EL EXPOLIOFinalizados los retablos y las pinturas del monasterio cirterciense de Sto. Domingo, el Cabildo encargaba en 1579 al Greco la que iba a ser su obra maestra en Toledo, para la Sacristía Mayor, donde se revisten los ministros de los oficios litúrgicos; en consonancia con el espacio donde siempre ha podido ser contemplado este lienzo, el cretense elige como tema el momento previo a la crucifixión, en el que Cristo es despojado de su túnica roja; un Cristo en el centro de la escena ofreciéndose sereno al Padre en acto de sacrificio total; los sayones se disponen a quitarle su túnica y tiran de su muñeca, cuya mano se apoya sobre el pecho; el tumulto de la gente empuja a la figura de Cristo hasta nosotros, obligándonos así a participar del momento; en primer término las tres Marías extasiadas contemplan el madero donde se está preparando el clavo que va a taladrar los pies; en el ángulo inferior, sobre papel blanco, la firma del cretense en griego. |
No era certero el juicio de Miguel
Angel: "El Greco es un buen hombre que no sabe pintar", porque algo
parecido al asombro se instala en nuestra mirada con una elemental visión. La tensión
contemplante está asegurada; bien podemos aplicar al Expolio la sentencia de Picasso: "Si
se acerca un espejo a un verdadero cuadro, el espejo deberá cubrirse de vapor, de aliento
vivo, porque el cuadro está vivo". Todo
es cuestión de mirada sabia: todo puede descubrirse o todo puede quedar súbitamente
borrado. Se ha defendido con acierto que los lienzos del cretense son obras que él sigue
pintando con su color hiriente (él siempre defendió que el color revestía mayores
dificultades que el dibujo) y están vivos, como en gestación inconclusa.Momento supremo, instantánea para la meditación en silencio. Sobran las palabras. Ante esta obra prohibido juzgar; sólo cabe resaltar y gustar incluso aquellos que de pintura no entiendan. Como escribe el poeta José Angel Valente: "Un poema no existe si no se oye antes que su palabra, su silencio... El poema, ut pictura, tiende por naturaleza al silencio o lo contiene como materia natural". Se trata de la pintura más original en la España del s. XVI; ninguna la supera en inspiración, en riqueza colorista, en movimiento abierto. Forma la trilogía de su primera época en España junto con "San Mauricio" y "El entierro del Conde de Orgaz". |
| Es inusitado el tema y su tratamiento, inspirándose en textos religiosos
como "Las meditaciones de la Pasión" de San Buenaventura. La composición
recuerda a modelos bizantinos:
b) Las tres Marías del ángulo inferior forman una diagonal en armonía con la que forma el madero de la cruz, cerrando la composición en tomo a la figura de Cristo. |
c) La única referencia al mundo real se halla en el exiguo trozo de tierra
donde Cristo coloca su pie.d) Armónica disposición de figuras abigarradas en grupo, con valientes escorzos y rostros de expresividad variopinta; el volumen compacto de miradas y brazos apuntan al eje que es Cristo, sereno y casi al margen de la situación exterior; las cabezas forman un semicírculo que visto desde arriba recuerda la forma de un ábside cubriendo al altar. |
e)
Recurso manierista casi impensable en pleno Renacimiento: la inclusión de figuras
cortadas, la doble perspectiva representada en las tres Marías extasiadas en los
preparativos del suplicio, vistas desde arriba frente al grupo central representado en
visión frontal y que parecen caminar en relieve hacia el espectador; ambos niveles bien
compenetrados, no pegados.Brilla el contraste entre la violencia asfixiante y la mano apoyada en el pecho y la mirada serena; en los grandes ojos azules de Cristo se alían la dulzura y el triunfo sobre tanta violencia; dialéctica colorista entre el ardiente rubí de la túnica y las frías tonalidades (gris, ocre, violeta...) que gravitan sobre ella. Abundantes escorzos, como el tratamiento audaz del sayón barrenero o el brazo que parece salirse del cuadro; todo un propósito de llamar la atención y reclamar la mirada. Impresiona la profundidad expresiva del rostro de Jesús; le vemos desde abajo mientras El mira hacia el cielo con palidez y resignación en sus grandes ojos brillantes. Con una mirada de cristal que habla; el murmullo de su oración ha quedado recogido sin que se apague nunca, al acecho de cualquier mirada. |
El orfebre toledano Alejo de Montoya, árbitro en el litigio con el Cabildo
Primado, lo calificó de "obra maestra"; esto iba a inclinar la balanza en pro
del Greco en cuanto a su remuneración. Estaba justificado que el Greco aspirase a
convertirse en un apasionado intérprete de la liberación del color: tonos terrosos en
las cabezas, gris metalizado en la armadura del soldado renacentista donde se refleja el
rojo de la túnica, verde sombrío del traje del verdugo, amarillo del chaleco del
barrenero en contraste con el blanco de su vestido, la conjunción del azul, amarillo y
tonos violáceos en las tres Marías, el rojo llameante de la túnica, el
semblante iluminado frente a las caras sombrías del entorno... Todo el espacio lo llenan
las figuras, con la simetría y la posición frontal de los iconos bizantinos, y la
acción misma del suceso; la naturaleza se asoma únicamente en el cielo nuboso a través
de las lanzas y cimeras, y en el escaso palmo de tierra que pisa la figura central. Todo
concentrado en el protagonismo del momento. Está justificado el juicio de Justi, recogido
por Manuel Cossío:"...la pintura más original del siglo XVI en España; ninguna
la supera en inspiración genial, en riqueza y atractivo del color; en plenitud de
carácter, movimiento intensivo, contrastes violentos, vida plástica, encanto del
claroscuro que vibra a través de luces chispeantes, vigorosos acentos personales,
intuición melancólica del acontecimiento...Ante el Expolio se comprende que el misterio es el fin del verdadero arte y de la verdadera ciencia. Para ver no bastan los colores ni el cruzado de luces ni siquiera la armonía de las formas; para entender, viendo, hace falta sentir; se ve de veras aquello que se entiende; cuando el sentido hondo de una obra resbala sobre la retina, uno ha pasado pero no se ha adentrado en su presencia en la escena contemplada. Con razón escribe Herman Hesse que "leer sin inspiración, saber sin veneración, la formación sin corazón... constituyen los peores males contra el espíritu" |
Detalles de El Expolio (1) (Figuras de la parte superior)
Detalles de El Expolio (2) (Figuras de la parte inferior)