verdadera liberación. En su discernimiento, Don Ángel fue hasta las raíces que han provocado esta situación, en la que el hombre vive desarraigado y desamparado, y, a pesar de todo ello, al mismo tiempo vive hambreando felicidad, sentido y libertad. De ese mundo, de ese hombre, para Don Ángel llega y se escucha por encima de todo un poderoso llamamiento a ser evangelizado que hay que atender ya por parte de la Iglesia. Difícilmente podemos hallar un análisis más penetrante de lo que nos está sucediendo en España y en la vieja Europa, que el que nuestro querido Señor Cardenal nos ofreció en muchas de sus intervenciones recogidas en sus escritos. Su discernimiento provocó, a veces, reacciones encontradas e incluso irritadas: como la oscuridad se irrita ante la luz; pero no pudieron ni han podido ser desmentidas. No se trataba de una visión pesimista de nuestro momento ni la de un profeta de calamidades, sino la de un hombre creyente, un hombre de Iglesia, que amaba entrañablemente a los hombres y mujeres de hoy, que se sintió solidario de sus gozos y fracasos y que experimentó como propias las heridas del hombre de nuestro tiempo. Como padre y pastor, que eso fue por encima de todo, Don Ángel Suquía sintió y nos hace sentir hoy el gran reto que tenemos los católicos y el servicio primordial que se nos manda llevar a cabo en las actuales circunstancias; servicio que no es otro que el colaborar, con la gracia del Espíritu Santo, a que surja el hombre y la humanidad nuevos que se nos ofrecen y hacen posibles en Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, fuente de libertad y de dicha. A través del magisterio de Don Ángel resuena la conciencia viva que la Iglesia, renovada y fortalecida en el Concilio Vaticano II, tiene de sí misma. Todo el magisterio episcopal de Don Ángel, a quien tuve la gracia de seguir muy de cerca tanto en intervenciones públicas, especialmente relevantes, como en homilías y exhortaciones y cartas pastorales, como en el trato directo con él, nos evidencian a un hombre del Concilio Vaticano II que asimiló y vivió hondamente y aun con pasión, ascéticamente controlada, la nueva autoconciencia de la Iglesia expresada en dicho Concilio. Como muestra de lo dicho y como expresión muy nuclear de este magisterio de Don Ángel no me resisto a citar este enjundioso párrafo que constituye todo un programa de actuación, fundamental para nuestros días: "Tal vez uno de los elementos más lúcidos de esa nueva autoconciencia sea la percepción de que la Iglesia es para la vida de los hombres y del mundo. La Iglesia sabe hoy mejor que ella existe para comunicar a los hombres la verdad y la vida que ella ya posee, la Buena Noticia en cuyo gozo ella vive... Para evangelizar, la Iglesia ha de acercarse a Cristo, entrar en Él con todo su ser, apropiarse y asimilar toda la realidad de la Encarnación y la Redención. Sólo desde ahí, podremos revelar a Cristo al mundo, ayudar a las generaciones contemporáneas de nuestros hermanos y hermanas, pueblos, naciones, Estados, humanidad, países en vías de desarrollo y países de la opulencia, a conocer las insondables riquezas de Cristo, porque éstas son para todo hombre y constituyen el bien de cada uno. Por eso, nuestra mirada ha de dirigirse al mismo tempo al misterio de Cristo Redentor, y a los hombres y mujeres de hoy. Pues si Jesucristo es el principal camino de la Iglesia, también el camino de la Iglesia es el hombre, y todos los caminos de la Iglesia conducen al hombre... Cuanto más se adentra uno en el misterio de Dios tal y como se nos ha revelado en Jesucristo, más se ilumina el misterio del hombre, más surge en el corazón del creyente la admiración y el respeto por el hombre". En este texto se refleja el alma del pastor, del maestro y guía de la fe, del hombre de Dios, apasionado por el hombre que fue Don Ángel Suquía, tal y como pudo apreciarlo en mis años de colaboración con él, trabajando a su lado. Fue para mí una gracia y un regalo que ahora agradezco a Dios, como agradezco al Señor el don a su Iglesia de tal pastor conforme a su corazón y de tal maestro de la fe, testigo sencillo y valiente del Evangelio. X Antonio Cañizares LloveraCardenal Arzobispo de Toledo Primado de España
Mensaje del Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo y Primado de España D. Antonio Cañizares Llovera a los Sacerdotes, miembros de la Vida Consagrada y Fieles de la Archidiócesis de Toledo Queridos diocesanos de Toledo: ¡Ya llega el Papa! Este fin de semana estará con nosotros, en Valencia. Demos gracias a Dios. Demos gracias al Santo Padre porque ha querido venir al V Encuentro Mundial de las Familias, porque no ha regateado esfuerzos de viajes, sacrificios inherentes ante el calor estival de la ciudad del Turia. viene con ilusión y alegría, él mismo lo ha dicho. Con no menos ilusión y alegría lo esperamos nosotros. A todos se nos ofrece la oportunidad de celebrar con él, y con familias de todo el mundo, "la belleza y la fecundidad de la familia fundada en el matrimonio, su altísima vocación y su imprescindible valor social" (Benedicto XVI). ¡No podemos faltar! Toledo entera ha de estar con el Papa el próximo fin de semana, al menos, el domingo durante la celebración de la Eucaristía presidida por el Papa. Lo vengo repitiendo desde hace meses, lo he dicho en muchas ocasiones: las calles de Toledo, las de todos los pueblos de la diócesis de Toledo, se habrán de quedar desiertas ante este importante, muy importante, acontecimiento, bien porque estemos físicamente presentes en Valencia, bien porque estéis rezando por el fruto de este Encuentro Mundial de las Familias y de la visita del Papa, bien porque estéis junto al televisor siguiendo de cerca esta jornada de tanto alcance. ¡Todos junto al Papa! ¡Todos acompañando al Papa Benedicto XVI con nuestro afecto, con nuestra plegaria, con nuestra adhesión, con nuestro anhelo de escucharle, con el ánimo de aprender de él, con nuestra fidelidad y comunión inquebrantable, con nuestra gratitud, con nuestro amor de hijos! Es más importante de lo que pudiera parecer a algunos. Viene el Papa, el sucesor de Pedro. Viene a confirmar nuestra fe, a veces débil y temerosa; estará con nosotros y reavivará nuestra esperanza, inseparable de la familia, futuro de la humanidad; nos animará a proseguir nuestro camino de cristianos como testigos del Dios vivo que es amor. Él es un hombre de fe, un amigo fuerte de Dios, de honda experiencia de Dios, trabada en en la oración viva y sosegada, un hombre que transparenta a Dios y que habla de Él con palabras fuertes y verdaderas: testigo del Dios vivo, de Dios que es amor. Es un campeón de la fe, un apasionado buscador de la Verdad que nos hace libres, anunciador incansable y defensor de la Verdad. Un hombre de Iglesia, siervo y servidor de la Iglesia, fiel a la Iglesia, guía e instrumento de comunión eclesial, fraguado en ese cometido durante largos años, y ahora constituído en el ministro principal de la comunión. Él se muestra como un sencillo trabajador de la Viña del Señor, con un rostro siempre amable, dulce y entrañable. Su programa como Papa desde el principio de su pontificado "es no hacer su voluntad, no seguir sus propias ideas, sino ponerse, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del señor y dejarse conducir por Él, de tal modo que sea Él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia". Ahí está todo lo sustancial. Es un Papa que va a lo fundamental, que no se anda por las ramas; y nos muestra que lo fundamental es Dios, es su querer no el nuestro, no nuestras ideas, sino el pensamiento de Dios, manifestado en su Revelación y trasmitido fielmente en la Tradición de la Iglesia. Lo fundamental, lo primero y lo último, todo se centra en Dios, "Dios que es amor". Ahí, como dijo en Colonia, es donde está la verdadera revolución de la humanidad. Esa es la razón de su primera Encíclica, verdaderamente programática, desarrollo de ese programa suyo que anunció en la homilía de la Misa en el inicio de su pontificado. Hombre de lo fundamental, su pontificado parece centrado, como se nos dice de los Apóstoles en el Libro de los Hechos, en la oración y en la Palabra. y las gentes acuden a él buscando su palabra, para escuchar su palabra, que todo el mundo entiende y por la que sienten reconfortados, llenos de luz, animados a proseguir el camino por camin6s de esperanza. Un Papa, que como su antecesor inolvidable, Juan Pablo II, nos está diciendo de una manera u otra, sobre todo a los jóvenes, que no tengamos miedo de Jesucristo. Ante la inminente visita de Benedicto XVI, en las circunstancias actuales de España y ante todo lo que esta cayendo sobre la familia, ¡Con qué fuerza resuenan aquellas palabras suyas del comienzo de su pontificado!: "¡No! Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada -absolutamente nada- de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por humano. Sí, abrid de par las puertas a Cristo y encontraréis la verdadera vida". Esto mismo nos lo está diciendo todos los días de este tiempo de pontificado a propósito de cuaquiera de sus enseñanzas o de los asuntos que toque o aborde. Y esto mismo nos lo va a decir, sin duda ninguna, en Valencia a propósito de la familia, de su belleza singular e inigualable, de su verdad y grandeza, de la vida que genera y de la esperanza que suscita la familia, de la confianza que fundamenta y del amor que de ella se recibe y en ella se respira. Porque la familia está enraizada en Cristo, camino de la Iglesia, como también la familia lo es. Su magisterio siempre lúcido y luminoso, su palabra siempre vigorosa y verdadera, su testimonio valiente del Evangelio de Jesuscristo, del que es inseparable el evangelio de la familia, santuario de la vida nos va a dar firmeza. Lo necesitamos en esta hora crucial que atraviesa la familia en España, que, sin duda es una de las joyas más sumamenmte valiosas de su patrimonio y que, sin embargo, hoy se ve tan acosada por situaciones, hechos, legislaciones y mentalidades adversas. Necesitamos, por ejemplo, escuchar hoy que "la familia, fundada sobre el matrimonio constituye un 'patrimonio de la humanidad', una institución social fundamental; es la célula vital y el pilar de la sociedad y esto afecta tanto a los creyentes como a los no creyentes. Es una realidad a la que todos los Estados deben dedicar la máxima consideración, pues, como le gustaba repetir a Juan Pablo II, 'el futuro de la humanidad se fragua en la familia'. Además, según la vision cristiana, el matrimonio elevado por Cristo a la altísima dignidad de sacramento, confiere mayor esplendor y profundidad al vínculo conyugal, y compromete más intensamente a los esposos que, bendecidos por el Señor de la Alianza, se prometen fidelidad hasta la muerte en el amor abierto a la vida. Para ellos, el centro y el corazón de la familia es el Señor, que les acompaña en su unión y les apoya en su misión de educar a los hijos hacia la edad madura. de este modo, la familia cristiana coopera con Dios no sólo dando la vida natural, sino también cultivando las semillas de vida divina donada en el bautismo" (Benedicto XVI, Al Pontificio Consejo para la Familia). Necesitamos escuchar del Papa Benedicto XVI, con su claridad y valentía, con su ministerio de confirmarnos en la fe y alentarnos en la esperanza, que "en el mundo de hoy, en el que se difunden concepciones equívocas sobre el hombre, sobre la libertad, sobre ela amor humano, no tenemos que cansarnos de volver a presentar la verdad de la familia, tal y como ha sido querida por Dios desde la creación. Por desgracia, está creciendo el número de separaciones y divorcios, que rompen la unidad familiar y crean muchos problemas a los hijos, víctimas inocentes de estas situaciones. La estabilidad de la familia está hoy particularmente en peligro; para salvaguardarla es necesario ir con frecuencia contra la corriente de la cultura dominante, y esto exige paciencia, esfuerzo, sacrificio y búsqueda incesante de la comprensión mutua. Pero también hoy les es posible a los cónyuges superar las dificultades y mantenerse fieles a su vocación, recurriendo al apoyo de Dios con la oración y participando asiduamente en los sacramentos, en particular, la Eucaristía. La unidad y la firmeza de las familias ayudan a la sociedad a respirar los auténticos valores humanos y a abrirse al Evangelio" (Benedicto XVI, Al Pontificio Consejo para la Familia). Necesitamos escuchar al Papa, dejarnos conducir por él, estar a su lado como discípulos, ser confirmados por él en el Evangelio de la Familia. Es lo que hará, con el auxilio de Dios, en el V Encuentro Mundial de las Familias. Por eso la invitación apremiante que os hacía al comienzo de esta exhortación pastoral. Orad, orad mucho por este Encuentro, por esta Visita del Papa. Hay mucho y muy importate y decisivo en juego. Nos jugamos mucho, diría que todo o casi todo en el tema de la familia, en la misión de la tramsisión de la fe en en la familia, en la educación que depende fundamentalmente de ella. Por eso, ¡todos con el Papa!, en las diversas formas indicadas. Por eso mismo, pido encarecidamente, para facilitar ese "estar todos con el Papa" en Valencia, pido a los sacerdotes, a los párrocos y rectores de las iglesias y capillas, que no tengan ninguna eucaristía durante las horas de la celebración eucarística del Papa el próximo domingo, es decir, que entre las nueve y las doce de la mañana, no se tenga la celebración de la eucaristía y se desplace a otros momentos, antes o después. Encomendemos este Encuentro y esta Visita a la Sagrada Familia para que produzca abundantes frutos en favor de las familias de todo el mundo, singularmente de España y de la diócesisd e Toledoj que Dios nos conceda que las familias queden muy fortalecidas y llenas de vigor, que las familias cristianas se revitalicen y renueven, que en todas ellas se viva la fe como pequeñas iglesias domésticas, y que sean el c;auce primero y principal de tramsisión de la fe a los hijos. Que Dios nos conceda la gracia de que este acontecimiento sea el inicio de un grande, vivo y vigoroso movimiento en favor de la familia y de todas las familias. Con mi bendición para todas las familias, especialmente para las que más lo necesiten por vivir situaciones difíciles o adversas. X Antonio Cañizares LloveraCardenal Arzobispo de Toledo Primado de España
Los sacerdotes, hombres de fe y testigos de esperanza Homilía del Sr. Cardenal Arzobispo, en la ordenación de ocho presbíteros y ocho diáconos, el 2 de julio Queridos hermanos Obispos, sacerdotes, diáconos, formadores del Seminario diocesano, familiares, queridos ordenandos, queridos todos hermanos y hermanas en el Señor. De nuevo Dios se muestra inmenso en su misericordia para con nosotros y nos concede nuevos pastores conforme a su corazón. Él, atiende a la fe de su pueblo que esté en Toledo, y como los dos casos del Evangelio nos muestra la omnipotencia de su amor y su obra salvadora a través de estas ordenaciones de diáconos y sacerdotes. Así de generoso es nuestro Dios en su Hijo Jesucristo, que apiadándose de nosotros, nos hace ricos y lleva adelante su salvación, constituyendo a unos sacerdotes y a otros diáconos para perpetuar en medio nuestro su obra salvadora, mediante la palabra y los sacramentos que, como dispensadores de la gracia de Dios, vais a celebrar in persona Christi, queridos ordenandos. Dios ha querido que, en este día, escuchásemos estos textos que nos hablan de la fe. "Habéis sobresalido en la fe", y por eso acabáis de decir "aquí estoy", mándame, haz de mí lo que quieras, que se haga lo que Tú quieres. "Tu fe te ha curado". "No temas, te basta que tengas fe". Sois hombres de fe y estáis llamados a ser testigos y servidores de la fe. Un sacerdote es, ante todo, un hombre de fe, un hombre de Dios. La afirmación del señorío de Dios, la confesión de que Dios es Dios y reina, el reconocimiento y el anuncio de la supremacía del Dios único y vivo, la confianza en Dios como forma de vida semejante a la de un niño recién amamantado en brazos de su madre, la búsqueda amorosa y sencilla del Dios escondido que se revela en Cristo, el trato de amistad con Él, que sabemos nos ama, son dimensiones fundamentales en la vida de un sacerdote. Un sacerdote da testimonio de la soberanía de Dios, es un creyente adorador y humilde de Dios tres veces santo, es un hombre de fe, vive de ella, presta su servicio armado de la fe y porque cree por eso habla. Es, a mi entender, este aspecto o rasgo del sacerdote como hombre de fe uno de los más sobresalientes que podemos destacar desde el punto de vista, no sólo existencial, sino también de la figura eclesiológica del sacerdote. Hoy debemos subrayar con una urgencia inaplazable el rasgo del sacerdote como hombre de fe, honda y espiritualmente vivida, alimentada en la oracion constante: el sacerdote ha de ser un auténtico creyente en Jesucristo, un testigo eminente de la Fe Apostólica. Recordemos aquellas palabras de Jesús a los discípulos: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?" (Mt 16,13). Ante las contestaciones tan contradictorias, tan inseguras, con frecuencia tan desconcertantes y triviales, de muchos de nuestros contemporáneos, fuera y dentro de la comunidad eclesial, se necesita la respuesta decidida del sacerdote testigo y servidor en medio de sus hermanos, como la de Pedro y dicha con él. Una respuesta clara y plena de fe en Jesucristo, Hijo de Dios vivo, hecho carne en el seno de la Virgen María, crucificado y resucitado por la salvacion de los hombres. No, no tienen razón las tesis del abandono del hombre por parte de Dios, al contrario, la verdad es que Dios ha amado al hombre hasta extremos infinitos de cercana salvación, hasta las "junturas" más íntimas del ser humano, hasta hacerse uno de tantos. Dios ha decidido en Jesucristo con "decidida decisión", entrar en la historia del hombre, rompiendo de una vez por todas la dialéctica del pecado y de su historia. La decisión está tomada pese al mundo; esta "decidida" para siempre. Una respuesta dada con toda el alma, nacida de un corazón entregado al amor de Cristo; un amor que no debe retroceder ante la muerte, como fue el caso de Santiago, el primero de los Apóstoles que bebió el cáliz del Señor, y, luego, el de Pedro, de Pablo, prácticamente de todos los apóstoles o amigos del Señor. Esta es la senda para que pueda vivir y expresarse la experiencia apostólica plena de la fe del sacerdote: la del testimonio con la palabra y con la vida de que Jesucristo es el único Salvador de los hombres. Desde la fe, el sacerdote vive el drama de nuestro tiempo: la caída del sentido de Dios en la vida de los hombres, el desplazamiento de Dios a los márgenes de la vida, la insignificancia a la que es reducido Dios frecuentemente por el mundo contemporáneo. En medio de la noche oscura del ateismo colectivo de nuestro tiempo señala con su vida y con su palabra que un mundo sin Dios es un mundo más pobre y más angosto, y que una humanidad que se aleja de Dios se priva de la raíz más profunda para la afirmación de su verdad, para el reconocimiento y respeto de su inviolable dignidad, y para su realización en la más auténtica libertad. Y por eso vive y anuncia al Dios vivo, al solo y único necesario, que está antes y más allá de nosotros, que lo trasciende todo y lo invade todo y que, al mismo tiempo, nos busca y encuentra en nuestro hermano, compañero y amigo Jesucristo. Misión principal de los sacerdotes siempre, y particularmente en nuestro tiempo, es hacer resonar, gozosamente, en libertad y con todos los medios a su alcance, el anuncio del Dios vivo, el proclamar que sólo Él es el único necesario, que es en Él donde el hombre halla su verdad más propia y donde encuentra reposo y sosiego y la fuente que sacia sus anhelos más hondos de dicha y salvación. Necesitarnos que Dios nos dé fuerzas para no cesar ni cansarnos en este anuncio, que nos conceda sabiduría y experiencia suya para hablar de Él con palabras vivas y verdaderas; que nos conceda la gracia de servir a los hombres contribuyendo a que todos vuelvan a Dios, porque su abandono está siendo, sin duda, el acontecimiento más grave de estos tiempos de indigencia en Occidente, al que no se le puede comparar otro en radicalidad y en lo vasto de sus consecuencias humanizadoras. Para un sacerdote, en efecto, la falta de fe en Dios, la pérdida del sentido de Dios que laceran a nuestro mundo, las percibe y vive como la indigencia mayor, la amenaza más grave y de más desastrosas consecuencias para nuestro tiempo, lo que pone en peligro nuestra cultura, lo que daña a la humanidad en su más honda raíz. Por eso mismo, su servicio a los hombres lo verá prioritariamente como dar a conocer a Dios para que le den gloria, llevar a los hombres al encuentro con Dios, conducirlos a la fe en El, mostrar su caridad tratando de subsanar esa indigencia radical. Asimismo verá con lucidez de fe que nuestra tradición cristiana se encuentra amenazada por esa increencia e indiferencia generalizada que se ha convertrido en un ateismo práctico que se manifiesta y despliega en una civilización permisiva, fundada sólo en la excitación y satisfacción de las necesidades más superficiales, un ansia de tener cada vez más cosas, un mundo cerrado y sin profundidad, un miedo creciente a la vida, a la libertad y al amor que no nos permite "ver" a Dios .Y un mundo que no "ve a Dios" y no le da gloria es un mundo que se vuelve contra el propio hombre. Pero la verdad es que en el inmenso hueco que ha dejado Dios al expulsarlo, más o menos conscientemente de los corazones, ha dejado sin arraigo lo humano del hombre. Cuando el hombre abandona a Dios queda el hombre entregado a cuanto de inhumano hay en él. Y, al contrario, cuando el hombre se acerca y reconoce a Dios, cuando le deja ser Dios, es cuando adquiere totalmente su dignidad y libertad. Porque sólo Dios puede liberar al hombre; la verdadera libertad sólo se encuentra en la comunión con Dios. Así, hoy, un sacerdote profundamente creyente será un hombre hondamente libre, con la libertad gozosa de los que se sienten amados por Dios, y testigo, por lo mismo, de la esperanza. Un sacerdote de fe sólida, basado en la roca inconmovible de Dios y libre en Jesucristo sabe bien que Dios no abandona al hombre definitivamente; que, si bien, para una sociedad como la nuestra, cerrada al futuro, faltan fundamentos para la esperanza, Dios que, en Jesucristo se ha empeñado en favor del hombre, no lo dejará en la estacada, por muy sin salida que se encuentre. Dios es siempre el horizonte, raíz y meta ciertas de nuestra esperanza. Por esto, a los sacerdotes, como hombres de fe y amigos fuertes de Dios, en expresion de Santa Teresa, nos urge mantener viva y difundir la esperanza en Dios y abrir así a las nuevas generaciones un futuro mejor, un futuro eterno. Nos urge dar testimonio de esperanza, alentar a la esperanza, mirar al futuro, ayudar a abrirse al futuro y señalar caminos que conduzcan a él; la fe de los sacerdotes habría de ser una fe esperanzada y amorosa en la noche de nuestro tiempo; una fe vivida en la esperanza que irradia ya la luz que llega a iluminar la humanidad a oscuras por el olvido de Dios. Es lo que vimos en el Papa Juan Pablo II, gran testigo de la esperanza en el ocaso del segundo milenio y en la aurora del nuevo, o lo que venos en el Papa Benedicto XVI, que muy pronto estará con nosotros, y por eso los han entendido tan bien las nuevas generaciones de jóvenes y ellos, a su vez, se han entendido tan sencillamente con los jóvenes, necesitados como pocos de esa esperanza. Hombres de fe, ganados por Cristo, que confían en Cristo y son testigos de su obra curativa, sanadora y redentora de toda realidad de muerte, que pone en pie y levanta al hombre caído y muerto, como a la niña de Jairo, o que atiende a ese hombre necesitado de curación y que no la halla en ninguna parte hasta que se encuentra con Él. Que Dios conceda ser servidores de la fe. Que fortalezca incesantemente vuestra fe. Así seréis hombres y testigos de esperanza que muestran ante los hombres la fuerza resucitadora de la fe y el amor infinito de Dios atraído por ella.
AMAR A LA PATRIA Y REZAR POR ELLA
Exhortación pastoral del Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo y Primado de España a los sacerdotes, personas consagradas y fieles de la diócesis Queridos hermanos y hermanas: A todos un saludo entrañable y fraterno en el Señor, con mis mejores deseos de paz y bien en vuestras comunidades.En la reciente Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, como bien sabéis, hemos estado reflexionando sobre la situación religiosa, cultural social y política de España. A nadie se le oculta que atravesamos una hora crucial, un tanto o bastante delicada en algunos aspectos importantes, y que necesitamos la ayuda de Dios, sin el que nada podemos hacer. Por eso, la misma Conferencia Episcopal, en su comunicado final, entre otras realidades, ha invitado a todas nuestras comunidades católicas a elevar oraciones al Señor pidiendo por España. En nuestra diócesis, en una carta Pastoral de hace poco más de un año, los Obispos de Toledo ya os exhortábamos a elevar a Dios plegarias, entre otras intenciones, por España. Tal vez hemos podido creer que no era muy urgente y nos hayamos podido descuidar un tanto. En estos momentos, con mis hermanos Obispos Auxiliares, y tras haber consultado a mi Consejo de Gobierno, quiero y dispongo que en nuestra diócesis, como en otras vecinas (Madrid, Alcalá de Henares y Getafe), a partir de ahora y hasta nueva indicación, incluyáis en la oración de los fieles de todas las Eucaristías, y siempre que se haga oración pública, la siguiente petición: Oremos por España: Para que las instituciones democráticas y todo el pueblo fomenten en España la verdad y la libertad, la justicia y la paz, la unidad y la concordia y el pleno reconocimiento de los derechos fundamentales de todos. Roquemos al Señor. Así mismo quiero y pido que, al final de la Eucaristía, tras la oración de postcomunión, antes de la bendición, se diga la siguiente oración, prácticamente la misma que el Papa Juan Pablo II dispuso se hiciese en toda Italia en una situación delicada por la que atravesaba aquel país hermano, entre otras cosas por una unidad de Italia que se veía con riesgos; esta oración, que llevará impresa la imagen de Santiago o de la Virgen de Guadalupe, por todo cuanto significan en nuestra historia común compartida, se podrá rezar también privadamente o en otros momentos de oración comunitaria: Oración por España:Oh Dios, Padre nuestro, te alabamos y damos qracias. Tú que amas a todo hombre y guías todos los pueblos, acompaña los pasos de nuestra Nación, a veces difíciles, pero llenos de esperanza. Haz que veamos los signos de tu presencia y experimentemos la fuerza de tu amor que nunca disminuye. Señor Jesús. Hijo de Dios y Salvador del mundo, hecho hombre en el seno de la Virgen María, te confesamos nuestra fe. Tu Evangelio sea luz y vigor para nuestras decisiones personales y sociales. Tu ley de amor conduzca nuestra comunidad civil con justicia y solidaridad, con reconciliación y paz, con unidad y en libertad. Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, te invocamos con confianza. Tú que eres maestro interior, desvélanos los pensamientos y los caminos de Dios. Concédemos mirar los acontecimientos humanos con ojos limpios y penetrantes, conservar la herencia de santidad y civilización propia de nuestro pueblo, y convertirnos en la mente y el corazón para renovar nuestra sociedad. Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, Reina de misericordia, mira a este pueblo tuyo, a esta tierra que denominamos "de María", ayúdanos, muéstranos a Jesús, y que contigo los pueblos y gentes de España hagamos lo que Dios quiere de nosotros que siempre será lo mejor. Así mismo, dispongo que, el próximo 25 de julio, solemnidad de Santiago Apóstol, Patrono de España, sea mantenido día de precepto con todas sus exigencias, excepto el descanso laboral, que se faciliten los horarios de Misas de tal manera que los fieles puedan participar en la Eucaristía, a pesar de que sea día laborable, y que todas las Misas de ese día se celebren por España para que nos mantegamos fieles a nuestras raíces cristianas, permanezcamos en la unidad histórica que nos constituye, sin entrar en la forma política en que ésta se organice, en justicia y conforme a derecho, y por nuestros gobernantes.Recuerdo, como sabéis por el Catecismo, que el amar a la Patria y rezar por ella es un deber que entra dentro de los deberes que prescribe el cuarto mandamiento de la Ley de Dios. Esto no es entrar en política alguna y menos de partido. Es un deber de caridad y ójala que, mientras dure esta situación, todos oremos insistentemente por las gentes, por los pueblos y las instituciones democráticas de España. No cabe duda que a todos nos tienen preocupados, y en cierto modo expectantes, las conversaciones con ETA anunciadas por el Sr. Presidente del Gobierno. Pidamos a Dios que nos ayude a todos en esta situación y no olvidemos las enseñanzas o magisterio de la Conferencia Episcopal en su Instrucción pastoral "Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y consecuencias". Ahí encontramos luz o iluminación moral para enjuiciar los hechos desde la Doctrina Social de la Iglesia. Por si no tenéis tiempo para leer toda la Instrucción, os adjunto copia de algunos párrafos de dicha Instrucción que son de particular interés. Muchas gracias por todo, por vuestra oración que tanta falta hace, y, sobre todo, muchas gracias a los monjes y monjas de vida contemplativa y a los enfermo,s que sé con toda certeza que van a orar insistentemente a Dios por estas intenciones, por España. Gracias. Que Dios os lo pague. Que Él nos mande su auxilio, su sabiduría, su amor y su esperanza, que nos dé sentido de discernimiento y de mucha prudencia. Hermanos sacerdotes, ayudad a las gentes a vosotros confiadas a ver, juzgar y actuar con sentido cristiano en esta situación. Con mi bendición para todos, X Antonio Cañizares Llovera Cardenal Arzobispo de Toledo Primado de España Toledo, 29 de junio de 2006
ANEXO: DE LA INSTRUCCIÓN PASTORAL DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA "VALORACIÓN MORAL DEL TERRORISMO EN ESPAÑA, DE SUS CAUSAS Y CONSECUENCIAS"
IV. A ETA hay que enjuiciarla moralmente como "terrorismo" 24. Una primera aproximación a ETA muestra la complejidad del fenómeno. El grupo denominado ETA es una asociación terrorista, de ideología marxista revolucionaria, inserta en el ámbito político-cultural de un determinado nacionalismo totalitario que persigue la independencia del País Vasco por todos los medios. Si se desea acertar en la valoración moral de ETA, será necesario tener en cuenta esta realidad en su totalidad. 25. ETA manifiesta una hiriente crueldad en toda su actividad. En la memoria de todos están los casos de secuestros y de asesinatos a sangre fría y a plazo marcado, así como agresiones y crímenes contra personas de toda índole y condición. No se trata de "errores de cálculo" ni de casos que se les hayan "ido de las manos". Tampoco podemos admitir que la diversificación de las víctimas suponga que algunas de ellas fueran "justos objetivos militares", mientras que otras serían tan sólo efectos colaterales indeseados. La crueldad de ETA sirve siempre a la estrategia terrorista que hemos descrito y calificado más arriba: la implantación del terror al servicio de una ideología en toda la sociedad y la creación de una espiral de muerte, de odio y de miedo reactivo y adormecedor de las conciencias. Aplicando a ETA y a otras organizaciones con similares características ideológicas el calificativo moral de "terrorista", afirmamos que son intrínsecamente perversas en cuanto organización, ya que su modo de juzgar la realidad, la dirección de sus acciones y su estructura interna, están orientados a la provocación y difusión del terror. V. El nacionalismo totalitario, matriz del terrorismo de ETA 26. La presente Instrucción Pastoral no pretende ofrecer un juicio de valor sobre el nacionalismo en general. Nos ceñimos al juicio moral del nacionalismo totalitario en la medida en que constituye el transfondo del terrorismo de ETA. No es posible desenmascarar, en efecto, la malicia de ETA sin ofrecer una clarificación moral sobre el transfondo político-cultural del terrorismo etarra y su incidencia en la convivencia entre los pueblos de España. 27. "La nación – dice Juan Pablo II - es la gran comunidad de los hombres que están unidos por diversos vínculos, pero sobre todo, precisamente, por la cultura". Ahora bien, las culturas no son nunca de por sí compartimentos estancos, y deben ser capaces de abrirse unas a otras. Están constituidas ya de antemano a base del rico intercambio del diálogo histórico entre ellas. Todas necesitan dejarse impregnar por el Evangelio.28. Las naciones, en cuanto ámbitos culturales del desarrollo de las personas, están dotadas de una "soberanía" espiritual propia y, por tanto, no se les puede impedir el ejercicio y cultivo de los valores que conforman su identidad. Esta "soberanía" espiritual de las naciones puede expresarse también en la soberanía política, pero ésta no es una implicación necesaria. Cuando determinadas naciones o realidades nacionales se hallan legítimamente vinculadas por lazos históricos, familiares, religiosos, culturales y políticos a otras naciones dentro de un mismo Estado no puede decirse que dichas naciones gocen necesariamente de un derecho a la soberanía política. 29. Las naciones, aisladamente consideradas, no gozan de un derecho absoluto a decidir sobre su propio destino. Esta concepción significaría, en el caso de las personas, un individualismo insolidario. De modo análogo, resulta moralmente inaceptable que las naciones pretendan unilateralmente una configuración política de la propia realidad y, en concreto, la reclamación de la independencia en virtud de su sola voluntad. La "virtud" política de la solidaridad, o, si se quiere, la caridad social, exige a los pueblos la atención al bien común de la comunidad cultural y política de la que forman parte. La Doctrina Social de la Iglesia reconoce un derecho real y originario de autodeterminación política en el caso de una colonización o de una invasión injusta, pero no en el de una secesión. 30. En consecuencia, no es moral cualquier modo de propugnar la independencia de cualquier grupo y la creación de un nuevo Estado, y en esto la Iglesia siente la obligación de pronunciarse ante los fieles cristianos y los hombres de buena voluntad. Cuando la voluntad de independencia se convierte en principio absoluto de la acción política y es impuesta a toda costa y por cualquier medio, es equiparable a una idolatría de la propia nación que pervierte gravemente el orden moral y la vida social. Tal forma inmoderada de "culto" a la nación es un riesgo especialmente grave cuando se pierde el sentido cristiano de la vida y se alimenta una concepción nihilista de la sociedad y de su articulación política. Dicha forma de "culto" está en relación directa con el nacionalismo totalitario y se encuentra en el transfondo del terrorismo de ETA. 31. Por nacionalismo se entiende una determinada opción política que hace de la defensa y del desarrollo de la identidad de una nación el eje de sus actividades. La Iglesia, madre y maestra de todos los pueblos, acepta las opciones políticas de tipo nacionalista que se ajusten a la norma moral y a las exigencias del bien común. Se trata de una opción que, en ocasiones, puede mostrarse especialmente conveniente. El amor a la propia nación o a la patria, que es necesario cultivar, puede manifestarse como una opción política nacionalista. La opción nacionalista, sin embargo, como cualquier opción política, no puede ser absoluta. Para ser legítima debe mantenerse en los límites de la moral y de la justicia, y debe evitar un doble peligro: el primero, considerarse a sí misma como la única forma coherente de proponer el amor a la nación; el segundo, defender los propios valores nacionales excluyendo y menospreciando los de otras realidades nacionales o estatales. Los nacionalismos, al igual que las demás opciones políticas, deben estar ordenados al bien común de todos los ciudadanos, apoyándose en argumentos verdaderos y teniendo en cuenta los derechos de los demás y los valores nacidos de la convivencia. 32. Cuando las condiciones señaladas no se respetan, el nacionalismo degenera en una ideología y un proyecto político excluyente, incapaz de reconocer y proteger los derechos de los ciudadanos, tentado de las aspiraciones totalitarias que afectan a cualquier opción política que absolutiza sus propios objetivos. De la naturaleza perniciosa de este nacionalismo ha advertido el Magisterio de la Iglesia en numerosas ocasiones. El nacionalismo en que se fundamenta la asociación terrorista ETA no cumple las condiciones requeridas para su legitimidad moral, puesto que necesita absolutizar sus objetivos para justificar sus acciones terroristas; pretende imponer por la fuerza sus propias convicciones políticas atropellando la libertad de los ciudadanos; y llega a eliminar a los que tienen otras legítimas opciones políticas. Por todo ello, el nacionalismo de ETA es un nacionalismo totalitario e idolátrico. El nacionalismo totalitario de ETA considera un valor absoluto el "pueblo independiente, socialista y lingüísticamente euskaldún", todo ello además interpretado ideológicamente en clave marxista, ideología a la cual ETA somete todos los demás valores humanos, individuales y colectivos, menospreciando la voluntad reiteradamente manifestada por la inmensa mayoría de la población. 33. La organización terrorista ETA enarbola la causa de la libertad y de los derechos del País Vasco, al que presenta como una nación sojuzgada y anexionada a la fuerza por poderes extranjeros de los que sería preciso liberarla. Ésta es la causa que considera como supuestamente justificadora del terror que practica. Sin embargo, el nacionalismo de ETA y de sus colaboradores ignora que todo proyecto político, para merecer un juicio moral positivo, ha de ponerse al servicio de las personas y no a la inversa. Es decir, que la justa ordenación de las naciones y de los Estados nunca puede constreñir ni vulnerar los derechos humanos fundamentales, sino que los tutela y los promueve. De modo que no es moralmente aceptable ninguna concepción para la cual la nación, el Estado o las relaciones entre ambos se pongan por encima del ejercicio integral de los derechos básicos de las personas.La pretensión de que a toda nación, por el hecho de serlo, le corresponda el derecho de constituirse en Estado, ignorando las múltiples relaciones históricamente establecidas entre los pueblos y sometiendo los derechos de las personas a proyectos nacionales o estatales impuestos de una u otra manera por la fuerza, dan lugar a un nacionalismo totalitario, que es incompatible con la doctrina católica. 34. Por ser la nación un hecho, en primer lugar, cultural, el Magisterio de la Iglesia lo ha distinguido cuidadosamente del Estado. A diferencia de la nación, el Estado es una realidad primariamente política; pero puede coincidir con una sola nación o bien albergar en su seno varias naciones o entidades nacionales. La configuración propia de cada Estado es normalmente fruto de largos y complejos procesos históricos. Estos procesos no pueden ser ignorados ni, menos aún, distorsionados o falsificados al servicio de intereses particulares. 35. España es fruto de uno de estos complejos procesos históricos. Poner en peligro la convivencia de los españoles, negando unilateralmente la soberanía de España, sin valorar las graves consecuencias que esta negación podría acarrear, no sería prudente ni moralmente aceptable.La Constitución es hoy el marco jurídico ineludible de referencia para la convivencia. Recientemente, los obispos españoles afirmábamos: "La Constitución de 1978 no es perfecta, como toda obra humana, pero la vemos como el fruto maduro de una voluntad sincera de entendimiento y como instrumento y primicia de un futuro de convivencia armónica entre todos". Se trata, por tanto, de una norma modificable, pero todo proceso de cambio debe hacerse según lo previsto en el ordenamiento jurídico. Pretender unilateralmente alterar este ordenamiento jurídico en función de una determinada voluntad de poder, local o de cualquier otro tipo, es inadmisible. Es necesario respetar y tutelar el bien común de una sociedad pluricentenaria.
Conclusión La esperanza no defrauda (Rm 5, 5)
36. Hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 4,19). Con esta libertad hablaban los primeros cristianos ante los jueces que les imponían silencio. Actuaban como personas realmente liberadas por Cristo del pecado, y por eso no se sentían atemorizados por nadie ni por nada: ni por los poderosos, ni siquiera por la muerte. Hemos querido escribir esta Instrucción con esa misma libertad. Deseamos animar así a todos los cristianos a ejercer la libertad para la que Cristo nos ha liberado (cf. Ga 5, 1).37 . En el mundo tendréis tribulaciones. Pero, ¡ánimo!, yo he vencido al mundo (Jn 16,33). Las dificultades para acabar con el terrorismo y construir la paz son grandes. Los poderes que se hallan implicados en este grave problema, así como los sentimientos de rencor y confrontación que siguen provocando hacen de la solución del mismo un asunto tan arduo como urgente. Ante los signos persistentes de tensión social y de dificultad de convivencia, la Iglesia propone una verdad moral insoslayable. No será fácilmente comprendida por algunos. Pero sin la verdad no será posible la paz. Además, es necesario que todos nos comprometamos en la construcción de la paz. Construir la paz es tarea de todos y de cada uno. Hacemos un llamamiento especial a los educadores (padres, catequistas, profesores y maestros) para que pongan todo su empeño en la noble tarea de formar a las generaciones más jóvenes, advirtiéndoles de la maldad del terrorismo y animándoles a construir una sociedad donde se vivan los principios morales que garanticen el respeto sagrado a la persona.38. La primera responsabilidad de la Iglesia es anunciar que sólo en Jesucristo encuentra el hombre la salvación plena. Educar para la paz que nace del encuentro con el Señor y con la Iglesia es una tarea urgente, especialmente entre los más jóvenes. Así como donde anida la semilla de la ideología terrorista se esteriliza la vida cristiana, donde, en cambio, crece y madura la pertenencia a la Iglesia de Jesucristo prevalece el amor a los demás, el deseo sincero de paz y de reconciliación. La pertenencia a la Iglesia y la educación en la fe no son maduras mientras no se expresen en un discernimiento moral acertado de situaciones tan graves como la del terrorismo. Este discernimiento es una muestra del vigor y coherencia de la fe profesada. 39. Ante el terrorismo de ETA, la Iglesia proclama de nuevo la necesidad de la conversión de los corazones como el único camino para la verdadera paz. La valoración moral que hemos propuesto se ha de comprender dentro de esta llamada explícita a la conversión, que es sólo posible una vez reconocida la maldad intrínseca del terrorismo y una vez gestada la voluntad expresa de reparar los perniciosos efectos que causa su actividad. 40. Ante cualquier problema entre personas o grupos humanos, la Iglesia subraya el valor del diálogo respetuoso, leal y libre como la forma más digna y recomendable, para superar las dificultades surgidas en la convivencia. Al hablar del diálogo no nos referimos a ETA, que no puede ser considerada como interlocutor político de un Estado legítimo, ni representa políticamente a nadie, sino al necesario diálogo y colaboración entre las diferentes instituciones sociales y políticas para eliminar la presencia del terrorismo, garantizar firmemente los legítimos derechos de los ciudadanos y perfeccionar, en lo que sea necesario, las formas de organizar la convivencia en libertad y justicia. 41. La Iglesia en España, reconociendo y agradeciendo el esfuerzo de todos los que trabajan por una mejor convivencia, ofrece su contribución a esta tarea llevando a cabo las acciones específicas de su misión pastoral. En cuanto depositaria y administradora de los bienes de la salvación, que ha recibido de su Señor, corresponde a la Iglesia sanar las enfermedades morales que provoca el fenómeno terrorista. En el sacramento de la Eucaristía, de modo especial, los cristianos se encuentran con Cristo, quien los introduce en su comunión, escuela de caridad sin fronteras, de paz inquebrantable y de reconcialición de los hombres entre sí y con Dios. Las comunidades cristianas, encontrando su fuerza en la Eucaristía, deben ofrecerse como centros de comunión de las personas, donde se rechace sin equívocos el terrorismo, y donde se comparta la fe capaz de abrir a quienes la profesan a la fraternidad entre los hombres y entre los pueblos, con una cercanía, ayuda y solidaridad especial con las víctimas del terrorismo. 42. Entre las primera obligaciones de los cristianos y de sus comunidades se encuentra este acompañamiento y atención pastoral de las víctimas del terrorismo. Es una exigencia de justicia y de caridad estar a su lado y atender las necesidades y justas reclamaciones de las personas y de las familias que han sufrido el zarpazo del terrorismo. Sentimos como propia la preocupación de los que viven en un estado constante de amenaza o de presión violenta, conscientes de que ignorar la realidad de las ofensas padecidas es pretender un proceso ilusorio, incapaz de construir una convivencia en paz. 43. La Iglesia, además, guiada por el Espíritu de Jesucristo, se sabe necesitada siempre de la gracia, y acude constantemente a la fuente de la misericordia y del perdón, que es Dios. Al mismo tiempo, invita continuamente a ofrecer y recibir el perdón, consciente de que «no hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón». El perdón no se contrapone a la justicia, porque no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado. Por el contrario, el perdón conduce a la plenitud de una justicia que pretende la curación de la heridas abiertas. El perdón que puede alcanzar la paz verdadera es un don de Dios, por eso se ha de pedir en la oración: «La oración por la paz no es un elemento que "viene después" del compromiso por la paz. Al contrario, está en el corazón mismo del esfuerzo por la edificación de una paz en el orden, en la justicia y en la libertad. Orar por la paz significa abrir el corazón humano a la irrupción del poder renovador de Dios». No puede haber una pastoral de la paz sin momentos fuertes de oración, personales y comunitarios. 44. La esperanza no defrauda (Rom 5,5). Ésta es la convicción que mueve a la Iglesia. Nuestra esperanza descansa en la misericordia de Dios, único capaz de tocar el corazón de los hombres, infundiéndoles sentimientos de paz. «La esperanza que sostiene a la Iglesia es que el mundo, donde el poder del mal parece predominar, se transforme realmente, con la gracia de Dios en un mundo en el que puedan colmarse las aspiraciones más nobles del corazón humano; un mundo en el que prevalezca la verdadera paz». Convocamos, una vez más, a los que han recibido el don de la fe a la oración pública y privada por la paz; a la oración por las víctimas del terrorismo y por sus familiares, y por los propios terroristas; a la oración para que Dios otorgue sabiduría y fortaleza a los gobernantes en sus decisiones y acciones; a la oración por la conversión de los corazones. "Que se eleve desde el corazón de cada creyente, de manera más intensa, la oración por todas las víctimas del terrorismo, por sus familias afectadas trágicamente y por todos los pueblos a los que el terrorismo y la guerra continúan agraviando e inquietando. Que no queden fuera de nuestra oración aquellos mismos que ofenden gravemente a Dios y al hombre con estos actos sin piedad: que se les conceda recapacitar sobre sus actos y darse cuenta del mal que ocasionan, de modo que se sientan impulsados a abandonar todo propósito de violencia y buscar el perdón. Que la humanidad, en estos tiempos azarosos, pueda encontrar paz verdadera y duradera, aquella paz que sólo puede nacer del encuentro de la justicia con la misericordia"
CORPUS CHRISTI 2006 Alocución del Sr. Cardenal Arzobispo en la Plaza de Zocodover Hermanos y hermanas, amigos todos: Como es tradicional, en la toledana plaza de Zocodover, tan bellamente engalanada, hacemos un alto en el camino de la solemne procesión del Corpus Christi. Como recordaba el año pasado el Papa, en un momento como éste, "la fuerza del sacramento de la Eucaristía va más allá de las paredes de nuestras iglesias. En este sacramento, el Señor está siempre en camino hacia el mundo. Este aspecto universal de la presencia eucarística se aprecia en la procesión de nuestra fiesta. Llevamos a Cristo, presente en la figura del pan, por las calles de nuestra ciudad. Encomendamos estas calles, estas casas, nuestra vida diaria, a su bondad. Que nuestras calles sean calles de Jesús. Que nuestras casas sean casas para El y con El. Que nuestra vida de cada día esté impregnada de su presencia. Con este gesto, ponemos ante sus ojos los sufrimientos de los enfermos, la soledad de los jóvenes y de los ancianos, las tentaciones, los miedos, toda nuestra vida. La procesión quiere ser una gran bendición pública para nuestra ciudad: Cristo es, en persona, la bendición divina para el mundo. Que su bendición descienda sobre todos nosotros" (Benedicto XVI), descienda sobre la ciudad de Toledo y sobre todos los pueblos de la diócesis, descienda sobre España y todos sus pueblos, descienda sobre el mundo entero y la Iglesia presente en todos los rincones de la tierra. No me cansaré nunca de repetirlo, hermanos: ¡Cómo necesitamos de la Eucaristía siempre y especialmente en los momentos cruciales que estamos viviendo! ¡Cómo la necesitamos para ofrecer al mundo el testimonio de santidad de vida que los hombres están en el fondo demandando, el testimonio de la verdad que se realiza y expresa en el amor! Es preciso, urge y apremia que los cristianos hagamos de la Eucaristía el centro de nuestra vida, el alimento de nuestro humano vivir. Así seremos, en Toledo, o en cualquier parte, como Dios nos pide, una Iglesia evangelizadora, una Iglesia que quiere abrir de par en par los brazos a toda persona y a toda familia, y penetrar como levadura de caridad en todo ámbito social, de trabajo, de sufrimiento, de arte o de cultura, anunciando y testimoniando a cercanos y lejanos que el Señor les ama, que Cristo ha muerto y ha resucitado por ellos. Hermanos y hermanas queridísimos de esta ciudad de Toledo, que Dios nos libre de la tentación del secularismo reinante; no os dejeis turbar en vuestro corazón por los temores o la perplejidad. Al contrario, contando no con las propias fuerzas humanas, sino con la gracia de Dios que se nos entrega en la eucaristía, con el amor y la vida que se nos dan en el Cuerpo y la Sangre del Señor, llevemos a nuetros hogares, a nuestros vecinos, a nuestros pueblos y a nuestras gentes el Evangelio de la esperanza y del amor. Seamos testigos del amor y de la verdad presentes en este misterio eucarístico, llevemos, por tanto a todos lo que aquí celebramos: al Señor resucitado, la riqueza que se nos da, Cristo entregado por nosotros para que seamos uno, para que nos amemos con el mismo amor con que El nos ha amado, hasta el extremo. Así podremos incidir en la cultura, en los modos de vivir, en las expectativas, esperanzas y proyectos de la comunidad ciudadana. Iglesia que estás en Toledo, el Señor te ama con un amor sin condiciones. La prueba de este amor es el Cuerpo de Cristo. Sé tu misma, Iglesia que brota, nace y crece por la Eucaristía: comunica a todos la buena noticia de este amor. No te lo calles. Colabora estrechamente en la obra evangelizadora. Sé testigo de la verdad y de la unidad. Reaviva por la Eucaristía tus fuerzas para vivir santamente con la perfección de la caridad y anunciar vigorosamente el Evangelio de la caridad en vuestras familias y en el mundo del trabajo y del tejido social. Aporta energías frescas y nuevas al servicio de esta gran empresa que es el que los hombres crean, el que los hombres vean y palpen cómo Dios los ama, el que los hombres puedan acercarse al misterio de la Eucaristía y participar así del don inmenso del Hijo de Dios que se entrega por nosotros para que tengamos vida. Toledo, la del Corpus Christi, la que no se entendería sin este día, sin el misterio que celebramos, arraigada en la fe y en la participación de la Eucaristía mantén vivas tus raíces cristianas que tan patentes quedan en tu admirable y "envidiable patrimonio, que denota una brillante historia, imbuida de valores cristianos y enriquecida también por la vida de eximios testigos del Evangelio". Aunque ignoraras u olvidaras estas raíces tuyas, cosa improbable porque son muy hondas y vigorosas, ten por seguro, Toledo, que tus piedras hablarían de esa fe que te sustenta, inseparable de Cristo. Fiel a estas raíces tuyas, fiel a tu raigambre secular y a tu singular tradición eucarística mantén vivo tu vínculo con la fe católica, que está en lo más profundo y auténtico de tu identidad como pueblo. Tu historia de fe no es para recordar un pasado o para repetirlo, sino para ofrecer hoy el ejemplo a seguir y mejorar en el futuro. Es necesario, fundaemntada en cuanto se significa en esta fiesta que celebramos en la entraña más profunda toledana, que sepamos; "recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por el profundo amor al hombre hermano. Para sacar ahí fuerza renovada que os haga siempre infatigables creadores de diálogo y promotores de justicia, alentadores de cultura y elevanción humana y moral del pueblo. En un clima de respetuosa convivencia con las otras legítimas opciones", mientras exigimos el justo respeto de las nuestras (Juan Pablo II). La fe de la Iglesia que hoy proclamamos en los templos y en las calles, en su más profundo centro eucarístico, nos impulsa a los creyentes a amar la justicia y participar honestamente en la vida pública o profesional con sentido de respeto y solidaridad para promover orgánica e institucionalmente el bien común; esta misma fe nos compromete en la "promoción y defensa de los derechos humanos, en la afirmación de la dignidad de la persona en su integridad, en cualquier lugar o situación en que se encuentre"; la fe que profesamos ha de llevarnos a "poner todo nuestro empeño, con los medios que le son propios, en que ninguno de esos derechos sea violado o excluído tanto por parte de los indivíduos como de las instituciones. Por eso, la Iglesia proclama sin reservas el derecho primordial a la vida, desde su concepciión hasta su ocaso natural, el derecho a ser, a formar y vivir en familia, sin que ésta se vea suplantada u ofuscada por otras formas o instituciones diversas". El próximo encuentro mundial de las familias con el Papa será una oportunidad para poner de relieve "la belleza y la fecundidad de la familia fundada en el matrimonio, su altísima vocación y su imprescindible valor social". "La Iglesia insiste también enm el derecho inalienable de las personas a profesar sin obstáculos, tanto pública como privadamente, la propia fe religiosa, así como el derecho de los padres a que sus hijos reciban una educación acorde con sus propios valores y creencias, sin discriminación o exclusión explícita o encubierta" (Benedicto XVI). A todo ello nos convoca nuestra fe que tiene su centro, su fuente y su culmen en la Eucaristía. La misma Eucaristía, el Cuerpo de Cristo que está recorriendo nuestras calles, nos impulsa también a evangelizar. No olvidamos que "dentro de su misión evangelizadora, la Iglesia también tiene como tarea propia la acción caritativa, la atención a cualquier necesitado que espera con mano amiga, fraterna y desinteresada que alivie su situación. Esta labor encuentra en su camino personas e instituciones de cualquier procedencia sensibles al deber de socorrer al desvalido quien quiera que sea" (Benedicto XVI). Que Dios nos conceda avivar esta fe, porque es también garantía de servicio pleno a la humanidad y su futuro.
Homilía del Sr. Cardenal Arzobispo en la S. I. Catedral Primada Queridos hermanos Obispos, sacerdotes y diáconos, estimadas y dignas autoridades, muy ilustres miembros de las Hermandades, Cofradías y Capítulos aquí presentes, muy queridos religiosos, religiosas y personas consagradas, seminaristas, movimientos apostólicos, asociaciones de fieles sacramentales y adoración al Santísimo Sacramento, queridísimos enfermos imagen viva del Señor, queridos todos hermanos y hermanas en el Señor: En la fiesta de Corpus Christi la Iglesia vive el misterio de la Cena del Señor a la luz de la Resurrección. "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo". Había deseado ardientemente -deseo de Dios- que llegase este momento de entregarse enteramente, para siempre, y convertirse para siempre en nuestro. Y, por ello, toma el pan: "Esto es mi cuerpo entregado por vosotros". Y después el caliz con el vino: "Es la nueva Alianza en mi sangre derramada por vosotros". El Cuerpo de Cristo "por vosotros", "por nosotros": Ahí está todo. Ahí está nuestra esperanza, la esperanza para el mundo entero. "Por vosotros", ese es el amor de Jesús que nos redime y nos salva. "Haced esto en conmemoración mía"; "Amaos unos a los otros como yo os he amado". ¡Qué maravilla y qué grandeza lo que hoy, lo que aquí en el misterio eucarístico, el Corpus Christi, se nos ofrece y se nos da!: La carne de Cristo, el Hijo de Dios, para la vida del mundo; quien come esta carne vivirá para siempre, tiene en él la vida eterna, participa del triunfo glorioso de nuestro Señor crucificado y resucitado sobre el pecado y sobre la muerte. Que Dios nos conceda creer de verdad lo que aquí acontece en el misterio de la Eucaristía. En el misterio del Cuerpo y de la Sangre de Cristo está la síntesis de la revelación, el culmen de la condescencia con que la Santa e indivisible Trinidad se ha comunicado a los hombres. En el misterio eucarístico, memorial del misterio pascual, se cumplen todas las esperanzas de la humanidad: Cristo es esta esperanza única para todos los pueblos y para todas las gentes, en todos los tiempos y lugares. Aquí está Cristo en persona, el mismo ayer, hoy y siempre; aquí se nos entrega a Cristo mismo en persona. Y, gracias a Cristo, podemos tener acceso a Dios y recibir la promesa de la herencia y de la vida eterna. Gracias a Cristo podemos obtener el perdón y la misericordia por nuestros pecados. Gracias a Cristo podemos gozar de una alianza eterna, que nada ni nadie podrá romper, y que nos garantiza la salvación definitiva. Gracias a Cristo podemos conocer la verdad de Dios y la verdad del hombre y alcanzar la grandeza de nuestra vocación y nuestra dignidad más elevada. Gracias a Cristo podemos amarnos con el mismo amor con que El nos ha amado. Esto es posible por la Eucaristía, fuente verdadera de donde mana este amor y la posibilidad de este amor. Aquí se hace presente verdaderamente el amor sin medida con el que Dios ha amado y ama a los hombres en su Hijo y aquí nos llama a que nosotros hagamos lo mismo que El: amarnos hasta el extremo. Así, si la Iglesia nace de la entrega de Cristo, que ama hasta dar la vida, sólo dando la vida se realiza la Iglesia y cada bautizado. La Eucaristía es, por eso, la forma de vivir que un cristiano y toda la Iglesia deben aceptar para sí. Vivir como cristianos es vivir eucarísticamente, haciendo de nuestra vida una ofrenda, un sacrificio agradable al Padre, como agradable fue el sacrificio de Cristo, en la entrega total, en la caridad sin reserva en favor de los hombres. Por eso la caridad es lo que constituye el principio vital de la Iglesia, Cuerpo del Señor. Por eso también nos recuerda san Pablo: "Si no tengo caridad, nada soy... Si no tengo caridad, nada me aprovecha" (l Cor 13,23). Como Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, Dios con nosotros, con su propio amor, amor de Dios humanado, la caridad cristiana nos llama a entregarnos a todos, singularmente y con amor de predilección a los pobres, los desgraciados, los miserables, los pecadores; nos lleva a compartir cuanto somos y tenemos con quienes lo reclaman desde cualquier necesidad; nos conduce a establecer unas relaciones humanas nuevas apoyadas en el amor de Dios y que es Dios; unas relaciones apoyadas en el respeto a la dignidad de cada ser humano y a la defensa del débil, del inocente y del indefenso. La caridad nos compromete a los cristianos a instaurar un mundo nuevo y reclama de nosotros que nos empeñemos auxiliados por la gracia divina, en las circunstancias actuales, en lograr algo cada vez más urgente y necesario: la unidad de todos. Los cristianos debemos centrarnos en la Eucaristía, hacer de ella la fuente y el culmen de la vida cristiana. Aspirar a la caridad, hacer de ella la norma de nuestra vida, vivir la caridad, llevar a cabo la instauración de un mundo nuevo que exige la caridad como la forma propia del vivir cristiano, está exigiendo que los cristianos vivamos profundamente el misterio de la Eucaristía. Sólo quien se alimenta de Cristo, caridad de Dios, amor de Dios hecho carne, puede entregar ese amor a los demás; sólo quien vive a Cristo y de Cristo, quien se une a El, puede entregarlo a los demás, y con El y como El ser el buen samaritano que se acerca al malherido y maltrecho para curarlo. Sólo quien participa en la Eucaristía, quien vive todo lo que significa y es el misterio eucarístico se capacita para hacer de su vida una entrega de sí mismo y de sus cosas a los demás, es decir, un darse real y enteramente a todos. La Eucaristía es la gran escuela del amor fraterno. Quienes comparten frecuentemente el pan eucarístico deben comprometerse en construir todos juntos la civilización el amor. La Eucaristía nos conduce a vivir como hermanos; nos reconcilia y nos une; no cesa de enseñar a los hombres la importancia decisiva de una moral fundada sobre el amor, la generosidad, el perdón, la confianza en el prójino, la gratitud, el respeto a la vida, la edificación de la paz. Si el pueblo cristiano se centra más y más en la Eucaristía, tened por seguro que se abrirá una aurora de paz y de respeto a la vida en todas las fases de su existencia y en cualquier circunstancia y lugar. Hacia el misterio eucarístico del Cuerpo y de la sangre de Cristo ha de dirigirse nuestra mirada y nuestro corazón, la de cada uno, la de todas las comunidades, la de la diócesis entera. Sacramento por excelencia del misterio pascual, ha de estar en el centro de la vida eclesial, de nuestra diócesis y de todas las parroquias y comunidades eclesiales. En la Eucaristía es donde se vive en toda verdad y densidad la experiencia de Dios. Cristo vivo, Hijo de Dios y Dios con noostros, en presona, realmente presente en la Eucaristía, nos adentra en la más genuina y real experiencia de Dios. Cuantos formamos la Iglesia no viviremos cuanto entraña la experiencia cristiana de Dios si no participamos, celebramos y vivimos, como se requiere en la Eucaristía. Necesitamos celebrarla y vivirla, participar de ella y vivir de ella, para vivir y fortalecer la experiencia de Dios, para estar con Cristo, ser de Cristo y vivir de Él. Hay que celebrar el misterio del Amor eucarístico para insertarlo más profundamente en la vida y en la historia de nuestro pueblo, sediento de Dios, de los valores del espíritu, así como de la solidaridad y la justicia. Necesitamos la Eucaristía porque ésta es fuente y hontanar, horizonte y meta de toda evangelización. Es necesario, urgente e imprescindible siempre, pero de modo particularmente apremiante en los momentos que vivimos, el sucitar cada vez más en las conciencias de los creyentes la fe y el asombro, la adoración más viva ante este gran sacramento. Hay que recordar así mismo que "el cristiano no debe considerar la participación en la misa dominical como una imposición o un peso, sino como una necesidad y una alegría. Reunirse juntamente con los hermanos y hermanas, escuchar la palabra de Dios y alimentarse de Cristo, inmolado por nosotros, es una hermosa experiencia que da sentido a la vida e infunde paz en el corazón. Sin el domingo los cristianos no podemos vivir. Por eso los padres deben ayudar a sus hijos a descubrir el valor y la importancia de la respuesta a la invitación de Cristo, que convoca a toda la familia cristiana a la misa dominical" (Benedicto XVI). Ahí tenemos fuente segura de fortalecimiento de la familia cristiana y garantía de transmisión de la fe a las nuevas generaciones, tan apremiante en nuestros días, como nos recordará el Papa Benedicto en el próximo Encuentro Mundial de las familias, en Valencia, al que, una vez más, os convoco e invito a toda la comunidad diocesana. Que Dios nos conceda fortalecer nuestra fe en el Misterio Eucarístico, que aumente en todos el sentido de la adoración eucarística y avive la necesidad en todos de venir a estar con Él junto al Sagrario, que de vigor y fuerza a nuestra caridad brotada del hontanar del Cuerpo y Sangre de Cristo. Pongamos ante su mirada todas las expectativas y necesidades del mundo.
Alocución del Sr. Cardenal Arzobispo, en la Plaza de Zocodover Hermanos, ante Cristo sacramentado, ante su sacratísimo Cuerpo, con la mirada puesta en Él en esta plaza de Zocodoer, entraña de Toledo, reavivemos la certeza de que El es la Vlda, el Camino, y la Verdad. Que Él, como cantamos en esa bellísima canción hispana, es el Amor de los Amores. Es Dios mismo, que es amor; Él está aquí. Ante tantas y tantas necesidades de los hombres, ante tantos y tantos sufrimientos, ante tantas y tantas búsquedas hondas y grandes preguntas del corazón del hombre avivemos la certeza de que Cristo es el verdadero rostro de Dios, y profundicemos en esta certeza y en el gozo de conocerlo y de ser así servidores del futuro del mundo, del futuro de todo hombre. Que Dios nos conceda crecer en esta certeza en una relación personal y cada día más profunda con el Señor. En verdad es importanmte una reflexión sincera que convenza incluso racionalemnte, pero sobre todo ,es necesario que esa certeza se convierta en propia de cada uno, fuerte y exigente en virtud de una amistad vivida personalmente con Cristo, realmente presente en el sacramento de la Eucaristía. Esto es lo fundamental, esto es lo nuclear. En el sacramento de la Eucaristía, Cristo realmente presente y vivo, lo tenemos todo. Ahí está el centro de nuestra fe, de nuestra vida ristiana, la verdad de Dios y del hombre. Ahí está todo el Amor y la Vida que el hombre necesita; ahí está Dios que es Amor, sin el que el hombre no puede vivir. No hay que enredarse en muchos aspectos, que, por importantes que sean, pudieran dejar al hombre de nuestro tiempo, desgarrado y dividido por tantos fragmentos de verdad, sin encontrar todavía su tan necesitada unidad y sin hallar aquello esencial que requiere para dar sentido a su vida y orientar su existencia por el camino certero de la verdad. En Cristo, en el Cuerpo de Cristo, en el pan de Vida, que hoy estamos adorando y escuchando, contemplando y siguiendo, tenemos el núcleo de la fe yal fondo de la realidad del hombre. Ahí encontramos eL corazón de la fe cristiana, la imagen cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. En Cristo, HJijo de Dios vivo, hecho Eucaristía, cuerpo, carne, pan entregado por nosotros, se nos muestra yiofrece a los cristianos, por pura gracia y don de Dios, la entraña, esencia o novedad del cristianismo, es cierto; pero inseparablemente se nos ofrece, no sólo a los cristianos, sino además a todo hombre de buena voluntad, lo que concierne a todos, lo que es válido y universal, lo que es decisivo a todo hombre ya la comunidad humana en cuanto tal, lo que está en el fundamento: El amor, la verdad que se realiza en el amor. Como dice, Benedicto XVI, en su primera encíclica, la palabra "amor" "se ha convertido hoy en una de las palabras más utilizadas y también de las que más se abusa, a la cual damos acepciones totalmente diferentes" (n. 2). El Papa nos ha mostrado con esa carta que en el centro de su pontificado pone el amor, "del cual Dios nos colma, y que nosotros debemos comunicar a los demás" (n.l). Ésta es la clave de todo: el amor, el amor cristiano. Dirá el Papaya en la introducción: "Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (n.l). No es una idea, no es un conjunto de valores, no son las soluciones de la ciencia y de la técnica, dirá el Papa en el conjunto y en el fondo de la Encíclica, la que nos salvan y sean capaces de responder a los grandes desafíos de nuestro tiempo, sino un acontecimiento, una Persona, en quien hemos conocido el amor: "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en Él tengan vida eterna" (Cf Jh 3,16); ahí, en Él, se esclarece la verdad de Dios y la verdad del hombre y se nos descubre la grandeza de ser hombre y de nuestra vocación de hombres (Cfr GS 42). Ante un mundo tan falto y necesitado de amor -a la vista está- como es el nuestro, con tan "grandes problemas de humanidad, el Papa dirá con toda sencillez y libertad que "el amor de Dios por nosotros es una cuestión fundamental para la vida y plantea preguntas decisivas sobre quién es Dios y quiénes somos nosotros" (n.2). A partir de ahí y en ese Amor que se ha hecho hombre, el Papa nos muestra que la equivocidad con que se utiliza en nuestros días el término "amor" ya pesar de la diversidad de sus manifestaciones, y de las ideas o concepciones abstractas sobre él, el amor, en último término es uno sólo: el amor de Dios encarnado, donde radica, a su vez, la originalidad misma del cristianismo. No consiste ésta originalidad, o novedad en "nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito" (n.12). Por eso, añadirá "poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan, ayuda a comprender lo que ha sido el punto de partida de esta Carta encíclica: 'Dios es amor'. Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta ve,rdad. Y a partir de allí se debe definir qué es el amor. Y desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar" (n. 12), en el que, en modo alguno, son separables el amor de Dios y el amor a los hombres, como dan test'imonio los santos, enseña de la verdad del hombre. "No se trata ya, dirá el Papa, de un 'mandamiento' externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor" (n. 18). Ahí, en la custodia de Arfe, incapaz a pesar de su grandeza y belleza de contenerle, lo tenemos, ahí tenemos el Amor, Cristo el Señor. Porque en esto hemos conocido el amor: en que Dios ha enviado a su Hijo en carne, y se ha hecho Enmanuel, Dios-connosotros, con los hombres para siempre irrevocablemente. "¿Quién podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Crristo?". Ahí está el futuro y la esperanza para una humanidad que necesita el verdadero amor.
Homilía del Sr. Cardenal Arzobispo en la S. I. Catedral Primada Queridos hermanos Obispos, queridos hermanos sacerdotes y diáconos, muy estimadas y respetadas autoridades, quEridos todos, hermanos y hermanas en el Señor: Esta bellísima inigualable ciudad de Toledo, hoy aún más bella porque se prepara engalanada y aromatizada al paso de su Señor por sus calles y plazas; los fieles que hoy se acercan aquí o que nos siguen desde sus casas, ponen su mirada fija y gozosa en Jesucristo, hecho pan de vida por nosotros. Hoy, con emoción renovada, cantamos al Amor de los amores, porque Dios está aquí. Nos ha sido dado a conocer y sabemos con certeza, la certeza de la fe, la mayor de las certezas, que, en el pan y vino eucarístico, el Señor, Cristo Jesús, "está realmente presente entre nosotros. Su presencia no es estática. Es una presencia dinámica, que nos aferra para hacernos suyos, para asimilarnos a Él. Cristo nos atrae a sí, nos hace salir de nosotros mismos para hacer de todos nosotros uno con El. De este modo nos inserta también en la comunidad de los hermanos, y la comunión con el Señor siempre es también comunión con las hermanas y los hermanos. Y vemos ia belleza de esta comunión que nos da la santa Eucaristía" (Benedicto XVI). Porque qué gran belleza, qué gran hermosura, incomparable belleza y hermosura, la de estar todos, tan diversos, de tantas procedencias y maneras de pensar, en situaciones particulares tan distintas para unos y otros y, sin embargo, unidos en una unidad en torno al Señor, presente en persona, con su cuerpo y alma, con su divinidad entera, en el Pan de la Eucaristía. En esta fiesta de la ciudad de Toledo, tan honda, viva e históricamente eucarística, y como presurosa de celebrar ya con anticipo el Misterio que litúrgicamente celebraremos el domingo con el resto de los pueblos de España, y aun de la misma diócesis, confesamos y ratificamos con nuestra fe y nuestra presencia todos juntos que son verdad aquellas claras e inequivocas palabras de Jesús, cuando las gentes le buscaban después de multiplicar los panes: "Os aseguro que sí no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros" (Jn 6,53). Con esta fiesta tan maravillosa de Toledo, única ciertamente, estamos proclamando que es verdad que Cristo nos da a comer su carne y su sangre, que se nos hace supremamente cercano al dársenos como pan de vida y bebida de salvación, que Él es Dios con nosotros, que tenemos necesidad de un Dios cercano, que estamos llenos de alegría porque nuestra necesidad de Dios, de su amor, de su vida, de su piedad y misericordia, de su perdón y su gracia, quedan en verdad saciadas. Por eso estamos dichosos, por eso desbordamos de alegría, por eso lo exteriorizamos con honda y religiosa piedad, a veces contenida, o con tan finos adornos de nuestras calles, con tanta grandeza en la procesión o con tanta e incomparable hermosura de la custodia de nuestra Catedral metropolitana obra del orfebre Arfe, a la que incorporó el viril extraordinario regalo de la Reina Isabel, que fue tan vivamente eucarística. En aquel discurso, inolvidable jamás, del Pan de Vida, Jesús afirmó y aseguró una y otra vez que El era el Pan vivo bajado del cielo, y quien le come a Él, quien come este Pan, quien come su Carne, no perecerá, no les sucederá como a los israelitas del desierto que también comieron un pan bajado del cielo, el maná, anuncio, símbolo y promesa del Pan de Vida que había de bajar del Cielo: Él mismo, Hijo único de Dios venido en carne. Ante el murmullo de protesta, por las palabras "si no coméis mi carne, no tendréis vida", "Jesús habría podido conformarse con palabras tranquilizadoras: Habría podido decir: "Amigos míos, no os preocupéis. He hablado de carne, pero sólo se trata de un símbolo. Lo que quiero decir es que se trata sólo de una comunión de sentimientos". Pero no, Jesús no recurrió a esa dulcificación. mantuvo firme su afirmación, todo su realismo, a pesar de la defección de muchos discípulos (cf. Jn 6,66). Más aún se mostó dispuesto a aceptar incluso la defección de sus mismos apóstoles, con tal de no cambiar para nada lo concreto de su discurso; '¿También vosotros queréis marcharos?' (Jn 6,57), preguntó. Gracias a Dios Pedro dió una respuesta que también nosotros, hoy, con plena conciencia hacemos nuestra: 'Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna' (Jn 6,68). Tenemos necesidad de un Dios cercano, de Dios que se pone en nuestras manos y que nos ama" (Benedicto XVI). Sí queridos hermanos, tenemos necesidad de Dios, de Dios que es amor, Amor de los arnores, fuente de todo amor, del Dios verdadero, que ha mostrado su rostro en Jesucristo. Este Rostro que sufrido por nosotros, este Rostro de amor que transforma el mundo como se transforma el grano de trigo que cae en tierra y engendra vida, esperanza, amor fecundo que sacia el hambre del hombre. Tenemos la profundísima certeza, por eso estamos aqui, de que Cristo es la respuesta a la necesidad más profunda de todo hombre, que es la necesidad de Dios; tenemos la certeza de que sin el Dios concreto, el Dios con el Rostro de Cristo, el mundo se autodestruye; tenemos la certeza de que no es verdadero un racionalismo cerrado que piensa que solo el hombre, por sí sólo el hombre y nada más que el hombre, puede construir el verdadero mundo mejor. El hombre se autodestruye si Dios, el Dios revleado en el rostro de Cristo, que es amor, el mundo, el hombre se autodestruye. Hoy, ante el señor, ante la renovación del misterio eucarístico, ante el Cuerpo de Cristo, Rostro verdadero de Dios, contemplado y adorado, renovamos esta esperanzadora certeza: "Tú tienes,palabras de Vida eterna". Él es, en verdad, el pan de la Vlda, El es la Vida, El es la Verdad y sólo caminando sobre su senda andamos en la,dirección justa y debemos caminar y guiar a otros en esta, .misma dirección. Que Dios nos conceda avivar nuestra fe, fortalecerla en el Cuerpo de Señor', en su presencia en medio nuestro. Será garantía de futuro y esperanza para los demás, porque el Amor vivirá en nosotros. En este día quince de junio, la Iglesia celebra la memoria agradecida de Santa María Micalea del Santísimo Sacramento, fundadora de las Adoratrices, apasionada por el misterio eucarístico, que ella nos ayude a fortalecer esta fe y este amor a la Eucaristía que alimentó toda su vida y la hizo cpaz de entregarse a los más pobres y manifestar el amor de Dios hacia ellos. El amor a Cristo eucaristía fué el alma de su obra, como lo fue de la beata Teresa de Calcuta. Que Dios que ama a los hombres, suscite en nosotros un espíritu de amor que, alimentado y fortalecido por la Eucaristía, a imitación de santa maría Micaela, nos impulse también a nosotros encontrar al Señor, a Jesús, en los más pobres y en los más necesitados de su protección y de su misericordia. Será la mejor manera de celebrar este día tan solemnte, tan bello, tan extraordinario, y tan de Toledo.
Corpus Christi 2006 Celebramos la fiesta grande de Toledo: el Corpus Christi, a la que cada año queremos y debemos darle más solemnidad, destacando más y más el misterio eucarístico, centrando nuestra mirada y poniendo nuestro corazón y nuestra alma en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Lo que celebramos estos días, la razón de ser de esta fiesta, está en aquella noche que llegaba la «hora» de Jesús, aquella noche de la última cena de Jesús con los discípulos, en la que «habiendo amado a los suyos que estaban que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Tomando un trozo de pan, primero, y una copa llena de vino, después, nos dejó su testamento, que es la alianza nueva y definitiva en su cuerpo entregado por nosotros y en su sangre derramada por el perdón de los pecados de todos. Anticipaba de esta manera y perennizaba para siempre lo que pocas horas después iba a suceder de manera real y concreta en el acontecimiento único e irrepetible de su pasión y muerte redentoras. Ahí, en el Cuerpo de Cristo entregado por nosotros, la manifestación del amor de Dios y la entrega de su infinito amor a favor de los hombres llega a su plenitud y se consuma de una vez para siempre con carácter definitivo. En la trama misma del mal, hecho realidad histórica, palpable y terrible, en el misterio de su dolorosa y trágica pasión y cruz, se ha revelado enteramente, se ha entregado eficazmente y sin reserva alguna el amor infinito y entrañable de Dios que lo llena todo, así como su misericordia sin límites para con nosotros, míseros y pecadores. Ese amor nos ha salvado y permanece en la historia para siempre con toda su fuerza imperecedera y vivificadora. Jesús ha perpetuado, anticipándolo, este acto de suprema e irrevocable entrega mediante la institución de la Eucaristía. La salvación y la donación de amor de Dios acontece en la Eucaristía. A partir de ahí, en la Eucaristía y por ella, nos encontramos con el amor de Dios que no tiene límite, lo penetra y lo llena todo. Por la Eucaristía, Cristo, Nuestro Señor, nos introduce en su amor, nos incorpora a la comunión de amor y de vida con Él, nos hace «uno» con Él. La celebración del Cuerpo de Cristo nos remite a nuestra propia responsabilidad; nos remite al amor, a la igualdad y a la solidaridad; nos remite a la unidad; pero sobre todo nos evoca que el Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan para que nosotros mismos seamos transformados, es decir, lleguemos a ser Cuerpo de Cristo, sus consanguíneos, lleguemos a la entrega por todos y en servicio de todos, lleguemos a ser una sola cosa con Él y los demás. Él «está dentro de nosotros, y nosotros estamos con Él. Su dinámica nos penetra y desde nosotros quiere propagarse a los demás y extenderse a todo el mundo, para que su amor sea realmente la medida dominante en el mundo» (Benedicto XVI). En la sociedad concreta que vivimos, la dinámica del Cuerpo de Cristo nos lleva a que seamos transformados desde dentro por el amor de Jesucristo para introducir el amor en el mundo y acometer los problemas globales que se ciernen sobre la humanidad actual, y muy especialmente los que amenazan a los sectores más desheredados y marginados de la sociedad actual. Se trata de un amor real «de una solidaridad exigida por un mundo cada vez más interdependiente y en el que perduran situaciones de extrema pobreza, las cuales sientan las premi-sas de unas convivencias sociales cada vez más expuestas a las amenazas de innumerables violencias y de mil conflictos. Son esas situaciones que impiden, a su vez, la promoción de manera armónica y solidaria, de una sociedad en la que cada uno se sienta a cogido y amado. Son millones los niños, las mujeres y los hombres que sufren cotidianamente hambre, inseguridad y marginación en todo el mundo. Estas situaciones constituyen una grave ofensa a la dignidad humana y contribuyen a la inestabilidad social» (Juan Pablo II). Mientras el poder creciente del hombre tropiece contra el muro de las desigualdades y distancias entre los pueblos del Norte y del Sur, o de la insolidaridad ante las necesidades apremiantes y vitales de nuestros hermanos los hombres, o se manipule la vida, se la instrumentalice o se la elimine bajo el pretexto de la ciencia y de avances en su campo, las cosas no harán más que empeorar. El derribo de este muro, la superación de la violencia y de la insolidaridad, del odio y de la injusticia, y la implantación del amor es condición indispensable para que el hombre pueda justificar su dignidad de hombre. Para esto es necesario descubrir la grandeza y la verdad del hombre, la que descubrimos precisamente en el misterio eucarístico; en el Cuerpo de Cristo que se entrega por nosotros, en el amor que ahí se contiene y se nos da sin medida para que lo hagamos nuestro y se implante en el mundo y en las relaciones entre los hombres. Sólo el Amor, el que comemos y asimilamos en la Eucaristía, el del Cuerpo entregado por todos y la sangre derramada para la reconciliación y el perdón, nos abre al futuro; sólo el amor hará posible una humanidad nueva hecha de hombres nuevos, sólo el amor conlleva y conduce por sendas de esperanza. El servicio a los pobres y a los desheredados de la tierra, el amor fraterno hacia los más necesitados, la búsqueda de unidad más allá de toda separación, ha de ser prioritario para nosotros. Lo reclama el Cuerpo de Cristo entregado por nosotros para que nos amemos los unos a los otros como Él nos ha amado. Esto debería entrar en la entraña más profunda y verdadera en la celebración del Corpus Christi, porque esa es su verdad más viva. X Antonio Cañizares Llovera Cardenal Arzobispo de Toledo Primado de España
HOMILÍA EN LA BASILICA DE SAN PANCRACIO (Roma, 21 de mayo de 2006) Con mis palabras de saludo a todos, os expreso mi alegría y mi gozo lleno de agradecimiento, en este día, por el don que el Santo Padre me ha concedido de enviarme a servir como colaborador suyo en esta basílica y parroquia de San Pancracio, de tanta historia, de tan profundas raíces cristianas y muestras martiriales del amor de Dios. Con la santísima Virgen María quisiera entonar e1 canto del Magníficat para dar gracias a Dios por su inmensa misericordia para conmigo y para con todos. Alabo y bendigo al Señor porque muestra su omnipotencia en las obras grandes que su misericordia y su amor hacen en favor de todos los hombres. Dios ha querido que en este primer día que vengo a vosotros escuchemos la Palabra de Dios que hoy se ha proclamado, que nos centra en lo fundamental de la fe y de la vida cristiana. Al hombre de nuestro tiempo, desgarrado y dividido por tantos fragmentos de verdad, sin encontrar todavía su tan necesitada unidad, la Palabra de Dios le ofrece aquello esencial que requiere para dar sentido a su vida y orientar su existencia por el camino certero de la verdad. En la afirmación de Juan: "Dios es amor", tenemos, en efecto, el núcleo de la fe y el fondo de la realidad del hombre. Como nos ha dicho el Papa Benedicto en su Encíclica, el texto de la carta de san Juan, expresa "con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino" (n. 1). Nos muestra la entraña misma, la esencia o novedad del cristianismo, es cierto; pero inseparablemente ofrece tanto a los cristianos, como a todo hombre de buena voluntad, lo que concierne a todos, lo que es válido y universal, lo que es decisivo a todo hombre y a 1a comunidad humana en cuanto tal, la que está en el fundamento: El amor, la verdad que se realiza en el amor, "del cual Dios nos colma y que nosotros debemos comunicar a los demás" (Deus Caritas est, n. l). Esa palabra, como señala el Papa en su primera Encíclica, “Se ha convertido hoy en una de las palabras más utilizadas y también de las que más se abusa, a la cual damos acepciones totalmente diferentes" (n. 2). Pero, a pesar de todo, ahí, en el amor cristiano, está 1a clave de todo. Nos recuerda el Papa: "Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (n. l). No es una idea, no es un conjunto de valores, no son las soluciones de la ciencia y de la técnica, las que nos salvan y son capaces de responder a 1os grandes desafíos de nuestro tiempo, sino un acontecimiento, una Persona, en quien hemos conocido el amor: "En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de El" ( 1 Jn 4, 8). "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en Él tengan vida eterna" (cf Jn 3,16); ahí está la verdad del amor, en esto consiste: "no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados"; ahí, en el Hijo único, víctima propiciatoria en la Cruz, se esclarece la verdad de Dios y la verdad del hombre y se nos descubre la grandeza de ser hombre y de nuestra vocación de hombres (cfr GS 42). Ante un mundo tan falto y necesitado de amor -a la vista está- como es el nuestro, con tan grandes problemas de humanidad, el Papa nos ha dicho en su Encíclica con toda sencillez y libertad que "el amor de Dios por nosotros es una cuestión fundamental para 1a vida y plantea preguntas decisivas sobre quién es Dios y quiénes somos nosotros" (n. 2). A partir de ahí y en este Amor que se ha hecho hombre, se nos ha revelado y conocemos que la equivocidad con que se utiliza en nuestros días el termino "amor" y a pesar de sus manifestaciones tan diversas, y de las ideas o concepciones abstractas sobre él, el amor, en último termino, es uno solo: el amor de Dios encarnado y crucificado, donde radica, a su vez, la originalidad misma del cristianismo. No consiste esta originalidad o novedad en "nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito" (n.12). Por eso, poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan, ayuda a comprender que "Dios es amor". "Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir qué es el amor. Y desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amor" (n.12), en el que, en modo alguno, son separables e1 amor de Dios y el amor a los hombres, como dan testimonio los santos, enseña de la verdad del hombre. "No se trata ya de un 'mandamiento' externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor" (n. 18). Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios conoce a Dios" ( 1 Jn 4,7), Por eso mismo nos dice Jesús: "Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneced en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” ( Jn 15, 9-10). Queridos hermanos y hermanas de la Parroquia y basílica de san Pancracio, en este primer día junto a vosotros, y como colaborador con el Papa como miembro del Colegio Cardenalicio, de los presbíteros, titular de esta Basílica os invito a todos a que releáis y meditéis la Encíclica del Papa, en ella encontraréis la mejor glosa a los textos de la Palabra de Dios para este domingo, en ella el mejor comentario que actualiza y aplica a nuestro tiempo lo que hemos escuchado de parte de Dios en esta Eucaristía. Entremos en su interior, parémonos a contemplar y a comprender; sin duda que quedaremos reconfortados y dispuestos a reemprender el camino, animosos, el único camino, lo único que quedaran al final, sobre lo único que se nos preguntará en el último tribunal y se nos examinará en el atardecer del vida, en expresión de san Juan de la Cruz: sobre el amor. No fue casual que dicha Encíclica fuese firmada el 25 de diciembre, fiesta de Navidad, día en que celebramos la entrega del amor de Dios encarnado, el supremo gesto del amor de Dios, en el que hemos conocido el amor: en que Dios ha enviado a su Hijo en carne, y se ha hecho Enmanuel, Dios-con-nosotros, con los hombres para siempre irrevocablemente. Y que se hiciese pública en el día de la Conversión de San Pablo, el que quiso perseguir el Amor y los que seguían el camino de ese verdadero Amor, y experimentó en el encuentro con Él, dónde esta la verdad del hombre que se realiza en el amor. Fue Pablo quien ha cantado mejor que nadie en e1 mundo 1a caridad, el amor, en su texto de la carta primera a los Corintios (1 Co 13). Y fue él también quien pudo decir aquellas esperanzadoras palabras: "¿Quien podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo?" (Rm 8). Ahí está el futuro y la esperanza para una humanidad que necesita el verdadero amor, que reclama y necesita testigos del amor de Dios, que necesita ver "amigos fuertes" de Dios amor, amigos de su Hijo Jesucristo, que guardan sus mandamientos, el mandamiento nuevo que Él nos dejó: "Que os améis unos a otros como yo os he amado". Tampoco es casual, para mí, sino providencial, el que venga a vosotros precisamente en este domingo e inicie en él el encargo que el Santo Padre me ha encomendado como colaborador suyo y servidor vuestro en san Pancracio: un joven mártir, testigo del amor de Dios que ha dado su vida, que también ha amado hasta el extremo en prueba del mayor y verdadero amor, que se nos ha dado en Aquél que ha entregado su vida por sus amigos y en favor de todos: Jesucristo. San Pancracio, como mártir, como elegido del mismo Jesús y amigo suyo que ha hecho lo que Él manda, nos ha mostrado que el camino del amor, el de dar la vida sin reservarse nada en favor de los hombres y en testimonio del amor que es Dios, es donde está la alegría y el gozo completo, la fecundidad de una vida llena de frutos abundantes y duraderos, que, entre otros, se manifiesta en la vitalidad de esta comunidad parroquial en la comunidad de los padres Carmelitas Descalzos de Polonia que la sirven, así como también en 1a comunidad y obra eclesial carmelitana del Instituto Teológico "Teresianun". Pido a Dios, en nombre de Jesús, que todos, vosotros y yo, permanezcamos en el amor de Dios hecho presente, revelado y entregado plenamente, en su Hijo Jesucristo. Que todos permanezcamos unidos a Jesucristo, para que vayamos y demos frutos abundantes de caridad y amor en medio de los hombres, que no busquemos ni hagamos otra cosa que ofrecer a los hombres, martirialmente, el testimonio vivo del amor de Dios que no tiene límites y muestra su predilección por los más pobres y necesitados. Que el Señor nos conceda vivir en Cristo, unidos a Él, para que demos testimonio de su verdad, de la Verdad misma y Suprema que es Él, revelador de Dios amor, donde está la verdad del hombre. Y esto, más aún, en un mundo y en unas circunstancias que tratan de erradicar y borrar, desfigurar por completo, esta verdad, la que nos hace libres, con escritos, representaciones u obras de cine que todos tenemos en mente y que en modo alguno deben ser atendidas ni secundadas. No quisiera finalizar esta homilía sin expresar mis sentimientos de acción de gracias al párroco, P. Carol, y a la comunidad carmelitana, y a toda la parroquia de san Pancracio, a todos los aquí presentes, por la acogida que me habéis dispensado desde el primer momento, de la cual es signo elocuente la celebración eucarística que nos reúne en este domingo. Gracias, muchísimas gracias. Que Dios os lo pague. Me encomiendo a vuestras oraciones. Estoy enteramente a vuestro servicio. Sabed que no quiero otra cosa que estar con vosotros y ser para vosotros siervo y servidor, como corresponde a un colaborador de quien es Siervo de los siervos de Dios. Contad también con la oración y unidad de la Iglesia que está en Toledo, y que, con vosotros y a través vuestro, quiere intensificar la comunión con el Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, a quien recordamos con especial afecto y encomendamos de todo corazón.
LA INDUDABLE CERTEZA DE LA PASCUA En la Noche Santa de luz y de dicha, de alegría sin fin, celebramos el acontecimiento más elevado y misterioso de la historia, al tiempo que la realidad más cercana y que más íntimamente cambia nuestra existencia. Es el vértice, la plenitud, la síntesis de todo el designio del Padre, porque tiene como único protagonista al Hijo único de Dios, que es el centro y el corazón del universo. E, inseparablemente, es lo que más profundamente nos toca y concierne, porque nos da la victoria más deseada, la victoria de la vida sobre la muerte, del gozo sobre el sufrimiento, del amor sobre el miedo. Es justo y necesario que la Iglesia proclame a los cuatro vientos: ¡Cristo ha resucitado y nosotros con Él! Como en los primeros tiempos, hoy es necesario volver a lo fundamental y proclamar y confesar, una y mil veces, lo que es la sustancia viva del evangelio, el núcleo de nuestra fe, la victoria de esta fe que es lo que vence al mundo. Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana es también nuestra fe. Lo que Pablo escribió a los corintios sigue siendo válido también hoy y lo será para todos los tiempos. Es la certeza más cierta y la verdad más segura, donde se apoya nuestra existencia. Si lo que esperamos de Cristo es sólo para esta vida, si nuestra esperanza en Él es solamente para este mundo, entonces somos los más desgraciados, los más dignos de compasión de todos los hombres. Es necesario repetirlo y recordarlo sin cesar, en un mundo en el que se olvidan las realidades y verdades más básicas en las que se puede asentar el fundamento del hombre y de la humanidad. Si Cristo hubiese muerto, pero no hubiese resucitado, nuestra fe carecería de fundamento. Si se hubiera quedado en la muerte, su cruz habría sido una muerte absurdamente cruel que solo nos habría dejado un grandísimo y maravilloso ejemplo de altruismo, pero no habría pasado de ahí; no nos habría rescatado de la muerte: seguiríamos lo mismo, condenados al fracaso. Si el silencio sepulcral del sábado hubiese durado para siempre y la tumba de Cristo hubiese permanecido cerrada, la vida humana sería espantosa, carecería de sentido. La muerte sería el abismo de la nada, donde las personas queridas, y nosotros mismos, nos precipitaríamos al final de nuestros días. El amor no sería más que una bella, pero breve, ilusión. Incluso, refiriéndonos como cristianos a Cristo, estaríamos amando a un muerto, a un cadáver. Y nuestra fe sería un mero recuerdo de una persona del pasado. No sería fe en el que dijo: «Yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo». Todo se desmoronaría sin esperanza en la vida y en la misión de la Iglesia. Tampoco habría defensa alguna que valga para el pobre, el débil, el indefenso, el inerme, si no hubiese la Pascua. Y para quien sufre en el cuerpo o en el espíritu, no cabría más que la resignación desesperada o la rebelión inútil y absurda. Pero la resurrección de Jesucristo, gracias a Dios y a su infinita sabiduría, bondad y misericordia, es cierta, es verdad, es real. Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que durmieron. De la misma manera que la muerte de Jesús sucedió realmente y está probada, también sucedió realmente su resurrección y está atestiguada por los testigos. Es verdad que el Resucitado se apareció solo a los testigos elegidos por Él, mientras que todos los habitantes de Jerusalén pudieron verle morir en la Cruz. Sin embargo, su resurrección es un acontecimiento que ha dejado huellas comprobables históricamente. La primera huella es el sepulcro vacío. Los discípulos de Jesús no habrían podido hablar de su resurrección ni un solo día en Jerusalén, si el hecho evidente del sepulcro vacío no hubiese sido visible. Pero el sepulcro vacío no prueba por sí misma que Jesús resucitara. Su cuerpo podría haber sido robado. Solo las apariciones de Jesús a los discípulos dejan claro por qué su cadáver no está en el sepulcro: para que comprueben que el cuerpo que ha sido martirizado ante ellos es el mismo que el resucitado, ya que sigue llevando las huellas de su pasión, como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica. Este cuerpo posee, al mismo tiempo, las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso. Cristo resucitó realmente. Esta es nuestra fe. Esta es la fe de la Iglesia, la que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús. Esta es la indudable certeza de la Pascua, que nos anima y alienta a lo largo de los siglos: la gran certeza de la muerte y la resu-rreción de Jesús, la certeza de que Jesús de Nazaret, el Crucificado Resucitado, es el único Redentor del mundo. La certeza del triunfo definitivo del hombre renovado y del bien sobre el mal; la certeza de que todos nosotros, más allá de los días de desilusión y de pena en este mundo, nos está reservado un destino de gloria. X Antonio Cañizares Llovera Cardenal Arzobispo de Toledo Primado de España
Jesucristo en la verdad de su humanidad junto a María su Madre, con su sufrimiento y de su muerte, agotado, con la cruz a cuestas, crucificado, yacente en brazos de su Madre. Jesucristo en la verdad de su divinidad, abierto su costado en la Cruz, sacudidos los cimientos del mundo y triunfante, resucitado, vacío ya el sepulcro, camino del cielo, como lo preanuncia ya su triunfal entrada en Jerusalén entre los ramos del gentío. Jesucristo que es el evangelio vivo y encarnado para el ser humano de todos los tiempos y de todas las culturas. Evangelio, es decir, Buena Noticia. Buena, en cuanto capaz de anunciar acontecimientos que cambian y mejoran decisivamente la vida de las personas y de los pueblos. La Pasión y la Pascua de Jesús nos van a mostrar hasta qué punto las circunstancias más hirientes y trágicas de la vida humana han encontrado cómo Dios las penetra y las llena de su amor, haciéndolas estallar en fecunda esperanza. La experiencia más liberadora que cabe pensar. A todas las Cofradías y a todos los que os asociáis a las celebraciones litúrgicas y procesiones de Semana Santa en Toledo, en Talavera de la Reina y en todos los pueblos de la geografía diocesana, os invito a saber presentar este rostro resplandeciente de Cristo y a acoger, vosotros mismos, el mensaje de renovación y vida que se contiene en los acontecimientos en ella celebrados. La religión, que es relación con Dios, no puede ser factor de ruptura social pues Dios es Amor, que perdona, une y santifica. Más bien es la actitud individual o social de aislamiento en uno mismo y de soberbia la que puede instrumentalizar tendenciosamente la vida religiosa, para hacer de ella arma de confrontación, como puede hacer que se desnaturalice y envilezca el trabajo o la militancia política. Contemplar al Crucificado por nuestras calles nos ayudará a comprender los límites de la laicidad y de la religiosidad y a pensar con más ecuanimidad las raíces de nuestra civilización y el origen de nuestras más nobles adquisiciones culturales y cívicas. La Semana Santa, sus celebraciones y actos de piedad, son ocasión privilegiada para contemplar la fuerza del amor de Dios, o de Dios Amor, en sí, como remedio para tantos sufrimientos y desequilibrios socielas que nacen de un falso concepto de amor. Ruego a Cristo y a su Santísima Madre nos ayuden a vivir con autenticidad y unción la Semana Santa y a transmitir a nuestros hermanos alejados o indiferentes la clara idea de que el misterio que en ella se hace presente es de rabiosa actualidad para comprender y defender la grandeza de la dignidad humana y los lazos de amor, fidelidad y mutua entrega que la custodian.
X Antonio Cañizares Llovera Cardenal Arzobispo de Toledo Primado de España
«Que nuestro ministerio sea un verdadero oficio y servicio de amor a nuestro pueblo»
Homilía del Sr. Cardenal Arzobispo en la Misa Crismal Santa Iglesia Catedral Primada 11 de abril de 2006
Queridos hermanos y amigos Obispos, sacerdotes y diáconos; queridos seminaristas, queridos todos, hermanos y hermanos en el Señor: Dentro de los días sacratísimos en los que celebramos los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, celebramos también la Eucaristía en la que consagramos el santo crisma y bendecimos los santos óleos de los catecúmenos y de los enfermos. En ella conmemoramos también la institución del sacerdocio ministerial, inseparable de la Eucaristía, los sacerdotes renovamos nuestras promesas sacerdotales y reavivamos el carisma que Dios ha puesto en nosotros. Ésta es una Eucaristía en la que de manera especial y altamente significativa se manifiesta la comunión eclesial, y, en particular, la comunión de los presbíteros con el propio Obispo.
Para todo el pueblo de Dios, y singularmente para nosotros, sacerdotes, es un día muy hermoso. Día para dar gracias a Dios por el don que nos ha constituído a los sacerdotes en ministros de Cristo, de su Cuerpo y de su Sangre, y dispensadores de los misterios de Dios. Somos don de Dios, cumplimiento de su promesa: "Os daré Dastores conforme a mi corazón". Como hemos escuchado en las lecturas de hoy, somos obra de la iniciativa de Dios. "Aquél que nos ama -Jesucristo- nos ha hecho sacerdotes de Dios su Padre". Como el propio Jesús, también nosotros hemos sido ungidos por el Espíritu; es el Espíritu el que nos ha constituído en enviados de Dios para anunciar la buena noticia a los pobres, sanar los corazones desgarrados y traer la libertadb a los cautivos.
En los Evangelios leemos que Jesús "constituyó a doce". Esta expresión subraya, una vez más, que el sacerdocio ha sido "creado" por Jesús, es hechura suya. No es el producto de la decisión personal de un aspirante, ni de ningún otra decisión humana. Nadie puede pronunciar como propias aquellas palabras que sólo pertenecen al mismísimo Jesús: Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre. Yo perdono tus pecados. No hay nadie que, por sí, pueda otorgar tales poderes. Sólo Él puede hacerlo. Precisamente esto es lo grande, lo enteramente consolador y reconfortante: que aquí penetra en la historia algo que supera todas nuestras capacidades.
En el "desierto espiritual" que aflige a la humanidad de nuestro tiempo, una vez más, resulta indispensable volver de nuevo a la raíz de nuestro sacerdocio. "Como bien sabemos, esta raíz es una sola: Jesucristo nuestro Señor. Él es el enviado del Padre, Él es la piedra angular. En Él, en el misterio de su muerte y resurrección, viene el reino de Dios y se realiza la salvación del género humano. Pero este Jesús no tiene nada que le pertenezca; es totalmente del Padre y para el Padre. Por eso, dice que su doctrina no es suya, sino de aquél que lo envió; el Hijo no puede hacer nada por su cuenta. Ésa es también la verdadera naturaleza de nuestro sacerdocio. En realidad, todo lo que constituye nuestro ministerio no puede ser producto de nuestra capacidad personal. Esto vale para la administración de los sacramentos, pero vale también para el servicio de la Palabra: no hemos sido enviados a anunciarnos a nosotros mismos o nuestras opiniones personales, sino el misterio de Cristo y, en él, la medida del verdadero humanismo. Nuestra misión consiste en hacernos eco y ser portavoces de una sola "Palabra", que es el Verbo de Dios hecho carne “por nuestra salvación". Es esto lo que lo Obispos hemos querido decir y recordar a los sacerdotes con la recentísima Instrucción Pastoral "Secularización y Teología en España".
No hemos elegido nosotros, los sacerdotes al Señor, nos ha elegido Él, y nos ha llamado para que vayamos con la misión que Él nos encomienda y demos fruto: la que el Padre le ha confiado a Él. Esta misión no se puede elegir como si de un oficio o de una profesión se tratase. Sólo se puede ser elegido por Él. Nadie puede reclamar recibir el sacerdocio. Jesús llama a los que Él quiere. Hay un derecho del Señor sobre aquellos a quienes Él quiere. Aquel que ha escuchado su llamada puede decir de sí mismo: "Él me quiere. Existe una voluntad de Jesús sobre mí. Debo adentrarme en esta voluntad, debo madurar en ella". Nos llama amigos suyos, y debemos ser en verdad sus amigos, tener sus mismos sentimientos, hacer y decir lo que Él quiere de nosotros y no querer ni decir lo que Él no quiere: "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos". Nuestro propósito, queridos sacerdotes, no debe ser otro que hacer todos juntos su santa voluntad, en la que está nuestra libertad y nuestra alegría. Jesús confía en nosotros, nos encomienda su cuerpo en la Eucaristía, nos encomienda su Iglesia, también cuerpo suyo, nos encomienda el pan de su Palabra. Ese Cuerpo suyo, es Él mismo, es el misterio de amor de Dios que se entrega por nosotros ya nosotros para que vivamos por Él. No lo olvidemos, queridos hermanos sacerdotes, "el sacerdocio ministerial tiene una relación constitutiva con el cuerpo de Cristo, en su doble e inseparable dimensión de Eucaristía e Iglesia, de cuerpo eucarístico y de cuerpo eclesial. Por eso nuestro ministerio es amoris officium, oficio de amor; es el el oficio del Buen Pastor, que da su vida por las ovejas" (Benedicto XVI).
Démonos cuenta, queridos hermanos sacerdotes, daos cuenta todos: "Dar a otros hombres el nombre, la carne, el cuerpo, la palabra, persona y la vida de Jesús, a Jesucristo mismo, es el objeto imperecedero del ministerio sacerdotal. ¿Cómo no conmoverse cada día cuando, al dar la comunión, cumplimos con el deber de pronunciar: 'El Cuerpo de Cristo'. Cuando cada día sucede esto estoy dando a los hombres algo que vale infinitamente más que mi propio ser o cualquier cosa que posea o pueda poseer: les estoy dando al Dios vivo para que lo reciban en sus cuerpos y se aloje en sus corazones" (J. Ratzinger) .
La noche de su pasión, mientras cenaba con sus discípulos su última cena pascual, antes de llevar a cabo el supremo sacrificio de sí como único y supremo sacerdote de la nueva alianza y definitiva sellada en su sangre, Jesucristo instituye la Eucaristía e, inseparablemente, el sacerdocio. En el misterio eucarístico, Cristo se ofrece y se entrega siempre de nuevo en el mismo y único sacrificio redentor; y, precisamente en la Eucaristía, aprendemos el amor de Cristo y, por consiguiente, el amor a la Iglesia, a la que Cristo amó y por la que se entregó todo entero y de manera irrevocable una vez por todas. Así, hermanos muy queridos en el sacerdocio, cada uno de nosotros puede repetir aquellas inolvidables palabras de Juan Pablo II como si fueran suyas: "La Santa Misa es, de modo absoluto, el centro de mi vida y de toda mi jornada".
Sin esta convicción, sin esta conciencia cierta, sin esta experiencia profunda, cuasi configuradora de nuestro corazón y nuestra vida, no tendremos ni la conciencia de la misión, ni la urgencia de la misma; no sentiremos el apremio del amor de Cristo que quiere atraer a todos los hombres hacia Él, que quiere incorporarlos a Él y que entren en comunión de vida con Él, para que estén y permanezcan en Él, participen del amor infinito de Dios y tengan vida, vida abundante y plena, vida eterna. Hemos sido ungidos por el Espíritu y consagrados para evangelizar, para anunciar la Buena Nueva a los pobres y necesitados de salvación. Si no colocamos en el centro de todo a la Eucaristía, no evangelizaremos. Si perdemos la conciencia de nuestra vinculación inseparable de la Eucaristía, no llevaremos a cabo la mayor de las urgencias que es una nueva e inaplazable evangelización. La pérdida del sentido eucarístico en los sacerdotes trae consigo la debilidad la debilidad en la comunión eclesial, la debilidad en la trasmisión de la misma y única fe de la Iglesia, la debilidad, en suma, en la misión y en el sentido radicalmente misionero del sacerdocio ministerial. Pero si perdemos la conciencia de esta vinculación intrínseca del sacerdocio ministerial con la Eucaristía, ¿dónde queda nuestro sacerdocio?
Vivir la Eucaristía, entrar en comunión total con Cristo en la Eucaristía, hasta el punto de decir lo que sólo Cristo en verdad puede decir: "Esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre" , reclama de nosotros una unión cada día más plena con Él, un vivir de su amor en la entrega sin reserva a los otros, un cumplir su voluntad que es su cuerpo entregado por nosotros. Vivir en el centro de nuestra jornada y de nuestra existencia la Eucaristía hará posible que vivamos el sacerdocio fielmente y con todo lo que comporta y exige.
El sacerdocio, en efecto, exige siempre que renunciemos a nuestra propia voluntad, a la idea de la simple y llana autorealización, a lo que podríamos hacer o querríamos tener, y que nos entreguemos a otra voluntad -la de Jesús- para dejarnos guiar por ella, ir, encaminarnos, incluso adonde no queremos. Vivir nuestra vinculación a la Eucaristía reclama que en nosotros exista, esté presente esa voluntad básica de entrega a otra voluntad, -la de Cristo-, de identificarnos con ella, de dejarnos guiar adonde no habíamos calculado. Esta es la auténtica senda sacerdotal. Una ruta distinta sólo podrá conducir a la ruina.
No lo dudemos, como está entrañado en la Eucaristía y en nuestra vinculación sustancial con ella, "el sacerdocio se apoya en el valor de aceptar la voluntad de otro, de responder a la llamada de otro y, a una con ello, en obtener paso a paso y cada vez más la gran certeza de que, entregados a esta voluntad, no somos destruídos, no somos aniquilados, sino que, donde quiera se nos conduzca estamos llegando realmente a la verdad de nuestro propio ser". Vivir en el centro de todo nuestro ser y ministerio sacerdotal el misterio de la Eucaristía es pronunciar con el cuerpo de Cristo, siendo uno con Él, el "aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad": amar hasta el extremo, darme sin reserva alguna en todo, gastarme y desgastarme en el anuncio del Evangelio, sin echarme atrás, haciéndome todo para todos con tal de ganar a alguno.
Esto está relacionado con el seguimiento de la cruz y con la cruz misma, con el abandono de lo propio, con la renuncia a la propia capacidad y al propio cuidado de sí, para entregarse sin medida a Dios y a los hombres, para entregarse a su amor y dar la vida por amor. Este darse al Otro, Dios Uno y Trino, y a los otros, ese desprendimiento de sí mismo, la sustancial autoexpropiación y gratuidad del servicio, que reclama esta vinculación nuestra con la Eucaristía, queridos sacerdotes, se convierten en fuente de verdadera realización y madurez humana y de capacitación para deshacernos por completo en el amor misionero. Es siempre la paradoja de perder la vida para recuperarla de nuevo acrecida y engrandecida, para ganarla.
Comprender y vivir esta vinculación inseparable nuestra con la Eucaristía, es comprender y vivir que, por la ordenación sacerdotal, por la unción del Espíritu estamos insertados en la misión sacerdotal y pastoral de Cristo: insertos en Cristo, Sacerdote y Pastor de la Iglesia. Lo esencial y fundamental para el ministerio sacerdotal es un profundo lazo personal con Cristo. Por eso, por este lazo con Cristo, el sacerdote, vinculado a la Eucaristía, debe ser un hombre que conoce a Jesús íntimamenmte, que está unido estrechamente con Él, que vive en Él, con Él y desde Él, que lo ha encontrado y ha aprendido a amarlo, que lo ha escuchado y dice lo que le ha oído en ese estar a su lado, es decir, en esa comunión indestructible con su esposa la Iglesia. Por eso debe ser un hombre de trato de amistad con Él, que ora, que está con Él, donde Él está, es decir, en la Iglesia, en comunión fiel e indisoluble con ella. De Cristo debe aprender que lo que cuenta en su vida no es la autorealización o el éxito, sino sólo la entrega a la voluntad del Padre, el amor a los hombres con el mismo amor con que Dios los ama. Por el contrario al éxito humano, debe aprender también que su fin no es el de construirse una existencia interesante o una vida cómoda, ni crearse una comunidad de admiradores, sino que se trata justamente de obrar en favor del otro, dándose a los otros sin reservas, incansablemente. Al principio esto choca con el centro natural de gravedad de nuestra existencia; pero con el tiempo resulta evidente que esta pérdida de relevancia, que esta expropiación o este despojamiento de sí en el servicio y en la entrega amorosa en favor de todos es el factor verdaderamente liberador. El que así obra por Cristo y con Él, sabe que siempre hay uno que siembra y otro que recoge. No necesita preguntarse de continuo; confia al Señor todos los resultados y cumple serenamente su obligación, libre y contento de sentirse al seguro en todo. Si hoy los sacerdotes se sienten muchas veces cansados y frustrados, es debido, en buena parte, a una búsqueda exasperada de rendimiento. La fe se convierte en un pesado fardo que a duras penas se arrastra, cuando debería ser un ala por la que dejarse llevar (Cfr. J. Ratzinger, La Iglesia, una comunidad siempre en camino, pp 76- 77) .
En este día en que celebramos la memoria de la institucion del sacerdocio ministerial, unido con vínculo irrompible con la Eucaristía, en este año que nos urge en nuestra diócesis de manera principalemnte urgente y apremiante la nueva evangelización, avivemos la conciencia de que, como sacerdotes, nuestro "mayor servicio es invocar la presencia verdadera del cuerpo y la sangre de Cristo, abrir el cielo para que Cristo venga a la tierra. El sacerdote sabe así, con santa admiración, cuán grande es el sacerdocio; sabe que no obra él mismo, sino que él se ha revestido de Cristo, no sólo por fuera, sino desde dentro: el Señor ha tomado posesión de él, actúa y obra por medio de Él... y sabe que la mirada a la cruz, al Crucificado, es esencial para la misa” (J. Ratzinger, Homilía en el santuario de Caravaca, en Benedicto XVI, “Todo lo que el cardenal Ratzinger dijo en España”, p. 172). Esa mirada, y ese tener el corazón en el Cruficicado, y vivir de la sangre que brota del costado abierto de su Cuerpo es vivir en el amor y en la caridad pastoral, en el servicio misionero, que, es sin duda, servicio fundamental de quien ha sido ungido por el Espíritu para evangelizar .
Que la santísima Virgen María, fiel esclava del Señor, que, como mujer eucarística, vivió en la expropiación más total y se entregó sin reserva a su Hijo ya la obra de la redención de su Hijo, nos ayude y nos aliente en nestra vida sacerdotal eucarística y, por lo mismo, en nuestro ministerio sacerdotal substancialmente al servicio del Evangelio de la misericordia, para anunciar incansablemente y dar testimonio de que Dios es amor .
Que nuestro ministerio sea un verdadero oficio y servicio de amor a nuestro pueblo. Creo que todos somos conscientes de la situación delicada que vivimos. Estimo que a nadie se le oculta el proyecto de sociedad, de cultura que se está llevando a la práctica en medio nuestro. Os lo decía en la Carta Pastoral de comienzo de año. Desgraciadamente los hechos me están dando la razón en el diagnóstico que hacía en el mes de septiembre. El laicismo, la quiebra de unos principio y criterios de juicio para el comportamiento moral de nuestra sociedad, la erradicación de nuestras raíces cristianas, la configuración de un nuevo régimen, la preterición de una historia común compartida, los problemas doctrinales, la disidencia de sectores eclesiales, etc. es todo un conjunto que reclama de nosotros sacerdotes el que nos pongamos al frente del rebaño como buenos pastores y defendamos, hasta con el sacrificio de nuestras personas, a ese rebaño que se nos ha confiado, y les proporcionemos los alimentos necesarios y los llevemos a las fuentes de agua viva que pueda saciar la sed de nuestras gentes, y sobre todo de los jóvenes, los más necesitados ene stos momentos. Clave en estos momentos precisos es predicar la sana doctrina a tiempo y a destiempo, fortalecer la comunión eclesial inquebrantable con el Papa, proclamar, testimoniar y defender el evangelio de la familia, santuario de la vida, sagrario del amor, futuro para la humanidad. En este sentido, os encargo encarecidamente que promováis con todo vuestro empeño y todas vuestras fuerzas la participación de nuestros fieles en el encuentro mundial de las familias con el Papa en Valencia. Como dice la Escritura: Fortaleced las rodillas vacilantes, dad vigor a vuestras comunidades, sed testigos de la fe y de la verdad, mártires de la fe y de la verdad que se realiza en el amor y nos hace libres.
Homilía del Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo en el primer aniversario de la muerte de Juan Pablo II Hermanos y hermanas en el Señor: Nos reune la memoria del Papa Juan Pablo II. Ayer se cumplió un año de su muerte. La Iglesia, en todas las partes del mundo, mira ahora, un año más tarde, a Cristo resucitado. Lo hace siguiendo a Pedro que confiesa, con comprensible temor, su amor a Jesucristo: "Tú sabes que te quiero". Por encima de todo, Jesucristo. En el rostro de Cristo, la Iglesia contempla su tesoro y su alegría. No tiene oro ni plata; tiene sólo a Cristo; y ésto le basta; ¿a dónde va a acudir, si no es a Cristo, el que tiene palabras de vida eterna? A eso nos condujo Juan Pablo II, fiel sucesor de Pedro: a buscar a Jesucristo, a amar a Cristo, a no tener miedo de Cristo, a contemplar su rostro: "¡Abrid de par en par vuestras puertas a Cristo!". Recordando el testimonio y el legado del Papa venido de lejos, nos quedamos con una sóla palabra: Jesucristo. Nuestra mirada se queda más que nunca fija en el rostro del Señor. Todavía están en nuestras pupilas las imágenes del Via Crucis del Viernes Santo de la Semana Santa pasada, cuando veíamos al buen Papa, muy enfermo, de espaldas, con la cruz en las manos y mirando de hito en hito sin moverse al Crucificado, al que agarraba y sostenía con sus manos, siguiendo el mismo camino de su pasión. Toda su vida, sobre todos sus últimos meses, en los que parece como concentrado el conjunto de todo sus días de "varón de dolores y sufrimientos", nos lleva a contemplar el rostro de Cristo y acercarnos al aspecto más paradógico de su misterio: la hora de la Cruz. Como su Señor, y nuestro Señor, identificado con Él, Juan Pablo II se "abandonó" en las manos del Padre, fijó sus ojos en el Padre y se entregó a Él, en medio de noches oscuras, Con la cruz sobre sus hombros. No se bajó de la Cruz. En esta memoria vienen a nuestra mente de forma espontánea aquellas palabras del Evangelio: "Quien quiera salvar la propia vida, la perderá, pero quien la pierda por mí, la salvará (Lc 9, 24) ". Porque esa es la herencia y la verdad de Juan Pablo II: Su opción por la vida, y la Vida es Cristo; no se arrogó la vida para sí, no la retuvo ávidamente para su propio interés, sino que la dió toda entera, se dió sin reserva al Señor y con Él se dió todo enteramente. Todo de Él, como su Santísima Madre, con Ella y para Ella. Así ha encontrado la vida acrecida. Como dijo el Papa Benedicto, aún cardenal, en la homilía de sus exequias: "Nuestro Papa -lo sabemos todos- no ha querido nunca salvar la propia vida, retenerla para sí; ha querido darse a sí mismo sin reserva, hasta el último momento, por Cristo y así también por nosotros. Verdaderamente ha podido experimentar como todo cuanto tenía puesto en las manos del Señor ha retornado a él de nuevo: el amor a la palabra, a la poesía...". En efecto ha encontrado la vida ensanchada y llena de frescor, llena de la gloria de Dios, la de la cruz, la de su amor que no tiene barreras ni límites. Esa paradoja es el sentido último de la Cruz, a la que Él se abrazó desde prácticamente su infancia hasta el final: no tomar para sí la vida, sino darla. En la entraña más honda de la Cruz que Juan Pablo II tan hondamente vivió está el elegir a Dios, a Dios que es amor, que da la vida. Elegir a Dios es elegir la vida, es elegir el amor. Así, Juan Pablo II fue el Papa de la Vida, el que proclamó a tiempo y destiempo el Evangelio de la Vida, el que lo defendió y difundió por todos los rincones y en todas las partes de la tierra y ante todos los poderes de este mundo. Fué así mismo el Papa del amor, el gran impulsor de la civilización del amor. El papa de la Cruz y de la vida: la más profunda opción por Cristo crucificado está íntimamente conexa con la más completa y decidida opción por la vida. Elegir la vida, como Juan Pablo II, entraña el elegir a Dios; o mejor aún, la opción por la vida es inseparable de la opción por la relación con Dios: con Dios que nos ha revelado su rostro en Jesucristo, que ha vencido el odio en la Cruz, en el amor hasta el extremo. El Papa que defendió la vida como sólo él lo ha hecho hasta el momento, es el gran Papa del anuncio de Dios, como refleja en sus tres Encíclicas: Redemptor Homnis, Dives in misericordia, y Dominum et vivificantem. Un mundo vacío de Dios, un mundo que ha olvidado a Dios, pierde la vida y cae en la muerte; nuestro mundo o, mejor, nuestra cultura que vive e implanta el vacío de Dios, como el que ejecuta la cruz, conduce a la muerte, engendra una cultura de muerte. El Papa Benedicto XVI nos ha dicho en su Carta Encíclica Deus Caritas est: "Es en la Cruz donde puede contemplarse la verdad de que Dios es amor. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar". En esa mirada y en esa identificación, encontró Juan Pablo II la orientación de su vivir y de su amar. Como para Pablo, su vivir fué Cristo y su gran sabiduría no fué otra que la de la Cruz, como podemos comprobar en su último escrito biográfico. Así, pienso que una de las huellas más vivas y más orientativas que nos ha podido dejar al mundo contemporáneo el Papa Juan Pablo II es su gran pasión por Dios y por el hombre, su gran amor a Dios y al hombre, su pasión por la verdad. Sufrió mucho en la vida y estuvo muy enraizado en la experiencia honda de Dios. Ahí, en el encuentro personal con Dios contemplado en el rostro de Cristo cruficado, descubrió con gran profundidad al hombre, al hombre concreto: al hombre que sufre la violencia pero que añora la paz, que vive la represión y la esclavitud y busca la libertad, que vive el dolor, el mal y la muerte y que en el encuentro y experiencia de Dios, palpable en Cristo, halla sentido al sinsentido, la luz en medio de la oscuridad de tanto mal en el mundo, el esplendor de la verdad que nos hace libres. Lo que hemos proclamado en el Evangelio dirigiéndose Jesús a Pedro: "Tú, sígueme", se cumplió enteramente en el Papa Juan Pablo. Siguió en verdad a Jesucristo, con un seguimiento como el que nos describió el entonces cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, en la Misa Exequial. Se entregó por completo a Jesucristo y fué testigo singular suyo en el final del segundo milenio y en los comienzos del tercero. "Jesucristo es el camino principal de la Iglesla", nos dlra de El en su prrmera Encíclica Redemptor Hominis. "Hay un solo camino: es el camino experimentado desde hace siglos y es al mismo tiempo el camino del futuro". A través de Jesucristo, Verbo encarnado, "Dios ha dado a la vida humana la dimensión que quería dar al hombre desde sus comienzos y la ha dado de manera definitiva y con una magnificencia que, frente al pecado original ya toda la historia de los pecados de la humanidad, nos permite repetir con estupor las palabras de la Liturgia: ¡Feliz culpa que mereció tal Redentor". "Sólo Él sabe lo que hay en el corazón del hombre". "La clave para comprender al hombre no es otra que Cristo, el hombre no es capaz de comprenderse a sí mismo hasta el fondo sin Cristo, ni puede entender quién es, cuál es su destino, ni cuál es su verdadera dignidad, ni cuál es su vocación". "La exclusión de Cristo de la historia del hombre es un acto contra el hombre". Juan Pablo II ofreció, como Pedro, lo que tenía: su riqueza y su todo: Jesucristo; habló y dió testimonio ante todo y ante todos de Él y del sentido nuevo que la vida, el trabajo, el amor, la amistad, el sufrimiento y la muerte tienen cuando se conoce y acoge a Jesucristo. Nos mostró sencillamente a Cristo, donde está nuestra esperanza. Por eso, los jóvenes, lo comprendieron y lo siguieron: porque les entregó y abrió a la esperanza: ¿Jesucristo fue el gran peregrino de la esperanza que recorrlo dando testimonio de la esperanza, que es y está en Jesucristo. A Cristo, como los discípulos de Emaús, lo reconocemos en el camino de la vida al celebrar la fracción del Pan, al celebrar el misterio de la Eucaristía. El nos abre las Escrituras, Él nos da su Cuerpo para que tengamos vida; Él está en medio de nosotros partiéndonos el Pan de la vida y de la palabra que enciende nuestro corazón y alienta nuestros corazones muchas veces desalentados y abatidos ante tanto fracaso y tanta esperanza truncada. Nosotros, como aquellos discípulos, también le decimos: "¡Quédate con nosotros!". Y con el gozo y aliento de su encuentro, nos sentimos llamados a comunicar a los demás que cumple su promesa y está en medio nuestro hasta el fin de los siglos. Así, como nos dijo Juan Pablo II, Él es nuestro programa, Él es la gran certeza que nos alienta.
HOMILIA EN LA MISA DE ACCION DE GRACIAS Recepción del Sr. Cardenal Arzobispo, don Antonio Cañizares Llovera,en la S. I. Catedral PrimadaToledo, 2 de abril de 2006 Queridos hermanos y amigos Obispos, sacerdotes y diáconos, muy respetadas y queridas autoridades, queridos seminaristas, muy queridos todos hermanos y hermanas en el Señor: Nos reunimos para celebrar con júbilo la acción de gracias al Señor. Dios nos ha bendecido y enriquecido en todo, con toda suerte de bienes espirituales y celestiales, en su Hijo Jesucristo: en Él nos lo ha dado todo y nos ha amado hasta el extremo. Todo don, toda manifestación del amor divino y su infinita generosidad tiene que ver con Jesucristo. Por eso, hoy unimos al "Te Deum laudamus" de todos los días en la celebración de los sagrados misterios, nuestra alabanza y agradecimiento por el don con que ha enriquecido a la Iglesia que está en Toledo en la persona de su Arzobispo, de mi pobre y frágil persona, vuestro indigno servidor, al ser creado Cardenal de la Iglesia de Roma por el Papa Benedicto XVI. Un gesto de la benevolencia y magnanimidad de quien nos preside en la caridad y nos confirma en la fe: el Papa. Un gesto más de la misericordia de Dios que se fija en lo que es poca cosa y lo ensalza según su beneplácito y su gracia. Doy gracias a Dios por vosotros y con vosotros, porque el Santo Padre, el querido y entrañable Benedicto XVI, ha querido asociarme -y, en mí, también de alguna manera a vosotros, fieles cristianos de la diócesis de Toledo- al ejercicio de su ministerio petrino: me ha incorporado a esa "especie de 'Senado', llamado a cooperar de cerca con el sucesor de Pedro en el cumplimiento de las tareas ligadas a su ministerio apostólico universal". Nada menos que ha querido contar conmigo, indigno siervo del Señor, juntamente con el resto del Colegio Cardenalicio, "para anunciar al mundo que Dios es amor". El sentido de nuestra llamada a ser cardenales se resume en una palabra: "Amor, caridad". Así nos lo dijo expresamente en la homilía del Consistorio: "Cuento con vosotros, queridos hermanos cardenales, para hacer que el principio de la caridad pueda irradiarse y logre vivificar a la Iglesia a todos los niveles de su jerarquía, en toda comunidad e instituto religioso, en toda iniciativa espiritual, apostólica y de animación social". "Cuento con vosotros -insistió- para que el esfuerzo común de poner la mirada en el Corazón abierto de Cristo haga más seguro y veloz el camino hacia la unidad plena de los cristianos". El que nos preside a todas las iglesias en la caridad, el Papa, nos pidió a los cardenales la colaboración "para que gracias a la atenta valoración de los pequeños y de los pobres, la Iglesia ofrezca al mundo de modo incisivo el anuncio y el desafío de la civilización del amor". Sencillamente, nos asoció a su ministerio, que comienza con aquel "Tú sabes que te quiero", de Pedro al Señor: ministerio de amor, de presidir y servir en en la caridad; y nos pidió cumplir lo que está significado en el color púrpura con que somos investidos los cardenales. Un color que, en palabras del propio Papa, debe reflejar "el amor apasionado por Cristo, por su Iglesia y por la humanidad". La púrpura debe ser realmente signo del gran y mayor testimonio que constituye el martirio: hasta derramar la sangre; la pùrpura cardenaliciia debe ser "símbolo del ardiente amor cristiano", que ha de reflejar nuestra vida de de vinculados estrechamente y asociados con una unidad especial al Papa. Unido ahora más aún al Papa, y con el resto de los cardenales, tengo "un ulterioir motivo para tratar de revivir los sentimientos que llevaron al Hijo de Dios hecho hombre a derramar su sangre en expiación por los pecados de toda la humanidad". Primero y principal servicio de esta caridad es dar una respuesta cumplida a la petición, deseo y necesidad de tantos hombres, que, como en el Evangelio de hoy, se acercan a los discípulos queriendo ver a Jesús. A Felipe se le acercaron unos griegos con una súplica: "Queremos ver a Jesús". Felipe se lo dice a otro discípulo, a Andrés. Hoy, ahora, a mí, llamado a estar más cerca de Jesús con Pedro como discípulo, también se me pide, de manera primera y principal: "Queremos ver a Jesús". El siempre queridísimo y siempre recordado Juan Pablo II, que hoy hace un año precisamente fué llamado a la casa del Padre, nos dijó en su carta al comenzar el Nuevo Milenio: "Como aquellos peregrinos griegos de hace dos mil años, los hombres de nuestro tiempo, quizá no siempre conscienteemnte, piden a los creyentes de hoy no sólo 'hablar' de Cristo, sino en cierto modo hacérselo 'ver'. )Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio. Nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro". (Con qué fuerza y con qué apremio siento hoy estas palabras del entrañable y grande Papa Juan Pablo II!. Me golpean en lo más hondo de mi persona. Es más; desde que he llegado a Toledo, el viernes por la tarde, desde Roma pasando por la Asamplea Plenaria de la Conferencia Episcopal, Dios mismo me ha hecho sentir esta llamada y me la ha hecho gustar y experimentar con poderosa insistencia. Ya veréis. Nada más llegar me llevó a visitar a un hermano y amigo sacerdote enfermo en el hospital; ayer mismo me llevó al encuentro diocesano de jóvenes en Madridejos; por la tarde me condujo a Pantoja a proseguir y concluir la visita pastoral; esta mañana, me ha conducido a Escalonilla a concluir la misión que se está llevando a cabo en esta parroquia. En los enfermos, en los jóvenes, en las familias, en los ancianos, en las parroquias, en nuestros pueblos, en los rostros de las gentes veo el mismo deseo y la misma petición: "Queremos ver a Jesús". Verlo, tocarlo, palpar su amor y su misericordia. Él es el grano de trigo que cae en tierra y muere, y ha dado fruto de vida. En Él está la vida. Se ha despojado de su rango, se ha abajado hasta lo más bajo y humillante de la humanidad, se ha vaciado todo, ha aprendido sufriendo a obedecer, ha soportado la angustia de la pasión, el dolor desgarrador de cargar con nuestros crímenes, ha sido elevado y colgado de la cruz, ignominia y fracaso para los hombres, necedad y locura, pero es donde está la sabiduría verdadera, la luz auténtica, la gloria, la salvación eterna: porque en Él está el amor, en la cruz está todo el amor y la misericordia infinita de Dios que lo llena todo hasta ese vacío de la muerte y de la violencia, mentira, injusticia, odio, desamor que le precede. Quieren los hombres ver a Jesús, y no hay otro que el que nos muestran los Evangelios, las Sagradas Escrituras conservadas y trasnmitidas por la Iglesia. )Dónde se puede ver a Jesús? En su hora en la que es glorificado; es decir en la cruz donde eclosiona el brillo de su gloria que es el amor de Dios que no tiene medida, que se da sin reserva alguna al hombre para sacarlo y liberarlo de la esclavitud del pecado y de la muerte. Esa gloria suya, ese rostro suyo, es el del crucficado, por nosotros los hombres y por nuestra salvación. (Nada menos que por nosotros! )Dónde pueden ver a Jesús?, donde únicamente se le puede ver y encontrar: en los pobres, en los que sufren, en los crucificados de nuestro tiempo, en los enfermos, en los jóvenes que andan vagando como ovejas sin pastor, en los que sufren el vacío y la soledad del sinsentido, inmersos en la droga, en el alcohol, astragadaos con los sucedáneos que les ofrece la cultura de nuestro tiempo. Aquellos griegos del Evangelio se acercan a los discípulos para decirles que quieren ver a Jesús. Hoy se acercan a nosotros millones y millones de hombres, nuevas generaciones de jóvenes y de niños, para que les digamos nosotros, discípulos de Jesús, cercanos a Jesús, para que se lo mostremos. Se lo mostraremos si estamos con los pobres, con los enfermos, con los que lloran, con los que sufren, con los atormentados por la soledad y el vacío de la nada, con los pecadores necesitados de misericordia, con los condenados a muerte injustamente antes de nacer, con los que sufren las consecuencias de los matrimonios rotos, con los sin techo, con ese largo etcétera con los que Jesús, el grano de trigo caído en tierra, se identifica: "Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba desnudo y me vestiste, sin techo ni patria y me acogiste, estaba enfermo o estaba sin libertad, preso, y viniste a verme". Se está ahí con Jesús, y se le puede mostrar a los demás para que lo vean, palpen su cercanía, la plenitud de vida, de felicidad, de perdón, de misericordia y amor, si no nos buscamos a nosotros, si somos grano de trigo que muere a sí mismo para que Él, Cristo, viva en nosotros, si nos negamos y aborrecemos a nosotros mismos, para amarle sólo a Él, crucificado, malherido, maltrecho, abandonado, sufriente. No hay duda, el Evangelio es muy claro: "Si el grano de trigo cae en tierra y muere da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna". Somos con frecuencia o muy torpes o muy olvidadizos; Jesús nos lo dice muy claramente: No hay otra manera de seguirle que con la cruz; Él va con la cruz y está en la cruz; el suplica a Dios que lo salve de la muerte, ha aprendido, como varón de dolores, sufriendo, a obedecer. Si es la única manera de seguirle, también es la única manera de cumplir el deseo y la necesidad de que los hombres vean a Jesús: tras Cristo con la Cruz, que carga con la cruz de todos, y se identifica con los crucificados; es decir amando, con su mismo amor; obedeciendo al Padre con su misma obediencia que es la entrega de su vida como donación absoluta y sin condiciomes del amor sin límites de Dios, sobre todo en favor de los últimos. "El que quiera servirme, hemos leído en el Evangelio, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor": El Está en la Czuz, Él camina cargado con la cruz; Él sirve como esclavo en la cruz dando su vida y entregándola sin rerservarse nada. Por eso, seguirle con la Cruz; servirle en la cruz; estar con Él en la Cruz. Así se escuchan también esas palabras tan consoladoras suyas, palabras que se cumplen: "A quien me sirva, a quien sirva a los crucificados de siempre, el Padre lo premiará". Esto es, queridísimos hermanos, lo que el Papa nos ha recordado una y otra vez estos días a los nuevos y anteriores cardenales. La gloria del cardenalato, no son los aplausos, ni los homenajes, aunque vengan de corazones tan limpios y llenos de afecto como los vuestros; no está en ser señores muy importantes. La gloria de Cristo está en la Cruz, amor de Dios entregado por todos en apuesta absoluta e irrevocable de su amor por los hombres; la hora en que es glorificado, es la hora de la entrega de su vida, en el supremo servicio a los demás, en el patíbulo de la cruz, que agita y angustia su alma. Para esta hora ha venido; ahí es donde se ve su gloria, su rostro, su todo. Por eso la gloria de los cardenales no es otra que servir, que amar, que entregarnos sin reservas, que ser esclavos de todos. Gastarnos y desgastarnos hasta la extenuación para que los hombres tengan vida, vida eterna: y "ésta es la vida eterna: que conozcan a Dios Padre y a su Hijo Jesucristo". Anuciar a tiempo y a destiempo la verdad del Evangelio, la Verdad de Dios que es amor, que conzcan el rostro de Cristo, humanado y cruficado, por amor y para que el amor de Dios alcance a todos. Esta es la gloria de los cardenales, unidos al Papa, en nuestra vida mortal, orar, "presentar, a gritos y con lágrimas, oraciones y súplicas al que puede salvarnos"; éste es el pastor que ama mucho a su pueblo, el que ora mucho por él. La gloria de la púrpura, es la de la sangre derramada de Cristo para la reconciliación y el perdón, para establecer una alianza nueva, la alianza inscrita y sellada en el corazón del hombre: la alianza del amor de Dios sellada en esa sangre, derramada en la cruz como testimonio supremo de la caridad de Dios, de la caridad de Cristo. Ese es, ese debiera ser el amor total de los cardenales a la Iglesia, la alianza nupcial de los cardenales con su esposa la Iglesia con un amor que brota del costado de Cristo. Nos lo dijo el Papa explicándonos el simbolismo de la entrega de los anillos cardenalicios: "El anillo que hoy os entrego, propio de la dignidad cardenalicia tiende a confirmar y reforzar este compromiso, a partir una vez más de un don nupcial, que os recuerda, ante todo, que estáis íntimamente unidos a Cristo, para cumplir la misión de esposos de la Iglesia. Que el recibir el anillo sea, por lo tanto para vosotros como renovar vuestro 'sí', vuestro 'aquí estoy', dirigido al mismo tiempo al Señor Jesús, que os ha elegido y constituido, y a su santa Iglesia, a la que habéis sido llamados a servir con un amor esponsal". La dignidad cardenalicia me lleva a seguir las huellas del Señor, que amó a la Iglesia y se entregó por ella como esposo, crucificado y glorificado. Nos lo dijo con toda claridad y verdad el Papa a los Cardenales: "Al quedar unidos más de cerca a Pedro, estaréis llamados a colaborar con él en el cumplimiento de su peculiar servicio eclesial, y esto os exigirá una participación más intensa en el el misterio de la Cruz, compartiendo los sufrimientos de Cristo. Y todos nosotros somos testigos de sus sufrimientos, en el mundo y también en su Iglesia. Y precisamente de este modo participamos también en su gloria". A los Cardenales, se nos encomienda servir, unidos al que es llamado "Siervo de los siervos de Dios", el Papa, pero, sobre todo, siguiendo y sirviendo al "que ha venido a servir y dar su vida en rescate por todos. "La disponibilidad total y generosa para servir a los demás es el signo distintivo de quien, en la Iglesia, es constituido como autoridad, pues así sucedió con el Hijo del Hombre", siervo y esclavo lavando los pies en la última cena, sirviendo la mesa con su cuerpo y su sangre en la Eucaristía, maltratado y colgado de la Cruz en la consumación de su servicio hasta dar su vida por nosotros para que tengamos vida. EL primer "siervo de los siervos de Dios", es, por tanto, Jesús. Tras Él y unidos a Él, los apóstoles", los que tienen autoridad en la Iglesia, el Papa, los Cardenales. Servir, fundamentados en la experiencia del comportamiento de Jesús: en su manera de servir, hasta el sacrificio de sí mismo, en su humillación hasta la muerte, y una muerte de cruz, confiando sólo en el Padre, que le exaltó en el momento oportuno". No puedo llamarme a engaño. La dignidad en la Iglesia es servicio y es cruz. Así de verdadero y claro nos los dijo el Papa: "Sí, queridos hermanos, lo que afirma <Pedro> el Príncipe de los Apóstoles se aplica particularmente a quien está llamado a revestirse con la púrpura cardenalicia: 'A los presbíteros que están entre vosotros les exhorto yo, presbítero como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que está para manifestarse' ( 1 Pedro 5,1). Son palabras que, incluso en su estructura esencial, recuerdan el misterio pascual, particularmente presente en nuestro corazón en estos días de Cuaresma". Hermanos e hijos muy queridos: (Gracias!(muchísimas gracias a todos!, por vuestro afecto, vuestro cariño tan grande y vuestra cercanía. Sé que estáis muy contentos y sin ninguna cortapisa lo manifestáis con toda naturalidad: Tenéis un corazón grande y generoso. Que Dios os lo pague. (Gracias, sobre todo, por vuestra oración!, que sé que ha sido y está siendo muy intensa. Orad, orad mucho por el Papa, que le ayudemos como Dios quiere; orad por todo el Colegio cardenalicio, nunca me había parado a ver la responsabilidad de los cardenales y es muy grande; orad por los nuevos cardenales, que como servidores, hagamos lo que cabe esperar de los siervos: que seamos fieles, muy fieles. Como dijo el Papa en la plaza de san Pedro el día de la Encarnación: Os invito a todos vosotros, "sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos, a uniros en la invocación del Espíritu Santo, para que el Colegio de los Cardenales arda cada vez más con la caridad pastoral, para ayudar a toda la Iglesia a irradiar en el mundo el amor de Cristo, para honor y gloria de la Santísima Trinidad". Pedid que por intercesión de los santos, en particular de Santa María, la Virgen Madre de Dios "descienda abundantemente sobre los nuevos cardenales y sobre todos nosotros la efusión del Espíritu de verdad y caridad para que conformados cada vez más con Cristo, podamos dedicarnos incansablemente a la edificación de la Iglesia y a la difusión del Evangelio en el mundo", para que todos puedan ver a Jesús, conocerle, amarle y seguirle, que, con mucho, es lo mejor que le puede acontecer a cada hombre. Pedid también por las necesidades del mundo, por España, por Toledo. No olvido en este día la memoria agradecida del Papa Juan Pablo II, que hoy fue llamado por el Padre para ir a su casa y habitar la patria definitiva sobre los hombros del Buen Pastor, a quien tanto amó, como digno y bueno sucesor de Pedro. Que Dios nos conceda aprender de él; seguir sus enseñanzas, recorrer el camino que el recorrió, ir tras sus huellas y dejar el mundo sembrado de la semilla del amor, del Evangelio de la esperanza y de la paz, que todos vivamos como él vivió con la pasión por Dios y por el hombre, unidos a la pasión de Cristo y a la pasión del hombre, por las sendas de la verdad, anunciando a tiempo y a destiempo el Evangelio, abriendo puertas, todas las puertas, sin ningún miedo ni temor, sin ninguna cobardía ni complejo, a Jesucristo redentor del hombre, que es quien sabe lo que hay en el corazón del hombre, porque conoce lo que hay en el corazón de Dios. (Jóvenes, seguid su camino; familias, aprended sus enseñanzas; todos, escuchémosle!. Que Dios conceda a su Iglesia el don de su beatificación. Que mañana os unáis todos a la celebración de la Eucaristía, en memoria agradecido de quien fue don de Dios a su Iglesia, el gran Papa Juan Pablo II.
CARTA A TODA LA COMUNIDAD DIOCESANA CON MOTIVO DEL DÍA DEL SEMINARIO
Queridos hermanos y hermanas: Un año más nos encontramos ante el día del Seminario Diocesano, que celebramos el día de San José, patrono de la Iglesia universal y especial protector de los seminarios diocesanos. El decir "un año más" no significa ni rutina ni inercia, ni nada trivial o irrelevante en relaci6n con todo lo que comporta esta instituci6n eclesial, donde tanto está en juego, como es la formaci6n de los futuros sacerdotes, sin los cuales no hay Iglesia. Todo lo que digamos acerca de la importancia del seminario es poco. Seguramente me quedaría corto en el destacar el lugar y la relevancia para la Iglesia del seminario, porque se trata sencillamente de los sacerdotes. Sabemos la urgencia de que haya vocaciones al sacerdocio ministerial, nos decimos una y otra vez lo decisivo para la Iglesia, y por tanto para la sociedad, el que haya abundantes sacerdotes, santos y sabios sacerdotes, bien preparados y bien formados en todos los sentidos. Entre los objetivos fundamentales pastorales para este curso dentro de la planificaci6n diocesana se insiste en fortalecer la pastoral diocesana. Pero es necesario repetírnoslo constantemente, una vez más en estos días en torno a la fiesta de san José. Hacen falta muchos y santos sacerdotes. El nuevo y apremiante esfuerzo creador en la nueva evangelizaci6n de nuestro mundo es una magna empresa que no puede demorarse. y para ella se necesitan ya, sin aplazamiento de tiempo, muchos más sacerdotes de los que contamos en estos momentos. La di6cesis de Toledo ha de atender el encargo de la Santa Sede de la Prelatura de Moyobamba y de otras encomiendas en misiones; nuestra misma Iglesia diocesana, bastante más rica en sacerdotes y en vocaciones que buena parte de las di6cesis españoles por don de Dios, ha de estar solícita ante la llamada de iglesias hermanas que nos piden ayuda; el crecimiento demográfico de la di6cesis toledana está siendo ya muy grande, pero va a resultar espectacular, si las tendencias no cambian, en los pr6ximos diez años; el crecimiento de la secularizaci6n entre nosotros es también una realidad. Por eso no podemos dormirnos; hemos de trabajar seriamente en todo aquello que haga posible el surgimiento de nuevas y abundantes vocaciones al sacerdocio. Si, por lo demás, queremos -y son tan necesarios- que haya laicos comprometidos en la obra evangelizadora y en las tareas de renovaci6n de nuestro mundo conforme a la verdad del Evangelio, y si queremos que haya personas consagradas en los diferentes carismas, alma y vida de una Iglesia vigorosa y con vitalidad, es preciso que haya el número necesario de sacerdotes. Y hay que formarlos. Para eso están nuestros seminarios Mayor y Menor. Es preciso ayudar a las vocaciones, con la insistente y asidua oraci6n, con una mayor y más honda renovaci6n cristiana y evangélica de nuestras comunidades, con un fortalecimiento de la familia cristiana y de la trasmisi6n de la fe en ellas, verdaderas escuelas de Evangelio, con grupos de jóvenes y niños, de adolescentes, con una pastoral adecuada e intensa de jóvenes, de tantas maneras e iniciativas como sugiere nuestro Plan pastoral. y es indispensable, por lo mismo, ayudar a nuestros seminarios. De muchas maneras: con la oraci6n, con la cercanía y el afecto, con todos los apoyos precisos y servicio de personas -formadores, profesores, etc-, sin escatimar los medios que se requieran. También es necesaria la aportaci6n econ6mica, que siempre tiene que ver con la mejor y más cuidada formaci6n espiritual, humana, cultural y pastoral de los seminaristas, futuros sacerdotes con la gracia de Dios y nuestra ayuda. La ayuda econ6mica es muy urgente. Todos sabéis las grandes obras que se han tenido que llevar a cabo en nuestros seminarios. Eran absolutamente imprescindibles. Se ha sido austero en la restauraci6n que se ha llevado a cabo. Se vivía en circunstancias que ni eran dignas ni resultaban formativas. Seguramente que no las habríamos aceptado para nosotros. Pobreza toda, pero miseria y dejadez en absoluto. No podíamos consentir la situaci6n en que se encontraban habitaciones, instalaciones, aulas, etc; hemos corrido serios peligros de seguridad, pero Dios ha sido muy benevolente con nosotros y nos ha protegido -le damos gracias-; podía haber sucedido cualquier desastre que hubiésemos lamentado todos, con raz6n. Por eso, os digo y os pido, si queréis de rodillas, a todos que ayudemos econ6micamente al Seminario, a pagar las deudas que la di6cesis ha contraído para contar con unos edificios dignos y formativos. Que nadie nos dispensemos de esta ayuda; cada uno según sus posibilidades. Que nadie busquemos evadirnos con excusas de si se podría haber hecho de esta manera o de la otra: se ha hecho con los medios más justos y razonables. ¡Seamos generosos! Aprovecho también para deciros -y aclararos por si fuera necesario- que los seminaristas del Mayor van a participar en Roma en las celebraciones con ocasión de recibir el título y las insignias cardenalicias. Se ha buscado únicamente su formación; he creído que era una ocasi6n para reforzar aspectos de comunión, de eclesialidad, de universalidad, de unión con el Papa. No se trata de un viaje de recreo, sino de peregrinación y de formación. A la diócesis no le va acostar ni restar nada. Han habido personas generosas que, sin pedirlo, han traído sus donativos para este fin. Tengamos amplitud de miras y busquemos entre todos el bien de los seminaristas. Muchas gracias por todo y a todos. Que Dios os bendiga copiosamente y que enriquezca a la diócesis de Toledo con abundantes vocaciones sacerdotales, que dé perseverancia a los que han respondido a la llamada del Señor, y que fortalezca y engrandezca, como Él quiera, cada cía a nuestros Seminarios. Con mi afecto y bendición para todos.
X Antonio Cañizares Llovera Arzobispo de Toledo Primado de España
CARTA A LA ARCHIDIOCESIS DE TOLEDO Consistorio Ordinario Público para la creación de 15 cardenales
Queridos hermanos en el Señor de la Archidiócesis de Toledo: Os hago partícipes de una gran alegría. El Santo Padre Benedicto XVI acaba de hacer público mi designación como Cardenal de la Santa Iglesia Católica Romana. Ha sido muy generoso conmigo y con la Iglesia que está en Toledo. Por eso, con vosotros, le expreso públicamente con emoción, mi agradecimiento filial, nacido de lo más hondo de mi corazón. También vuestro agradecimiento. ¡Demos gracias a Dios!
Dios, una vez más, ha estado grande en su infinita misericordia para con nosotros. Me ha concedido y revestido de un honor y una grandeza que, sin duda, supera mi capacidad, y ha enriquecido nuevamente a la Iglesia Toledana con la gracia de asociar a su Obispo al Colegio Cardenalicio, colaborador inmediato y más cercano del Papa, Obispo de Roma y Pastor Universal de la Iglesia Católica, Una, Santa y Apostólica.
Se ha hecho pública, además, esta noticia, el día en que la Iglesia celebra la Cátedra de San Pedro. ¡Qué claro habla Dios! para indicar, si cabe con mayor fuerza e intensidad, el sentido del don del cardenalato: estar asociado estrechamente con vínculo especial al Sucesor de Pedro en su ministerio de confirmar en la fe apostólica, de garantizar la unidad y fortalecer la comunión eclesial, de presidir sirviendo en la caridad y alentar la esperanza de toda la Iglesia.
A esto se me llama, esta gracia se me concede: ayudar con todas mis fuerzas al Papa, estar a su lado en todo, vivir inquebrantablemente la comunión con él con entera fidelidad y ser instrumento de esta comunión, compartir sus desvelos y trabajos apostólicos en esta hora con esa unidad singular que entraña el formar parte del Colegio Cardenalicio.
Es una grandeza inmensa la que se me otorga. Soy muy consciente de que ser grande en la Iglesia y en el camino por el que se abre paso el Evangelio significa y es servir, nada más que servir. Desde ahora se me llama a un servicio mayor y más empeñativo, a ser vinculado tan estrechamente a quien es “Siervo de de los siervos de Dios”, el Papa. Por eso mi vida, con mayor empeño y con el auxilio de la gracia divina, ha de gastarse y desgastarse por completo, en esta entrega sin límites, en la caridad para con todos, singularmente de los mas necesitados, en los duros y apasionados trabajos apostólicos del Evangelio, en la dedicación plena a la Santa Madre Iglesia Universal, todo junto al Papa Benedicto XVI, testigo de la verdad, campeón de la fe, heraldo del amor de Dios.
Quiero, en estos momentos, reafirmar con Pedro, la verdad de la fe en Jesucristo, Hijo único de Dios, venido en Carne, Mesías y Salvador único de todos los hombres, piedra angular en quien se sustenta todo, el que tiene palabra de vida eterna. Pido a Dios, que me ayude, en esta nueva etapa de mi historia, que es historia de la misericordia de Dios para conmigo en el servicio a la caridad ya la fe junto con el Papa; de la caridad y de la fe nos ha hablado el Papa bellamente en su Encíclica "Deus caritas est" y en su reciente discurso a los miembros de la Congregación para la Doctrina de la Fe, pero de ellas además, es testimonio vivo y luminosos en toda su persona y ministerio. Que Dios me ayude también junto al Papa en este servicio a la unidad ya la comunión, propios del Colegio Cardenalicio y tan distintivos en la Sede Primada, cuya vocación está especialmente al servicio de la unidad desde el III Concilio de Toledo. También nuestra diócesis queda más fortalecida y comprometida en su vocación y contribución a esta unidad. Rogad por el Papa, fortaleced vuestra comunión con él, amad lo fuertemente. Rogad también por mí, pedid a Dios que sea fiel. Rogad por la Iglesia Universal, por nuestra diócesis.
Me encomiendo a la Santísima Virgen, invocada entre nosotros con títulos tan entrañables, de Guadalupe, del Sagrario, del Prado, de la Caridad y de tantos otros. Me encomiendo asimismo a los Santos, especialmente a los Santos arzobispo de Toledo, San Ildefonso, San Eugenio, San Julián.
Gracias de nuevo a Dios, gracias al Papa Benedicto XVI, gracias a mis obispos Auxiliares y sacerdotes, gracias a todos.
X Antonio Cañizares Llovera Arzobispo Toledo Primado de España
HOMILIA EN LA FIESTA DE SANTO TOMAS DE AQUINO
Instituto Superior de Estudios Teológicos San Ildefonso 28 de enero de 2006 Queridos obispos, queridos profesores, queridos alumnos del Instituto Teológico, con toda la Iglesia, en este día, celebramos la memoria agradecida de Santo Tomás de Aquino, testigo y buscador de la Verdad, buscador y testigo de Dios. El más sabio de los santos, y el más santo de los sabios. Maestro y ejemplo para todos los teólogos, para cuantos, desde la fe y en comunión con la Iglesia, buscan entender, y para cuantos con la razón indagan la comprensión de la fe. Servidor de la verdad divina, dedicó toda su vida, sus estudios y trabajos, a una comprensión siempre más penetrante de la misma, aunando contemplación y ejercicio de la razón que no se sacia con menos de conocer a Dios. En su persona y en su obra se manifiesta de forma diáfana la orientación intrínseca de la inteligencia humana hacia la verdad y la exigencia irrefrenable del creyente de explorar racionalmente el misterio de Dios, revelado en Jesucristo. En él encontramos no sólo la cima de la teología, sino la necesidad que tenemos de ella y el modelo de ejercerla siempre, y de modo particular en los momentos presentes. Como el magisterio de la Iglesia nos recuerda una y otra vez necesitamos de la enseñanza de Santo Tomás y de la guía segura de su doctrina para seguir haciendo verdadera teología en una situación cultural que tiende a silenciar la dimensión trascendente del hombre, a omitir o negar la cuestión de Dios y de la revelación cristiana. Ante esta situación, guiados e iluminados por el magisterio de Santo Tomás de Aquino, la teología está llamada a concentrar su reflexión en lo que son sus temas radicales y decisivos: el misterio de Dios, del Dios Trinitario, que en Jesucristo se ha revelado como el Dios que es amor, como acaba de recordarnos el Papa Benedicto en la magnífica Encíclica que acaba de dirigirnos a todos, el misterio de Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, que con su encarnación, vida y mensaje, sus signos y palabras, su muerte y resurrección, nos ha salvado y redimido y ha iluminado definitivamente los aspectos más profundos de la existencia humana, el misterio del hombre, que en la tensión insuperable entre su finitud y su aspiración ilimitada lleva dentro de sí mismo la pregunta irrenunciable del sentido último de su vida. La teología, para ser de verdad teología, como en santo Tomás, de manera particular hoy, necesita centrarse en Dios. Dado que las huellas de Dios en un mundo secularizado se encuentran cubiertas, esta concentración sobre Dios uno y trino como origen y fundamento estable de nuestra vida constituye el cometido más urgente de nuestra vida y de todo el mundo. Todo el saber teológico debe conducir a Dios mismo. No podemos presuponer la respuesta al problema de Dios. La relación del hombre con Dios se ha hecho frágil y tiene necesidad de confirmación. Por ello, la teología hoy, los teólogos, deben trabajar con todas sus fuerzas en la renovación de la comprensión de Dios, de la trinidad de Dios, de su obra creadora y salvadora. Debe, por eso, partir de Dios y conducir a Dios. Cuanto somos y hacemos como cristianos tiene su raíz y su centro en la fe que reconoce que "para nosotros no hay más que un Dios, el Padre de quien procede el universo y a quien estamos destinados nosotros, y un solo Señor Jesucristo, por quien existe el universo y existimos nosotros" (I Cor 8,6). Ninguna cuestión puede ocupar un lugar más nuclear y vital, ni merece una atención más prioritaria por parte nuestra que la fe en Dios como Dios, como lo único necesario, fuente de toda luz y esperanza de vida eterna. El mensaje central de Cristo y de la Iglesia proclama ante el mundo la soberanía absoluta del Dios vivo. "En El está el principio y el fin de todas las cosas. El tiene la iniciativa de la creación y de la salvación; en El está el juicio inapelable de nuestra vida y de nuestras obras; no hay sobre la tierra ningún otro poder al que debamos someter nuestra vida ni del que podamos esperar la salvación” (TDV 14). Como enseña el Catecismo de la Iglesia católica, "nuestra profesión de fe comienza por Dios, porque Dios es el “primero y el Ultimo" (Is 44,6), el Principio y el Fin de todo... 'Creo en Dios': Esta primera afirmación de la profesión de fe es también la más fundamental. Todo el Símbolo habla de Dios, y si habla también del hombre y del mundo, lo hace por relación a Dios. Todos los artículos del Credo dependen del primero. Los demás artículos nos hacen conocer mejor a Dios tal como se reveló progresivamente a los hombres" ( CEC 198-199). Esta confesión de fe es para nosotros una luz esplendorosa que llena de sentido la existencia humana y la realidad toda; una fuente de gozo y esperanza que no tenemos derecho a ocultar ni a retener pues no nos pertenece sino que quiere ser de todos. Necesitado de muchas cosas, nuestro mundo de nada está tan falto como de Dios; en esta situación y ante tal carencia fundamental, la Iglesia, nosotros en ella, debemos mostrar nuestra compasión y hacer del anuncio del Dios vivo el centro de nuestro servicio a los hombres. Sería paradójico que, llamados a servir a los hombres ya socorrer sus carencias, no estuviéramos atentos suficientemente a esta indigencia del hombre. Es preciso reconocerlo si queremos que haya un futuro verdadero para la humanidad. La verdad del hombre está en Dios. Esta es, en efecto, la verdad del hombre y su grandeza: ha sido creado por Dios, a imagen y semejanza suyo lo ha creado, está hecho por Dios y para Dios, y su corazón está inquieto hasta que en Él descanse, su alma tiene sed de Dios, de Dios vivo, como la tierra reseca y agostada, y no se "contenta con menos que Dios", en expresión teresiana, que es como decir aquello de la misma santa" Quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta". El hombre, cada hombre en concreto, es la única creatura querida por Dios; la verdad del hombre es que es querido por Dios, como nos ha dicho el Papa en su Encíclica. Ahí se condensa la más pura y genuina antropología, de la que andamos tan carentes en nuestro tiempo, en el que todo parece mirarse a ras de suelo y en el que todo trata de resolverse de manera inmanente a este mismo mundo con la confianza puesta en sí mismo y tratando de comprenderse hasta el fondo de sí mismo sólo con criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes (Cf RH 10). La cultura dominante y secularizada invita, más aún, obliga a que el hombre se busque en vano a sí mismo El verdadero problema de nuestro tiempo es la quiebra de humanidad, o sea, la falta de una antropología que remontar el vuelo al hombre de nuestros días, una visión verdadera del hombre, inseparable de Dios, la que vemos y palpamos en Cristo, Verbo encarnado, en quien se nos ha revelado la verdad de D10S y la verdad del hombre, inseparable de Aquél, y la sublimidad y grandeza de nuestra vocación (GS 22). No en balde en Santo Tomás, a la Secunda Pars de su Summa, donde aborda la cuestión del hombre, precede la Prima Pars en la que trata la realidad de Dios. Ante un mundo vacío y desconcertado y una cultura desvertebrada y desnortada deberíamos preguntarnos y esclarecernos -ya eso debe ayudarnos hoy la reflexión teológica, como hace de manera perenne la de Santo Tomás de Aquino- hacia dónde apuntamos; "tenemos fuerza para apuntar a algo nos inclinamos con nuestro arco, el arco de la razón, hacia el suelo? ¿Tenemos sentido del horizonte o razonamos que todo lo que no sea apuntar al suelo es tontería? Los que no ponen su confianza más que en sí mismos, los que sólo buscan el sentido de la vida humana en el vivir de la realidad inmediata, en el ejercicio del libre albedrío, en la decisión propia o ajena, pero decisión humana, los que quieren sus propios caminos de libertad rechazando todo sentido de creación y salvación divina, llegan a la desesperación, a un mundo cerrado y sin esperanza. Todo esfuerzo del hombre sin Dios conduce a un callejón si salida. Se origina una sociedad y una cultura de engaños y ficciones que necesita apoyarse en bastones y mirarse en mil espejos que les digan que son hermosos y fuertes. se pierde la claridad interior y cada vez se le hace más difícil al hombre ver la jerarquía de los valores, distinguir lo principal y lo accidental y lograr un auténtico juicio. Por eso necesitamos tanto hoy, como recordó con tanta claridad y hondura, el papa Juan Pablo II en su Encíclica Fides et Ratio, el magisterio y la gula certera de Santo Tomás de Aquino en el quehacer teológico. Que la guía y la intercesión de este Santo nos ayuden en el quehacer teológico en nuestros días. Necesitamos teólogos que desempeñen este servicio en la Iglesia. Este es el caso del P. Cándido Pozo, cuya obra y magisterio teológico incorporamos hoya la acción de gracias por Jesucristo, al tiempo que nuestra plegaria para que le recompense en todo, como a los servidores fieles y prudentes.
El Papa Benedicto XVI
nos ha dado a conocer su primera y grande Encíclica: grande no por su extensión
sino por su contenido. Había ante ella, con razón, una gran expectativa.
Ciertamente que ésta la ha colmado con creces. No ha tratado de muchos aspectos,
que, por importantes que fuesen, pudieran dejar al hombre de nuestro tiempo,
desgarrado y dividido por tantos fragmentos de verdad, sin encontrar todavía su
tan necesitada unidad y sin hallar aquello esencial que requiere para dar
sentido a su vida y orientar su existencia por el camino certero de la verdad. X Antonio Cañizares Llovera Arzobispo de Toledo Primado de España
HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE SAN ILDEFONSO
Santa Iglesia Catedral Primada 23 de enero de 2006
Hoy es un día grande y gozoso para Toledo. Celebramos la fiesta de nuestro santo Patrón, modelo e intercesor, san Ildefonso, que, por gracia de Dios, con los santos arzobispos toledanos, san Eugenio y san Julián, llenó de gloria la diócesis de Toledo, en el siglo VII, y marcaron el verdadero camino a seguir por la Iglesia toledana para responder a la vocación a la que está llamada. Este año, según los mejores estudios, se cumple el décimo cuarto centenario de su nacimiento: deberá ser un año en el que ahondemos de manera especial en el conocimiento y en la intercesión de san Ildefonso, con diversas acciones que iremos señalando. No deberíamos dejar pasar por alto este hecho. Cuando nació San Ildefonso habían transcurrido menos de veinte años desde el Concilio III de Toledo, el gran Concilio que abrió la puerta a una nueva fase de la historia española y europea, y la marcó indeleblemente para el futuro. Aquel Concilio toledano, bien lo sabéis, selló solemnemente el paso del pueblo visigodo a la religión católica, demostró certeramente que las contraposiciones de la sangre entre la población románica y germánica podían ser salvadas por la unidad del espíritu y que ambos pueblos podían crecer y caminar juntos, por la senda de la unidad de la fe. Aquel Concilio, ha dicho el Papa Benedicto XVI siendo todavía cardenal, "ha creado futuro; ha construído Europa, produciendo unidad a partir de la fuerza del espíritu"; en el acontecimiento de este III Concilio, encontramos un "modelo de unidad, algo que pueda reunir a unos y a otros y abrir caminos por donde avanzar". En ese clima, pues, de unidad en la fe y del espíritu, de superación de contraposiciones de la sangre y de los pueblos, nace y crece el que es una de las mayores glorias toledanas, y sin duda alguna el gran protector de nuestra Archidiócesis a la que tanto amó y sirvió en la tierra como su pastor; ama, sirve y guía desde el cielo. A él nos encomendamos y le pedimos que interceda por esta diócesis de Toledo para que continúe aquella fecunda y admirable historia de santidad que se ahondó en el siglo VII con la unidad de España en torno a la misma y única fe en Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que nació de santa María siempre virgen. España, la Iglesia que peregrina en estas tierras de Toledo, ha sido bendecida largamente por Dios con la santidad. En verdad, Dios "ha estado grande con nosotros y estamos alegres". Es eterna e infinita su misericordia. Por eso, con quien es la toda santa, la siempre Virgen María, desde esta tierra suya, porque somos tierra de María, porque somos de Ella, como nos enseñó san Ildefonso, proclamamos hoy la grandeza del Señor y su inmensa misericordia. La misericordia divina, en efecto, se ha mostrado generosa y desbordante con España -en concreto, con Toledo, corte real y sede primada, que representaba España- al darle entre sus mejores hijos a San Ildefonso, y a esa pléyade inmensa de hombres y mujeres del espíritu como espejo y modelo de santidad. Con los santos, como nuestro Patrón, Dios nos indica ciertamente su bondad y su gracia que nos llenan de gozo y de esperanza, pero, al mismo tiempo, nos indica también cuál es la vocación a la que estamos llamados, qué es también lo que nos pide a la Iglesia en los momentos actuales: sencillamente, que caminemos por esa senda de la santidad, donde se nos abre el más amplio horizonte de futuro y de esperanza. Los santos son, de manera eminente, testigos del Dios vivo, presencia testificante de Jesucristo entre los hombres, visible manifestación de su rostro y de la vida nueva conforme a las Bienaventuranzas, testimonio real y cercano de la esperanza a la que estamos llamados, hechura de Dios y de su gracia, obra acabada en quienes podemos palpar y ver la humanidad nueva obra del Espíritu. La santidad, que es seguimiento fiel de Jesucristo no merma en nada la plenitud de nuestras vidas, al contrario, la multiplica, la ensancha hasta abrazar con nuestro amor a los confines del mundo. Los santos son así luz de vida y esperanza para la sociedad. Este es el camino, el verdadero camino que se nos abre ante los grandes desafíos de nuestra época. Los santos, por ser testigos singulares de Dios, son, por lo mismo, testigos de la caridad que no tiene límites y de la entrega servicial a los hombres, recorriendo el camino que Cristo recorrió: el camino de las bienaventuranzas, retrato que Jesús nos dejó de sí mismo, dibujo de su rostro y descripción concreta de su infinita caridad, esa caridad, centro y nucleo de la fe, de la que nos va a hablar el Papa Benedicto XVI en su primera encíclica, cuyo título es precisamente: "Deus charitas est", que se hará pública pasado mañana. Los santos, obra acabada de verdadera humanidad, reflejan la vida que Jesucristo mismo encarnó y vivió históricamente, aquella que los discípulos vieron con sus propios ojos y palparon con sus manos. Ser santos es el camino a seguir por la Iglesia en el presente y en el futuro, ése ha de ser su programa pastoral, no puede tener otro. Todos podemos ser santos, todos estamos llamados a serlo, a nadie le faltará la ayuda necesaria para que así sea, contamos con el auxilio del amor y de la gracia de Dios, contamos con la ayuda de la que es toda Santa, la Virgen María, contamos con la ayuda de todos los santos, en particular, de san Ildefonso. Con ellos no es tan difícil como algunos puedan pensar; no se trata de algo extraordinario o inalcanzable, es seguir el Evangelio con toda sencillez, en la vida de todos los días. "La perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral -decía Juan Pablo II- es el de la santidad". Hoy más que nunca es necesario hacer hincapié en esta urgencia pastoral. Sin esto todo se desmorona, nada tiene consistencia. En los momentos cruciales de la Iglesia han sido siempre los santos quienes han aportado luz, vida y caminos de renovación. También hoy que vivimos un tiempo crucial, delicado, necesitamos santos, pedir a Dios con asiduidad santos, y ofrecer modelos de santidad. La vida entera de la comunidad eclesial, la de las familias cristianas, la de todos los cristianos, de cualquier clase o condición, debe ir en esta dirección: la que lleva a la plenitud de la vida cristiana ya la perfección del amor. El programa de una pastoral de santidad es muy amplio y creo que nadie pueda albergar respecto de él recelo alguno, ni tildarlo de escapismo o de fuga hacia un espiritualismo que nos haga desentendernos de nuestro mundo y de las necesidades que urgen y apremian. Cuando digo esto, cierto, no se me ocultan los gravísimos problemas que hoy acechan a la humanidad y a nuestra patria, que están en la mente de todos. No estoy en las nubes ni huyo a ningún pasado; no soy ningún ingenuo. Soy muy consciente que estamos a unas alturas concretas de la modernidad, y por eso mismo afirmo que lo prioritario en estos momentos es una pastoral de la santidad. En los momentos más difíciles, en los momentos cruciales, en los momentos más claves de la historia, han florecido los santos como guías de futuro. Y hoy necesitamos que se nos abran caminos de futuro. Sí a la santidad, precisamente porque estamos en unos momentos cruciales de nuestras historia, particularmente graves, necesitados de norte y orientación; sí a la santidad porque ciertamente una Iglesia de santos será una Iglesia, cuyos miembros, unidos a Cristo, serán testigos de la caridad que no tiene límites y de la entrega servicial a los hombres, siguiendo el camino que Cristo recorrió, y es El mismo: el camino de su infinita caridad. San Ildefonso de Toledo, en estos momentos graves de nuestra historia, que cada día que pasan parecen tornarse más delicados, nos está diciendo a los católicos toledanos, y -¿como no?- a los católicos españoles: ¡No tengáis miedo, no tengáis miedo a ser santos! ¡No tengáis miedo al futuro si sequís el camino de la santidad, abriréis caminos nuevos de futuro y esperanza! Porque ser santos es seguir a Jesucristo, donde está todo futuro, dejar que Él sea nuestro dueño, y nosotros sus esclavos, sus siervos; cuando Él es nuestro Dueño y Señor, es cuando somos más libres, es cuando amamos con su mismo amor, es cuando caminamos en la verdad que nos hace libres y donde está la paz; es cuando vivimos desde el perdón y somos instrumentos de reconciliación y paz, es cuando vivimos en Él como hijos de Dios que es en quien está toda dicha y alegría, la vida que nada ni nadie nos puede arrebatar. San Ildefonso nos mostró un camino singular: el de la esclavitud de María. Ser esclavos de la esclava del Señor para que el Señor sea nuestro Dueño y nuestra vida, nuestro todo. Ser esclavos de María que se plegó en todo a la voluntad de Dios; esclavos de María, la que marcó su vida con aquel decisivo "aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra", que trae la salvación, la esperanza, la paz, la luz, la verdad y el amor a toda la tierra. San Ildefonso, enamorado enteramente de María, siempre Virgen, entregado a Ella como esclavo y siervo suyo, vivió, como Ella, enteramente para su Señor, Jesucristo, fuente de libertad, de vida y de amor. Abrámonos al Señor para que Él ilumine todos nuestros pasos. Abrámonos a los dones de la gracia: sólo la gracia y los medios de la gracia nos santificarán; secundemos los medios y caminos que conducen a la santidad; abrámonos, como san Ildefonso, a María, que le premió con la investidura del traje sacerdotal de fiesta. Que Cristo sea en verdad nuestro tesoro más querido. La docilidad a esta llamada suya no mermará en nada la plenitud de nuestra vida: al contrario, la multiplicará, la ensanchará hasta abrazar con nuestro amor los confines del mundo. Así seremos luz de vida y esperanza en medio de esta sociedad, la nuestra. Aquí está el futuro. En este día de san Ildefonso, tan unido a la Virgen María, y en la misma víspera de la festividad de la Descensión de María, fiesta tan toledana, ayudado por la intercesión de nuestro santo Patrón, desde lo más hondo de mi corazón, en estos momentos graves de nuestra historia, siento la necesidad de elevar y compartir con vosotros una súplica honda a la Santísima Madre de Dios, siempre Virgen, por España, por su tierra, "Tierra de María", como la llamó Juan Pablo II. A nadie, a estas alturas, se nos oculta la gravedad, en efecto, de estos momentos. Son muchas cosas las que están en juego. Está en juego la unidad de España y sus raíces culturales e históricas, que han hecho de ella ese gran pueblo, que es y ha sido capaz de grandes gestas en todos los campos y en todas las épocas, si no las deshecha y destruye; está en juego "la herencia de valores humanos y cristianos que representan el patrimonio más precioso del pueblo" español, "la herencia de la fe, suscitada por la predicación" de los discípulos de Jesucristo ya desde los primeros siglos del cristianismo y profundizada desde el Tercer Concilio Toledano. Está en juego "la herencia de la cultura, florecida en ese tronco común a lo largo de generaciones"; está en juego la "herencia de la unidad", que se mide por largos siglos de historia común, "incluso más allá de su específica configuración política, consolidada", sobre todo en el final del siglo XV y el XVI, y que ha estado y sigue arraigada en la conciencia de los españoles, que se han sentido y sienten miembros de una única nación, en la diversidad de los pueblos que la integran. Nada de lo que sucede en España, en la sociedad, le es ajeno a la Iglesia. Nada humano nos es extraño. Nada de lo que afecta al hombre, a la sociedad, a nuestra historia y a nuestro país le es ajeno a los cristianos. El Papa Juan Pablo II, en una ocasión delicada para Italia, enero de 1994, en un Mensaje a los Obispos italianos decía a los cristianos estas palabras que hago mías refiriéndome a nuestra peculiar y propia situación: "Los laicos cristianos, precisamente en este momento histórico decisivo, no pueden evadirse de sus responsabilidades. Antes bien, deben manifestar con valor su confianza en Dios, Señor de la historia, y su amor a Italia -a España, añado- a través de una presencia unida y coherente y un servicio honrado y desinteresado en el campo social y político, siempre abiertos a una sincera colaboración con todas las fuerzas sanas de la nación". Y añadía el Papa estas palabras que hago mías también refiriéndome a nuestra propia realidad: "Si la situación actual exige la renovación social y política, a nosotros, los pastores, nos corresponde recordar con energía los presupuestos necesarios, que llevan a la renovación de las mentes y de los corazones, y por tanto a la renovación cultural, moral y religiosa (Cf Veritatis Splendor 98). Precisamente aquí se coloca nuestra misión pastoral: debemos invitar a todos a un examen de conciencia específico. Este balance no sólo es de carácter político, sino también, y sobre todo, de carácter cultural y ético. Es necesario, por tanto, ayudar a todos a librar ese balance de los aspectos utilitaristas y coyunturales así como de los peligros de una manipulación de la opinión pública". El amor al bien de la propia nación, los comportamientos de solidaridad renovada dentro del propio país y con la humanidad entera, la verdad en la paz, el principio de subsidiariedad, la superación del nihilismo y del fundamentalismo así como de la dictadura del relativismo, el camino y los comportamientos en la verdad, la justicia, la libertad y el amor, la apertura y no la cerrazón al reconocimiento de Dios que es Amor que salva, son bases necesarias para la consolidación de la verdad de la convivencia entre nosotros y camino de futuro en estos momentos. Nuestra solicitud por España, queridos hermanos, "no puede manifestarse sólo mediante palabras, es necesario que todos los creyentes se movilicen mediante la oración común". Aquí, en la diócesis de Toledo, desde ahora, e intensificádose en el tiempo de la próxima Cuaresma, tiempo de oración, ayuno y ejercicio de la caridad, vamos a orar intensamente por España. La Iglesia, decía el Papa Juan Pablo II en el citado Mensaje de enero de 1994, es una fuerza social que une a los habitantes de nuestra tierra, que ha superado la prueba de la historia, "ante todo a través de la oración y la unidad en la oración". Oremos, pues, para que Dios, por intercesion de la Santísima Virgen Maria, y de todos los santos españoles, singularmente de san Ildefonso, conceda a España mantener viva la unidad solidaria de todas sus gentes, que conserve la herencia recibida de la fe y de la cultura arraigada en las raíces cristianas, que el Señor nos haga a los católicos españoles recuperar el vigor de una fe vivida, ser testigos del Evangelio, hombres de fe, fieles a las raíces católicas de nuestra historia común. No olvidemos las palabras de Jesús: "Sin mí no podéis hacer nada". Estas palabras contienen "la invitacion más convincente a la oración y a la vez el motivo más fuerte de confianza en la presencia del Salvador entre nosotros. Precisamente esta presencia es fuente inagotable de esperanza y valor también en las situaciones confusas y difíciles de la historia de los indivíduos y de los pueblos" (Juan Pablo II, Mensaje a los Obispos Italianos, enero, 1994).
la Iglesia depende de lo que sus fieles u otros ciudadanos quieran aportar Queridos hermanos: Celebramos este domingo el Día de la Iglesia Diocesana. Reanimemos con esta ocasión la conciencia de que somos católicos en nuestra propia Diócesis. Que cada uno renueve su fiel compromiso para con nuestra Iglesia diocesana. Pertenecemos a la Iglesia única formando parte de una Iglesia local o diócesis, en la que está presente la Iglesia una y universal. Cada una de las Iglesias Locales o Diócesis en torno a su respectivo Obispo que esté en comunión con las demás y, en especial, con la de Roma, señal garante de la comunión de todas, es la "Iglesia de Dios", en tanto está en éste o en el otro territorio. Para un cristiano no hay otro medio de ser plenamente católico sino el de vivir en la Iglesia Local y de ella. Es necesario que todos nos sintamos Iglesia en la Iglesia diocesana, en comunión gozosa con ella; amarla de verdad, vivir como miembro activo de la misma, preocuparse por ella, colaborar en sus acciones apostólicas, tomar parte en sus trabajos pastorales, ayudarla en sus necesidades espirituales y materiales. Cada uno habrá de poner al servicio de la Iglesia diocesana su peculiar vocación y sus posibilidades y habrá de contribuir con su aportacion económica a su sostenimiento, para que pueda llevar a cabo su misión en el territorio concreto en que se halla. Las necesidades de la Diócesis de Toledo son muchas. No es necesario enumerarlas todas; las conocéis. Sabéis de sobra que hay que atender a los sacerdotes; que es amplio el patrimonio histórico-artístico y muchos los templos que tenemos y requieren reparaciones urgentes y costosas; que hay que construir nuevos templos y locales parroquiales; que es preciso mantener el Seminario diocesano y culminar sus obras de rehabilitación, tan precisas como eran; que hay que acudir a tantas necesidades como tienen nuestros hermanos más pobres y ayudar a otras Iglesias necesitadas; que hay que destinar recursos a las tareas de evangelización ya las nuevas exigencias que la misión de la Iglesia reclama en los tiempos actuales, por ejemplo la utilización de los medios de comunicación, la formación de los agentes de pastoral o la enseñanza. Nuestra diócesis, además, tiene compromisos adquiridos muy firmes y está vinculada con vínculo muy especial con la Prelatura Apostólica de Moyobamba y con la diócesis de Lurín y allí las necesidades son innumerables y de primerísima necesidad para subsistir: hemos de ayudarles. La Diócesis de Toledo se nutre principalmente, en estos momentos, de varios capítulos: de la asignación tributaria de los ciudadanos que libremente señalan en la casilla de su declaración de la Renta que de sus impuestos desean aportar al sostenimiento de la Iglesia; de los ingresos que percibe por las visitas a algunos de sus monumentos: Catedral, Santo Tomé y Santa María "La Blanca"; de la rentabilización de su propio patrimonio que ha recibido de legados a lo largo de su historia; y, finalmente, de las aportaciones de los sacerdotes para ayudar a otros sacerdotes, de las ayudas de los fieles a través de la colecta en el Día de la Iglesia Diocesana, de sus donativos en parroquias o directamente en la Curia Diocesana. Cuando es necesario, la Diócesis se ve obligada a acudir, para poder llevar a cabo algunas obras, a préstamos de entidades financieras, que, como es lógico, tiene también sus costos. De este conjunto de medios con los que se financia nuestra diócesis, me permito subrayar lo recibido por la aportación voluntaria de los ciudadanos en la Declaración anual de la Renta. Como es sabido de todos, se ha llegado a un acuerdo con el Gobierno en virtud del cual, a partir del próximo año se sube al 0'7 la cantidad que uno puede destinar a la financiación de la Iglesia y se suprime la cantidad complementaria que el propio Estado daba de su propio presupuesto para el sostenimiento de la Iglesia. Esto es muy importante, y significa, entre otras cosas, que el Estado ya no financia a la Iglesia y que la Iglesia depende de lo que sus fieles u otros ciudadanos quieran aportar a sus necesidades. Por tanto tenemos nosotros la responsabilidad de aportar a la Iglesia por esta vía ,-los que hagan la Declaración de Renta- o por otra. Somos nosotros los que la sostenemos. esto es muy importante para la independencia y autonomía de la Iglesia y del Estado. Confío, por ello, que ya ahora en la Colecta de la Iglesia diocesana comience a notarse esta responsabilidad que tenemos los cristianos en atender a la Iglesia en sus necesidades, como prescribe el quinto mandamiento de la Iglesia. Queremos tener una trasparencia absoluta en el estado económico y en los presupuestos diocesanos. Por eso la Administración Diocesana publica todos los años dichos presupuestos, con los ingresos y gastos, y da razón de sus balances y cuentas ante todos. No hay nada que ocultar. En esa trasparencia se muestra palpablemente que la Diócesis está haciendo un esfuerzo extraordinario y está llevando una economía austera, con la que trata de llegar a muchos campos. Pero resulta insuficiente. Con ocasión del Día de la Iglesia diocesana quiero, y debo, hacer un llamamiento a todos cuantos formamos esta Diócesis de Toledo a que contribuyamos generosamente con nuestras aportaciones económicas al sostenimiento de esta Iglesia Local, a que la Colecta de esta Día sea amplia, como son otras colectas para fines caritativos o misioneros. La Iglesia es nuestra y nosotros hemos de mantenerla. Reconozco y admiro la generosidad de los toledanos, y sé que no me vais a defraudar, pero sobre todo que no váis a defraudar a Dios mismo, que tan generoso se muestra con esta diócesis de Toledo en tantos aspectos. Una vez más invito a todos a que tomenos conciencia del deber que tenemos. Invito a los sacerdotes a hablar y enseñar, sin complejos, sobre estos temas. Invito a todos a dejar de lado una mentalidad en la que parece que el mantenimiento de la Iglesia no vaya con uno. El momento es importante. No se trata de enriquecer a la Diócesis o que nade en abundancia, sino simple y sencillamente de que pueda llevar a cabo su misión, que siempre habrá de ser en pobreza y austeridad. Muchas gracias, muchísimas gracias a todos |
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