El sacerdote D. José Luis Pérez de la Roza fallecía este pasado 18 de mayo, en el Hospital Universitario de Toledo. Sus exequias, presididas por el arzobispo de Toledo, Mons. Francisco Cerro, se han celebrado en la parroquia donde ejercía su ministerio pastoral, S. Nicolás de Bari, en la ciudad de Toledo, este 19 de mayo; mientras que la sepultura se ha llevado a cabo en su localidad natal de la provincia de Palencia, Boadilla de Rioseco.
Con motivo de su fallecimiento, el obispo emérito de Córdoba, Mons. Demetrio Fernández González, ofrece una necrológica, en la que recoge sus experiencias pastorales y de amistad con este sacerdote nacido en 1949.
“Si pienso en él, me produce gozo, un gozo inmenso saber que ya está disfrutando de Dios cara a cara, y me siento impulsado a ofrecer Misas y sacrificios para acelerar esa purificación, si la necesitara. Si pienso en mí, me acongojo y se me saltan las lágrimas, porque ya no podré verle, charlar un rato como se trata con un amigo, preguntarle o consultarle sobre algún asunto pendiente. Se me ha adelantado”.
Nos conocimos en el Seminario Mayor de Palencia. Él tenía 21 años, y yo 20 (ahora, él 77 y yo 76). Llegué a Palencia procedente del Seminario Mayor de Toledo, y nos encontramos en el primer curso de teología, año 1970. Era nuevo obispo de Palencia D. Anastasio Granados, toledano que había sido obispo auxiliar de Toledo, y llevó de Toledo para su Seminario de Palencia a D. José Rivera Ramírez, que contaba con 45 años. Ambos, José Luis y yo, terminamos en el año 1974, para ordenarse presbítero él, el 21 de junio en Palencia y yo el 22 de diciembre del mismo año en Toledo. Dentro de un mes cumplía 52 años de presbítero, como los cumpliré yo, Dios mediante, el próximo 22 de diciembre.
Después de dos años en la parroquia de San Lázaro de la ciudad de Palencia, con su paisano Juan Melero como párroco, durante los cuales hizo la licencia en teología espiritual en la Facultad de Teología de Burgos, y tuvo como profesor al P. Mendizábal, SJ, se trasladó a Toledo en 1976. D. José Rivera ya había vuelto a Toledo el año anterior, 1975, a instancia del Cardenal-Arzobispo de Toledo, D. Marcelo González Martín. José Luis fue nombrado coadjutor de la parroquia de san Nicolás, teniendo como párroco a D. Felipe González.
Desde el primer momento se caracterizó por un carisma especial para la dirección espiritual, para el confesionario en San Nicolás, al que acudían sobre todo jóvenes. Enseguida fue reclamado por la Hna. Mercedes, carmelita misionera, de la orden de santa Joaquina Vedruna, y por el Hno. Esteban, marista, para atender el grupo Oasis. Este grupo vio fortalecido su apostolado y el acompañamiento de tantos jóvenes que han pasado por sus actividades. Muchos jóvenes en Toledo han contado desde aquellos años con el acompañamiento de José Luis Pérez, demostrando desde entonces su capacidad de formar uno a uno y de impartir charlas de formación espiritual en grupo: retiros, ejercicios espirituales, charlas de todo tipo, sembrando en todos ellos el deseo de santidad. Ha sido un verdadero maestro espiritual, con doctrina sana, profunda, accesible a los jóvenes, que han acudido a él durante muchos años. Un verdadero formador del corazón humano.
En esa época, comenzó el grupo Oasis a organizar las Pascuas con jóvenes en el Seminario Menor de Toledo, y tuve la suerte de acompañarle en todas ellas, más de 15 años, repartiéndonos el trabajo. Asistían en torno a 150 jóvenes, chicos y chicas, era muy cuidada la liturgia del Triduo Pascual, había ocasión de tener una buena confesión, adoración eucarística, tiempos de silencio prolongado, reuniones de grupo, etc. De este grupo de jóvenes y de otros muchos que pasaban por su confesionario en San Nicolás, han brotado abundantes vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada contemplativa y apostólica y una muchedumbre de matrimonios, que han incorporado a la atención de D. José Luis a sus hijos por el mismo camino. José Luis ha sido un verdadero padre espiritual para todos ellos; a veces de familias enteras, que lloran hoy su pérdida.
Desde el año 1977, es decir, al año siguiente de su llegada a Toledo, comenzaron los cursos de verano para seminaristas y sacerdotes jóvenes. El cardenal D. Marcelo había imprimido una nueva orientación al Seminario de Toledo con su Carta Pastoral “Un Seminario nuevo y libre” (septiembre 1973), había incorporado a D. José Rivera como profesor del “Tratado de Gracia y Virtudes”, confesor externo del Seminario y director espiritual de los seminaristas, e inmediatamente D. José con la aprobación del cardenal Marcelo puso en marcha esos Cursos de verano, de libre asistencia, que duraban casi un mes. En alguna ocasión nos visitó el mismo D. Marcelo y todos los años nos dirigía una carta de su puño y letra animándonos en la tarea. Para D. Marcelo la formación de nuevos sacerdotes era preocupación fundamental. Y estos cursos de verano ideados por Rivera contaban, para ello, con José Luis Pérez y conmigo. Estos Cursos de verano, primero en Arenas de San Pedro, que pronto se quedó pequeño, y luego en el Valle de los Caídos y más años en Sigüenza ofrecían la ocasión de convivir con seminaristas y sacerdotes jóvenes en un clima sacerdotal de complemento de la formación del Seminario, de larga adoración eucarística en las tardes y de tertulia en las noches con los distintos profesores invitados, siempre sobre tema sacerdotal. ¡Qué bonita experiencia la de estos cursos de verano, que imprimieron savia nueva y espíritu renovado en el presbiterio de Toledo! D. José Luis estaba ahí, acompañando espiritualmente a cada uno.
En 1983 D. Marcelo pone en marcha el Centro “Santa Leocadia” para la formación sacerdotal de adultos, vinculado en todo con el Seminario “San Ildefonso”, con un equipo propio de formadores: José María Iraburu, rector; Demetrio, vicerrector; José Rivera como director espiritual; José Luis Pérez también como padre espiritual y Salvador Cristau como formador. A los dos años, este Centro es erigido canónicamente como Seminario Mayor. Hasta el año 2000, en que fue suprimido, este Seminario ha dado a la diócesis 60 sacerdotes, y su alma espiritual ha sido el Venerable José Rivera, que muere en 1991, y José Luis Pérez, hasta su clausura. A la muerte de Rivera, José Luis es nombrado profesor de teología espiritual del Instituto Teológico hasta su jubilación, 25 años. Y confesor externo del Seminario “San Ildefonso”. Ha sido un estudioso continuo de su especialidad, la teología espiritual.
En el año 2000 es nombrado párroco de San Nicolás de la ciudad hasta su muerte, 26 años. Al volver a su primera parroquia ha desplegado una amplia actividad de cuidado de la liturgia y predicación, de confesionario, de dirección espiritual con jóvenes y adultos, de acompañamiento a sacerdotes, de atención a comunidades religiosas, dando Ejercicios Espirituales y retiros en Toledo y fuera.
De carácter recio, como buen castellano viejo, en la distancia corta era amable e incluso tierno, sin especiales concesiones a la sensibilidad, al estilo de san Juan de la Cruz. Un sacerdote íntegro de pies a cabeza, un guía seguro doctrinal y afectivamente. Ha sabido educar el corazón de muchas personas. “A nosotros nos ha hecho mucho bien, a mí me ha enseñado a amar de verdad a mi esposa”, me decía ayer, un joven cuarentón casado, delante de su esposa. Varias religiosas me han contactado valorando su orientación certera. Varias docenas de sacerdotes han continuado dirección espiritual con él, incluso desde la distancia geográfica, hasta su muerte.
Yo he disfrutado de su amistad verdadera, una amistad no basada en halagos, sino con capacidad crítica para decirnos nuestros defectos con cariño y ayudarnos en el camino hacia la santidad. “Mira, José Luis –le decía hace pocos días- a nuestra edad cualquier cosita, un simple constipado nos puede mandar al otro barrio, prepárate bien para el cielo”. “Estoy preparado, gracias, me siento muy flojo”, me respondió. Hoy hemos celebrado sus exequias en su parroquia de San Nicolás, abarrotada de fieles y con una muchedumbre de sacerdotes, no frecuente ni en las mejores ocasiones. Mañana lo enterraremos en su pueblo natal, Boadilla de Rioseco (Palencia).
“Entra en el gozo de tu Señor”. Gracias, José Luis.
Toledo, 19 de mayo de 2026
+ Demetrio Fernández González, obispo emérito de Córdoba