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Nació en Oropesa (Toledo),
en el año 1500. Hizo sus primeros estudios en Talavera y luego sirvió como seise
(muchacho de la capilla musical) en la Catedral de Toledo. Allí
estudió el arte de la música, que después amó con pasión. Enviado a la
Universidad de Salamanca, se sintió atraído por la santidad del Convento de
San Agustín, y entró en la Orden, emitiendo su profesión en manos de Santo
Tomás de Villanueva en 1 523.
1.
El Convento
de
San Agustín de Salamanca
En
la historia de la Orden en España, este Convento ocupa un lugar destacadísimo.
Fuertemente vinculado al mundo de la universidad y la cultura, era conocido al
mismo tiempo por la santidad de sus moradores. Esta fama atrajo al Convento a
alguno de los agustinos españoles más notables en un largo período de tiempo.
Baste recordar, junto a San Juan de Sahagún, uno de los principales artífices
de su prestigio, a otros notables contempo-ráneos de Alonso de Orozco, como Santo Tomás de Villanueva,
el prior que le recibió en el noviciado; o el que friera su maestro de
novicios, venerable Luis de Montoya, reformador de la Provincia de Portugal; o
su connovicio Fr. Agustín de Coruña, interesan-tísimo personaje que será en
América decidido defensor de los derechos de los indígenas; o el gran poeta
y escritor Fr. Luis de León, etc.
2. Un
santo popular
Alonso de Orozco probablemente no es
conocido como se merece. Sin embargo, gozó de extraordinaria popularidad
en ambientes sociales muy diferentes, pues supo acercarse a todos sin distinción
de clases sociales. Ya en vida era conocido como “el santo de San Felipe”,
por el nombre del Convento madrileño, donde habitaba. Le amó la nobleza y el
propio Rey, que le nombró predicador real y quiso tenerlo siempre cercano.
Grandes personajes de la sociedad y de la cultura testificaron en su proceso
de canonización, como la infanta Isabel Clara Eugenia, o los escritores Quevedo
y Lope de Vega. Su epistolario refleja bien la amplitud de sus relaciones. Sin
embargo, el trato con las clases elevadas no le desvió de su estilo de vida,
pobre y sencillo. Sintió la necesidad de predicar a Jesucristo, por impulso
de su propia experiencia de fe, y su predicación gozaba del favor de la gente.
Pero el pueblo le amó sobre todo por sus continuos desvelos para ayudar a los
pobres en sus múltiples necesidades materiales y morales. En su afán por
remediar las necesidades de los demás, tuvo auténtica pasión por la
humanidad dolorida, a quien visitaba en hospitales, cárceles o conventos
pobres.
A pesar de la fama popular de santo, su vida no fue un camino de rosas. Sufrió
escrúpulos, y en sus Confesiones revela cómo durante el período de formación
se sintió fuertemente tentado de abandonar la vida religiosa por los atractivos
externos de libertad del siglo y el amor natural, y por las dificultades intrínsecas
de soledad y aspereza de la religión. También nos narra sus dificultades
con la obediencia. Hubo de vencerse a si mismo, someterse a la obediencia y
pelear contra los deseos de su voluntad en aceptar cargos de responsabilidad
en la Orden.
3. Escritor
prolífico
Fr. Alonso dejó una fecunda producción literaria
de carácter ascéticomística, fruto de su esmerada preparación universitaria
y religiosa en Salamanca. Como otros notables contemporáneos y como Fray Luis
de León en el ámbito teológico y escriturístico, Fr. Alonso se atrevió a
hacer una apología de la lengua vulgar para las obras de oración y
contemplación,
a fin de poner esta doctrina al alcance del pueblo. Sus escritos espirituales
se enmarcan en la sensibilidad contrarreformística propia de la época, y están
cargados de afectividad; pero nacen, como su acción, de su ánimo contemplativo
y de la lectura espiritualizada de la Sagrada Escritura.
4. Promotor
de la vida religiosa
La decisión de Alonso de Orozco de consagrarse
enteramente a la causa del Evangelio y su dedicación incondicional, le hizo
comprender el valor del don de la vocación, recibido del Señor. Entendió que
era necesario lanzarse al servicio
de la causa abrazada. Su deseo de ir a
misiones, impedido por enfermedad, fue una manifestación más de ese deseo de
consagración y entrega, hasta desear merecer la gracia del martirio. Junto a
esta
dimensión espiritual, cultivó un
ferviente amor a la Orden y se interesó por su historia y espiritualidad.
Escribió una Instrucción de religiosos, un Comentario a la Regla y una Crónica
del glorioso padre y doctor de la Iglesia San Agustín y de los santos y beatos,
y de los doctores de la Orden, con ánimo de aleccionar a la imitación de su
ejemplo. Alonso de Orozco fue un hombre disponible al servicio de la Orden, en
la que desempeñó diversos cargos de responsabilidad. Pudiendo él mismo
sustraerse a la jurisdicción de los superiores, por su condición de predicador
real, renunció a sus privilegios ante el Capítulo. Se preocupó por la expansión
de la Orden, fundando dos conventos de agustinos (uno en Talavera, otro en
Madrid: el Colegio de Dña. María de Aragón); y tres de agustinas de clausura
(San Ildefonso de Talavera, La Magdalena en Madrid y Santa Isabel de Recoletas
en Madrid), dejando en éstos particular testimonio de su amor por la vida
contemplativa.
5.
“Para darnos
ánimo
y sernos ejemplo...”
La piedad sencilla, aunque ilustrada, de
San Alonso
de Orozco, su amor al estudio y a la Orden, su dedicación pastoral y su vocación
de servicio a los más pobres es hoy, con su canonización, renovado motivo de
contemplación e imitación para quienes damos continuidad a los ideales de vida
cristiana y religiosa que él tan admirablemente encarnó.
P.
Miguel Ángel OrcasitaS
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