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Miguelín, el monaguillo más veterano de la Archidiócesis

Archidiócesis de Toledo

El pasado 6 de abril, fallecía Miguel Montero Carbonero, el “monaguillo más veterano de la archidiócesis de Toledo” tal como subraya D. Agustín Martín Muñoz, párroco de Peñalsordo (Badajoz) y oriundo de Peraleda de San Román, localidad de Miguel.

Con motivo de su fallecimiento, D. Agustín ha escrito una reseña biográfica de este acólito, tan querido en la parroquia de Peraleda de San Román.

 

MIGUELÍN, EL MONAGUILLO MÁS VETERANO DE NUESTRA DIÓCESIS

Sirvan estas pobres líneas como homenaje agradecido a nuestro querido y entrañable Miguelín, como le llamábamos todos cariñosamente.
Nació un 25 de octubre del año 1949 en Peraleda de San Román; sus padres eran Emilio y Francisca.
A los tres meses de su nacimiento sufre la enfermedad de la meningitis y se quedará como un niño para siempre.

Su vocación de monaguillo la recibe junto con su hermano Emilio, diez años más pequeño que él.
Empieza acompañando a su hermano a Misa para no quedarse solo en casa, mientras sus padres se van a atender el ganado; Miguelín, como buen observador, desde el primer banco no pierde detalle de los movimientos de los monaguillos, y así empieza él también a servir en el Altar, allá por el año 1970, siendo párroco Don Miguel Romero García.

Dios me ha concedido el grandísimo privilegio de tratar con Miguelín desde pequeño, en la escuela a la que venía como un niño más, y sobre todo en la Iglesia, en la sacristía; puedo decir que, mirándolo a él, como se movía en el altar, aprendí a ayudar a la Santa Misa; ministerio que él realizaba con perfección, a pesar de ser sordomudo.

Dios le concedió una veneración grande hacia lo sagrado. Durante todo el día esperaba con ilusión la hora de la Santa Misa.
Llegaba a la iglesia, hacía la genuflexión ante el Santísimo Sacramento en el Sagrario de manera ejemplar; sonando la rodilla en el suelo; preparaba con esmero el cáliz, las vinajeras, el lavabo, etcétera; y se revestía con alba blanca y otras veces con sotanita roja y roquete. Especialmente le gustaba tocar las campanillas en el momento de la consagración.

Miguelín era sumamente diligente; no tenía pereza para nada; era una persona entrañable, alegre, abierto, social con todo el mundo, a todos recordaba y saludaba, tenía debilidad por los niños, en cuanto veía un carrito, ahí estaba él.

Personalmente nunca podré olvidar los abrazos que me daba en la Sacristía, cogiéndome por la cintura cuando nos veíamos de nuevo.

Quiero destacar el cariño que siempre ha profesado a todos los sacerdotes que han pasado por nuestra parroquia de Peraleda de San Román.

El pasado día seis de abril, Nuestro Buen Padre Dios se lo quiso llevar junto a Él. Yo me enteré al día siguiente, y en aquel mismo momento vinieron a mi memoria las Misas en que Miguelín y servidor habíamos ayudado juntos, y me acordaba de todas las Misas en que él había servido al Altar; y me vinieron a la mente estas palabras de un autor espiritual: “a la hora de tu muerte, tu mayor consolación serán las Misas que hayas asistido durante tu vida. Cada Misa a la que asististe te acompañará al Tribunal Divino, y abogará para que alcances el perdón, y la salvación eterna”.

Esta es tu gloria y tu corona, Miguelín, la Santa Misa; a la que no faltabas nunca y eras el primero en llegar de todos los monaguillos; y este es el testimonio que nos dejas, tu amor al Santo Sacrificio de la Misa; en el cielo te imagino cerquita del Señor y de la Santísima Virgen, tocando las campanillas en la “Eterna Elevación”.

Ahora que estás más cerca del Señor, intercede por nosotros y pide a Dios para que en ninguna parroquia falten monaguillos generosos y diligentes como tú.

Tus hermanos, Mari, Emilio, Joaquina y Eugenio, tus queridos sobrinos, familia y amigos te queremos mucho.

¡Hasta el cielo, Miguelín!

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