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Toda la
comunidad cristiana debería tomarse cada vez
más en serio el fomento de las vocaciones al
sacerdocio. Sabemos que sin sacerdotes no
hay Iglesia tal como la pensó y estableció
Jesucristo. Simplemente basta repasar los
Evangelios para advertir el interés y el
tiempo que dedicó nuestro Señor a la
elección y formación de sus discípulos:
muchos de sus discursos, tal como nos lo
transmite la Escritura tienen ese fin. Esto
no resulta extraño, porque el Hijo eterno de
Dios se hizo hombre, visible y tangible,
para quedarse entre nosotros mediante la
Iglesia, que se edifica por los sacramentos.
Así, estableció que algunos de sus
seguidores tendrían que hacerle presente de
ese modo, especialmente mediante la
Eucaristía, celebrada por los que han
recibido el orden sacerdotal. El Espíritu
Santo alienta continuamente la aparición de
estas vocaciones, pero es preciso que en
cada parroquia o comunidad cristiana se den
las condiciones para que los adolescentes y
los jóvenes puedan descubrirla. Cuando en
parroquias con abundante población, o en
centros educativos católicos no surgen
vocaciones sacerdotales o religiosas, habría
que hacer un examen pastoral, porque es muy
probable que algo no esté funcionando bien.
La fiesta de
santo Tomás de Villanueva nos invita a
pensar sobre el tesoro que supone el
descubrir la vocación en una edad temprana.
Juan Pablo II, en Pastores dabo vobis,11.63
recordaba la importancia de esta cuestión,
al hablar de los seminarios menores. El Papa
citaba a santo Tomás de Aquino, aquel gran
doctor de la Iglesia que entró en la vida
religiosa a muy temprana edad, y defendió en
diversos escritos la legitimidad y la
conveniencia de seguir al Señor en una
vocación particular ya desde la primera
juventud o antes. Sin embargo en nuestra
época no han faltado quienes minusvaloren
los seminarios menores, pues sostienen que
en la preadolescencia o adolescencia no hay
experiencia cristiana ni humana suficiente
para poder percibir una verdadera vocación.
En realidad
ese argumento, que se opone a la práctica
milenaria de la Iglesia, se apoya en un
error muy peligroso para la fe: confundir la
experiencia espiritual con determinadas
manifestaciones o experiencias psicológicas.
La Congregación para la Doctrina de la Fe
tuvo que llamar la atención sobre esta
confusión, que destruye los fundamentos de
la espiritualidad cristiana (Orationis
formas 11.9). Un adolescente, que ha llegado
a la edad de discreción, puede percibir que
el Señor le llama a seguirle en el
sacerdocio, aunque su modo de responder sea
el propio de su edad. Ahora bien, dado que
verdaderamente se produce esa llamada de
Dios, sería tina ofensa contra el Espíritu
Santo dejar tales vocaciones sin el
necesario cuidado, -que la Iglesia ofrece
mediante los seminarios menores
fundamentalmente. En el fondo la realidad
de la vocación descubierta a temprana edad,
que para santo Tomás es signo de una
especial predilección divina, nos recuerda
una verdad de fe esencial: la vocación es
iniciativa divina y es el mismo Espíritu
Santo el que alienta su respuesta. Una
comunidad que no fomentara las vocaciones al
seminario menor ¿podría decir que ha
aceptado y asumido verdaderamente la frase
del Señor: «Dejad que los niños se acerquen
a mí» (Mt 19,14; Me 10,14)?
Dr. Dr. D.
Eduardo Vadillo Romero |