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Sor Rufina y Sor Dolores, las dos “columnas” de Hogar 2000, se trasladan a Madrid

Archidiócesis de Toledo

El equipo directivo de Cáritas diocesana, junto con toda la familia que conforma el “Hogar 2000”, han despedido a las dos Hijas de la Caridad que han estado acompañando y prestando su labor socio-caritativa en esta entidad de Cáritas. Se trata de sor Rufina, de 83 años, y de sor Dolores, de 91 años.

Desde Cáritas explican que “ahora, debido a su avanzada edad, es el momento de que realicen su servicio desde la oración y desde la distancia”.

Ambas religiosas han partido en el día de hoy, desde Toledo, hacia la casa provincial de la Congregación de las Hijas de la Caridad, en Madrid.

Este domingo, 5 de septiembre, en Hogar 2000 se ha celebrado una Eucaristía de Acción de Gracias, presidida por D. José María Cabrero, delegado episcopal de Cáritas, y concelebrada por el vicario episcopal de la Caridad y Promoción Social, don José Fernando González Espuela, en la que han participado el equipo directivo de Cáritas, los técnicos, residentes del Centro y voluntarios y religiosas de las Hijas de la Caridad de Toledo para dar gracias por la entrega y el testimonio de vida de las Hijas de la Caridad en Hogar 2000.

Don José Fernando González Espuela trasladó el agradecimiento de don Francisco Cerro, arzobispo de Toledo, a sor Rufina y sor Dolores, “porque qué serían las grandes obras, como Hogar 2000, sin las personas que llevan a cabo estas iniciativas”.

 

15 años de servicio en Hogar 2000

Sor Rufina y sor Dolores recuerdan cómo fue su llegada a este centro sociosanitario, creado hace 15 años para acompañar y atender a enfermos de SIDA, y que durante una estancia breve contó con el acompañamiento de las Siervas del Divino Rostro de Nicaragua. “Nosotras estábamos en el albergue de Toledo cuando Marisa Martínez pidió ayuda a nuestra superiora, sor Inés, para que la ayudáramos con los enfermos de Hogar 2000, así que pidió dos voluntarias y nos fuimos sor Dolores y yo”, afirma sor Rufina. “No sabíamos dónde estaba este centro y desconocíamos qué íbamos a hacer allí pero teníamos claro que era el plan de Dios para servir a los pobres”, comenta sor Rufina, que hace referencia al lema de su fundador, san Vicente de Paúl, “los pobres son mi peso y mi dolor”.

Enseguida estas religiosas comprobaron con su trato cariñoso y cercano que “estos pobres necesitan el amor de Dios por encima de todo, y teníamos que acercársele desde la escucha y la conversación con ellos, y siembre desde el Amor”. Según sor Rufina “muchas veces solo era necesario el silencio y el estar ahí”.

Vidas destrozadas que son acogidas con amor

Cuando un enfermo de SIDA o una persona diagnosticada de diversas patologías llega a Hogar 2000 tienen la vida en muchos casos destrozadas “por lo que hay que escucharles e indicarles que primero tienen que ponerse bien y luego poco a poco saldrán adelante”, manifiesta sor Rufina, porque “hemos escuchado de ellos muchas tristezas y muchas penas y cuesta que sonrían pero cuando ven que en Hogar 2000 tienen una familia y personas que les cuidan encuentran esa alegría que todos necesitamos”.

Sor Dolores recuerda cómo han sido testigos de muchas vidas rotas y abandonadas, y cómo ha visto muchas reconciliaciones en las familias, “viendo a Dios en ellos, con mucha paciencia y con mucha esperanza”.

A estas dos Hijas de la Caridad les resulta complicado contar alguna historia que les haya marcado su vida “porque cada vida tenía la suya y cada cual más sorprendente porque son vidas de mucho sufrimiento”. Aún así sor Rufina comenta cómo los enfermos cuándo se daban cuenta de cómo habían llegado a la situación a la que se encontraban “se hundían porque muchos venían de una vida acomodada y por las drogas o el alcohol perdían todo y a todos”. Recuerda cómo un enfermo que estaba grave quería encontrar a su familia “y Marisa se puso en contacto con ellos para que pudiera abrazar a su hijo de dos meses, a los pocos meses falleció”.

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