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Mons. Alejandro Arellano: “Detrás de cada causa, hay personas que esperan justicia y misericordia”

JuanF Pacheco

Mons. Alejandro Arellano Cedillo (Olías del Rey, 1960) es, desde el pasado 30 de marzo, el decano del Tribunal Apostólico de la Rota Romana. Este sacerdote, miembro de la confraternidad de los Operarios del Reino de Cristo, además, forma parte del grupo de consultores de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.

Desde su oficina romana atiende esta entrevista para el portal de información de la Archidiócesis de Toledo.

 

Pregunta: ¿Cómo tuvo lugar el nombramiento de decano del Tribunal Apostólico de la Rota Romana?

Respuesta: El Santo Padre convocó, el pasado 24 de marzo, al Colegio de Prelados Auditores en la Sala Clementina, en un acto solemne, y allí, después de exponer algunas consideraciones acerca del papel que el Tribunal Apostólico de la Rota Romana viene desarrollando en los últimos años, nos comunicó el nombre del nuevo Decano.
Tuve unas breves palabras con el Santo Padre después de la felicitación y el saludo oficial. El Papa me animó a seguir nuestro compromiso en favor de la justicia, un ámbito ciertamente arduo pero valioso para la salvación de las almas, que es la suprema ley de la Iglesia, la cual debe estar siempre presente y encontrar, cada día, en nuestro trabajo, una adecuada y rigurosa respuesta.

 

P: ¿Cómo se ha vivido en su parroquia oriunda de Olías del Rey este nombramiento pontificio? ¿Qué le transmiten sus paisanos?

R: Ciertamente mi nombramiento ha sido recibido con mucha alegría por parte de mi pueblo y han sido muchas las muestras de afecto y cercanía que me han llegado a lo largo de estos días. Para ellos, es motivo de orgullo que uno del “pueblo” haya sido distinguido por el Santo Padre con este alto ministerio al servicio de la Iglesia universal.

Por otra parte, soy consciente que, como le gustaba repetir a San Bernardo, me viene “impositum …ministerium, non dominium datum” (“conferido un oficio, no un dominio”), que acojo con humildad, responsabilidad y sentido del deber. Y desde esta perspectiva, trabajaré por situar, en el respeto del Magisterio y del carisma petrino, el matrimonio y la familia cristiana, la persona humana, al centro de nuestro “ministerium iustitiae”.

 

Mons. Alejandro Arellano recibe la felicitación del Papa Francisco – 24 marzo 2021

 

P:  Mons. Francisco Cerro le ha felicitado personalmente. ¿Cómo ha sido el encuentro con el Arzobispo de Toledo y qué le ha transmitido?

R: He tenido oportunidad de saludar a su Excelencia, el Arzobispo de Toledo, D. Francisco Cerro Chaves. Durante mi encuentro con el Sr. Arzobispo he sentido una especial comunión con la Iglesia diocesana, a la que siempre me he sentido vinculado por sentimientos de afecto y gratitud, ya que gran parte de mi formación humana, espiritual e intelectual se la debo a ella.

Por otra parte, he podido sentir, en la persona del Sr. Arzobispo, la figura de un Pastor sensible, cercano y disponible a trabajar en favor de la familias, que sabe medirse con los problemas actuales de la familia, que busca unir el testimonio de una absoluta fidelidad al Evangelio con con una gran caridad hacia las personas concretas a las que viene anunciado el Evangelio.

 

P: ¿Cuál será su cometido a partir de ahora en esta institución vaticana?

R: Mi función como Decano del Tribunal de la Rota Romana y responsable de este Dicasterio es llevar a cabo las funciones que éste viene desempeñando a lo largo de los siglos, ciertamente partiendo de una lectura actual a la luz de los signos de los tiempos.

El Tribunal de la Rota Romana, en cuanto tribunal de apelación para toda la Iglesia, administra la justicia, fundada en el “ius appellationis ad Petrum”.

En segundo lugar, es competencia del Decano el ejercicio de la potestad administrativa en los procedimientos “super rato” y en la declaración de nulidad del vínculo en las órdenes sagradas.

En tercer lugar, debo ocuparme de la formación permanente de los eclesiásticos y los laicos que cooperan con los Obispos en favor de la defensa del vínculo y de la familia, especialmente a través de los cursos realizados en Roma y en los diferentes continentes.

Por último, la Rota Romana, y concretamente el Decano, debe asegurar la unidad de la jurisprudencia, en cuanto guía cualificada en la interpretación de la ley.

 

Mons. Alejandro Arellano, a la derecha del Papa Francisco.

 

P: ¿Cómo resume sus años de trabajo y ministerio sacerdotal dedicados al tribunal de la Rota hasta este momento?

R: A lo largo de estos años, como juez de la Rota Romana, he vivido con humildad y serenidad este servicio peculiar a la Iglesia, que es cercano a toda persona. Mientras he desarrollado este “ministerium iudicis” nunca me he olvidado que antes que nada soy sacerdote y pastor, y en cuanto tal, debemos llevar dentro de nosotros la familia, corazón de la Iglesia. Esto exige de nosotros una armonía entre nuestra vida de ministro y la santidad del ministerio que se nos ha confiado.

Por otra parte, el trabajo que realizamos es un servicio al Sucesor de Pedro y a toda la Iglesia, y requiere de nosotros que en la administración de la justicia el amor a Dios y al prójimo determine nuestra actividad, incluso aquella aparentemente más técnica y burocrática. No podemos olvidar que detrás de cada una de las prácticas, de cada posición, de cada causa, hay personas que esperan justicia y misericordia.

 

P: ¿Qué pide el Papa Francisco a todos los que formáis este importante órgano de justicia vaticana?

R: En primer lugar, en nuestro ministerio al servicio del matrimonio y la familia, debemos trabajar “cum Petro et sub Petro”, en espíritu de comunión y leal compartir en favor de la justicia matrimonial, y al mismo tiempo “sentire cum Ecclesia” las exigencias de discernimiento y acompañamiento de sus hijos en la verdad y rectitud acerca del estado conyugal. Cada día estamos llamados a profundizar la relación con la justicia, la caridad y la verdad.

Por otra parte, estamos llamados a realizar un fascinante camino de conversión pastoral, de proximidad y de anuncio del Evangelio, signo del deseo de integración, discernimiento y acompañamiento de todas las familias en dificultad, a fin de que cada una se sienta objeto de una misericordia incondicional y gratuita.

Quienes ejercemos el ministerio de justicia en el Tribunal Apostólico debemos abrirnos a vivir una nueva forma “Ecclesiae”, que es aquella de la parábola de la oveja perdida (Lc 15, 4-7), toda ella misionera, toda “en salida”, en camino, dispuesta a prestar su servicio de justicia y misericordia en cada situación humana, buscando discernir la voluntad del Señor, afrontando las exigencias y dificultades de las familias hoy, y persiguiendo ante todo el objetivo de realizar una obra de justicia, una virtud que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que le es debido.

 

Mons. Alejandro Arellano, junto a Mons. Braulio Rodríguez Plaza, en una celebración en Olías del Rey – 6 octubre 2019

 

P: ¿Cómo se está viviendo en la Iglesia universal las reformas que el Papa está invitando a vivir en el entorno de las familias?

R: El Pontificado del Papa Francisco ha inaugurado un proceso de reformas a diversos niveles en el seno de la Iglesia: reformas que en muchos campos eran deseadas y esperaban una decisión valiente que aceptase los inevitables riesgos que comporta todo cambio.

A este respecto, el Pontífice, en el discurso a la curia romana de 2016, reconocía que el verdadero alma de la reforma son los hombres que forman parte de ella y la hacen posible, confirmando la importancia de la conversión individual sin la cual serían inútiles todos los cambios en las estructuras de la Iglesia.

La reforma del proceso matrimonial canónico nace del deseo de responder a la petición general presente en la Iglesia desde hacía mucho tiempo: hacer los procesos canónicos más accesibles a los fieles, especialmente aquellos que se refieren a las causas de declaración de nulidad del matrimonio.

Las transformaciones realizadas en esta etapa obedecen a la necesidad de adecuar la legislación procesal a las nuevas exigencias presentes en la vida y en la misión de la Iglesia, interpelada constantemente por los desafíos y urgencias de la cultura actual en la que se mueve el hombre contemporáneo.

Por consiguiente, el Santo Padre se ha colocado en la tradición viva de los canonistas, que valorizan los tesoros de doctrina recibidos en herencia, permaneciendo siempre abiertos a la verdadera renovación. Esta llamada a una necesaria hermenéutica de la continuidad con la la Tradición de la Iglesia no es un principio propuesto para un caso particular, sino el común modo de proceder en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, para una misión fecunda. Y esto es lo que sucede cuando se realiza una correcta lectura de las innovaciones en el campo jurídico de la Iglesia.

Esta Reforma no responde sólo a la solicitud y preocupación del Papa por los fieles “alejados” o en dificultad, sino fundamentalmente al anhelo y expectativas reiteradas del episcopado, y recogidas en la “Relatio Synodi” del Sínodo sobre la familia.

El constante camino del Pueblo de Dios en la historia requería no una simple adecuación o conformación al cambio del contexto social, sino una verdadera y propia refundación del proceso matrimonial. La innovación de esta reforma requiere apertura y aplicación para acoger y desarrollar el patrimonio de ciencia y cultura preexistente. Los tribunales eclesiásticos, los operadores del derecho, los párrocos y los laicos deben esforzarse, con espíritu atento y sensible al camino histórico del Pueblo de Dios, en contribuir y colaborar profesionalmente y prudentemente al bien del matrimonio y la familia, es decir, a la salud de las almas.

 

P: ¿Cuál es su mensaje para la Archidiócesis de Toledo y, concretamente, para las familias?

R: En primer lugar, creo que tenemos que poner cada vez más de relieve la belleza de la familia, sociedad natural fundada sobre el matrimonio, unión estable y fecunda de un hombre y una mujer. Esto lo reafirmamos no para polemizar con aquellos que no piensan como nosotros, sino para indicar un horizonte válido para todos.

En segundo lugar, la importancia del acompañamiento. Debemos ser una Iglesia que no se sube a la cátedra, no lanza anatemas, sino que está a favor de las personas, especialmente aquellas que viven en su carne la experiencia de una vida matrimonial fracasada. Es necesario innovar los modos de anuncio, no sus contenidos.

En tercer lugar, debemos ser conscientes que la familia es el lugar central de la formación de la persona, de su sociabilidad, de su participación eclesial y de su vida de fe. Por tanto, la familia tiene un valor fundamental en la vida de las personas.

Esta convicción debemos medirla sobre el hecho de que hoy los jóvenes tienen miedo a asumir compromisos definitivos, porque ven ante sí, con frecuencia, un futuro incierto y en algunos momentos muy oscuro. Este miedo ante los compromisos “para siempre” representa un verdadero desafío que toca en profundidad la raíz de nuestra sociedad y la misma comunidad eclesial. Ante este reto estamos obligados a responder.

Por último, considero que el futuro de la Iglesia y de su presencia salvífica en el mundo, como el de toda la sociedad, pasa de manera particular a través de la familia, nacida y sostenida por el sacramento del matrimonio. Es una esperanza que he podido constatar a través de los cursos impartidos en las diferentes partes del mundo. Muchas familias, muchos obispos, muchos presbíteros, muchos religiosos y laicos están comprometidos para que toda familia pueda redescubrir y vivir según su dignidad, su vocación y misión.

Estoy convencido que las comunidades eclesiales diocesanas (parroquias, centros de pastoral familiar, tribunales…), con nuevo ardor y con modalidades y métodos renovados, a la luz de la Reforma del proceso matrimonial, sabrán anunciar, celebrar y servir el Evangelio del matrimonio y de la familia.

 

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