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“En recuerdo” (4 de noviembre de 1982): 40 años de la visita de san Juan Pablo II a Toledo

Archidiócesis de Toledo

Hoy se cumplen 40 años de la visita del papa san Juan Pablo II a la archidiócesis de Toledo. En la mañana del 4 de noviembre de 1982, el “papa peregrino” llegaba, desde Guadalupe, al barrio toledano de Santa María de Benquerencia, donde le esperaban 500 mil personas.

Con este motivo, Luciano Soto, miembro del equipo de trabajo de la delegación diocesana de Apostolado Seglar, comparte un artículo, recordando las vivencias de aquel día, que quedó en la memoria de todos los que participaban en este encuentro de seglares.

 

EN RECUERDO…
(4 de noviembre de 1982)

Artículo de Luciano Soto, miembro del equipo de la delegación diocesana de Apostolado Seglar

Dicen los expertos en psicología moderna que nuestra personalidad se va construyendo mediante el material que te proporcionan las experiencias traumáticas, por una parte, y por otra las que dejan en tu espíritu un sabor agradable y positivo, que jalonan tu vida si eres capaz de controlar las primeras y conservar como un tesoro las segundas.

También el Papa Francisco nos habla de psicología cuando dice que “el tiempo es superior al espacio… que darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios”. Pues bien, es el caso del que suscribe esta sencilla reflexión recordando el 40 aniversario de la estancia de san Juan Pablo II en Toledo.

Con la mirada puesta en la memoria histórica personal, uno cae en la cuenta de que su personalidad se ha ido hilando a través de relatos que han configurado un proceso que comenzó con una conversión vital a la vocación cristiana laical hace 60 años, desde y con la teología y eclesiología del laicado que propició el Concilio Vaticano II; y se ha ido enriqueciendo con acontecimientos como el que tuve el honor y la alegría de vivir hace 40 con la visita de san Pablo II a nuestra ciudad.

Fue un acontecimiento que se ha guardado celosamente como un tesoro en mi subconsciente procesual por dos razones fundamentales. Primero, porque el Papa Santo confirmó e hizo crecer, con su homilía, la llama vocacional que ya alumbraba mi historia personal. Y, en segundo lugar, por lo que representaron sus palabras para reforzar la teología del laicado que aún no había calado suficientemente en una buena parte de nuestras comunidades eclesiales.

San Juan Pablo II vino a nuestra ciudad para hablar expresamente al laicado de nuestro país y para decirnos que venía a “iluminar los caminos del apostolado seglar en esta hora de gracia”. Y efectivamente fue así, pues todo lo que nos dijo en aquella memorable homilía en el marco de la gran celebración eucarística en la explanada del Polígono, no ha hecho nada más que consolidar y enriquecer, en ese proceso vital del que hablo, lo que el Concilio Vaticano II nos había regalado hacía ya 20 años: desde que Cristo es el centro de todo apostolado pues de Él emerge toda la dignidad y responsabilidad del cristiano, y que, por tanto, la vocación cristiana es esencialmente apostólica, hasta que nuestra tarea primordial como seglares es la de impregnar y transformar con los valores evangélicos todo el tejido de la convivencia humana; resaltando como los campos más apremiantes del apostolado de los laicos la familia, el mundo del trabajo, el campo de la política, y el mundo de la cultura. Todo ello con sabor conciliar.

Sus palabras vibrantes llamándonos a ser sal de la tierra y luz del mundo sirvieron también de eco para superar algunos aspectos que oscurecían de alguna manera el movimiento asociativo laical de nuestro país en aquellos momentos. Es el caso de los problemas de comunión que existían entre grupos y movimientos, y las dificultades de inserción en la pastoral diocesana y en las comunidades parroquiales de algunos grupos, movimientos y comunidades de base…

Desde la perspectiva que dan los muchos años transcurridos, te quedan muchas fotografías visuales -“sin cámara”- que impresionaron la retina “para que puedas contar y grabar en la memoria” (Ex 10,2) todo lo que vivimos en aquel memorable día: la inmensidad de la explanada del Polígono repleta de gente, la impecable organización, el sentimiento de fervor espiritual en la celebración eucarística, la representación del apostolado seglar, los que estábamos representando a los movimientos de Acción Católica, las carreras para volver a ver al Papa en el “Salto del Caballo”… Pero siempre, entre todas, te queda en el recuerdo aquella foto especial que no se borra porque sintetiza lo que tú eres, o quieres ser, y que va siendo el hilo conductor en tu vida: “No existe, no puede existir apostolado alguno (tanto para los sacerdotes como para los seglares) sin la vida interior, sin la oración, sin una perseverante aspiración a la santidad”.

 

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