Bullían por Toledo refugiados griegos en busca de ayuda financiera con el fin de rescatar a sus familiares prisioneros por los turcos. En esta campaña participó activamente el Greco y probablemente escogió para esta colección de figuras los rostros distorsionados, con rictus de pesadumbre, de sus paisanos; rostros pensantes, con presencia firme, que nos miran desde dentro y producen la impresión de haber sido recortados de otro lugar y colocados sobre cuerpos ajenos, levitantes. La técnica veneciana de Tintoretto y Tiziano da relieve al rostro y a las manos, iluminados sobre un fondo oscuro. Manos "aladas", como Homero llamaba a las palabras; rostros donde se concentran, como en un mapa, las líneas de unos esquemas biográficos. ("En este tema no tuvo rival" escribió Pacheco). Manos y rostros sobre unos cuerpos asexuados en ascensión y huida, sin atmósfera ni suelo. En cada figura los símbolos y los atributos de estos apóstoles; una norma tan familiar en la devoción popular que según la leyenda, el pueblo toledano llegó a burlarse de algún pintor que acostumbraba a distribuir con tal desconcierto tales símbolos en las manos de los santos, que no se les caían, casi por milagro.
Pocos pintores han sabido plasmar con tal transparencia la verdad y el secreto de las manos, obedientes y humildes; como en unos escorzos, casi cubistas, el Greco sabe leer en ellas. La quiromancia hermética del Renacimiento sostenía que los hombres, antes de sostener y contemplar un libro en sus manos, lo primero que leyeron fue sus propias manos. Manos liberadas, orantes, andróginas; vuelan, como pájaros perdidos, sobre el color de un cuerpo; pueden ser tocadas, pero su energía espiritual no tocan nada. Manos místicas, iluminadas como antorchas en medio de la noche sobre el cuerpo de la tierra; en expresión de Ortega y Gasset, materia en combustión para transformarse en espíritu. Resultando una pintura con gerundios: haciéndose, en génesis y en evaporación.
Reverdece su pasado de pintor bizantino de iconos en la isla de Creta y en la Imperial Toledo arquetipo de ciudad oriental y misteriosa alcanza su plenitud, como el mejor representante pictórico del misticismo español de la época, a pesar de que el rey Felipe II le despidiera porque sus figuras y composiciones no le invitaban a la oración.
Esta colección compuesta de 13 figuras: los doce apóstoles y la de Jesucristo, colocadas sobre cada pilastra de la Sacristía; sería la primera de todas las colecciones repetidas entre 1605 y 1610; fue comprada por el Cabildo tras morir el Greco.
Está presidida por una gran unidad de estilo, con ligeras variantes: figuras de medio cuerpo, casi impresionistas; como sombras fugaces, imagen del doble y del alma en la mentalidad egipcia y oriental ("Creta es la isla vuelta hacia el Oriente" había escrito Homero); sorprendidas en estado de levitación; con cabeza pequeña en elevación trascendente; las manos como ráfagas luminosas de Pentecostés hablan, conectan, suplican; sin tocar ellas nada, sí pueden ser tocadas; figuras como bocetos sobre fondos oscuros, sin detenerse en detalles; en colores apagados cómo si de unas existencias ajenas a este mundo se tratara.
Si el Renacimiento pintaba al Apostolado agrupado en la Cena, el Greco,.con su espíritu contrarreformista, optó por un tratamiento individual plasmando en sus cuadros las almas de los apóstoles que parece que gritan: "más alto".