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“Don Marcelo: Padre y Pastor”. Artículo de Mons. Aurelio García Macías

Archidiócesis de Toledo / Mons. Aurelio García Macías

Con motivo del XXII aniversario del fallecimiento del cardenal don Marcelo, el subsecretario del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Mons. Aurelio García Macías, escribe acerca de quien ocupó la sede primada desde 1971 a 1995.

 

DON MARCELO: PADRE Y PASTOR

La primera vez que vi a Don Marcelo fue en mi pueblo, cuando yo era un pequeño monaguillo. Lo recuerdo vivamente. Era la mañana de un sábado, en el que se había celebrado una boda. Cuando habíamos terminado de recoger todo y nos disponíamos a regresar a casa, paró un coche frente a la puerta de la iglesia y vimos salir de él unos señores. Solo recuerdo la alegría de nuestro párroco al saludar y recibir aquellos desconocidos, entre los que se encontraba Don Marcelo, antiguo compañero de curso en el Seminario Diocesano de Valladolid y, en aquel momento, arzobispo de Toledo y primado de España. Todos habíamos oído hablar de él en aquel contexto rural, pero nadie lo conocíamos. Podéis imaginar la alegría y alborozo que se generó en aquel pequeño pueblo de Castilla cuando se supo que había estado allí, aunque de modo rápido e inesperado, una de las figuras más señeras de la Iglesia en España.
Don Marcelo pasaba por la carretera en dirección a Salamanca y, al percatarse de la proximidad de mi pueblo, recordó a su antiguo compañero de estudios y tuvo la delicadeza de desviar su ruta para dedicar unos minutos a un pobre sacerdote olvidado en un pequeño pueblo de su antigua archidiócesis.

Años más tarde, pude ver y escuchar a don Marcelo en Toledo y Valladolid; pero fue sobre todo durante el periodo de estudios en Roma donde se me ofreció la posibilidad de conocerlo mucho mejor. Residía en el Pontificio Colegio Español y él lo visitaba frecuentemente. Conocí allí a don Santiago Calvo quien, en una ocasión, se acercó a mí para transmitirme que el Señor Cardenal invitaba a comer fuera del Colegio a los alumnos pertenecientes a la archidiócesis de Toledo, que eran numerosos, a un presbítero de Astorga y a mí, único seminarista de Valladolid. Todavía recuerdo su amabilidad, cercanía e interés por conocerme y actualizar su información sobre personas y acontecimientos de la archidiócesis de Valladolid; pero me admiró, también su preocupación por todos y cada uno de los presentes a través de sus palabras y sus gestos.

Reconozco que quedé inmensamente admirado y agradecido por este encuentro romano, no solo con el gran cardenal primado de España, sino con don Marcelo, aquel de quien tanto escuché hablar en el contexto rural de mi infancia con gran fervor y cierto orgullo provinciano.
Terminados mis estudios romanos, fui enviado como párroco a unos pueblos del Monte Torozos. Allí inicie mi ministerio presbiteral alternando quehaceres y preocupaciones entre las dos parroquias encomendadas y numerosas fincas diseminadas en la inmensa planicie de encinas y sembrados. Un día, víspera de la solemnidad de la Epifanía del Señor, al regresar al atardecer de una de las parroquias a mi casa, en Villalba de los Alcores, se acercó una de las vecinas agitada y con cierta preocupación. Me dijo que habían estado dos personas llamando a mi puerta, y merodeando alrededor de la iglesia, a pesar del frío, durante bastante tiempo y que preguntaron por mí. Ella les informó que estaba celebrando la misa en la otra parroquia y con las actividades pastorales típicas de la víspera de Reyes. La vecina no sabía quiénes eran, pero, tras varias explicaciones comprendí que se trataba de don Marcelo y su secretario, don Santiago, que, camino de Fuentes de Nava, habían hecho una parada en el pueblo para saludarme. ¡Podéis imaginar la alegría de un joven sacerdote de veintisiete años al recibir esta noticia y una visita como esta!

Al día siguiente, traté de averiguar el teléfono del Cardenal llamando al bar de Fuentes de Nava y finalmente pude contactar con él. Me invitó a ir esa misma tarde a tomar café en su casa, y desde aquel momento todas las veces que iba a Fuentes de Nava, durante las vacaciones navideñas y estivales, me llamaba para disfrutar de un rato de encuentro y conversación, siempre encomiables, junto con otros sacerdotes del pueblo, entre ellos el buen hermano y amigo Mons. Manuel Sánchez Monge. Allí pude presenciar también sus últimos momentos de vida, cuando ya había perdido su vigor físico y mental: y pude ser el primer sacerdote que rezó ante su cuerpo expuesto en el salón de su casa, por invitación de Mons. Rafael Palmero, allí presente.

¿Por qué recuerdo todo esto? Porque el recuerdo que me deja don Marcelo, entre otros muchos, no es solo el de una gran personalidad eclesial del siglo XX, -que la historia se encargará de engrandecer-, sino también el de un pastor atento y diligente con todos; y un padre, particularmente sensible con los seminaristas y sacerdotes.

¡Gracias Don Marcelo, fuiste un verdadero padre y pastor!

 

✠ Aurelio García Macías
Obispo titular de Rotdon
Subsecretario del Dicasterio para el Culto Divino
y la Disciplina de los Sacramentos

 

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