SALA CAPITULAR (1509-1511)
Sobre planos de Gumiel y Egas, el cardenal Cisneros, sucesor del cardenal Mendoza, proyectó la creación de la Sala Capitular como un espacio recogido donde el Cabildo bajo la presidencia del Dean se reune para tratar problemas y proyectos de la Catedral Primada. Habiendo muerto Berruguete, pintor oficial de la Catedral, contrató en 1509 a Juan de Borgoña encargándole decorar las paredes de la Sala y Antesala.
Por esta obra, considerada como uno de los mejores conjuntos pictóricos murales de España, Juan de Borgoña con su estilo rebosante de paz espiritual se convierte en el pintor más sobresaliente de Castilla.
En el conjunto de la obra, finalizado en 1511, destaca la armonía de sus composiciones con un delicado tratamiento de los detalles y accesorios en el marco de edificaciones y paisajes variados.
En la antecámara introductoria contemplamos un fresco puramente ornamental, sin figuraciones humanas, con objetos inertes que recrean una atmósfera mágica.
La Sala Capitular, pieza rectangular, serena, armónica, renacentista, respira el espíritu del último Quatrocento Toscano y del arte florentino. Una estancia mariológica donde se entremezclan elementos bíblicos, apócrifos y toledanos: ocho secuencias narrativas marianas y de la vida de Cristo, divididas por columnas pintadas, que despiertan la impresión de que la escena acontece en un espacio exterior tras un pórtico, todo dentro de un marco de arquitectura clasicista. En el muro meridional el encuentro de los padres, la concepción y el nacimiento de María, su presentación en el templo y la Asunción. En el testero, el descendimiento de la Cruz, el Cristo Yacente, la Resurección. Y en el muro frontero la Visitación y la Circuncisión del Niño, la muerte de María y su Asunción a los cielos y su descendimiento para imponer la casulla a San Ildefonso.
Escenas tranquilas con magistral sentido de la perspectiva.
Sobre el muro de la puerta curiosa panorámica del Juicio Final, sin patetismo. En la parte superior Jesucristo, María y San José, los Apóstoles y una legión de ángeles, algunos convocando a la hora suprema con trompetas.
En la parte inferior, a la derecha, los elegidos se arrodillan en filas ordenadas o saliendo de sus sepulcros o esperando el momento del juicio.
Y a la izquierda los condenados envueltos en llamas, atormentados por siete monstruos: los pecados capitales, identificados según usos medievales por cartelas escritas en letra gótica. Las figuras alargadas, desnudas, muestran los orígenes flamencos del pintor: suaves musculaturas en el varón y abdómenes redondos en la mujer.
Sobre la puerta, puede verse una advertencia al Cabildo de Canónigos para que en sus reuniones moderen sus palabras: "Justitiae cultus silentium": el silencio es el mejor culto de la justicia.
En la parte baja, por encima de la sillería, a derecha e izquierda el friso del Episcopologio toledano desde San Eugenio I (96) al Cardenal Cisneros (1515), obra de Juan de Borgoña: setenta y dos figuras, monótonas, fruto de la imaginación del pintor, excepto la del propio Cardenal Cisneros y tal vez la de Mendoza, a quien habla conocido el autor; sobre cada figura el escudo de armas del prelado o una cruz; debajo, en latín, el nombre de cada uno. Sigue la galería de retratos de los restantes arzobispos, desde Guillermo de Croy (1518), hasta el retrato del cardenal Tarancón (1996), obra ésta de Carlos Pérez Herce, como último eslabón del episcopado; se colocan estos retratos una vez que han fallecido los prelados; cabe destacar el del cardenal Tavera; Sandoval y Rojas, de Luis Tristán; Iguanzo obra de Vicente López; Lorenzana y Borbón, ambos de Goya; Moscoso de Riccí.
Serenidad diáfana. Recogimiento palpable. Intimidad silenciosa, componen esta estancia mariológica cuya alma caía a través de los cinco sentidos.
Teología, piedad mariana, el espíritu religioso de Toledo en los pliegues de esta joya artística.
Solamente quienes conservan viva la capacidad del asombro aciertan a entrar en este recinto; por los senderos de la admiración nos llega la belleza y la revelación que el arte proporciona a cuantos saben beber el lenguaje de las fuentes.