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«Si escuchas hoy su voz...»
MIGUEL SÁNCHEZ TORREJÓN
Rector del Seminario Mayor
La llegada del mes de marzo nos introduce cada año en la Campaña del
Seminario. Son días especialmente intensos para el Seminario y llenos de
gracia de Dios. Durante todo el curso no falta en cada celebración de la
Eucaristía y en el rezo de las Laudes y Vísperas una intención por las
vocaciones; cada semana, el jueves sacerdotal nos lleva al agradecimiento
al Señor de la mies, presente en la Eucaristía, porque nos ha llamado al
sacerdocio y nos urge a la petición de nuevos obreros para la cosecha.
Ahora, la alegría del amor de Dios recibido en la vocación sacerdotal nos
saca del Seminario y nos hace salir a los cruces de los caminos, al
encuentro de las gentes en parroquias, colegios, instituciones, o momentos
de oración para hacer presente nuestro testimonio de llamados. Es nuestro
derecho y nuestro deber: proclamar lo que el seminario es y significa para
la vida de la Iglesia.
El calendario no nos ha facilitado este año vincular la Campaña a la
fiesta de San José. Sin embargo, el Santo Esposo de María acompañará los
pasos de los semina-ristas y bendecirá sus trabajos e ilusiones. San José
está acostumbrado, como servidor obediente y fiel, a actuar desde el
silencio sacrificado; nadie como él para enseñarnos a vivir nuestra
preparación junto a Jesús y María.
La Campaña de este año nos ofrece la frase: «Si escuchas hoy su voz».
Nunca fue fácil ver a Dios y escuchar su voz. A Dios le ve quien es capaz
de mirarlo y le escucha el amante del silencio. Los silencios afinan el
oído y la limpieza de corazón da claridad a los ojos. Dios no se puede
resignar a pasar desapercibido y grita su amor manifestado en Jesucristo.
Dios llama, siempre está llamando.
Abrahán oyó un día que Alguien le llamaba por su nombre y no dudó ante lo
desconocido. También Juan y Andrés, Pedro o Mateo vieron cómo todo renacía
en ellos cuando escucharon aquél «Venid conmigo y os haré pescadores de
hombres».
El Día del Seminario nos recuerda que sigue habiendo jóvenes que se
sienten atraídos por Jesucristo y dispuestos a entregar su vida en
servicio a la Iglesia desde el ministerio sacerdotal. La Iglesia no puede
vivir sin sacerdotes y los sacerdotes se hacen en el Seminario. Por eso es
responsabilidad de toda la comunidad diocesana la preocupación y la
colaboración generosa con el Seminario. Los sacerdotes que viven con gozo
su dedicación y hacen que su vida sea un claro estímulo vocacional; los
padres y madres de familia que entienden su hogar como una Iglesia
doméstica, el lugar privilegiado para aprender a escuchar a la voz de
Dios; los enfermos que saben que su sufrimiento ofrecido llega hasta el
trono de Dios y piensan en las vocaciones; los educadores celosos que
suscitan respuestas; todas las personas que oran sin desfallecer al Señor
de la mies; los amigos y bienhechores que, ante las necesidades del
Seminario, se manifiestan dispuestos a colaborar y compartir sus bienes.
Tantos hombres y mujeres que nos quieren y son estímulo permanente para
los que aquí vivimos... Cada uno, desde su lugar, son protagonistas en
esta gran obra del Seminario y hacen posible la formación y entrega
generosa de los que aquí se preparan para el ministerio sacerdotal.
«Escucha, Israel», es el grito de Dios. Él, en Jesucristo, tiene una
Palabra para el mundo. La salvación del hombre pasa por la escucha de
Jesucristo, pero «¿cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán
si no son enviados?» El Señor, que siempre nos escucha, quiere ser
escuchado. Nuestro recordado Juan Pablo II, rodeado de jóvenes, nos lo
dijo en Cuatro Vientos el año 2003: «Si sientes la llamada de Dios que te
dice ‘Sígueme’, no la acalles. Sé generoso, responde como María…»
Precisamente este año hemos elegido la imagen de nuestra Inmaculada, la
Virgen oyente, que siempre responde a Dios en la obediencia de la fe.
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