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Alfonso VI
La conquista de Toledo por Alfonso VI, en 1085, tuvo singular resonancia tanto en la
cristiandad como en el mundo islámico. El territorio diocesano lo poblarán ahora
mozárabes, castellanos y francos, llegados con el ejército vencedor, que convivirán con
árabes y judíos. Se devuelve el culto católico a la basílica catedralicia y es elegido
como nuevo arzobispo don Bernardo de Cluny, quien impone en la Iglesia de Toledo el rito
romano.
Toledo recupera su pasada grandeza y dignidad eclesiástica al conceder Urbano II a su
arzobispo, en 1088, el privilegio de la primacía eclesiástica sobre todos los obispos de
España, privilegio que será confirmado repetidamente por los papas. La diócesis, que
vive en un clima de conquista, va ampliando notablemente su territorio, extendiéndose por
la región de Alcaraz hasta las fronteras del reino moro de Murcia, y por el sur hasta las
diócesis de Baeza y Córdoba e, incluso, en la de Jaén, al conquistar Quesada y
establecerse el Adelantamiento de Cazorla. Al compás de la extensión crecen también las
rentas de la diócesis toledana. La parte meridional de la provincia la fueron ocupando
las diversas Ordenes militares.
El cabildo catedralicio comienza su existencia a principios del siglo XII y los
diversos cargos capitulares van apareciendo reflejados en los documentos. La diócesis,
con sus numerosos arciprestazgos, se parcela para su gobierno en arcedianatos: Toledo,
Talavera, Madrid, Alcalá, Guadalajara, Calatrava, Capilla Y Alcaraz. Las grandes Ordenes
monásticas y mendicantes de varones y de mujeres establecen sus casas en Toledo. Los
arzobispos de Toledo, cancilleres mayores de Castilla desde 1206, alcanzan notable
influencia política y social, pues sus posesiones y rentas eran extraordinarias. Por la
valiosa actividad que desarrollaron merecen destacarse los arzobispos Martín de Pisuerga,
Jiménez de Rada, Gil de Albornoz y Pedro Tenorio.
En el orden intelectual merece subrayarse el papel desempeñado por relevantes
clérigos toledanos, como Domingo Gundisalvo y Juan Hispano, en el movimiento de
traducciones del árabe al latín realizadas desde mediados del siglo XII hasta mediados
del siglo XIII, así como la brillante producción literaria de Juan Ruiz, el arcipreste
de Hita, autor del "Libro del Buen Amor", o de Juan Martínez de Toledo,
arcipreste de Talavera, autor de "El Corbacho".
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