Mons. Francisco Cerro, arzobispo de Toledo, dedica su escrito dominical de este 31 de mayo a los laicos. En su carta aborda la Jornada del Apostolado Seglar y el día de la Acción Católica que se desarrollaban en la pasada solemnidad de Pentecostés y recuerda que la Archidiócesis “está viviendo intensamente un auténtico proceso sinodal diocesano, una ocasión propicia de frescura evangélica”. Aprovecha el prelado para dar las gracias a los fieles laicos por su presencia viva y por ser “fermento del Evangelio en medio de este mundo”.
Ofrece para ello un decálogo acerca de lo que supone el proceso sinodal en los laicos de la Iglesia diocesana.
1. Escuchar antes que hablar. Hemos de acogernos desde la acción de Dios en el otro. Dios vive en el hermano. Hay algo sorprendente cuando nos ponemos en el lugar del otro.
2. Caminar juntos. La comunión eclesial nunca será fruto de un llevarnos bien, sino de un acompañarnos desde el amor. Todos nos necesitamos.
3. Salir al encuentro de todos. Cómo resuena: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40). La vida del cristiano es respuesta de amor a todos.
4. Vivir de la fe viva. La expresión de una coherencia en la vida cristiana es la supera ción de los cumplimientos y razonamientos a ver a Jesús en todo.
5. Promover la cultura del encuentro. Es la convicción de lo que hacían los primeros cristianos: «vivían unidos y lo tenían todo en común» (Hch 2, 44).
6. Tomar parte de los trabajos del evangelio. El laico está llamado a participar del evangelio a tiempo y a destiempo. La manifestación de la Buena Nueva lleva también vuestra colaboración.
7. Servir al Reino de Dios. Verdaderamente ayudamos a la sociedad y a nuestro mundo cuando la forma de vivir con Cristo la hacemos visible, pública y la compartimos.
8. Cuidar la fraternidad en misericordia. Nuestra hermandad siempre será fruto de ser «lentos a la ira y ricos en clemencia» (Sal 103, 8) porque «quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1Jn 4, 20).
9. Anunciar a Jesucristo con alegría y esperanza. Perderse a Cristo es perderse lo mejor de la vida. Jesucristo es nuestro tesoro más preciado. Lo hemos vendido todo para te nerle a Él como nuestro único bien.
10. Discernir. El método de nuestras reuniones sinodales nos educa a superar nuestras ideas y subjetividades para abrirnos a lo que Dios quiere que expresemos y manifestemos. Os animo a que cada uno de estos puntos del decálogo os sirva de revisión para que el Espíritu Santo nos lleve a vivir nuestra misión y vocación de un modo nuevo.