Mons. Francisco Cerro, arzobispo de Toledo, se centra, en su escrito dominical del día 15 de marzo, en el “Día del Seminario”. Así titula su carta semanal dirigida a la Archidiócesis, en la que recuerda que fue en el Seminario Mayor “San Ildefonso” donde estudió Teología. “Recuerdo con agradecimiento y alegría aquellos años en los que, aunque no faltaron dificultades, nunca nos faltó la gracia de Dios para afrontarlas”. Así rememora don Francisco sus años de formación en Toledo.
Decálogo de los Seminarios Diocesanos de Toledo
El prelado ofrece un decálogo que ayuda a reflexionar acerca del por qué de la vitalidad de los Seminarios Diocesanos:
“1. Entramos en el Seminario por razones de fe, no por razones humanas; y permanecemos por razones de fe. Nos lo recordaba el papa León XIV al dirigirse al Seminario Menor: cuando perdemos la dimensión sobrenatural de nuestra vocación, lo perdemos todo. Como ha señalado el Santo Padre, «la vocación nace de la mirada de Cristo y se sostiene en la fe que confía plenamente en Él».
2. En el Seminario se discierne la vocación que ponemos en manos de la Iglesia. La ordenación llega cuando esa llamada ha sido confirmada por ella, que es el cuerpo de Cristo. La Iglesia corrobora aquello que comenzó el día en que sentimos que Jesús nos decía: «Ven y sígueme». Como recuerda el papa León XIV, «nadie se da a sí mismo la misión: es la Iglesia quien confirma la llamada que Dios ha sembrado en el corazón».
3. Debo dejar que el Seminario pase por mí, entre dentro de mí y me vaya formando y transformando. La formación debe ayudarnos a vivir con los sentimientos del Corazón de Jesús. No podemos ser como esos cantos rodados que vemos en los ríos de montaña: el agua pasa sobre ellos, pero no entra en su interior.
4. Seminaristas muy humanos, pero nada mundanos. Vivimos –como nos recuerda el Concilio Vaticano II– los gozos, las esperanzas, las tristezas y las angustias de nuestros hermanos. El mundo espera sacerdotes santos que sepan acompañar a las personas en el camino de la vida.
5. Formación sólida y profunda. Siempre desde el Magisterio de la Iglesia, para no convertir a nuestros seminarios en un laboratorio de todo tipo de experiencias cuyo final todos conocemos.
6. Formación desde la Palabra de Dios. Desde la Palabra viva, desde la doctrina de la Iglesia, desde la experiencia de los santos y en diálogo con un mundo que necesita más que nunca al Redentor del mundo. Como afirma el papa León XIV, «el sacerdote nace de la Palabra escuchada, acogida y hecha vida».
7. Sin nostalgias de un pasado que no volverá. Con ojos de fe, viviendo el presente en comunión con Pedro, nos formarnos para vivir lo esencial: ser santos e irreprochables ante Él por el amor.
8. El Seminario, como presbiterio en gestación, debe ser una comunidad que viva como una familia. En fraternidad que potencia lo que nos une para vivir con un solo corazón. Respetando la sana pluralidad de sensibilidades que reafirman una sola fe, un solo Bautismo y un solo Señor, en comunión con Pedro en su Iglesia.
9. Ponemos el Seminario en el Corazón de la Inmaculada. Ella cuida de cada seminarista para que alcance la meta de una vida sacerdotal entregada y generosa,. Como ha recordado también el papa León XIV, «toda vocación florece bajo la mirada materna de María, que enseña a decir sí a Dios».
10. Encomendamos nuestro Seminario a san Ildefonso, al beato Sancha y a tantos pastores santos que han pasado por él. También a los mártires de la persecución religiosa en España, para que sigan bendiciendo a nuestros Seminarios Mayor y Menor. Que nos concedan muchas y santas vocaciones, para que en la Iglesia que camina en Toledo no falten pastores según el Corazón de Cristo.