Plan Pastoral Diocesano
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EPISCOPOLOGIO: Arzobispo don Pedro Segura y Sáenz (1927-1931)


Imagen de Arzobispo don Pedro Segura y Sáenz

El cardenal y arzobispo de Toledo don Pedro Segura Sáenz nació el 4 de diciembre de 1880 en Carazo (Burgos). Sus padres, de cuyo matrimonio nacieron tres hijos, los tres clérigos, eran maestros rurales, los cuales dieron a sus hijos una esmerada educación y una buena preparación cultural. Su hermano Emilio fue canónigo en la catedral de Toledo y su hermano Quintín, capellán de la Religiosas Adoratrices de Burgos. Pedro, a los once años, ingresó en el Colegio de los Escolapios de San Pedro de Cardeña, donde destacó por sus brillantes dotes para el estudio.

En 1894 ingresaba en el Seminario Pontificio de Comillas. Terminados los estudios de preparación al sacerdocio guiado por los PP. Jesuitas, recibió el Orden Sacerdotal el 9 de junio de 1906, consiguiendo el mismo año el doctorado en Teología. Dos años después fue destinado como párroco a Salas de Bureba (Burgos) y alcanzó el doctorado en Derecho Canónico. En 1911 obtuvo el doctorado en Filosofía. Pronto fue relevado de sus funciones parroquiales y enviado a ocupar la Cátedra de Derecho Canónico en la Universidad Pontificia de Burgos. En 1912 obtuvo por oposición la canonjía de doctoral en la Catedral de Valladolid. En esta ciudad impartió clases de Decretales en el Seminario y ocupó diversos cargos hasta ser nombrado secretario de cámara y gobierno por el cardenal y arzobispo don José María de Cos y Macho.

El 14 de marzo de 1916 fue nombrado obispo auxiliar de Valladolid y titular de Apollonia. Su arzobispo don José María Cos le confirió la Ordenación Episcopal el 13 de junio de 1916 en la capilla de la Universidad Pontificia de Comillas. Tras cuatro años de ministerio en los que demostró dinamismo y tesón en la docencia, la vida capitular, la administración diocesana y la atención a humildes aldeanos, el 10 de julio de 1920 fue nombrado por el papa Benedicto XV Obispo de Coria, considerada entonces como una de las más pobres y atrasadas de España. Llegando a su diócesis, centró su atención en la Comarca de las Hurdes, donde se entregó enteramente como buen pastor al servicio y promoción de aquellas gentes marginadas y abandonadas.

En 1922, el rey Alfonso XIII visitó dicha la comarca a instancias del doctor Gregorio Marañón, que conocía el abandono y atraso en que vivían sus habitantes. Tras el viaje se creó un Patronato regio y la figura del obispo Segura quedó ornada como “apóstol de Las Hurdes”, ganándose el aprecio del Monarca, quien cuatro años más tarde lo presentó a la Santa Sede para que fuera nombrado arzobispo metropolitano de Burgos. El papa Pío XI realizó su nombramiento el 20 de diciembre de 1926.

Buscando como objetivo mejorar la acción pastoral en toda la diócesis, reorganizó los Arciprestazgos, creó una Comisión de Obras para la mejora de las Casas Rectorales, se preocupó de la formación de clero organizando reuniones arciprestales con distintos temas formativos morales o canónicos, revitalizó la asociación piadosa de las “Hijas de María”, y presidió el I Congreso de la Acción Católica en Madrid y su Congreso Diocesano en Toledo. Como buen organizador de la pastoral diocesana, procuraba que se consolidasen las iniciativas iniciadas y después emprendía otras nuevas.

El 2 de febrero de 1927 tomó posesión como arzobispo de Burgos. Inmediatamente impulsó un homenaje al Corazón de Jesús, al igual que había hecho en Coria, y habilitó un antiguo convento capuchino como Casa de Venerables para los sacerdotes desvalidos. Pero su estancia en la sede episcopal burgalesa fue muy breve pues el Rey solicitó para él un cambio importante. El papa Pío XI, el 19 de diciembre de 1927, lo nombraba cardenal de la Iglesia Católica, adjudicándole el título de Santa María in Trastevere y, dos días después, lo designaba arzobispo de Toledo. El día de Navidad recibió de manos del rey Alfonso XIII la birreta cardenalicia con toda solemnidad en el Palacio Real, y un mes después entraba solemnemente en la Sede Primada de España (1927-1931).

Buscando como objetivo mejorar la acción pastoral en toda la diócesis, reorganizó los Arciprestazgos, creó un Comisión de Obras para la mejora de las Casas Rectorales,se preocupó de la formación del clero organizando reuniones arciprestales con distintos temas formativos morales o canónicos, revitalizó la asociación piadosa de las “Hijas de María”, y presidió el I Congreso de la Acción Católica en Madrid y su Congreso Diocesano en Toledo. Como buen organizador de la pastoral diocesana, procuraba que se consolidasen las iniciativas iniciadas y después emprendía otras nuevas.

Famosas fueron sus “Sabatinas” en la Catedral, las conferencias cuaresmales para hombres, editadas como Horas de luz al cielo (1929), y su devoción al Corazón de Jesús, plasmada en un monumento en la Veja Baja. Impulsó la coronación canónica de la Virgen de Guadalupe, igual que había hecho en Cáceres años atrás con su patrona, la Virgen de la Montaña. Y, en 1930, convocó un Concilio Provincial que se clausuró con la presencia del Rey, que le consideraba amigo personal.

El 14 de abril de 1931 fue proclamada la Segunda República, tras unas elecciones administrativas que dieron la victoria a los candidatos no monárquicos. El cardenal Segura, entonces, defendió abiertamente a la Monarquía y al Rey en una Pastoral que fue calificada como provocadora por las nuevas autoridades republicanas, ya que tanto la Santa Sede como la jerarquía española y los católicos en general acataron inmediatamente el nuevo régimen, que se consolidó tras la huida del Rey. Esta desafortunada intervención del cardenal Segura concitó tal rechazo que Segura hubo de esconderse en Madrid, de donde salió el 11 de mayo de 1931, el mismo día de la quema de templos y conventos, para atravesar la frontera francesa dos días después a la espera de que los ánimos se calmasen. Tras una breve estancia en Lourdes, pasó a Roma donde fue recibido por Pío XI, pero como no quería vivir lejos de los acontecimientos, la noche del 11 de junio siguiente retornó a España pasando la frontera por el paso de Roncesvalles.

Presentó su pasaporte, no ocultó su personalidad y se presentó en Madrid el 13 de junio, precisamente el día que cumplía su XXV aniversario de Ordenación sacerdotal y XV de su Consagración episcopal. Al día siguiente, domingo, el cardenal Segura quiso realizar la visita canónica al convento de las RR. Adoratrices de Guadalajara, perteneciente entonces a la archidiócesis de Toledo, y, con tal motivo, convocó una reunión con los tres párrocos y demás sacerdotes de la ciudad. La llamada telefónica a los sacerdotes fue interceptada por los servicios policiales y cuando don Pedro Segura estaba llegando a la ciudad de Guadalajara fue detenido por la Guardia Civil e incomunicado, por órdenes superiores, sufriendo violencia y maltrato físico por las autoridades de Guadalajara. Invitado a salir de España por la frontera que eligiera, manifestó que no saldría sino a la fuerza. Ante esta actitud, fue acompañado hasta la frontera de Irún y expulsado de España. El nuncio Tedeschini, con quien Segura había mantenido un contencioso años atrás por ciertas frivolidades del representante pontificio denunciadas por el purpurado a la Santa Sede, protestó ante el presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, contra la expulsión del cardenal, y dio a entender que este incidente no sería causa de ruptura de relaciones entre el Vaticano y el Gobierno español.

Instalado inicialmente en los Pirineos franceses, el cardenal Segura fue obligado a hospedarse más al norte de Francia, traspasada la línea del Loira, acusado de conspirar contra la República. Vivió algún tiempo en Paray-le-Monial y Lisieux, pero presionado por el Papa e invitado a trasladarse a Roma, el 26 de septiembre de 1931 acepto renunciar, muy a su pesar, a su sede arzobispal de Toledo. Se trató de hecho de un destierro que duró cinco años y medio, viviendo en un piso del palacio del Santo Oficio con la misma austeridad de siempre. El cardenal Segura llegó a Roma cargado de amargura y de penalidades físicas por su dolencia hepática. Los sábados rezaba y celebraba la sabatina, como en Toledo, en la Iglesia de Santa María in Trastevere, que era su título cardenalicio. En la ciudad compartió exilio con Alfonso XIII. Mientras, don Isidro Gomá y Tomás, defensor suyo, era nombrado arzobispo primado de Toledo en 1933.

Ante la muerte del cardenal y arzobispo de Sevilla don Eustaquio Ilundain Esteban, el papa Pío XI nombró al cardenal don Pedro Segura, el 14 de septiembre de 1935, nuevo arzobispo de Sevilla. A su regreso a España, como monárquico convencido, mostró al principio cierta indiferencia con el nuevo régimen, pero enseguida cambió de postura y se convirtió en abierta oposición. Se enfrentó abiertamente con el régimen de Francisco Franco rechazando la supresión de algunas organizaciones católicas, las misas de campaña en actos patrióticos, y la instalación de lápidas en los muros de la catedral y en las parroquias de la diócesis con los nombres “caídos en la Cruzada” por Dios y por la Patria, hecho que provocó la ira de los falangistas quienes, en represalia, pintaban periódicamente el emblema del yugo y las flechas en los muros del palacio arzobispal sevillano. Segura no cedió y la cruz de los caídos sevillana tuvo que ser instalada junto a los muros de los Reales Alcázares, situados en la proximidad de la catedral. Igualmente, se negó a recibir al General Franco en varias visitas oficiales que hizo a Sevilla. Condenó las alianzas de España con los regímenes totalitarios de Alemania e Italia y eludió asistir a la gran ofrenda de 1945, en el Cerro de los Ángeles, y al Congreso Eucarístico de Barcelona de 1952 para mostrar su abierta oposición al régimen.

En este mismo sentido hay que entender su oposición a un Documento Colectivo del Episcopado que los metropolitanos intentaron publicar en 1948 y también a la misma organización interna de la jerarquía, pues no creía necesarias ni convenientes las comisiones episcopales. El prelado también rechazó el pacto entre Estados Unidos y España, pues, entre otros aspectos, se toleraba el culto protestante. Fue enérgico en sus numerosos escritos pastorales, y en sus intervenciones, oraciones con la censura oficial sobre la propaganda católica, y severo con las formas del vestir, los bailes y algunas tradiciones de los sevillanos. Todas estas actuaciones del cardenal crearon problemas en las relaciones Iglesia-Estado, sobre todo a raíz de la firma del Concordato con la Santa Sede en 1953, que consagró el entendimiento cordial entre la Santa Sede y el Estado español. Por ello, aquel mismo año, el nuevo Nuncio del Papa, Mons. Ildebrando Antoniutti comenzó las gestiones para relevarle de sus funciones, con el pretexto de sus frecuentes ausencias de la diócesis hispalense.

En 1954, mientras el cardenal Segura estaba en Roma, se le nombró un arzobispo coadjutor con derecho de sucesión y administrador apostólico sede plena, en la persona del obispo de Vitoria, don José María Bueno Monreal, que él rechazó públicamente. Poco a poco quedó asilado en su palacio, enfermo y casi ciego viviendo amargamente sus últimos años.

Falleció en Madrid el 8 de abril de 1957, y en cumplimiento de su última voluntad su cadáver fue trasladado a Sevilla donde, por orden del general Franco, se le rindieron honores militares. Fue enterrado junto al resto de su familia en la cripta del monumento al Sagrado Corazón de Jesús situado en la localidad sevillana de San Juan de Aznalfarache. Fue una figura eminentemente eclesial, alejada de la vida palaciega, firme en sus convicciones, pero malogrado en su acción pastoral por las polémicas que sostuvo a lo largo de su vida, primero con la República y posteriormente con el régimen del General Franco, pues creó problemas a la Iglesia y al Estado, que ambos trataron de resolver pacíficamente por respeto a la persona del incómodo cardenal.
Nunca fue ni quiso ser diplomático, no quiso ni supo adaptarse a los tiempos, manteniendo hasta el final de su vida una teórica rigidez “aprendida” incorrectamente en la Universidad de Comillas. En un momento dado, presionado por las circunstancias y los acontecimientos políticos inesperados, sin apoyos suficientes por parte del Nuncio en España y desde Roma, se paró y se cerró de tal manera que no fue capaz de evolucionar, tal vez al verse apartado de su diócesis y diocesanos, de la cura de almas, y apresado por “su concepción” del episcopado.

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